Un Shadow.--El baile.--Elegancia de las damas.--El
Tívoli.--Funámbulos.--Evoluciones militares.--Cuadros
animados.--La rendicion de Lee á Grant.--El Dr. Navarro.--El
Sr. Lic. Ignacio Mariscal.--Brodway.--Descripcion de la
ciudad.--Numeracion de las calles.--Diferencia entre calles y
avenidas.--Casas y grandes edificios.--Rótulos y avisos.--Iglesia
de la Trinidad.--Correos.--Casas consistoriales.--Los
niños y los pájaros.--Caractéres de Brodway.--Perfiles del
yankee.--Limpiabotas.--Vendedores de periódicos.
Va vd. á ver un _Shadow_, me dijo uno de los amigos; todavía no es
hora de los eclipses, y diciendo y haciendo: atravesó un wagon, lo
detuvimos, y á los quince minutos estábamos á media legua de distancia
(calle 31).
Era un salon ovalado ceñido por un corredor estrecho en su medio, en
que estaban colocadas sillas con damas y galanes. Bajo el corredor, y
siguiendo su forma, habia tambien una hilera de sillas.
El tapiz del salon es de madera barnizada de amarillo jaldre, pero tan
bruñida, que mas bien se patina que se baila.
En el corredor estaba la orquesta: á su pié, en grande tarja, decia:
"Lanceros:" sonó un pito del todo igual á los pitos con que se anuncia
en las esquinas la partida de un tren, y de todas partes acudieron
parejas ya convenidas, que instalaron su baile, anunciando los cambios
de figuras una especie de jefe de maniobra, con gritos desaforados,
pero con la exactitud y formalidad con que se pueden dar las voces de
mando en un escuadron de caballería.
La mujer se entregaba al baile con gorrillo y capota, con su
portamonedas ó su ramo de flores en la mano, y si hubiera sido la hora,
creo que con su canasto con verdura debajo del brazo. Pero el trage es
esmeradamente elegante, los guantes irreprochables, fino el pañuelo;
el abanico que cuelga á su cintura, pendiente de una cadenilla, casi
lujoso; solo al levantar airosa de un lado la falda de su túnico, y no
siempre, se suele ver la pata ilícita del grumete, del soldado omiso,
del barrendero de calles: aquella pata es toda una inconsecuencia, una
salida, no de pié de banco, sino de pié de yankee.
Las parejas no conversan durante el baile, ni en los intervalos: se
entregan á su tarea preocupados de su negocio.
El hombre, pelon, de cuello tirante, de hundidos hombros y saliente
pecho, guarda compostura, y está en general vestido de negro, salvo
una que otra excepcion, que no es repugnante para ellos. Ese es el
escéntrico, un original de chaleco y corbata blancos y descomunal
zapato bajo, con pliegues en la pala, enormes moños de liston y
hebillas de acero.
En el corredor hay cuchicheos y risotadas, viajes al salon en que está
la cantina, confianzas, pero no altercados; y cuando el baile termina,
se extiende el ruido, y la sed se despierta con furia, apagándose con
limonadas, _coptails_, cerveza y Champaña.
Cuando el wals deja oir sus acentos vertiginosos, entónces la
excitacion es estupenda: en el tablon bruñido, las parejas se arrastran
como hojas secas que arrebata el torbellino, y hay caidas tremendas,
entrando en la diversion el descoyuntamiento de uno de aquellos atletas
de la danza.
Entre doce y una de la noche se anuncian las sombras (_Shadow_).
Apáganse las luces de gas aunque no totalmente: frente dos potentes
reverberos colocados en lo alto del corredor, se ponen vidrios verdes,
azules, colorados, amarillos y de color de violeta, y así se hace la
_sombra_ en el salon.
Pero la sombra no es, como se cree, una cerrada de párpados de la
policía; podrá autorizar alguna licencia, le pondrá una máscara á la
etiqueta; pero no es el dominó que cubra la decencia. Sin embargo,
la extrañeza irrita el contento y se espera con ansia la hora de las
sombras.
Los extranjeros pasan entre los concurrentes al _Shadow_ inapercibidos,
contraen relaciones fáciles sin más que algun empellon al paso, que
se disculpa con un _excúseme_ (dispense vd.), que es paliativo de
un pisoton que hace ver las estrellas y lo seria de la sacada de un
ojo. Pasa el extranjero, busca á sus paisanos, bebe y bromea pugnando
por aprovechar el caudal de voces que les tiene suministrado el
Diccionario, alguna Guía de la conversacion ó el Ollendorf.
