IV

Sólo cuando me hallé sobre el puente entre el cielo y el mar pude darme

cuenta de la impresión que en mi espíritu había causado la esposa de

Martí. ¡Cuántas horas había pasado de aquel modo en la soledad del

océano entregado a mis pensamientos! Pocas veces habían sido tristes. Mi

vida, después de la profunda pena que la muerte de la novia de que he

hablado me hizo experimentar, se había deslizado generalmente tranquila,

si no feliz.

Nací en Alicante, hijo de padre marino. Mostré en la segunda enseñanza

afición al estudio. Mi padre hubiera deseado que fuese abogado ó médico;

todo menos marino. Pero yo hallaba las carreras con que me brindaba asaz

prosaicas, y arrastrado del romanticismo propio de la adolescencia y de

mi temperamento un poco soñador y fantástico preferí justamente esta

carrera. Cedió mi padre con disgusto en la apariencia, tal vez halagado

en el fondo por el aprecio que hacía de su profesión: me hice piloto en

corto tiempo: navegué en dos viajes a Cuba como agregado. Pero habiendo

fallecido la única hermana que tenía y quedando mi madre demasiado sola,

me vi impulsado a quedarme en casa y llevar en Alicante la vida de

señorito ocioso. Á nadie sorprendió eso. Como se decía que mi padre

había reunido un razonable caudal, me eximía de buen grado de la dura

ley del trabajo.

Pocos años después me enamoré. Concertóse mi matrimonio, y se hubiera

llevado a efecto si Matilde, que así se llamaba mi futura, no hubiera

enfermado. Se esperó a que mejorase, y esperando, esperando, la buena y

hermosa niña se murió. Fué tan violento el dolor que experimenté que se

temió por mi salud y hasta por mi razón. Mis padres no hallaron medio

más adecuado para curarme que hacerme viajar. Lo acepté con

indiferencia. De nuevo navegué como segundo en un vapor de la misma

compañía en que estaba empleado mi padre. Al cabo de pocos meses éste

quedó paralítico del reuma y mientras se curaba los armadores me

confiaron interinamente el mando del _Urano_. Desgraciadamente mi padre

no pudo ejercerlo de nuevo: arrastró algún tiempo una existencia penosa

y al cabo falleció. Mi madre hubiera deseado que dejase la profesión y

viviese de nuevo a su lado y ocioso; pero me había acostumbrado de tal

modo a la mar y a la existencia varia y activa, hoy en un puerto, mañana

en otro, del navegante, que no pudo la cuitada persuadirme a ello. A

bordo, pues, de mi vapor, al cual había tomado gran cariño, cumplí los

treinta y seis años. Murió mi madre y poco después se efectuó el lance

que acabo de relatar.

Digo, pues, que a solas con mi pensamiento entendí que D.ª Cristina se

había apoderado demasiado de él. Su imagen flotaba ante mí como un

sueño. Aquella mirada, tan pronto grave como picaresca, de sus ojos

negros, aquel pudor susceptible, su firmeza, su rubor de colegiala

contrastando con un desenfado gracioso; luego su facilidad en el perdón,

la ternura reprimida que había mostrado a su marido, todo tendía a

idealizarla. Pero más que nada, lo confieso, contribuía a ello mi propio

temperamento y la soledad en que el marino pasa lo más del tiempo.

Después de la muerte de Matilde, no había vuelto a ocuparse mi corazón

con un amor verdadero. Devaneos, aventuras de algunos días, bureos en

los diferentes puntos de escala. Así había llegado a ver las primeras

canas en mi barba y cabello. Pero mi natural romántico, aunque dormido

en el fondo del corazón, no había muerto. Las aventuras truhanescas, las

zambras corridas en los puertos, lejos de asfixiarlo, lo hacían revivir.

Nunca me sentía más pensativo y melancólico que después de una de estas

noches de orgía. Para recobrar el equilibrio me tumbaba bajo la toldilla

con un libro entre las manos; aspirando a plenos pulmones el aire puro

del mar y abriendo mi alma a las ideas de los grandes poetas y

filósofos, me tornaba la paz y la alegría. La lectura fué siempre el

recurso supremo de mi vida, el bálsamo más eficaz para mitigar sus

inquietudes.

La aventura de D.ª Cristina me trasportaba en plena idealidad, me hacía

respirar el ambiente en que me hallaba más sano y feliz. Así que detenía

complaciente mi pensamiento sobre ella, sin pensar que esto pudiera

acarrearme ningún disgusto. Muchas veces, al cruzar a mi lado en

cualquier puerto una joven hermosa, procuraba guardar su imagen en la

retina tenazmente. Luego, en la soledad del mar, la evocaba mi fantasía,

la hacía vivir colocándola en situaciones diversas, la hacía hablar y

reir y enojarse y llorar, dotándola de mil cualidades amables. Y

abrazado a este fantasma pasaba algunos días dichoso. Hasta que llegaba

a un puerto y se disipaba o era sustituído por otro.

Pues ahora quise hacer lo mismo. No pude lograrlo sino a medias. Doña

Cristina no había cruzado fugazmente a mi lado como tantas otras mujeres

hermosas. La impresión que de ella me quedó era mucho más honda; había

agitado casi todas las fibras de mi ser. En vez de representármela a mi

gusto, la veía como se me ofreciera en la realidad. Y volvía a sentir la

vergüenza y la tristeza que me había hecho experimentar. Por otra parte,

su estado de casada privaba a mis sueños de la amable inocencia que

otras veces tenían, los teñía de un matiz sombrío poco gustoso para la

conciencia.

Estas razones me determinaron a trabajar para alejarlos de mi mente.

Procuré distraerme de tales imaginaciones, olvidar a la bella valenciana

y recobrar la calma. Gracias a mis esfuerzos, y aún más, a mis prosaicas

ocupaciones, no tardé en lograrlo. Mas al cruzar la costa de Levante, de

vuelta de Hamburgo, cuando doblé el cabo de San Antonio y se extendió

ante mi vista aquella campiña de suavidad incomparable que Valencia

recoge y cierra con su huerta eternamente verde como un broche de

esmeralda, la imagen de doña Cristina se me ofreció de nuevo más ideal,

más seductora que antes; se apoderó de mi imaginación para no dejarla ya

más.

No sé cómo fué, pero al día siguiente de llegar a Barcelona, arreglados

apresuradamente los negocios más precisos, confié el barco al segundo y

me metí en el tren de Valencia. Llegué al oscurecer, me alojé en un buen

hotel, comí, me vestí de limpio y acicalé con más pulcritud que lo había

hecho en mi vida y salí a la calle en busca de la casa de Martí.

Sólo entonces me di cuenta de la tontería que había hecho. Sabía bien

que Martí me recibiría con los brazos abiertos, y aun agradecería mi

visita; pero ¿qué pensaría de ella su esposa? ¿No recelaría que era

interesada y se pondría en guardia? La idea de que pudiera sospechar que

quería hacerle pagar con un galanteo molesto el servicio de Gijón me

abochornaba. Estuve tentado a dar la vuelta al hotel, meterme en la cama

y partir al día siguiente sin dar cuenta a nadie de mi estancia en

Valencia. Sin embargo, un impulso irresistible me arrastraba a verla de

nuevo. Un instante, tan sólo un instante, para grabar su imagen más

profundamente en mi espíritu y después partir y soñar con ella toda la

vida.

Caminando a paso lento llegué a la plaza de la Reina, sitio el más

céntrico y concurrido de la ciudad. La noche estaba serena, el ambiente

tibio, los balcones abiertos; delante de los cafés, los parroquianos

sentados al aire libre. ¡Y pensar que dejaba allá en Hamburgo a los

pobres alemanes tiritando aún de frío! Sentéme debajo del toldo del

_café del Siglo_, tanto para tranquilizarme como para dejar que en casa

de Martí terminasen de cenar. Cuando calculé que ya era tiempo entré por

la calle del Mar, que cerca de allí desemboca. Seguíla entre turbado y

alegre, y me detuve delante del número que Martí me había indicado. Era

una de las casas más suntuosas de la calle, elegante, de moderna

construcción, con elevado piso principal y un ático de buen gusto

encima. El portal grande, adornado de estatuas y plantas y esclarecido

por dos mecheros de gas. Uno de los balcones estaba entreabierto y por

él se escapaban en aquel momento las notas alegres de un piano.--¿Será

ella quien lo toca?--me pregunté con emoción--. Gocé algunos instantes

de aquella música y me acerqué al fin a la puerta. El portero llamó a un

criado, el cual, enterado de que deseaba hablar con su amo para un

asunto urgente, me hizo pasar al despacho. No tardó en presentarse

Martí. ¡Qué grito de sorpresa! ¡Qué abrazo cordial me dió! Luego,

llevándome por un corredor y hablándome en falsete para no privar de la

sorpresa a su esposa, me empujó hacia la puerta de un gabinete donde

había gente.

