XV

El Parlor-Car.--El rio Hudson.--Los suburbios de Nueva-York.--La

gran estacion del ferrocarril.--Entrada á Nueva-York.--Primeras

impresiones.--Quinta avenida.--Plaza de Washington.--El

hotel.--Primera excursion.--Brodway á prima noche.--De dia.--El

cochero y los carreteros.--"Columbia Opera House."--Un

entreacto.--La cantina.--A dormir.

Frustrado el viaje por agua por falta de vapores, salimos de Albany

en un _Parlor-Car_, con la mayor comodidad.--El _Parlor-Car_, ó

Carro-salon, como suele llamarse, lo forman tres saloncitos que se

unen ó separan por medio de sus elegantes puertas. En cada uno de los

saloncitos hay ocho poltronas giratorias de terciopelo ó tafilete, y

durante el viaje, puede caminarse en aislamiento completo, en íntima

comunicacion con las personas de su familia, con total desahogo.

A poco de partir el tren, ó mejor dicho, ántes de partir, ya

admirábamos el extenso rio Hudson, con sus aguas azuladas y

relucientes, rizando la superficie un viento apacible que levantaba

vellones de blanca espuma.

Alegres vapores atravesaban el rio, sonando sus agudos pitos y haciendo

temblar los aires con sus alaridos de marcha; botes y barquichuelos,

grandes y pequeños, se deslizaban en todas direcciones, activando

el trabajo; y pomposa la embarcacion antigua, llevaba con majestad

hinchadas sus velas, y se cantoneaba como una ave acuática, alzando sus

palos entre el humo de las chimeneas de los vapores.

A lo léjos, parecian espiarnos entre los árboles las mil casitas

blancas con sus cercados y sus flores, sus animales domésticos y sus

chimeneas y palomares invadiendo el espacio.

Extiéndese el terreno en uno y otro lado del rio, en séries de

empinadas y deprimidas lomas que forman pequeñas colinas, hondos

valles, laderas caprichosas cubiertas de verde aterciopelado, que con

los claros que dejan los árboles al separarse, ó con las sombras que

forman cuando se apiñan, hacen el lujo de los hermosos caprichos de la

luz.

El suelo y el rio entran en lucha abierta con el ferrocarril, y

entónces nos absorben las mil peripecias de la carrera del monstruo

titánico que nos conduce. Invade por una y más veces el camino el rio,

y el reptil gigante lo salva sobre pequeños ó levantados puentes;

obstínase el rio, parece detenernos en su carrera: entónces, como una

ancha faja, desenvuelve la madera sus durmientes, lecho de los rieles,

y cruza la poblacion errante sobre las aguas, equilibrándose trémula

y viéndose azotar las olas bajo el puente inseguro. Esos muelles y

puentes parecen á lo léjos una fila de arañas acuáticas que sumergen

sus patas en el agua: es el cientopiés que pone el lomo para que corra

sobre él el vapor.

Empéñase el camino, y cierran las montañas y las lomas el paso á los

viajeros; entónces se verifica la horadacion de la montaña, ya ligera,

ya dilatada y laboriosa. En el primer caso, es un rápido eclipse que

todo lo borra, que hace desaparecer instantáneo el paisaje, al ruido

agudo de la máquina que pasa como sobre un teclado; en el segundo, es

la noche, es la tiniebla asaltándonos y obligándonos á una excursion

en lo desconocido y terrible: una hundicion por el estremecimiento,

el choque por algun derrumbamiento no podido observar, una desviacion

del riel, un clavo flojo, todo nos puede sepultar en la nada. Oyense

como estertor las voces humanas; la luz de los cerillos alumbra

cavernosa.... blanquean al fin las paredes desiguales del túnel, y

relinchando triunfal con su penacho de llamas, al ruido de sus pasos,

al clamoreo de su campana, se baña el tren de luz y jadea satisfecho,

como un gladiador que quedó vencedor en la lucha.

Y la lucha del rio es tenaz, sesga, abierta, toma la curva ó se

precipita recta, se alza ó se deprime, y al combatirlo ó evitarlo el

tren, lo observa desde la opuesta orilla el bosquecillo de sombras

apacibles, el caserío opulento y la tupida arboleda, por donde

chimeneas y almenas, minaretes, cúpulas y miradores caprichosos, lo

van siguiendo, ya dispersos en la falda de la loma, ya apiñados en las

alturas.

