Excursion con Francisco.--Los
hoteles.--Continental-Central.--Hoffman.--Otros hoteles.--El
Acuario.--Plantas.--Nichos.--Estanques.--Las focas.--La mujer
pescado.--La ballena.--Títeres como en México.--Regreso al hotel.
Hombre, levántate, son las seis, has dormido toda la tarde. Así me dijo
Francisco ayer sacudiéndome y sacándome del sueño más profundo y brutal
que puede embargar á un ente racional.
Me levanté medio dormido, comí idem y me dejé conducir por esa especie
de locomotora á quien llamo Francisco, y quien una vez que de mí se
apodera, no me suelta hasta dejarme medio derrengado.
Atravesamos _Union-Square_, llegamos, siempre por Broadway, á la altura
de la calle 20. Yo comenzaba á desmoralizarme.
--Ya ví, me decia, que te fijaste en el Hotel Continental; es
magnífico, tiene, como los otros, su primer piso de cristales gigantes;
son estas construcciones, estupendas sin majestad, ricas sin brillo,
de ostentacion soberbia, que despiertan admiracion, pero sin que se
interese el alma por lo bello.
Esto de los hoteles, merece, continuó Francisco, que le dediques
un estudio especial; en lo físico; porque es uno de tantos rasgos
fisionómicos de la vida de este gran pueblo; en lo moral, por su
influencia en las costumbres.
--¿Pues tú qué has observado en este respecto? dije á Francisco.
--He observado, me contestó, que de estos hoteles que se pueden llamar
de primero y segundo órden, que cada uno de ellos representa una gran
fortuna, hay más de ciento cincuenta en la ciudad. En solo esta calle
de Broadway y cercanías, existen más de treinta, y de ellos tienes:
Astor, gigantesca construccion de granito, con cabida para seiscientas
personas.
Colman, con 200 cuartos como los puede apetecer la más refinada
opulencia.
Ya viste á Gilsey; el edificio es de hierro, con seis pisos sobre el
basamento.
La portada es elevadísima, consta de veinte columnas superpuestas
y cierra la portada en el quinto piso, es decir, á la altura de la
segunda escalera de las torres de nuestra Catedral.
El Gran Hotel Central puede contener dos mil personas con toda la
servidumbre, con holgura y con lujo.
Hoffman, de mármol blanco, con todo el refinamiento europeo, le ocupan
ahora trescientas cincuenta personas.
El Hotel Metropolitano, que está inmediato á nuestro hotel, costó
ochocientos mil pesos.
Ten presentes esos ciento cincuenta palacios y amuéblalos en tu mente
con alfombras, vergüenza de la Persia, con paredes de cristales y de
espejos, con regueros de llama en las alturas, con cuadros y estatuas,
cortinajes y gasas, con sillones que chiquean, sofás que acarician,
mecedoras que producen ensueños, y caloríferos y ventiladores para
que el aire sea un halago que esté en espera de las sonrisas y de los
suspiros del placer.
Las estancias de esos grandes hoteles se componen de un salon y una
alcoba: el primero, con todo el lujo de un palacio; la alcoba, con
todas las previsiones del cariño.
El colchon de resortes, la almohada discreta, el cortinaje dócil. El
vaso descansando en el mármol para recibir el agua helada, la maquinita
que suministra un solo fósforo sucesivamente, el baño con su tina de
mármol y agua fria y caliente á toda hora, el comun inglés con agua
corriente.
El hotel es una ciudad en abreviatura: el sastre, el barbero, la fonda,
la cantina, el carruaje, todo está á la mano, y á la mano el telégrafo
para abrazar de una mirada cuanto está pasando en todo el globo.
Pero á más del hotel existe el _Boarding_, término medio entre la
alta y la mediana fortuna, remedo de la vida en familia, y á más del
_Boarding_ el cuarto amueblado y los mil recursos para no llamarse
nadie desamparado en esta moderna Babilonia.
La vida así, se puede calcular desde veinte pesos por persona al dia,
hasta ménos de un peso, sin tocar en los linderos de la pobreza.
