El Niágara.]

Era la hoja de higuera cocida, llamada lechuga; las bolas de astillas

de carpintero, apellidadas papas; la vaqueta remojada, designada con el

nombre de _biftek_; el engrudo, desfigurado con el título de puré; la

hacha de fierro pasada por la grasa, y dada á conocer como costilla.

Y todo esto servido en unos platos del peso de media arroba, de

cantería barnizada, en tazas que hacian abrir los labios como un

freno, con picheles en el medio de las mesas, como parvulitos en paños

menores: nada de mantel.

Pedimos vino.... y se nos vió con desden, sin darnos

respuesta....--Pues dénnos vdes. cerveza.--El maestro de ceremonias nos

volvió la espalda.

--¿Pero quién ha dicho á vdes. que nos hemos de alistar en la

temperancia los que vamos pasando?

Esto dije como recado á Emma, para el maestro de ceremonias. Emma,

yo no sé cómo tradujo, que el D. Fachenda de las ceremonias bramaba

como toro: yo le preguntaba:--¿Qué es lo que dice?--Tonterías.--Y Emma

le plantaba otra banderilla que bufaba, atribuyéndome no sé cuántas

indignidades.

De todos modos, Emma fué mi protectora en Albany: era una flor de

azahar caida, por una caprichosa inconsecuencia de la suerte, en un

tazon de chapurrado añejo.

Albany está construido sobre colinas cuyo descenso es al rio, y desde

su orilla, alzándose la vista, se distinguen en las alturas edificios

magníficos, templos suntuosos, plazas y arboledas de delicioso aspecto.

Yo me dirigí solitario al muelle rodeado de almacenes cerrados,

_restaurants_ sin gente y tercios regados bajo los portales.

La calle del Estado sube un escalon escarpado desde el agua, limitando

al fin de la calle la vista, la plaza del viejo Capitolio edificado en

1807.

El Nuevo Capitolio que se está construyendo será un edificio que solo

tendrá rival en el gran Capitolio de Washington.

Construido el Nuevo Capitolio en la parte más alta de la ciudad, su

torre tendrá 320 piés de altura.

La librería del Estado contenida en un edificio cuadrado, á prueba de

fuego, tiene 86,000 volúmenes y varios objetos curiosos, entre ellos

una espada y una pistola de Washington.

La casa de gobierno, edificada en 1843, es de mármol blanco, y tuvo de

costo 350,000 pesos: en ella están las principales oficinas.

Siempre con mi guía en la mano, ví la parte exterior, porque todo

estaba cerrado, de la casa del Ayuntamiento, que costó doscientos mil

pesos.

Un viejecillo italiano que me encontré dormitando en un café, y que

como yo, parecia rebelde á las sociedades de temperancia, me dijo

que haria bien en procurar ver los varios bancos de la ciudad, que

tienen en giro sobre dos millones de pesos: me elogió el Observatorio,

fundado por Mr. Blandina, que tiene una buena librería y magníficos

instrumentos.

Del Colegio de Medicina y de su valioso Museo, me habló tambien con

mucho encarecimiento. La Escuela de Jurisprudencia de Albany, es de las

mejores del país.

El viejecito italiano, de ojos pequeñísimos, cara joco-séria, nariz

de alcatraz, boca desdentada, y gran tomador de rapé, es hombre á mi

juicio entendido, y como me dijo, tenia hambre de hablar en su idioma.

--Lo que yo quisiera que vd. viese y examinase, me decia, era la

Escuela normal de Profesores: aquí la educacion es una ciencia, el arte

de enseñar está elevado á la categoría de los primeros conocimientos

humanos.

Por otra parte, las asociaciones hacen prodigios.

La asociacion de los jóvenes tiene una biblioteca de doce mil volúmenes.

La de los aprendices, cinco mil.

La del instituto, nueve mil.

Vea vd., me dijo por último, el edificio en que están depositadas las

colecciones públicas de historia natural, geología y agricultura. Es de

los más interesantes edificios, y en ellos tiene entrada todo el mundo.

Despedíme del viejecito, despues de pedirle instrucciones para ir á la

Catedral y á la iglesia de San José, los más famosos templos de que

tenia yo noticia.

La Catedral es un vasto edificio con sus torres puntiagudas, bastiones,

ojivas y una mezcla de estilos que la afean y complican, á fuerza de

querer imitar las iglesias europeas de la edad media. El interior es

espacioso y tiene capacidad para cuatro mil asientos.