A otro teatro _bar-room_ he asistido, que me pareció más aristocrático,
y sobre todo sin sombras: El Tívoli.
El Tívoli es un salon con simétricas y apartadas bancas de madera.
Entre sus filas están colocadas de trecho en trecho pequeñas mesitas,
consistentes en un pié derecho de fierro y un círculo de palo de nogal.
Descansan en las mesitas copas y vasos con cerveza, _coptails_, ponches
y limonadas.
A la espalda del espectador hay una especie de galería que cobija gente
_más comunicativa_, pero que no caracteriza la concurrencia.
Habia aquella noche prodigios de sonambulismo, saltos desesperados de
acróbatas y no sé cuántas cosas más.
Cantó y representó una niña que más bien inspiraba compasion.
Llegué cuando hacia hervir desenfrenada la alegría una escena de
negros, que son favoritas de este público.
Es la tal escena una tempestad de gritazos, de patadazas, de caidas,
de rodadas, puñetazos, bofetadas, empujones y gritos, que tiemblan las
carnes.
El negro llega atarantado, la mujer riñe, los dos se golpean. El
público se muestra en el éxtasis del contento.
Hay teatros de mala muerte, por supuesto destinados á estas
diversiones, de que ya dimos idea hablando de California.
Formaron parte de la diversion lo que se llama evoluciones del 7.º
regimiento.
Estos son actores iguales, bien conformados, en mangas de camisa y con
calzones _ad hoc_ de tela de plata, que hace visos deslumbradores.
Van marcando el paso los soldados con el zapateo característico de la
punta del pié y el talon, llevando los sones y redoblando con agilidad
extrema.
Las evoluciones son de exactitud perfecta: despues de los ejercicios
militares, y siempre al són de la música, siguen los cuadros; ya es
la guardia contra la caballería, ya el soldado herido, ya alusiones á
hechos heróicos de la última guerra, es decir, de la guerra que cuenta
aún recientes víctimas, que derramó sangre que humea, por decirlo así,
al rededor de los circunstantes.
En el penúltimo cuadro, en primer término, aparece Lee entregando su
espada á Grant; el primero flaco, majestuoso, vestido de gris, con
su luenga barba cana y sus cabellos blancos; el segundo, chaparro,
regordete, de barba negra y espesa, de vulgar fisonomía, con su inmenso
puro en la boca, arrojando nubes de humo.
El pueblo aplaude con frenesí, y no se ofende por los testimonios de
simpatía y los hurras! á Lee.
En el último cuadro, en medio de las armas y banderas, vencedor y
vencido aparecen dándose la mano, coronando sus cabezas la aureola de
la paz.
El entusiasmo no tiene límites; se golpean las bancas y se silba,
que es el modo especial de aplaudir de la gente de trueno; suenan
desaforados los clarines, el tambor parece hundir el techo, y al ondear
el pabellon de las estrellas, se siente caliente el aire con el orgullo
que se apodera de los hijos de Washington.
Miéntras se verifican las escenas descritas, ni un instante dejan de
circular los criados de las cantinas con sus uniformes encarnados y sus
placas al pecho, distribuyendo licores y refrescos: atraviesan tambien
las filas niñas vendedoras de bizcochos y dulces en sendas canastas, y
vendedores de flores de exquisito gusto, que matizan sus ramos con rara
habilidad.
* * * * *
Uno de mis primeros cuidados al llegar á Nueva-York, fué visitar al Dr.
Navarro, amigo de mis primeros años, y bajo todos conceptos persona
distinguida.
Es Navarro de tipo indígena, macizo y ancho; su frente larga y angosta
deja percibir una cabeza realmente achiflonada y obtusa, largos y
lacios cabellos blancos se fugan de su frente como para parapetarse en
su cerebro: los ojos son grandes y revelan su alta inteligencia; su
nariz afilada, su boca de par en par, ancha y bien poblada de blancos
dientes.
Navarro en la ciencia es considerado como un ornamento; en su juventud,
coronó la admiracion sus lindos versos y su sano criterio como
literato; y un fondo de audaz filosofía y de honradez sin mancha, hacen
de Navarro un hombre querido y respetable.