En esta sociedad corriente y movediza que se renueva dia por dia, no
hay hogar, hay estaciones, paraderos. Casas, ómnibus, albergues en que
se efectúa el cosmopolitismo y forma sus mosaicos la humanidad, que
tiende á fundirse.
Un hotel es un escaparate en que se da en espectáculo esa humanidad.
En un cuarto, un ruso ostenta su senda cachucha y calza sus pantuflas
de piel; en el otro tararea un frances sus canciones, entre el figurin
de una bailarina y el retrato de Gambetta. El vecino habanero que sigue
fuma sus trabucos y cuenta sus onzas con fanfarronería. Un aleman
soñoliento en el cuarto vecino, calcula frente á un tarro inmenso de
cerveza las idas y venidas del yankee, que queriéndole tiznar, ha de
llegar á ser su presa. Un español aplica su criterio á todo esto que
ve, sin entender palabra, con su Guía de la Conversacion al frente,
para que á lo mejor pida un vaso de agua en inglés, y en respuesta lo
tomen del brazo para llevarlo al excusado.
Y todo esto es tan encallejonado, tan simétrico, tan de iguales
proporciones en su division, que yo llevo más de un mes en el hotel, y
siempre titubeo para hallar mi cuarto y me soplo de rondon á otro en
que presencio inconveniencias que me pueden costar una paliza.
Las muchas comodidades, que presentan los hoteles, su extensa escala
en que caben todas las fortunas, y lo apto que deja al individuo y aun
á la familia para movilizarse, puede influir acaso en que aun personas
que pudieran establecerse en su casa, vivan esa vida comun.
Así disertaba, escuchándome Francisco, aprobando unas veces, otras
corrigiendo mis ideas, siempre haciéndome fijar en los puntos de
partida de mi juicio procedente de mis hábitos, de mis años, de mis
preocupaciones, que algunas veces me hacen creer á mí propio, como
falta de patriotismo, el reconocer lo mucho bueno y admirable que
encierra este país, y constantemente sorprendido con este gentío
inmenso que todo lo inunda, lo mismo las banquetas que los almacenes,
que los ómnibus, que los carros; gentío que se agrupa, que se
arremolina en las bocacalles de Broadway y de las Avenidas, y que corre
como impetuoso rio y salta sobre los obstáculos.
Siempre es nuevo este espectáculo y siempre sorprende esa extension de
una legua de edificios gigantescos como palacios y catedrales, y esa
otra corriente de carruajes en que sobresalen los blancos techos de
los ómnibus, los pescantes y los cocheros de pié, como una poblacion
aparte, movediza, y que se agrupa y se desparpaja en las plazas, y se
escurre y culebrea conforme á los accidentes del terreno.
Pero á pesar del entretenimiento, comenzaba á rendirme: habiamos andado
como treinta calles.
--Francisco, ¿adónde me llevas? Hemos andado mucho más de una legua.
--¡Para un pedacito!.... esto te aprovecha: apóyate en mi brazo.
--Creo prudente que nos volvamos.
--Si ya casi llegamos; ¿ves aquella lista de luz de colores? pues allá
vamos.
--No me digas; si aquí todas son fajas, listas, estrellas, ángulos,
cruces y hasta manos de luz. Las llamas de gas están en todas partes,
en globos de cristal, en vasos de colores, formando árboles de luz
bajo capelos, culebreando en las alturas, derramadas en los salones,
brotando del suelo.
--Ya llegamos: vamos al _Acuario_.
En efecto, en una esquina, que á mí me pareció á muchas leguas de
nuestro hotel, está situado el _Acuario_.
No creia que el _Acuario_ me entretuviese, porque habia visto el de San
Francisco California, y como allí se penetra inesperadamente en una
galería subterránea que nos ciega, al abrirse los ojos entre cristales,
con las plantas marinas y los peces sobre nuestras cabezas, la ilusion
de un viaje submarino es completa.