--Cristina, ahí tienes una mala persona.

Estaba sentada al piano. Al oir la voz de su marido volvió la cabeza: su

mirada se encontró con la mía. Apartóla instantáneamente y se volvió de

nuevo hacia el piano, con la misma rapidez que si hubiera visto algo muy

triste o espantable. Pero, dominándose, casi al mismo tiempo, se levantó

y, avanzando hacia mí con sonrisa forzada, me tendió la mano diciéndome:

--Mucho gusto en verle, Ribot. Agradecemos infinito su visita....

Yo tenía el corazón apretado y no pude menos de responderle con cierto

despecho:

--No la agradezca usted. Ha sido casual. Tenía un asunto que evacuar en

Valencia y por eso me hallo aquí.

Martí me abrazó de nuevo riendo.

--Me encanta esa franqueza ruda de los marinos. Así se debe hablar.

Fuera esas mentiras convencionales que a nadie engañan y sólo sirven

para declararnos por farsantes. Lo importante es que le tenemos a usted

aquí y que su visita nos causa un vivo placer.

Luego, volviéndose a los circunstantes, añadió, no sin cierto énfasis:

--Señores, les presento al capitán del _Urano_. ¡No tengo más que decir!

Se acercó a darme la mano un joven extraordinariamente flaco, de piel

rugosa y tostada como si acabase de ejecutar largos y penosos trabajos

al sol, prematuramente calvo, y de cuya boca pendía una pipa enorme

atiborrada de tabaco. Vestía con elegancia, aunque poca curiosidad.

--Mi hermano político Sabas.

Llegó después otro sujeto de la edad de Martí, poco más o menos, más

alto que bajo, rubio, de bigote exiguo y sedoso, ojos azules de mirar

firme y escrutador, pelo lacio y atusado con esmero. Vestía igualmente a

la moda, pero con una pulcritud que contrastaba con la negligencia del

otro.

--Mi íntimo amigo y socio D. Enrique Castell.

Éstos eran los únicos hombres que allí había. En seguida me llevó

delante de D.ª Amparo, que hacía _crochet_ sentada en un silloncito de

raso encarnado; después me presentó a la señora de su cuñado, una

mujercita regordeta, carirredonda, rubia, con ojos azules, que sentada

en un diván tenía sobre el regazo un bastidor en que bordaba. A su lado

estaba una jovencita de diez y seis o diez y siete años, cuyo rostro de

corrección admirable, suave y nacarado ofrecía la misma expresión de

tímida inocencia que las vírgenes de Murillo. Era hija de una señora de

cabello blanco, nariz aguileña, fisonomía severa e imponente que estaba

sentada al lado de una mesilla dorada, con un periódico en las manos.

Martí me la presentó como su tía Clara, prima hermana de su madre

política.

Toda esta sociedad me acogió con extremada benevolencia, y muy

particularmente doña Amparo, que con los ojos rasados de lágrimas me

estrechó ambas manos fuertemente y me las retuvo largo tiempo hasta que

el exceso de la emoción la obligó a soltarlas para llevarse el pañuelo a

los ojos. En los primeros momentos la conversación versó sobre el

percance de aquella señora. Se hicieron elogios de mi conducta, que me

avergonzaron y pusieron inquieto, y se discutieron las causas que habían

originado el suceso. El cuñado de Martí, con voz cavernosa y velada, tal

vez por el abuso del tabaco, censuró agriamente la conducta de las

autoridades de Gijón, que no tenían alumbrado de un modo conveniente el

muelle. Respondí yo que los muelles estaban casi todos alumbrados de la

misma manera por no hallarse originariamente destinados a paseo público,

sino a la carga y descarga de las mercancías. Insistió él manifestando

que de hecho en todas las ciudades marítimas los muelles constituyen un

sitio de esparcimiento. Repliqué yo que en ese caso los paseantes debían

de atenerse a las consecuencias. Martí vino a cortar la disputa

preguntándome en qué hotel había dejado mi maleta para enviar por ella.

En vano quise oponerme. Observé que mi negativa le molestaba, y al cabo

consentí en ello tanto más cuanto que toda la familia se unió a él para

rogármelo.

Mientras tanto Cristina tecleaba al piano con mano distraída, hablando

al mismo tiempo con su cuñada. Vestía una elegante bata suelta de color

rojo, al través de cuyos pliegues quise adivinar que estaba encinta.

Siempre que podía la miraba con intensa atención. Y como lo advirtiese,

se mostraba inquieta, nerviosa y ponía empeño en que su mirada no

tropezase con la mía.

Martí salió a dar las órdenes oportunas para mi alojamiento. Su amigo y

socio, que había guardado silencio, reclinado con negligencia en la

butaca, una pierna sobre otra, se puso a hacerme preguntas sobre mis

viajes, los fletes, las escalas y todo lo referente al comercio a que

los buques de nuestros armadores se dedicaban. La plática adquirió todo

el aspecto de un examen, porque Castell demostraba saber tanto o más que

yo de tales asuntos; había viajado mucho, conocía dos o tres lenguas a

la perfección y de sus viajes no sólo había sacado útiles conocimientos

para los negocios comerciales, sino una muchedumbre de noticias

etnográficas, históricas y artísticas que yo estaba lejos de poseer.

Era un hombre realmente instruído, pero no pude menos de notar que le

placía demasiado exhibir su ilustración, que redondeaba con esmero los

períodos al hablar y se escuchaba, y que, sin faltar a la cortesía, no

ocultaba el poco aprecio que hacía de las opiniones de los demás. En

suma, aquel buen señor no me fué simpático, aunque reconociese las

estimables cualidades de que estaba adornado. Tenía una voz clara,

pastosa, de predicador, y accionaba grave y noblemente, lo cual le

permitía lucir su mano, que era breve y bella y adornada de sortijas.

Entró Martí de nuevo, y su tía Clara, sin abandonar el periódico, le

interpeló:

--Vamos a ver, Emilio, ¿cómo han quedado los aceites? ¿No es cierto que

han subido esta semana veinte céntimos?

--Sí, tía, tengo entendido que han subido y que subirán más aún.

--¡No podía menos!--exclamó en tono triunfal--. Se lo he anunciado a

Retamoso el mes pasado y no me ha hecho caso. Es tozudo como buen

gallego y de una vista tan corta para los negocios, que apenas ve más

allá de sus narices. Si no me tuviese a su lado estoy persuadida de que

muy pronto daríamos quiebra.

La voz de aquella señora era vibrante, poderosa; su cabeza escultural se

erguía con tanta altivez al hablar, su nariz aguileña se hinchaba y sus

ojos parpadeaban de un modo tan imponente que en su presencia se creía

uno transportado a los tiempos heroicos de la república romana.

Cornelia, la madre de los Gracos, no pudo ser más severa y majestuosa.

Martí tosió evitando responder, por no atreverse a llevar la contraria a

su tía y no ofender tampoco a su tío.

--¿Y qué me dices de la baja del cacao?--prosiguió con el acento heroico

que si hubiese preguntado a un cónsul por una legión sorprendida y

deshecha por los galos.

Martí se contentó con alzar los hombros.

--Aún tenía valor para negarme que estaba herido de muerte--añadió con

creciente altivez--. Sólo a un hombre de criterio estrecho,

completamente inepto para las especulaciones al por mayor, se le pudo

ocultar. Así que vi llegar los vapores de Ibarra cargados de _guayaquil_

me dije: «¡Alto! Este grano está de baja.»

--Sin embargo, el tío Diego suele saber dónde le aprieta el zapato--se

atrevió a manifestar Martí.

