XI

Persistiendo en este propósito eché mis cálculos mientras duró el viaje.

Y hallando que, si no era rico, podía vivir cómodamente con el caudal

que poseía, en cuanto regresé a Barcelona pedí mi retiro a la casa

armadora.

No puedo explicar con claridad los sentimientos que en aquella ocasión

embargaban mi alma. Reinaban en ella la confusión y el tumulto. El amor

apasionado de Cristina; la hermosura angelical y la inocencia de la niña

de Retamoso; el deseo de reposo, de una vida cómoda y tranquila que todo

hombre siente al llegar a cierta edad, y las severas amonestaciones de

la conciencia que discutían mi derecho a obtenerlo en aquellas

circunstancias, gritaban simultáneamente dentro de ella. Pero había un

sentimiento que, aunque quieto y silencioso, tenía más fuerza que los

demás: el deseo ardiente de habitar cerca de Cristina, de vivir en su

intimidad y no perder de vista jamás su rostro hechicero. Nada pensaba

hacer contra la paz de su corazón y el honor de su marido, pero sería

dichoso con sólo gozar de su presencia toda la vida.

En estas disposiciones, ni santas ni criminales, tomé el tren de

Valencia a los dos meses próximamente de haber salido de ella. Al cruzar

por una estación del trayecto creí percibir en la ventanilla de un tren

que estaba parado la silueta de Sabas, y cerca de él una cabeza rubia de

mujer, que no era la de Matilde.

--¡Sabas! ¡Sabas!--grité.

Cuando me percibió saludóme afectuosamente con la mano. La señora que

estaba a su lado también agitó la suya sonriendo con mucha expresión, no

sé por qué, pues no la conocía. Quedé perplejo: me asaltó la duda de si

me habría equivocado. ¿Sería realmente Matilde? No tardé en averiguarlo.

Llegué a Valencia antes de oscurecer. Después de dejar los bártulos en

la fonda alquilé un coche para dirigirme al Cabañal, donde sabía que

Martí se había instalado ya. Ansiaba consultar con él mis planes. Al

aproximarme a la alquería sentí latir el corazón con violencia. Esto

sublevó nuevamente mis sentimientos honrados. «¿Estamos en esas?--me

dije con despecho--. ¿Tratas de contraer un vínculo sagrado, de entregar

tu corazón a una niña inocente y no puedes reprimir tus impulsos

libertinos? ¿Vas a estrechar la mano de un amigo, a hacerle tu

confidente, tu deudo, y no puedes limpiar el espíritu de pensamientos

traidores?»

La familia estaba reunida en el comedor. Observé inmediatamente en los

semblantes cierta tristeza y desusada gravedad. Tenían todos una cara

larga y aun consternada que me inquietó sobremanera. Sin embargo, Martí

me abrazó con su acostumbrada cordialidad, mostrando alegría sincera por

mi llegada. Fuí dando la mano a todos, y al llegar a Matilde le dije sin

reflexionar:

--¿Conque está usted viuda? He visto a su marido en una estación. No le

he podido hablar, pero nos hemos saludado.

Acabando de pronunciar estas palabras quedé estupefacto viendo que se

echaba a llorar perdidamente.

Y apretándome la mano de un modo convulsivo, entre sollozos que le

rompían el pecho, me dijo:

--¡Gracias, Ribot!... ¡Muchas gracias!... Mi marido se ha fugado con la

dama joven.

--He visto a su lado una señora rubia, pero no pensaba...--balbucí

desconcertado.

--Sí, sí; la dama joven--profirió sin dejar de sollozar.

--Dispénseme usted; como ha sido tan rápido mi paso no pude reparar...

pero sí me parece que era joven.

--¡Qué había de ser joven, si tiene más de treinta años!--exclamó con

furor--. ¡Más pintada y retocada que una muñeca de bazar!... ¡Había que

verla por las mañanas en el balcón!

Martí vino en mi auxilio, diciéndome en voz baja:

--Era la dama joven de la compañía que actúa en el teatro.

