San Francisco, Febrero 2 de 1877.
Continuamos nuestra marcha el dia 3, sin novedad alguna. Un español de
todo punto _cruo_ se encargó á su manera de darnos idea de las campañas
del Sur, trastornando nombres y sembrando cadáveres con temeridad.
A poca distancia del camino distinguimos Claveland, segunda ciudad del
Ohio; la poblacion se extiende por un llano arenoso que atraviesa el
rio, formando un cómodo puerto. En el muelle del Este hay un fanal y
otro en una elevada roca.
Muchos puentes sobre el rio Cuyahoga unen las diferentes porciones de
la ciudad que están á sus orillas, facilitando el tránsito de siete
líneas de wagones que hacen perfectamente su servicio.
Uno de los viajeros que ha vivido mucho tiempo en Claveland, me dió los
siguientes detalles:
"Claveland fué fundado en 1796, pero en 1830 tenia más de
mil habitantes; cobró cierta importancia con la conclusion
del Canal del Ohio en 1834, aumentó con el sistema de
ferrocarriles adoptado en el Sur en 1850, y por último, en
1870, contaba 160,000 habitantes.
"Claveland hace su principal comercio con el Canadá y con las
regiones mineras del Lago Superior.
"Los artículos principales de su comercio, son: fierro,
petróleo, ácido sulfúrico, artefactos de madera, wagones,
cueros, mármoles y piedra.
"La ciudad es amplia, las calles tiradas á cordel y sombreadas
por hermosas arboledas.
"Celebran los viajeros el Parque Monumental y en él la estatua
del comodoro Perry, héroe de la batalla del Lago Erie, que
tuvo de costo ocho mil pesos.
"El pedestal es de granito de Rhode Island, de 12 piés de
alto, y la estatua, de mármol italiano, de 8 piés y 2 pulgadas.
"En el frente del pedestal hay un medallon de mármol en que
está representado el paso del comodoro Perry, del rio de San
Lorenzo al Niágara, en un pequeño bote, durante el calor de la
batalla.
"Otro de los parques muy bellos es el Circo, que tiene una
fuente en medio, de rara hermosura.
"Las personas que habian visitado Claveland, se deshacian en
elogios de sus teatros, entre los que se mencionan el de la
Opera, el Aleman y el Cómico, de sus salones de lectura y de
la estacion del ferrocarril."
Nuestro amigo el ingeniero nos habló de las obras hidráulicas (Watter
Works), que se hallan al Oeste del rio.
"Por medio de un túnel de seis mil piés bajo el lago, se
obtiene agua para que se lleve á un gran estanque, con dos
poderosas máquinas de vapor, para distribuirla en la ciudad:
ese estanque constituye un paseo delicioso."
El español nos habló con calor de las iglesias, de los establecimientos
de caridad y especialmente del hospital de marina.
Este individualismo que se echa tan en cara al americano, que nos hace
decir que no existen vínculos sociales y que hacen temer á los que
hemos tenido otra educacion, que cualquier estremecimiento profundo
romperá los vínculos de la union, despedazando la nacionalidad
americana; en la práctica, robustece la vida del hogar, desarrolla
los elementos locales, emancipa y convierte en mayores de edad á los
pueblos más insignificantes.
Entre nosotros, el pueblo vive del mineral ó de la hacienda; ésta
se comunica con la ciudad de un modo enfermizo y como incompleto, y
la plenitud de la vida civilizada está en México. El hacendado, el
político de aldea, el literato, quieren vivir y radicarse en México, y
la vida de la corte arranca inteligencias y capitales de los pueblos
que presentan aspecto de barbarie, donde el comercio y las minas no le
comunican esa robustez individual.
En el sistema federativo se ve más patentemente esa aberracion: hace
tiempo pidió un diputado subvencion para un pozo artesiano; á poco
pidió otro libertad de derechos para la introduccion de unos faroles;
luego para la lámpara de un teatro, y por último, para el barandal de
un balcon. Y qué dignidad, y qué independencia, y qué soberanía pueden
reclamar pueblos que ni pueden beber, ni alumbrarse, ni caminar, si
no les da la mano esta especie de papá _Bodó_, que se llama gobierno
general?....
En la tarde del 3 de Mayo tocábamos en Búffalo, tercera ciudad, por
su tamaño, del Estado de Nueva-York, y cabecera del rio Niágara. La
ciudad, dice la guía que llevaba en la mano, tiene un frente que puede
calcularse en cerca de cinco millas, la mitad del cual da sobre el lago
y la otra sobre el rio Niágara. Su comercio es muy vasto; así como su
posicion, al pié de la magnífica cadena de lagos, la hace el depósito
de una gran parte del tráfico entre el Este y el gran Noroeste. Durante
el año de 1873, el número de buques que entraron y se despacharon,
fué el de 10,303 con 4.678,058 toneladas. La cervecería es uno de los
primeros ramos de riqueza.
Búffalo se estableció en 1801: en 1812 era un puesto militar
importante: los ingleses lo incendiaron en 1814: en 1832 se declaró
ciudad: hoy cuenta 134,573 habitantes.
Búffalo, á la simple vista, parece construida dentro de un bosque,
tantas y tan frondosas son sus arboledas, entre las que se distinguen
las fachadas de las casas, torres y cúpulas, los chorros de agua de las
fuentes de los parques, y clarean calles de suntuosos edificios, como
el Correo, la Penitenciaría y la Catedral de San Pablo.
