Un día, á mediados de marzo, Bustianeddu invitó á almorzar á su amigo
Anania.
El traficante en pieles había tenido que marchar improvisamente, y
el chiquillo se encontraba solo en casa, solo y libre después de dos
días de encierro por una de sus acostumbradas faltas á la escuela; aún
conservaba en la mejilla derecha la señal de una soberbia bofetada con
que le obsequió su padre.
--¡Quieren que estudie!--dijo á Anania, cerrando los puños y
abriéndolos con aquel gesto suyo de hombre formal.--¡Y á mí no me da la
gana! Quiero ser pastelero: ¿por qué no me dejan?
--Claro, ¿por qué no te dejan?--preguntó Anania.
--¡Porque es una vergüenzaaa...!--exclamó el otro, alargando la palabra
con irónico acento.--¡Es una vergüenza trabajar, aprender un oficio,
cuando se puede estudiar! Esto dice mi familia; pero ahora voy á
burlarme de todos. ¡Ya verás, ya verás!
--¿Qué vas á hacer?
--Ya te lo diré; ahora á comer.
Había preparado los macarrones; así llamaba á una especie de buñuelos
duros y del tamaño de almendras, cocidos con salsa de tomates. Los dos
amigos comían en compañía de un gatito gris que con sus zarpas cogía
familiarmente los buñuelos del plato común y los llevaba picarescamente
á un rincón de la cocina.
--¡Qué listo es!--decía Anania, siguiéndole con los ojos.--Á nosotros
nos han robado el gato.
--También á nosotros. ¡Han robado muchos! Desaparecen y no se sabe
dónde van á parar.
--¡Desaparecen todos los gatos de la vecindad! ¿Qué harán con ellos?
--Pues, los ponen al asador. La carne es buena, ¿sabes?, parece carne
de liebre. En el continente la venden como liebre, según dice mi padre.
--¿Ha estado tu padre en el continente?
--Sí. Y yo también iré, y pronto.
--¡Tú!--dijo Anania, riéndose con algo de envidia.
Bustianeddu creyó que había llegado el momento de revelar á su amigo
sus atrevidos proyectos.
--Yo no puedo vivir aquí por más tiempo,--dijo quejándose;--no, yo
quiero marcharme. Buscaré á mi madre y veré si encuentro colocación en
una pastelería; si quieres venir, te vienes.
Anania se puso colorado por la emoción y sintió latir su corazón
fuerte, muy fuerte.
--No tenemos dinero,--observó.
--Mira, cogeremos las cien liras que están en el cajón de la cómoda; si
quieres, las cogemos ahora mismo; después las escondemos, porque si nos
marchamos en seguida mi padre verá que yo las he cogido; esperamos que
ya no haga frío y después nos marchamos. Ven.
Condujo á Anania á un cuarto sucio y desarreglado, lleno de apestantes
pieles de cordero, buscó la llave en un escondrijo, é hizo que le
ayudara para abrir el cajón; además del billete rojo de cien liras,
había otros billetes y monedas de plata, pero los dos ladronzuelos
domésticos cogieron sólo el billete rojo, cerraron y volvieron á
colocar la llave en su sitio.
--Ahora lo guardas tú,--dijo Bustianeddu, metiendo el billete en
el pecho de Anania;--esta noche lo esconderemos en el huerto de la
almazara, en aquel agujero de la encina, ¿sabes? y esperaremos.
Antes de poderse dar cuenta de ello, Anania se encontró con el billete
en el pecho, junto al amuleto de brocado; y pasó un día de fiebre,
lleno de remordimientos, de miedo, de esperanzas y proyectos.
¡Huir! ¡huir! El cómo y el cuándo no lo sabia, pero sentía que iba á
realizarse su sueño y experimentaba alegría y espanto. ¡Huir, pasar
el mar, penetrar en aquel misterioso continente donde su madre se
escondía! ¡Qué ansias, qué sueño, qué alegría! Las cien liras le
parecían un tesoro inagotable; pero comprendía el grave delito cometido
al robarlas y no veía llegar el momento de librarse de ellas.
No era la primera vez que los dos amigos penetraban en el huerto
cultivado por tío Pera, saltando por la ventanilla de la sala contigua
á la almazara; pero de noche no habían estado nunca; así es que lo
pensaron mucho antes de arriesgarse. La noche era clara y fría; la
luna llena salía por entre las negras peñas del Orthobene, iluminando
el huerto con áurea claridad. Llegaba á los dos chicos, asomados á la
ventana, un desesperado maullido, parecido á un lamento.
