Desde aquel día su actitud conmigo varió notablemente. Se mostró menos
desconfiada y recelosa; no evitaba con tanto cuidado el mirarme cara a
cara; cuando yo entraba no se ponía repentinamente seria como antes.
Poco a poco su franqueza fué aumentando, haciéndose cordial y, en los
límites de su temperamento reservado, afectuosa también. Su delicadísimo
pudor le impedía recompensar con palabras las que yo había pronunciado
en su presencia; pero se ingeniaba de un modo conmovedor para darme a
entender que estaba satisfecha de mí.
Una tarde se hablaba de ciertos objetos que había comprado y que se le
olvidaron en la tienda. Martí quería enviar por ellos a un criado. Ella
entonces dice con aparente indiferencia:
--Ribot, ¿no tiene usted que pasar por la calle de San Vicente? Pues
hágame el favor de recoger ese encargo y traérmelo esta noche.
Inundóme vivo placer. Por la noche cuando se lo entregué lo recogió con
más indiferencia aún.
--Gracias--dijo secamente, sin mirarme.
No importa; yo estaba seguro de que aquello era una recompensa. Me sentí
tranquilo y dichoso.
Pero al día siguiente de este pequeño y grato suceso el hado adverso me
preparó el susto más grave que experimenté en mi vida de peligros y
azares. Ni cuando encallé en el Río de la Plata, ni cuando los golpes de
mar nos arrancaron el puente y la mitad de la obra muerta en el Canal de
la Mancha, sentí de tal suerte encogido el corazón. La encargada de
proporcionarme tan cruel desazón fué doña Amparo. Nos hallábamos en el
gabinete de costura esta señora, Cristina y yo. Mientras ellas
trabajaban yo hojeaba un álbum de retratos donde estaban los de toda la
familia y los de muchos amigos. Yo preguntaba y doña Amparo me informaba
de quiénes eran los originales. Cristina permanecía silenciosa.
--¿Quién es esta chiquilla tan simpática?--pregunté contemplando el
retrato de una niña de diez o doce años--. ¡Vaya unos ojos hermosos!
--¿No la conoce usted?... Es Cristina.
--¡Áh!--exclamé sorprendido. Y mirando hacia ésta observé que se había
puesto encarnada.
--Estaba aún en el colegio. ¿Verdad que era muy guapa?
--Ya lo creo--respondí tímidamente.
--Mamá, no digas ridiculeces. ¡Si parezco un pajarito
desplumado!--exclamó la interesada riendo.
--¿Como un pajarito?--profirió su madre con indignación--. Estabas
remonísima. Desde entonces no has hecho más que perder. ¡Ya darías algo
por ser ahora como entonces!... Y si no que lo diga Ribot.
--Señora--murmuré algo confuso--, indudablemente era muy bonita en
aquella época...; pero creo que ahora vale más.
Cristina se puso más colorada aún, bajó la cabeza y quedó silenciosa y
grave. Su madre no quiso pasar por ello. Yo no me atreví a contradecirla
ya abiertamente: sólo emitía monosílabos o frases de dudosa
interpretación. Al cabo dejamos esa conversación, para mí peligrosa, y
poco después avisaron que estaba la peinadora y Cristina se marchó a sus
habitaciones.
Seguí hojeando el álbum y doña Amparo moviendo la aguja de marfil con
la que tejía su labor de encaje. Guardábamos silencio; pero tres o
cuatro veces que levanté los ojos observé que me miraba con insistencia
molesta. Al cabo pude notar que suspendía su tarea, sin duda para
mirarme más a su gusto.
--Ribot--pronunció en voz baja.
Me creí con derecho a hacerme el sordo.
--¡Ps! Ribot.
--¿Qué decía usted, señora?--respondí fingiendo salir de una gran
distracción.
--Míreme usted a la cara.
--¿Cómo?... No entiendo.
--Que me mire usted a la cara.
Como no estaba haciendo otra cosa, aquella petición sería una
redundancia absurda si no fuese, más que esto, en extremo inquietadora.
--Ahora, acerque un poco la silla.
La nueva exigencia me pareció muchísimo más inquietadora. Me apresuré,
sin embargo, a cumplir sus órdenes arrastrando la silla con chirrido de
mal agüero. Y adoptando un continente tranquilo y desembarazado, bien
contrario al que me correspondía en aquel instante, esperé lo que
tuviera a bien decirme. Doña Amparo me miró sonriente y después de larga
contemplación dijo:
--Ribot, usted está enamorado de mi hija Cristina.
Primero pálido, luego encarnado, después otra vez amarillo, verde,
azul... En fin, pienso que mi cara fué un arco iris por espacio de
algunos segundos.
¡Señora!... ¡Yo!... ¿Cómo puede usted suponer?... ¡En mi vida he
pensado!... ¡Qué idea!...
Doña Amparo, al verme en aquel estado de terrible agitación, se asustó y
se puso también pálida. Cómo me vería, que echó mano inmediatamente a su
frasco de sales, me agarró con una mano la cabeza y con la otra me lo
puso en las narices. ¡Para sales estaba yo en tal instante! Aparté como
pude de mí aquel cáliz, le dí las gracias y con dicción oscura y lengua
balbuciente disculpé mi emoción por la sorpresa natural... La acusación
era tan grave que a la verdad...
