Espíritu de asociacion.--La Sociedad para prevenir las crueldades
contra los animales.--El Dr. Valentin.--El Sr. Bergh.--Un sermon
elocuente en favor de los animales (nada de materias).--Sérias
meditaciones por encontrarme hecho un animal en el inglés.--Una
lavandera como una Lucrecia.--Varias equivocaciones.
La asociacion, esa faz de la confraternidad humana, ese medio de
multiplicar la luz y la fuerza, tiene en este país su más sorprendente
desarrollo; es el contraveneno del socialismo, cria toda una política
y una manera de ser de este pueblo admirable. Establece el nivel, no
poniendo en accion la envidia y las malas pasiones para abatir al que
sobresale, no; sino haciendo funcionar la inteligencia por agregaciones
armónicas y encendida la noble emulacion, sobrepujar á los que van
delante y están delante. ¡Cuán fecunda es en consideraciones esta
simple manera de comprender las cosas del pueblo americano!
Entre las sociedades que florecen en esta tierra, la que se titula
_Sociedad Americana para prevenir las crueldades contra los animales_,
era objeto de mi constante curiosidad.
El infatigable D. Andrés tiene amistad con el Dr. Valentin, aleman
de nacimiento, sabio arqueólogo, profundo en el conocimiento de las
lenguas, modesto y afable, un caballero tal como podia apetecerse para
hacer una visita á la Sociedad de que es presidente M. Henry Bergh,
amigo de nuestro doctor.
Está situado el despacho de la Sociedad en la esquina de la calle 22
de la Cuarta Avenida; sobre el pórtico, de construccion árabe, se ve
un caballo que parece hacer muy formal centinela al establecimiento de
beneficencia.
Hay un letrero en la puerta que dice: "Remember that He who made thee
made the brute."
Confieso mi pecado; aunque tenia idea de estos establecimientos
en Europa, no les daba la formalidad que en sí tienen y que aquí
comprendí; me parecia que era bastante ocuparse de las gentes para
descender á los caballos, declarándolos punto ménos que nuestros
semejantes.
Presentamos en un escritorio nuestras tarjetas para que se diera parte
al director.
Varios empleados estaban ocupados en afanosos trabajos. Nosotros
recorrimos los cuadros que adornan la pieza.
Los cuadros son recuerdos del martirologio de los animales. Vese por
allí un perro sangrando, vencido en el combate á que lo azuzaron por
especulacion; más adelante un gato gesticula atormentado por los
chicos; como que implora piedad un rocin flaco y lleno de mataduras,
tirando de un carro con un peso enorme.... Interrumpió nuestra revista
el criado, que anunció que nos esperaba el Sr. Bergh.
Representa el estimable presidente de la Sociedad que visitamos, unos
cuarenta y cinco años. Es pálido y de apergaminadas carnes, ojos claros
y lacio cabello, que cae sobre su frente.
El Sr. Bergh ha viajado mucho, hizo su carrera en el cuerpo
diplomático, conoce varios idiomas y posee conocimientos no vulgares en
ciencias y en literatura.
Recibiónos con suma afabilidad en un precioso saloncito, lleno de
libros, de periódicos, de instrumentos y de frenos, herraduras,
collares y lo conducente al alivio de los animales.
Cuelgan de las paredes, con sus notas explicativas, varias tijeras,
punzones, ganchos, espuelas y otros objetos de martirio, recogidos de
manos de verdugos.
Bergh es un fanático penetrado de su alta mision; y como los hombres
de su clase y de su temple, descubre con penetracion microscópica,
tintas, delicadezas, relaciones y empleos de su mision que se escapan á
la vista comun. Habla mesurado; pero una vez en posesion de la verdad
que pretende demostrar, su voz se entona, adquiere verba fecunda y caen
sobre sus palabras fervorosas, centellas de apasionada elocuencia.
--La existencia de los animales, me decia, es el complemento de la vida
del hombre. Luego que un animal aparece acompañando al hombre, se mira
la civilizacion.
Por otra parte, en la organizacion animal, el dolor existe con los
mismos caractéres que en nosotros. Aliviar el dolor, procurar el placer
á los séres inferiores al nuestro, nos mejorará por reaccion; cuidando
á los animales, mejoramos á los hombres.
Si se fuera á analizar la fortuna del agricultor; si la sociedad
tuviera en cuenta la estrechez de sus relaciones; si valuase su
seguridad y sus placeres, hallaria en los animales, lealtad, arrimo,
sufrimiento y ternura.
