El Parlor-Car.--El rio Hudson.--Los suburbios de Nueva-York.--La
gran estacion del ferrocarril.--Entrada á Nueva-York.--Primeras
impresiones.--Quinta avenida.--Plaza de Washington.--El
hotel.--Primera excursion.--Brodway á prima noche.--De dia.--El
cochero y los carreteros.--"Columbia Opera House."--Un
entreacto.--La cantina.--A dormir.
Frustrado el viaje por agua por falta de vapores, salimos de Albany
en un _Parlor-Car_, con la mayor comodidad.--El _Parlor-Car_, ó
Carro-salon, como suele llamarse, lo forman tres saloncitos que se
unen ó separan por medio de sus elegantes puertas. En cada uno de los
saloncitos hay ocho poltronas giratorias de terciopelo ó tafilete, y
durante el viaje, puede caminarse en aislamiento completo, en íntima
comunicacion con las personas de su familia, con total desahogo.
A poco de partir el tren, ó mejor dicho, ántes de partir, ya
admirábamos el extenso rio Hudson, con sus aguas azuladas y
relucientes, rizando la superficie un viento apacible que levantaba
vellones de blanca espuma.
Alegres vapores atravesaban el rio, sonando sus agudos pitos y haciendo
temblar los aires con sus alaridos de marcha; botes y barquichuelos,
grandes y pequeños, se deslizaban en todas direcciones, activando
el trabajo; y pomposa la embarcacion antigua, llevaba con majestad
hinchadas sus velas, y se cantoneaba como una ave acuática, alzando sus
palos entre el humo de las chimeneas de los vapores.
A lo léjos, parecian espiarnos entre los árboles las mil casitas
blancas con sus cercados y sus flores, sus animales domésticos y sus
chimeneas y palomares invadiendo el espacio.
Extiéndese el terreno en uno y otro lado del rio, en séries de
empinadas y deprimidas lomas que forman pequeñas colinas, hondos
valles, laderas caprichosas cubiertas de verde aterciopelado, que con
los claros que dejan los árboles al separarse, ó con las sombras que
forman cuando se apiñan, hacen el lujo de los hermosos caprichos de la
luz.
El suelo y el rio entran en lucha abierta con el ferrocarril, y
entónces nos absorben las mil peripecias de la carrera del monstruo
titánico que nos conduce. Invade por una y más veces el camino el rio,
y el reptil gigante lo salva sobre pequeños ó levantados puentes;
obstínase el rio, parece detenernos en su carrera: entónces, como una
ancha faja, desenvuelve la madera sus durmientes, lecho de los rieles,
y cruza la poblacion errante sobre las aguas, equilibrándose trémula
y viéndose azotar las olas bajo el puente inseguro. Esos muelles y
puentes parecen á lo léjos una fila de arañas acuáticas que sumergen
sus patas en el agua: es el cientopiés que pone el lomo para que corra
sobre él el vapor.
Empéñase el camino, y cierran las montañas y las lomas el paso á los
viajeros; entónces se verifica la horadacion de la montaña, ya ligera,
ya dilatada y laboriosa. En el primer caso, es un rápido eclipse que
todo lo borra, que hace desaparecer instantáneo el paisaje, al ruido
agudo de la máquina que pasa como sobre un teclado; en el segundo, es
la noche, es la tiniebla asaltándonos y obligándonos á una excursion
en lo desconocido y terrible: una hundicion por el estremecimiento,
el choque por algun derrumbamiento no podido observar, una desviacion
del riel, un clavo flojo, todo nos puede sepultar en la nada. Oyense
como estertor las voces humanas; la luz de los cerillos alumbra
cavernosa.... blanquean al fin las paredes desiguales del túnel, y
relinchando triunfal con su penacho de llamas, al ruido de sus pasos,
al clamoreo de su campana, se baña el tren de luz y jadea satisfecho,
como un gladiador que quedó vencedor en la lucha.
Y la lucha del rio es tenaz, sesga, abierta, toma la curva ó se
precipita recta, se alza ó se deprime, y al combatirlo ó evitarlo el
tren, lo observa desde la opuesta orilla el bosquecillo de sombras
apacibles, el caserío opulento y la tupida arboleda, por donde
chimeneas y almenas, minaretes, cúpulas y miradores caprichosos, lo
van siguiendo, ya dispersos en la falda de la loma, ya apiñados en las
alturas.