Doña Amparo sonrió con benevolencia, sin duda para calmarme, y no
consintió que hablásemos otra palabra si no tomaba una perlita de éter
para fortalecer los espíritus. La tragué, no sin dificultad, porque la
garganta se me había apretado hasta el punto de que apenas podía
respirar. Luego, para aplacar la justa indignación de aquella señora,
volví a protestar de un modo cortado, incoherente contra suposición tan
monstruosa.
--¡Yo enamorado!... ¿Cómo era posible que tuviese la osadía, la
avilantez?... Su hija era un modelo de todas las virtudes... Nadie
podía tener el atrevimiento de ofenderla con sentimientos que no fuesen
de respeto y admiración... Menos yo que nadie, amigo de Martí, un hombre
tan caballero, tan leal, que tantas pruebas me había dado de inmerecida
estimación, etc., etc.
--Todo eso está muy bien, Ribot--manifestó doña Amparo mientras aspiraba
con ansia por la nariz las sales de su frasquito--. Pero eso no impide
que usted esté chalao, loco perdido por mi hija.
--Se equivoca usted, señora... Le aseguro a usted...
--Vamos, confiéselo usted--me dijo poniéndome una mano sobre el hombro y
mirándome con semblante risueño y malicioso--. Aquí no hay nadie que nos
pueda oir.
--¡Señora, por Dios!
--¡Confiéselo usted, tunante! ¡Confiéselo usted!
Y me dió un tironcito suave y cariñoso a la barba.
Yo estaba asustado, recelando algo siniestro, fatal.
--Quedará entre los dos el secreto. Usted está enamorado de Cristina
como lo está Castell hace tiempo...
--En cuanto a ése...--dije yo viendo el postigo abierto para escapar.
--Ese es un tuno mucho más largo, y entre los dos, francamente, le
prefiero a usted.
Quedé estupefacto. ¿Qué es lo que prefería aquella señora? ¿Por qué me
hablaba de aquel modo? ¿Adónde iba a parar?
--¿Verdad que Cristina es muy guapa?--prosiguió con la misma ligereza--.
¡Tiene un tipo tan interesante, tan delicado! No extraño que usted se
haya enamorado... Por supuesto, no le habrá dicho nada...
--¡Señora!....
--No, no se lo diga usted. Es una criatura bonísima, virtuosa, incapaz
de faltar a su marido... Además, Emilio no tiene igual, ¡tan cariñoso!
¡tan leal! ¡tan espléndido! Adora a su mujer. Yo le quiero lo mismo que
a un hijo. No consentiría por nada en el mundo que tuviese el más
pequeño disgusto.
--Por mi causa no lo tendrá, descuide usted--me aventuré a decir.
--Eso le honra a usted, Ribot--replicó apretándome la mano--. Es usted
muy bueno: bastante mejor que ese pillo de Castell--añadió sonriendo
dulcemente--. Y, sin embargo, yo no puedo menos de querer a Enrique. ¡Es
tan bueno! ¡Le encuentro siempre tan cariñoso conmigo! Luego, ¿qué culpa
tiene el pobre de haberse enamorado?... Lo que está muy mal es decir
cositas al oído a Cristina cuando Emilio no le ve... Supongo que serán
tonterías... que es guapa, que tiene los ojos así y el pelo de otra
manera... Pero no está bien. Emilio es su mejor amigo y si lo supiera
tendría un disgusto... Usted, Ribot, es mucho más respetuoso. No se
propasa a mirarla más que a hurtadillas... ¡Pero qué ojos la echa! Vamos
a ver, pícaro, ¿se ha enamorado usted en Gijón o aquí?
--¡Por favor, señora!... Me siento en este instante tan aturdido, que va
usted a dispensarme si me retiro.
--¡Qué reservado es, Ribot! Así, así me gusta. Los hombres de pocas
palabras son los que mejor saben querer. Pero conmigo no debía de ser
tan tímido. Ya sabe el cariño que le profeso. Ábrame su corazón, que yo
haré lo posible por consolarle. ¿Con quién mejor que conmigo puede
desahogar su pecho?
--Mil gracias, señora... Permítame usted que me vaya... Siento que ahora
no podría decir nada razonable.
--¡Lo comprendo! Lo comprendo, querido Ribot--manifestó doña Amparo
apretándome con efusión una mano entre las dos suyas--. Es usted como
yo, demasiado impresionable, demasiado tierno. ¿Quiere usted otra
perlita de éter?... Ni usted ni yo servimos para el mundo. No puedo ver
a nadie sufrir. Aquí me tiene usted que, a pesar de adorar a mi yerno,
de dar si fuera preciso la vida por él, viéndole a usted padecer por mi
hija se me saltan las lágrimas... lloro como una tonta.
En efecto, doña Amparo no se calumniaba en este momento.
--Francamente, Ribot--prosiguió con arranque.--Si fuese posible que
Cristina le quisiera a usted sin ofensa para Emilio, yo misma iría a
interceder por usted.
--Gracias, gracias--murmuré apretándole la mano antes de desasirme.
--Créame, usted, le quiero como a un hijo y haría cualquier cosa
porque...