En su trato familiar es llano y chancero; como patriota cumplió con su
deber ejerciendo su profesion en los campos de batalla, y á todas sus
prendas da realce una firmeza grande de principios y una modestia que
rayaria en desprecio de sí mismo, si no se tuviera la persuasion de su
valía.
Con Juan Navarro me informé detenidamente, cuando le ví, de la salud y
del punto en que habitaba mi querido amigo Ignacio Mariscal, nuestro
ministro en los Estados-Unidos.
Navarro me dijo que Mariscal estaba bueno, y que habia salido de la
ciudad á pasar en el campo la mala estacion.
Aunque la posicion oficial de mi amigo y mi situacion peculiar,
hubieran podido ser para mí un retraente, al Sr. Mariscal lo he visto
como persona de mi familia, y siempre me he honrado con su amistad.
Amigo muy íntimo de su excelente padre, tuve conocimiento con el jóven
cuando salia del colegio y se recibia de abogado.
Su vasta instruccion y sus claros talentos, me hicieron solicitarlo
para emplearlo en el Ministerio de Hacienda, donde confirmó la idea que
tenia de su aptitud, y me lo hizo doblemente recomendable su probidad.
En el Congreso Constituyente se distinguió por la firmeza de sus
principios, por su palabra fácil y elocuente, y por el tino con que
tomaba parte en los debates.
Buen ciudadano, excelente amigo y ejemplar hijo, es fuerza querer á
este Nacho, importándome una higa su posicion oficial. Por otra parte,
en México otra posicion oficial le sirvió para colmarme de atenciones y
dispensarme favores á mí y á mi familia, por lo que le profeso sincera
gratitud.
Mariscal es de mediana estatura, fisonomía franca y alegre, ojos
negros, con algo de inquietud en sus movimientos, y mímica expresiva en
su conversacion.
Habla el inglés con propiedad y elocuencia, así calificado por los
americanos entendidos.
Conoce Mariscal, como muy pocos, las costumbres americanas, y en cuanto
á la cuestion política, puede jactarse de haber atendido con sagacidad
y zelo los intereses de México, siendo sus notas modelos de dignidad y
de sabiduría.
Por último, Mariscal es universalmente querido y estimado de la gente
encopetada de la _Casa Blanca_.
Yo queria que Nacho me instruyese sobre varios puntos, esencialmente
sobre los literarios, porque Mariscal conoce bien la literatura
americana, y además de hacer él por su cuenta y riesgo lindos versos,
traduce, como ya verán mis lectores, con admirable propiedad. Aquella
su mansion campestre me puso de mal humor.
Pero para llegar á Navarro era forzoso andar media ciudad, es decir,
una gran parte de la calle de Brodway, ó como diria uno más pedante que
yo, el gran simpático del gigante.
Yo, que como vdes. saben, extravío rumbo en mi misma cama, no me
consideré capaz de atravesar el inmenso mar cuyo ruido estaba y estoy
escuchando desde mi cuarto, como oia yo desde el Hotel Spencer la voz
de la catarata del Niágara.
Pedí amparo á un tierno y generoso amigo, entendido en estas
excursiones, á quien llamaré Francisco, para complacerme con el
recuerdo del nombre de uno de mis hijos.
Francisco tiene una inteligencia como luz, y una paciencia para conmigo
como alma de Job.
La puerta del Hotel Saint Julien está á pocos pasos de la calle de
Brodway: llegamos á su esquina, y me quedé realmente estupefacto y
aturdido de tanta grandeza y tanto y tan increible movimiento.
--Despierta, _Fidel_, no te aleles, que te veo como dormido; oriéntate
desde ahora, porque te vas á perder aun yendo de mi brazo.
Figúrate la ciudad, permitiendo que te hable con la mayor vulgaridad,
como una inmensa lengua en la que estuviese trazado imperfectamente un
tablero; las casillas de ese tablero corren de Norte á Sur y de Oriente
á Poniente. Ahora, figúrate tendida en diagonal imperfecta de N. O. á
S. E., una línea que culebrea y corta irregular las casillas en toda la
extension de la lengua: esa línea es la calle de Brodway.
Figúrate ahora atravesada la lengua por otra línea central; esa es lo
que se llama _Quinta avenida_.