--¡Ah!

Todos guardamos silencio y miramos obstinadamente al suelo, como en las

visitas de pésame. No se oían en la estancia más que los sollozos cada

vez más vivos de la ultrajada esposa. La situación era molesta y

angustiosa en alto grado. Afortunadamente, doña Amparo tuvo la feliz

idea de desmayarse, y este accidente introdujo en la escena un elemento

de variedad que aprovechamos inmediatamente. Volamos a su socorro.

Abriéronse varios frascos de tapón esmerilado. Esparcióse por el comedor

un olor penetrante de botica. Lágrimas, abrazos, suspiros, besos. Al

cabo se restableció el equilibrio y las cosas volvieron a su ser.

Yo quise perder el mío con el olor del éter; pero antes de que esto

sucediera Martí me sacó de la habitación y me llevó a su despacho.

--¡Has visto qué contratiempo!--exclamó sacudiendo la cabeza con

profundo disgusto.

--¿Pero cómo ha sido eso?

--Nada, que la otra noche ganó tres o cuatro mil pesetas en el juego y

se las va a gastar alegremente con una cómica.

--¡Qué locura!... Pero volverá...

--Ya lo creo que volverá... En cuanto se le concluya el dinero, como la

otra vez.

--¿Otra vez?

--Sí, hace tres años por este tiempo se marchó con una amazona del

circo... Pero entonces llevaba más dinero que ahora.

No quise insistir preguntando más pormenores porque observé que Martí se

iba poniendo nervioso. No hay nada más triste que la tristeza de un

hombre alegre. Para distraerle cambié de conversación, hablándole de mí

y de los proyectos que traía. Inmediatamente su fisonomía se dilató y

una sonrisa bondadosa retozó por sus labios.

--¡Bravo, capitán! Al fin vas a ser nuestro--exclamó abrazándome hasta

asfixiarme.

Hablamos del asunto y lo examinamos con atención. Al cabo convinimos en

que, supuesta mi edad y carácter, no debía conducirme como un cadete,

sino con toda formalidad. Después de logrado el sí de Isabelita, cosa

que le parecía a Martí resuelta ya, era necesario, antes de proseguir

nuestras relaciones, visitar a sus papás y hacerles sabedores de ellas.

Este paso me captaría su estimación y marcharía sobre seguro. Me animó,

me abrazó repetidas veces llamándome primo y me prometió ayudarme en

cuanto pudiese, y en nombre de Cristina lo mismo.

Tornamos al comedor. Nuestros semblantes alegres formaron contraste con

los graves y abatidos que allí había. Doña Amparo conservaba en los ojos

las huellas de la inundación pasada. Matilde no hay que decir cómo

estaba. Isabelita, que se hallaba pasando una temporada con sus primos,

me acogió con el mismo rubor, pero sin grandes señales de regocijo, lo

que yo achaqué al disgusto de su familia. Castell, como siempre,

displicente y frío. Cristina... No puedo explicar cómo hallé a Cristina.

Me pareció más pálida que de ordinario y distraída. Había en sus ojos

una extraña tristeza que me impresionó dolorosamente. Imaginé en seguida

que se hallaba bajo el peso de un profundo pesar y que no podía ser otro

que el infame galanteo de Castell. Quizá éste habría estrechado el

cerco. Tal vez... ¡Oh, qué idea!

Tan sólo vi sus ojos brillantes de alegría al entrar la nodriza con mi

ahijada en brazos. Era un hermoso botón de rosa, fresco, suave, delicado

y, por supuesto, como es de rigor, dotado de inteligencia pasmosa. Martí

hubiera dado testimonio de ello con su sangre. Para llevar el

convencimiento a nuestro espíritu no halló medio más adecuado que

entregarse a una serie de representaciones mímicas, algunas de las

cuales obtuvieron éxito sorprendente. Principió entonando con voz de

sochantre un canto de iglesia. La niña no tardó en hacer pucheritos y

romper a llorar. Cantó después unas seguidillas, y la chica se alegró y

brincó, queriendo arrojarse al suelo, sin duda, para arrancarse con

cuatro pataditas. Ladró, mayó, hizo el gallo, y al instante pudimos

comprobar que la pequeña no carecía de nociones zoológicas y tenía idea

de las clasificaciones introducidas en el reino animal.