Aquí la voz se le anudó en la garganta y yo aproveché tan preciosa
oportunidad para retirarme con paso trágico por el foro.
Salí en un estado de confusión indescriptible. Me sentía colérico,
irritadísimo contra aquella mujer que con tal frivolidad y aturdimiento
levantaba el velo a los secretos más peligrosos, a las más profundas
intimidades de su familia. La apellidaba entre dientes imbécil, grosera,
mala madre. Mi cólera llegaba hasta acusarla de inclinaciones a la
alcahuetería, de haber nacido para _Celestina_. Sin embargo, poco a poco
me fuí calmando y con la calma vino al cabo la justicia. Doña Amparo era
rematadamente tonta: de esto no cabía duda; pero no una mala mujer.
Todas aquellas atrocidades que había soltado dependían, en primer
término, de su falta de criterio; después, de su temperamento
irresistiblemente mimoso. Era un corazón que se deshacía como la
manteca por el primer advenedizo. Necesitaba ser atendida, mimada como
los niños y los perros, y como ellos también, no establecía diferencia
entre las manos que la prodigaban caricias.
Hechas estas reflexiones, que infundieron paulatinamente en mi espíritu
sentimientos menos feroces, no pude menos de pensar, sin embargo, que si
la fatalidad hiciese conocer a Cristina la anterior conversación, caería
muerta de vergüenza.
Encontré a aquélla en el despacho con su marido y con Castell. Emilio,
que empezaba a organizar y poner en vías de hecho su famoso proyecto de
canalización en la provincia de Almería, estaba de excelente humor.
Sospeché que Castell le había facilitado al cabo algunos elementos.
Charlaba como un descosido y embromaba cariñosamente a su amigo sobre su
escepticismo teórico, su apatía para los negocios. Si él poseyese los
medios de que disponía Castell, pronto sería el hombre más rico de
España, proporcionando al mismo tiempo pan a muchas familias y adelantos
a la nación. Cuando entré desvió hacia mí el torrente de sus bromitas,
amenazándome con casarme en el plazo improrrogable de dos meses. Luego
se puso a hablarme de su proyecto. En cuanto se efectuase el grato
acontecimiento de familia que todos esperábamos, partiría para Almería,
a fin de dar un buen avance a los estudios del canal. Sacó del armario
una porción de carpetas y me exhibió los planos, explicándolos,
comentándolos, esforzándose en infundirme el mismo entusiasmo que a él
le animaba.
Yo le prestaba religiosa atención, pero sólo en apariencia. Lo cierto es
que por encima de los papeles no perdía de vista los movimientos de
Castell, que habían comenzado a hacérseme sospechosos. Le vi maniobrar
hábilmente para acercarse a Cristina, que, de pie en el hueco del
balcón, hojeaba un libro.
Cuando estuvo cerca, con el pretexto de examinar la obra que aquélla
tenía entre las manos, observé que aproximaba su mejilla a la de ella
casi hasta tocarse; y aunque por estar de espaldas no pude ver el
movimiento de sus labios, comprendí que le dirigía algunas palabras en
voz baja. Separó la dama bruscamente la cabeza y trató de alejarse; pero
¡oh sorpresa! Castell la retuvo, cogiéndola por la muñeca. Al mismo
tiempo con la otra mano trataba de introducirle entre los dedos una
carta. Cristina rehusaba tomarla. Forcejearon un instante en silencio.
Mi corazón saltaba dentro del pecho. Temía que Martí volviera la cabeza
y advirtiese lo que pasaba. No por el villano Castell, como podrá
comprenderse, sino por evitar un gran escándalo y un disgusto cruel a
mis amigos, hice lo posible por distraerle. Varias veces volvió Cristina
los ojos hacia nosotros con expresión de espanto; y no logrando
desasirse y temiendo lo que indefectiblemente iba a acontecer si aquella
lucha se prolongaba unos segundos más, se decidió a tomar la carta, que
estrujó ocultándola entre sus dedos. Luego se acercó pálida y sonriente
a nosotros y se puso a mirar también los planos, esforzándose en
aparecer indiferente. Pero su rostro no perdía la intensa palidez de que
se había cubierto, y todo su cuerpo temblaba.
En cuanto a Castell, jamás he visto una actitud más tranquila, más
indiferente, sin afectación de ninguna clase. Quedó un instante inmóvil,
con las manos en los bolsillos, mirando por el balcón a la calle. Luego
se puso a dar paseos por la estancia. De vez en cuando dirigía una
rápida mirada escrutadora a Cristina. A pesar de la profunda aversión
que me inspiraba no pude menos de admirar su increíble osadía,
envidiando al mismo tiempo el perfecto dominio y la confianza
inquebrantable que aquel hombre tenía en sí mismo. No he conocido otro
para quien los demás seres creados representasen menos.
Yo no perdía de vista la mano en que Cristina estrujaba la carta. Emilio
cerró al fin las carpetas, sin dejar sus largas, prolijas
explicaciones. Después, levantándose de la silla y cogiéndome del brazo,
detuvo a Castell en su paseo.
--Quieras o no, al fin entrarás en este negocio--le dijo siguiendo la
broma.