Se entra al _Acuario_ despues de atravesar un pasadillo lleno de
plantas y de flores.
Es un gran salon inundado de luz, con quinqués y candiles de gas.
Forman líneas paralelas blancos globos de cristal apagado, conteniendo
las llamas, y las líneas de globos forman como tres naves, las
laterales y la del centro, que es muy amplia.
En las laterales hay como grandes nichos ó cuadrilongos de cristales
con agua, iluminados en la parte superior.
En el centro se ve un estanque circular coronado de luces, y en que
entre cristales sube el agua una vara sobre nuestras cabezas.
En uno de los extremos está un estanque con su enverjado y una escalera
al centro; en el opuesto, ó sea la cabecera de la sala, otro estanque,
del que arranca un grupo de rocas naturales, formando en la altura una
especie de gruta.
Entre el estanque central y el promontorio de rocas, en arco extenso
se alza un puente que domina el salon; del puente, se atraviesa á una
pequeña galería en que estaban la orquesta y los cantores. En el centro
del salon hay convenientemente distribuidos sillones, sillas y sofás.
Al pié del salon, ví una como tendida caja cubierta con cortinas
encarnadas y asientos á su frente.
A la entrada se distribuyen, por cinco centavos, índices del Museo,
muy razonados y muy útiles para los curiosos, de los que hay quienes
revisan el inventario número por número.
Recorrimos los nichos de la primera nave á la derecha: allí nos
llamó la atencion un pescado japonés, escarlata y blanco, de airosos
movimientos; tiene la cola como una cauda de seda que cae cuando nada,
y lo mismo son sus aletas.
--¡Estos japoneses son singulares! mira qué pescado como de raso: no se
parece á los otros.
En los demás nichos vimos las carpas que se multiplican á millares,
pescados en su vida íntima girando en todas direcciones ó permaneciendo
inmóviles ó chocando en agitado vaiven; pasamos la nave central y
recorrimos el otro lado del salon.
Allí los nichos están incrustados en la pared, y se ven moluscos
curiosos, plantas marinas, corales, esponjas y otras producciones. Como
en estas materias tengo ignorancia supina, no gozaba lo que otros; por
otra parte, los pescados no son animales simpáticos para mí, y segun
me habia observado Francisco, tienen unas caras de estúpidos y unas
analogías con la gente de sacristía, que me molestan.
Miéntras recorriamos aquellas fracciones de mar; miéntras
contemplábamos á aquellos prisioneros, trasladados á aquel sitio para
que nos revelaran sus costumbres, la música tocaba piezas escogidas, y
voces de músicos mulatos muy entendidos nos halagaban.
Al terminar nuestro paseo por la tercera nave, nos llamó al centro la
atencion la gente que se agrupaba al pozo que está al pié del salon
central.
Un hombre se hallaba colocado en la pequeña plataforma suspendida sobre
el pozo ó estanque. Tocó un timbre y brotaron del seno de las aguas dos
enormes lobos marinos, con sus pieles negras, sin escamas, sus cuellos
rechonchos, sus cabezas agudas y sus ojos redondos y saltones.
Subieron los monstruos, arrastrándose, los peldaños de la escalera, y
se pusieron á los piés del cuidador, quien hizo ver que uno de aquellos
animales está domesticado, y aun repicaba el timbre á la voz de su
señor.
No obstante las muchas seguridades que tienen los espectadores, á mí me
calosfrió el espectáculo.
Dieron de comer á las focas, y el gentío, en que habia muchos niños, se
dirigió al estanque de las rocas, mansion del leon del mar.
Es un animal que tiene el cuerpo como de un becerro pequeño, negro y
lustroso, con enormes aletas envolviendo sus manos y sus garras, y
la cola terminando en enorme abanico. Tiene el animal como cuello y
garganta humanos, y una cabeza de víbora enorme con dos ojos redondos
como de persona.
Su voz es como ladrido gemebundo por intervalos.