Demostrada la tesis en forma que no daba lugar a duda, y orgulloso de la

impresión que sus notables experiencias habían logrado causar en la

asamblea, Martí creyó procedente arrancar la niña de brazos de la

nodriza y agitarla repetidas veces en los suyos como un frasco de tinta.

Acaso imaginaba por este medio de concentración vigorizar aún más sus

facultades psíquicas. Pero no consiguió más que ponerla negra. La

criatura, no familiarizada con el nuevo método, lo rechazó a grandes

gritos con toda la indignación de su alma. Cristina se apoderó de ella,

hizo lo posible por acallarla y la entregó de nuevo a la nodriza, que

fué la que realmente supo llevar la calma a su corazón ultrajado.

Antes de ponernos a cenar me obligaron a despedir el coche. Castell me

llevaría en el suyo. Quise oponerme, porque la compañía de este

caballero iba siendo cada vez menos grata para mí; mas no fué posible.

Emilio, con su impetuosidad característica y su poco conocimiento de los

hombres, dió orden al cochero de retirarse.

Me colocaron al lado de Isabelita. Todo el mundo dió por resuelto que

aquello era lo natural y que debía de cuchichear toda la noche con ella.

Por eso no dejé de hacerlo. Acaso habiéndoles preguntado si debía

oprimirle suavemente el pie con el mío y acariciarle una mano por debajo

de la mesa, alguno expresaría su opinión contraria y se suscitaría una

discusión más o menos larga. Pero yo, convencido de que al cabo la

mayoría se decidiría por ello, no vacilé en anticipar la ejecución de

sus acuerdos.

A las diez y veinte de la noche se convino en un rincón del comedor

donde la niña de Retamoso y yo charlábamos con independencia: primero,

que ella era la única mujer que podía hacerme feliz sobre la tierra;

segundo, que yo, por mi carácter franco y simpático, por mis

sentimientos honrados y por cierto nosequé que tenía en la voz, era

digno de que me hiciese feliz. Conformes en ambos extremos, quedó

resuelto que al día siguiente daría cuenta de este acuerdo a los señores

de Retamoso. Eran las diez y veinticínco.

Poco más se prolongaron nuestras deliberaciones. Castell acostumbraba a

retirarse a las once y me preguntó cortésmente si deseaba hacer lo

mismo. Cedí, como era justo, pues la familia desearía descansar, y nos

trasladamos a la ciudad. Mientras duró el viaje tuve ocasión de

convencerme una vez más de que sólo por un error de la naturaleza yo

tenía pelos en la cara, y que en vez del sombrero debía cobijar mis

pensamientos infantiles una sólida chichonera. Aquel buen señor,

penetrando en el secreto laboratorio de la vida, restablecía con el

pensamiento las cosas a su ser, se esforzaba en poner sus ideas al

alcance de mi razón inexperta; bostezaba unas veces, otras sonreía

perdonando mis puerilidades. En resumen, me trataba como si

efectivamente yo llevase en la cabeza una chichonera visible sólo para

él. Pero como estaba arraigada en mí la graciosa manía de considerarme

un hombre, en vez de agradecer su actitud me produjo mayor irritación

que nunca y juré en mis adentros no volver más en su coche, aunque

tuviese que hacer el viaje a pie.