--¿Oyes? ¡Debe ser el diablo!--dijo Anania.--Yo no bajo, no; tengo
miedo.
--¡Entonces quédate! ¿No comprendes que es un gato?--dijo el otro con
desprecio.--Bajaré yo; escondo el dinero en la encina, en donde tío
Pera nunca mira, y vuelvo en seguida. Tú quédate vigilando; si hay
peligro, das un silbido.
Cuál podía ser el peligro, no lo sabían ninguno de los dos; pero ambos
encontraban un placer agudo en hacer fantástica la aventura, á la cual
la luz de la luna y el desgarrador lamento del gato, daban un sabor
especial.
Bustianeddu saltó al huerto, y Anania se quedó en la ventana, algo
avergonzado del miedo que le hacía temblar, pero todo ojos y oídos.
Apenas su compañero hubo desaparecido en dirección de la encina,
pasaron dos sombras por bajo de la ventana. Anania se estremeció;
dió un silbido tenue, muy tenue, y se escondió, acurrucándose. ¡Qué
ímpetu de terror y placer extraño sintió en aquel momento! ¿Cómo se
habría escapado Bustianeddu? ¿Qué habría pasado? Y en seguida, los
lamentos del gato redoblaron, se unieron todos en un gemido rabioso
y desgarrador; después cesaron. Silencio. ¡Qué misterio, qué horror!
Anania sentía estallarle el corazón. ¿Qué le pasaba á su amigo? ¿Lo
habrían cogido, lo habrían prendido? Ahora le llevarán á la cárcel, y
él, también él, tendrá su parte de castigo.
Sin embargo, no pensó ni por un solo instante en ponerse en salvo, y
esperó valerosamente acurrucado bajo la ventana.
Y de pronto pasos, una respiración jadeante, una voz queda y trémula.
--¡Anania! ¿Dónde diablos te has metido?
Anania se puso de pie y tendió la mano al compañero sano y salvo.
--¡Diablo!--dijo Bustianeddu, jadeante aún,--¡de buena he escapado!
--¿No has oído el silbido? Sin embargo, he silbado bien fuerte.
--No he oído nada. Sólo he oído los pasos de dos hombres y me he
escondido bajo las coles. ¿Y sabes quiénes eran los dos hombres? Tío
Pera y maestro Pane. ¿No sabes qué han hecho? Pues mira, tienen puesto
un lazo para los gatos; el gato que maullaba estaba cogido en el lazo,
y el tío Pera lo ha matado con su tranca. Maestro Pane cogió al pobre
animal, lo escondió bajo la capa y dijo, muy contento: «¡Dios mío, qué
gordo está! Menos mal, porque el de anteayer parecía un palillo». Y se
marcharon.
--¡Oh!--exclamó Anania, con un palmo de boca abierta.
--Ahora lo asan y se lo comen, ¿comprendes? ¡Son ellos los que roban
los gatos, cogiéndolos en el lazo! ¡Menos mal que no me han visto!
--¿Y el dinero?
--Escondido. Ea, mameluco; no eres bueno para nada.
Anania no se dió por ofendido; cerró la ventana y entró en la almazara
donde se desarrollaba la escena de costumbre. Efes, rascándose la
espalda contra la pared, cantaba:
Cuando Amelia tan pura y tan sencilla...
y Carchide contaba que había ido á un pueblo cercano á unos negocios.
--El alcalde era amigo de mi padre, de cuando éramos ricos,--decía el
buen mozo, cuya familia había estado siempre en la miseria.--Apenas se
entera que he llegado al pueblo, me manda llamar y me lleva á su casa.
¡Cuánta riqueza! ¡Treinta criados y siete criadas! Para llegar á las
habitaciones hay que atravesar tres patios, con muros altísimos; las
puertas de la calle son de hierro, todas las ventanas tienen rejas.
--¿Y para qué?--preguntó el almazarero.
--Por miedo á los ladrones, amigo. Porque el alcalde es rico como un
rey.
--¡Bah! ¡Bah!--gritó un hombre de los que movían las palancas.
--¿Y tú qué sabes?--siguió diciendo Carchide, mirándole con
desprecio.--¡El alcalde y sus hermanos, cuando murió su padre, se
repartieron las monedas de oro con una medida tan grande como un
hectolitro! ¡Además, la mujer del alcalde, tiene ocho _tancas_, una al
lado de otra, regadas por un riachuelo y más de cien fuentes! Y dicen
que el padre del alcalde encontró un _ascusorju_[22], en donde el rey
de España escondió más de cien mil escudos de oro, cuando hacía la
guerra á Leonor d'Arborea.