--¡Ya lo creo! Detrás de un mostrador despachando queso y bacalao por

cuarterones no tendría precio. Pero como negociante es un desdichado, y

sólo porque yo me he tomado la molestia de pensar por los dos hemos

podido llegar donde nos hallamos.

En aquel momento apareció en la puerta un hombre bajo, regordete, de tez

pálida, ojos pequeños y calvo, el cual saludó con acento marcadamente

gallego.

--Buenas noches nos dé Dios.

--¡Hola, tío Diego!... ¡Adiós, Retamoso!...

Doña Clara, cogida infraganti, convirtió de nuevo los ojos al periódico,

sin perder por eso un átomo de su dignidad. Su marido, que por lo visto

no había oído nada, fué dando la mano a los circunstantes, besó a su

hija, y al llegar a ella le dijo con acento afectuoso:

--No leas de noche, mujer; ya sabes que te hace daño a los ojos.

Doña Clara no le hizo caso. Retamoso, volviéndose a los circunstantes,

profirió con profunda convicción:

--No puede estar ociosa jamás... Isabelita, hija mía, ruega a tu mamá

que no lea. Ya sabes que le hace mucho daño... Cuando no lee, echa

cuentas; cuando no echa cuentas, baja al almacén a tomar notas; cuando

no toma notas, escribe cartas; cuando no escribe cartas, habla en inglés

con la institutriz de los Ricarte... Es una cabeza privilegiada. No sé

cómo puede hacer tantas cosas a la vez sin aturdirse ni cansarse...

A D.ª Clara debió parecerle sospechoso el panegírico porque, en vez de

agradecerlo y alegrarse, hizo un gesto de reina ultrajada.

--No me aturdo por tan poca cosa, querido, porque me he educado en otra

forma que las mujeres de tu país. Si allí siguen hilando todavía al lado

del fuego, en el resto del mundo desempeñan un papel algo más lúcido.

Aquí está un marino--añadió señalándome--que ha viajado mucho y puede

certificarlo.

Yo me incliné murmurando algunas frases de cortesía.

--Pues así y todo no me prohibirás que admire tu talento--siguió

Retamoso en tono exageradamente adulador.--¿No lo sabe todo el mundo en

Valencia? ¿Voy a ser yo solo el que lo ignore o finja ignorarlo?...

¡Cuántas mujeres hay que se han educado como tú y no son capaces, sin

embargo, de hacer en un mes lo que tú haces en un día!

--Diga usted, Ribot--manifestó D.ª Clara dirigiéndose a mí, como si no

oyese a su marido, el cual prosiguió murmurando frases lisonjeras,

abriendo los ojos mucho y arqueando las cejas para expresar la

admiración de que estaba poseído,--en tanto puerto como usted ha

visitado ¿no ha encontrado mujeres con tanta o más aptitud que los

hombres para los negocios?

--Algunas he conocido al frente de casas de comercio poderosas,

guiándolas con bastante acierto, sosteniendo correspondencia en varios

idiomas y llevando los libros con perfecta exactitud. Pero... le

confieso ingenuamente que una mujer metida con placer en especulaciones

industriales o inclinada a la política y los negocios se me figura una

princesa que por gusto vendiese fósforos y periódicos por las calles.

--¿Cómo es eso?--exclamó D.ª Clara irguiendo su cabeza romana.--¿De modo

que usted piensa que el papel de la mujer se reduce a ser un animal

doméstico que el hombre acaricia o castiga a su antojo? ¿La mujer debe,

por lo visto, vivir eternamente en completas tinieblas, sin estudiar,

sin instruirse?

--Que se instruya si quiere--repliqué yo;--pero, en mi sentir, la mujer

no necesita aprender nada, porque lo sabe todo...

--¡Eso! ¡eso!--interrumpió Retamoso con entusiasmo.--Esa ha sido siempre

mi opinión... Isabelita--añadió dirigiéndose a su hija,--¿no te he dicho

mil veces que tu mamá lo sabe todo antes de haberlo aprendido?

Por los labios de Martí vi que vagaba una sonrisa. Cristina se levantó

del taburete donde se hallaba sentada y salió de la habitación.

--No entiendo lo que usted quiere decir--manifestó D.ª Clara con cierta

acritud.

--Las mujeres saben hacernos felices, haciéndose felices a sí mismas

¿Qué otra sabiduría puede igualar a ésta en la tierra? Los trabajos de

los hombres, las llamadas conquistas de la civilización tienden a

realizar lenta y penosamente lo que la mujer ejecuta de una vez y sin

esfuerzo, hacer más soportable la vida aliviando sus dolores. Siendo,

como es, la depositaria de la caridad y de los sentimientos suaves y

benévolos, guarda en su corazón el secreto de los destinos de la

humanidad, y trasmitiéndolos por herencia y educación a sus hijos

contribuye de un modo más seguro que nosotros al progreso.

--Eso es más galante que exacto--interrumpió Castell con su firmeza

impertinente--. La mujer no es la depositaria del progreso, ni ha

contribuído siquiera a él. Estudie usted la historia de las ciencias,

las artes y las industrias, y no hallará un solo descubrimiento útil que

se deba al ingenio o al trabajo de una mujer. Esto demuestra claramente

que su cerebro es incapaz de elevarse a la esfera en que se mueven los

altos intereses de la civilización. La mujer no es la depositaria del

progreso; es únicamente depositaria de la forma y, como a tal, sólo

deben exigírsele dos cosas: la salud y la belleza.

--Tendría usted razón--repliqué--si la única fase del progreso fuese la

de los descubrimientos útiles. Pero hay otra a mi entender más

importante; la fraternidad de los hombres, la ley moral. Este es el

verdadero fin del mundo.

Castell sonrió y sin mirarme dijo en voz baja:

--Con éste creo que son ya cincuenta y siete los fines que le conozco al

mundo.--Y elevando la voz añadió:--He tratado a muchos hombres en la

vida y puedo declarar que apenas uno se ha escapado de asignar al mundo

su fin especial. Para los clérigos es el triunfo de la Iglesia; para los

demócratas, la libertad política; para los músicos, la música, y para

los bailarines, el baile... Y, sin embargo, el pobre mundo se contenta

con existir, riéndose tal vez de tanto insensato como sucesivamente le

va pisando.

Hizo una pausa y se reclinó más cómodamente en la butaca. Me sentí

picado por aquellas palabras, y sobre todo, por el tono desdeñoso con

que fueron pronunciadas. Iba a replicar con energía, pero Castell anudó

su discurso exponiendo su pensar tranquilamente en una serie de

razonamientos encadenados con lógica y expresados en forma elegante y

precisa. No pude menos de admirar lo variado de su erudición, su ingenio

penetrante, y sobre todo, la claridad y gallardía de su palabra. Jamás

vacilaba para buscar la precisa. Como esclavas sumisas todas las del

Diccionario acudían a la lengua para expresar fácil y armónicamente su

pensamiento.

Sus teorías me parecieron extrañas y tristes. El mundo llevaba su fin en

su existencia. La moral es una resultante de las condiciones especiales

en que la vida se ha desenvuelto en nuestro planeta. Si el género humano

se hubiese producido en las condiciones de vida de las abejas, sería un

deber para las mujeres solteras el dar muerte a sus hermanos, como hacen

las abejas obreras. Todas las manifestaciones de la vida, hasta las más

altas, se hallan regidas por el instinto. El hombre virtuoso, lo mismo

que el que llamamos perverso, se mueven por un impulso fatal de su

naturaleza. La moral, que el hombre religioso mira como una revelación

divina, no es más que una invención destinada a satisfacer tal o cual

instinto.

Realmente no me encontraba con fuerzas para contrarrestar

victoriosamente sus atrevidas aserciones. Mi lectura era abundante, pero

deshilvanada, como hecha más para entretenerme que para instruirme. Por

otra parte, no habiendo cultivado jamás la expresión, porque mi

profesión no lo exigía, tropezaba con grandes dificultades para emitir

los pensamientos.

Martí vino en mi ayuda cortando de un modo jocoso la discusión.

--¿A que no saben ustedes cuál es el destino de la mujer para mi cuñado

Sabas?

Todos le miramos, incluso el interesado.

--Pegar botones.