Al otro día, revestido solemnemente de una levita que había hecho el

viaje a América once veces y el de Hamburgo treinta y siete, me personé

en casa de los señores de Retamoso. Estaba situada en la plaza del

Mercado, no lejos de la Lonja, y era más sólida que bella, de moderna

construcción: un sólo piso, fachada exigua y lisa de sillería con tres

grandes puertas y tres pequeños balcones de hierro. Pero era más

espaciosa de lo que prometía su fachada. Sus almacenes, que ocupaban

toda la planta baja, eran amplios y tan elevados de techo como los

salones de un palacio. Grandes pilas de bacalao, bocoyes de aceite y

alcohol, cajas de azúcar y cacao los llenaban, formando estrechos y

revueltos desfiladeros. Al través de ellos, medio sofocado por el aroma

nada grato que despedían estos productos ultramarinos, y precedido de un

dependiente con la pluma detrás de la oreja, llegué hasta el fondo,

donde había otras tres puertas de cristales que daban a un patio. Cerca

de una de ellas se alzaba un pequeño enverjado de pino pintado de verde;

en el centro de él una mesa sencilla con gran pupitre, y detrás de la

mesa y el pupitre un hombrecillo rechoncho, con gorro de terciopelo

bordado. Era el propio señor de Retamoso.

--¡Señor de Ribot! ¡Tanto bueno por acá!--exclamó, apresurándose a salir

de la jaula, haciendo innumerables reverencias y llevándose otras tantas

veces la mano al gorro--. ¿A qué debemos el honor?

--Deseaba hablar con usted unas cuantas palabras--respondí echando una

mirada significativa al dependiente, que, comprendiéndome, desapareció

en seguida por los zig-zags de los desfiladeros.

La fisonomía del señor Retamoso experimentó un cambio prodigioso. A la

alegría que se esparció por ella sucedió repentinamente una tristeza

profunda. Y como si una nube le interceptase de modo inesperado los

rayos del calor y la vida, quedó mustio, abatido, seco, el que momentos

antes todo era regocijo y expansión.

--Bueno; soy con usted al momento--murmuró introduciéndose de nuevo en

la jaula, cerrando cuidadosamente la caja de valores que allí había y

sepultando la llave en el bolsillo del pantalón.

Hecho esto salió, y, encarándose conmigo, me dijo de modo glacial:

--Estoy a sus órdenes.

"Este buen hombre supone que le voy a pedir dinero"--me dije,

sorprendido de aquel cambio.

--El caso que me trae a visitarle--manifesté con vacilación--es un poco

delicado... Es posible que usted sepa...

--No sé nada--profirió en tono resuelto, atajándome.

--Quiero decir, es posible que usted haya sospechado...

--No he sospechado nada--volvió a manifestar con más sequedad aún.

Un poco irritado por aquellas interrupciones, dije con viveza:

--Es igual. Lo sabrá usted ahora. Se trata de cierta corriente de

simpatía establecida entre su hija Isabel y yo. Como esta simpatía

pudiera con el tiempo transformarse en afecto y llegar al punto de

originar una relación amorosa, antes que suceda me he creído en el deber

de consultar la voluntad de sus padres. Mi edad no me consiente ya ni

los pasatiempos ni las relaciones a hurtadillas. Por otra parte, la

amistad que me liga a Martí, en cuya casa he tenido el honor de conocer

a su niña, y la estimación inmerecida con que tanto su señora como usted

me han honrado, me obligan a conducirme con franqueza y lealtad.

La faz redonda del tío Diego adquirió su primera expresión. La nube que

interceptaba los rayos de la alegría se había corrido.

--¡Oh señor de Ribot! ¿Qué me cuenta? Yo no sé nada... Yo no me entero

de nada... Yo soy un pobre hombre... ¿Por qué no se dirige a mi mujer,

que le entenderá mucho mejor y sabrá lo que debe responderle?--exclamó

sonriente y melifluo, llevándose la mano al gorro bordado y alzando la

pierna hacia atrás para mejor hacer la reverencia.

--A los dos pensaba dirigirme.

--¡Oh señor de Ribot! ¿Para qué? Venga, venga conmigo... Yo le llevaré

al sitio donde pueden ajustarse esas cuentas... Yo no sé nada de esos

toques; pero hay en casa quien sabe más que Merlín... Cuidado, señor de

Ribot... ¡mucho cuidado! Téngase bien sobre los estribos. Mire que para

entenderse con mi señora se necesita mucha cabeza...

