XXVIII

Excursion con Francisco.--Los

hoteles.--Continental-Central.--Hoffman.--Otros hoteles.--El

Acuario.--Plantas.--Nichos.--Estanques.--Las focas.--La mujer

pescado.--La ballena.--Títeres como en México.--Regreso al hotel.

Hombre, levántate, son las seis, has dormido toda la tarde. Así me dijo

Francisco ayer sacudiéndome y sacándome del sueño más profundo y brutal

que puede embargar á un ente racional.

Me levanté medio dormido, comí idem y me dejé conducir por esa especie

de locomotora á quien llamo Francisco, y quien una vez que de mí se

apodera, no me suelta hasta dejarme medio derrengado.

Atravesamos _Union-Square_, llegamos, siempre por Broadway, á la altura

de la calle 20. Yo comenzaba á desmoralizarme.

--Ya ví, me decia, que te fijaste en el Hotel Continental; es

magnífico, tiene, como los otros, su primer piso de cristales gigantes;

son estas construcciones, estupendas sin majestad, ricas sin brillo,

de ostentacion soberbia, que despiertan admiracion, pero sin que se

interese el alma por lo bello.

Esto de los hoteles, merece, continuó Francisco, que le dediques

un estudio especial; en lo físico; porque es uno de tantos rasgos

fisionómicos de la vida de este gran pueblo; en lo moral, por su

influencia en las costumbres.

--¿Pues tú qué has observado en este respecto? dije á Francisco.

--He observado, me contestó, que de estos hoteles que se pueden llamar

de primero y segundo órden, que cada uno de ellos representa una gran

fortuna, hay más de ciento cincuenta en la ciudad. En solo esta calle

de Broadway y cercanías, existen más de treinta, y de ellos tienes:

Astor, gigantesca construccion de granito, con cabida para seiscientas

personas.

Colman, con 200 cuartos como los puede apetecer la más refinada

opulencia.

Ya viste á Gilsey; el edificio es de hierro, con seis pisos sobre el

basamento.

La portada es elevadísima, consta de veinte columnas superpuestas

y cierra la portada en el quinto piso, es decir, á la altura de la

segunda escalera de las torres de nuestra Catedral.

El Gran Hotel Central puede contener dos mil personas con toda la

servidumbre, con holgura y con lujo.

Hoffman, de mármol blanco, con todo el refinamiento europeo, le ocupan

ahora trescientas cincuenta personas.

El Hotel Metropolitano, que está inmediato á nuestro hotel, costó

ochocientos mil pesos.

Ten presentes esos ciento cincuenta palacios y amuéblalos en tu mente

con alfombras, vergüenza de la Persia, con paredes de cristales y de

espejos, con regueros de llama en las alturas, con cuadros y estatuas,

cortinajes y gasas, con sillones que chiquean, sofás que acarician,

mecedoras que producen ensueños, y caloríferos y ventiladores para

que el aire sea un halago que esté en espera de las sonrisas y de los

suspiros del placer.

Las estancias de esos grandes hoteles se componen de un salon y una

alcoba: el primero, con todo el lujo de un palacio; la alcoba, con

todas las previsiones del cariño.

El colchon de resortes, la almohada discreta, el cortinaje dócil. El

vaso descansando en el mármol para recibir el agua helada, la maquinita

que suministra un solo fósforo sucesivamente, el baño con su tina de

mármol y agua fria y caliente á toda hora, el comun inglés con agua

corriente.

El hotel es una ciudad en abreviatura: el sastre, el barbero, la fonda,

la cantina, el carruaje, todo está á la mano, y á la mano el telégrafo

para abrazar de una mirada cuanto está pasando en todo el globo.

Pero á más del hotel existe el _Boarding_, término medio entre la

alta y la mediana fortuna, remedo de la vida en familia, y á más del

_Boarding_ el cuarto amueblado y los mil recursos para no llamarse

nadie desamparado en esta moderna Babilonia.

La vida así, se puede calcular desde veinte pesos por persona al dia,

hasta ménos de un peso, sin tocar en los linderos de la pobreza.

