II

El hijo de Olí nació en Fonni, al empezar la primavera. Por consejo

de la viuda, que lo llevó á la pila bautismal, le pusieron Anania.

Pasó su infancia en Fonni, y siempre recordó fantásticamente aquel

extraño lugar situado en lo alto de un monte, como buitre en reposo.

Durante el largo invierno todo era nieve y niebla; pero en la primavera

la hierba invadía hasta las pendientes callejuelas del caserío,

empedradas de gruesas piedras, en las cuales los escarabajos dormían

plácidamente al sol, y las hormigas salían y entraban tranquilamente

en sus hormigueros. Las casuchas de piedra obscura con los techos

de _scandule_[12] sobrepuestas á modo de escamas, con sus negras

puertecitas y sus carcomidos balcones de madera, tenían al exterior

la escalerita casi siempre enguirnaldada por una parra; el pintoresco

campanario de la iglesia de los Mártires, sobresaliendo entre las

verdes encinas del patio del antiguo convento, dominaba el pueblecito,

proyectándose sobre el azul del diáfano cielo.

Un horizonte fantástico rodeaba al pueblo; las altas montañas del

Gennargentu, de luminosas cumbres que parecían perfiladas de plata,

dominaban los grandes valles de la Barbagia, que subían,--inmensas

conchas verdes,--hasta la cresta en que Fonni, con sus casas de tablas

y sus callejas de piedra, desafiaba el viento y las tormentas.

En el invierno el país se quedaba casi desierto, porque los numerosos

pastores nómadas que lo poblaban (hombres fuertes como el viento y

astutos como zorros) bajaban con sus rebaños á las templadas llanuras

meridionales; pero durante el buen tiempo un continuo ir y venir de

caballos, perros y pastores viejos y jóvenes, animaba las callejuelas.

Zuanne, el hijo de la viuda, á los once años era ya pastor. Durante

el día, llevaba á pastar, por los salvajes contornos del pueblo,

unas cuantas cabras pertenecientes á varias familias _fonnenses_; al

amanecer recorría las calles silbando, y las cabras, que conocían su

silbido, salían de las casas y le seguían mansamente; al anochecer las

conducía hasta la entrada del pueblo, desde donde los inteligentes

animalitos se iban tranquilamente á casa de sus amos.

El pequeño Anania acompañaba casi siempre á su amigo Zuanne el de las

orejas grandes; ambos siempre descalzos, llevaban unas calzas y un

chaleco de _orbace_, calzoncillos de gruesa tela, muy sucios, y un

gorro de piel de carnero. Anania tenía siempre los ojos enfermos, y,

por consiguiente, legañosos; de su roja naricita salía continuamente un

líquido salado, que no titubeaba en lamer ó esparcir con su manecita

sucia á un lado y otro de la nariz, formándose de este modo unos

bigotes de una materia indefinible.

Mientras las cabras pacían en los montañosos contornos del pueblo,

entre hierbas aromáticas y rocas cubiertas de verdes madreselvas,

los dos chiquillos vagabundeaban, bajando hasta la carretera para

apedrear á la gente que pasaba, entrando en los campos de patatas donde

trabajaban diligentes mujeres, buscando, en las grandes sombras húmedas

de los gigantescos nogales, algún fruto arrancado por el viento. Zuanne

era alto y esbelto. Anania, más fuerte y más atrevido. Ambos embusteros

á cual más, y con una gran imaginación. Zuanne hablaba siempre de su

padre con orgullo, proponiéndose imitar su ejemplo y vengar su memoria;

Anania quería ser soldado.

--Yo te prenderé,--decía tranquilamente; y Zuanne respondía con

calor:--Y yo te mataré.

Á menudo jugaban á los bandidos, armados con fusiles de caña. Habían

encontrado un bosquecillo donde jugar, y Anania no conseguía nunca

descubrir al bandido, aun cuando éste, desde el matorral donde

se escondía, imitaba la voz del cuclillo. Un cuclillo de veras

contestaba á lo lejos, y los dos chiquillos, deponiendo sus fieros

propósitos, se entregaban á la busca del melancólico pájaro; busca

no menos infructuosa que la del bandido. Cuando creían estar cerca

del misterioso asilo, la triste queja se repetía más lejana, cada vez

más lejana. Entonces los dos hermanitos en desventura, hundidos en

la hierba ó echados sobre el musgo de las rocas, se contentaban con

interrogar al cuclillo.

Zuanne era modesto; preguntaba solamente:

Cuclillo hermoso y agreste,

Dime qué hora es[13];

y el pájaro contestaba con siete gritos, aunque ya fuesen las diez.

Á pesar de ello Anania lanzaba su atrevida pregunta:

Cuclillo hermoso del mar,

Dime cuántos años tardaré en casar[14].

--Cu-cu-cu-cu...

--¡Diablo! ¡cuatro años! ¡Pronto te casas!--decía burlándose Zuanne.

--Chitón, es que no ha entendido bien.

Cuclillo hermoso del lirio,

Dime cuántos años tardaré en tener un hijo[15].