Vea vd. la escala de la ferocidad; y diciendo y haciendo, nos puso al
frente de magníficos cuadros.
Aquí tiene vd. los combates de gallos; aquí las luchas de perros; aquí
los gladiadores; aquí las corridas de toros; (aquí los héroes militares
que coronan el clímax, le faltó decir)......
Yo me sentí humillado.... recordaba nuestra conducta con los animales;
me veia tentado de pedir perdon, en nombre de mi país, al primer
caballo que topase en la calle.
Para terminar su alocucion, que nos dejó perfectamente convencidos de
la utilidad de la Sociedad, nos leyó trozos de un elocuentísimo sermon
predicado en la Iglesia de San Juan, el 15 de Agosto de 1875, por el R.
Edwin B. Rossell, bajo el siguiente tema:
"Nada es grande ni pequeño, para el Grande Espíritu que anima
el Universo."
Despues de su peroracion, nos dió cuenta de la aprobacion de la
Sociedad por la legislatura del Estado: las leyes que ésta habia
dictado, la cooperacion de la policía en sus trabajos y la vasta
ramificacion que ahora tiene y que consta pormenorizada en su Memoria
anual, de que me regaló un ejemplar, así como otros varios cuadernos y
periódicos que se publican á expensas de la Sociedad, y que ven la luz
en Lóndres y otros puntos.
Más y más complaciente el Sr. Bergh, nos mostró invenciones de bozales
para que los perros, sin dañar, tengan mayor holgura que con los
bozales comunes, frenos de hechuras cómodas y herraduras en que se
mejora en mucho el método comun.
Hablando nosotros del sistema que se sigue de herraderos en nuestro
país, herraderos ó marcas que se hacen con un fierro candente, nos dijo
que en las dependencias de la Sociedad, las marcas se hacen con pintura
adecuada que jamás se borra y liberta de ese suplicio á los animales.
Por último, nos mostró la ambulancia, en que se trasportan al hospital
á los animales enfermos.
Es un gran carro de muelles de cuatro ruedas; el cajon ó cavidad del
carro tiene un doble fondo; el primero lo constituye un tablon que
gira sobre rodillos, y al movimiento de una cigüeña se arrastra hasta
levantar del suelo al animal y colocarlo en la tabla. La cigüeña se
mueve, y con el mayor tiento y blandura queda colocado el animal y es
trasportable cómodamente á grandes distancias.
La vida del Sr. Bergh es una consagracion casi religiosa á dar lleno
á los objetos de la Sociedad; él es el más activo policía, está en
todas partes, se aparece donde se apalea un caballo, donde se atormenta
un gato, donde se hacen degollinas impías de pollos y gallinas; en
las casas de matanza, en donde se sujetan á martirios inútiles á los
animales, y todo con celo tan ardiente, que produce una especie de
veneracion.
A la Sociedad que preside Mr. Bergh se deben las preciosas fuentes que
adornan la ciudad, que constan de un tazon cómodo en que beben los
caballos, una llave económica con su receptáculo y su vaso para que
apaguen su sed las personas, y una taza al pié de la misma columna que
forma la fuente, al alcance y para solaz de los perros. En el remate de
la fuente hay una tacita con agua para los pájaros.
Por última, en el cuarto del Sr. Bergh, en que descansamos, habia
retratos de los bienhechores de los animales.
La Sociedad, aprobada por la Legislatura del Estado en Abril de 1866,
consta ahora de un presidente, diez vice-presidentes, quince socios de
la comision ejecutiva, un tesorero, un consejero y varios veterinarios.
Al separarnos, el Sr. Bergh nos regaló unos libros publicados por la
Sociedad conforme á su instituto, de los que algunos de ellos son
preciosos, como el que trata de la manera de servirse ventajosamente
del caballo.
La visita del Sr. Bergh me dejó complacido al extremo, y con el vivo
deseo de ver introducida en mi país esa institucion, lo que facilitará
el Sr. Bergh luego que se dirija á él cualquiera persona de buena
voluntad.
* * * * *
Estas sérias meditaciones despues de tratarse de animales, es porque me
encuentro más animal que nunca en materia de inglés. Ya están al tanto
mis lectores de mis primeras campañas de San Francisco; ya les puse de
manifiesto mis extravíos en una banqueta, en una mesa de billar, hasta
hacerme popular con los vendedores de papeles á quienes en dia claro
daba una peseta porque me llevaran á mi domicilio; ya hice patente
las luchas entre mi audacia y mi ignorancia: pues, señores, aquí, en
esta gran ciudad, se ha agravado mi mal hasta hacerme creer á veces
que estoy siendo presa de una séria afeccion mental. ¿En qué consiste
que miéntras más brutos sean los individuos aprendan mejor el inglés?