En esta sociedad corriente y movediza que se renueva dia por dia, no

hay hogar, hay estaciones, paraderos. Casas, ómnibus, albergues en que

se efectúa el cosmopolitismo y forma sus mosaicos la humanidad, que

tiende á fundirse.

Un hotel es un escaparate en que se da en espectáculo esa humanidad.

En un cuarto, un ruso ostenta su senda cachucha y calza sus pantuflas

de piel; en el otro tararea un frances sus canciones, entre el figurin

de una bailarina y el retrato de Gambetta. El vecino habanero que sigue

fuma sus trabucos y cuenta sus onzas con fanfarronería. Un aleman

soñoliento en el cuarto vecino, calcula frente á un tarro inmenso de

cerveza las idas y venidas del yankee, que queriéndole tiznar, ha de

llegar á ser su presa. Un español aplica su criterio á todo esto que

ve, sin entender palabra, con su Guía de la Conversacion al frente,

para que á lo mejor pida un vaso de agua en inglés, y en respuesta lo

tomen del brazo para llevarlo al excusado.

Y todo esto es tan encallejonado, tan simétrico, tan de iguales

proporciones en su division, que yo llevo más de un mes en el hotel, y

siempre titubeo para hallar mi cuarto y me soplo de rondon á otro en

que presencio inconveniencias que me pueden costar una paliza.

Las muchas comodidades, que presentan los hoteles, su extensa escala

en que caben todas las fortunas, y lo apto que deja al individuo y aun

á la familia para movilizarse, puede influir acaso en que aun personas

que pudieran establecerse en su casa, vivan esa vida comun.

Así disertaba, escuchándome Francisco, aprobando unas veces, otras

corrigiendo mis ideas, siempre haciéndome fijar en los puntos de

partida de mi juicio procedente de mis hábitos, de mis años, de mis

preocupaciones, que algunas veces me hacen creer á mí propio, como

falta de patriotismo, el reconocer lo mucho bueno y admirable que

encierra este país, y constantemente sorprendido con este gentío

inmenso que todo lo inunda, lo mismo las banquetas que los almacenes,

que los ómnibus, que los carros; gentío que se agrupa, que se

arremolina en las bocacalles de Broadway y de las Avenidas, y que corre

como impetuoso rio y salta sobre los obstáculos.

Siempre es nuevo este espectáculo y siempre sorprende esa extension de

una legua de edificios gigantescos como palacios y catedrales, y esa

otra corriente de carruajes en que sobresalen los blancos techos de

los ómnibus, los pescantes y los cocheros de pié, como una poblacion

aparte, movediza, y que se agrupa y se desparpaja en las plazas, y se

escurre y culebrea conforme á los accidentes del terreno.

Pero á pesar del entretenimiento, comenzaba á rendirme: habiamos andado

como treinta calles.

--Francisco, ¿adónde me llevas? Hemos andado mucho más de una legua.

--¡Para un pedacito!.... esto te aprovecha: apóyate en mi brazo.

--Creo prudente que nos volvamos.

--Si ya casi llegamos; ¿ves aquella lista de luz de colores? pues allá

vamos.

--No me digas; si aquí todas son fajas, listas, estrellas, ángulos,

cruces y hasta manos de luz. Las llamas de gas están en todas partes,

en globos de cristal, en vasos de colores, formando árboles de luz

bajo capelos, culebreando en las alturas, derramadas en los salones,

brotando del suelo.

--Ya llegamos: vamos al _Acuario_.

En efecto, en una esquina, que á mí me pareció á muchas leguas de

nuestro hotel, está situado el _Acuario_.

No creia que el _Acuario_ me entretuviese, porque habia visto el de San

Francisco California, y como allí se penetra inesperadamente en una

galería subterránea que nos ciega, al abrirse los ojos entre cristales,

con las plantas marinas y los peces sobre nuestras cabezas, la ilusion

de un viaje submarino es completa.

Se entra al _Acuario_ despues de atravesar un pasadillo lleno de

plantas y de flores.