El rio cobra las proporciones de un mar; se convierten las lomas en

altas montañas; barcos soberbios y botes humildes cruzan las aguas; las

chimeneas de las fábricas levantan plumeros de humo; tiemblan en los

aires los tendones del telégrafo, proclamando la superioridad sublime

de la mente; un escándalo, una explosion de formas y matices nos

embargan y producen emociones de delicias.

Apénas han contemplado los ojos el castillo feudal rodeado de árboles,

cuando nos arrebata la atencion el sembrado curioso; vamos á detenernos

en observarlo, y los pescadores nos distraen con sus tareas afanosas;

queremos fijar el cuadro en nuestra imaginacion, y nos arroba el

sepulcro solitario al pié de la loma, á las orillas de las aguas que

parecen cantar una balada eterna al eterno sueño del polvo humano.

El camino más y más poblado, los paisajes más y más hermosos, no nos

hicieron reflexionar que estábamos en Pickiskill, frente á su magnífico

_restaurant_ y junto á una opulenta fábrica de chimeneas.

Andando, andando, pareció como que el rio se habia perdido, y establos,

maquinaria, madera amontonada y chozas humildes, nos cercaron.

Pero á poco, por entre las colinas, columbramos la reverberacion de las

aguas que corrian caracoleando en la orilla, entre isletas cubiertas de

árboles que se ven en su espejo, produciendo esas vistas inversas en

que las copas de los árboles como que cuelgan y están mirando de cabeza

la profundidad del vacío.

Pasó el tren bajo los arcos gigantescos de un puente cruzado por

multitud de coches y carros, que parecian atravesar los aires, y al

fin como vencedor, á su vez, empujando en semicírculo inmenso montañas

gigantescas, apareció el rio, anunciando la inmensidad del mar.

El tren, como evitando la continuacion de la terrible lucha, se

refugió en los brazos de la ciudad, que le esperaba amorosa como para

compensar con caricias y agasajos sus fatigas.

En el curso rápido que seguiamos, por las ventanillas del carruaje,

como por los vidrios de un estereoscopio, íbamos distinguiendo cercas

y hortalizas, casas de campo con su pórtico, sus amplios corredores

de madera, sus canastillos de flores suspendidos en alambres sobre

las puertas, y sus cortinajes en el interior de las habitaciones; y

estos augurios de lujo y de cultura, son entre las peñas, sobre las

rocas, aprovechando los más leves recursos del terreno, casas opulentas

que dan al viento veletas y banderas, y casucas sucias y oscuras,

ostentando en tendidos cordeles calzoncillos abiertos de piernas,

camisas boca abajo y enaguas humildes, columpiándose con insolente

desfachatez, como secciones del cuerpo humano en vacaciones.

Y en los claros que deja la roca, y en las latas que forman las

cercas, y en los tablones, que no paredes de la casa, y en el suelo y

en todas partes se ve, abriendo tanta boca, el aviso, que es en este

país la langosta, el mosquito, el acreedor, el pariente pobre del

infeliz viandante, tras una mata _Sozodout_: en un palo _Vinegar_, en

una lata _Bitters_, una camisa pintada, un chino, una fila de galgos

interminable, una tempestad de motes de negros que fuman, de turcos que

gruñen, de suertistas, adivinos, funámbulos, sonámbulos y.... la mar....

A poco de entrar en la ciudad, y cuando desaparece su iniciativa de

aldea, la calle se hunde como haciendo una plancha gimnástica, entre

dos barandales que la sostienen.

Corre el tren, y hay una sucesion rapidísima de fajas de luz y de

sombra, que producen la alucinacion. Pide uno la explicacion del

fenómeno, y es producido porque una calle se hundió en medio de las

aceras de la que estaba construida, y quedaron las casas como filas de

tropa á los lados de un canal. Entónces se avanzaron los tránsitos de

las calles trasversales y se convirtieron en puentes, que suspendidos

sobre la hundicion, producen aquellos efectos de luz.

Pero la locomotora se envuelve en perfecta tiniebla, y es porque el

túnel la lleva dentro de su pecho; de vez en cuando la luz como que

respira, saliendo á flor de tierra, y deja ver círculos luminosos.

Es que la calle, sobre el cielo de la bóveda del túnel, ha cobrado su

continuidad, y en ella florece, entre los enverjados de fierro, un

jardin pintoresco, figurando los respiraderos cestos de flores, en que

se entretejen las enredaderas y cuelgan sus campánulas con simétrica

compostura.