--¡Ah!--exclamó el almazarero, estremecido por la emoción, apoyándose
sobre la negra pala.
--Aquéllos sí, aquéllos sí que son señores ricos,--dijo Carchide.--¡Y
no los roñosos nuorenses!
--¡Mi amo es muy rico!--protestó Anania;--tiene él más riquezas en el
rincón donde guarda las escobas, que todos tus alcaldes piojosos.
--¡Quiá!--gritó el joven, haciendo un corte de mangas.--¡No sabes lo
que te pescas!
--¡Quien no lo sabe eres tú!
--Tu amo está lleno de deudas; veremos el final. ¡Vaya si lo veremos!
--¡Antes ciegues!
--¡Antes revientes!
Á poco más, el almazarero y el joven zapatero llegan á las manos; pero
su disputa fué interrumpida por un ataque de _delirium tremens_ que dió
al pobre Efes Cau. Cayó sobre el borujo, dando vueltas, retorciéndose,
saltando como un gusano, con los ojos desencajados y las facciones
contraídas.
Anania corrió á un rincón, gritando y llorando todo espantado,
mientras Bustianeddu, el almazarero y todos los demás sujetaban al
desdichado. Poco á poco volvió en sí, se sentó sobre el desparramado
borujo y miró á su alrededor con sus ojos saltones llenos de espanto,
aún todo contraído y tembloroso. Le dieron de beber, le animaron.
--¿Quién... quién me ha pegado? ¿Por qué me habéis pegado? ¿No os
parece que bastante me castiga Dios, para que vosotros aun me peguéis?
Y se echó á llorar.
Le acostaron, y se adormeció, delirando, llamando á su madre y á una
hermanita muerta.
Anania le miraba con terror y piedad; hubiese querido hacer algo para
ayudarle, y al mismo tiempo sentía un instintivo malestar al ver aquel
hombre antes rico, y ahora reducido á un lío de fétidos andrajos,
tumbado sobre el borujo como un montón de inmundicias.
Llamada por Bustianeddu vino tía Tatana; se inclinó piadosamente sobre
el enfermo, le tocó, le interrogó, le puso un saco bajo la cabeza.
--Es preciso darle un poco de caldo,--dijo alzándose.--¡Oh, el pecado
mortal, el pecado mortal!
--Hijito,--dijo á Anania,--ve á casa del amo y pide un poco de caldo
para Efes Cau. ¡Mira, mira á dónde lleva el pecado mortal! Vete, coge
una taza; vete.
Se fué de buena gana y Bustianeddu le acompañó. La casa del amo no
estaba muy lejos y Anania iba allá, con frecuencia, para recoger la
ración del caballo, las mechas para las luces de la almazara y á otros
muchos recados.
La calle estaba iluminada, á trechos, por la luna; grupos de
labradores pasaban cantando un coro melancólico y apasionado. Ante la
blanca casa del señor Carboni, había un patio cuadrado rodeado de altos
muros y con un gran portón pintado de rojo. Los dos chiquillos tuvieron
que dar fuertes golpes para que les abrieran; y Anania entregó la taza,
contando lo sucedido á Efes Cau.
--¿No será para vosotros el caldo?--dijo sonriéndose la criada,
mientras miraba de arriba abajo, sospechosa, á los dos chicos.
--¡Vete al cuerno, María Iscorronca![23]. ¡Nosotros no tenemos
necesidad de caldo!--gritó Bustianeddu.
--¡Animal, te voy á dar insultos!--dijo la criada persiguiéndole por la
calle.
Pero logró escaparse, mientras Anania entraba en el patio iluminado por
la luna.
--¿Quién es, qué quieren?--preguntaba una vocecita sutil, oculta en la
sombra de una galería, en donde se abría la puerta de la cocina.
--¡Soy yo!--gritó Anania, adelantándose con la taza en la mano.--Efes
Cau se ha puesto enfermo en la almazara, y _mi madre_ me envía para ver
si la señora quiere darme un poco de caldo para aquel infeliz.
--¡Ven, ven!--contestó la vocecita.
En aquel momento entró la criada, y no habiendo podido coger á
Bustianeddu, empezó á dar empujones al pobre Anania. Entonces la niña
que había dicho «ven, ven» salió á la defensa del hijo del almazarero.
--Déjale. ¿Qué te ha hecho?--dijo, tirando á la criada de la
falda.--Dale en seguida el caldo. ¡Pronto!