Y diciendo y haciendo me condujo hacia una escalera y por ella subimos

hasta el piso principal. Una vez arriba me estrechó fuertemente la mano

entre las suyas y me recomendó en voz de falsete que mirase bien lo que

hablaba delante de su señora y que no me desconcertase en su presencia,

que él me ayudaría en todo cuanto pudiese, aunque no esperaba que fuese

mucho, porque también él se sentía cohibido delante de doña Clara.

--Es una mujer profunda, señor de Ribot. Con esto está dicho todo.

Sin soltarme me llevó hasta la puerta de un gabinete, dió dos

golpecitos en ella con los nudillos y se oyó la voz de doña Clara que

dijo:

--Adelante.

Retamoso volvió a apretarme la mano para infundirme valor y penetramos

en la estancia.

Se hallaba doña Clara vestida de negro, tan correcta y pulcra como de

ordinario, sentada en un sillón de cuero con un libro entre las manos.

Al vernos quitó de su nariz aguileña los lentes con armadura de oro y

los dejó colgando sobre el pecho de una cadenita del mismo metal.

Tendióme la mano, clavándome al mismo tiempo una mirada tan imponente

que, a pesar del valor que su esposo me había infundido, no pude menos

de estremecerme. Después alzó su figura trágica de la silla y fué a

sentarse en el centro de un sofá de damasco verde, invitándonos con un

gesto para que hiciésemos lo mismo en cada una de las butacas que había

a los lados. Acatamos sus órdenes, y Retamoso no halló recurso más

precioso para preparar la sesión que frotarse en silencio las rodillas

con la palma de las manos, mirándome al mismo tiempo con tristeza y

zozobra.

--Señor de Ribot--dijo al cabo--, le ruego que manifieste a mi señora lo

que hace un momento ha tenido la bondad de manifestarme.

--Se trata, señora--dije con voz temblorosa--, de un asunto delicado que

deseaba someter a la aprobación de ustedes. Si me tomo la libertad de

hablarles de él es únicamente para que en ningún caso pueda decirse que

he faltado al respeto y la consideración que ustedes me inspiran...

Entre Isabelita y yo empieza a formarse una amistad especial...

--Lo sé--interrumpió gravemente doña Clara.

Quedé un momento suspenso y proseguí:

--Isabelita, por sus prendas de carácter, por su inocencia y por la

modestia de que está adornada, merece no sólo el afecto, sino la

admiración de cuantos la tratan. Yo no pude, como es natural, sustraerme

al encanto que esparce en torno suyo, y desde luego me sentí atraído

hacia ella. Tuve el atrevimiento de dárselo a entender y me hago la

ilusión de pensar que no le ha parecido mal. Hasta ahora entre nosotros

no existe ningún lazo, sino tan sólo una sencilla inclinación...

--Lo sé--volvió a decir con la misma gravedad doña Clara.

Yo me sentí aún más cohibido. Retamoso me hizo algunas muecas

encaminadas a infundirme aliento y pude continuar:

--Desde luego puedo afirmar que nada serio se ha establecido hasta ahora

entre nosotros, y no podía ser de otro modo, porque yo jamás me

propasaría a pretenderlo sin contar con la venia de sus padres. Pero

tampoco es repentina esta inclinación. Cuando embarqué hace dos meses

para Hamburgo llevaba el pensamiento y aun la resolución de estrechar

esta naciente amistad y...

--Lo sé--dijo otra vez doña Clara con más severidad, si fuera posible.

Quedé mudo y confuso, renunciando a más desenvolvimientos, que, por la

sobrenatural penetración de aquella señora, resultaban inútiles. Pero no

pude menos de admirar el singular contraste que aquellos consortes

formaban: él no sabía nada; ella lo sabía todo.