Á veces el cuclillo daba una respuesta razonable; y los dos chiquillos,

en el inmenso silencio del paisaje, interrumpido tan sólo por la voz

del melancólico oráculo, seguían haciéndole preguntas, no siempre

alegres:

Cuclillo hermoso de la hermana,

Dime cuántos años tardaré en morir[16].

Una vez Anania marchó solo por la montaña, y subió y subió por la

blanca carretera, á través de arboledas y bloques de granito, por la

vertiente cubierta de las florecillas violeta del _tirtillo_[17],

hasta que creyó haber llegado á una altura grandísima. El sol se había

puesto, pero detrás de las azuladas montañas del horizonte, parecían

arder grandes hogueras que lanzaban á lo alto, sobre el cielo todo

rojo, una luz violentísima. Anania tuvo miedo de aquel cielo lodo

rojo, de la altura á donde había llegado, del terrible silencio que

le rodeaba. Pensó en el padre de Zuanne y miró por todas partes con

terror. ¿Por qué aun cuando deseaba tomar la carrera de las armas,

tenía miedo de los bandidos?; y en cambio Zuanne deseaba vivamente

verlos, pero el largo capotón negro colgado sobre la pared ahumada, le

causaba espanto. Bajó casi rodando, de la alta cima desde donde había

visto el cielo todo rojo y las montañas azules, y oyó que Zuanne le

llamaba, lanzando grandes aullidos. Contó de dónde venía, y añadió que

_los había visto_. El hijo de la viuda, al principio muy enfadado,

llegó á conmoverse, y á mirar con respeto á Anania; después regresaron

al pueblo pensativos y taciturnos, seguidos por las cabras, cuyas

esquilas resonaban tristemente en el silencio del crepúsculo.

Cuando no acompañaba á Zuanne, el pequeño Anania pasaba el día en el

gran patio de la iglesia de los Mártires, con los hijos del cerero que

trabajaba en una mala casucha pegada á la iglesia. Grandes árboles

daban sombra al melancólico patio, rodeado de arcadas ruinosas. Una

escalinata de piedra conducía á la iglesia, sobre cuya sencillísima

fachada había pintada una cruz. Sobre esta escalinata Anania y los

hijos del cerero pasaban horas y horas al sol, que apenas calentaba,

jugando con piedrecitas y fabricando pequeños cirios de barro. Á las

ventanas del antiguo convento se asomaba alguno que otro carabinero

aburrido; dentro de las celdas se veían zapatos y capotes soldadescos,

y se oía una voz de falsete que cantaba, con acento napolitano:

_A te questo rosario!_

Algún frailuco, de los últimos que quedaban en el vetusto y húmedo

convento, desastrado, sucio, con las sandalias rotas, rezando en

dialecto atravesaba el patio. Á menudo el carabinero de la ventana y

el fraile desde la escalinata, trababan pueriles conversaciones con

los niños del patio. Á veces el carabinero se dirigía directamente á

Anania, pidiéndole noticias de su madre:

--¿Qué hace tu madre?

--Hila.

--¿Y nada más?

--Va á la fuente.

--Dile que se venga por acá, que he de hablar con ella.

--Sí señor,--contestaba el pobre inocente.

Y lo contaba á su madre, y Olí le daba en cambio algún bofetón y le

prohibía que volviera al patio (sin embargo una vez la vió que hablaba

con un carabinero); pero, como es natural, la desobedecía, porque no

sabía estar sino con Zuanne ó con los hijos del cerero.

Excepto los domingos y el día de la fiesta de los Mártires, en

primavera, una triste soledad reinaba en la Basílica,--cuyas pinturas

y estucos parecían consumirse por el abandono y olvido en que se les

tenía,--en el gran patio asoleado, en las arcadas ruinosas llenas del

olor de la cera, y bajo el enorme nogal que á Anania le parecía más

alto que el Gennargentu; y sin embargo, siempre recordó con nostálgica

dulzura aquel sitio solitario en donde, en primavera, crecía la avena

entre las piedras, y en otoño las hojas secas del nogal caían como alas

de pájaros muertos. Zuanne, que también sentía rabiosos deseos de jugar

en el patio y se aburría cuando Anania no le acompañaba, estaba celoso

de los hijos del cerero, y hacía todo lo que podía para que su amigo no

fuera con ellos.

--Ven mañana conmigo,--decía á Anania, mientras asaban castañas

sobre las brasas del hogar.--Te mostraré un nido de liebres. Hay

muchas, muchas, mira, muy chiquititas, como los dedos de la mano;

no tienen pelo, con unas orejas muy largas.--Y terminaba, fingiendo

maravillarse:--¡Diablo! ¡qué orejas más largas tienen!

Anania iba en busca de los lebratos y, como es natural, no los

encontraba. El otro juraba que antes estaban, que debían haber

escapado.--¡Mejor; hubieses venido antes!