--Ya sabes que yo no sirvo, Emilio--repuso el otro con sonrisa tranquila
y protectora.
--Para trabajar no, ya lo sé. Pero como ídolo chino me puedes prestar un
gran servicio. Como eres rico y pasas por hombre de ciencia (por más que
sólo sabes lo que no te importa), te necesito para colocarte en el
puesto más visible, en la presidencia del Consejo de Administración.
Nadie te exigirá que trabajes. Te daremos una butaca cómoda y dormirás a
ratos, y a ratos echarás bendiciones.
Cristina se había quedado cerca de la mesa. En pie y con expresión
altiva dirigió a Castell una larga mirada. Luego, desplegando el sobre
que arrugaba, lo rasgó tranquilamente, lo hizo trozos menudísimos, que
arrojó en el cesto de los papeles rotos.
[imagen: una barra decorativa]
X
Nuestro paseo aquella tarde se dirigió hacia la barraca de _Tonet_,
donde se nos tenía preparado un refrigerio. Este _Tonet_, verdadero moro
por sus ojos, por su tez, por sus dientes y, sobre todo, por su
silencio, era un prodigio para aderezar paellas y tocar la dulzaina.
Siempre que se nos ocurría ir a visitarle nos recibía con la gravedad y
cortesía de un señor feudal. Sin despegar los labios apenas,
entendiéndose por signos con su mujer y sus hijos, nos hacía sacar
sillas debajo del emparrado, y poco después solía servirnos higos,
dátiles, chufas y bollos tiernos de canela, de que siempre estaba
provista su alacena. Cuando se le había prevenido, como en la ocasión
presente, nos ofrecía helados riquísimos de vainilla y avellana. Era un
hombre triste, manso, de ademanes perezosos. No se alegraba nunca, pero
gustaba de ver alegres a los demás. Los domingos, y también muchas
tardes, cuando terminaba temprano su faena, solía sentarse delante de la
barraca y hacía sonar suavemente la dulzaina un rato. No lo hacía para
su regalo; aquello era un reclamo nada más. Poco a poco iban acudiendo a
la suya todas las mocitas de las barracas próximas y se improvisaba un
baile. Su hijo mayor, un niño de catorce años, tocaba el tamboril, y era
casi tan grave y silencioso como él. Ambos pasaban horas enteras, uno
soplando, el otro redoblando, serios, melancólicos, con los ojos fijos
en el espacio, sin atender poco ni mucho al bullicioso baile que su
música promovía.
Sabas, que aquella tarde era de la partida, se emparejó conmigo según
íbamos caminando al través de los altos maizales, ya próximos a espigar.
El primer asunto que propuso a mi consideración, chupando de la pipa y
escupiendo a intervalos regulares, fué de índole esencialmente crítica.
¿Por qué su cuñado se obstinaba en sostener baldía aquella finca que
tantos gastos originaba, cuando con poco esfuerzo se la podía hacer
productiva? Cada uno de los elementos constitutivos de esta proposición
fué examinado separadamente por un método rigurosamente matemático.
Para ello formuló en primer lugar algunas definiciones claras, precisas,
luminosas: «Qué es una finca de recreo.» «Qué es una finca productiva.»
«Qué es una finca mixta de regalo y de utilidad.» Después de esto
estableció algunos axiomas tan profundos como incontrastables: «Todo lo
que es productivo debe producir.» «Para conseguir un fin deben aplicarse
los medios.» «El hombre no está aislado en el mundo y debe pensar en su
familia.» «La vanidad no debe influir en los actos humanos.»
Inmediatamente vinieron las demostraciones parciales con sus escolios y
corolarios, llegando al cabo suavemente, pero con lógica invencible, a
la prueba de la proposición enunciada, a la cual puso el corolario
siguiente: «Emilio es un hombre activo y emprendedor, pero al mismo
tiempo un grandísimo botarate.» Satisfecho, y con razón, de su método,
de su intuición y de la lógica con que el Supremo Hacedor había tenido a
bien favorecerle, se puso acto continuo a chupar y a escupir con
celeridad vertiginosa.
La segunda cuestión que aquella tarde atacó su espíritu lúcido me
concernía directamente.
--Vamos a ver, Ribot, ¿usted no ha pensado en casarse?--me preguntó
después de larga pausa, suspendiendo su pipa en el aire y clavándome una
mirada escrutadora.
Confieso que me sentí turbado. Comprendí que las profundidades de mi
alma iban pronto a ser sondadas y temblé viendo que aquel crítico
trascendente se disponía a ensayar sobre mí su escalpelo.
--¡Pss!... los marinos pensamos poco en eso... Nuestra vida es
incompatible con los placeres de la familia.
--Los marinos, cuando llegan a cierta edad y han alcanzado una posición
independiente como usted, tienen derecho a retirarse tranquilamente y
disfrutar de una vida confortable--replicó con la gravedad y aplomo que
imprimía a todas las manifestaciones que salían de su boca.
¿Cómo sabía que yo había alcanzado posición independiente? Sólo por una
maravillosa intuición, puesto que a nadie había dado cuenta del estado
de mis negocios. Admiré en el fondo del corazón aquella penetración
inmensa y me dispuse con humildad a averiguar acerca de mí mismo mucho
más de lo que sabía.
