I
Era la víspera de San Juan al anochecer. Olí[1] salió de la caseta
de peón caminero, situada á la orilla del camino que va de Nuoro á
Mamojada, y marchó campo á través. Tenía unos quince años. Era alta
y hermosa, con grandes ojos felinos, glaucos, un poco oblicuos, y
boca voluptuosa, cuyo labio inferior, algo hendido en su mitad,
parecía formado por dos cerezas. De la cofia encarnada, atada bajo
la puntiaguda barbilla, salían dos mechones de negros y relucientes
cabellos, ensortijados alrededor de las orejas. Este peinado y lo
pintoresco del traje, falda roja y corpiño de brocado terminado por
dos puntas recurvadas que sostenían el seno, daban á la chiquilla una
gracia oriental. Entre los dedos, llenos de anillitos de metal, llevaba
cintas y lazos escarlata, para _señalar las flores de San Juan_[2],
ó sean matas de gordolobo, tomillo y asfódelo, que, cogidas á la
madrugada del día siguiente, servían de medicina y amuletos.
Aun cuando Olí no hubiese _señalado_ las plantas que quería arrancar,
no había peligro de que alguien las tocara. Todo el campo, alrededor de
la caseta donde vivía con su padre y hermanitos, estaba completamente
desierto. Sólo á lo lejos las ruinas de una casa de labranza
sobresalían entre un campo de trigo, cual escollo en un verde lago.
En la campiña agonizaba la salvaje primavera sarda; se deshojaban las
flores del asfódelo, se desgranaban los dorados racimos de la retama;
las rosas palidecían en los matorrales, amarilleaba la hierba; un
fuerte olor de heno perfumaba la pesada atmósfera.
La vía láctea y los últimos resplandores del horizonte, que parecía
una faja de mar lejano, daban á la noche claridad de crepúsculo. Cerca
del río, cuyas escasísimas aguas reflejaban las estrellas y el cielo
violáceo, encontró Olí á dos de sus hermanitos que cazaban grillos.
--¡Á casa! ¡De prisa!--les dijo con su hermosa voz aún infantil.
--¡No quiero!--contestó uno de los chiquillos.
--¡Mira que esta noche no verás abrirse el cielo! ¡Los niños buenos, en
la noche de San Juan, ven abrirse el cielo y ven el Paraíso y Nuestro
Señor y los ángeles y el Espíritu Santo!... Pero vosotros veréis unos
cuernos, si no marcháis á casa. ¡Pronto, en seguida!
--Vámonos, dijo pensativo el mayor de los hermanos. El otro protestó
algo, pero concluyó por dejarse llevar.
Olí siguió andando. Pasó el cauce del río, pasó el sendero, pasó el
bosquecillo de olivos; allá y acullá se encorvaba y ataba con un lazo
las ramas de algún matojo, después erguía el cuerpo y sondaba la noche
con la penetrante mirada de sus ojos felinos.
El corazón le palpitaba fuertemente, de ansia, de temor y de alegría.
La fragante noche invitaba al amor, y Olí amaba. Olí tenía quince años,
y con el pretexto de _señalar_ las flores de San Juan, iba á una cita
amorosa.
Seis meses atrás, una noche de invierno, un joven campesino había
entrado en la caseta á pedir lumbre. Era quintero de un rico
propietario de Nuoro, y estaba sembrando los campos, alrededor de la
casa en ruinas que se distinguía desde la caseta. Joven, alto, con
largos cabellos negros, relucientes de aceite; sus ojos negrísimos
apenas se dejaban mirar ¡tanto brillaban! Solamente Olí se atrevía á
mirarlos con los suyos, que no se bajaban delante de nadie.
El peón caminero, joven aún, pero ya canoso, consumido por la fatiga,
sufrimientos y miseria, le acogió benévolamente, le alargó la piedra y
el pedernal, le interrogó sobre su amo, y le invitó á volver siempre
que quisiera.
Desde entonces el campesino frecuentó asiduamente la casa. En las
veladas de lluvia contaba cuentos á los chiquillos reunidos junto al
humoso hogar; y enseñó á Olí los sitios en que mejor crecían los hongos
y demás plantas comestibles.
Un día llevó á la muchacha hasta las ruinas de un _nuraghe_[3]
situado sobre una altura, rodeado de matorrales cubiertos de rojas
bayas, y le dijo que entre las grandes piedras de aquella tumba
gigantesca, estaba escondido un tesoro.