--¡Te vas con _aquéllos_!--le decía despreciativamente.--Peor para ti;

¡ahora puedes hacerte unos lebratos de cera! ¡Ves, hubieses venido ayer

conmigo!

--¿Y por qué no los cogiste tú?

--Porque quería cogerlos contigo, ¡eso! Vamos á ver si encontramos el

nido de cornejas.

El pastorcillo hacía todo lo que sabía para entretener á Anania, pero

el chiquillo empezaba á tener frío allá arriba, al pie del monte detrás

del cual asomaban las nieblas del otoño, y volvía al lugar. De aquella

época conservaba pocos recuerdos de su madre, porque apenas la veía;

siempre estaba fuera. Trabajaba á jornal en las casas ó en el campo, en

el cultivo de la patata, y volvía á casa, al anochecer, cansadísima,

amoratada por el frío y hambrienta. Desde hacía mucho tiempo el padre

de Anania no había vuelto á Fonni; y, por lo tanto, el pequeño no se

acordaba de haberlo visto nunca.

La viuda del bandido hacía las veces de madre al pobrecillo bastardo,

y de ella conservó Anania un nítido recuerdo. La viuda le había mecido,

le había dormido muchas veces con el sonsonete melancólico de extrañas

canciones. ¡Cuántas veces le había lavado la cabeza, cuántas veces

cortado las uñas de los piececitos y manecitas llenas de tierra, y

quitado, á la fuerza, los mocos! Todas las veladas, hilando junto

al fuego, narraba las heroicas hazañas del bandido. Los chiquillos

escuchaban ansiosamente, pero Olí ya no se conmovía, y hasta llegaba

á interrumpir á la viuda, ó abandonaba el hogar para irse á echar

en su camastro. Anania dormía con ella, á los pies de la cama. Á

menudo encontraba á su madre, ya dormida, fría, helada, y trataba de

calentarle los pies con sus piececitos calientes.

Más de una vez la oyó sollozar en el silencio de la noche, y no se

atrevió á preguntarle nada porque le intimidaba, pero se confió con

Zuanne, y después de esta confidencia, el pastorcillo creyó un deber

informarle de ciertas cosas. Le dijo:

--Has de saber que eres un bastardo, es decir, que tu padre no es el

marido de tu madre. Hay muchos así; ¿sabes?

--¿Y por qué no se casó con ella?

--Porque tiene otra mujer; se casarán cuando ésta se muera.

--¿Y cuándo se morirá?

--Cuando Dios quiera. Has de saber que tu padre antes venía á veros, yo

le conozco, ¿sabes?

--¿Cómo es?--preguntaba Anania, frunciendo el entrecejo, con ímpetu de

odio instintivo hacia aquel padre desconocido que no venía á verle, al

pensar que su madre tal vez lloraba por su causa.

--Mira,--decía Zuanne haciendo memoria,--es guapo, alto, ¿sabes?, con

los ojos como dos luciérnagas. Lleva un capote de soldado.

--¿Dónde vive?

--En Nuoro. Nuoro es una gran ciudad, que se ve desde el Gennargentu.

Yo conozco al obispo de Nuoro, porque me confirmó.

--¿Has estado en Nuoro?

--Sí, sí, estuve,--afirmaba Zuanne, mintiendo.

--No, no es verdad, tú no has estado. Recuerdo que no has estado.

--Estuve antes que nacieras. ¡Tú qué sabes!

Anania, después de estas conversaciones, seguía muy á gusto á Zuanne

á pesar del frío, y continuamente le interrogaba acerca de su padre,

de Nuoro, del camino que había que recorrer para llegar á la ciudad. Y

casi todas las noches soñaba con aquel camino, y veía una ciudad con

muchas iglesias, con casas muy altas, con montañas más grandes que el

Gennargentu.

Una noche, á últimos de noviembre, Olí, que había estado en Nuoro por

la fiesta de Nuestra Señora de Gracia, riñó con la viuda. Desde hacía

tiempo reñía con todo el mundo y zurraba á los chiquillos.

Anania la oyó llorar toda la noche, y aun cuando el día antes le había

pegado, tuvo gran lástima de ella; hubiera querido decirle:

--Cállese, mamá; Zuanne dice que si fuese yo, cuando fuera grande, iría

á Nuoro á buscar á mi padre, obligándole á que viniera aquí. Yo no

quiero esperar, voy á ir en seguida; déjame ir, mamita mía...

Pero no se atrevía ni á respirar.

Era de noche aún cuando Olí se levantó, bajó á la cocina, volvió á

subir, volvió á bajar y vino por último trayendo un lío.

--Levántate,--dijo al muchacho.

Después le ayudó á vestirse y le colgó al cuello una cadenita, de la

cual pendía una bolsa de brocado verde, muy bien cosida.

--¿Qué hay dentro?--preguntó el chiquillo, palpando el saquito.

--Una _rizetta_[18] que te traerá suerte; me la regaló un fraile muy

viejo que encontré en la carretera... Llévalo siempre sobre el pecho;

no lo pierdas nunca.