Serian las nueve de la mañana cuando llegamos á la estacion del
Niágara: yo no cabia en mí de inquietud.
La estacion tiene un aspecto comun: una de sus puertas laterales da
á un alegre hotel que se llama _Spencer_. Los criados del hotel se
apoderaron de nuestras maletas, nosotros les seguimos: yo, con el rabo
del ojo, ví una larga calle que me dijeron que conducia á la catarata.
El hotel tiene únicamente dos pisos: es cuadrado, con un aspecto de
decencia y alegría que mucho simpatizan.
A la derecha de la entrada se encuentra el despacho, con su amplio
mostrador y su gran libro para que se inscriban los viajeros.
Las paredes están tapizadas con vistas del Niágara de todos tamaños,
y hay una mesita en que se expenden guías, descripciones, medidas,
consejos y todo lo que se quiera para conocer la catarata.
A la izquierda de la entrada está el _parlor_ ó salon de tertulia, con
su gran chimenea, que ardia en esos momentos, alfombras, piano, candil
y todo el aspecto de exquisita elegancia.
A dos pasos del _parlor_ se ve el comedor, de techo bajo, pero con luz
bastante, un laberinto de columnillas blancas y esbeltas, y multitud
de mesas con servicio blanco y cristal finísimo: en cada mesa habia,
moviéndose con cuerda, un aparato muy curioso para espantar las moscas.
En la parte alta del hotel admiré el saloncito de recepcion, con una
gran ventana cuyo marco está revestido de preciosas enredaderas llenas
de flores.
Los compañeros y yo nos acomodamos perfectamente, dejándome todos por
deferencia un cuarto desde donde se ven los pinos que se avecinan á la
catarata y se escucha su rumor imponente.
Gomez del Palacio me compraba guías y me tenia listo lápiz, porque yo
tengo por costumbre inveterada perder uno cada cinco minutos.
Cuando estaba almorzando, contraje conocimiento con unos italianos,
entre los cuales habia uno afectísimo á México, que me agobió á
preguntas.
Llamábase Toretti, y es de tan pristina inocencia, de candor tan
columbino, que realmente fué para mí su encuentro una novedad.
Toretti es pintor, y pintor en mi juicio de sobresalientes dotes; hizo
su primera educacion en un colegio de Jesuitas en su país, y fué á los
Estados-Unidos con la leche en los labios.
Gallardo de presencia y culto de maneras, pero lleno de encogimiento;
apasionado, pero tímido; entusiasta, pero susceptible y retraido;
enamorado, pero cobarde delante de una mujer, cada paso suyo era una
aventura y cada uno de sus arranques de ternura le habia costado un
viaje peligroso, un naufragio, y andar á cuchilladas con los hijos de
Guillermo Penn.
Miéntras en pláticas sabrosas habia pasado el tiempo con mi amiguito
Toretti, mis compañeros se proveyeron de coches para ir á la catarata,
y nos pusimos en marcha.
La ancha calle que recorriamos es de amplísimas banquetas, en las
que estaban expuestos, géneros, comestibles, juguetes y artículos de
comercio de todas clases.
Muy frecuentemente íbamos percibiendo en los aparadores de cristales
gigantescos, objetos característicos de la localidad, como sombreros,
bastones, aderezos de cuentas relucientes, mancuernas, pulseras y
chucherías, de las que hay grandes almacenes y de las que hacen
cuantioso consumo los viajeros.
A medida que avanzábamos, y á pesar del ruido de los coches, sentiamos
estremecido el viento por el rumor sordo y estupendo de la caida de las
aguas, en aquella espectativa silenciosa y grave de cuando nos creemos
en la proximidad de algo maravilloso.
Detuviéronse los carruajes á poca distancia de una grande abra de
la tierra, desde donde se percibian del opuesto lado hoteles y
quintas entre arboledas, señalando el lado del Canadá, como se sabe,
perteneciente á los ingleses.
"Todas esas márgenes del Niágara hasta el Lago Ontario, dice
Zavala, han sido el teatro de una guerra mortal en los años
de 1812, 1813 y 1814, entre los americanos y los ingleses. En
el lado izquierdo del rio, diez millas de la catarata abajo,
hay una columna de granito de más de cien piés, elevada sobre
una colina, en memoria del general inglés Brok, muerto en una
accion contra las milicias americanas, en Octubre de 1812. Es
de notar que las tropas inglesas eran todas de línea, mandadas
por generales aguerridos, educados en las campañas de Europa:
tales eran los generales Treeddale, herido mortalmente en la
batalla de Chippewa; Drumond, herido igualmente, y Riall,
hecho prisionero. Los generales americanos Brown, Scott y
Ripley se manifestaron dignos de tales enemigos, aunque nunca
habian estado en accion alguna de guerra. El general Scott,
que dió bastantes pruebas de valor é inteligencia en las
acciones de Chippewa y Bridgewater, era poco ántes un abogado
de fama en el Estado de Virginia. La primera accion en que se
vió fué en la de Queentown, en que murió el general Brok."
Me sacaron de mis reflexiones los amigos que me excitaron á asomarme
á una especie de pretil semicircular, desde donde se ve la barranca
profundísima abierta en una extension como de trescientas varas,
con sus paredes tortuosas, abigarradas, con rocas inmensas como al
desprenderse de los muros arcillosos, con sus aguas verdiosas en el
fondo, llevando en su superficie ampollas blancas de los hervores de la
corriente.