--Además, conozco otros muchos _accusorgios_[4]--añadió con voz grave,
mientras Olí cogía hinojo;--acabaré por encontrar uno, y entonces...
--¿Entonces, qué?--preguntó Olí algo burlona, alzando los ojos, que
parecían verdes, por el reflejo del paisaje.
--Entonces marcharé muy lejos; y si quieres venir te llevaré conmigo al
Continente. Conozco bien el Continente, porque hace poco he vuelto del
servicio militar. He estado en Roma y en Calabria, y en otros muchos
sitios. Allí todo es hermoso... Si tú lo vieras...
Olí se reía, muy bajito, contenta y feliz, aunque algo irónica. Detrás
del _nuraghe_ dos de sus hermanitos, escondidos en unas matas, silbaban
fingiendo el reclamo de un gorrión. En la inmensidad del paisaje no se
oía voz humana, no pasaba nadie.
El joven cogió á Olí por la cintura, la levantó y la besó cerrando
los ojos. Desde aquel momento se amaron con amor salvaje, revelando
el secreto de su pasión á las espesuras más silenciosas, al césped
de la orilla del río, y á los obscuros escondrijos de los solitarios
_nuraghes_.
Impulsada por la soledad y la miseria, Olí amaba al joven por las
tierras maravillosas que había visto, por la ciudad de donde venía, por
el rico amo á quien servía, por los fantásticos proyectos que trazaba
para el porvenir; y él amaba á Olí, porque era hermosa y ardiente.
Ambos inconscientes, primitivos, impulsivos y egoístas, se amaban por
exuberancia de vida y necesidad de goce.
También la madre de Olí, según decía la hija, había sido una mujer
fantaseadora y ardiente.
--Su familia estaba en buena posición--contaba Olí--y tenía parientes
nobles que querían casarla con un viejo propietario. Mi abuelo, el
padre de mi madre, era un poeta; en una noche improvisaba tres ó cuatro
canciones, y eran tan hermosas, que apenas un ciego las cantaba por
las calles, todo el pueblo las aprendía y repetía con entusiasmo. ¡Ah,
sí, mi abuelo era un gran poeta! Yo sé algunas de sus poesías, me las
enseñó mi madre. Escucha, escucha esta.
Olí recitaba algunas estrofas en dialecto logodorense[5], y después
continuaba:
--El hermano de mi abuelo, tío Merzioro Desogos, pintaba en las
iglesias y esculpía los púlpitos. Se mató por no tener que sufrir una
condena. Sí; los parientes de mi madre eran nobles é ilustrados; pero
ella no quiso casarse con el viejo propietario. En cambio vió á mi
padre, que entonces era hermoso como un sol[6], se enamoró y huyó con
él. Recuerdo que á veces decía: «Mi padre me ha desheredado, pero no
me importa. ¡Que tengan los otros sus riquezas, yo tengo á Miguel y me
basta!».
* * * * *
Un día el peón caminero marchó á Nuoro á comprar trigo, y volvió más
triste y abatido que de costumbre.
--¡Olí, mucho ojo!--dijo á la hija, amenazándola con el puño.--¡Si
aquel hombre se atreve á poner los pies en esta casa, pobre de él!
Hasta en el nombre nos ha engañado. Dijo que se llamaba Quirico y
se llama Anania. Es oriundo de Orgosolo, de mala casta, pariente de
bandidos y presidiarios. Mucho ojo, pequeña: ¡Está casado!
Olí lloró, y sus lágrimas cayeron, mezcladas con el trigo, en el arca
de madera negra; pero apenas se cerró el arca y tío Miguel volvió al
trabajo, la chiquilla corrió junto al amante.
--¡Te llamas Anania! ¡Y estás casado!--le dijo, echando lumbre por los
ojos.
Anania acababa de sembrar el grano en el campo recién arado; dos mirlos
cantaban revoloteando en las frondas de un olivar. Grandes nubes
blancas hacían más intenso el azul del cielo. Todo respiraba dicha,
silencio, olvido.
--Sí,--dijo el joven, que aún tenía las alforjas sobre la
espalda,--estoy casado con una vieja. Me obligaron por fuerza... como
á tu madre que querían casarla con aquel viejo... porque yo soy pobre
y _ella_ tiene muchos cuartos. ¿Pero qué importa? Es vieja y morirá
pronto; nosotros somos jóvenes, y te quiero á ti solamente. Si tú me
dejas, me muero.