--¿Era muy viejo el fraile?--preguntó Anania pensativo.--¿Llevaba una

barba muy larga? ¿Y un bastón?

--Sí, una barba larga y un bastón...

--¿No sería Él?

--¿Quién es Él?

--¿Nuestro Señor Jesucristo?...

--Tal vez...--dijo Olí.--Mira, prométeme que no perderás ni darás á

nadie la bolsita. Júramelo.

--¡Lo juro!--contestó gravemente Anania.--¿Es fuerte la cadenilla?

--Sí; es fuerte.

Olí cogió el lío con una mano, y con la otra la manecita del niño, y le

llevó á la cocina en donde le hizo tomar una taza de café y un pedazo

de pan. Le echó sobre las espaldas un saco viejo, y salieron á la calle.

Amanecía.

Sentíase un frío intenso. La niebla llenaba el valle, cubría casi todos

los montes; sólo sobresalía alguna que otra cresta nevada, plateada,

confundiéndose con las blancas nubes; el monte Spada aparecía y volvía

á aparecer--enorme macizo de bronce--entre los movibles velos de la

niebla.

Anania y su madre atravesaron las solitarias sendas, pasaron frente

al inmenso panorama occidental, sumergido entre nieblas, y empezaron

á bajar la carretera gris y húmeda, que allá abajo, muy abajo, se

internaba en una lejanía llena de misterio. Anania sintió palpitar su

corazoncito. Aquella carretera gris, vigilada por las últimas casas

de Fonni, cuyos techos de tablas parecían grandes alas negruzcas

desplumadas, aquella carretera que baja, y baja sin cesar hacia un

abismo desconocido lleno de niebla, es la carretera de Nuoro.

Madre é hijo caminaban de prisa; á menudo el pequeño tenía que correr

para alcanzarla, pero no se cansaba. Estaba acostumbrado á andar, y

á medida que bajaban se sentía más ágil, más vivo, ligero como un

pajarillo. Muchas veces preguntó:

--¿Dónde vamos, madre?

--Á coger castañas,--contestóle una vez, y después dijo:--al campo; ya

lo verás.

Anania bajaba, corría, daba saltos; á cada momento se palpaba el pecho

en busca de la bolsita.

La niebla se iba aclarando. En lo alto, el cielo aparecía de un azul

pálido surcado de grandes pinceladas de albayalde; las montañas se

veían, á través de la niebla, casi moradas. Un amarillento rayo de sol

iluminaba, por fin, la pequeña iglesia de Gonare, situada en la cresta

de la montaña piramidal, que surgía de entre unas nubes color de plomo.

--¿Vamos allá?--preguntó Anania, señalando un bosque de castaños,

rociados por la niebla y cargados de frutos espinosos ya abiertos. Un

pajarillo gorjeaba en aquel lugar y hora tan silenciosos.

--¡Más allá!--dijo Olí.

Anania reanudó su desenfrenada carrera. Nunca había ido tan lejos en

sus excursiones, y aquel continuo descenso al valle, el paisaje, la

hierba que cubría las laderas, los muros verdes por el musgo, los

bosques de avellanos, el césped cubierto de rojas bayas, el gorjeo de

los pájaros, todo le resultaba nuevo y agradable.

La niebla desaparecía. El sol, triunfante, iluminaba las montañas. Las

nubes que rodeaban el monte Gonare, habían tomado un hermoso color

amarillo-rosado, sobre cuyo fondo la pequeña iglesia se destacaba

claramente, pareciendo tan próxima que se podía tocar con la mano.

--¿Pero dónde está este endiablado lugar?--preguntó Anania,

volviéndose á su madre con las manecitas abiertas, y fingiendo enfado.

--Pronto llegamos. ¿Estás cansado?

--¡No estoy cansado!--gritó, echando á correr.

Pronto llegó el momento en que empezó á sentir un dolorcito en las

rodillas. Entonces disminuyó las carreras, se puso al lado de Olí y

empezó á charlar; pero ella, con su lío sobre la cabeza, el rostro

amoratado y con grandes ojeras, apenas le hacia caso y contestaba

distraída.

--¿Regresaremos esta noche?--le preguntaba.--¿Por qué no me ha dejado

decírselo á Zuanne? ¿Está lejos el bosque? ¿Está en Mamojada?

--Sí, en Mamojada.

--¡Ah, en Mamojada! ¿Cuándo es la fiesta de Mamojada? ¿Es verdad que

Zuanne ha estado en Nuoro? Ésta es la carretera de Nuoro; sí, sí, se

necesitan diez horas á pie, para llegar á Nuoro. ¿Y usted ha ido alguna

vez á Nuoro? ¿Cuándo es la fiesta de Nuoro?

--Ya fué, fué hace pocos días,--dijo Olí, como despertando.--¿Te

gustaría vivir en Nuoro?

--¡Ya lo creo! Y además... además...

--Ya sabes que en Nuoro vive tu padre,--dijo Olí, adivinando el

pensamiento del chico.--¿Te gustaría estar con él?