El cuidador no se acerca á dar de comer al tirano de las aguas. Este
sale, se sitúa á la orilla de las rocas y espera. Devora pescados
enormes, y para que se vea, desvía el anfitrion la direccion de la
presa y la arroja al agua. Inmediatamente despues se lanza el monstruo,
dejándose ver en toda su deformidad y levantando las aguas con su
golpe, lo que proporciona baños grátis á los espectadores, que se
muestran muy divertidos.
Dejamos el leon para ir á oir á una niña que sobre una mesa declamaba y
á la que nadie entendió palabra.
La caja con cortinas de que hablé al principio era ahora un lago
suspendido en la altura entre cristales, y alumbrado con gas en la
parte superior.
Dentro del agua estaba una jóven bastante gallarda, con _carnes_ que
figuraban escamas de plata.
La jóven tenia una pizarra en las manos. Hablando hablando, se
sumergió, se acomodó sentada en el fondo del agua, tomó el pizarrin y
se puso á escribir como cualquiera oficinista, mostrando en muy buena
y correcta letra lo que escribia. La operacion habia durado más de
un minuto: cuando la jóven volvió á la superficie, se oyó el recio
respirar de todos los espectadores.
La música tocó una cancion melancólica, la jóven volvió á sumergirse,
fingió que luchaba con el sueño.... se tendió en el fondo del lago y se
quedó dormida. Aquel era un espectáculo casi de angustia: el director
de escena, con reloj en mano, iba proclamando los instantes que
pasaban. Muchos tenian sus relojes abiertos. La inmersion, que á mí me
pareció una eternidad, ¡¡¡duró dos minutos!!!
Los aplausos saludaron á la jóven á su reconciliacion con la vida; la
música sonó alegre, y corrimos al puente á ver lo que se anunciaba como
ballena.
La ballena es un gran pescado blanco como de cinco varas, que se traga
los centavos de los crédulos. Es el símbolo del _humbug_ americano.
Cuando estábamos en lo alto del puente, dominando el salon en
espectativa de la ballena, oí unos ecos que me parecieron tan
singulares, tan inverosímiles, tan mexicanos, que, sin quererlo,
absorbieron mi atencion.... Vamos, ¿qué piensan vdes. que era
aquello....? ¿á que no lo dicen....? ¿Se dan por bien vencidos? Pues
bajo el manto de la Vírgen están metidos.
Eran _¡títeres!_ sí, señor, _títeres_: el pito aquel agudo; aquel
sonido.... era de _títeres_, y en teatrito de _títeres_ estaba
convertida la caja.
Los niños eran los dueños de la funcion: agrupados, encaramados en sus
asientos, veian alegres los _títeres_.
Eran _títeres_ de la tierra, sin goznes, y hablando en inglés: ¿á
dónde, me decia yo, de aquel negrito valiente y de sueltas coyunturas
que arma Sanquintin y acaba á puntapiés y puñadas todas las escenas?
¿y aquella Mariquita sacudida y zapateadora? ¿y aquel D. Folías que
estira y encoge las narices? ¿y aquel caballo de la muerte? ¿y Juan
Panadero....? ¿y sus niños, y mis hijos, y México....?
--Francisco.... Francisco.... por la madre que te parió que nos vayamos.
--Miéntras tú te divertiste en los _títeres_, yo he estado viendo una
tremenda lucha. ¿Ves esos cangrejos con sus patas desparramadas, y esas
tenazas....?
--Sí, ya veo, es espantoso.
--Acércate, verás la lucha.
Uno de esos cangrejos tenia entre sus tenazas un animalejo.... lo habia
contundido, le tenia tendido, le extraia las entrañas.... aquello era
horrible.... Estaba reflexionando en que esta es una simple disposicion
del ministerio de la guerra de los pescados.
--En efecto, de que los más grandes devoren á los pequeños.
--Así es la humanidad, me dijo Francisco.
Salimos del _Acuario_.... y anda.... y anda.... y anda.... y anda,
hasta que llegamos á nuestra casa: habiamos andado sesenta y ocho
cuadras.... Subí en cuatro piés la escalera del hotel.