Olí se enterneció y le creyó.
--¿Ahora qué haremos?--preguntó.--Mi padre me pegará si sigo amándote.
--Ten paciencia, corderita mía. Mi mujer se morirá pronto; y aun cuando
no se muera, yo encontraré un tesoro, y marcharemos al Continente.
Olí protestó, lloró, no confió mucho en el tesoro, pero continuó sus
amores con el joven.
Había terminado la siembra, pero Anania iba con frecuencia al campo
á ver si el grano despuntaba, y á cavar y arrancar las malas hierbas.
En las horas de descanso, en vez de echarse un rato, derribaba el
_nuraghe_ con la excusa de construir una pared con las piedras
arrancadas del monumento, pero en realidad para buscar el tesoro.
--¡Si no aquí, en otro sitio; pero yo lo encontraré!--decía á
Olí.--Mira, en Maras, un joven como yo, encontró un manojo de varillas
de oro. No se dió cuenta que eran de oro y las vendió á un herrero.
¡Estúpido! No me pasará á mí esto... En los _nuraghes_,--seguía
diciendo,--habitaban los gigantes, que tenían todos los utensilios
de oro. Hasta los clavos de sus zapatos eran de oro. ¡Oh, buscando
bien, siempre se acaba por encontrar algún tesoro! En Roma, cuando era
soldado, vi un sitio en donde se conservan las monedas de oro y los
objetos escondidos por los antiguos gigantes. Ahora mismo, en otras
partes del mundo, hay gigantes, y son tan ricos, que tienen los arados
y las hoces de plata.
Hablaba muy seriamente, con los ojos brillantes por tanto sueño áureo;
pero si alguien le hubiese preguntado qué pensaba hacer de los tesoros
que buscaba, probablemente no hubiera sabido contestar. Por de pronto
se preocupaba solamente de la fuga con Olí; en el porvenir sólo pensaba
de un modo fantástico.
Por la Pascua, la muchacha tuvo ocasión de ir á Nuoro y tomar informes
acerca de la mujer de Anania. Le dijeron que era de alguna edad, pero
no vieja y mucho menos rica.
--Pues bien,--dijo, cuando Olí le echó en cara sus mentiras,--sí, ahora
es pobre, pero cuando me casé era rica. Después de casado marché al
servicio, enfermé y gasté mucho dinero; también enfermó mi mujer. ¡Oh,
tú no sabes lo que cuesta una larga enfermedad! Además, nos pidieron
dinero prestado y no nos lo devolvieron. Y luego, yo creo una cosa:
que mi mujer, mientras yo estaba fuera, vendió las tierras y tiene el
dinero escondido. ¡Te juro que es verdad!
Hablaba siempre muy seriamente y Olí le creía. Le creía porque tenía
necesidad de creer, y porque Anania la había acostumbrado á creer
en todo, sugestionado, él mismo, por lo que inventaba. Un día, á
principios de Junio, cavando en el huerto de su amo, encontró un grueso
anillo de un metal rojizo que creyó oro.
--De seguro hay aquí un tesoro,--pensó;--y corrió en seguida á contar á
Olí sus nuevas esperanzas.
Reinaba la primavera en la silvestre campiña. El río, azul, reflejaba
las flores del saúco; la cálida hierba exhalaba voluptuosas fragancias.
En las noches, templadas y silenciosas, alumbradas por la luna ó por la
vía láctea, parecía difundirse por el aire un filtro embriagador.
Olí vagaba por aquellos campos, los ojos velados por la pasión; y en
los largos y luminosos crepúsculos, y en las siestas deslumbradoras,
cuando las lejanas montañas se confundían con el cielo, seguía con
mirada triste á sus hermanitos medio desnudos, parecidos á pequeñas
estatuas de bronce, que animaban el paisaje con sus gritos de pájaros
salvajes, y pensaba en el día que tendría que abandonarles para siempre.
Había visto el anillo encontrado por el joven, y esperaba y confiaba,
mientras la ardiente primavera hacía hervir la sangre en sus venas.
* * * * *
--¡Olí!--gritó Anania, escondido en un matorral.
Estremecióse Olí, avanzó cautamente y cayó en los brazos del joven.