Sabas meditó algunos minutos. Y mientras meditaba chupando de la pipa,
sus mejillas se hundían de un modo sobrenatural. La fuerza con que
extraían el humo del tabaco era tal, que estoy persuadido de que se
tocaban por dentro. Al mismo tiempo, la intensidad de sus reflexiones
influía de manera análoga en la secreción de las glándulas salivales.
--¿Por qué no se casa usted con mi prima Isabelita?--me dijo
súbitamente, con ese acento brusco y perentorio que caracteriza a los
hombres que dominan por el pensamiento a sus semejantes.
Isabelita caminaba emparejada con Matilde delante de nosotros. Yo
empalidecí temiendo que hubiera oído aquellas gravísimas palabras, y
asustado y confuso murmuré unas cuantas poco coherentes.
--Sí--prosiguió el crítico--; mi prima es una chica muy linda, muy
modesta y además le admira a usted extraordinariamente.
--¿Me admira?--exclamé estupefacto--. ¿Y por qué me admira?--añadí
cándidamente.
Sabas dejó escapar una sonora carcajada que provocó en sus bronquios una
crisis de tos seguida de evacuación copiosa de nicotina.
--Eso se lo dirá ella cuando estén ustedes solos y mano a mano.
--No me ha entendido usted--repliqué yo picado--. Quiero decir que no
reconozco en mí mérito alguno para ser admirado de nadie. Y en cuanto a
Isabelita, siempre he creído que toda su admiración la consagraba a
Castell.
--No tendría nada de particular. Un hombre que posee ocho millones de
pesetas es un ser admirable. Pero esa admiración, en este caso, no puede
engendrar ningún resultado práctico. Castell sostiene una mujer
públicamente, tiene con ella varios hijos y ninguna joven de buena
familia puede pensar en él. Con usted el caso es distinto: es posible
llegar rápidamente a una solución satisfactoria, y mi opinión es que
debe usted dejar su vapor y embarcarse a toda prisa en esa linda goleta.
Sencilla, modesta, bien educada, hacendosa, acostumbrada a la severa
economía de una casa donde se dan cien vueltas a un duro antes de
soltarlo, hija única y heredera universal de todo el dinero de su padre.
Y mi tío Retamoso posee más de lo que la gente se figura. ¿Quién supo
jamás el dinero que tiene un gallego? Por supuesto, mientras él viva no
verá usted una moneda de cinco céntimos; pero ¿a usted qué le importa?
En los primeros años de matrimonio se sostendrá usted bien con el
capital que posee, y cuando las necesidades aumenten y la edad haga más
apetecibles ciertas comodidades, vendrá la herencia de su suegro a
llenarlas, proporcionándole a usted un alegrón...
Otra porción de reflexiones juiciosas fluyeron, como abejas sabias y
diligentes, de la boca de aquel hombre extraordinario. En mi vida he
visto atar tan primorosamente todos los cabos sueltos de la existencia,
afinar la puntería y extraer la quinta esencia de las relaciones
humanas. Aunque se tratase de mi porvenir, y me sintiese, por lo tanto,
embargado por la nueva perspectiva que se ofrecía a mis ojos, tuve, sin
embargo, bastante libertad de espíritu para admirar la dialéctica de su
discurso, su riqueza sorprendente de formas, de construcciones, de
giros, de distinciones y sutilezas lógicas; el perfecto encadenamiento
de sus razonamientos. El mundo sensible, pensé, no tiene secretos para
este hombre, y el mecanismo de su razón funciona con una exactitud de
cronómetro.
Cuando llegamos a la barraca y nos hubimos sentado para tomar el
refrigerio que nos tenían preparado, Emilio, que estaba cerca, me
preguntó en voz baja:
--¿Conque estás decidido a irte pasado mañana?
--No hay más remedio. El barco debe de llegar de un momento a otro.
--¡Qué lástima!--exclamó con acento melancólico; y poniéndome una mano
cariñosamente sobre el hombro añadió:--¿Sabes, pícaro, que nos íbamos
acostumbrando a ti?
Me sentí conmovido por aquellas palabras, y más aún por la nube de
tristeza que oscurecía su rostro alegre y simpático. Guardé silencio. Él
hizo lo mismo, echándose hacia atrás en la silla y permaneciendo,
contra su temperamento, pensativo y melancólico. Al cabo volvió a
decirme casi al oído:
--Si siguieses mi consejo renunciarías a la vida de marino, que, digas
lo que quieras, es un poco aventurera, y te casarías como una persona
formal. ¿Vas a estar solo siempre? ¿No piensas en la vejez y en lo
triste que es pasar los últimos años de la vida en poder de manos
mercenarias, sin niños que alegren tu casa, sin una mujer que mantenga
en ella el orden y el bienestar?
--Soy viejo ya--respondí sonriendo, pero triste en el fondo del alma--.
Tengo treinta y seis años.
--Es buena edad para el hombre. Además, por el aspecto y por tu fuerza y
agilidad eres un muchacho... Yo conozco--añadió echando una mirada
maliciosa hacia el sitio donde estaba Isabelita--una niña de diez y ocho
abriles que se casaría contigo con preferencia a todos los pollastres de
la ciudad.