Retamoso me hacía guiños maliciosos dándome a entender que aquello

estaba previsto y que no había por qué sorprenderse. Doña Clara, al cabo

de un rato de silencio, irguió aún más su erguida cabeza, y, sacudiendo

la nariz de un modo capaz de infundir respeto a un mono, profirió:

--Antes de pasar adelante ruego a usted que sigamos la conversación en

inglés. Lo grave y lo delicado del asunto así lo exige.

Yo profeso y he profesado siempre una gran admiración por la lengua y la

literatura de la Gran Bretaña. En la taquilla de libros de mi camarote

viajan constantemente el _Don Juan_, de Byron; el _Tom Jones_, de

Fielding, y algunos tomos de Shakspeare. Mas a pesar de esta

admiración, nunca he supuesto que fuese el único idioma en que pudieran

tratarse los asuntos graves y delicados. No quise, sin embargo, combatir

este rasgo filológico ni discutir la preferencia que la severa mamá de

Isabelita manifestaba por una rama de las lenguas indoeuropeas sobre sus

hermanas, y me apresuré a ceder a su invitación. Con esto, la sorpresa,

la alegría y las muecas de admiración de Retamoso subieron de punto. Se

llevaba el dedo a la frente, arqueaba las cejas, abría disparatadamente

los ojos, y algunas veces, cuando doña Clara no podía verle por hallarse

vuelta hacia mí, elevaba las manos al cielo, murmurando

imperceptiblemente.

--¡Qué mujer! ¡qué mujer!

Doña Clara, sin curarse poco ni mucho de las manifestaciones externas de

este culto idolátrico, me hizo saber en un inglés enfático y gutural que

nada de cuanto yo había dicho, hecho ni pensado se le había ocultado, y

que estaba al tanto igualmente de cuanto había dicho, hecho y pensado su

hija Isabel. Esta declaración infundió en mi espíritu un sentimiento de

pequeñez y limitación que concluyó de anonadarme. En la imposibilidad,

pues, de suministrar algún dato desconocido ni emitir una sola idea

digna de la grandeza intelectual de aquella señora, tomé el partido de

callarme, sometiendo de antemano mi débil razón a la suya.

Después de agitar varias veces su nariz prominente como una nave que

despliega la bandera al zarpar del puerto, y después de encajar sobre

ella los lentes de oro para contemplarme un rato en silencio, doña Clara

tuvo a bien darme cuenta de sus designios. Isabelita era una niña: yo

era un hombre. Expresadas estas dos proposiciones, a simple vista

irrefutables, doña Clara dedujo de ellas lógicamente que era necesario

mucho cuidado. Una niña no sabe generalmente lo que quiere; pero un

hombre tiene obligación de saberlo. Por lo tanto, era de todo punto

imprescindible cerciorarse de lo que yo quería.

--Señor de Ribot--interrumpió en este punto Retamoso--, ¿tendría usted

la amabilidad de ponerme en castellano lo que dice mi señora?

Así lo hice, y cuando tuvo de ello conocimiento expresó ruidosamente su

entusiasmo, exclamando infinitas veces con gran energía:

--¡Eso! ¡eso! ¡Justo! ¡Eso! ¡Eso! ¡Justo! ¡Eso!

Doña Clara no hizo el menor aprecio de aquellos esos ni de aquellos

_justos_ y, manteniendo su nariz en el mismo rumbo, me sometió acto

continuo a un escrupuloso interrogatorio. Aunque bastante cohibido,

contesté claramente a sus preguntas y tuve la satisfacción de observar

ciertos leves signos de aquiescencia que me llenaron de orgullo.

Examinadas mis pretensiones, y como resultado de la concienzuda

investigación que acerca de mi conducta había llevado a cabo, doña Clara

declaró al fin, volviendo lentamente la cabeza hacia su marido como una

esfera armilar que gira sobre su eje, que «yo era una persona decente»,

cosa de la cual ni aun en los momentos de mayor extravío he dudado

jamás.