Aquella protección, el tono de mando, la figurilla regordeta y sana,
el vestido de franela azul, la nariz grande y algo arremangada entre
dos gordos carrilletes, los ojos brillando á la luz de la luna entre
dos rizadas cocas de cabellos casi rojos, agradaron inmensamente á
Anania. Ya conocía de antes á la hija del amo, Margarita Carboni, como
la llamaban todos los chicos que iban por la almazara; otras veces
le había dado las mechas para las luces y la cebada para el caballo;
casi todos los días la veía en el huerto y de cuando en cuando en la
almazara á donde iba con su padre; pero nunca se pudo imaginar que
aquella señorita sonrosada y regordeta y de aire tan altivo, fuese tan
amable y cariñosa.
Mientras la criada estaba en la cocina en busca del caldo, Margarita
preguntó á Anania algunos detalles de la enfermedad de Efes Cau.
--Hoy ha comido ahí, en este patio,--decía con gran seriedad.--Parecía
estar bien.
--Es una enfermedad que ataca á los borrachones,--replicó Anania.--Se
retorcía como un gato...
Apenas pronunció esta palabra se puso colorado recordando el gato
cogido por el tío Pera y las cien liras robadas y escondidas en el
huerto. ¡Cien liras robadas! ¿Qué hubiera dicho Margarita Carboni, si
hubiese sabido que él, Anania, el hijo del almazarero, el criado, con
el cual la señorita se dignaba mostrarse afable y buena, había robado
cien liras y que estas cien liras estaban escondidas en el huerto?
¡Ladrón! ¡Sí, era un ladrón y de una cantidad enorme! Sólo entonces vió
lo vergonzoso de su proceder y sintió dolor, humillación, remordimiento.
--¡Ay, como un gato!--dijo Margarita, apretando los dientes y torciendo
la boca.--¡Dios mío, Dios mío; es mejor que se muera!
La criada volvió con la taza llena de caldo. Anania ya no pudo
seguir charlando; cogió la taza y se marchó poco á poco, procurando
no verterlo. Sentía muchas ganas de llorar, y cuando se juntó con
Bustianeddu en la esquina de la calle, repitió las palabras de
Margarita:
--¡Es mejor que se muera!
--¿Quién? ¿Está caliente el caldo? Voy á probarlo...--dijo el otro
acercando la boca á la taza.
Anania se puso terrible.
--¡No lo toques!--gritó.--¡Tú eres muy malo! Serás lo mismo que Efes.
¿Por qué has cogido el dinero?--añadió bajando la voz.--Robar es un
pecado mortal. Vete á buscarlo y vuélvelo á poner en el cajón.
--¡Bah, bah! ¿Estás loco?
--¡Si no, se lo diré á _mi madre_!
--¡Á tu madre!--dijo el otro irónicamente.--¡Échale un galgo!
Y seguían andando poco á poco, y Anania miraba siempre la taza para que
el caldo no se vertiera.
--¡Somos unos ladrones!--dijo en voz baja.
--El dinero es de mi padre y tú eres un _mameluco_. ¡Me marcharé yo
solo, yo solo y nadie más que yo!--dijo con energía Bustianeddu.
--¡Mejor, y ojalá no vuelvas!--exclamó el otro.--Pero yo se lo diré
á... á tía Tatana (¡le daba vergüenza volver á decir _mi madre_!)
--¡Soplón!--gritó Bustianeddu, amenazándole con los puños cerrados.--Si
hablas te mato como á un perro, te rompo la cara, te pateo hasta que
eches las tripas por la boca.
Anania bajó la cabeza, por miedo de verter el caldo y recibir los
puñetazos de su amigo, pero no retiró la amenaza de contarlo todo á tía
Tatana.
--¿Qué diablo te han dicho en aquel patio?--prosiguió diciendo el otro
temblando de cólera.--¿Qué te ha dicho aquella criaducha? Habla.
--Nada. Pero yo no quiero ser un ladrón.
--Lo que tú eres, es un bastardo,--gritó entonces Bustianeddu.--¡Eso
eres! Y ahora mismo voy, recojo el dinero y no vuelvo á mirarte á la
cara.
Y se marchó corriendo, dejando á Anania presa de una profunda pena.
¡Ladrón, bastardo, abandonado! ¡Era demasiado, era demasiado! Y se echó
á llorar y sus lágrimas caían dentro del caldo.
--¡Y ahora, Bustianeddu también me abandonará y marchará solo! ¿Y yo,
cuándo podré marcharme? ¿Cuándo podré ir á _buscarla_?
--¡Cuando sea mayor!--se respondió á sí mismo, animándose.--Ahora no
puedo.