--¡Bah!... Esa niña se reiría si le propusieras un hombre que le dobla
la edad.
--No lo creas. Puesto que ya sabes quién es, te diré en confianza que
Isabelita te admira.
--¡Pero hombre!...
--Nada, nada; me consta de un modo seguro que te admira.
La cosa era grave. Aquella admiración inopinada me causaba inquietud y
vergüenza. No podía contemplar mi rostro al espejo porque no había allí
ninguno; pero miraba mis manos velludas y atezadas, echaba una rápida
ojeada a mis pies, nada pequeños ni primorosamente calzados, y me era
imposible adivinar la naturaleza y la extensión de mis encantos.
Ahora bien, lo menos que puede hacer un hombre que, con razón o sin
ella, se siente admirado por una muchacha, es pasarle el plato de las
aceitunas preguntándole si gusta. Eso es cabalmente lo que yo hice poco
después de haber llegado a mi noticia que había fascinado a la niña de
Retamoso. Pinchó ella con su tenedor una, e inmediatamente su lindo
rostro se cubrió de rubor, como si en vez de la aceituna hubiera
pinchado mi corazón. No estoy seguro, pero se me figura que poco después
de acaecido esto, le serví una rajita de salchichón. El mismo rubor
inundó su frente con el embutido que con las aceitunas. La repetición
consecutiva de este fenómeno fisiológico introdujo la alarma en mi
espíritu. Todos mis sentimientos caballerescos se sobreexcitaron de tal
modo que, en un buen espacio y con intervalos demasiado cortos, no paré
de ofrecerle entremeses. Pienso que, de haber aceptado todos los que le
ofrecí aquella tarde, ninguna purga podría corregir los excesos de mi
galantería, y aquel ser angelical habría desplegado sus alas al cielo
víctima de una indigestión.
Una vez lanzado por la pendiente de las gentilezas, no vacilé en
sentarme a su lado para comunicarle que tenía unos ojos extraordinarios,
indescriptibles; unas mejillas sonrosadas, tersas, indescriptibles, y
unas manos pequeñas, torneadas, suaves... y también indescriptibles. El
conocimiento de estos datos le causó profunda sorpresa, a juzgar por el
gesto de incredulidad que apareció en su semblante. Me dijo que sí, que
podían muy bien describirse, y que sólo un pícaro marino acostumbrado a
engañar mujeres por todo el litoral podía hallar imposible semejante
empresa. Dicho esto, se puso más encarnada que una cereza. La
conversación se prolongó largo rato en dulce y ameno discreteo, como si
representásemos una comedia de capa y espada, y mientras duró, el flujo
y reflujo de la sangre fué constante en el rostro de Isabelita. Yo me
excedí a mí mismo, como dicen los revisteros de periódicos de los malos
cómicos, esto es, estuve sutil, bromista, retozón y perfectamente tonto.
Nuestra charla llamó la atención de los demás, y pude observar que nos
miraban con curiosidad y se dirigían unos a otros guiños maliciosos.
No sabiendo ya qué otra simpleza ejecutar, supliqué a _Tonet_ que sacase
la dulzaina, y propuse a la reunión que bailásemos. Aceptaron con gusto,
y, riendo mucho (¿sería de mí?), fueron emparejándose. Yo invité, claro
está, a Isabelita, me puse a saltar con ella, como un colegial aturdido,
y no tardé en advertir que, al poco rato, todos se sentaron y que éramos
objeto de su contemplación atenta. No por eso se calmó mi turbulencia.
Todavía seguí brincando largo rato entre las palmadas y los vivas de los
presentes, que nos miraban con ojos risueños. Sólo el silencioso _Tonet_
y su impasible hijo nos clavaban los suyos graves, melancólicos, como si
quisieran recordarnos la nada de las cosas humanas, lo breve de la
existencia.
Cristina, que hasta entonces había estado seria y en cuya frente
fruncida podían observarse las huellas que había dejado la escena de la
mañana, se animó de pronto. Su alegría fué tan ruidosa que causó la
admiración de todos. Hacía años que no se la había visto así. Doña
Amparo declaraba que desde niña, en que su desenfado y travesura le
habían causado más de un sobresalto, no había vuelto a alborotarse de
aquel modo. Nos jaleaba, nos aplaudía, nos tiraba chufas y almendras y
hasta nos manifestó deseos de bailar también. Emilio y su madre se lo
impidieron, a causa del estado en que se hallaba. Pero su boca no
cesaba de soltar bromitas y donaires que hacían estallar de risa a la
reunión. Tenía ingenio vivo y además dejaba escapar sus palabras con una
brusca naturalidad que les comunicaba gran efecto. Alguna de ellas me
pareció un poco atrevida, pero la admiraba tanto que no paré mientes en
ello. Cuando se habla mucho y en tono jocoso, es casi imposible
mantenerse en los límites de la prudencia.
--Está muy bien eso--me dijo Sabas al oído cuando me hube sentado--.
Ahora es necesario no enfriar el horno. Insinúese usted con mi tío.
Háblele usted de la subida del cacao.