A mi frente se veian las risueñas casitas, los hoteles y edificios del
lado del Canadá, con sus paredes blancas, sus persianas verdes y sus
corredores y jardines alegres.
A mi derecha se distinguian dos altísimas torres en la extremidad del
puente, que parecia suspendido como para una excursion en el espacio,
corriendo como en vecindad de los cielos los carruajes y la locomotora,
arrastrando su cauda de edificios de madera, como si fuesen á colonizar
sobre las nubes.
A la izquierda, se hundia en recodo una de las cataratas, que se
adivina, que se escucha y que la cria fantástica la mente, como cuando
por la voz queremos adivinar la fisonomía de una persona: alzando la
vista se perciben las puntas de los pinos, y ese ramaje que semeja al
candelabro, que remeda el brazo y que tiene algo de severo y humano
visto de léjos.
Se angosta el terreno como que se cierra en un punto, y allí clarea, se
reviste de oro una imponderable masa como de plata fundida, que parece
que no corre sino que está suspendida como la seccion despedazada de un
arco. Esto se percibe entre un remolino de polvo de agua, que brilla y
reverbera, se une en combinaciones luminosas, se desparce en ráfagas
de cristal, de perlas y diamantes de maravillosa belleza.... Pero como
todo es incompleto, todo por indicaciones, la sensacion se semeja á
la duda de la realizacion del presentimiento, embriaga el anhelo, se
teme que la mente supere á la realidad del espectáculo, que nos hemos
prometido y que nos han prometido nuestros recuerdos.
Quitéme de aquel lugar, porque por una angosta puertecilla habian
entrado mis compañeros á un cañon oscuro, y estaban como en la amplia
cornisa de un declive rapidísimo, formando tubo y dejando percibir á
lo léjos una claraboya desde donde se veian aquellas aguas verdes y
espumosas.
Acostumbrados mis ojos á la oscuridad, distinguí dos ferrocarriles que
descendian paralelos. En éstos hay unas como cajas de carretela abierta
en que se acomodan los viajeros, haciendo una compensacion mecánica de
movimientos, que miéntras los unos bajen, los otros asciendan con la
mayor comodidad.
No obstante; lo desconocido del modo de viajar, la oscuridad, la
presencia del rio hirviente como fin del viaje y la rapidez con
que se desciende, algo afectan; tiene un no sé qué de descenso á
los infiernos, que de fijo habria aprovechado Orfeo, cuando tuvo la
estúpida ocurrencia de buscar tan léjos á su mujer.
Los muchachos de la comitiva bajaron cantando, y unas señoritas
viajeras poetizaron el viaje con sus cuchicheos y su alegría. Llegamos
á Table Rocke.
Aún permanecia el hielo en los grandes trozos de roca saliente, que
en atrevido semicírculo se avanzan sobre el rio en derrumbamiento
espantoso, y dejando dispersos peñascos de inmensa grandeza, que
forman, medio sepultados en las aguas, un espectáculo magnífico y
salvaje.
No obstante que el hielo medio se desmoronaba; aprovechando las
sinuosidades de la piedra; embarrándonos en el muro, ascendiamos á
buscar el punto de vista más adecuado.
Susto, asombro, curiosidad invencible me arrastraban: el estruendo de
las aguas, las corrientes, los árboles como suspendidos en las alturas,
algunas flores meciéndose en las crestas de las rocas.
Mis piernas flaqueaban, mis amigos acudieron á mí y me llevaban como
en peso; estábamos en las ruinas de madera de un elegante _kiosko_, en
un recodo desde donde se percibe el aplastamiento de tersa roca, desde
donde verifican su salto inmenso las aguas.
Enganché mi brazo á un pilar de fierro que estaba en pié; casi suspendí
mi cuerpo en el aire, y ví....
Era un piélago inmenso que se tendia y colgaba en una extension que
me pareció inconmensurable; sus gruesos pliegues como columnas de
alabastro; sus derramados lienzos como cristal; sus encrespados tumbos
como plata fundida; el polvo de las aguas como llama disuelta, como
ráfagas de rubí, como partículas de oro; y la luz errante, enamorada,
enloquecida, saltando, perdiéndose, rielando, riendo, cantando, sobre
la insurreccion tremebunda del ruido, de los colores, de los vientos y
de los cielos, y á los piés el abismo como apoyándose en las rocas y
alzándose para devorar tanta grandeza.
Dios, patria, humanidad, todo querian invocar ó ensayaban maquinalmente
mis labios; pero me llenaba el infinito.... Dios hablaba.... ¿á qué
el átomo?.... ¿qué tiene que ver con esa sublimidad la voz de la
materia?.... ¡Mortal, mortal!.... siente á Dios.... y adóralo!......
No sé por qué mi cuerpo se sentia estremecido en todas sus fibras....
me estaba ahogando el llanto.... ¿qué sucedió de mí? ¿qué sentí?
¿cuánto tiempo duró mi entrevista con Dios?.... yo no lo sé....
Condujéronme mis compañeros á otro punto, desde donde se percibe la
gran catarata llamada "Herradura de caballo."