Y cuando todo esto se explica; cuando la poblacion subterránea siente

el estremecimiento de la poblacion que corre en la superficie, se busca

involuntariamente en el suelo otra superposicion de séres que tambien

vayan de viaje por regiones desconocidas.

Al dejar la locomotora su manto de sombras y aparecer en el tumulto

de la estacion, se nos figura que un mundo de séres invisibles nos ha

venido acompañando y han cobrado con la luz, en insurreccion de vida,

las formas humanas.

Estábamos en la inmensa estacion: los trenes quedaban como un caballo

jadeando, que se para al finalizar su carrera; otros trenes estaban

descargando bajo la bóveda inmensa de fierro y cristales de la

estacion.

De las escaleras de los trenes descendian raudales de viajeros,

extendiéndose y corriendo en varias direcciones, como las olas de

detenidas aguas cuando el dique se rompe en partes diferentes.

El viajero expedito, con su saco en la mano, cayendo y perdiéndose en

la multitud; la familia formando plaza con maletas y gorros, paraguas y

bastones, el botiquin de los señores grandes, la maceta y la jaula del

canario.

Centenares de agentes de hoteles, carreros y cocheros, esperan en la

puerta á las familias.

La familia española es la característica: las libertades de los nenes,

el orgulloso continente de las damas, lo ladino de las criadas y la

suficiencia del señor que tiene muchos pesos, todo cae por tierra;

ellos imponen su idioma, recurren á las señas, buscan entre aquel

tumulto un intérprete. Si hay un hábil en el círculo, ese es la

víctima.--¿Qué es lo que dice?--Recomiéndele vd. mi perico.--Dígale que

ese es mucho dinero ganado por mi marido con su sudor y su trabajo.--El

yankee urge, el intérprete dice lo que se le antoja.--Las viejas

claman: "Ordinariote, salvaje," y los señoritos infatuados traducen á

su modo el _all right_, el _go ahead_ y las palabras no muy cultas de

la gente de látigo.

Teniamos decidido parar en el _Hotel de San Julian_ (Sn. Julien Hotel):

entramos en un ómnibus, dimos las señas, y adelante.

Ibamos viendo altísimas casas de opulencia suma, anchas banquetas como

para contener diez personas en fila marchando con desahogo, diáfanas

paredes de cristales, porque así puede llamarse á la sucesion no

interrumpida de aparadores, y el tumulto de sombreros y sombrillas,

castañas y gorros en las banquetas, y de ómnibus, coches, _buggies_,

diligencias y wagones en el medio de la calle.

La gente me parecia que iba como á una gran festividad, tanto así me

deslumbró el lujo. Uno de los amigos que nos acompañaba nos decia:

"Esta es la famosa quinta avenida: la piedra de que están

fabricadas esas casas es la de moda, _Brown Stone_ (piedra

morena).

"Las ventanas que sacan el ojo al ras de la banqueta son de

los comedores; esos que remedan balcones son de las grandes

salas de alfombras turcas, de candelabros gigantes, de

ensueños de porcelana y cristal, de oro y de sedas.

"¡Qué escaleras! qué pórticos y qué profusion de

magnificencia! Ese es el Hotel Everett, uno de los más

opulentos: se puede calcular el precio por persona en diez

pesos; pero es soberbio, y aun los hay mejores.... Fíjese vd.

en esa estatua ecuestre: es la célebre estatua de Washington,

con su sombrero en la mano; parece derramada el alma del héroe

en la felicidad de su pueblo."

¡Hermosa plaza! los niños corren con sus aros y las nodrizas empujan

las carretelitas de los bebes.--Ya sabrán vdes. la historia de aquella

mano.--Parece brotar de aquella fuente polvo de cristal....

Instalados en el hotel, y descansando con los ojos cerrados en mi

cuarto, me parecia el recuerdo de un delirio la memoria de mis primeras

impresiones.

Dormia, en la más prosaica acepcion de la palabra, cuando de tropel

entraron á mi cuarto unos chicos de buen humor y me arrebataron

en medio del ruido tumultuoso, entre miles de carruajes que hacen

peligroso el tránsito, á que viese un teatrito de segundo órden,

frecuentado por gente alegre.

Sabian mi propósito de verlo todo para todo contarlo, de escabullirme

en encrucijadas y vericuetos, en régios salones y en _meetings_

tempestuosos, de llevar mi daguerreotipo frente á la Aspacia y á la

Lucrecia, lo mismo reproduciendo el palacio espléndido, mansion del

opulento, que la oscura buhardilla, antro de la miseria.