Anania lo pensó; después dijo vivamente, frunciendo el entrecejo:

--¡Sí!

¿En qué pensaba al decir «sí»? La madre no profundizó tanto; se

contentó con preguntarle:

--¿Quieres que vayamos á verle?

--Sí, repitió el muchacho.

Hacia medio día se detuvieron cerca de un huerto, en donde una mujer,

con las faldas cosidas entre las piernas, á modo de pantalones,

cavaba con furia; un gato blanco iba á veces detrás de la mujer, y

otras corría, lanzándose hacia una verde lagartija, que aparecía y

desaparecía entre las piedras del muro.

Siempre recordó Anania estos detalles. El día era templado, el cielo

azul. Las montañas, secadas por el sol, eran grises, salpicadas de

obscuros bosques; el sol, que casi quemaba, calentaba la hierba y hacía

brillar el agua de los arroyos.

Olí, sentada en el suelo, desató el lío y llamó á Anania, que se había

encaramado sobre el muro para ver á la mujer y al gato.

En aquel momento apareció por un recodo de la carretera el coche-correo

que bajaba de Fonni, guiado por un hombre de cara roja, con bigotes

castaños, que parecía reirse siempre por tener los carrillos muy

mofletudos.

Olí quería esconderse; pero el hombrón la vió en seguida y gritó:

--¿Á dónde vas, chiquilla?

--Á donde me parece y me da la gana,--contestó ella, en voz baja.

Anania, aún encaramado sobre el muro, miró dentro del coche, y viéndolo

vacío dijo al cochero:

--¡Lléveme, tío Bautista, lléveme en el coche, lléveme!

--¿Á dónde vais? ¿Á dónde?--gritó el hombrón, acortando el paso de los

caballos.

--Pues bien, ¡así revientes! vamos á Nuoro. ¿Quieres llevarnos un poco

en el coche por caridad?--dijo Olí, comiendo.--Estamos más cansados que

burros de carga.

--Oye,--contestó el hombrón,--ve más allá de Mamojada, mientras yo

recojo el correo, y allí subiréis.

Les cumplió la promesa. Más allá de Mamojada hizo sitio á su lado en

el pescante á los dos viajeros, y empezó á charlotear con Olí.

Anania, muy cansado, sentía un verdadero placer al encontrarse sentado,

entre su madre y el hombrón que agitaba continuamente el látigo, frente

á los risueños paisajes del valle azul que se encuadraban en el arco de

la capota del carruaje, mientras los caballos iban al trote largo.

Las altas montañas habían desaparecido, desaparecido para siempre, y el

chiquillo pensaba en lo que diría Zuanne al enterarse de este viaje.

--¡Cuando vuelva, cuántas cosas tendré que contarle!--pensaba.--Le

diré: Yo he ido en coche y tú no.

--¿Por qué diablos vais á Nuoro?--volvió á preguntar el hombrón vuelto

hacia Olí.

--¿De veras quieres saberlo?--contestaba ésta.--Voy á ponerme á servir.

Tengo ya colocación con una buena señora. En Fonni no podía vivir por

más tiempo: la viuda de Zuanne Atonzu me echó de su casa.

--No es verdad,--se dijo Anania.--¿Por qué mentía su madre? ¿Por qué

no decía la verdad, que iba á Nuoro para buscar al padre de su hijo?

Sin embargo, si mentía tendría sus razones: y Anania no se metió en más

honduras, pues tenía mucho sueño. Inclinó la cabeza sobre el regazo de

su madre y cerró los ojos.

--¿Quién vive ahora en la caseta?--preguntó Olí, de pronto.--¿Mi padre

ya no está?

--Ya no está.

Ella suspiró profundamente. El coche se paró un momento, después

reanudó su marcha y Anania acabó de dormirse.

En Nuoro tuvo una gran desilusión. ¿Esto era la ciudad? Sí; las casas

eran más grandes que las de Fonni, pero no tanto como se las había

imaginado; y además las montañas, proyectándose sobre el violáceo

cielo de la fría tramontana, eran tan pequeñas que casi daban risa.

Los chiquillos que encontraban por las calles--las cuales, á decir

verdad, le parecían muy anchas--le chocaban grandemente porque vestían

y hablaban de muy distinta manera que los muchachos fonnenses.

Madre é hijo callejearon por Nuoro hasta la caída de la tarde, y

entonces entraron en una iglesia. Había mucha gente; el altar lleno de

cirios; un canto dulce se unía á una música aún más dulce, que salía no

se sabía de dónde. ¡Ah! Esto le pareció muy hermoso á Anania, que en

seguida pensó en Zuanne, y en el gusto de poderle contar lo que estaba

viendo.

Olí le dijo al oído:

--Voy á ver si encuentro una amiga mía á cuya casa iremos á dormir; no

te muevas de aquí hasta que yo vuelva...

Se quedó solo en la iglesia; tenía un poco de miedo, pero se distraía

mirando la gente, los cirios, las flores, los santos. Además le daba

valor el pensar en el amuleto que llevaba escondido en el pecho. De

pronto se acordó de su padre.