El muro de roca se retira y se hunde, formando una imperfecta herradura
en lo alto, como de un banco enorme de toda la anchura del rio; la masa
imponente de las aguas se derriba majestuosa y cae compacta, dejando
surcos y canales que reverberan como si se derritiera el alabastro;
pero la mole es tan estupenda, tan _sólida_, por usar algo de análogo
á mi sensacion, que no es el torrente que salta, se precipita y se
estrella en el abismo; es un mar que sucumbe, que desfallece y muere.
La caida se percibe en extension corta, relativamente hablando, porque
hay sembrados en aquel abismo peñascos gigantescos, secciones de
montañas, ruinas estupendas del cauce, y en esos laberintos de rocas,
y en esos despojos de granito, la caida poderosa se despedaza, ruge,
como que quiere levantarse de nuevo, desgarrándose, desmenuzándose y
envolviendo el conjunto en una inmensa polvareda de agua, que se plega
y se desplega como gasa leve, y sobre la cual brillan despedazados y
como en girones, los fragmentos del íris.
Y no es el trueno, no es la voz de Dios de que habla Heredia: es un
estertor de muerte; es el suplicio de la grandeza terrena, proclamando
á Dios al perderse en el caos; es una grandeza que se desvanece en la
nada ó el misterio, como las grandezas humanas.
La catarata de Table Rocke es el himno; ésta grave y sombría; es canto
solemne que tiene vibraciones de muerte.
En medio aquel espectáculo de aniquilamiento, cuando el horizonte lo
cierran las aguas que perecen; en un rincon apartado bajo el azul del
cielo, los pinos, los castaños y la pompa de una vegetacion fantástica,
como que se asoma al abismo á contemplar la catástrofe de las aguas,
prometiendo al espectador la resurreccion de la naturaleza apacible y
risueña....
Esos árboles pertenecen á la Isla de Goat, que bifurca la corriente del
gran rio que veremos despues.
Los compañeros y yo, costeando los bordes del abismo y atravesando
por entre hermosas casitas blancas con sus jardines esmeradamente
cultivados, llegamos al gran puente colgante, citado con justicia como
una de las maravillas del Niágara.
El _puente nuevo_ estriba en cuatro gigantescos pilares ó torres
cuadradas: dos están en la tierra firme de un lado del barranco, y dos
del extremo opuesto.
El ancho de pilar á pilar en uno y otro extremo, es de más de diez
varas. El largo del puente, ó sea la distancia de borde á borde del
abismo sobre que el puente se suspende, es de cerca de trescientas
varas, es decir, más largo que la calle de Tacuba ó la de Zuleta.
De lo alto de los pilares se entretejen cables de alambre de fierro,
formando de aumento á disminucion, tupidas redes ó hamacas en que
cuelga y descansa con robustísimos afiances, la tremenda canoa ó jaula
que forma el puente.
Esta canoa tiene dos pisos, con sus enverjados de fierro y madera y
la forma de una dilatada galera; por ella, con la mayor seguridad,
atraviesa la gente de á pié.
La parte superior ó azotea del edificio, está defendida en sus lados
por robustos y bien labrados barandales, como en amplísimo corredor. El
centro es la vía férrea, y por allí, estremeciendo el puente, repicando
su campana triunfal, con su cimera de humo y de llama suspendida sobre
el abismo, en cuyo fondo muge el torrente, cruza la locomotora llevando
como cauda los pueblos y los gérmenes de la confraternidad universal.
¡Vaya vd. ahora á copiar numeritos de alturas y dimensiones! ¡pues no
faltaba más!
Desde el centro de ese puente se perciben las dos cataratas, las islas
de Goat y las Hermanas, con sus hileras de árboles gigantes, las
poblaciones americana é inglesa, y el rio que turbulento, encrespado
y terrible, corre, despedazando sus entrañas, al cataclismo, como
arrebatado por la fatalidad.
En aquel conjunto, entre aquella imponderable grandeza, el Niágara
mismo es un episodio desnudo de la imponente majestad de cuando se le
contempla en su tremebundo aislamiento.
A la entrada y la salida del puente, los buitres aduanales hacen de las
suyas, porque siempre el contraste es más saliente cuanto mayor es el
teatro en que se establece.
El lado del Canadá es alegre y florido: la poblacion está como en el
descenso ó arruga de una loma.
En la parte que da al camino, están situados los grandes hoteles, casas
de comercio y oficinas de fotografía.
A la llegada cercan al viajero, le instan é importunan los
repartidores de anuncios, vendedores de fotografías, mozos de fondas
y _restaurants_, y todos esos enjambres escandalosos que imponen un
contingente de paciencia á todo el que arriba á una poblacion de por
aquellos mundos.
A la izquierda nos acompañaba el torrente; á la derecha los blancos
edificios, entre árboles y flores.
Llegamos por el borde del rio á una especie de garita, que nos dijeron
llamarse la _Cueva de los vientos_, aunque de estas cuevas hay varias
del lado americano.
En la garita nos instruyeron que en aquel punto se descendia por una
escalera de palo, se atravesaba una plataforma saliente muy resbaladiza
y peligrosa, aunque defendida por barras y barandales de fierro, y
se disfrutaba, bajo la caida de la "Herradura," de un espectáculo
terrífico y sublime.
En aquel lugar se provee á los viajeros del descenso arriesgado, de
calzado y vestido de hule con su capucha, quedando cada prójimo como un
dominó.
Iglesias, Gomez del Palacio, Lancaster y otros compañeros, adoptaron
el disfraz; lo mismo hicieron dos señoritas mexicanas, en medio de los
generales aplausos.