Sentáronse sobre la hierba aún caliente, al lado de unos poleos y
laureles silvestres que exhalaban su fuerte perfume.
--Creí no poder venir,--dijo el joven.--El ama está de parto esta
noche, y mi mujer, que tiene que asistirla, quería que yo me quedase en
casa. «No, le he dicho; esta noche debo coger el poleo y el laurel; ¿no
te acuerdas que mañana es San Juan?» Y he venido, y aquí estoy.
Estaba buscando algo que llevaba escondido en el pecho, mientras Olí,
tocando el laurel, preguntó para qué servía.
--¿No lo sabes? El laurel cogido esta noche sirve de medicina y para
muchas otras cosas; por ejemplo, si tú esparces las hojas de este
laurel por las paredes que cercan una viña ó un corral de ovejas,
ningún animal podrá entrar para comerse las uvas ó robar un corderito.
--Pero tú no eres pastor.
--Pero he de guardar las viñas del amo; además echaré hojas alrededor
de la era para que las hormigas no me roben el grano. ¿Vendrás,
cuando la trilla? Habrá mucha gente, y por la noche cantaremos y nos
divertiremos mucho.
--¡Mi padre no querrá!--dijo ella, suspirando.
--¡Qué hombre más raro! Ya se ve que no conoce á mi mujer; _es más
vieja que una roca_,--dijo Anania, siempre buscando algo en el
pecho.--¿Dónde la habré puesto?
--¿Á quién? ¿Á tu mujer?--preguntó maliciosamente Olí.
--¡Quiá! ¡Una cruz! He encontrado una cruz de plata.
--¡Una cruz de plata!--¡Donde encontraste el anillo! ¿Y no me lo decías?
--¡Hela aquí! Sí; es de plata de veras.
Y sacó del pecho un pequeño envoltorio. Olí lo desenvolvió, cogió la
crucecita y preguntó ansiosa:
--¿Pero es verdad? ¿Hay un tesoro?
Parecía estar tan contenta que, aun cuando Anania había encontrado la
crucecita en el campo, no quiso quitarle la ilusión.
--Sí, allí, en el huerto. ¡Quién sabe cuántos objetos preciosos habrá!
Tendré que ir todas las noches á ver si encuentro algo.
--Pero el tesoro es del amo.
--¡No; es de quien lo encuentra!--contestó Anania.
Y para dar mayor fuerza á su afirmación, cogió á Olí entre los brazos y
empezó á besarla.
--¡Si encuentro el tesoro ya verás!--le dijo temblando.--¿Vendrás, di,
rosita de Abril? Es preciso que lo encuentre en seguida porque no puedo
vivir más sin ti. ¡Ah! Mira, cuando veo á mi mujer, siento ganas de
morir, y en cambio quisiera vivir mil años contigo, capullito mío.
Olí escuchaba y temblaba. Á su alrededor un silencio profundo; las
estrellas brillaban como piedras preciosas, como ojos embriagados de
amor; y de cada vez más suaves se difundían por el aire los perfumes de
las hierbas aromáticas.
--Mi mujer morirá pronto,--decía Anania.--¿Qué hacen aquí abajo los
viejos? ¡Quién sabe! Tal vez dentro de un año seremos marido y mujer.
--¡Que San Juan lo haga!--suspiró Olí.--Pero no hay que desear la
muerte á nadie. Y ahora déjame marchar.
--Quédate un poquitín,--suplicó él con voz infantil.--¿Por qué quieres
marcharte? ¿Qué haré sin ti?
Ella se levantó toda palpitante.
--Nos veremos mañana á la madrugada, porque yo vendré á coger las
hierbas antes de que salga el sol. Te haré un amuleto contra las
tentaciones...
Para tentaciones estaba. Se arrodilló, cogió á Olí entre sus brazos y
se puso á suplicar:
--¡No, no te vayas, no te vayas, vida; quédate un poquito nada más!
¡Olí, corderita mía; tú eres mi vida; mira, beso la tierra en donde
pones los pies, pero quédate, un poquito nada más; mira que si te
marchas me muero!
Y gemía, y temblaba, y su voz conmovía á Olí hasta hacerla llorar.
No se marchó.
* * * * * * *
Hasta el otoño no se enteró el tío Miguel de que su hija había pecado.