Más que la iglesia de San José me agradó la de San Pedro, hermosísimo

edificio de correcto estilo gótico. Dícese que posee un magnífico juego

de plata para el servicio de la Comunion, regalo de la reina Ana para

los indios Conondagas.

No me fué posible visitar la parte norte de la ciudad, que se dice es

la que contiene más suntuosas habitaciones, en edificios que, como la

Penitenciaría, gozan de renombre en todos los Estados-Unidos.

Literalmente producia pavor andar en las calles desiertas; el ruido de

los pasos se oia á distancia, y el encuentro con otra persona producia

extrañeza.

Las calles de la Perla, la llamada Hig-Street, la de Jay, ostentan

grandes edificios, muros cubiertos de muestras y letreros: animadas,

deben producir sorpresa y contento al viajero; pero en aquel momento de

catalepsia dominical, me produjeron tristísima impresion.

Al volver al hotel, en su despacho, me presentaron á la familia de una

niña Zárate, que con el carácter de liliputiense, se estuvo exponiendo

en México en compañía de otro parvulillo en diminutivo.

Confieso que yo no soy afecto á esos espectáculos en que aparece

envilecida y como descarriada la naturaleza; esos personajes de un

cuerno en la frente, de tres ojos, de rabo, desmesuradamente grandes,

ó exageradamente pequeños, me parecen ejemplares echados á perder, que

léjos de darse á luz, deberian guardarse cuidadosamente.

La vista de la niña me hizo mal.

Tendrá poco más de tres cuartas; es morena, delgada, de voz chillona

y su conjunto trae irresistiblemente la idea del monito, por sus

saltitos, por la movilidad de sus ojos, por sus movimientos caprichosos.

Por otra parte, yo bien conocia que los padres de la niña, que son

personas excelentes, hacian bien de sacar partido de aquella extraña

produccion, en beneficio de la misma niña; pero me contrariaba

que conocieran á las mexicanas en aquella abreviatura raquítica y

enfermiza. Por fortuna, el angelito hacia su gimnasio y mostraba todas

sus simpatías á Gomez del Palacio, quien muy grave, pero comedido y

amable, celebró aquella monería de la naturaleza.

Yo descendí al despacho, donde nos reunimos para comer.

La comida fué tan mal servida, tan ceremoniosa y molesta para mí, como

el almuerzo, no obstante las atenciones de Emma, único rayo de luz

social en medio de aquella temperancia, de aquella tiesura y de aquella

repelente gazmoñería.

Al concluir nuestra desabrida colacion, porque no puedo darle el nombre

de cena, el Sr. Cupia me dió algunas cartas de recomendacion para

Nueva-York.

La casa de Cupia en Nueva-York es casa de huéspedes, y como conocen sus

directores nuestras costumbres, el servicio es el mejor y más cómodo

que se puede apetecer en aquella gran ciudad.

En aquella casa vivió mucho tiempo la familia del Sr. Juarez; allí

residió Berriozabal; allí se prodigaron cariñosos cuidados al Sr.

Doblado, quien murió rodeado de aquella familia generosa; allí vive

Felipe Mantilla, amigo nobilísimo de los mexicanos, honra de las letras

por su saber, y de la humanidad por su levantado corazon.

Nuestra conversacion se animaba: Emma, que tenia cierto rango en

la casa, se acercó y me hizo algunas preguntas sobre México, y yo,

hambriento de charla, con unos ojos seductores al frente, comencé á

hablar de mi tierra, sin exageraciones, sin una sola cosa fingida por

mi mente, pero con la pasion que es de suponerse.

Llamaron á M. Cupia unos amigos, y yo quedé en el extenso despacho,

sin cuidarme de entrantes ni salientes, describiendo á Emma un México

tan risueño, tan encantador, que me saborea ahora mismo que estoy

escribiendo en mi estancia sombría, con un velon al frente, mis

cigarros á granel sobre la mesa y rodeado de la fria atmósfera de la

soltería.

Brillaban los ojos verdes de la linda irlandesa, con la pintura de

nuestros volcanes y nuestros lagos, nuestro paseo de la Viga y nuestro

Chapultepec romancesco.

Por supuesto, que puse en relieve la libertad, las consideraciones de

que gozan y el bienestar de muchos extranjeros.

A la media hora de conversacion, Emma estaba casi decidida á marchar á

México: yo, al principio, le ofrecia toda clase de facilidades; pero

confieso que su resolucion me alarmó, y hablé algo de vómito y de lo

riesgoso de la navegacion.

Pero Emma era una amiga que no queria abandonarme y que á su vez me

procuraba todo género de facilidades.