Apenas entregó el caldo á tía Tatana corrió á la ventana de la
almazara. Silencio. No se veía á nadie; no se oía nada en el húmedo
huerto iluminado por la luna. Las montañas azules se recortaban sobre
el fondo del vaporoso cielo; todo respiraba silencio y calma.
De pronto oyó la voz de Bustianeddu.
--¿No ha recogido el dinero?--dijo Anania.--¿No ha entrado en el
huerto? ¿Y si yo fuera?
Tuvo miedo; volvió á la almazara y empezó á dar vueltas como un gatito
hambriento al rededor de tía Tatana que cuidaba al enfermo. Ella le
hizo la pregunta de costumbre:
--¿Qué tienes? ¿Te duele el vientre?
--Sí, vámonos á casa.
Comprendió que el chico quería decirle algo y le acompañó.
--¡Jesús, Jesús, Santa Catalina bendita!--exclamó la buena mujer cuando
lo supo.--¡En qué mundo vivimos! ¡Hasta los pajarillos, hasta los
pollitos dentro del cascarón, ya pecan!
Anania nunca supo cómo tía Tatana había convencido á Bustianeddu para
que volviera á poner el dinero en el cajón; pero desde entonces los
dos amigos se miraban de reojo y por nada se insultaban y venían á las
manos.
Pasó el invierno, y hasta abril siguió funcionando la prensa, pues la
abundancia de oliva había sido aquel año extraordinaria. Sin embargo,
algunos días, Anania el almazarero, cerraba la almazara y marchaba al
campo á cavar los trigos del amo, llevándose al pequeño Anania del
cual quería hacer un labrador; y el chiquillo le seguía, muy contento
de servir para algo, llevando, con orgullo, á la espalda, su azada y
la alforja con la comida. Los sembrados que aquel año cultivaba el
almazarero se extendían en una ondulada llanura, en la cual arrojaban
su larguísima sombra dos altos pinos, sonoros como dos torrentes. Era
un paisaje dulce y melancólico, sin árboles y sin sombras, salpicado de
cuando en cuando por alguna solitaria viña. La voz humana se perdía sin
eco, como atraída y tragada por el murmullo único de los pinos, cuyas
copas inmensas parecían sobrepujar las montañas grises y azuladas del
horizonte.
Mientras el padre cavaba, inclinado sobre aquella extensión verde-clara
del trigo, Anania se perdía á través de los campos desnudos y
melancólicos, gritando á los pájaros y buscando hierbas y hongos. Á
veces el padre, alzándose, le veía á lo lejos y sentía una punzada en
el corazón, porque el sitio, el trabajo, la figurita del chiquillo,
todo le recordaba á Olí, sus hermanitos, la falta cometida, el amor y
los placeres gozados.
¿Dónde estará Olí? ¡Quién sabe! Se había perdido, se había extraviado
como un pajarito en el campo; ¡peor para ella! Anania el almazarero
creía cumplir de sobra con su deber criando al chico; si encontraba
el tesoro con que siempre soñaba, daría carrera al niño; si no, haría
de él un buen labrador; ¿se podía hacer algo más? ¿Y los que no
reconocen á sus propios hijos y en lugar de recogerlos y educarlos
cristianamente, como él hacía, los abandonan á la miseria y á la mala
vida? Hasta gente rica, hasta ciertos señores obraban de esta manera.
Sí, hasta el amo obraba así; sí, hasta el señor Carboni... Anania
_grande_ se consolaba pensando en lo que hacían otros muchos, pero
aún le quedaba en el corazón algo de melancolía, y mirando á lo lejos
le parecía descubrir los muros que rodeaban la caseta en donde había
vivido Olí; y durante la comida, ó mientras descansaban á la sombra
de los pinos sonoros, interrogaba á su hijo sobre los sucesos de su
infancia. Anania estaba cohibido ante su padre y no se atrevía nunca á
mirarle á los ojos; pero una vez empujado por la vía de los recuerdos,
charlaba de buena gana, entregándose al placer nostálgico de contar
tantas cosas pasadas. Lo recordaba todo: Fonni, la casa, los cuentos
de la viuda, el buen Zuanne de las orejas grandes, los carabineros,
los frailes, el patio del convento, las castañas, las cabras, las
montañas, la cerería. Pero hablaba muy poco de su madre, y en cambio el
almazarero le preguntaba siempre cosas de ella.
--Oye, ¿te pegaba mucho tu madre?
--¡Nunca, jamás!--protestaba Anania.
--Yo sé que te pegaba.