Una cólera feroz se apoderó de aquel pobre hombre, aniquilado y
enfermo, que había conocido todos los dolores de la vida, menos la
deshonra. No pasó por ello. Cogió á Olí por un brazo y la echó de su
casa. Ella suplicó y lloró, pero el tío Miguel fué inexorable. Se lo
había advertido mil veces; había fiado demasiado en ella. Tal vez la
hubiese concedido el perdón si hubiera faltado con un hombre libre;
pero con aquél, no se lo podía perdonar.
Durante unos días, Olí vivió en las ruinas, alrededor de las cuales
Anania había sembrado el grano. Sus hermanitos le llevaban algún pedazo
de pan, pero lo advirtió el tío Miguel y les zurró.
Entonces Olí, viendo que el otoño empezaba á cubrir el cielo de grandes
nubes grises y llovía con frecuencia, y el viento húmedo soplaba á
través del matorral rociado por la fría niebla, para no morirse de
hambre y frío, marchó á Nuoro á pedir protección á su amante. Fuese
casualidad ó presentimiento, á mitad del camino encontró á Anania que
la consoló, la cubrió con su capote, y la condujo á Fonni, pueblo de la
montaña, más allá de Mamojada.
--No tengas miedo,--le decía,--ahora te llevo á casa de una parienta
mía, en donde estarás muy bien; no tengas cuidado, que yo no te
abandonaré jamás.
La llevó á casa de una viuda que tenía un chiquillo de cuatro años. Al
verle tan morenucho, mal alimentado, todo ojos y orejas, Olí pensó en
sus hermanitos y lloró. ¿Quién cuidaría á los pobrecitos huérfanos?
¿Quién les daría de comer y beber? ¿Quién amasaría el pan? ¿Quién
lavaría la ropa en el río azul? ¿Qué sería del tío Miguel, solo,
enfermo y desgraciado? Olí lloró un día y una noche; después miró á su
alrededor con mirada hosca.
Anania se había marchado. La viuda _fonnense_, pálida y descarnada,
con cara de espectro, con una venda amarilla alrededor de su cabeza,
hilaba, sentada ante una pobre llama de menudas ramas; por todas partes
miseria, andrajos y hollín. De las tablas del techo, ennegrecidas por
el humo, pendían, temblorosas, grandes telarañas; algunos muebles de
madera formaban todo el ajuar de la pobre casa. El chiquillo de las
orejas grandes, vestido á la usanza del país, con un gran gorro de
piel lanuda, no hablaba ni reía nunca; se divertía únicamente asando
castañas en las calientes cenizas.
--Ten paciencia, hija mía,--decía la viuda á la muchacha, sin quitar
los ojos del huso.--Son cosas del mundo. ¡Oh! Ya verás cosas peores, si
vives. Hemos nacido para sufrir; también de muchacha he reído; después
he llorado: ahora todo se acabó.
Olí sintió helársele el corazón. ¡Oh, qué tristeza! ¡Qué inmensa
tristeza! Era de noche, hacía frío; el viento retumbaba con fragor
de agitado mar. Á la amarillenta luz de la llama, la viuda hilaba y
recordaba; y también Olí, acurrucada en un rincón, recordaba la noche
cálida y voluptuosa de San Juan, el perfume del laurel, las luces de
las sonrientes estrellas...
Las castañas estallaban, esparciendo la ceniza por el hogar. El viento
golpeaba furiosamente á la puerta, cual monstruo correteando de noche
por las calles del pueblo.
--También yo,--dijo la viuda, después de un largo silencio,--también yo
soy de buena familia. El padre de este chiquirritín se llamaba Zuanne;
porque mira, hija mía, á los hijos es preciso darles siempre el nombre
del padre, para que se le parezcan. ¡Ah, sí; mi marido era muy hábil!
Alto como un álamo; mira, mira allí su capote, que aún está colgado de
la pared.
Olí se volvió y vió colgado de la pared color de tierra, un largo
capote de _orbace_[7] negro, entre cuyos pliegues las arañas habían
tejido sus polvorientos velos.
--Nunca lo tocaré,--continuó la viuda,--aun cuando tuviese que morirme
de frío. Mis hijos se lo pondrán cuando sean hábiles como su padre.
--¿Pero qué oficio tenía el padre?--preguntó Olí.