De este centro parte la numeracion, desde el uno al Este, y desde el
uno tambien al Oeste, de suerte que hay dos unos, dos doses, etc.,
pero correspondiendo cada uno á su viento, con total independencia;
así, pues, la distincion de Este y Oeste es indispensable para no
encontrarse sin saber realmente cuál es tu mano derecha.
Tambien ha sido necesario distinguir la diferencia entre avenida y
calle. Avenida es la calle que corta la ciudad en toda su longitud de
Norte á Sur, y calle la que atraviesa á lo ancho la ciudad de Oriente á
Poniente.
De la antigua ciudad holandesa, llamada Wite-hall, te hablaré despues.
Por lo que te acabo de decir comprenderás, ante todo, la inmensa
importancia de Brodway.
Brodway, abriendo sus fauces en el mar y corriendo fuera de la ciudad,
forma el intestino inmenso del coloso, distribuye, en su _zig-zag_
opulento, la vida á todas las extremidades del gran cuerpo, recibe
los jugos nutritivos de la existencia de la sociedad de Nueva-York y
la concentracion de su accion es de tal manera pujante, que á las dos
ó tres calles de su contacto en todas direcciones, con excepcion de
las avenidas, parece que uno habita en una ciudad abandonada, con una
poblacion de puritanos; reina el silencio y por las desiertas banquetas
atraviesan las gentes, como los delgados hilos que se han separado del
cauce de un rio caudaloso.
No sé cuántas más reflexiones continuó haciendo Francisco, porque
yo, realmente, como despertando de mi aturdimiento, me daba cuenta
confusamente de lo que tenia delante de los ojos.
Hasta donde alcanzaba mi vista, por uno y otro extremo y á mi espalda,
se extendian y levantaban inmensos edificios cuya altura me era
desconocida en esa tenaz continuidad, es decir, del doble ó triple alto
de nuestras casas comunes, más altos que el Hotel de Iturbide ó la casa
que llamamos de los Azulejos.
Vária es la conformacion de las casas: á veces un edificio compone una
manzana entera. Elevadas, angostas en lo general, como superpuestos
trozos que forman cuatro, cinco, seis y siete hileras de ventanas con
sus vidrieras, que no se abren sino que alzan ó bajan sus cristales; es
algo de la ventana del claustro, con sus persianas verdes hácia fuera,
como una ave clavada en la pared con las alas extendidas.
Esta conformacion de ropero y de estuche, esta arquitectura de
portavianda, da aspecto triste y solitario á la parte superior de la
ciudad, que no tiene balcones, terrados ni azoteas, sino casquetes y
tejavanas.
Pero en la calle de Brodway, las casas que describo hacen paso
constantemente á edificios inmensos de cantería y ladrillo, de fierro y
mármol.
La hilera simétrica la interrumpen en las calles frecuentes escaleras
con sus barandales de piedra; amplias fachadas con las secciones del
piso divididas por airosas columnas, pórticos magníficos de bolsas,
bancos, templos, balaustradas, estatuas, bastiones, cúpulas y torres.
Las torres son cónicas, acabando en delgadas puntas, y hay como
tropeles en los aires, de agujas, veletas, columnas y banderas.
Hemos indicado que el primer piso es el característico de la calle de
Brodway, cuyo centro está empedrado de adoquines de granito.
La calle es amplísima, y sus banquetas de grandes losas, de cuatro y
seis varas, hacen carriles de uno y otro lado, de ocho ó diez varas de
anchura.
La acera tiene un escalon pegado al edificio, escalon de cantería, pero
lleno de bastidores de fierro, en los que hay incrustadas pequeñas
ruedas de cristal de roca, porque sirven de respiradero y tragaluz á la
ciudad subterránea que bulle bajo nuestros piés y asoma sus aparadores,
sus muestras, y sus faroles y reverberos al ras de la banqueta. Ese
corrido escalon es como un aparador de cinco millas, con barriles,
alfombras, carritos para los niños, estatuas de indios, moros y
guajiros de las tabaquerías, y hasta una mula enjaezada saliendo de un
almacen, para anunciar una talabartería.
Hemos dicho que las paredes pueden llamarse diáfanas por la ostentacion
de cristales de sus aparadores; la publicidad es el gran recurso de
vida, y en ese anuncio material se ha agotado el escándalo, si fuera
lícito que nos expresáramos así. ¿Qué esfuerzo no hará cada uno para
acentuar su personalidad en aquel tumulto?