Cada una de las fases de esta investigación fué sucesiva y fielmente

interpretada por mí en lengua castellana para conocimiento del señor

Retamoso. Todas merecieron de su parte la misma aprobación calurosa y

fueron saludadas con una salva de _¡esos!_ y _¡justos!_

Doña Clara dió por terminada la entrevista alzándose del sofá, y con la

misma firmeza, la misma calma impasible y sangre fría me hizo saber que

"allí tenía mi casa y que tendría sumo gusto en recibirme siempre que

quisiera venir a ella". Dicho esto, por medio de una hábil y

sorprendente maniobra de su nariz dejó caer los lentes y me entregó la

mano, que yo toqué con la mayor veneración.

--Permítame usted, señor de Ribot. ¡Un momento... un momento nada

más!--exclamó Retamoso, que a nuestro ejemplo también se había

levantado--. Yo no tengo los conocimientos que mi señora ni estoy

instruído en los idiomas extranjeros. Así que no he podido enterarme

bien de lo que usted desea. Me parece haber comprendido que usted

simpatizaba con Isabelita...

¿Estamos en esas? dije para mis adentros mirándole con sorpresa e

inquietud. En cuanto a doña Clara, le clavó una mirada capaz de hacerle

polvo.

--Sí, señor--respondí al cabo secamente.

--Dispénseme usted, señor de Ribot... Yo soy un poco tardo de

comprensión y más en estos asuntos tan finos... También creo entender

(perdóneme si me equivoco) que deseaba usted nuestro permiso para

dirigirse a ella con... con palabras galantes... Perdóneme, por Dios, si

no sé expresarme como ustedes...

--Sí, señor; deseaba la autorización de ustedes antes de estrechar mis

relaciones con Isabelita.

--¡Perfectamente! ¡Eso!... Veo que no me había equivocado. Pues bien, mi

señor, yo estoy conforme con todo lo que doña Clara le ha dicho, y si le

hubiese dicho más, con más estaría conforme todavía. Ya conoce usted mi

opinión, señor de Ribot. Cuando se tiene en casa quien puede dar un

consejo acertado sobre todos los negocios, ¿para qué calentarse la

cabeza discurriendo?... Solamente yo desearía que en éste no hubiese

compromiso por ninguna de las dos partes. Por ahora nada de compromiso.

Si más adelante a usted, señor de Ribot, le conviene ese compromiso y a

nosotros nos conviene también, entonces ya podremos hablar de otro

modo... digo, ya mi señora le hablará de otro modo, porque yo ni pincho

ni corto; bien lo habrá usted comprendido, mi señor.

Lo que comprendí perfectamente era que aquel gallego socarrón, antes de

soltar su palabra, deseaba enterarse con exactitud de mis medios de

fortuna. Me dejé engañar, sin embargo, en la apariencia. Acepté lo que

me propuso, manifestándole que mi visita no era oficial, sino un simple

paso de atención y respeto, y que deseaba que ellos conservasen su

libertad como yo conservaría la mía.

--¡Eso! ¡Justo!... ¡justo!... Nada de compromiso.

Doña Clara, en tanto que hablábamos, se había mantenido inmóvil y rígida

mirando al espacio por encima de nuestras cabezas, en una actitud tan

solemne y desdeñosa al mismo tiempo que nada podría dar idea de su

grandiosidad sino la Minerva de Fidias en lo alto del Acrópolis, si

hubiéramos tenido la suerte de que esta obra maestra de la antigüedad

pagana llegase intacta hasta nuestros días. Así permaneció hasta que yo,

dirigiéndome a la escalera, desaparecí de su horizonte visible.

Retamoso bajó conmigo, me llevó hasta el portal, se quitó el gorro, dió

mil zapatetas, me estrechó ambas manos con inexplicable ternura y me

dijo al oído al despedirme:

--Por supuesto, señor de Ribot, todo esto sin compromiso ¿no le parece?

Mi opinión es que no debe de haber compromiso.