--¿Qué oficio?--dijo la viuda, sin cambiar de tono, pero con ligera
animación en su cara de espectro,--era bandido. Diez años fué bandido,
sí, diez años. Tuvo que echarse al campo pocos meses después de nuestra
boda. Yo iba á verle en los montes del Gennargentu; cazaba ovejas
salvajes, águilas y buitres, y cada vez que yo iba, mandaba asar una
pierna de oveja. Dormíamos al descubierto, á la intemperie, en lo alto
de los montes; nos cubríamos con aquel capote, y las manos de mi marido
ardían siempre, aunque nevase. Á veces teníamos compañía...
--¿De quién?--preguntó Olí, que escuchando á la viuda olvidaba sus
penas.
El chiquillo también escuchaba con sus grandes orejas muy atentas;
parecía una liebre que oye el aullido lejano del zorro.
--...De los otros bandidos. Eran hombres diestros, ágiles, prontos á
todo y sin miedo á la muerte. ¿Crees tú que los bandidos son gente
mala? Te engañas, hija mía; son hombres que tienen precisión de ejercer
su habilidad y nada más. Mi marido decía: «¡Antiguamente los hombres
iban á la guerra; ahora no hay guerras, pero como los hombres tienen
necesidad de combatir, cometen rapiñas, salteamientos, _bardanas_[8],
no por hacer mal, sino para demostrar de alguna manera su fuerza y su
habilidad!».
--¡Bonita habilidad!--observó Olí.--¿Por qué no daban con la cabeza
contra la pared, si no tenían otra cosa en qué ocuparse?
--No lo entiendes, hija mía,--dijo la viuda, triste y altiva.--Es el
destino que así lo quiere. Te voy á contar por qué mi marido _se hizo_
bandido.
Dijo _se hizo_, con acento digno, no exento de vanidad.
--Sí, cuente, cuente,--contestó Olí, sintiendo un ligero calofrío por
la espalda.
Condensábanse las sombras, el viento aullaba más fuerte con su continuo
retumbar de trueno; parecíale estar en un bosque batido por el huracán,
y las palabras y la figura cadavérica de la viuda, en aquella estancia
obscura, iluminada sólo por alguna débil llamarada del mortecino
fuego, daban á Olí un infantil estremecimiento de terror. Le parecía
presenciar alguno de aquellos pavorosos cuentos que Anania narraba á
sus hermanitos, y que ella, hasta ella misma, en su desgracia infinita,
tomaba parte en la triste historia.
La viuda empezó:
--Hacía pocos meses que nos habíamos casado. Estábamos acomodados,
hija mía; teníamos trigo, patatas, castañas, pasas, tierras, casa,
caballo y perro. Mi marido era propietario, tenía muy poco que hacer
y se aburría. Entonces decía: «Me voy á hacer comerciante; tan ocioso
no puedo vivir, porque estando sano, siendo fuerte é inteligente, y
no teniendo nada que hacer, sólo se me ocurren malas ideas». Pero no
teníamos dinero bastante para meterse á comerciar. Entonces un amigo le
dijo: «Zuanne Atonzu, ¿quieres tomar parte en una _bardana_? Seremos
muchos, guiados por hábiles bandidos, y asaltaremos, muy lejos de aquí,
la casa de un señor que tiene tres cajas llenas de plata y de monedas.
Un hombre de aquel lugar ha venido á propósito al _Cabo di sopra_[9]
para enterar á los bandidos, invitándoles á una _bardana_; él mismo
nos servirá de guía. Hay que atravesar bosques, franquear montañas,
vadear ríos. Ven». Mi marido me contó la proposición de su amigo. Yo le
dije: «¿Qué necesidad tienes de la plata de aquel señor?». «Ninguna,
contestó mi marido, me c... en el tenedor que pueda tocarme en el
reparto del botín, pero hay que atravesar bosques y montañas, hay que
ver cosas nuevas y me divertiré. Además tengo curiosidad de ver cómo
se las arreglarán los bandidos. No sucederá nada malo, ¡ea!; también
irán otros muchos jóvenes, para dar pruebas de su destreza y pasar el
tiempo. ¿No sería peor que me fuera á la taberna y me emborrachara?».
Lloré, supliqué,--continuó diciendo la viuda, sin dejar de torcer el
hilo con sus afilados dedos, y siguiendo con sus apagados ojos el
movimiento del huso,--pero partió. Dijo que se marchaba á Cagliari para
unos negocios.