Las mercancías gritan al marchante, las sastrerías exponen en fila sus
manequíes vestidos de todo á todo, con sus ojos de esmalte inmóviles,
con sus cabezas descubiertas; las modistas trasladan á sus aparadores
_ladies_ en efigie, que sonríen y tienen ataques de nervios, vestidas
de encajes, y terciopelo y seda; los peluqueros exponen cabezas rizadas
perfectamente; los vendedores de pieles tienen osos y tigres tras de
sus vidrios; los disecadores de pájaros, tucanes y pavos reales; los
vendedores de ídolos y mandarines chinos, ostentan piedras, turbantes y
huesos; y el aparador del _restaurant_ contiene pavos y pollos pelados,
trozos de carne suculenta, encendidas fresas, robustos espárragos entre
flores, caprichos de jaleas y bizcochos, fuentes artificiales, salsas,
_pickles_ y latas.
Y á pesar de tanta charla de joyas, de lienzos, de granos, vestidos
y muñecos, los anuncios sobresalen y dominan, no obstante que no hay
casa, ni ventana, ni quicio, que no tenga letrero.
La pared es como el periódico, es una pared parlante; están no solo
los nombres de los comerciantes, sino listas de sus efectos, y esto,
en un objeto cualquiera sobre la azotea, en diez banderas que cuelgan,
en estandartes clavados en el suelo, en la cornisa, en la columna, en
el árbol, flotando ó incrustado en relieve, ó pintado, de madera ó de
piedra, de lienzo ó de espejo.
Ya son los anteojos colosales, ya la caja del daguerreotipo, ya un
brutal sombrero, ya un zapato monstruoso, una bomba, un almirez, un
oso subiendo por un árbol; y el aviso se hace campana, bandera, acento
humano, proclama, verso, pintura, capricho y ensueño.
Y como si nada de esto bastase, va un hombre en la calle con dos cajas
colgadas al cuello, y camisas en el interior del aparador ambulante,
otro enarbola una farola, y un carro que atraviesa está compuesto de
puros avisos, y todo esto póngase en accion, anímese con un avalanche
de carruajes y con doscientas ó trescientas mil personas constantemente
en circulacion, en el extenso y serpeante trayecto, en su mayor parte
vestidas con decencia, si no es que con lujo, y apénas se podrá formar
ligera idea de la calle de Brodway.
En su conjunto, las impresiones se atropellan y confunden con los
objetos que las despiertan.
La sola hilera de ocho millas, es decir, cerca de tres leguas, á los
lados de las aceras, de astas con travesaños en que descansan los
alambres telegráficos, son un espectáculo magnífico; y cuando se
reflexiona en que esos delgados hilos que forman redes, y á veces
como tela aérea que hace sombra en el suelo, llevan como en canales
misteriosos las ideas y el progreso y la confraternidad al mundo,
entónces se glorifica el hombre y siente en sí su grandeza inmortal.
--Estás engentado, me decia Francisco, no quieras apurar de un sorbo
todas las emociones. Esa iglesia, ¿te gusta? mírala bien. Es la
Trinidad.
--La veo: sus proporciones son de arquitectura gótica; pero es hermosa
y descuella con cierta majestad dentro de su barandal de fierro.
--Tienen 50 piés de altura sus paredes, y desde esa elevada torre de
más de doscientos piés, se percibe perfectamente la ciudad.
Este edificio tiene su historia: data su orígen de los tiempos de
Guillermo III y de María.
La devoró un incendio; se reedificó en 1778; el año de 1839 sufrió una
trasformacion, y la construccion que ves es de 1846.
--Hermoso balaustrado le rodea; ¿y qué papel hace ese cajon pegado al
barandal?
--Ese cajon pide limosna; pero no creas que de dinero: pide que los que
desechen los periódicos que hayan leido, los dejen en ese cajon para
beneficio de los hospitales.
--Así, los enfermos que pueden, leen grátis, dije yo.
--No es precisamente eso, sino que ese papel se vende y produce gruesas
sumas.
--Son estos hombres originales. ¿No es este un cementerio?
--Sí lo es, me replicó Francisco; el monumento que estás mirando es de
los que murieron aquí, en Nueva-York, prisioneros por la causa de la
independencia.
--Allí está el sepulcro de Alejandro Hamilton, uno de los padres de la
Constitucion Americana, y grande amigo de Washington.
--Tienes razon, me dijo Francisco. Hamilton sobresale entre los más
elevados titanes que hicieron la independencia y constituyeron este
pueblo.
Nació en las Indias en 1787: perteneció desde muy jóven al ejército
americano, y estuvo al lado de Washington hasta la conclusion de la
guerra.
Elegido diputado, se hizo muy notable en la tribuna; en union de Jay
y Madison, redactó _El Federalista_, que es un cuerpo de doctrina
admirable. Nombrado tesorero, desplegó raros talentos administrativos.
Al fin murió en un duelo á que fué provocado por Aaron Burr, cuando
tenia cuarenta y siete años de edad. Allí está su sepulcro.
--Es lástima, seguí diciendo á mi paciente guía, que no me haya
atrevido á pasar del lado opuesto de la calle, porque queria ver á mi
sabor la Casa de Correos, que me pareció una inmensa catedral; pero era
forzoso pasar á escape por aquel laberinto de caballos y ruedas.... es
imposible, no sé como no hay á cada momento mil desgracias.
Hemos de venir por la otra calle para ver ese edificio que impera en
esa linda plaza, con su musgo verde, sus arboledas, sus fuentes y sus
cómodos asientos.
--Esa es la casa del Ayuntamiento: á sus lados se ven dos bastiones,
y el ancho edificio se extiende entre ellos con su amplia y tendida
escalera, sus arcos y su extensa balconería.
Fíjate bien en el edificio; tiene 250 piés de largo por 150 de ancho, y
97 piés desde la base al vértice superior del frontispicio.
La cúpula que corona el edificio tiene 250 piés de elevacion.
--Así dicen que es el Capitolio de Washington.
--Yo no le encuentro mucha semejanza. De todos modos, el pórtico es
soberbio y la escalinata justamente celebrada.
--¡Qué alegría! Nueva-York es la metrópoli de los niños y de las
mujeres.
--_Fidel, Fidel_, no me quieras hacer impresiones de viaje á la
francesa; no quieras juzgar del hombre por la blanca pechera de su
camisa que tiene diamantes.
--Francisco, yo no saco consecuencias; digo lo que veo y nada más: por
ejemplo, ¿qué quieres? á mí me llaman la atencion hasta los pajaritos
que andan descuidados entre la gente, como Pedro por su casa.
--Pues más te admirarias cuando supieras las severas prohibiciones
para que se hostilice á esos músicos de la ciudad. ¿Ves esas jaulitas
pegadas á los troncos de los árboles? pues son hoteles para que los
pájaros se guarezcan del frio y aniden, y eso lo costea el Ayuntamiento
ó los particulares.
Sabe más: hace años destruian esos hermosos árboles unos gusanos
repugnantes á la vista. Entónces se importaron de Inglaterra más de
tres mil pájaros que ingresaron á la ciudad con todos los honores de la
policía, y naturalmente crecieron y se propagaron extraordinariamente.
En las calles, en los parques, al rededor de las fuentes y en las
banquetas, los gorriones caminan y dan sus saltitos, sin que haya una
sola vez que se les hiera, que se les persiga ni moleste.
Muchas veces interrumpen el paso y se les tiene que separar del
tránsito agitando el sombrero; la templanza de costumbres que esto
revela, el hábito de conservacion, parece ser característico en este
pueblo, y acaso sea uno de sus elementos de poderoso desarrollo.
El yankee es altamente subordinado; un renglon en una pared, renglon
que supone cierto derecho, es bastante para la conservacion del órden.
_No se fuma_,--_Aquí no se pegan papeles_,--_Guardad silencio_, etc.,
son preceptos que no se quebrantan, que tienen como vigilantes de su
observancia á los ciudadanos todos; este hábito del pueblo, como tal,
garantiza el respeto á la mujer, la bondad y dulzura con los niños, la
veneracion con los viejos y el buen trato á los animales. Repito que el
espectáculo de los pajaritos me habló muy alto en favor de la poblacion
de Nueva-York.
--Me llama la atencion tambien que no atraviesen por aquí cocineros ni
gente de escaleras abajo, carnes y vituallas.