Era de noche: la parte alta de la ciudad, con pocas excepciones, se

percibia oscura y desierta; era una masa negra y maciza, como un muro

inmenso; pero ese muro se rompia de trecho en trecho, en claros de luz

deslumbradora, como una compuerta que por sus grietas dejase salir las

aguas.

Sobre el muro se iba alargando el horizonte sembrado de estrellas, ó se

rompia expansiéndose en bocacalles y plazas.

El aspecto de la calle de Brodway (calle ancha), en que me encontraba,

era deslumbrador: veíanse en alto bombillas de cristal, reverberando

con la luz del gas y formando esplendorosa faja sobre las banquetas

amplísimas, trazando en la sombra un carril que se prolongaba

por más de dos leguas: sobre aquella faja estallaban los globos

de cristal apagado, de gigantescos candelabros, arcos con globos

tambien suspendidos á la entrada de cantinas y fondas, y surgian en

promontorios y cascadas, grandes luces escarlatas, azules y rojas,

reverberos de ráfajas de fuego, con todos los matices y todos los

tintes de la luz, en aquel inmenso festin de perspectivas y primores.

Son como dos raudales de rayos de sol que chocan y se desbaratan en

estrellas, en rieles de oro, en cascadas de esmeraldas, en rocas de

ópalo y rubí.

La parte inferior de los edificios puede llamarse diáfana, tan

gigantescos y limpios son los cristales que las constituyen, y de los

que están hechos aparadores riquísimos iluminados en la parte interior;

en los aparadores están agotando las mercancías la persuasion, las

seducciones, la súplica, la sorpresa y el mandato.

Ya son sombreros de todas las formas, de todas las fisonomías

imaginables, expuestos en gradas ó suspendidos en alambres:

inmediatamente despues se divierte la vista con naranjas envueltas

en sus papeles, plátanos á medio pelar y manzanas lustrosas con sus

mejillas de escarlata: se separan los ojos de la fruta, y se despeña

en cascadas que forman las alfombras, ó en montones de petacas,

carteras y útiles de viaje, de vaqueta y cuero de Rusia: apénas vuela

la mirada sobre esos útiles, cuando examina sobre negro terciopelo,

collares de diamantes y de perlas, sortijas como chispas de fuego,

mancuernas amorosas, prendedores lascivos, aretes acariciadores y

adornos de peinado provocativos: un paso más y es un piélago de encajes

y listones, entre cuyas ondas sobrenadan fallitas de niños, golas,

baberos y mantillas: otro paso, y es un caos de zapatos, desde el botin

de raso y oro de la _lady_, hasta la falúa inverosímil que calza la

pata inconmensurable del hombre del Kentuky....

El cuadro, de dia especialmente, lo animan multitud de paseantes; los

vendedores de bizcochos, dulces y frutas que se instalan á los lados

de las banquetas; los pegadores de loza y vidrio; los carrillos con

cacahuates, que aquí tienen rara preponderancia; los aparadorcillos de

navajas, collares y anillos de _dublé_, y los canastos de preciosos

ramilletes de las floristas.

En el centro de la calle son las encontradas corrientes de carruajes,

con sus caballos arrogantísimos y sus cocheros, que á lo léjos muestran

en la poblacion aérea, los diferentes grados de la fortuna.

El cochero del banquero, con sus guantes blancos, su frac de paño y su

continente aristocrático, como desertado de una recepcion diplomática;

el del ómnibus, con su gestudo sombrero como un retruécano, la tez

aguardientosa y las manos como de corteza de árbol; el conductor del

carro, con su cachucha y en mangas de camisa; y el negro carretero, con

su sorbete estupendo, sus colosales botas y su leviton abierto como las

dos alas de un ropero, cimbrándose y dando cada grito que tiembla el

mundo.

Desde el rio de luz de la calle de Brodway se van viendo, al tocar en

las bocacalles, travesías de ménos luz, ó sombras cruzadas por hileras

silenciosas de farolas, en cuyas aceras se anuncia con mayor luz alguna

diversion.

Llegamos al teatro llamado "Columbia Opera House," que se encuentra en

la esquina de la calle 12.

El teatrito es reducido, más reducido aún que nuestro teatro de

Corchero, con toscas bancas en el patio y una sola hilera de palcos,

coronada por una desmantelada galería.