¿Dónde estaba? ¿Por qué no iban á buscarle?

Olí volvió pronto; esperó que terminase la novena, tomó á Anania de

la mano, y le hizo salir por una puerta distinta de la que habían

entrado. Recorrieron algunas calles, hasta que ya no hubo más casas.

Era de noche, hacía frío; Anania tenía hambre y sed, se sentía triste

y recordaba el hogar de casa, la viuda, las castañas y la charla de

Zuanne.

Llegaron á un callejón cerrado por un seto, por detrás del cual se

veían las montañas que habían llamado la atención del chiquillo por su

pequeñez.

--Oye,--dijo Olí, con voz temblorosa,--¿has visto aquella última casa,

con aquel gran portón abierto?

--Sí.

--Allí dentro está tu padre. ¿Tú quieres verle, no es verdad? Mira:

ahora volveremos atrás; tú entras en el portón; enfrente hay una puerta

también abierta; entras allí y miras; hay una almazara; un hombre alto,

arremangado, con la cabeza descubierta, va detrás del caballo. Aquél es

tu padre.

--¿Por qué no viene usted conmigo?--preguntó el chico.

Olí empezó á temblar.

--Entraré después. Tú vas delante; en seguida que entres dices: «Yo soy

el hijo de Olí Derios». ¿Has comprendido? Pues en marcha.

Volvieron atrás; Anania sentía á su madre temblar y castañetearle los

dientes. Frente al portón, se inclinó, colocó bien el saco sobre las

espaldas del niño, y le dió un beso.

--Entra, entra,--dijo, empujándole.

Anania entró por el portón: vió la otra puerta iluminada y entró. Se

encontró en un sitio negro, todo negro, donde una caldera hervía sobre

un hornillo encendido, y un caballo negro hacía dar vueltas á una rueda

grande y pesada, chorreando aceite, dentro de una especie de estanque

circular. Un hombre alto, arremangado, con la cabeza descubierta, con

el traje sucio, negro de aceite, daba vueltas detrás del caballo,

removiendo dentro del estanque, con una pala de madera, las aceitunas

trituradas por la rueda. Otros dos hombres iban y venían, empujando

hacia delante y hacia atrás la palanca de una prensa, de la cual salía

negro y echando humo el aceite.

Ante el fuego estaba sentado un muchacho con un gorro colorado, y este

muchacho fué el primero en advertir la presencia del chiquillo. Le miró

fijamente, y creyéndole un mendigo, gritó con malos modos:

--¡Fuera, fuera de aquí!

Anania, tímido, inmóvil, con su saco sobre la espalda, no contestó. Lo

veía todo confuso y esperaba que su madre entrase.

El hombre de la pala le miró con ojos brillantes, y avanzó hacia él

diciendo:

--¿Qué quieres?

¿Aquél era su padre? Anania le miró tímidamente, pronunciando con voz

apagada las palabras enseñadas por su madre:

--Soy el hijo de Olí Derios.

Los dos hombres que daban vueltas á la prensa, se pararon de pronto, y

uno de ellos gritó:

--¡Tu hijooo!

El hombre alto tiró la pala al suelo, corrió hacia Anania, le miró

fijamente, y preguntó:

--¿Quién... te ha enviado? ¿Qué quieres? ¿Dónde está tu madre?

--Ahí fuera... ahora vendrá...

El almazarero salió corriendo, seguido por el muchacho del gorro

colorado, pero Olí había desaparecido, y nunca más se supo de ella.

* * * * *

Enterada del caso, vino la tía Tatana, la mujer del almazarero, no muy

joven, pero aún guapa, gorda y blanca, de dulces ojos castaños rodeados

de arrugas y de labio superior algo levantado, sombreado por ligero

bozo rubio. Venía tranquila, casi contenta. Apenas entró en la almazara

cogió á Anania por los hombros, se inclinó, y le examinó atentamente.

--No llores, pobrecillo,--le dijo con dulzura.--Ahora, ahora vendrá.

¡Y vosotros á callar!--dijo á los hombres y al muchacho, que se metían

un poco más de lo regular en el asunto.

Anania lloraba desconsoladamente, y no contestaba á las preguntas de

los hombres, ni á las del muchacho que le miraba fijamente con sus dos

ojillos azules y picarescos, y una burlona sonrisa en su cara colorada

y mofletuda.

--¿Dónde se ha marchado? ¿No viene? ¿Dónde la encontraré?--preguntaba

con desesperación el pequeño abandonado.

Habrá tenido miedo. ¿Dónde estará? ¿Por qué no viene? ¿Y aquel hombre

sucio, chorreando aceite, tan malo, aquel hombre era su padre?

Las caricias y dulces palabras de la tía Tatana le consolaron algo.

Acabó de llorar, se lamió las lágrimas, y las esparció por toda la cara

con su gesto habitual; después pensó en la próxima fuga.

La mujer, el almazarero, los hombres, el muchachillo, todos gritaban,

disputaban, reían y se insultaban.