--Eso es porque aunque todo lo que puedes vas considerando, observó
Francisco, no te has detenido competentemente en calcar en tu magin la
parte más característica de Broadway; es que ese pueblo encallejonado,
esa arteria inmensa, ese canal por donde parece que corre el mundo, no
tiene casas de habitacion.
Son tiendas, son almacenes, son muebles animados que completan el
negocio: en Broadway no existe el hogar.
El letrado, el mercader, el banquero, viven fuera de esa calle en que
se vende y se compra, se suma y se resta. El hombre se entrega allí
á sus negocios, y cuando se retira á su casa, no gusta que nadie le
interrumpa con lo perteneciente á sus ocupaciones.
Así es que, personas que tienen su oficina en Broadway, viven á ocho y
diez leguas de distancia, que recorren en el ferrocarril diariamente;
por esto no se percibe el tráfico del hogar.
En los claros de los escalones verás nombres, como anuncios, de
personas que tienen en los pisos altos sus despachos, en oficinas
varias contenidas en un mismo edificio.
Un abogado, un banquero, un comisionista, un impresor, un librero,
despachan en esas oficinas que quedan desiertas á cierta hora.
La manera de dividir las tareas y los goces domésticos, (que es entre
paréntesis tradicion inglesa), hace decir muy generalmente que el
americano no tiene familia, ó por lo ménos, que se relajan mucho esos
vínculos; pero esa no es la verdad, si se toma la observacion en toda
la extension que quieren darle. Por el contrario, el americano suele
concentrarse en esos goces íntimos, respeta la independencia de la
mujer, y es tierno á su modo y considerado con los niños.
Aun hay más: en lo general es receloso y poco comunicativo; no abre,
como nosotros, las puertas de su casa y su confianza al advenedizo que
captó en la primera entrevista sus simpatías; estudia y espera, y solo
despues de algun tiempo, dispensa su amistad, que es de buena ley entre
la gente decente.
Quedéme pensativo, no sabiendo si aprobar ó replicar á la plática de
Francisco; pero algo que hablaba en el suelo y se habia apoderado de
uno de mis piés, me hizo abandonar toda reflexion.
El chico que me hablaba de rodillas, con su cachucha y su paletó y
sus calzones remangados, dejando ver sus blancas pantorrillas y sus
desnudos piés, era simplemente un _limpiabotas_ que se ofrecia á
comunicar lustre á mis zapatos, por cinco centavos. En toda la calle de
Broadway cruzan estos chicos y hombres más cumplidamente vestidos, que
ejercen igual oficio.
Llevan en la mano un pedazo pequeño de alfombra, una cajita que guarda
la bola y los cepillos, y en la tapa de madera, saliente, como la suela
inversa de un zapato. En la calle, sin ceremonia alguna, cuando más,
arrimado á cualquier poste, tiende su pié el transeunte, se apoya en el
otro y se procede á la restauracion del lustre.
Yo dejé que el muchacho hiciera lo que le pareciera. Se apoderó de mi
pié, escupió sus cepillos, tomó uno en cada mano, fijé el pié víctima,
en la inversa planta de madera, y aquel fué restregar.... Yo, que tengo
los piés de vidrio, sudaba, soplaba, y al fin me desprendí de las manos
de aquel caribe, en un pié, y ardiendo mi alma.
Pero en materia de profesiones de muchachos, nada me llamó más la
atencion que el vendedor de periódicos.
En la organizacion de todo periódico hay marcadísima distincion entre
la parte intelectual, y la de negocio ó administrativa.
Respecto del reparto en las ciudades como Orleans, hay los dependientes
que sirven á los suscritores, y ejemplares que se expenden á esos
vendedores ambulantes, con un tanto por ciento de ganancia. En
Nueva-York no hay suscritores.
Antes de la salida del periódico, hormiguea el despacho ó puesto
comisionista, con cientos de muchachos, que son como los tubos del gas
intelectual.
Sale el periódico, lo recoge la turba y se dispersa corriendo y
proclamando su papel, encareciendo las noticias y hasta atisbando y
conociendo á los que le pueden interesar.
Se introducen en cafés y hoteles, trepan en los wagones, asaltan la
testera del ómnibus, se escurren en los teatros, y saltan de una
citarilla y de una rendija. En general son de buenas costumbres los
tales chicos: socorren á sus padres, y se cuenta de hombres opulentos,
que vendiendo periódicos, empezaron á edificar cuantiosas fortunas.