Es un gran salon inundado de luz, con quinqués y candiles de gas.

Forman líneas paralelas blancos globos de cristal apagado, conteniendo

las llamas, y las líneas de globos forman como tres naves, las

laterales y la del centro, que es muy amplia.

En las laterales hay como grandes nichos ó cuadrilongos de cristales

con agua, iluminados en la parte superior.

En el centro se ve un estanque circular coronado de luces, y en que

entre cristales sube el agua una vara sobre nuestras cabezas.

En uno de los extremos está un estanque con su enverjado y una escalera

al centro; en el opuesto, ó sea la cabecera de la sala, otro estanque,

del que arranca un grupo de rocas naturales, formando en la altura una

especie de gruta.

Entre el estanque central y el promontorio de rocas, en arco extenso

se alza un puente que domina el salon; del puente, se atraviesa á una

pequeña galería en que estaban la orquesta y los cantores. En el centro

del salon hay convenientemente distribuidos sillones, sillas y sofás.

Al pié del salon, ví una como tendida caja cubierta con cortinas

encarnadas y asientos á su frente.

A la entrada se distribuyen, por cinco centavos, índices del Museo,

muy razonados y muy útiles para los curiosos, de los que hay quienes

revisan el inventario número por número.

Recorrimos los nichos de la primera nave á la derecha: allí nos

llamó la atencion un pescado japonés, escarlata y blanco, de airosos

movimientos; tiene la cola como una cauda de seda que cae cuando nada,

y lo mismo son sus aletas.

--¡Estos japoneses son singulares! mira qué pescado como de raso: no se

parece á los otros.

En los demás nichos vimos las carpas que se multiplican á millares,

pescados en su vida íntima girando en todas direcciones ó permaneciendo

inmóviles ó chocando en agitado vaiven; pasamos la nave central y

recorrimos el otro lado del salon.

Allí los nichos están incrustados en la pared, y se ven moluscos

curiosos, plantas marinas, corales, esponjas y otras producciones. Como

en estas materias tengo ignorancia supina, no gozaba lo que otros; por

otra parte, los pescados no son animales simpáticos para mí, y segun

me habia observado Francisco, tienen unas caras de estúpidos y unas

analogías con la gente de sacristía, que me molestan.

Miéntras recorriamos aquellas fracciones de mar; miéntras

contemplábamos á aquellos prisioneros, trasladados á aquel sitio para

que nos revelaran sus costumbres, la música tocaba piezas escogidas, y

voces de músicos mulatos muy entendidos nos halagaban.

Al terminar nuestro paseo por la tercera nave, nos llamó al centro la

atencion la gente que se agrupaba al pozo que está al pié del salon

central.

Un hombre se hallaba colocado en la pequeña plataforma suspendida sobre

el pozo ó estanque. Tocó un timbre y brotaron del seno de las aguas dos

enormes lobos marinos, con sus pieles negras, sin escamas, sus cuellos

rechonchos, sus cabezas agudas y sus ojos redondos y saltones.

Subieron los monstruos, arrastrándose, los peldaños de la escalera, y

se pusieron á los piés del cuidador, quien hizo ver que uno de aquellos

animales está domesticado, y aun repicaba el timbre á la voz de su

señor.

No obstante las muchas seguridades que tienen los espectadores, á mí me

calosfrió el espectáculo.

Dieron de comer á las focas, y el gentío, en que habia muchos niños, se

dirigió al estanque de las rocas, mansion del leon del mar.

Es un animal que tiene el cuerpo como de un becerro pequeño, negro y

lustroso, con enormes aletas envolviendo sus manos y sus garras, y

la cola terminando en enorme abanico. Tiene el animal como cuello y

garganta humanos, y una cabeza de víbora enorme con dos ojos redondos

como de persona.

Su voz es como ladrido gemebundo por intervalos.