Yo renuncié al descenso, y miéntras la comitiva desapareció debajo
de la tierra, seguí el borde del rio, y hallé, ántes de un magnífico
hotel que se llama "Prospects," y del que todas las ventanas dan á la
catarata, una empinada escalerita escurriéndose al pié de la gran caida.
El piso superior de la escalera se vuela sobre lo que se llama la
"Herradura."
Vese allí en toda su extension el rio sembrado de rocas enormes,
entre las que llega chocándose y despedazándose la corriente, alzando
plumeros de espuma y polvo: es como media legua la extension. Entre las
olas hirvientes crecen el encino, los robles y los pinos de las islas,
y la soledad llena de estrépito, remeda una poblacion de espíritus que
nos aturden y subyugan.
Llegan las olas hervidoras, como que se enfrenan y comprimen en un
semicírculo inmenso de peñascos gigantes, y allí se ahogan y espiran
cayendo verdiosas como vidrio fundido, y rindiéndose al precipitarse en
aquel derrumbamiento sublime.
El mar espirante se doblega, se aterra, cae á plomo, no se abalanza
rugiente al espacio, no se arroja impetuoso, sucumbe exánime como un
gladiador hercúleo que inclina la cabeza sobre su pecho para espirar;
y así como el humo es el esqueleto de la llama, el polvo de agua es el
espectro de la catarata que se eleva ceñido del íris, como un fantasma
de la inmortalidad.
En aquel punto no percibí, como todos dicen, circular la caida: á mí
me pareció como una escuadra formada por las rocas.... A pocos pasos
de mí, un niño, sonriendo, tiraba piedrecillas y se divertia viéndolas
desparecer en el raudal caudaloso de las aguas que caian....
Los chorros blancos parecian colgar de lo alto del abismo, la boca del
abismo derramaba luz sobre la espuma, las puntas de las rocas eran como
cabezas humanas que salian del abismo.
Con miles de trabajos, arrastrándome, sintiéndome inseguro, y en
posturas que no eran para exhibidas, razon por la cual no me uní á mis
compañeros, descendí hasta un punto en que la escalera se estremecia, y
estaba como colgando sobre el abismo, bañándome las chispas de agua que
se desprendian de la catarata......
Alcé los ojos, y los volví á cerrar con terror: aquel derrumbamiento,
aquella caida, es superior á lo que el delirio mismo puede fingir ni la
mente humana alcanzar; era como el desbaratamiento del universo, como
si se asistiera al quebrantamiento de la tierra, al desplome de los
astros. El trueno, el huracan, la tiniebla, la luz moribunda, la vida
en su desquiciamiento estupendo.
¡Sublime Dios! aquellos mares no alzan con su revolucion tremenda
una burbuja en el océano de tu eternidad! El espíritu planea sobre
estos prodigios, como el águila en los vientos, y en la aspiracion á
lo eterno, desparece, como la película de la hoja, este conjunto de
maravillas!.... ¡Sublime Dios! alza á tí mi sér; suspéndelo contigo en
el infinito, revélame los horizontes de tu grandeza; y esta emocion que
se derrama de mi alma como ese inmenso raudal, me identifique contigo,
mi fuente, mi raíz, mi padre!....
¿Qué templos, ni qué fórmulas, ni qué palabras pueden contener lo que
tú proclamas con esa majestad sagrada?....
Regresé de mi excursion, y mis compañeros duraban en la suya. Entréme
entónces en un establecimiento cuyo primer piso lo forman un Museo y un
almacen.
Se asciende por una escalera pequeña y se encuentra uno en un precioso
mirador de cristales, circular y rodeado exteriormente por un corredor
ó faja estrecha, con su balaustrada de cantería.
La vista que se disfruta desde allí, es magnífica: por una parte, el
rio y las cascadas; al opuesto, edificios, tendidas sementeras con
arboledas en sus confines; por aquel extremo, la poblacion americana;
por el otro, el primero y segundo puentes, columpiándose sobre el
abismo y dejando ver como en las nubes la locomotora y los elegantes
carruajes abiertos que conducen á los sitios de placer.
Paredes, columnas, marcos y vidrios, están materialmente cuajados
de millones de nombres, de inscripciones, firmas y recuerdos de
los viajeros: el mirador es como un álbum inmenso en que parecen
registrados los nombres de todos los mortales. ¡Impotente esfuerzo del
renombre! delirio infantil de la vanidad! protesta contra lo efímero y
perecedero de la existencia humana!
Me entretenía en recorrer el álbum singular de que acabo de dar idea,
cuando fueron brotando de la cueva los viajeros del otro mundo, que me
refirieron, cuando subieron á la torrecilla, sus impresiones.
Al descender de la torrecilla, vimos á los dos lados del pasadizo
que da á la calle, dos departamentos: el de la izquierda, que es una
especie de Museo, con curiosidades geológicas; y el otro, un almacen
en que se expenden esas mil chucherías que son la ambicion de los
viajeros y el encanto de las ciudades.
Aderezos deliciosos de piedras blancas y trasparentes, pulseras,
cruces, aretes, estrellas, bastones de las ramas de los árboles que
circundan la catarata, y todo un repertorio de objetos de gamuza
bordados de piedrecillas y cuentas nácares, azules, blancas y verdes.