--No puedes negar que sea tu hijo; ¡tiene tu misma cara!--decía la

mujer, hablando con su marido.

Y éste gritaba:

--¡No le quiero en casa, no, no le quierooo!...

--¡Qué malo eres!... ¡Mala entraña! ¡Oh, Santa Catalina mía! ¿Es

posible que haya hombres tan malos?--decía la tía Tatana, medio en

broma, medio en serio.--¡Ah, Anania, Anania, siempre serás el mismo!

--¿Y quién quieres que sea? Ahora mismo voy á dar parte á la policía.

--¡Tú no irás á ninguna parte, estúpido! _¡Quieres sacarte los cuernos

del bolsillo y ponértelos en la frente!_[19]--dijo con energía la mujer.

Como insistiese, ella añadió:

--Pues bien, ya irás mañana. Ahora termina tu trabajo y acuérdate de lo

que decía el rey Salomón: «La rabia de hoy déjala para mañana...».

Los tres hombres reanudaron el trabajo; pero al echar bajo la rueda la

masa de las aceitunas trituradas, el almazarero gritaba, murmuraba,

maldecía de tal manera, que su mujer le dijo tranquilamente:

--¡Ea, _no tomes para ti la parte mayor_![20]. ¡Debía enfadarme yo,

Santa Catalina mía! Acuérdate, Anania, que Dios no castiga con piedra

ni palo.

--Cállate, hijito,--dijo después al chiquillo, que de nuevo

sollozaba,--mañana ajustaremos cuentas. ¡Los pajaritos vuelan del nido

apenas tienen alas!

--¿Sabíais que existía este renacuajo?--preguntó riendo uno de los

hombres que movían las palancas de la prensa.

--¿Dónde habrá marchado tu madre? ¿Qué tal es tu madre?--preguntaba el

muchacho, plantado ante Anania.

--¡Bustianeddu,--gritó el molinero,--si no te marchas pronto, te echo á

patadas!...

--¡Quisiera verlo!--contestó descaradamente éste.

--¡Oye tú, explícale á éste qué tal es Olí!--exclamó uno de los dos

hombres.

Al otro le dió tanta risa que tuvo que soltar la palanca para apretarse

el vientre.

Mientras tanto, la tía Tatana empezó á interrogar al chiquillo,

acariciándole y examinando su pobre vestidito. El niño contó todo lo

que sabía, con su vocecita intranquila y quejumbrosa, interrumpida á

cada momento por sollozos.

--¡Pobrecito, pobrecito! ¡Pajarito sin plumas; sin plumas y sin

nido!--decía la mujer piadosamente.--Calla, alma mía; ¿tendrás hambre,

verdad? Ahora vamos á casa y la tía Tatana te dará de comer y después

te meterá en la cama con el ángel guardián, y mañana ajustaremos

cuentas.

Con estas promesas se lo pudo llevar á una casita vecina, y le dió de

cenar pan blanco y queso, un huevo y una pera.

Anania nunca había comido tan bien; y la pera, unida á las maternales

caricias y dulces palabras de la tía Tatana, acabó de confortarle.

--Mañana...--decía la mujer.

--Mañana...--repetía el chico.

Mientras comía, y ella preparaba la cena para su marido, le interrogaba

y daba buenos consejos, avalorándolos con la afirmación de que habían

sido dictados por el rey Salomón y hasta por Santa Catalina.

De pronto, al levantar la vista, descubrió, atisbando por la

ventanilla, la carita mofletuda de Bustianeddu.

--¡Fuera de ahí!--dijo;--¡fuera, renacuajo, que hace frío!

--Déjeme entrar,--suplicó.--¡Hace frío de veras!

--¡Vete á la almazara!

--No; está mi padre y acaba de echarme. ¡Si usted supiera cuánta gente

ha ido por allá!

--Entra, pues;--dijo la mujer, abriendo la puerta.--Entra, pobrecito

huérfano, que tú tampoco tienes madre. ¿Qué cosas dice el tío Anania?

¿Aún grita?

--¡Déjelo que grite!--aconsejó Bustianeddu, sentándose junto á Anania,

recogiendo y mordisqueando el corazón de la pera, que éste había echado

después de sacarle todo el jugo.

--Ha ido todo el mundo,--contaba, hablando y gesticulando como un

hombre.--El maestro Pane, mi padre, el tío Pera, aquel embustero de

Francisco Carchide, la tía Corredda, en una palabra, todos...

--¿Y qué decían?--preguntó la mujer con viva curiosidad.

--Todos decían que debíais adoptar á este niño. El tío Pera decía

riendo: «¿Anania, si no recoges al chiquillo, á quién dejarás tus

bienes?». El tío Anania le persiguió con la pala, y todos reían como

locos.

Á la mujer debió vencerla la curiosidad, porque de pronto encargó á

Bustianeddu que no dejara solo á Anania y marchó al molino.

Una vez solos, Bustianeddu empezó á hacer confidencias al chiquillo

abandonado.