El rio cobra las proporciones de un mar; se convierten las lomas en
altas montañas; barcos soberbios y botes humildes cruzan las aguas; las
chimeneas de las fábricas levantan plumeros de humo; tiemblan en los
aires los tendones del telégrafo, proclamando la superioridad sublime
de la mente; un escándalo, una explosion de formas y matices nos
embargan y producen emociones de delicias.
Apénas han contemplado los ojos el castillo feudal rodeado de árboles,
cuando nos arrebata la atencion el sembrado curioso; vamos á detenernos
en observarlo, y los pescadores nos distraen con sus tareas afanosas;
queremos fijar el cuadro en nuestra imaginacion, y nos arroba el
sepulcro solitario al pié de la loma, á las orillas de las aguas que
parecen cantar una balada eterna al eterno sueño del polvo humano.
El camino más y más poblado, los paisajes más y más hermosos, no nos
hicieron reflexionar que estábamos en Pickiskill, frente á su magnífico
_restaurant_ y junto á una opulenta fábrica de chimeneas.
Andando, andando, pareció como que el rio se habia perdido, y establos,
maquinaria, madera amontonada y chozas humildes, nos cercaron.
Pero á poco, por entre las colinas, columbramos la reverberacion de las
aguas que corrian caracoleando en la orilla, entre isletas cubiertas de
árboles que se ven en su espejo, produciendo esas vistas inversas en
que las copas de los árboles como que cuelgan y están mirando de cabeza
la profundidad del vacío.
Pasó el tren bajo los arcos gigantescos de un puente cruzado por
multitud de coches y carros, que parecian atravesar los aires, y al
fin como vencedor, á su vez, empujando en semicírculo inmenso montañas
gigantescas, apareció el rio, anunciando la inmensidad del mar.
El tren, como evitando la continuacion de la terrible lucha, se
refugió en los brazos de la ciudad, que le esperaba amorosa como para
compensar con caricias y agasajos sus fatigas.
En el curso rápido que seguiamos, por las ventanillas del carruaje,
como por los vidrios de un estereoscopio, íbamos distinguiendo cercas
y hortalizas, casas de campo con su pórtico, sus amplios corredores
de madera, sus canastillos de flores suspendidos en alambres sobre
las puertas, y sus cortinajes en el interior de las habitaciones; y
estos augurios de lujo y de cultura, son entre las peñas, sobre las
rocas, aprovechando los más leves recursos del terreno, casas opulentas
que dan al viento veletas y banderas, y casucas sucias y oscuras,
ostentando en tendidos cordeles calzoncillos abiertos de piernas,
camisas boca abajo y enaguas humildes, columpiándose con insolente
desfachatez, como secciones del cuerpo humano en vacaciones.
Y en los claros que deja la roca, y en las latas que forman las
cercas, y en los tablones, que no paredes de la casa, y en el suelo y
en todas partes se ve, abriendo tanta boca, el aviso, que es en este
país la langosta, el mosquito, el acreedor, el pariente pobre del
infeliz viandante, tras una mata _Sozodout_: en un palo _Vinegar_, en
una lata _Bitters_, una camisa pintada, un chino, una fila de galgos
interminable, una tempestad de motes de negros que fuman, de turcos que
gruñen, de suertistas, adivinos, funámbulos, sonámbulos y.... la mar....
A poco de entrar en la ciudad, y cuando desaparece su iniciativa de
aldea, la calle se hunde como haciendo una plancha gimnástica, entre
dos barandales que la sostienen.
Corre el tren, y hay una sucesion rapidísima de fajas de luz y de
sombra, que producen la alucinacion. Pide uno la explicacion del
fenómeno, y es producido porque una calle se hundió en medio de las
aceras de la que estaba construida, y quedaron las casas como filas de
tropa á los lados de un canal. Entónces se avanzaron los tránsitos de
las calles trasversales y se convirtieron en puentes, que suspendidos
sobre la hundicion, producen aquellos efectos de luz.
Pero la locomotora se envuelve en perfecta tiniebla, y es porque el
túnel la lleva dentro de su pecho; de vez en cuando la luz como que
respira, saliendo á flor de tierra, y deja ver círculos luminosos.
Es que la calle, sobre el cielo de la bóveda del túnel, ha cobrado su
continuidad, y en ella florece, entre los enverjados de fierro, un
jardin pintoresco, figurando los respiraderos cestos de flores, en que
se entretejen las enredaderas y cuelgan sus campánulas con simétrica
compostura.