Confieso que no me divertia mucho eso de volver á México con la

adquisicion americana. ¡Oh, qué holgorio para mis buenos amigos! ¡Oh,

qué cosecha para la caricatura! ¡Oh, y qué despabilado viejecillo con

la _lady_ viajera llenando las calles!

¡Por vida del demonio! El flujo de lengua me tenia en un apuro. En los

ademanes, en los arranques, en aquella expedicion de Emma, conocia, sin

que me quedase ninguna duda, que aquella criatura me iba á manejar como

un chiquillo.

¿Pero hay cosa más natural que hablar con cariño de nuestra tierra?

Nada de gazmoñerías, Sr. _Fidel_. Vd. habló de cierta manera, y ha

llevado vd. su merecida.

¿Y los sesenta inviernos? y las arrugas? y esa exigüidad de fondos que

lo tienen en un _¡ay!_....?

--¡Oh! lindo México!.... yo va, y tiene mucho _dollar_ y está listo....

Vd. siñor rica y de guberne, dice á M. Cupia....

--¡Jesus me ampare!.... Vea vd., señora, yo tengo que ir primero á

Rusia, á ver en lo que quedan las cosas de la guerra.

--_Ecsatly_: primero vamos Rusia, y despues te vas por mí Chapoltepeca.

Yo me estaba ahogando materialmente, y comencé una especie de

retractacion, diciendo que los lagos producen fiebres, que hay víboras

de cascabel en Chapultepec y que los bandoleros hacen horrores....

esencialmente con las irlandesas.

Yo no sé qué trastorno produjo en mi cerebro aquella resolucion de la

irlandesa, que me dormí despues de mucho tiempo de dar vueltas en la

cama, con extraña inquietud.

Soñé, por esas incomprensibles extravagancias de los sueños, que me

encontraba en una de las llamadas _Rejas_ en los conventos de monjas.

Es decir, una gran sala dividida por una gruesa pared, en cuyo centro

habia un cuadrado con una gran reja de palo que daba á la parte

interior del convento, y una gran reja de fierro para la parte exterior

de la pieza que daba á la calle.

Por el lado del convento se ponian las monjas, por fuera las visitas,

y los medios de comunicacion eran: un torno incrustado en la pared y

una cuchara con luengo mango, donde se ponian cigarros, dulces, etc.,

para los recíprocos obsequios.

Yo estaba con mis padres y algunos amigos, muy entretenido en ver por

entre las rejas el patio del convento, sus flores y arbustos, su limpia

fuente de azulejos y sus altos arcos con cortinaje de yedra, bañados

con la luz del sol.

De repente se oyó un estrépito en la calle, volví los ojos y me

encontraba absolutamente solo; mis padres, las visitas, las monjas,

todo habia desaparecido: en la puerta de la calle habia un toro

lanzando mugidos feroces, y me heló el espanto hasta la médula de los

huesos, pero no vacilé; me lancé á la reja y comencé á escalarla con

ardor febril: por mi fortuna, la reja se estiraba hácia arriba y me

ponia muy distante del terreno invadido por la fiera.... aquello me

alivió como de un gran peso; pero en mi rapidísimo ascenso, creí oir

algun ruido tras de mí sobre los hierros de la reja: volví los ojos....

y ví que el toro, como si corriese por una superficie plana, ó como

si estuviera dotado de piés y manos como yo, escalaba la reja en mi

seguimiento. Creí entónces morirme de terror, las fuerzas me faltaban,

mi angustia era indecible sobre toda ponderacion. Pero la extrañeza

del caso me hizo volver el rostro de nuevo, no obstante estar á una

inmensa altura, y entónces, ¡oh espanto! ¡oh asombro! ví que la fiera,

pero no sé cómo, circuida de extrañeza y expresion diabólica, tenia

una fisonomía humana; era.... el rostro de la irlandesa del hotel, con

aspecto de toro feroz.... y me perseguia encarnizado y espantable....

entónces me entró una convulsion horrible, crispáronse mis manos, me

solté sobre el abismo y.... desperté!......

Desperté lleno de angustia, sudaba á mares.... la luz se insinuaba por

las rendijas de la puerta: aquello me sirvió de infinito consuelo.

Sin ser visto, como un prófugo, como un ladron, abandoné el hotel,

seguro de que Francisco arreglaria todo, y me refugié en la estacion,

desde el alba hasta la hora de la salida de los trenes para Nueva-York,

siempre temiendo á la irlandesa convertida en toro.

Viaje a los Estados Unidos, Tomo II · 第 64 / 94 题