--¡Que me quede ciego si miento!--perjuraba el chiquillo.
--Y díme... ¿qué hacía?
--Trabajaba siempre...
--¿Es verdad que un carabinero se quería casar con ella?
--¡No es verdad! Los carabineros me decían: Di á tu madre que venga;
tenemos que hablar.
--¿Y ella?--preguntaba con ansia el almazarero.
--¡Oh, se ponía furiosa!
--¡Ah!
El molinero respiraba; sentía algo de alegría oyendo que no andaba en
tratos con los carabineros. Pues bien, sí; aún la quería, aún recordaba
con ternura sus ojos claros y ardientes, á sus hermanitos, al pobre y
desgraciado peón caminero; ¡pero él no podía hacer nada! Si hubiese
sido libre, de seguro se habrían casado; y en cambio había tenido que
abandonarla. Ahora era completamente inútil pensar más en ello.
--Mira,--decía á Anania, cuando terminaban la frugal comida,--ves allí,
donde hay una chumbera, ¿la ves?, había una casa antiquísima. Ve, y
escarba en el suelo, tal vez encuentres algo.
El chiquillo salía corriendo, experimentando un sentimiento de
liberación al alejarse de aquel hombre sucio y triste, mientras el
padre pensaba:
--Las almas inocentes encuentran más fácilmente los tesoros. ¡Si
encontrase algo! Señalaría una renta á Olí, y cuando se muriera mi
mujer me casaría con ella. Después de todo, he sido yo el primero en
«engañarla».
Pero Anania no encontraba nada. Al anochecer padre é hijo volvían
lentamente al pueblo, recorriendo las blancas calles en cuyo fondo
ardía un crepúsculo de oro. Tía Tatana les esperaba con la cena á punto
y un montón de crujientes brasas en el limpio hogar. Quitaba los mocos
al pequeño Anania, le limpiaba los ojos y contaba á su marido los
sucesos del día.
Nanna, la borracha, se había caído sobre el fuego; Efes Cau llevaba un
par de zapatos nuevos; tío Pera había apaleado á un chiquillo; el señor
Carboni había ido á la almazara para ver el caballo.
--Dice que está horrorosamente flaco.
--¡Diablo! ¡después de tanto trabajar! ¡qué se creía el amo! También
los animales son de carne y hueso.
Después de cenar, el almazarero se iba á la taberna, no acordándose ya
de Olí ni de sus aventuras; y tía Tatana hilaba y contaba cuentos á su
hijo adoptivo. Á veces les hacia compañía Bustianeddu.
--«Pues señor, érase una vez un rey que tenía siete ojos de oro en la
frente, que parecían siete estrellas...».
Ó el cuento del «_Dragón y Mariedda_». Mariedda se escapaba de la casa
del Dragón:
--«...ella corría y corría, echando clavos que se multiplicaban, se
multiplicaban y ya cubrían todo el campo. El señor Dragón la seguía, la
seguía, pero no llegaba á alcanzarla porque los clavos se le clavaban
en los pies...». ¡Dios mío, con qué placer veían los dos chicos que se
escapaba Mariedda!
¡Cuánta diferencia entre la cocina, el aspecto y las narraciones de la
viuda de Fonni, y la cocina limpia y caliente, la figura apacible y los
maravillosos cuentos de tía Tatana! Y sin embargo, Anania se aburría, ó
al menos no experimentaba las emociones de terror que los cuentos de la
viuda le habían producido en otro tiempo; tal vez debido á que en lugar
del buen Zuanne, del querido hermanito, estaba Bustianeddu, malo y de
mala intención, que le pellizcaba continuamente y le llamaba _soplón_
y _bastardo_ hasta delante de la gente y á pesar de los sermones de
tía Tatana. Una noche le llamó bastardo delante de Margarita Carboni,
que con la criada había venido á un recado á casa del almazarero.
Tía Tatana se le echó encima para taparle la boca, pero llegó tarde.
_Ella_ lo había oído, y Anania sintió un dolor indecible, que no
pudo endulzar el pan untado de miel que tía Tatana les dió á él y á
Margarita. Á Bustianeddu nada. ¿Pero qué era un pedazo de pan untado de
miel comparado con la profunda amargura de ser llamado bastardo ante
Margarita Carboni? Llevaba un vestido verde, medias de color violeta
y una toquilla de un rosa muy vivo, que aumentaba el color de sus
mofletes y hacía resaltar más el azul de sus ojos angelicales. Aquella
noche Anania soñó con ella, tan hermosa, con todos los colores del
iris, y también durante el sueño sentía la pena de haber sido llamado
bastardo en su presencia.