Gorrillas caprichosas, _theuas_, pecheras y yo no sé cuántas fruslerías
dispuestas con admirable coquetería.
Pero la parte sustancial del riquísimo almacen son las vendedoras,
porque de luego á luego se ve que su sin par hermosura y sus gracias,
entran como parte muy principal en la especulacion.
Cada una de aquellas sirenas del Niágara, lujosamente vestida, con voz
angélica y mirada amorosa, se apodera de un viajero, y le sonríe, le
conduce, le mima, mostrándole primores.
Aunque el comprador tenga de granito las entrañas, aquellas sonrisas le
conmueven, afloja los cordones de su bolsillo, y se hunde; por supuesto
que el dengue, y la sonrisa, y la mirada, se incluyen en las facturas,
y son fabulosas las exhibiciones.
Mis lectores, que poco más ó ménos conocen la calidad de sus
compatriotas, se harán cargo, por esta indicacion, de lo que serian
en aquella estancia, al medirse las proponentes las sogas, dejando al
descubierto el seno de alabastro; al pugnar por ajustar una pulsera al
hijo de Moctezuma; en una palabra, al entretenerse en trato íntimo con
aquellas _mercadelas_ tan provocativas y seductoras.
Los jóvenes que hicieron allí sus compras, se desmorecieron, se
despilfarraron y salieron con cargamentos de soguillas, cuentas y
abalorios.
A poca distancia del Museo, un saltimbanqui nos invitó, _por cuanto
vos_, á que pasásemos á un cuartito circular completamente á cubierto
de la luz.
El cuartito es una muy curiosa cámara oscura, en que sobre una
mesa cubierta con un lienzo blanco, se disfrutan en miniatura y en
movimiento, los paisajes ya descritos.
La oscuridad completa, las exclamaciones de viajeros y viajeras, y la
novedad de aquel cuartito contingente, no dejan de tener su atractivo.
Tomamos unos carruajes y dijimos á los aurigas nos llevasen al puente
colgante antiguo, que está como á dos millas de la catarata: fué
construido bajo la superintendencia de M. Roebling, y tuvo de costo
quinientos mil pesos.
Los wagones del ferrocarril Great Western, pasan por el puente á unirse
con el ferrocarril central de Nueva-York.
Ahora sí que no se escapan mis lectores de que les copie las
dimensiones de este gigantesco puente:
Extension de los palmos de centro á
centro de las torres 822 piés.
Altura de las torres del lado americano 88
Idem en la parte del Canadá 78
Idem de los rastrillos sobre el agua 258
Número de cables de alambre 4
Diámetro de cada uno 10-1/4 pulg.
Número de alambres en cada cable 3,659
Fuerza agregada á los cables 12,400 ton.
Peso de la superestructura 800
Cargas máximas 1,250
Peso máximo que pueden soportar cables
y extendederas 7,309
NOTA.--Los primeros alambres fueron echados al través del
rio por medio de un papelote. (_Cop._)
Poco más abajo del puente, del lado americano, nos apeamos para ver,
como á media milla, lo que se llama Whiripol, el Vórtice ó la Olla.
El rio se inclina á la derecha entre derrumbamientos de roca y forma
como un arco; las aguas, al estrellarse en la inmensa curva y retachar
en el muro frontero, forman un tremendo remolino, desgarrándose y
levantando altísimos plumeros de agua en proceloso tumulto.
No obstante los peligros inminentes que en semejante punto se perciben,
el vapor _Maid of the Mist_ ha hecho por allí sus viajes, siendo para
los pasajeros un atractivo desafiar riesgo tan espantoso.
Cerca de las tres de la tarde regresamos al hotel, donde me esperaba
para comer mi querido pintor italiano.
El pintor habia recogido todas las anécdotas que se cuentan sobre el
Niágara, excursiones peligrosas, caidas tremendas, episodios trágicos y
suicidios horripilantes.
Con su fisonomía animadísima y su semblante expresivo, me hablaba de
cuadros que tenia en su mente, y deseaba con el ardor del artista
trasladar al lienzo.
--Ya conoce vd. el rio ántes de la gran caida, con sus aguas en que
se quiebran los rayos del sol: figúrese vd. una jóven de angélica
hermosura, con el cabello desordenado por el viento, el velo flotante
sobre los bucles de oro de su espalda. Está en una barca pegada á una
roca; se ha levantado y se inclina á coger una flor que temblaba sobre
su delgado tallo al borde de la caida: de repente una ráfaga de viento
la barre y la precipita en el abismo.... ¿qué le parece á vd. ese
cuadro?
--Perfectamente.
--Esa señorita es Marta K. Rugg, de Lancaster, cerca de Boston: la
desgracia ocurrió en 19 de Agosto de 1844.
--Vea vd. otro cuadro:
--Es una barca que lleva irresistible la corriente por ese rio
impetuoso: en la barca, que estaba atada á la orilla, jugaban dos niños
á la vista de la madre.... el cable se rompe, la barca se desprende, la
niña ha salvado moribundo á uno de sus hijos.... el otro sigue en la
barca y le tiende alegre sus bracitos, corriendo al precipicio en que
perece, cruzando sobre la mole de la cascada....
--Eso es magnífico!
--Esa se llama la escena de los hijos de Mr. White.
--Tambien creo,--continuó el artista,--que se podria sacar partido de
esta otra tradicion:
--Ya escucho á vd.