--Partió,--repitió la viuda, suspirando,--y me quedé sola; estaba
encinta. Después supe lo que pasó. Formaban la cuadrilla cerca de
sesenta hombres; viajaban en pequeños grupos, pero de cuando en cuando
se reunían en ciertos sitios indicados de antemano, para ponerse
de acuerdo. Les servía de guía el hombre del pueblo hacia donde se
dirigían. Era capitán de la _bardana_ el bandido Corteddu; un hombre
de ojos de fuego y con el pecho cubierto de vello rojo; un gigante
Goliat más fuerte que el rayo. En los primeros días del viaje llovió,
se desencadenó el huracán, los torrentes se salieron de madre y el
rayo mató á uno de la cuadrilla. De noche andaban á la luz de los
relámpagos. Cuando llegaron á un bosque cerca del monte de «los
Siete Hermanos», el capitán reunió los jefes de la _bardana_ y les
dijo: «Hermanos míos, las señales del cielo no nos son propicias; la
empresa saldrá mal. Además siento el olor de la traición; creo que el
guía es un espía. Hagamos una cosa; disolvamos la cuadrilla; quiere
decirse que otro día realizaremos la empresa». Muchos aprobaron la
proposición, pero Pilatos Barras, el bandido de Orani, que llevaba la
nariz de plata, porque una bala le había quitado la suya, se sonrió
y dijo: «Hermanos míos en el Señor,--era costumbre suya empezar de
esta manera;--hermanos míos en el Señor, yo rechazo la proposición.
No: no porque llueva quiere decir que el cielo no nos protege; al
contrario, algo de molestia es conveniente, acostumbra á los jóvenes á
vencer su flojedad. Si el guía nos traiciona, le mataremos. ¡Adelante,
muchachos!»[10]. Corteddu sacudió su cabeza de león, mientras otro
bandido murmuraba con desprecio: «¡Cómo se conoce que no tiene
olfato!». Entonces Pilatos Barras gritó: «¡Hermanos míos en el Señor,
sólo los perros tienen olfato, pero no los cristianos! Mi nariz es de
plata y la vuestra _de huesos de muerto_. Escuchad bien lo que os digo:
si ahora disolvemos la cuadrilla, daremos un feo ejemplo de cobardía;
pensad que entre nosotros hay jóvenes que hacen sus primeras armas;
no desean más que poder desplegar su valor como quien despliega al
viento una nueva bandera; si ahora vosotros les mandáis á sus casas,
les daréis ejemplo de cobardía, y se meterán de nuevo entre las cenizas
de su hogar, permanecerán ociosos y no servirán para nada. ¡Adelante,
muchachos!». Entonces otros cabecillas dieron la razón á Pilatos Barras
y se marchó adelante. Corteddu tenía razón; el guía era un traidor.
En casa del rico hacendado estaban escondidos los soldados; lucharon,
y muchos bandidos fueron heridos, reconocieron á otros, y mataron á
uno. Para que no pudieran conocerle, sus compañeros le desnudaron, le
cortaron la cabeza, llevándosela junto con los vestidos para enterrarla
en el bosque. Á mi marido le conocieron y tuvo que hacerse bandido...
Yo aborté.
Mientras hablaba, la viuda había dejado de hilar, poniendo el huso
sobre el regazo y acercando las manos al fuego. Olí se estremecía de
frío, de terror y de gusto. ¡Qué horrible y hermoso era lo que contaba
la viuda! ¡Y Olí, que siempre había creído que los bandidos eran mala
gente! No; eran hombres desgraciados, empujados por la fatalidad, como
lo había sido ella misma.
--Y ahora cenemos,--dijo la mujer, desperezándose.
Se levantó, encendió un primitivo candelero de hierro, todo ennegrecido
y preparó la cena. Patatas, siempre patatas. Hacía dos días que Olí no
comía más que patatas y alguna que otra castaña.
--Anania, ¿es pariente suyo?--preguntó la muchacha, después de un largo
silencio, mientras cenaban.
--Sí, mi marido era pariente de Anania en último grado. No era
natural de Fonni; sus abuelos eran de Orgosolo. Pero Anania no se
parece en nada al _beato_[11],--contestó la viuda, moviendo la cabeza
despreciativamente.--¡Ah, hija mía, mi marido se hubiese colgado de una
encina, antes que cometer la vil acción que ha cometido Anania contigo!