--Mi padre tiene cien liras en el cajón de la cómoda y yo sé dónde

tiene las llaves. Vivimos ahí al lado; tenemos unas tierras y pagamos

el impuesto; pero una vez vino el alguacil y embargó la cebada... ¿Qué

hay dentro la cazuela que hace glu-glu-glu? ¿No te parece que se ahuma?

(alzó la cobertera y miró). ¡Demonio, son patatas! Creí que era otra

cosa. Voy á probarlas.

Con dos deditos cogió una patata hirviente, sopló unas cuantas veces y

se la comió; cogió otra...

--¿Qué haces?--dijo Anania, con algo de envidia.--¡Si aquella mujer

viene!...

--Nosotros, yo y mi padre, sabemos hacer macarrones,--dijo Bustianeddu,

imperturbable.--¿Tú sabes hacerlos? ¿Y la salsa?

--Yo no,--contestó Anania, melancólicamente.

Seguía pensando en su madre, asediado por tristes reflexiones.

¿Dónde había ido? ¿Por qué no había entrado con él? ¿Por qué le había

abandonado y olvidado? Ahora que había comido y entrado en calor,

Anania tenía más ganas de llorar y de escaparse. ¡Escapar! ¡Buscar á su

madre! Esta idea se apoderó de él, para no abandonarle jamás!

Poco después volvió la tía Tatana acompañada de una mujer

miserablemente vestida, tambaleándose, con una gran nariz muy encarnada

y una boca enorme, amoratada, con el labio inferior colgante.

--¿Éste es... éste es... el pajarito?...--preguntó balbuceando la

horrorosa mujer, mirando con ternura al pequeño abandonado.--¡Déjame

ver tu carita, y que Dios te bendiga! ¡Es hermoso como un lucero, de

veras lo digo! ¿Y él no le quiere? Pues mira, Tatana Atonzu, recógelo

tú, y guárdalo como un confite...

Se acercó y besó á Anania, que retiró la cara con disgusto porque

aquella boca enorme apestaba á vino y aguardiente.

--¡Tía Nanna,--dijo Bustianeddu, haciendo el gesto de beber,--buena la

ha cogido hoy!

--¿Qué... qué... dices? ¿Qué haces aquí? ¡Mosquito, pobre huérfano, á

la cama!

--¡Tú también debías ir á la cama!--observó la tía Tatana.--Vamos,

vamos, marchad los dos: ya es tarde.

Empujaba dulcemente á la borracha, quien, antes de salir, pidió de

beber. Bustianeddu llenó en el cántaro una escudilla de agua y se la

dió; la cogió de buena gana, pero apenas le echó la vista, separó

violentamente la cabeza y dejó la escudilla. Después se marchó

tambaleando.

La tía Tatana echó también á Bustianeddu y cerró la puerta.

--Estarás cansado, alma mía,--dijo al niño:--ahora te acostaré.

Le llevó á un gran cuarto contiguo á la cocina, y le ayudó á

desnudarse, siempre hablándole dulcemente.

--No tengas miedo; mira, mañana vendrá tu madre, y si no viene, iremos

á buscarla. ¿Sabes hacer la señal de la cruz? ¿Sabes el Credo? Mira,

es preciso que reces el Credo, todas las noches. Yo te enseñaré muchas

oraciones, una de ellas para San Pascual para que nos avise la hora

de nuestra muerte. Amén. ¡Ah! ¿Tienes una _rizetta_? ¡Qué bonita! Muy

bien, San Juan te protegerá; él era un niño tan pobre como tú, y sin

embargo bautizó á Nuestro Señor Jesucristo. Duerme, duerme, alma mía.

En nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Anania se encontró en una cama muy grande con almohadas encarnadas.

La tía Tatana le abrigó bien y salió, dejándole á obscuras. Puso sus

manecitas sobre el amuleto, cerró los ojos y no lloró, pero no pudo

dormir.

Mañana... mañana... ¿Pero no habían transcurrido muchos años desde

que salieron de Fonni? ¿Qué pensaría Zuanne al ver que su amigo no

regresaba? Pensamientos confusos, extrañas imágenes pasaron por aquella

cabecita; y entre todas las cosas resaltaba clarísima la imagen de

su madre. ¿Dónde había marchado? ¿Tendría frío? Mañana la veré...

Mañana... Si no le llevaban donde estaba su madre, se escaparía...

Mañana...

Oyó al almazarero retirarse y discutir con su mujer. Aquel mal hombre

gritaba:

--¡No quiero! ¡No quiero!

Después todo quedó en silencio. De pronto, alguien abrió la puerta,

entró, andando de puntillas, se acercó á la cama y levantó con mucho

cuidado el embozo. Un bigote áspero rozó ligeramente la mejilla de

Anania, y él, que fingía dormir, entreabrió un poquitín un ojo y vió

que el hombre del beso era su padre.

Poco después entró tía Tatana y se acostó en la cama junto á Anania,

quien la oyó rezar durante largo rato entre susurros y suspiros.

Cenizas · 第 18 / 54 题