--Hace años llegó á visitar la catarata una familia, compuesta del
padre de ella, la mamá y una jóven verdaderamente hechicera: parece que
el viaje se habia proyectado para divagar á la niña de unos amores que
reprobaban sus padres.
No contaban los médicos del amor con que el contrabandista piensa más
que el guarda.
A excusas, con cuidadoso disfraz y rodeado de precauciones, seguia el
galan perseguido á su adorado tormento.
Llegó al Niágara, se alojó en hotel diferente de los objetos de sus
cuidados, y tuvo frecuentes entrevistas con la niña.
Esta le dijo que la esperase en una barca, en punto seguro que
marcaron, y que allí se reunirian.
El dia dispuesto para la fuga, ántes de amanecer, la enamorada jóven
fuese sola á la isla de Goat; allí desgarró en las ramas de unos
árboles su _schal_, arrojó al torrente su gorro, su sombrilla, sus
enaguas interiores y su corsé, y á la hora citada se reunió al amante.
Los padres de la jóven, despiertan, la buscan, inquieren, siguen sus
huellas y retroceden espantados cuando ven los girones del _schal_ y
señales evidentes del suicidio espantoso.
Los novios, entre tanto, seguian su camino en el colmo de la felicidad,
llevando el amante vencedor á la señora de sus pensamientos, casi
desnuda, en medio de la corriente impetuosa....
--En efecto, podria un hombre como vd. hacer un bello cuadro de esa
leyenda.
--Por último, me dijo mi pintor satisfecho, creo que está ya hecho el
siguiente cuadro y que solo falta trasladarlo al lienzo. Es muy sabido
de todo el mundo y se encuentra en todas las guías de viajeros.
Un indio que bogaba en lo más hondo y rápido del rio, fué arrebatado
por la corriente; luchó, se esforzó, ¡pero todo trabajo fué inútil!
Entónces, grave y altanero, dejó de combatir, se asentó con majestad
en el centro de su canoa, se envolvió tranquilo en su manta, y grande,
sereno, imponente é impasible, se abandonó á la corriente, y se le vió
erguido, cuando su canoa saltaba sobre el abismo y desaparecia en la
eternidad....
--Realmente es sublime ese desden: es de lo más épico ese triunfo del
espíritu sobre la muerte....
Los compañeros habian salido á paseo; mi artista tenia quehaceres que
desempeñar, y yo aproveché la ocasion para abandonarme á mis sueños,
visitando las islas.
Tomé solitario mi camino para la isla de Goat: salió como á mi paso ese
torrente formado por la furia y el desencadenamiento de un mar.
A la entrada de la isla hay un puente de fierro, formado de un largo
y amplio carril de gruesos vigones, y á los lados, tendidos arcos de
cerca de tres varas de altura, con sus enverjados de fierro, pero los
arcos desunidos, que dan al puente bellísimo aspecto.
La isla tendrá media legua de extension; la rodea amplia calzada por
donde transitan caballos y carruajes. El conjunto tiene semejanza con
la parte del bosque de Chapultepec que da al Molino del Rey: de trecho
en trecho hay bancos de césped, asientos y glorietas, ocultándose
cuidadosa la mano del arte para que resalte el aspecto grandioso y
salvaje de aquel sitio delicioso.
Cuando llegué á la isla, habia varios paseantes; en uno de los puentes
de madera se hallaba un jóven de rubia y ensortijada cabellera,
escribiendo con su lápiz en uno de los pasamanos del puente.
Yo no sé por qué, del modo más inopinado, á la vista de aquel gallardo
jóven, en cuyo semblante creia distinguir el reflejo de la inspiracion,
me preocupó aquel episodio del Castillo de Chillon que refiere Dumas en
sus "Impresiones de Viaje."
"Contemplaba el castillo en ruinas, dice poco más ó ménos,
cuando un desconocido se adelantó á mí, penetró en uno de
los calabozos, permaneció allí algunos minutos y salió con
el emboce á los ojos; yo le seguí curioso con la vista, y me
pareció que su andar era desigual; penetré al punto en que
habia estado el desconocido.... busqué, inquirí si habia
dejado alguna huella.... y ví recientemente grabado en la
piedra, de una manera tosca é imperfecta, este nombre: BYRON."
Yo, sin ser Dumas por supuesto, me esperaba un desenlace semejante con
aquel jóven desconocido.
Esperé á que concluyera de escribir.... concluyó en efecto.... apénas
se alejó, cuando me acerqué á devorar con los ojos lo escrito.... Es de
advertir que el puente es un punto de vista magnífico, desde donde se
percibe parte del rio y la gran caida del Niágara.... Acerquéme: lo que
habia escrito el yankee, porque yankee era mi ideal poético, era una
cuenta de cueros de res, harina y sebo.... Dios me tuvo de su mano para
no darme de bofetadas por mi desengaño!
Costeando entónces la isla por toda la calzada que da al rio, y cercano
á otro descenso que tiene el nombre de _Cueva de los vientos_, nombre
comun á varios puntos, encontré á un hombre que venia hácia mí fumando,
y á quien pedí la lumbre: contestóme en correcto frances, y no faltó
motivo para emprender conversacion.
Díjome mi nuevo conocido que los primeros visitadores de aquella isla
fueron unos oficiales franceses, que en 1785 fueron conducidos allí por
unos indios; que la isla la compró despues Mr. Noah, quien habia soñado
hacer de aquel punto el refugio de todos los judíos del globo.