Como ya sabemos, no hay telones que desciendan; son tablones corredizos

divididos en dos secciones, los que forman la decoracion.

El palco escénico es muy pequeño, cubierto por las dos alas de una

cortina encarnada.

Nos posesionamos de un palco: á nuestra entrada, la orquesta, en que

los palillos, el tambor, y sobre todo las trompetas, hacen gran papel,

tocaba algo de sentimental y quejoso.

Eran los cuadros plásticos, es decir, personas que con camisetas

y calzones de punto que remedan la carne humana, figuran grupos

históricos con perfeccion. Es la enseñanza objetiva de la historia;

para el libertino, funge de incentivo; para el artista, de estudio.

Representábase el Juicio de Paris; el teatro estaba medio oscuro; en el

escenario se destacaba, entre un raudal de luz eléctrica que atravesaba

sobre el cuadro, el grupo.

Hermoso el pastor mitológico, las deidades olímpicas en actitudes

deliciosas.... cayó el velo, la música incitó el clamoreo del aplauso.

Abrióse la cortina, y se recreó la vista con un grupo de amazonas.

El grupo en que Frinea revela su hermosura con arrogancia triunfal,

desarmando al areópago, me encantó, y me encantó porque cuando en

esos grupos se observa el arte, se hace el culto de la estética, se

glorifica la forma, como que revive y palpita la epopeya, como que se

escucha suspirando la lira de Homero, en torno de esas hermosuras que

han atravesado luminosas los siglos.

Y sin embargo, el pérfido albayalde de la diosa, la justipreciacion

de sus formas, el nombre real de la chica de corta fortuna, escupido

entre negra saliva de tabaco, aniquilan el ideal y nos sepultan en

repugnantes realidades.

Apénas se indicó el entreacto, cuando pollos alentados, viajeros

curiosos, zorros de entre bastidores y _cazadores de gangas_, dejaron

sus asientos, atravesaron excusadas escaleras é invadieron un pequeño

salon con sus mesas, su mostrador y su expendio de licores, cerveza,

refrescos y tabacos.

Entre el humo en que se veian sorbetes y fieltros, rostros encendidos

de bebedores, fisonomías de muchachos despiertos y canas de vejetes

despabilados, fueron penetrando bulliciosas, saltadoras y con descoco

inaudito, las deidades olímpicas, con sus lanzas de palo, sus cascos

groseros de carton, sus collares y pulseras de cuentas de papelillo

y vidrio, sus ropas de telas ordinarias, escudos, cetros y todo el

descolorido atavío del teatro de la legua.

La jóven se sienta marcial, es invitada ó invita, se hace de confianza,

toma el peso á la cadena del reloj, se extasía con los anillos,

diciendo que son lindos, espléndidos, y que le vendrian bien.

Paletós y senos palpitantes, morriones y sorbetes, paraguas y escudos,

mantos de púrpura y sacos rabones. Minerva con su cigarrillo,

inclinando la frente bajo las alas del sombrero tendido de un

labriego, Frinea componiéndose un zapato, otra divinidad con tantos

bigotes de cerveza.... y no más, y nada más: por más que la malicia

quiera protestar en contrario, toda aquella alegría artificial, todas

aquellas miradas de pacotilla, toda esa mercería de _dublé_, compuesta

de sonrisas, suspiros, celos y lágrimas, no es la lujuria, no la

desenvoltura, no la orgía; es simple y friamente la especulacion del

_bar-room_. Habrá sus ajustes exteriores, habrá la que se quiera; pero

allí solo se trata de la venta de licores, entre el humo, los gritos y

el aparato calculado del placer.

De repente suena una campana, y como bandada de gorriones que entre

los surcos pepenaban el grano cuando oyen el tiro, vuelan ninfas y

pastoras, nos codean y rozan, descendiendo por los angostos pasillos,

sílfides, náyades y bayaderas, y el cortejo de bebedores sale como un

convoy fúnebre del salon, que queda desierto.

Mis amigos estaban contentos, se aumentaba su gusto con la presencia de

mis primeras impresiones: ellos eran soldados aguerridos.

Eran más de las doce de la noche: en el centro de la ciudad no cesaba

el movimiento; las calles apartadas dormian profundamente, como los

lacayos en las escaleras que conducen á un salon de baile.

Viaje a los Estados Unidos, Tomo II · 第 66 / 94 题