Cualquiera de estos negros que merecen un bozal; cualquiera de estas
arpías que vomita la Italia y que expele la Francia; cualquiera de
estos chinos que parecen de masa cruda, en dos por tres se ponen al
corriente y se incorporan á la humanidad: yo estoy cada vez más bruto,
y cada dia me siento más extranjero.
Yo estudio, consulto, me rompo los cascos, y nada me vale.
Apénas llegué, fuí á la barbería. La barbería tiene sus botes en una
armazon como de tienda, cada uno con su brocha: los barberos estaban
en pechos de camisa, eran como unos gigantes; me tocó el más bárbaro y
colosal, colorado como un rábano, puntiagudo como un caballo de Frisia.
Al entrar me echó una arenga; yo le contesté, á mi juicio, en un inglés
que llevaba preparado; aquella plática era feroz: él comenzó á untarme
de jabon y siempre que hablaba él, yo contestaba acorde: de repente se
me nubló el cuarto; era que tenia la cara y la cabeza debajo del arca
del barbero; no tenia escapatoria, no quise hacer movimiento: cuando
saqué la cabeza de aquel cepo, tenia la cara como una bola de billar;
todo pelo que topó al paso aquel caribe, habia caido bajo su navaja:
bigote, piocha, todo. Cuando me presenté á mis compañeros, soltaron la
carcajada.
¿Vdes. creerán que me enmendé? Pues no, señores.... fuí á la zapatería
con el mismo desenfado.... hablamos el zapatero y yo.... á un signo de
cabeza, botó los zapatos mios y me dejó preso en unos zapaticos que
me hacian bramar.... quise reclamar.... se reian y me daban palmadas
en el hombro.... Si hubiera tenido un _revolver_, le vuelo á uno de
aquellos tunos la tapa de los sesos. Para no cansar á vdes., los
zapatos que tengo puestos, y en los que ando como sobre alfileres, me
han costado treinta y tres pesos; once vale el par, resultado de mis
altercados en las zapaterías.
Pero semejantes _ex abruptos_ solo me caracterizan de pollino; lo que
sí compromete y escuece y puede convertirse en trascendental, es lo que
me pasó con mi lavandera.
Es el caso que la lavandera es una inglesa grave, angosta y larga como
una asta bandera, con sus bucles canos y sus pretensiones juveniles: el
Caballo de Troya puede ser su nieto.
Yo vivo con Francisco en piezas separadas que se comunican. Francisco
es naturalmente grave, melancólico y retraido: se levanta mucho despues
que yo.
Mi lavandera madruga; cuando ménos lo pienso, se cuela en mi aposento
un fantasma envuelto en un negro manteo, con un sombrero como de tres
picos y su canasto bajo el brazo.
La lavandera se habia ausentado hacia dias, de modo que carecia yo de
camisas....
En el inglés de mi uso le dije, poniendo el continente más grave que
pude:
--Es necesario que venga vd. más seguido: saque vd. la ropa.... quítela
de ahí y vuelva dos veces por semana.
A medida que yo hablaba, la arpía aquella se enseriaba, me veia fosca,
se acercaba á la puerta, y desde allí me hablaba....
--Está bien, le decia, creyendo yo que ella se excusaba; si no puede
hacerlo llamaré otra mujer; pero no es mucho pedir que me cambie ropa
seguido....
La mujer tenia los ojos como ascuas y me hablaba incómoda.
Yo le decia en castellano: "No hay nada perdido; si vd. no lava,
vendrá otra...." La mujer hacia seña de llevarse las camisas.... yo
la contenia hasta que no me hablase claro, como si yo entendiera las
claridades en inglés.... la reyerta era espantosa.
Francisco sacó la cabeza y me dijo:
--¿Qué estás altercando, hombre de Dios?
--¿Cómo qué? que el dia ménos pensado me deja esta anciana sin salir á
la calle....
Ella habló con Francisco en inglés, y volviéndose á mí me preguntó:
--¿Pues tú que has dicho á esa mujer? repítemelo,
Repetí muy formal lo que habia dicho.
Francisco reia.
--¡Bárbaro! ¿sabes lo que le estás diciendo á esa mujer?
--¡Cómo que lo sé!
--Le estás diciendo que se quite su ropa, que se desnude....