Yo me reí, pero no hice caso. Seguí haciendo la corte a Isabelita con el
beneplácito de todo el mundo. Me equivoco: doña Clara dirigía de vez en
cuando hacia nosotros sus ojos con un poco más de severidad que la que
ordinariamente expresaban, y fruncía su nariz borbónica mientras tomaba
a sorbos un refresco de chufas. Ignoro si sería aprensión, pero se me
figura que le oí murmurar dos o tres veces la palabra _shocking_. Nada
tendría de extraño, porque esta ilustre matrona en los casos difíciles
prefería las lenguas anglosajonas a su idioma nativo. Lo que sí puedo
asegurar sin temor a que nadie me desmienta, es que la vi comer más de
un kilo de cacahuetes, y que esta operación, aunque vulgar en sí misma,
no le hizo perder un átomo de su majestad.
Llegó por fin la hora de regresar a la alquería y tomar el coche para
restituirnos a la ciudad. Pero en el momento de disponernos a emprender
la marcha Cristina se sintió indispuesta. La vi ponerse pálida y
llevarse varias veces la mano a la cabeza y al corazón. Las sales
volátiles de doña Amparo no sirvieron de nada; tampoco el azahar ni el
agua de Melisa ni las otras drogas que como amigos fieles acompañaban a
todas partes a esta nerviosa señora. Suplicó que la dejasen un momento
sola con la esposa de _Tonet_, que le sirvió una taza de tila. Un cuarto
de hora después salió de la barraca tranquila, pero con los ojos
enrojecidos. La crisis nerviosa se había resuelto en lágrimas.
Ya el sol había desaparecido cuando emprendimos nuestra marcha al través
de los campos de maíz y de los bosquecillos de frutales. Calmados mis
ímpetus caballerescos y apagada aquella llamarada de vanidad que había
brotado en mi espíritu con la supuesta admiración de Isabelita, quedé
silencioso y triste. Caminé un trecho en compañía de ésta y de Matilde
haciendo esfuerzos por ocultarlo; pero viendo que me era imposible y
temiendo que se notase mi humor, me quedé con disimulo atrás para
caminar solo. Estaba descontento de mí mismo. El galanteo de aquella
tarde me parecía una traición hecha a mis sentimientos, al amor dulce y
delicado que guardaba en el fondo del corazón como un tesoro. No pude
menos de pensar con disgusto que había descendido a la más
insignificante vulgaridad. Temí con razón que Cristina, cuyo afecto y
estimación me parecía haber ganado por mi conducta, me despreciase desde
la hora presente. Y este pensamiento me desazonaba profundamente.
Desde que se sintió indispuesta no había vuelto a mirarme ni me dirigió
la palabra. La casualidad hizo que no tuviese más remedio que hacerlo.
Porque habiéndosele olvidado su reloj en la barraca y queriendo volverse
a recuperarlo, yo me apresuré con presteza. Cuando torné con él me
aguardaba un poco apartada del resto de la compañía.
--Gracias--me dijo con semblante grave que rayaba en la dureza, y trató
de reunirse a los demás.
Cualquiera que haya pasado por estos lances de amor me creerá si le digo
que aquel semblante hosco me causó alegría indecible.
--Escúcheme usted un momento, Cristina; tengo que hablarle--le dije con
voz no bien segura.
--Usted dirá--replicó mirando por encima de mi cabeza al firmamento y en
un tono glacial que, por la razón de antes, me infundió calor y no frío.
--Quisiera pedirle a usted un consejo y apenas me atrevo... Habrá usted
observado que esta tarde estuve un poco más expresivo con su prima
Isabelita, como si tratase de obsequiarla.
--No he observado nada--respondió con mayor sequedad aún.
--Pues así es la verdad; y si me he autorizado el hacerlo, a pesar de la
gran diferencia de años que entre nosotros existe, ha sido únicamente
porque Isabelita me admira.
Me miró estupefacta, como si recelase que me hubiera vuelto loco.
--Al menos eso es lo que me han dicho categóricamente tanto su hermano
Sabas como Emilio.
--¡Qué tontos!--exclamó con leve sonrisa, comprendiendo mi intención--.
Son capaces de poner en ridículo a cualquiera. Afortunadamente, usted es
hombre de juicio y no hace caso de tales simplezas, que si no, ¡buena
quedaría mi pobre prima!
--Es el caso que, a pesar de todo, yo he dado algunos pasos para
conquistar su voluntad, y antes de ir más adelante quisiera obtener la
aprobación de usted.
--¡Mi aprobación!--exclamó turbada y con voz sorda--. ¿Para qué necesita
usted mi aprobación, ni qué tengo yo que partir en este asunto? Pídala
usted a sus padres.
--Antes de pedirla a sus padres quisiera la de usted... Ya sé que no
tiene ningún interés directo en este asunto; pero se trata de su prima,
a quien usted quiere mucho al parecer, y se trata de mí, a quien
inmerecidamente ha distinguido con su aprecio. Nadie mejor que usted
puede dar en este caso un consejo leal, y yo, en nombre de nuestra buena
amistad, se lo pido como un favor al cual quedaría agradecido por los
días de la vida.