Y cuando todo esto se explica; cuando la poblacion subterránea siente
el estremecimiento de la poblacion que corre en la superficie, se busca
involuntariamente en el suelo otra superposicion de séres que tambien
vayan de viaje por regiones desconocidas.
Al dejar la locomotora su manto de sombras y aparecer en el tumulto
de la estacion, se nos figura que un mundo de séres invisibles nos ha
venido acompañando y han cobrado con la luz, en insurreccion de vida,
las formas humanas.
Estábamos en la inmensa estacion: los trenes quedaban como un caballo
jadeando, que se para al finalizar su carrera; otros trenes estaban
descargando bajo la bóveda inmensa de fierro y cristales de la
estacion.
De las escaleras de los trenes descendian raudales de viajeros,
extendiéndose y corriendo en varias direcciones, como las olas de
detenidas aguas cuando el dique se rompe en partes diferentes.
El viajero expedito, con su saco en la mano, cayendo y perdiéndose en
la multitud; la familia formando plaza con maletas y gorros, paraguas y
bastones, el botiquin de los señores grandes, la maceta y la jaula del
canario.
Centenares de agentes de hoteles, carreros y cocheros, esperan en la
puerta á las familias.
La familia española es la característica: las libertades de los nenes,
el orgulloso continente de las damas, lo ladino de las criadas y la
suficiencia del señor que tiene muchos pesos, todo cae por tierra;
ellos imponen su idioma, recurren á las señas, buscan entre aquel
tumulto un intérprete. Si hay un hábil en el círculo, ese es la
víctima.--¿Qué es lo que dice?--Recomiéndele vd. mi perico.--Dígale que
ese es mucho dinero ganado por mi marido con su sudor y su trabajo.--El
yankee urge, el intérprete dice lo que se le antoja.--Las viejas
claman: "Ordinariote, salvaje," y los señoritos infatuados traducen á
su modo el _all right_, el _go ahead_ y las palabras no muy cultas de
la gente de látigo.
Teniamos decidido parar en el _Hotel de San Julian_ (Sn. Julien Hotel):
entramos en un ómnibus, dimos las señas, y adelante.
Ibamos viendo altísimas casas de opulencia suma, anchas banquetas como
para contener diez personas en fila marchando con desahogo, diáfanas
paredes de cristales, porque así puede llamarse á la sucesion no
interrumpida de aparadores, y el tumulto de sombreros y sombrillas,
castañas y gorros en las banquetas, y de ómnibus, coches, _buggies_,
diligencias y wagones en el medio de la calle.
La gente me parecia que iba como á una gran festividad, tanto así me
deslumbró el lujo. Uno de los amigos que nos acompañaba nos decia:
"Esta es la famosa quinta avenida: la piedra de que están
fabricadas esas casas es la de moda, _Brown Stone_ (piedra
morena).
"Las ventanas que sacan el ojo al ras de la banqueta son de
los comedores; esos que remedan balcones son de las grandes
salas de alfombras turcas, de candelabros gigantes, de
ensueños de porcelana y cristal, de oro y de sedas.
"¡Qué escaleras! qué pórticos y qué profusion de
magnificencia! Ese es el Hotel Everett, uno de los más
opulentos: se puede calcular el precio por persona en diez
pesos; pero es soberbio, y aun los hay mejores.... Fíjese vd.
en esa estatua ecuestre: es la célebre estatua de Washington,
con su sombrero en la mano; parece derramada el alma del héroe
en la felicidad de su pueblo."
¡Hermosa plaza! los niños corren con sus aros y las nodrizas empujan
las carretelitas de los bebes.--Ya sabrán vdes. la historia de aquella
mano.--Parece brotar de aquella fuente polvo de cristal....
Instalados en el hotel, y descansando con los ojos cerrados en mi
cuarto, me parecia el recuerdo de un delirio la memoria de mis primeras
impresiones.
Dormia, en la más prosaica acepcion de la palabra, cuando de tropel
entraron á mi cuarto unos chicos de buen humor y me arrebataron
en medio del ruido tumultuoso, entre miles de carruajes que hacen
peligroso el tránsito, á que viese un teatrito de segundo órden,
frecuentado por gente alegre.