--No sé por qué dices eso--murmuró aquél de mal humor echando mano a la

pipa.

--¿Que por qué lo digo? No hay en la Península un hombre a quien le

caigan más botones que a ti. Todavía no se ha dado el caso de haber ido

a tu casa y no hallar a Matilde cosiéndote alguno.

Sabas masculló algunas palabras ininteligibles.

--Que lo diga ella--añadió Martí.

--Sí; se le caen bastantes--dijo la regordeta dama riendo.

Pero su marido le dirigió una mirada severa y se puso colorada.

--Se le caen como a todo el mundo--interrumpió D.ª Amparo desde su

silloncito de raso encarnado--. Los botones no son eternos, y creo que

mi hijo no ha de ir hecho un Adán por no dar a los demás la molestia de

que le cosan los botones.

Dijo estas palabras con emoción, como si acabasen de acusar a su hijo de

un delito.

--Aunque se le cayesen más que a todo el mundo la cosa tiene poca

importancia y no merece que usted se ponga triste y se enfade con

nosotros--repuso Martí.

--Me pongo triste porque parece que todos tenéis empeño en echar sobre

mi hijo cualquier defecto. El pobre es bien desgraciado... El día que se

muera su madre no tendrá quien le defienda...

Profirió estas palabras con más emoción aún. Quise advertir con asombro

que hacía pucheros para llorar.

--¡Pero mamá!--exclamó su yerno.

--¡Pero mamá!--exclamó su nuera.

Ambos se mostraban pesarosos y consternados.

--Tal vez sea pasión de madre, hijos míos--siguió D.ª Amparo pugnando por

no llorar--; pero no lo puedo remediar. Todos tenemos defectos en el

mundo; pero una madre no puede ver los de sus hijos. Sufro horriblemente

cuando cualquiera me los señala y mucho más cuando es una persona de la

familia... ¡Me vienen a la imaginación unas ideas tan tristes! Se me

figura que no os queréis... Creedme que moriría ahora mismo contenta si

supiese que os queréis unos a otros tanto como yo os quiero...

El exceso de la emoción la impidió proseguir. Dejó caer la labor sobre

el regazo, apoyó la frente en una mano y quiso sufrir un medio

desvanecimiento. Su hija política se apresuró a llevarle el frasco de

las sales y se lo dió a oler. Martí también acudió con solicitud

filial. Ambos la prodigaron mil atenciones afectuosas, deshaciéndose en

excusas. Gracias a sus palabras cariñosas, a mi entender, más que al

frasco de las sales, la sensible madre recobró todos sus sentidos. En

cuanto los tuvo completos besó tiernamente en la frente a su nuera y

apretó la mano de Martí, pidiéndoles perdón por haberles disgustado.

Aunque conociese ya un poco el carácter y las manías de D.ª Amparo, no

dejó de sorprenderme que Retamoso y su mujer, Isabelita y Castell apenas

concedieron atención al incidente y continuaron hablando entre sí como

si nada ocurriese. Sabas, el causante de la desazón, fumaba

tranquilamente su pipa.

Así que hubo serenado a su suegra, Martí me invitó a salir con él del

gabinete para mostrarme la habitación que me habían destinado. Era

lujosa y elegante, excesivamente lujosa para mí, que toda la vida la

había pasado en las estrecheces del camarote o en nuestra modesta

vivienda de Alicante. Cuando llegamos, una doncella estaba haciendo mi

cama bajo la inspección de la señora. Al entrar, sin ser oídos, ésta

aplanchaba con sus manos delicadas el embozo de las sábanas. Nuestros

pasos le hicieron levantar la cabeza y, como si la hubiesen cogido

_infraganti_ de un delito, se turbó, dejó la tarea y dijo a la doncella

con acento malhumorado:

--Bueno, siga usted ya ver si concluye pronto.

Iba a salir, pero su marido la detuvo tomándole una mano.

--¿Has dado orden para que traigan café frío y _cognac_?

--Sí, sí, Regina queda encargada de todo--respondió con alguna

impaciencia, tirando de la mano y marchándose.

Yo saboreé aquella vergüenza con mal disimulado regocijo. Salimos de

nuevo al corredor y dije a Martí por hablar y también por curiosidad:

--Parece que D.ª Amparo se ha disgustado un poco.

--¡Ha visto usted!--exclamó riendo del modo franco y cordial que le

caracterizaba--. Cualquier cosa la altera. ¡Es más buena la pobre!... Yo

la quiero como si fuese mi madre. Todo su afán es que nos amemos. Es tan

sensible que la más mínima señal de indiferencia, el menor descuido la

hiere profundamente y hasta la hace enfermar. Por eso, aunque andamos

todos vigilantes y atentos con ella, no basta. Figúrese usted que yo he

tomado la costumbre de besarla antes de ir a acostarme. Pues si un día

se me olvida por casualidad, la pobre señora no duerme pensando si

estaré enojado con ella, si me habrá ofendido sin saberlo, y por la

mañana me echa unas miradas tímidas, angustiosas, que yo no entiendo;

hasta que mi mujer me explica el enigma, me río y voy a desagraviarla.

Cuando tornamos al gabinete, los tertulios estaban en pie y

despidiéndose. Castell me tendió su mano linda, ensortijada, con el

desembarazo frío de los hombres de mundo, celebrando haberme conocido,

etc. Sabas y su esposa se mostraron muy afectuosos. D.ª Clara,

majestuosa y severa, me dió las buenas noches sin mentar a Júpiter ni a

Pólux ni a ninguna otra divinidad del paganismo, lo cual me sorprendió.

Retamoso aprovechó un momento de confusión para decirme medio en

gallego:

--Puede que usted tenga razón, señor de Ribot, y que las mujeres no

sirvan para los negocios. Pero la mía es una excepción, ¿sabe?... ¡Oh!

¡Una maravilla! Ya tendrá usted ocasión de convencerse, ¡Una verdadera

maravilla! ¡Phs!...

Y arqueaba las cejas y ponía los ojos en blanco, como si tuviera delante

de sí el Himalaya o las pirámides de Egipto.

Cristina los despedía en lo alto de la escalera con la gravedad amable

que tan bien sentaba a su rostro interesante. Yo no tenía ojos más que

para ella. D.ª Amparo besaba a todo el mundo, besaba a su hijo, a su

nuera, a doña Clara, a Isabelita y hasta a Retamoso. Si no le dió un

beso a Castell, creo que fué más por vergüenza que por falta de ganas.

Nos quedamos solos al fin los cuatro. Para prolongar un poco más la

velada supliqué a Cristina que tocase al piano algún trozo de ópera.

Móstrose complaciente y, sin responderme, se sentó en el taburete,

tecleó ligeramente un momento y comenzó a cantar a media voz la serenata

del _Don Juan_ de Mozart. Como no le conocía esta habilidad, mi sorpresa

fué grande, pero mayor aún mi gozo. Era la suya una voz, dulce y grave a

la par, de contralto. La música de los grandes maestros tiene el

privilegio de conmovernos siempre; pero cuando la transporta a nuestra

alma la voz de la mujer que se adora, entonces parece en realidad un

acento escapado del cielo. Gocé algunos minutos una dicha imposible de

explicar. Mi ser se transformaba, se engrandecía, temblaba de amor y de

alegría. Cuando las últimas notas del gracioso acompañamiento se

extinguieron, quedé sumido en éxtasis delicioso, sin darme cuenta de

dónde me hallaba.

Martí me sacó de él bruscamente.

--Vaya, vaya, a descansar. El capitán se está durmiendo.

Nos levantamos todos. D.ª Amparo se retiró a su habitación, no sin que

Martí le besase antes la mano, haciéndome al mismo tiempo un guiño

malicioso.

--Si usted necesita algo--me dijo Cristina--no tiene más que sonar el

timbre.

Y sin darme la mano me deseó una buena noche. Martí me acompañó hasta el

cuarto y se despidió bromeando afectuosamente.

--Si es que usted no puede dormir sin el olor de la brea, capitán,

mandaré traer un pedazo y lo quemaremos.