Guardó silencio largo rato. Caminábamos emparejados entre los altos
maíces, que hacían aún más tenue la escasa claridad del crepúsculo. Yo
la observaba con el rabillo del ojo y me parecía advertir en su rostro
leves, imperceptibles cambios. Su frente tan pronto se arrugaba como se
extendía; sus labios se movieron varias veces sin dejar escapar ningún
sonido. Al cabo profirió con voz temblorosa:
--Me alegro mucho de que usted haya hecho su elección al fin. Los
hombres no deben vivir solos, y menos los que, como usted, tienen un
temperamento afectuoso, indulgente y saben apreciar el corazón delicado
de una mujer. Isabel es muy niña; poco puedo decirle de su carácter.
Usted se encargará de formarlo. Pero sí puede asegurarse que sabrá
cumplir los deberes de ama de casa: es trabajadora, hacendosa,
económica... y sobre estas cualidades que se ocultan hay otra que se
manifiesta: es muy linda también.
--Olvida usted una que me la hace más preciosa y apetecible.
--¿Cuál?
--La de ser prima de usted.
Su hermoso rostro se oscureció, fruncióse su frente y respondió con
acento de severidad:
--Si usted no estimara a mi prima por sí misma, si la tomara como un
juguete para distraerse de otras ilusiones o, lo que sería aún peor,
para seguir alimentándolas en secreto en perjuicio suyo, cometería usted
un grave pecado, y desde luego le aconsejo que en ese caso no piense en
ella, que la deje tranquila.
Pronunciadas estas palabras avivó el paso y se reunió a los demás,
dejándome solo.
Cuando montamos en los carruajes para regresar a la ciudad yo estaba
demasiado melancólico y emboscado en serias meditaciones para seguir
haciendo el cadete con Isabelita. Pretextando dolor de cabeza me situé
en el pescante, y al llegar hice valer también el pretexto para no subir
a casa de Martí y retirarme al hotel.
A las ocho de la mañana me despertó la voz gozosa de Emilio, que entró
en mi cuarto como un huracán, abriendo las ventanas y sentándose sobre
mi cama.
--Ya no te vas mañana, capitán--exclamó riendo y tirándome de la barba
para concluir de despertarme.
--¿Pues?--respondí mirándole con asombro.
--Porque mañana vas a ser padrino de una niña más hermosa que la
estrella de la mañana.
--¿Cómo...? ¿Cristina...?
--Sí; Cristina se sintió indispuesta en cuanto nos dejásteis solos.
Pensamos que se repetía el accidente de la tarde; pero ella, que debía
saber a qué atenerse, nos pidió que avisásemos a la mujer que tenía ya
hablada para el caso. Por lo que pudiera suceder, avisé al médico; pero
no le consintió entrar en el cuarto. Con la mujer se arregló la pobre...
¡Qué valor! ¡Qué sufrimiento, capitán!... Ni un grito, ni una queja
siquiera. Yo andaba muerto, desencajado, pidiéndole por Dios que
chillase... No comprendo el sufrir sin quejarse... Me aterran los
temperamentos como el de Cristina, que en los mayores dolores no dejan
escapar un lamento... A las dos de la madrugada salió mi valiente mujer
de su cuidado, haciéndome padre de la chica más linda, más salada y de
más talento que ha visto el sol de Valencia..., digo, que verá, porque
todavía no lo ha visto.
Alzóse de la cama, dió unas cuantas vueltas por la estancia, volvió a
sentarse, se levantó de nuevo y ejecutó una porción de maniobras que
demostraban la agitación placentera de su espíritu. Yo me sentía también
profundamente impresionado y le felicité con palabras calurosas. Cuando
hubo una pausa le pregunté:
--¿De modo que me concedes el honor de ser su padrino?
--Tendría gran placer en ello, sí tú aceptas... A la verdad, yo había
pensado primeramente en Castell... No te ofenderás por ello ¿verdad...?
Enrique es, más que amigo, un hermano mío... La cosa era natural... Pero
te diré en secreto que Cristina se opone. Escrúpulos religiosos,
¿sabes?... Como Enrique profesa esas ideas tan atrevidas y las emite con
demasiada franqueza, las señoras no pueden perdonárselo... Todo depende
de que no es un hombre práctico... Podría muy bien tener todas las ideas
que quisiera, si las guardase un poco más cuando estuviera entre
mujeres... Luego yo me río mucho de sus ideas materialistas...
¡Materialista Enrique, cuando no hay hombre más bondadoso en el
mundo!... Porque, a pesar de su enorme talento y de su ilustración
pasmosa, Enrique es un niño, ¿sabes? ¡un corazón de oro!
Y al proferir estas palabras con acento resuelto sacudía su negra
cabellera ondeada de un modo que daban ganas de reir y llorar al mismo
tiempo.
--¿Y Cristina qué dice de la sustitución?
--En cuanto pronuncié tu nombre se alegró mucho.
Yo me sentí alegre también al escucharlo. Me vestí apresuradamente y
marché a conocer el nuevo astro. Al día siguiente fuimos a la iglesia y
cumplí mis deberes con emoción, rebosando de orgullo. Al otro tomé el
tren de Barcelona, prometiendo a mis amigos volver pronto a visitarles,
y a mí mismo, de un modo vago, hacer definitiva la visita sentando mis
reales en Valencia.
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