Sabian mi propósito de verlo todo para todo contarlo, de escabullirme
en encrucijadas y vericuetos, en régios salones y en _meetings_
tempestuosos, de llevar mi daguerreotipo frente á la Aspacia y á la
Lucrecia, lo mismo reproduciendo el palacio espléndido, mansion del
opulento, que la oscura buhardilla, antro de la miseria.
Era de noche: la parte alta de la ciudad, con pocas excepciones, se
percibia oscura y desierta; era una masa negra y maciza, como un muro
inmenso; pero ese muro se rompia de trecho en trecho, en claros de luz
deslumbradora, como una compuerta que por sus grietas dejase salir las
aguas.
Sobre el muro se iba alargando el horizonte sembrado de estrellas, ó se
rompia expansiéndose en bocacalles y plazas.
El aspecto de la calle de Brodway (calle ancha), en que me encontraba,
era deslumbrador: veíanse en alto bombillas de cristal, reverberando
con la luz del gas y formando esplendorosa faja sobre las banquetas
amplísimas, trazando en la sombra un carril que se prolongaba
por más de dos leguas: sobre aquella faja estallaban los globos
de cristal apagado, de gigantescos candelabros, arcos con globos
tambien suspendidos á la entrada de cantinas y fondas, y surgian en
promontorios y cascadas, grandes luces escarlatas, azules y rojas,
reverberos de ráfajas de fuego, con todos los matices y todos los
tintes de la luz, en aquel inmenso festin de perspectivas y primores.
Son como dos raudales de rayos de sol que chocan y se desbaratan en
estrellas, en rieles de oro, en cascadas de esmeraldas, en rocas de
ópalo y rubí.
La parte inferior de los edificios puede llamarse diáfana, tan
gigantescos y limpios son los cristales que las constituyen, y de los
que están hechos aparadores riquísimos iluminados en la parte interior;
en los aparadores están agotando las mercancías la persuasion, las
seducciones, la súplica, la sorpresa y el mandato.
Ya son sombreros de todas las formas, de todas las fisonomías
imaginables, expuestos en gradas ó suspendidos en alambres:
inmediatamente despues se divierte la vista con naranjas envueltas
en sus papeles, plátanos á medio pelar y manzanas lustrosas con sus
mejillas de escarlata: se separan los ojos de la fruta, y se despeña
en cascadas que forman las alfombras, ó en montones de petacas,
carteras y útiles de viaje, de vaqueta y cuero de Rusia: apénas vuela
la mirada sobre esos útiles, cuando examina sobre negro terciopelo,
collares de diamantes y de perlas, sortijas como chispas de fuego,
mancuernas amorosas, prendedores lascivos, aretes acariciadores y
adornos de peinado provocativos: un paso más y es un piélago de encajes
y listones, entre cuyas ondas sobrenadan fallitas de niños, golas,
baberos y mantillas: otro paso, y es un caos de zapatos, desde el botin
de raso y oro de la _lady_, hasta la falúa inverosímil que calza la
pata inconmensurable del hombre del Kentuky....
El cuadro, de dia especialmente, lo animan multitud de paseantes; los
vendedores de bizcochos, dulces y frutas que se instalan á los lados
de las banquetas; los pegadores de loza y vidrio; los carrillos con
cacahuates, que aquí tienen rara preponderancia; los aparadorcillos de
navajas, collares y anillos de _dublé_, y los canastos de preciosos
ramilletes de las floristas.
En el centro de la calle son las encontradas corrientes de carruajes,
con sus caballos arrogantísimos y sus cocheros, que á lo léjos muestran
en la poblacion aérea, los diferentes grados de la fortuna.
El cochero del banquero, con sus guantes blancos, su frac de paño y su
continente aristocrático, como desertado de una recepcion diplomática;
el del ómnibus, con su gestudo sombrero como un retruécano, la tez
aguardientosa y las manos como de corteza de árbol; el conductor del
carro, con su cachucha y en mangas de camisa; y el negro carretero, con
su sorbete estupendo, sus colosales botas y su leviton abierto como las
dos alas de un ropero, cimbrándose y dando cada grito que tiembla el
mundo.
Desde el rio de luz de la calle de Brodway se van viendo, al tocar en
las bocacalles, travesías de ménos luz, ó sombras cruzadas por hileras
silenciosas de farolas, en cuyas aceras se anuncia con mayor luz alguna
diversion.
Llegamos al teatro llamado "Columbia Opera House," que se encuentra en
la esquina de la calle 12.