Cuando me hallé sólo, todas las impresiones de la noche se desprendieron

de mi corazón como pájaros prisioneros y comenzaron a revolotear en

torno confusamente. ¿Por qué estaba allí? ¿Qué pretendía? ¿En qué iba a

parar aquello? La acogida cariñosa de esta noble familia me conmovía; la

franqueza cordial de Martí me llenaba de confusión y vergüenza; pero la

figura gentil de Cristina se alzaba delante de mí adorable,

deslumbradora, borrando todo lo demás. La idea de estar tan próximo a

ella cuando ya me había resignado a no verla más me inundaba de

felicidad.--¿En qué pararía aquello?--volvía a repetirme.--Al fin me

dormí besando el embozo de la sábana, que sus manos habían tocado.

[imagen: una barra decorativa]

V

Acostumbrado a madrugar, me levanté primero que nadie en la casa y salí

a dar un paseo por la ciudad. Muchas veces había estado en ella y

siempre me impresionó gratamente la animación sin ruido enfadoso de sus

calles, su cielo sereno, su perfumado ambiente. ¡Cuán distintas, no

obstante, habían sido aquellas impresiones de la sensación que ahora

experimentaba!

La hermosa ciudad levantina despertaba. El pueblo comenzaba a discurrir

por las calles; abríanse los balcones y algunos rostros blancos,

nacarados, ornados de magníficos ojos árabes, se asomaban por detrás de

las macetas. La huerta le enviaba, como saludo matinal, un soplo cargado

de los aromas de sus claveles y alelíes, de sus malvarrosas y jacintos;

el mar, brisa fresca y saludable; el cielo, los efluvios de luz radiosa.

Valencia despertaba y sonreía a su huerta de flores, a su mar y a su

cielo incomparables. Aquella situación privilegiada me hizo pensar en la

Grecia antigua; y al ver cruzar a mi lado los rostros alegres, serenos,

inteligentes de sus habitantes, me apetecía repetirles las famosas

palabras de Eurípides a sus compatriotas: «¡Oh hijos amados de los

dioses bienhechores! Vosotros recogéis en vuestra patria sagrada y jamás

conquistada la gloriosa sabiduría como fruto de vuestro suelo, y

marcháis perpetuamente con dulce satisfacción en el éter radioso de

vuestro cielo.»

Dudo, sin embargo, que ningún griego o valenciano haya estado jamás tan

contento como yo lo estaba ahora. Pero como todo instante alegre en la

vida tiene aparejado y listo para entrar en fila otro triste, al llegar

a casa experimenté el disgusto de no ver a Cristina. Martí y yo nos

desayunamos solos en el comedor y supe de él que su esposa ya lo había

hecho y se hallaba en su cuarto. ¡Qué hombre tan alegre y cariñoso aquel

Martí! Lo mismo que si fuésemos amigos de toda la vida comenzó a

hablarme de su familia, amigos, trabajos y proyectos. Estos eran

innumerables: tranvías, reforma del puerto, ferrocarriles, ensanche de

calles, etc. No pude menos de pensar que para llevarlos a cabo se

necesitaba, no sólo enorme capital, sino una actividad sobrehumana.

Martí parecía poseerla. A la sazón, además del tráfico de los vapores,

que casi marchaba por sí mismo y le robaba poco tiempo, tenía en

explotación unas minas de calamina en Vizcaya, en construcción algunas

carreteras en diversas provincias y la apertura de pozos artesianos en

Murcia. En esto último había consumido ya un caudal sin obtener grandes

resultados; pero estaba seguro de lograrlos. "En cuanto tenga agua,--me

dijo riendo--pienso venderla por copas como el Jerez." Se expresaba de

un modo rápido, incoherente algunas veces, pero siempre insinuante,

porque ponía toda su alma en cada palabra.

Contrastaba su expresión confusa y vehemente con la de su amigo y socio

Castell, tan firme, tan clara, tan acicalada. Hablamos de él, y Martí se

deshizo en elogios de su persona. No había, al parecer, en el mundo

hombre más instruído, ni ingenioso, ni recto. Todo lo sabía; las

ciencias no tenían secretos para él; el planeta no guardaba rincón que

él no hubiera explorado. Era peritísimo además en materia de artes

plásticas y poseía una colección de cuadros antiguos, adquiridos en sus

viajes, famosa en España y en el extranjero.

--Pero... Castell es un teórico, ¿sabe usted?--concluyó por decirme

guiñando un ojo--. Somos dos naturalezas opuestas y acaso por esto somos

tan amigos desde la infancia. A él le ha dado siempre por estudiar el

fondo y la razón de las cosas, por la filosofía, por la estética. Yo no

entiendo nada de eso. Tengo un temperamento esencialmente práctico... Y

si usted no lo achacase a jactancia, me atrevería a decir que en España

hacen más falta los hombres útiles que los filósofos. ¿No le parece que

hay plétora de teólogos, oradores y poetas? Si queremos colocarnos a la

altura de los demás países de Europa es necesario pensar en abrir vías

de comunicación, construir puertos, montar industrias, explotar minas.

En mi esfera modesta he hecho cuanto he podido por el progreso de

nuestro país, y si no hago más--añadió riendo--, crea usted que no es

por falta de voluntad, sino por la ausencia de metales preciosos.

--¿Y Castell es socio de usted en esas empresas?--le pregunté.

--No; no estamos asociados más que en la línea de vapores... Es un

hombre a quien marean los números. Es rico y quiere disfrutar

tranquilamente de su fortuna. Pero aunque no se mete en negocios, cuando

hace falta dinero lo facilita sin vacilar, porque tiene plena confianza

en mí.

--Parece que esa inclinación a los negocios es de familia. Su tía Clara

también participa del mismo temperamento--le dije para satisfacer la

curiosidad que me aguijoneaba desde la noche anterior.

--Mi tía Clara es una mujer notabilísima... un gran talento... Pero

creo, sin que esto sea hablar mal de ella, que el alma de la casa, quien

los ha hecho ricos, es su marido... ¡Oh, el tío Diego se pierde de

vista! No hay comerciante más hábil ni con más trastienda en toda la

costa de Levante. Lo que a él se le pierda crea usted que no me bajaría

a cogerlo.

--Pues, según me ha dado a entender él mismo, parece que es su señora

quien le ilumina en los casos difíciles, quien realmente lleva el timón

de los negocios.

--Sí, sí--respondió Martí sonriendo, un poco cortado--. No dudo que mi

tía Clara le dé algún buen consejo; pero no los necesita... En Valencia

le tienen por socarrón... Es posible que haya algo de verdad. Ya conoce

usted a los gallegos...

Tosió para disimular su embarazo y procuró cambiar de conversación. Ya

había podido advertir que le repugnaba verse obligado a murmurar. Sólo

se hallaba en terreno firme cuando elogiaba, y lo hacía con tal fuego,

que parecía gustar un placer singular en ello. Rara y preciosa cualidad

que lo hacía cada vez más estimable a mis ojos.

Terminado el desayuno, pretextando mis ocupaciones, le dejé ir a las

suyas y salí de nuevo a la calle. No tardé en tropezar con Sabas en una

de las más concurridas. Me pareció más tostado aún y más negro que por

la noche. Me saludó con gravedad y cortesía y, después de dar algunas

vueltas juntos, me instó a acompañarle a su casa, pues necesitaba

mudarse de ropa. Me sorprendió esta necesidad, pues no le veía mojado ni

sucio. Más adelante pude averiguar que tenía por costumbre cambiar de

traje tres o cuatro veces cada día, siguiendo la pragmática de la

elegancia cortesana.

Mientras caminábamos hacia su casa, que no estaba lejos de la de su

cuñado, me enteró de que poseía una colección de bastones y otra de

pipas, cosa muy notable. Al parecer, era una de las curiosidades más

dignas de visitarse en la ciudad, y con amabilidad, que agradecí mucho,

se brindó a mostrármerlas. Habitaba una casa pequeña y agradable. Salió

a abrirnos su señora, a quien dijo, lacónicamente:

--Vengo a mudarme.

Llegamos a su cuarto, e inmediatamente procedió a abrir los armarios

donde guardaba los bastones. Eran muchos, en efecto, y muy variados, y

los exhibía con un placer y un orgullo que me llenó aún más de asombro

que su número y variedad.

--Vea usted este _palasan_; tiene cuarenta y dos nudos. Ha tenido

cuarenta y tres; pero fué necesario quitarle uno, porque era demasiado

largo... Mire usted este otro... palo de violeta; huele frotándolo.