--Hombre, por María Santísima, ¡que no sigas!.... Vea vd., señora....
véase vd. en ese espejo: yo no puedo decirle semejante cosa....
La tempestad se apaciguó, y las risas de la desdentada lavandera me
ardieron como azotes con ortiga.
Añadan vdes. á esto mis distracciones: el primero, y el segundo,
y el tercer piso de este hotel, son exactamente iguales.... los
mismos pasadizos, los mismos quinqués, las propias ventanas con sus
cortinitas, idénticos botones para abrir y cerrar.
En el piso tercero vive Facundo; unas puertas ántes, un señor que ó
se corta los callos ó se tiñe el bigote.... del otro lado un elefante
femenino, que ó se aprieta el corsé ó engulle fruta como una ardilla.
Yo voy á buscar á Facundo.... por supuesto que me entro de rondon
con el del bigote.... y le digo: _Excúseme_, y él me despide con
un resoplido.... entónces corro avergonzado.... y ¡zas!.... con la
anciana del corsé.... La cosa hubiera tenido consecuencias, si no
fueran conocidas mis distracciones y si no fueran tan comunes estas
equivocaciones por la uniformidad en todo.... ya he dicho que todo
parece hecho con molde.
Cuando en los carros de dormir tenia en las noches que abandonar mi
lecho, dejaba en él por la parte exterior mi levita, mi sombrero, ó
me acercaba gritando; porque ahí las equivocaciones traen aparejadas,
palizas y quebrantamientos de huesos.
Algunos dias ántes de nuestro viaje, con persona despierta y
despabilada, habia acontecido lo que van vdes. á oir.
Viajaba un matrimonio: tomó una seccion ó sean dos nichos, el de arriba
y el de abajo, porque son nichos como los cajones de una cómoda.
El nicho de arriba se dedicó, como siempre, á la señora, por estar
ménos en contacto con los transeuntes; el de abajo lo ocupó el marido.
Las señoras y señoritas americanas hacen esas ascensiones con
sorprendente habilidad; entran elegantemente vestidas, con su gorrillo,
su abanico, su saco de viaje.... apénas desparecen bajo la cortina,
cuando al alzar los ojos se ve en la altura el túnico deshuesado, el
gorrillo colgado y la sombrilla suspendida de la cadenilla del puño:
la dulce mitad del género humano se desenvaina en el aire y se pone en
instantes bajo las sábanas. Es cosa de mágia.
Todo estaba tranquilo en el carro; los tabiques de cortinas, débilmente
alumbrados por un _quinqué_ soñoliento, no se movian.
A cierta hora el marido comenzó á quejarse en voz baja de un dolor
agudo en el vientre, de que padecia. La señora se levantó y fué al
extremo del carro á preparar una cataplasma, cuya confeccion llevaba
á prevencion; calentó la cataplasma en una linterna y la trajo hecha
ascua, porque así se la habia ordenado el médico á su doliente esposo.
Volvió á oscuras casi, levantó la cortina, alzó la camisa al paciente
y le dejó ir la cataplasma ardiendo.... oyó entónces un bufido
atroz.... corrió espantada.... se desató bajo la cortina una tempestad
de picardías.... La pobre señora se habia equivocado, y á un yankee
que dormia tranquilo, le habia tostado la boca del estómago con la
cataplasma, con lo que estaba frenético; la señora permaneció retraída
no sé cuántas horas miéntras pasó la tempestad....
Es comun en uno de esos carros, y aun en los hoteles, que se encuentre
uno en su cama un adjunto que le resuelle al oido.... Vd. se pone en
guardia.... el invasor le calma, y hay escenas en paños menores, de lo
más divertidas.
De los carros no se cuente: su parecido es tan perfecto y á veces se
apiñan en un solo lugar tantos, que va vd. al Norte y resulta en el
Sur; quiere vd. visitar un teatro y se encuentra plantado á la orilla
de un rio.
--Pero le avisa uno al conductor.
--Sí, señor; pero yo que soy un asno en inglés, por decir: "la calle
15," digo: "la calle 55," y me empujan y me abandonan en un despoblado,
en que aseguro á vdes. que estoy en mis glorias.
Toda esta charla debió haber sido una disertacion sobre la importancia
de aprender idiomas; pero me he perdido en divagaciones, y hé ahí....
que tocan á mi puerta recordándome que tengo que estar á las nueve en
punto en la Escuela Normal de Profesores, que está situada entre las
calles 68 y 69, es decir, á más de una legua de este hotel.