No rió poco el bueno de Martí cuando le conté los pormenores de aquella

entrevista. Me felicitó calurosamente, y arrastrado de su fantasía

optimista trazó en un instante veinte planes, a cual más risueño, sobre

mi porvenir. Si no recuerdo mal, yo estaba predestinado a una gran

riqueza y a ser asociado suyo y de Castell en la línea de vapores, cuya

alta inspección se me confiaría. También tendría una parte en el negocio

de los pozos artesianos cuando éstos empezasen a dar agua. En cuanto a

la canalización del río, me manifestó con grande y sincera tristeza que

le era imposible darme por ahora ninguna acción. Le respondí que no se

apesadumbrase: trataría de vivir sin ella. Mi resignación le conmovió

tanto que concluyó por decirme, ahuecando con ambas manos su cabellera:

--Tendría un gran disgusto si al cabo no consigo darte ninguna

participación en este negocio, que será el mayor que se haya hecho en

España hasta ahora.

Cristina, a quien comunicó acto continuo lo ocurrido, se mostró conmigo

más afectuosa y expansiva que de ordinario. Observé, no obstante, en su

rostro una expresión melancólica que en vano trataba de ocultar. Hacía

esfuerzos visibles por aparecer alegre, pero a lo mejor se distraía y

sus grandes ojos negros quedaban fijos en el espacio, revelando profundo

ensimismamiento.

Cené con ellos. Nos sentamos a la mesa, además del matrimonio y su mamá,

Isabelita, Castell y Matilde, con todos sus niños, los cuales nos

divertían extremadamente. La esposa abandonada, siempre con los ojos

enrojecidos, sonreía tristemente viendo la ternura y el entusiasmo que

aquellas criaturas me inspiraban. No faltó quien apuntó, creo que fué

doña Amparo, que yo iba a ser un padre cariñosísimo, lo cual causó a

Isabelita una verdadera sofocación de rubor. Estos accesos se repitieron

varias veces durante la cena, porque Martí tuvo a bien sazonarla con

alusiones más o menos transparentes a nuestro futuro parentesco. Sobre

todo, cuando hizo destapar una botella de _champagne_ y alzando la copa

brindó «por que el capitán Ribot se mantuviese sobre las anclas en

Valencia toda la vida», las mejillas de su prima no prendieron fuego a

la casa porque, afortunadamente, nadie arrimó a ellas algún material

combustible.

Cuando nos levantamos de la mesa para dar una vuelta por el jardín quise

ofrecer el brazo a Cristina. Sentía vivo deseo de hablar con ella, de

sondar su alma, que me parecía turbada. Antes de buscar refugio en otro

puerto, ya que la fatalidad había hecho que el de ella estuviera cerrado

por mí, debía saber que acataba los designios de Dios; pero jamás, jamás

olvidaría aquel sueño de amor. Así era la verdad. Aunque hacía esfuerzos

heroicos por alejarlo, representándome otras escenas, otros goces, otros

deberes, volvía tenazmente a recrear mis noches y a turbar mi

conciencia.

Ya había apoyado su mano en mi brazo, cuando Castell, acercándose a

nosotros y haciendo una leve reverencia, le dijo:

--¿No habíamos quedado en que esta noche sería yo su caballero?

Al mismo tiempo clavaba en ella una mirada luciente, cuya amenaza no

bastaba a templar la sonrisa fría que vagaba por sus labios.

Cristina le respondió con otra tímida, y apresurándose a soltar mi brazo

para tomar el suyo, articuló con voz alterada:

--Gracias, Ribot. Enrique me lo había ofrecido antes...

Y se apartaron para bajar la escalera. Desde lo alto, cuando la luz del

vestíbulo les dió en el rostro, pude observar que Castell le hablaba

con ademán colérico, como si le hiciese recriminaciones, y que ella se

disculpaba con la mayor humildad.

¡Oh Dios! El velo que me ocultaba la verdad se descorrió de pronto.

Aquel hombre era ya su amante. Toda la sangre de mis venas fluyó al

corazón. Sentí un vértigo y tuve necesidad de agarrarme fuertemente al

pasamano para no caer.

[imagen: una barra decorativa]

La alegría del capitán Ribot · 第 24 / 35 题