Huela usted... Este es de carey... Esta es una caña blanca legítima. Me

la trajo el capitán de uno de los vapores de mi cuñado...

Se entreabrió la puerta del gabinete y apareció una cabecita rubia.

--Papá, mamá no nos deja venir a darte un beso.

--Hace bien; ahora estamos ocupados--respondió con solemnidad el padre,

despidiendo al niño con un gesto.

Pero yo había acudido a la puerta y besé con placer aquella cabecita

rubia. Era un niño precioso de seis o siete años. Detrás de él venía

otro más pequeño, rubio también, y cerrando la marcha una niña como de

tres a cuatro años, morena, con grandes ojos y cabellos negros rizados.

No había visto nunca criaturas más hermosas. A todos los acaricié con

efusión, y muy especialmente a la niña, cuyos ojos aterciopelados eran

una maravilla. Pero ellos se mostraban tímidos y, sin atender a mis

preguntas, miraban a su padre con recelo. El rostro de éste expresaba

severidad y disgusto. Parecía ofendido de que yo hallase más notable la

colección de sus niños que la de los bastones. Los besó por compromiso,

y cuando su esposa vino corriendo a buscarlos, le dijo ásperamente:

--¿Por qué les has dejado entrar estando ocupado?

--Se escaparon mientras fuí a sacarte una camisa--respondió ella

humildemente.

Y empujando a los chicos los echó fuera de la habitación. Después se

sentó esperando que su marido terminase de exhibirme los bastones.

Concluyó al fin, y yo, sabiendo que le lisonjeaba, hice mil

ponderaciones de su colección, lo que agradeció profundamente. Pidióme

después licencia para vestirse delante de mí. Su esposa comenzó a

maniobrar como el más consumado y también el más abatido ayuda de

cámara. Le puso la camisa; le puso la corbata, se arrojó al suelo para

abrocharle los botones de las botas. El feliz marido se dejaba vestir y

acicalar con grave continente, mientras charlaba conmigo de los bastones

y las pipas, cuyas colecciones eran, al parecer, el fin y el orgullo de

su existencia. De vez en cuando dirigía alguna breve represión a su

humillada esposa:

--No aprietes tanto... Menos barniz y más cepillo a las botas... Di a

la muchacha que tenga cuidado de no embadurnar los botines... No quiero

esta corbata, tráeme una de plastrón.

Pero al encontrarse con que le faltaba un botón en el chaleco quedó mudo

de estupor.

Clavó en su esposa una mirada tan severa que la hizo enrojecer.

--No sé cómo se me pasó--balbució ella--. Lo eché de menos al limpiar la

ropa... Lo dejé apartado para pegarlo...; pero me llamaron en la

cocina... y cuando vine, al cabo de una hora, se me olvidó.

--Nada, nada, no he dicho nada. ¿Qué importa un botón más o

menos?--profirió él con sonrisa sarcástica.

--Ya comprenderás que una distracción la tiene cualquiera.

--¡Si no he dicho nada, mujer! ¿Quién te hace cargo alguno? Un botón...

Un botón... ¿Qué significa un botón comparado con un ratito de charla

agradable con la planchadora?

--¡Pero, hombre, por Dios; no seas así!--profirió ella con angustia.

--¿Te he dicho algo?--gritó él entonces con furia.

Matilde calló y se puso a pegar el botón.

--¿Cómo he de ser, di?--siguió él con igual furor.

La esposa no levantó la cabeza.

Sabas, entonces, dejó escapar varios resoplidos, entreverados de

palabras incoherentes y acompañados de un aspero crujir de dientes que

la sonrisa sarcástica que contraía sus labios hacía aún más lúgubre y

temeroso.

Mas con esfuerzo heroico consiguió pronto serenar su espíritu. Encerró

los vientos, aplacó las olas y me dijo, amablemente:

--Es necesario, Ribot, que usted coma paella hoy. Ya se lo he dicho a

Cristina. Tiene una cocinera mi hermana que guisa como un ángel.

Callé un momento, admirado y aun sobrecogido por tal grandeza de alma,

y, al fin, respondí que tendría placer en dar testimonio de su

habilidad.

Matilde concluyó de pegar el botón. Al levantar la cabeza pude observar

en sus ojos algunas lágrimas.

Sabas dió la señal de marcha; pero antes envió a su señora en busca de

los guantes, del bastón, del pañuelo; se hizo impregnar de esencia con

un perfumador y dar la última cepilladura a las botas y algunos toques

de peine a los bigotes. Matilde giraba en torno suyo como una mariposa,

arreglándole la ropa y la corbata y el sombrero con sus manos blancas y

regordetas. Se le había pasado el disgusto. Parecía alegrísima y miraba

y remiraba por todos lados a su marido con orgullo. Y cuando él, para

despedirse, le tomó la barba entre los dedos con ademán indiferente y

protector, sus ojos brillaron con tal radiosa expresión de triunfo que

parecía transportada al cielo.

En el pasillo nos salieron al encuentro los tres niños, que quisieron

lanzarse a su padre para besarle; pero éste les detuvo con gesto

amenazador:

--¡No! Ahora no puede ser... Me vais a llenar de baba.

Yo, que no tenía miedo alguno a ser manchado, los besé con placer,

queriendo indemnizarles de aquel disgusto. ¡Vano empeño! Se dejaban

acariciar por mí indiferentes, siguiendo con los ojos a su elegante y

despegadísimo papá.

Matilde nos despidió desde lo alto de la escalera, sin tener tampoco

ojos más que para su marido. Advirtiendo que el cuello de la camisa no

se le veía bien a causa de la levita, bajó precipitadamente a

levantárselo, y aprovechó la ocasión para darle algunos otros toquecitos

con los dedos al bigote.

Eran las once de la mañana. Las calles rebosaban de gente. El sol

brillaba en el cielo con todo su esplendor. Respirábase un ambiente

perfumado, acusando que nos hallábamos en la ciudad de las flores. A

cada paso tropezábamos con domésticas, llevando entre las manos grandes

ramos y canastillas de ellas que sus amos enviaban de regalo a los

amigos. En Valencia, las flores constituyen un obsequio tan general y

sencillo que el envío de ellas equivale a un saludo. Al contemplar

aquella profusión de rojos claveles, de rosas, de azucenas, que

alegraban los ojos y embalsamaban el aire, no pude menos de decirme:

«¡Dichosa ciudad donde tan precioso regalo significa tan poco que puede

hacerse todos los días!»

De buena gana me hubiera paseado por las calles hasta la hora de comer;

pero Sabas se creyó en el deber de invitarme a tomar un aperitivo y

entramos en un café de la plaza de la Reina.

Mientras paladeábamos una copa de _vermouth_, Sabas se mostró locuaz y

expansivo, pero sin deponer su natural gravedad. Hablóme de su familia y

amigos. Observé pronto que poseía un temperamento analítico de primer

orden, vista penetrante y seguro instinto para ver el lado flaco de las

personas y las cosas.

Su hermana era una mujer discreta, cariñosa, de intención recta y

noble...; pero tenía un carácter demasiado adusto, se complacía en

llevar la contraria, faltando algunas veces a la cortesía, carecía de

flexibilidad, de cierta dulzura absolutamente necesaria a la mujer; en

fin, aunque bondadosa en el fondo, no se hacía amar. Bien hubiera

querido protestar contra tal absurda afirmación. Precisamente su

carácter tímido y resuelto, al mismo tiempo y su esquividez un poco

salvaje, eran las cualidades que más me habían enamorado. Me abstuve, no

obstante, de hacerlo por razones de prudencia.

Su cuñado era un infeliz, hombre trabajador, generoso, inteligente en

los negocios... pero absolutamente incapaz para el conocimiento de las

personas. Todo el mundo le engañaba y le explotaba. Luego, de un

temperamento tan versátil que apenas emprendía cualquier negocio con

gran fuego ya estaba cansado de él y pensando en otro. Esta

circunstancia le había hecho perder mucho dinero. Las empresas en que se

había metido no podían contarse: algunas de ellas serían muy

beneficiosas si hubiera persistido; mas apenas tropezaba con las

primeras dificultades, se abatía y las abandonaba. Sólo había mostrado

constancia cuando cabalmente no la necesitaba: en los pozos artesianos.