Olí se echó á llorar; se sentó en un rincón junto al fuego, y como
el pequeño Zuanne se le sentara al lado, le hizo apoyar la cabeza
sobre sus rodillas, le estrechó su manecita basta y sucia, y continuó
llorando y pensando en sus abandonados hermanitos.
De pronto dijo:
--Estarán como los tiernos pajaritos dentro del nido, cuando la madre,
muerta por un cazador, no vuela á su lado. ¿Quién les dará de comer?
¿Quién les servirá de madre? Figúrese que el último, el más chiquitito,
aún no se sabe vestir ni desnudar.
--¡Dormirá vestido!--dijo la viuda para consolarla.--¿Por qué lloras,
tonta? Debías haber pensado en ello antes, y no ahora; ahora es inútil.
Ten paciencia. Dios no abandona á las aves en su nido.
--¡Qué viento! ¡Qué viento!--decía poco después Olí, quejándose.--¿Cree
usted en los muertos?
--¿Yo?--dijo la viuda, apagando la candela y cogiendo otra vez el
huso.--Yo no creo ni en los muertos ni en los vivos...
Zuanne alzó la cabeza y dijo bajo, muy bajito:--_¡Yo chi!_--y volvió á
esconder su cabeza en el regazo de Olí.
La viuda reanudó su relato:
--Después tuve otro hijo que ahora tiene ocho años y es pastor de
ovejas. Después tuve á éste. ¡Ah, hija mía, somos muy pobres! Mi marido
no era ladrón, no; vivía de lo suyo y por esto tuvimos que venderlo
todo, excepto esta casa.
--¿Y cómo murió?--preguntó la joven, acariciando la cabeza del
chiquillo que parecía dormido.
--¿Cómo murió? En una _empresa_. Nunca estuvo en la cárcel,--dijo con
orgullo la viuda,--aun cuando la justicia le buscase como el cazador
acosa al jabalí. Siempre escapaba diestramente de toda emboscada, y
mientras la justicia le buscaba por los montes, él pasaba la noche
aquí; sí, aquí, delante de este hogar donde estás sentada...
El chiquillo alzó la cabeza, con sus grandes orejas muy coloradas, y
después la volvió á apoyar sobre el regazo de Olí.
--Sí, aquí mismo. Una vez, hace dos años, supo que una patrulla debía
recorrer la montaña buscándole. Entonces me mandó un recado: «Mientras
los soldados me buscan yo tomaré parte en una _empresa_; cuando
termine, pasaré la noche en casa; mujercita mía, espérame». Yo esperé,
esperé, tres, cuatro noches. Hilé todo un vellón de lana negra.
--¿Dónde había ido?
--¿No te lo he dicho?--¡Á una _empresa_, á una _bardana_!--exclamó
la viuda, algo nerviosa; después bajó la voz.--Esperé cuatro noches,
estaba triste, cada pisada que oía me hacía palpitar el corazón.
Pasaban las noches, y mi corazón se encogía, se encogía hasta volverse
más pequeño que una almendra. Á la cuarta noche oí llamar á la puerta
y abrí. «Mujer, no esperes más», me dijo un hombre enmascarado. Y me
entregó el capote de mi marido. ¡Ay!
La viuda echó un suspiro que parecía un grito, después calló. Olí la
estuvo mirando durante largo tiempo; pero de pronto, su mirada fué
atraída por la mirada de espanto de Zuanne, cuyas manecitas bastas y
morenas como patitas de un pajarillo, se agitaban y señalaban á la
pared.
--¿Qué tienes? ¿Qué pasa?
--Un _mueto_...--murmuró.
--¡Qué muerto!...--dijo ella, riendo, poniéndose de pronto alegre.
Pero cuando estuvo en la cama, sola, en un camaranchón obscuro y frío,
sobre cuyo techo el viento rugía con más furia, removiendo y sacudiendo
las tablas, recordó lo contado por la viuda: el hombre enmascarado que
le había dicho: «¡Mujer, no esperes más!», el largo capote negro, el
chiquillo que veía los muertos, los tiernos pajaritos en el abandonado
nido (sus pobres hermanitos), el tesoro de Anania, la noche de San
Juan, su madre muerta; y tuvo miedo, y se puso triste, tan triste, que
aun creyéndose condenada al fuego eterno, deseó la muerte.