El teatrito es reducido, más reducido aún que nuestro teatro de
Corchero, con toscas bancas en el patio y una sola hilera de palcos,
coronada por una desmantelada galería.
Como ya sabemos, no hay telones que desciendan; son tablones corredizos
divididos en dos secciones, los que forman la decoracion.
El palco escénico es muy pequeño, cubierto por las dos alas de una
cortina encarnada.
Nos posesionamos de un palco: á nuestra entrada, la orquesta, en que
los palillos, el tambor, y sobre todo las trompetas, hacen gran papel,
tocaba algo de sentimental y quejoso.
Eran los cuadros plásticos, es decir, personas que con camisetas
y calzones de punto que remedan la carne humana, figuran grupos
históricos con perfeccion. Es la enseñanza objetiva de la historia;
para el libertino, funge de incentivo; para el artista, de estudio.
Representábase el Juicio de Paris; el teatro estaba medio oscuro; en el
escenario se destacaba, entre un raudal de luz eléctrica que atravesaba
sobre el cuadro, el grupo.
Hermoso el pastor mitológico, las deidades olímpicas en actitudes
deliciosas.... cayó el velo, la música incitó el clamoreo del aplauso.
Abrióse la cortina, y se recreó la vista con un grupo de amazonas.
El grupo en que Frinea revela su hermosura con arrogancia triunfal,
desarmando al areópago, me encantó, y me encantó porque cuando en
esos grupos se observa el arte, se hace el culto de la estética, se
glorifica la forma, como que revive y palpita la epopeya, como que se
escucha suspirando la lira de Homero, en torno de esas hermosuras que
han atravesado luminosas los siglos.
Y sin embargo, el pérfido albayalde de la diosa, la justipreciacion
de sus formas, el nombre real de la chica de corta fortuna, escupido
entre negra saliva de tabaco, aniquilan el ideal y nos sepultan en
repugnantes realidades.
Apénas se indicó el entreacto, cuando pollos alentados, viajeros
curiosos, zorros de entre bastidores y _cazadores de gangas_, dejaron
sus asientos, atravesaron excusadas escaleras é invadieron un pequeño
salon con sus mesas, su mostrador y su expendio de licores, cerveza,
refrescos y tabacos.
Entre el humo en que se veian sorbetes y fieltros, rostros encendidos
de bebedores, fisonomías de muchachos despiertos y canas de vejetes
despabilados, fueron penetrando bulliciosas, saltadoras y con descoco
inaudito, las deidades olímpicas, con sus lanzas de palo, sus cascos
groseros de carton, sus collares y pulseras de cuentas de papelillo
y vidrio, sus ropas de telas ordinarias, escudos, cetros y todo el
descolorido atavío del teatro de la legua.
La jóven se sienta marcial, es invitada ó invita, se hace de confianza,
toma el peso á la cadena del reloj, se extasía con los anillos,
diciendo que son lindos, espléndidos, y que le vendrian bien.
Paletós y senos palpitantes, morriones y sorbetes, paraguas y escudos,
mantos de púrpura y sacos rabones. Minerva con su cigarrillo,
inclinando la frente bajo las alas del sombrero tendido de un
labriego, Frinea componiéndose un zapato, otra divinidad con tantos
bigotes de cerveza.... y no más, y nada más: por más que la malicia
quiera protestar en contrario, toda aquella alegría artificial, todas
aquellas miradas de pacotilla, toda esa mercería de _dublé_, compuesta
de sonrisas, suspiros, celos y lágrimas, no es la lujuria, no la
desenvoltura, no la orgía; es simple y friamente la especulacion del
_bar-room_. Habrá sus ajustes exteriores, habrá la que se quiera; pero
allí solo se trata de la venta de licores, entre el humo, los gritos y
el aparato calculado del placer.
De repente suena una campana, y como bandada de gorriones que entre
los surcos pepenaban el grano cuando oyen el tiro, vuelan ninfas y
pastoras, nos codean y rozan, descendiendo por los angostos pasillos,
sílfides, náyades y bayaderas, y el cortejo de bebedores sale como un
convoy fúnebre del salon, que queda desierto.
Mis amigos estaban contentos, se aumentaba su gusto con la presencia de
mis primeras impresiones: ellos eran soldados aguerridos.
Eran más de las doce de la noche: en el centro de la ciudad no cesaba
el movimiento; las calles apartadas dormian profundamente, como los
lacayos en las escaleras que conducen á un salon de baile.