¡Cuánto dinero llevaba ya enterrado aquel hombre en este funesto

negocio! El único que realmente le había salido bien era el de los

vapores, y ése no lo había emprendido él, lo había heredado de su

padre.

Su amigo Castell poseía muchos conocimientos, se expresaba

admirablemente y era inmensamente rico... pero no tenía pizca de

corazón. Jamás había profesado cariño a nadie. Emilio se equivocaba de

medio a medio pensando que le pagaba la adoración apasionada, fervorosa

que por él sentía. "Pero no hay que tocarle este punto porque reñiría

usted con él, como yo he reñido varias veces. En cuanto salga en la

conversación el nombre de Castell, es necesario abrir la boca, poner los

ojos en blanco y caer en éxtasis, como si apareciese una divinidad del

Olimpo. Castell conoce esta debilidad de mi cuñado, se da tono con ella

y la aprovecha. Por lo demás, el día que necesite de él ya verá qué caso

le hace".

--Pues Martí me ha dicho que le facilitaba dinero para sus negocios

cuando lo necesitaba--apunté yo.

--Sí, sí--contestó riendo sarcásticamente--, no dudo que le facilitará

dinero; pero todos sabemos en Valencia cómo pararán estas liberalidades.

No quise hacer más preguntas. Eran interioridades de familia que no se

debían sonsacar. Sabas prosiguió:

--Además es un hombre vicioso, inmoral. Está enredado hace años con una

mujer y tiene de ella ya varios chicos; pero esto no es obstáculo para

que traiga alguna querida siempre que hace un viaje al extranjero. Se

le han conocido ya tres, una de ellas griega, ¡hermosa mujer! Las tiene

una temporada y luego las despide como a un lacayo que no le sirve.

Esto, como usted comprende, en una capital de provincia constituye un

escándalo... pero como se llama D. Enrique Castell y tiene ocho o diez

millones de pesetas, nadie se da por ofendido: los curas y los canónigos

y hasta el obispo le quitan el sombrero de una legua.

--También me han dicho que son ricos sus tíos los señores de Retamoso.

--¡Oh, no! Esa es una fortuna mucho más modesta que se cuenta por miles

de duros, no por millones... Pero todo ha sido ganado a pulso, ¿sabe

usted? peseta a peseta detrás de un mostrador primero y luego de un

escritorio.

--Su tía Clara, al parecer, es una señora de mucho entendimiento para

los negocios.

Sabas soltó una carcajada.

--¡Mi tía Clara es una imbécil! No ha servido en toda su vida más que

para hablar en inglés con las institutrices y pasear su nariz borbónica

por la Glorieta y la Alameda. Pero mi tío Diego es el gallego más fino

que ha nacido en este siglo. Se ríe de su mujer y es capaz de reirse de

su sombra. No le considero capaz para las grandes empresas, no tiene,

como ahora se dice, el genio de los negocios; pero yo le aseguro que

para los que trae entre manos, que son generalmente de poca monta, no se

ha conocido ni pienso se conocerá en mucho tiempo hombre más avispado.

Prosiguió de esta suerte mi elegante amigo haciendo el estudio de su

familia con crítica implacable, pero sensata, graciosa también a veces.

Pasó después a hablar de su ciudad natal, y hallé igualmente finas y

atinadas sus observaciones acerca del carácter de los valencianos, de

sus costumbres, de la política y la administración que regían en la

provincia. Confieso que me había equivocado. Lo tomé a primera vista por

un currutaco, un joven evaporado y frívolo. Resultaba ser hombre de buen

entendimiento, observador e ingenioso, aunque un poco exagerado en el

análisis y bastante severo.

Salimos del café, y antes de acercarnos a casa dimos otra vuelta por las

calles. Natural como soy de la costa de Levante, hijo de marino y marino

también, el aspecto de la gran ciudad mediterránea ejercía sobre mí una

seducción particular. Las calles estrechas, tortuosas, pero aseadas,

donde se encuentran comercios de gran lujo, el número crecido de

vetustas casas de piedra de artística fachada pertenecientes a las

nobles familias que la hicieron famosa y respetada en todo el mundo; sus

_Torres de Serranos_, entre cuyas almenas se cree aún percibir la

silueta del caballero; sus puentes de sillería; la Lonja, cuyo salón, de

excepcional grandeza y hermosura, cobijó a los negociantes más opulentos

de España; el bullicioso mercado al aire libre próximo a ella, todo

manifiesta, a par que sus tradiciones mercantiles, la antigua y opulenta

capital; todo me hablaba de la grandeza de mi raza.

Pedí a mi compañero que me guiase al mercado de flores. No tardamos en

penetrar en un cobertizo de hierro donde a un lado y a otro, dejando

paso por el medio, se veía una muchedumbre de mujeres de rostro pálido y

ojos negros exhibiendo su mercancía: claveles, azucenas, rosas, lirios,

malvarrosas y jazmines. La animación era grande en aquel pequeño

recinto. Las damas con su rosario y libro de misa en las manos,

plantadas delante de las vendedoras, examinaban con ojo inteligente el

género, regateando infinitamente antes de decidirse a comprar. Los

caballeros encargaban ramos y canastillas, dando instrucciones prolijas

para su construcción. Hasta las humildes criadas y menestralas se

acercaban con paso precipitado a los puestos, tomaban un puñado de

flores, colocaban algunas en la cabeza, y dejando una ínfima moneda de

cobre, se marchaban alegremente con las otras en la mano a proseguir sus

rudas tareas. ¡Con qué entusiasmo las iban contemplando aquellas

_filletas_! ¡Con qué placer aspiraban su fragancia!

Al pasar por delante de los puestos observé que la mayor parte de las

vendedoras saludaban a mi amigo por su nombre, le dirigían sonrisas

amables y le preguntaban si no tenía algún encargo que hacerles.

--Es usted popular en el mercado--le dije, riendo.

--Soy un buen parroquiano nada más--me respondió con modestia.

Y poniéndome después la mano sobre el hombro, me empujó hacia una de las

puertas, donde, algo retirados y medio ocultos entre el follaje, nos

situamos.

--Este es punto estratégico--me dijo--; verá usted cuántos talles

salados desfilan en cinco minutos por aquí.

En efecto, las damas que entraban por la otra puerta, después de hacer

sus compras o encargos, salían por ésta; cruzaban a nuestro lado,

rozándonos con su vestido. Para todas tenía un requiebro, una palabrilla

amable mi compañero. Bastantes de ellas le conocían y le saludaban;

algunas se quedaban un instante paradas, respondiendo con gracioso

tiroteo a sus frases galantes. Me sorprendía la desenvoltura con que

aquel hombre, siendo casado y sabiéndolo todo el mundo, requebraba a

las mujeres, y aún más, que éstas aceptasen sus galanterías sin reserva.

Muchos rostros hermosos he visto en los diversos países donde mi vida

errante me ha llevado; pero nunca en tal profusión, tan finos, tan

delicados, de una trasparencia de ópalo, de una pureza tan exquisita

como ahora. Luego, ¡qué ojos! El alma volaba tras de su negrura y

misterio ansiando anegarse en un sueño feliz. Ojos dulces, voluptuosos,

impenetrables que parecen guardar al mismo tiempo el amor y la muerte.

Por entre las cabezas de la muchedumbre llegó hasta mí el relámpago de

una mirada. ¡Era ella, sí, era ella! Aunque quedase oculta entre la

gente, yo sabía que era ella y que se acercaba. Mi corazón comenzó a

latir con violencia. A los pocos instantes apareció. Vestía traje de

seda negro con mantilla: en una mano traía el libro de misa y el rosario

anudado a la muñeca en forma de brazalete; en la otra, un puñado de

claveles. Venía con su prima Isabelita y acompañadas ambas de Castell.

No puedo explicar la impresión que me causó este hombre en aquel

momento. El corazón se me apretó como a la vista de un peligro y la vaga

antipatía que por la noche me había inspirado se transformó súbito en

odio. La violencia con que nació en mí este sentimiento me sorprendió;

pero no quise confesarme la causa. Traté de refrenarlo y me esforcé

cuanto pude por aparecer amable y despreocupado.

Se detuvieron sorprendidos delante de nosotros. Castell e Isabelita nos

felicitaron por el buen sitio que habíamos elegido.

--¡Qué no sabrá este pícaro tratándose de galanteo!--manifestó la hija

de Retamoso dándole un golpecito en el hombro con su libro.

Y luego que hubo soltado la frase se ruborizó como una amapola.

--Vaya, prima--respondió Sabas--, ya sabes que por lo menos a tí no te

he galanteado nunca. Pero estamos a tiempo. Te estás poniendo tan linda

de algún tiempo a esta parte que voy a olvidar los lazos de familia.

Isabelita se ruborizó aún más, cosa que parecía imposible. Sabas

insistió en sus requiebros. Castell vino en su ayuda. Mientras tanto,

Cristina se hacía la distraída mirando a un lado y a otro: yo adivinaba

que era por no tropezar con mis ojos. Sabas se fijó en ella y le dijo:

--Hermanita, ¿a que no eres capaz de ponerme uno de esos claveles en el

ojal?

--¿Por qué no?--repuso ella.

Y entregando el libro a su prima, escogió el más hermoso y grande y se

lo colocó donde pedía.

Por impulso irreflexivo y con una osadía que había perdido ya con

aquella mujer dije entonces:

--¿Y para los demás no hay nada?

--¿Quiere usted?--me preguntó alargándome uno sin mirarme.

--No; quiero el honor de que usted me lo coloque en el ojal--repuse con

firmeza.

Quedó un instante suspensa; hizo después algunos movimientos que

revelaban su indecisión; por último, tomó al azar otro clavel y

precipitadamente me lo puso también. Creí advertir (ignoro si fué

ilusión) que sus manos temblaban al hacerlo. ¡Oh Dios, con qué placer

las hubiera besado!

--¿Y yo no entro en turno?--dijo entonces Castell inclinándose con

amable sonrisa.

--¡Ea, basta ya de clavelitos!--replicó ella con mal humor saliendo por

la puerta.

--He llegado tarde--murmuró el banquero algo confuso.

--¿Quiere usted uno mío?--le preguntó tímidamente Isabelita.

--¡Oh, con placer infinito!

Y se inclinó rendido, sonriente, gozoso al parecer, mientras la niña le

prendía el clavel en la levita. No obstante, comprendí que estaba

despechado.

Seguimos todos a Cristina, y su prima se emparejó con ella, marchando

detrás Sabas, Castell y yo. Pero no habíamos andado muchos pasos cuando

aquél detuvo a una linda menestrala y se quedó diciéndole chicoleos.

Castell y yo le aguardamos un momento; pero viendo que no tenía trazas

de concluir, le dejamos para seguir a las damas.

--Este cuñado de Martín--dije a mi compañero--me parece un muchacho de

entendimiento despejado.

--Es un crítico--respondió Castell lacónicamente.

--¿Cómo un crítico?--pregunté yo sorprendido.

--Sí; está dotado admirablemente para ver el lado débil y el fuerte de

las cosas, para pesar y medir, para comparar, para penetrar en los

laberintos de la conciencia... Pero estas facultades se devuelven

siempre de dentro afuera; jamás se le ocurrió aplicarlas a su propio

ser. Así que derrochando análisis, censuras, consejos muy justos y

atinados resulta un hombre perfectamente insensato. Ha emprendido cinco

o seis carreras y no ha terminado ninguna; ha derrochado su patrimonio

en el juego y en francachelas; martiriza a su mujer, abandona a sus

hijos y hoy tiene que vivir a expensas de su cuñado.

--¡Buen panegírico!--exclamé riendo.

--El mismo que usted oirá a todas las personas razonables de la

población. Esto no obsta para que sea un hombre simpático, popular y

generalmente querido: y es porque sus defectos no son lo que pudiéramos

llamar vicios públicos, sino privados.

Nos emparejamos al fin con las damas y llegamos a casa de Martí muy

cerca de la hora de comer. Los señores habían convidado, en honor mío, a

los tertulios de la noche anterior, pertenecientes, exceptuando Castell,

a la familia. Emilio me hizo sentar a la derecha de su esposa. El roce

de su vestido, el perfume que se escapaba de su persona y aún más el

misterioso flúido que me comunicaba su proximidad me tuvieron

embriagado, inquieto. Hasta el punto que, queriendo mostrarme atento y

galante con ella, apenas hacía ni decía cosa ordenada: mojaba el mantel

al echarle agua, le preguntaba tres veces seguidas si le gustaban las

aceitunas y dejaba caer el tenedor al ofrecerle una. Pero era feliz, no

puedo ocultarlo. Ella se mostraba cortés y un poco más expansiva, me

daba las gracias por mis atenciones y disimulaba con gracia mis yerros.

Mas he aquí que cuando más alegre estaba veo que Castell fija la mirada

en el clavel de mi ojal y me pregunta con la sonrisa fría e irónica que

le caracterizaba:

--Capitán, ¿quiere usted mil pesetas por ese clavel que lleva usted?

--¡Mil pesetas!--exclamó Martí levantando la cabeza sorprendido.

Yo me turbé de un modo indecible, como si me hubieran sorprendido

cometiendo un crimen. No supe más que sonreir estúpidamente y exclamé:

--¡Vaya unas bromas que usted tiene!

Pero Cristina había erguido con altivez su hermosa cabeza y dijo:

--Ribot es un caballero y no vende las flores que le regala una señora.

--¡Ah, se lo has regalado tú!--Y volviéndose a Castell:--Pero, Enrique,

¿quieres que Ribot te venda ese clavel cuando si me lo hubiese regalado

a mí, aunque soy su marido, no te lo daría por toda tu fortuna?

Y al mismo tiempo clavó en su esposa una intensa mirada de cariño. La

inocencia y nobleza de aquel hombre me conmovieron. A Cristina debió de

llegarle al alma. Bajando de nuevo la cabeza, murmuró con acento

concentrado:

--¡Por eso _tú_ eres _tú_!

Estas sencillas palabras eran un poema de ternura.

--De sobra sé--manifestó Castell con la misma indiferencia--que hay

cosas en el mundo que no pueden ni deben comprarse con dinero.

Desgraciadamente los hombres no tenemos para ellas término de

comparación y nos vemos precisados a acudir a un objeto material y

hasta grosero para hallarlo, aunque sea remoto.

--Pues yo no lo encuentro tan remoto--dijo Sabas--. Me parece que el

dinero sirve bastante bien para casi todos los casos que se presenten.

Aquí tiene usted otro clavel mejor que ése: me lo ha regalado una

señora. Pues bien, Castell, se lo doy a usted por dos pesetas.

Los convidados rieron. Cristina aparentó enfadarse.

--¡Eres un grosero, un gañán!... Matilde, hazme el favor de arrancarle

el clavel a ese puerco, que desde aquí no puedo.

Sabas se lo tapó con las manos.

--Espera un poco, hija, espera un poco. Si Castell no da las dos

pesetas, entonces te lo entrego. Mientras no lo sepa, no.

--Aquí están--dijo Castell sacándolas del bolsillo y poniéndolas sobre

la mesa.

--Ahí va--repuso Sabas quitándose el clavel y entregándoselo.

Esta broma produjo algazara en la mesa. Sin embargo, observé que a

Cristina le hizo mal efecto. Insultó a su hermano con verdadera rabia y

juró que en su vida le daría otra flor.

Mientras tanto yo tuve tiempo para reponerme de la extraña turbación que

las palabras de Castell me habían causado. Concluímos de comer

alegremente; pero Cristina no volvió a mostrarse risueña ni expansiva

como antes.

Dos horas después tomé el tren para Barcelona, donde mi presencia se

hacía indispensable. Fueron a despedirme a la estación Martí y Sabas.

Aquél me hizo prometer una visita más larga.

--Después del viaje pendiente--le respondí--tengo pensado solicitar de

la Compañía permiso para quedarme en casa el tiempo invertido en otro;

mes y medio próximamente. Entonces vendré desde Alicante a pasar ocho o

quince días con ustedes.

--Veremos si es usted hombre de palabra--replicó apretándome la mano

cariñosamente al tiempo de ponerse el tren en marcha.

[imagen: una barra decorativa]

La alegría del capitán Ribot · 第 19 / 35 题