* * * * *
En Semana Santa,--aquel año la Pascua caía á últimos de abril,--el
almazarero cumplió el precepto pascual y el confesor le ordenó que
legitimara á su hijo. Al mismo tiempo, Anania, que cumplía ocho años,
fué confirmado, siendo su padrino el señor Carboni. Fué un gran
acontecimiento para el chico y para la ciudad entera que se dió cita en
la catedral en donde monseñor Demartis, el guapo é imponente obispo,
confirmó á centenares de niños. Por las puertas abiertas de par en
par, que á Anania le parecían inmensas, penetraba la primavera con su
luz intensa y su templada fragancia dentro de la iglesia, atestada de
mujeres con vestidos colorados, de señores y de alegres chiquillos.
El señor Carboni, con la cara y el pelo rojos y los ojos azules, con
el chaleco de terciopelo cruzado por una enorme cadena de oro, era
saludado, respetado, buscado por los personajes más conspicuos, por
los campesinos y campesinas, por las señoras y niños que llenaban la
iglesia. Anania se sentía orgulloso y feliz con tal padrino; pues si
bien era verdad que el señor Carboni debía apadrinar á otros diez y
siete niños, esto no quitaba importancia al honor especial de cada uno
de ellos.
Después del acto, los diez y ocho ahijados, con sus respectivos
padres, acompañaron al padrino á su casa, y Anania pudo admirar la
_sala_ de Margarita,--de la cual había oído contar maravillas,--una
gran sala empapelada de un papel grana, con una sillería del siglo
pasado, cómodas adornadas con flores artificiales cubiertas por
campanas de cristal, fruteros con frutas de mármol y platitos con rajas
de embutidos y queso, también de mármol.
Les sirvieron licores, café, bizcochos y amargos; y la hermosa señora
Carboni, que tenía dos profundos hoyuelos en las mejillas y llevaba
el pelo negro muy tirante, muy tirante de las sienes, elegantemente
vestida con un traje de casa de indiana á cuadros azul y rosa, con
volantes y encajes, estuvo amable con todos y besó á los niños
entregando á cada uno un paquetito.
Anania recordó durante mucho tiempo todos estos detalles. Recordó
que en vano había esperado ardientemente que Margarita entrase en la
_sala_ y se fijase en su vestidito nuevo, de fustán amarillo, duro
como la piel del diablo; recordó que la señora Carboni besándole y
dándole suaves golpecitos con su mano llena de sortijas sobre la cabeza
horrorosamente pelada, había dicho al almazarero:
--¡Oh, compadre! ¿por qué lo ha pelado de esta manera? Parece calvo...
--Así está mejor, comadre,--había contestado Anania _grande_, siguiendo
la broma de la señora, de la cual en realidad no era compadre;--la
cabeza de este polluelo parecía un bosque...
--¿Ya ha cumplido con su deber?--prosiguió diciendo el ama.
--¡Sí, señora! ¡Sí, señora!
--Me alegro. Créame, sólo los hijos legítimos son el apoyo de los
padres en la vejez.
Después se acercó el señor Carboni.
--¡Qué ojos más picarescos tiene este montañés!--dijo, mirando al
chico.--¿Por qué los bajas? ¿Te ríes? Ah, diablillo...
Anania reía de alegría al verse contemplado por el padrino y mirado
afectuosamente por la señora Carboni.
--¿Qué quieres ser, diablillo?
El pequeño bajaba y alzaba los ojos brillantes (que la limpieza de tía
Tatana había curado por completo) y trataba de esconderse detrás de su
padre.
--¡Vamos, contesta al padrino!--exclamó éste cogiéndolo por un brazo.
--¿Qué quieres ser, diablillo?
--¿Almazarero?--preguntó la señora.
Con la cabeza dijo que no, que no.
--¿Ah, no te gusta? ¿Labrador?
No, y siempre no.
--¿Entonces, querrás estudiar?--preguntó astutamente el almazarero.
--Sí.
--¡Ah, muy bien!--dijo el señor Carboni.--¿Conque quieres estudiar?
¿Quieres ser cura?
Siguió diciendo que no.
--¿Abogado?--preguntó el molinero.
--Sí.
--¡Diablo! ¡Diablo! ¡Ya decía yo que tenía los ojos vivos! ¡Quiere ser
abogado el ratoncito!
--¡Ay, pobre hijo mío, somos muy pobres!--dijo suspirando su padre.
--¡Si el chico tiene voluntad de estudiar, la providencia no le
faltará!--dijo el amo.