Con voz lúgubre é imponente me relató la historia de Francisco Abbot,
llamado el Ermitaño:
"Apareció el misterioso personaje al Oeste de la isla de Goat,
sin antecedente que diera á conocer su procedencia; formó una
cabaña de ramas de árbol, y no se tenia conocimiento exacto
de cómo proveia á su subsistencia, porque vivia en rigurosa
incomunicacion.
"Durante el dia, y en general en el buen tiempo, no salia de
su choza. Pero cuando las tempestades se desencadenaban, al
brillo de los relámpagos y á los estampidos del trueno, salia
de su cabaña, corria, levantando los brazos y lanzando gritos,
á las orillas de los abismos, dando muestras de infinito
placer.
"Esto era á mediados de 1830: en 1831, en medio de una de esas
escenas de terror, se lanzó á la corriente de la catarata, y
su cuerpo, aunque muy mutilado, se encontró catorce millas más
abajo de la caida, cerca del fuerte del Niágara."
Seguí en mi paseo: á mi derecha como que se recortaba el borde,
presentando varias hundiciones ó claros en que se distinguian
espantosas profundidades. Al inclinarme en una de ellas, contemplé
agarrándome de las rocas, una escalerilla de palo con escalones
débiles y volados, á una gran altura. Temiendo desvanecerme, me senté
en el primero de los escalones, y así fuí descendiendo, sintiendo
estremecerse de un modo alarmante la escalera; llegué á un descanso, de
él se desprende en la roca viva un corredor con su fuerte barandal de
madera: es un balcon suspendido sobre el rio ántes de bifurcarse y de
caer, y desde donde se percibe en toda su grandiosa, su espléndida, su
magnífica extension. Es más de una legua su anchura: desde aquel punto
no se perciben con exactitud sus límites.
Arranca el tropel tempestuoso de las aguas desde el confin del distante
horizonte, de donde parece saltar del cielo, que en aquel punto parece
unido á la tierra: despues, en declive rapidísimo, aquel vacío que se
torna mar; aquel éter que se liquida, centuplicando en reverberaciones
la luz que se funde; aquella claridad que se hace corpórea, hija del
desquiciamiento del mar, parece precipitarse como una columna compacta,
entrando por entre lejanas arboledas, corriendo como si á su espalda se
agitase el huracan.
A cierta distancia, el lecho del inmenso rio ya no es un cauce; es un
océano de peñascos como montañas, de trozos de ruinas, de fragmentos
de mundo, que han salvado de trecho en trecho del naufragio la tierra,
y donde quedan como guerreando en pié, convulsos y terribles, gigantes
árboles que abaten sus ramas como si pretendieran ahogar á sus piés la
corriente procelosa.
Aquel esparcimiento de piedras y peñascos, disperso muro, inútil
resistencia de las aguas, impotente conato de su detencion y
aquietamiento, rompe en millares de olas la corriente, las aisla,
las individualiza, y en su vertiginosa impetuosidad, aullan, gimen,
prorumpen en alaridos intensísimos, se desgarran, vuelan en fracciones
y producen una gritería de articulaciones, como una insurreccion, un
tropel, un tumulto, una locura imposible de describirse ni alcanzarse
con la imaginacion.
La luz en cambiantes infinitas, vuela sobre las olas desencadenadas, en
que se perfila, se dora y se quiebra en desmoronamientos imposibles,
estalla en chispas, se recoge y destiende en ráfagas deslumbradoras,
miéntras el movimiento remeda la cabellera, el ojo, el brazo, la
espalda de cuerpos hundiéndose, desarticulándose y esparciéndose en
pedazos, que se trasforman en figuras fantásticas y espantables.
Parece que el mundo todo corre en fracciones en el torrente, y su
ímpetu y su empuje son tales, que todo tiembla y se humilla en su
alrededor. Parece que presienten su caida las aguas, y como que
protestan, como que aullan, corriendo á su suplicio.
En la corriente de los siglos, en el impetuoso torrente del tiempo,
¿qué son las generaciones? ¿qué más da unas cuantas olas más ó ménos de
esos que se llaman los dias y los años? ¡Miserable humanidad! ¡Risibles
ensueños de inmortalidad mundana!
¿Qué es lo que impera en medio de este cataclismo? El infinito.... el
infinito....! Dios.... Dios....!
Grande, profundísima impresion hizo en mí el Niágara; pero no sé por
qué la vista de este torrente me sobrecogió más y me sentí grande
cuando me llenaba de ella, la podia abarcar con mi alma y la superaba
en mis aspiraciones á identificarme con la Eternidad y Dios......
Atravesé el corredor de madera y salté á una roca que está coronando
la caida de la catarata: allí hay unos fierros en ángulo perfecto,
estribando en fuertísimos pilares tambien de fierro: el balcon permite
inclinarse sobre las aguas, recogiendo los últimos instantes del
torrente al precipitarse en el abismo de la sombra pálida de la caida.
En aquel lugar, y no obstante que el viento me importunaba y los
últimos rayos del sol caian sobre mí, revistiendo las olas en
hirvientes corrientes de púrpura y de llama, trabé mi brazo á uno de
los pilares, saqué mi cartera y escribí con mi lápiz los siguientes
versos, que no tienen otro mérito que ser un desahogo de mi corazon: