III

Me fuí al barco en peor estado que el día anterior. Aquella señora me

estaba preocupando más de lo necesario para mi reposo y buen humor.

Volví por la tarde y volví al día siguiente. Su figura interesante, sus

ojos tan negros, tan inocentes y picarescos a un tiempo mismo, iban

penetrando a paso de carga en mi alma. Y como sucede siempre en casos

tales, empezaron agradándome sus ojos, y no tardó en encantarme su voz;

luego sus manos finas de alabastro; poco después el vello suave que

adornaba sus sienes; inmediatamente tres pequeños lunares que tenía en

la mejilla izquierda. Hasta que, por fin, de una en otra llegó a hacerme

feliz cierta manera defectuosa que tenía de pronunciar las _erres_.

Estos y otros descubrimientos de análoga importancia no podían llevarse

a efecto, claro está, sin la atención debida, lo cual, en vez de

lisonjear, molestaba visiblemente a la dama. Me recibía siempre con

alegría, pero no con igual franqueza. Pude observar, no sin dolor, que,

a pesar de la jovialidad y animación de su charla, se descubría en el

fondo un dejo de inquietud o recelo, cual si temiera siempre que yo le

dirigiera algún piropo como el de marras. Comprendiéndolo así, no tenía,

sin embargo, fuerza de voluntad bastante para dejar de mirarla más de lo

justo.

Vino al fin la peluca en secreto al hotel; la probó D.ª Amparo con el

mayor sigilo; hallóla imperfecta; volvió a manos del artífice; se le

dieron algunos toques sin que el público ni las autoridades se

enterasen; y después de varios ensayos igualmente reservados surgió la

buena señora, fresca y juvenil, como si jamás mis manos pecadoras

hubiesen atentado a sus gracias. Porque a pesar de todo, esto es, a

pesar de la peluca, de los años y la obesidad, D.ª Amparo no las había

perdido por completo.

Me invitaron a dar un paseo con ellas en coche por los alrededores de la

villa. Cualquiera puede imaginarse el gusto con que acepté. Cuando ya

estuvimos en el campo nos apeamos y gozamos una hora de aquella risueña

y espléndida naturaleza. Yo me encontraba alegre y esta alegría me

empujaba a mostrarme con D.ª Cristina sobrado obsequioso y almibarado.

Sentía comezón de decirle todo lo hermosa y lo interesante que me iba

pareciendo. Pero ella, como si adivinase estas disposiciones aviesas de

mi lengua, las refrenaba con tacto y firmeza, atajándome con cualquier

pregunta indiferente cuando me advertía cercano a soltarle un piropo, o

dejándome con su mamá para echar a correr delante, o esforzándose en

hacer hablar a ésta. No me desanimé por ello. Fuí tan tonto o tan

indiscreto que, a pesar de estas claras señales, todavía persistí en

buscar rodeos habilidosos para dirigirle algunos golpes de incensario.

Declaro, no obstante, que no pensaba que la estaba galanteando. Creía de

buena fe que aquellos obsequios y lisonjas eran legítimos; porque los

españoles desde la más remota antigüedad nos hemos arrogado el derecho

de decir a todas las mujeres guapas que lo son, sin otras consecuencias.

Mas ella debía de abrigar sus dudas acerca de esto. Que estas dudas no

se hallaban desprovistas de fundamento lo veo ahora bien claro; ahora

que el velo de mis sentimientos se ha descorrido por completo y leo en

mi alma como en un libro abierto.

Sucedió que aquella misma tarde, de regreso ya para la villa y mirando

las muchas y hermosas casas de campo que por allí se parecen, acertó a

decir D.ª Cristina:

--Nuestra alquería del Cabañal es muy linda, pero nada suntuosa. Mi

marido no está contento; tiene ganas de algo mejor.

Impremeditadamente repuse:

--¿Tiene ganas de algo mejor? Pues yo, si fuera su marido, ya no tendría

ganas de nada.

Quedó suspensa la señora, volvió su rostro hacia la ventanilla del coche

para mirar el camino y murmuró en tonillo irónico:

--Pues señor, bien; tengamos paciencia.

Pienso que no solamente las mejillas, la frente y las orejas se me

pusieron coloradas, sino hasta el blanco de los ojos. Durante algunos

minutos sentí en el rostro la impresión de dos ladrillos calientes. No

supe qué decir, y queriendo escapar a la vergüenza me volví hacia la

otra portezuela y quedé en contemplación extática del paisaje. D.ª

Amparo, que en nada había reparado, dijo contestando a la última

observación de su hija:

--Emilio es un hombre muy bueno, muy trabajador, aunque algo fantástico.

--¿Por qué fantástico?--exclamó Cristina volviéndose como si la hubieran

pinchado--. ¿Porque apetece lo mejor, lo más hermoso y aspira con su

esfuerzo a conseguirlo? Eso le acredita más bien de tener gusto y

voluntad. Pues si en el mundo no existiesen hombres que ansían la

perfección, que ven siempre un «más allá» y que ponen los medios para

acercarse a él, ni estas hermosas casas de recreo ni otras mejores ni

ninguna de las comodidades que hoy disfrutamos existirían tampoco. Los

holgazanes, los gandules o los pobres de espíritu se burlan de sus

pensamientos mientras no los ven realizados; pero cuando llega la hora

de verlos y tocarlos, se cierran en su casa y no vienen a felicitarle

porque no quieren confesar su necedad. Además, tú sabes bien que Emilio,

aunque fantástico, jamás ha tenido la fantasía de pensar en sí mismo;

que todos su esfuerzos se dirigen a proporcionar alegría y bienestar a

su familia, a sus amigos, a sus vecinos, y que toda su vida hasta ahora

ha sido un constante sacrificio por los demás.

Doña Amparo, ante aquel discurso vehemente, se sintió sobrecogida de un

modo extraño. Quedé estupefacto viéndola tartamudear, hacer pucheros,

ponerse encendida y dejarse caer hacia atrás como acometida de un

síncope.

--¡Yo!... ¿Puedes creer?... ¡Mi hijo!

Pronunciadas estas incoherentes palabras, perdió la noción del mundo

externo. Para infundírsela nuevamente fué necesario que su hija le

frotase las sienes con agua de Colonia y le aplicase a la nariz el

frasco de las sales volátiles. Cuando al cabo abrió los ojos brotó de

ellos un raudal de lágrimas, que se derramaron por sus mejillas y

cayeron como copiosa lluvia sobre su regazo, y algo también tocó a mi

gabán. Doña Cristina, en presencia de este síntoma, abrió de nuevo el

saquito de piel que llevaba a prevención y donde pude ver alojados

bastantes frascos; sacó uno de ellos, luego un terrón de azúcar, vertió

sobre él algunas gotas del líquido y se lo metió en la boca a su mamá,

quien fué recuperando poco a poco la sensibilidad y supo al fin dónde se

hallaba y entre qué gente.

Por mi parte, causa indirecta de aquella desdicha, comprendí que nada

era más adecuado que arrojarme por la ventanilla, aunque me estrellase

la cabeza; pero imaginando esto demasiado triste, hallé un modo decoroso

de evitarlo chupando el puño del bastón y poniendo los ojos en blanco.

Doña Cristina no quiso reparar en estas señales trágicas; pero de tal

modo penetraron en el corazón de su mamá, que me apretó las manos

convulsivamente, murmurando con extravío:

--¡Ribot!... ¡Ribot!... ¡Ribot!

Temí que entrase de nuevo en el mundo de lo inconsciente y me apresuré a

tomar el frasco de sales y metérselo por la nariz.

El resto del camino se pasó, a Dios gracias sin nuevo quebranto, y yo

hice esfuerzos desesperados por que se olvidara mi tontería y se

perdonase, hablando con formalidad de asuntos diversos, principalmente

de aquellos que eran más del agrado de D.ª Cristina. Al cabo logré ver

su frente desarrugada y sus ojos expresando la franca alegría de

siempre. Y todavía, arrastrada de su humor, llegó a embromar con gracia

a su mamá.

--¿Sabe usted, Ribot? Mamá no se desmaya sino cuando está en familia o

entre personas de confianza. La mejor prueba de la simpatía que usted le

inspira ha sido lo que acaba de hacer.

--¡Cristina! ¡Cristina!--exclamó D.ª Amparo entre risueña y enfadada.

--Has de ser franca, mamá... Si Ribot no te inspirase confianza, ¿te

hubieras atrevido a desmayarte en su presencia?

Doña Amparo concluyó por reirse, pellizcando a su hija. Cuando nos

despedimos a la puerta del hotel me invitaron para almorzar al día

siguiente con ellas, habiendo determinado partir al otro para Madrid.

No podía dudarlo ya: si no estaba enamorado, marchaba hacia allá

empopado y a todo paño. ¿Por qué había logrado impresionarme tan

profundamente aquella mujer en tan corto tiempo? No pienso que fuera por

su figura solamente, aunque coincidiese con el tipo ideal de belleza

que había adorado siempre. Si me enamorase de todas las mujeres blancas

y delgadas, con grandes ojos negros, que tropecé en mi vida, no hubiera

tenido tiempo a hacer otra cosa. Pero había en ésta un atractivo

especial, al menos para mí, que consistía en una mezcla singular de

alegría y gravedad, de dulzura y rudeza, de osadía y timidez que

alternativamente se reflejaban en su semblante expresivo.

A la hora señalada me presenté al día siguiente en el hotel. D.ª

Cristina estaba de humor alegrísimo y me hizo saber que almorzaríamos

solos, porque su mamá no había dormido bien aquella noche y estaba

descansando. Esto me llenó de egoísta satisfacción, y más observando el

genio expansivo y jovial que mostraba. Antes del almuerzo me sirvió un

aperitivo, burlándose graciosamente de mí.

--Como le veo siempre tan desganado, tan desmayadito, he mandado subir

un amargo, a ver si logramos entonar un poco ese estómago.

Yo seguía la broma.

--Estoy desesperado. Es ridículo tener tan abierto el apetito, lo

comprendo; pero soy hombre de honor y lo confieso. Una vez que quise

ocultarlo me salió mal el cálculo. Iba conmigo a bordo cierta dama muy

linda y espiritual, a la cual pretendí hacer un poco la corte. No hallé

medio mejor de inspirarle algún interés que mostrar falta absoluta de

apetito, acompañada, como es consiguiente, de languidez y de poética

melancolía. A la mesa rechazaba la mayor parte de los manjares. Mi

alimentación consistía en tapioca, crema a la vainilla, alguna fruta y

mucho café. Entre hora me quejaba de grandes debilidades y me hacía

servir copitas de jerez con bizcochos. Claro está que me quedaba con un

hambre terrible; pero la mataba a solas lindamente. La dama estaba

entusiasmada; me profesaba ya una estimación profunda y sincera y

despreciaba por groseros a todos los que en la mesa se servían alimentos

más nutritivos. Pero ¡ay! llegó un momento en que, bajando al comedor de

improviso, me sorprendió engullendo una lonja de tocino frío... Y todo

concluyó entre nosotros. No volvió a dirigirme la palabra.

--Ha hecho bien--manifestó D.ª Cristina riendo--. Es más vergonzosa la

hipocresía que el apetito.

Nos pusimos a almorzar y le hice presente que ya que aborrecía tanto la

hipocresía me proponía usar de toda franqueza.

--¡Eso es! ¡Completamente franco!...--y me sirvió una ración inmensa de

tortilla.

Seguimos charlando y riendo lo más bajito que podíamos; pero D.ª

Cristina no se descuidaba en punto a servirme cantidades fabulosas de

alimento, superiores en verdad a mis jugos gástricos. Quería

rechazarlas, pero no lo permitía.

--¡Sea usted franco, capitán! Me ha prometido usted ser completamente

franco.

--Señora, esto pasa ya de franqueza. Cualquiera puede llamarlo grosería.

--Yo no lo llamo. ¡Adelante! ¡Adelante!

Mas de pronto, echándose un poco hacia atrás en la silla y adoptando un

tono solemne, manifestó:

--Capitán, ahora voy a proceder con usted, no como si hubiera salvado la

vida a mi madre solamente, sino como si me la hubiera salvado a mí

también. Quiero pagarle de una vez su vida y la mía.

Abrí los ojos desmesuradamente sin comprender lo que tales palabras

significaban. Doña Cristina se levantó de la silla, y dirigiéndose a la

puerta la abrió de par en par. Y apareció la camarera con una fuente de

callos entre las manos.

--¡Callos!--exclamé.

--Guisados por la señora Ramona--profirió D.ª Cristina gravemente.

La broma me puso de mejor humor aún. ¡Cuán poco duró, sin embargo, aquel

estado de embriagadora alegría! Al llegar los postres me dijo con

naturalidad:

--¿Sabe usted una cosa?... Que ya no nos vamos mañana. Mi marido debe de

llegar pasado a buscarnos.

--¿Sí?--exclamé con la expresión de un hombre a quien hacen hablar

mientras le aplican una ducha.

--Aunque el viaje es un poco incómodo para venir y marcharse en seguida,

dice que como mamá todavía no se habrá repuesto por completo del susto

no quiere que viajemos solas.

Al decir esto sacó la carta del bolsillo y se puso a repasarla.

--Me encarga también que le dé un millón de gracias y celebra tener

ocasión de dárselas en persona.

Yo veía la carta del revés, pero así y todo pude leer al final un

«adiós, alma mía» que aumentó mi tristeza.

Manifesté, no obstante, mi satisfacción de conocer en breve plazo al Sr.

Martí, pero necesité algún esfuerzo para ello. Como la melancolía se iba

apoderando de mí y D.ª Cristina tardaría poco en advertirlo, no hallé

medio mejor de combatirla que beber más _cognac_ de lo justo detrás del

café. Esto me produjo una excitación que semejaba alegría sin serlo.

Hablé por los codos y debí de expresar muchas cosas ridículas y algunas

inconvenientes, aunque no me acuerdo. D.ª Cristina sonreía con

benevolencia. Mas como echase por quinta o sexta vez mano a la botella

para escanciar otra copita, me tuvo el brazo diciendo:

--Ahora ya es usted demasiado franco, capitán. Le relevo a usted de su

palabra.

--Soy esclavo de ella, señora, aunque me costase la vida--repuse

riendo--. Pero no beberé más. Estoy resuelto a obedecer a usted en esto

como en todo lo que me ordene... Hay, sin embargo--proseguí mirándola

con osadía a los ojos--, cosas que embriagan más que el _cognac_ y todas

las bebidas espirituosas...

Doña Cristina bajó la vista y su tersa frente se arrugó. Pero volviendo

al instante a sonreir dijo alegremente:

--Pues no se embriague usted de ningún modo. Aborrezco a los borrachos.

No quise seguir el consejo; y si es cierto que bebí poco más, en cambio

me harté de mirar a la interesante señora. Continué charlando como un

sacamuelas, y en medio de la charla intenté deslizar más de un

requiebro; pero D.ª Cristina con ingenio y prudencia los cortaba antes

de madurar.

Me había levantado de la silla y ella también. Estábamos al lado del

balcón contemplando el trajín y movimiento del muelle. Yo, con su

permiso, fumaba un tabaco habano. Como su hermosa cabeza me ocupaba

mucho más qué el trajín del muelle, advertí que se le caía un

peinecillo de concha que sujetaba sus cabellos.

--Si yo fuera este peinecillo me hallaría muy bien en mi sitio. No

trataría de escaparme.

Y osadamente, sin darme cuenta de lo que hacía, llevé mi mano a su

cabeza y le clavé de nuevo la peineta.

Se puso roja como una cereza, bajó los ojos, estuvo algunos instantes

suspensa; y al fin, encarándose conmigo altivamente, profirió con voz

alterada:

--Caballero, no sé qué motivos pude haberle dado a usted para que se

tome conmigo ciertas libertades... El servicio que nos ha prestado le da

derecho a mi gratitud, pero no a tratarme sin respeto...

Se me disipó como por ensalmo la media borrachera que tenía. Quedé

aturdido y avergonzado como jamás lo estuve en mi vida ni pienso estarlo

ya, y apenas pude balbucir algunas palabras de excusa. Pienso que ella

no llegó a oirlas. Volvió la espalda con desprecio y entró en su alcoba.

Al cabo de un instante cruzó por mi mente una idea que no dejaba de

tener ciertos visos de verosimilitud; es a saber, que estaba sobrando en

aquel sitio. Y sin pararme a examinarla con suficiente atención a la luz

de una crítica razonada y seria, la puse inmediatamente en práctica

tomando el sombrero y alejándome sin levantar polvo.

Aunque estuve en el barco y en la oficina del consignatario y en otra

porción de parajes de la villa, la vergüenza no se me quitó en todo el

día. Estaba pegada a mi rostro con lacre rojo y me molestaba lo

indecible. Los amigos sonreían y mascullaban las palabras _Martel tres

estrellas_, _Jamaica_, _Anís del Mono_ y otras, que sonaban a marcas de

licores; pero yo sabía a qué atenerme y esto aumentaba mi malestar.

Todavía al día siguiente, después de lavarme y frotarme enérgicamente

con jabón, me pareció advertir algunas migajitas adheridas a la piel.

Por supuesto, hice cuanto me fué posible por no acordarme ya de D.ª

Cristina ni del santo de su nombre; y me parece que lo conseguí durante

aquel día. Pero de noche su imagen no quiso apartarse el canto de un é

de mi litera, me tiró de los piés, me agarró de los pelos, me dió de

bofetadas y más tarde, para indemnizarme de estas atroces vejaciones, se

inclinó suavemente y rozó con sus labios mis mejillas.

Al despertar me asaltó una idea luminosa. Debiendo llegar Martí aquel

día, yo estaba en el deber ineludible de ir a esperarle a la estación:

primero, por cortesia; segundo, por evitar que preguntase por mí y esto

originase alguna turbación a su esposa; tercero, porque a D.ª Amparo le

sorprendería que no lo hiciese; cuarto, porque era necesario no dejar

traslucir el desabrimiento que entre nosotros se había suscitado;

quinto... No sé lo que era el quinto, pero tengo una idea vaga de que

existía y que era algo parecido al deseo rabioso que yo sentía de volver

a ver a D.ª Cristina.

El tren correo llegaba por la tarde. Tenía, pues, tiempo sobrado para

medir los inconvenientes de semejante paso y arrepentirme. Pero después

de considerarlo en todos sus aspectos y volverlo a considerar y hacer

infinitos esfuerzos por que Dios me tocase en el corazón, el

arrepentimiento no vino y las piernas me condujeron, casi a mi despecho,

a la estación.

Al poner el pie en el andén atisbé a mis señoras hablando con un

empleado. Desplegando entonces las prodigiosas aptitudes diplomáticas

con que al cielo le plugo favorecerme, crucé por delante de ellas a paso

lento y profundamente absorto en la contemplación de unos montones de

remolacha.

--¡Ribot...! ¡Ribot!

Me paro en firme, lleno de asombro. Vuelvo la cabeza al Sudeste, luego

al Norte, después al Noroeste, y así sucesivamente a todos los puntos

de la rosa náutica, hasta que, después de muchos ensayos infructuosos,

logro dar con el sitio de donde partía la voz.

--¡Oh, señoras!

Me acerqué rebosando de sorpresa y estreché la mano de D.ª Amparo. Fuí a

hacer lo mismo con Cristina y... ¿no había dicho antes que esta dama

tenía la tez blanca? Pues hay que rectificar. En aquel momento me

pareció que había nacido en el Senegal.

Le pregunté por su salud, sin atreverme a extender la mano, y me

respondió, volviendo su mirada a otro lado:

--¿Cómo ha sido eso, Ribot? En todo el día de ayer no ha parecido por

casa, y hoy tampoco.

Me excusé con mis ocupaciones. D.ª Amparo no quiso aceptar la disculpa y

me reprendió cariñosamente. Aquella señora se mostraba conmigo cada vez

más afectuosa y amable. Mientras hablábamos, D.ª Cristina no despegó los

labios. Yo estaba molesto y confuso. No me atrevía a mirarla de frente;

pero la observaba con el rabillo del ojo y advertía que su rostro, en

vez de recobrar el aspecto ordinario, se iba oscureciendo todavía más.

Sus ojos se obstinaban en mirar al lado contrario en que yo estaba.

Doña Amparo, sin darse cuenta de nada, hizo el gasto de la

conversación. Por mi parte, hablaba poco y mal ordenado. Me estaba

pesando atrozmente el haber venido, y sentía impulsos de marcharme con

cualquier pretexto y no aguardar la llegada de Martí. Mas antes de que

pudiera resolverme sonó la trompeta del guarda-agujas anunciado que el

tren estaba a la vista. Ya no era posible hacerlo sin grave descortesía.

Penetró el tren en la estación, y entre el buen número de cabezas que

venían asomadas a las ventanillas de los coches los ojos de D.ª Cristina

descubrieron la de su marido.

--¡Emilio!--gritó con alegría.

--¡Cristina!--respondió él lo mismo.

Y sin aguardar a que el tren parase por completo, saltó al suelo y la

abrazó y la besó con efusión. Pero ella, ruborizada como una colegiala,

sonriendo al mismo tiempo de gozo, se zafó bruscamente de sus brazos.

--¡Siempre la misma!--exclamó él riendo a carcajadas, mientras tendía la

mano a su suegra.

Esta no se satisfizo con la mano, sino que le tomó la cabeza como un

niño y le besó repetidas veces, preguntándole con afanoso interés por el

viaje, y él a ella por su salud.

Mientras hablaban, yo me mantenía respetuosamente alejado del grupo. Mas

he aquí que a los pocos instantes D.ª Cristina vuelve los ojos hacia mí

y me dirige una sonrisa afectuosa, haciéndome al mismo tiempo seña con

la mano para que me acercarse. Aquella sonrisa inesperada me causó tal

gozo y sorpresa que apenas pude disimular la impresión. Me apresuré a

obedecer.

--¡El salvador de mamá!--dijo con un poco de énfasis, presentándome a su

marido.

Este me estrechó las manos cariñosamente, repitiéndome infinitas

gracias. Era un hombre de veintiocho a treinta años, alto, delgado, de

rostro pálido y ojos negros, con barba negra también, sedosa y

abundante; un tipo levantino como el de su esposa, pero débil y

enfermizo, al menos en la apariencia.

--Gracias a su arrojo--prosiguió la dama--no lloramos hoy una desgracia.

--¡Señora!--exclamé--. ¡El hecho no tiene valor alguno! Lo mismo haría

cualquier marinero que por allí cruzase.

Pero ella, sin atenderme, relató el lance con todos sus pormenores,

realzando exageradamente mi conducta.

Este panegírico en su boca, después de lo que había ocurrido, me causó

más vergüenza que alegría. Sentí remordimientos, y lo que en un

principio me pareció solamente leve imprudencia se me representó ahora

como una falta de delicadeza.

Regresamos a la villa y los dejé a la puerta del hotel sin querer

subir, a pesar de las instancias de Martí. En aquellos primeros momentos

la presencia de un extraño tenía que ser molesta. Pero convine con él en

que tomaríamos café juntos por la noche en el _Suizo_. Abrigaba la

esperanza de que traería a su señora, pues a ésta le gustaba dar un

paseo después de la comida.

No se verificó tal esperanza. Martí se presentó solo, manifestando que

su mujer se sentía fatigada y con jaqueca. Pensé que era un pretexto y

me causó tristeza. Quizá disipado el primer instante de alegría efusiva,

habría vuelto la desconfianza y el rencor a su corazón.

Antes de una hora Martí y yo éramos excelentes amigos. Me pareció hombre

simpático, de genio abierto, cariñoso, alegre y un poco cándido. Los

cien negocios que tenía entre manos no le dejaban vagar para fijarse

mucho tiempo en una misma cosa. Saltaba en la conversación de uno a otro

asunto con ligereza, aunque siempre mostrando despejo y energía. Yo le

dejaba hablar observándole con una curiosidad intensa. Lo que más

impreso me quedó de él en aquella primera conversación fué cierto modo

de ahuecar su cabellera ondeada metiendo los dedos por detrás a modo de

peine y tosiendo levemente cuando iba a expresar alguna idea que

juzgaba importante. Este ademán, que en otro quizá pareciera ridículo,

resultaba en él gracioso y de amable ingenuidad. No puedo expresar

claramente los sentimientos que Martí me inspiraba entonces. Eran una

mezcla indefinible de simpatía y repulsión, de curiosidad y recelo que

sólo podrá explicarse el que se haya encontrado alguna vez en situación

análoga a la mía.

El _Urano_ debía zarpar al día siguiente en la marea de la tarde. Por la

mañana me presenté en el hotel a despedirme de mis nuevos amigos. Martí

y su suegra expresaron con calor su disgusto por mi marcha. Cristina no

se presentó. Estaba encerrada en su alcoba arreglándose, a lo que pude

entender, y no tuvo la amabilidad de pedirme que aguardara: antes, al

contrario, se despidió tan apresuradamente que parecía temerlo.

--Adiós, Ribot--gritó desde adentro--. Dispénseme que no salga: es

imposible en este momento. Que lleve usted un viaje muy feliz y le

repito un millón de gracias. No olvidaremos jamás lo que usted ha hecho.

Buen viaje.

Martí quiso que almorzara con ellos; pero tenía mucho que hacer y

rehusé. Además, lo confieso, me sentía tan melancólico que deseaba verme

en la calle. Tanto él como doña Amparo me hicieron mil amables

ofrecimientos para que cuando volviese a Barcelona, ya que el vapor se

detenía allí siempre ocho o diez días, hiciese una escapatoria a

Valencia. Lo mismo él que su esposa tendrían gran placer en hospedarme

en su casa. Vime necesitado a prometérselo, pero con el designio formado

de no cumplir la promesa. Había siempre dificultad en dejar el barco;

pero sobre todo la frialdad hostil que advertía en doña Cristina no me

alentaba a ello.

Por la tarde se presentó a bordo para apretarme otra vez la mano antes

de marchar. Me instó de nuevo calurosamente para que no dejase de

hacerle una visita. Volví a prometérselo con la reserva mental ya

indicada. Al cabo nos despedimos muy afectuosamente y me hice a la mar

prosiguiendo mi viaje a Hamburgo.

[imagen: una barra decorativa]

La alegría del capitán Ribot · 第 18 / 35 题