--¡No le faltará!--repitió como un eco el ama.
Estas palabras decidieron el destino de Anania, y no las olvidó nunca
jamás.
* * * * *
Por fin se cerró definitivamente, por aquel año, la almazara, y el
almazarero se transformó por completo en labrador.
Una primavera ardiente amarilleaba los campos; las avispas y abejas
zumbaban al rededor de la casita de tía Tatana; el gran saúco del
pequeño patio parecía cubierto de un maravilloso encaje de flores
amarillas.
En el patio de casa Anania se reunían casi todos los días los que antes
acostumbraban hacerlo en la almazara; tío Pera con su tranca, Efes y
Nanna siempre borrachos, el guapo zapatero Carchide, Bustianeddu, su
padre, y algunas otras personas de la vecindad. Además tío Pane había
abierto tienda en una casucha en frente del patio; todo el santo día
era un ir y venir de gente que reía, gritaba, se insultaba y soltaba
palabrotas.
El pequeño Anania pasaba todo el tiempo entre aquella gente miserable
y mal hablada, de la cual aprendía actos y palabras indecentes,
acostumbrándose al espectáculo de la embriaguez y de la miseria
inconsciente.
Al lado de la del tío Pane, había una tenducha negra y llena de
telarañas, en donde se consumía una pobre muchacha enferma, cuyo padre
marchó muchos años atrás á trabajar en unas minas africanas, y del cual
no se supieron más noticias. La infeliz criatura, llamada Rebeca, vivía
sola, abandonada, llena de llagas, tendida sobre una sucia estera,
asaltada por millares de insectos y moscas.
Más allá habitaba una viuda con cinco hijos que todos pedían
limosna; el mismo tío Pane la pedía á menudo. Y, sin embargo, aquella
gente estaba siempre alegre; los cinco niños pordioseros siempre se
reían. Maestro Pane hablaba consigo mismo en alta voz contándose
historietas risueñas y recordando hechos alegres de su juventud. Y en
las deslumbrantes siestas, cuando la vecindad callaba y las avispas
zumbaban entre las flores del saúco, conciliando el sueño del pequeño
Anania echado boca arriba en el umbral de la puerta, sólo vibraba en el
pesado silencio el agudo lamento de Rebeca, que subía, se ensanchaba,
moría, volvía á empezar subiendo á lo alto, enterrándose muy hondo,
y parecía atravesar el silencio (por decirlo así) con un silbido de
flecha. Aquel lamento encerraba el dolor, los males, la miseria, el
abandono, la desesperación oculta por todo el pueblo; era la voz
interna de las cosas, los lamentos de las piedras que caían una á una
de los negros muros de las casas prehistóricas, de los techos que se
derrumbaban, de las escaleras exteriores y de las balaustradas de
carcomida madera que amenazaban ruina; de los euforbios que crecían
en las callejuelas pedregosas y de la grama que cubría los muros; de
la gente que no comía; de las mujeres que no tenían ropa que mudarse;
de los hombres que se embriagaban para aturdirse, y pegaban á su
mujer, á sus hijos y á los animales porque no podían desahogarse con
el Destino; de las enfermedades incurables, de la miseria aceptada
inconscientemente, como la vida misma. ¿Pero quién pensaba en ello?
Anania, echado boca arriba sobre el umbral de la puerta, espantaba las
moscas y las avispas con un ramo de saúco, y pensaba instintivamente:
--¡Ay! ¿Por qué grita siempre _aquélla_? ¿Por qué grita de este modo?
¡No debía haber enfermos en el mundo!
Se había puesto redondo como una bola, á causa de las abundantes
comidas, la dulce ociosidad, y, sobre todo, del mucho dormir.
Siempre dormía. Y en las silenciosas siestas, á pesar del grito
continuo de Rebeca, terminaba por dormirse, con la flor del saúco en
la manecita roja, y la nariz cubierta de moscas. Y soñaba que aún se
encontraba allá arriba, en casa la viuda, en la cocina vigilada por
el capotón negro que parecía un fantasma colgado; pero su madre no
estaba allí, había huido, lejos, á una tierra desconocida. Y venía un
fraile del convento y enseñaba á leer y escribir al pequeño abandonado,
que quería estudiar para poder viajan y buscar á su madre. El fraile
hablaba, pero Anania no lograba entenderle porque del capote salía un
lamento agudo y desgarrador que ensordecía. ¡Dios mío, qué miedo! Era
la voz del alma del difunto bandido. Y además del miedo, Anania sentía
una gran molestia en la nariz y en los ojos. Eran las moscas.