El cuidador no se acerca á dar de comer al tirano de las aguas. Este

sale, se sitúa á la orilla de las rocas y espera. Devora pescados

enormes, y para que se vea, desvía el anfitrion la direccion de la

presa y la arroja al agua. Inmediatamente despues se lanza el monstruo,

dejándose ver en toda su deformidad y levantando las aguas con su

golpe, lo que proporciona baños grátis á los espectadores, que se

muestran muy divertidos.

Dejamos el leon para ir á oir á una niña que sobre una mesa declamaba y

á la que nadie entendió palabra.

La caja con cortinas de que hablé al principio era ahora un lago

suspendido en la altura entre cristales, y alumbrado con gas en la

parte superior.

Dentro del agua estaba una jóven bastante gallarda, con _carnes_ que

figuraban escamas de plata.

La jóven tenia una pizarra en las manos. Hablando hablando, se

sumergió, se acomodó sentada en el fondo del agua, tomó el pizarrin y

se puso á escribir como cualquiera oficinista, mostrando en muy buena

y correcta letra lo que escribia. La operacion habia durado más de

un minuto: cuando la jóven volvió á la superficie, se oyó el recio

respirar de todos los espectadores.

La música tocó una cancion melancólica, la jóven volvió á sumergirse,

fingió que luchaba con el sueño.... se tendió en el fondo del lago y se

quedó dormida. Aquel era un espectáculo casi de angustia: el director

de escena, con reloj en mano, iba proclamando los instantes que

pasaban. Muchos tenian sus relojes abiertos. La inmersion, que á mí me

pareció una eternidad, ¡¡¡duró dos minutos!!!

Los aplausos saludaron á la jóven á su reconciliacion con la vida; la

música sonó alegre, y corrimos al puente á ver lo que se anunciaba como

ballena.

La ballena es un gran pescado blanco como de cinco varas, que se traga

los centavos de los crédulos. Es el símbolo del _humbug_ americano.

Cuando estábamos en lo alto del puente, dominando el salon en

espectativa de la ballena, oí unos ecos que me parecieron tan

singulares, tan inverosímiles, tan mexicanos, que, sin quererlo,

absorbieron mi atencion.... Vamos, ¿qué piensan vdes. que era

aquello....? ¿á que no lo dicen....? ¿Se dan por bien vencidos? Pues

bajo el manto de la Vírgen están metidos.

Eran _¡títeres!_ sí, señor, _títeres_: el pito aquel agudo; aquel

sonido.... era de _títeres_, y en teatrito de _títeres_ estaba

convertida la caja.

Los niños eran los dueños de la funcion: agrupados, encaramados en sus

asientos, veian alegres los _títeres_.

Eran _títeres_ de la tierra, sin goznes, y hablando en inglés: ¿á

dónde, me decia yo, de aquel negrito valiente y de sueltas coyunturas

que arma Sanquintin y acaba á puntapiés y puñadas todas las escenas?

¿y aquella Mariquita sacudida y zapateadora? ¿y aquel D. Folías que

estira y encoge las narices? ¿y aquel caballo de la muerte? ¿y Juan

Panadero....? ¿y sus niños, y mis hijos, y México....?

--Francisco.... Francisco.... por la madre que te parió que nos vayamos.

--Miéntras tú te divertiste en los _títeres_, yo he estado viendo una

tremenda lucha. ¿Ves esos cangrejos con sus patas desparramadas, y esas

tenazas....?

--Sí, ya veo, es espantoso.

--Acércate, verás la lucha.

Uno de esos cangrejos tenia entre sus tenazas un animalejo.... lo habia

contundido, le tenia tendido, le extraia las entrañas.... aquello era

horrible.... Estaba reflexionando en que esta es una simple disposicion

del ministerio de la guerra de los pescados.

--En efecto, de que los más grandes devoren á los pequeños.

--Así es la humanidad, me dijo Francisco.

Salimos del _Acuario_.... y anda.... y anda.... y anda.... y anda,

hasta que llegamos á nuestra casa: habiamos andado sesenta y ocho

cuadras.... Subí en cuatro piés la escalera del hotel.

Viaje a los Estados Unidos, Tomo II · 第 86 / 94 题