Salida de Orleans.--Cincinatti.--Claveland.--Búffalo.--Llegada á
Niágara.--El Niágara.
Nuestra salida de Orleans fué poco más ó ménos á las cinco de la
tarde. Las pocas, pero generosas y amadas relaciones que allí dejamos,
hicieron sombría nuestra despedida; sobre todo, aquella marcha al
acaso, como sin rumbo, como perseguidos por nosotros mismos, me
entristecia lo que no es decible.
Viajeros un tanto aguerridos, nos colocamos lo mejor posible, pusimos
en regla nuestros _triquis_, y merced á las inagotables bondades de
Gomez del Palacio, no teniamos que apurarnos en materia de trasportes y
formalidades para los equipajes.
El servicio de los ferrocarriles en el Sur, es muy inferior al del
Norte en cuanto á exactitud, limpieza y comodidades.
Nuestro objeto era visitar el Niágara, y esto me tenia inquieto como á
un chicuelo, gozando en mi mente con un espectáculo que era como todo
un mundo desconocido para mi imaginacion.
Mil veces, al salir de mi niñez, y cuando un caos de estrellas y
ráfagas de soles, cruzan por el cerebro de un muchacho, habia oido al
inmortal Heredia describir con su voz grandilocuente aquella maravilla,
y yo me estremecia y le echaba los brazos, como para que no me
arrebatase el torrente en que parecia corria yo aturdido escuchándolo.
Mil veces tambien, como quien desea saborear una preciosa leyenda,
rogaba á Manuel Payno me contase sus impresiones de viaje al Niágara,
que siempre eran distintas en los labios de ese narrador fácil y
entretenido, para mí uno de los hombres que poseen en más alto grado
ese delicioso talento de la amena conversacion familiar.
Y muchas veces en los cuentos de Hadas con que solia conciliar el
sueño á mis nietecitos, les pintaba un Niágara con sus peñascos de
trasparente caramelo, sus corrientes de almíbar y sus caidas entre
árboles que producen espontáneos, cochecitos con puertas que se abren,
ratones con cuerda, tambores y primorosos maromeros.
Y ¿quién lo creerá? estas sandeces y estas fantasías, me consolaban á
mí mismo, como que me fingian un mundo encantado, y olvidaba lo real de
mis penas y lo incierto de mi destino.
Por otra parte, las quiebras del camino, la continuidad de sembrados,
chozas y fincas, los idilios que la vida del campo improvisa y presenta
sin ostentacion ni pretensiones, me tenian encantado, y más encantado
con Gomez del Palacio que, conociendo mi lado flaco, me citaba los
poetas bucólicos con admirable oportunidad, y con un lujo de memoria
que me dejaba absorto. Este Pancho, tiene muchísimo talento.
En el cuarto de fumar, hallé á Lancaster en conversacion empeñadísima
con un M. Frank, ingeniero de caminos de fierro, jóven inteligentísimo,
de muy buena sociedad y de muy variados conocimientos en muchas
materias.
Al estimable ingeniero habia simpatizado Lancaster como un hermano, con
todo y su seriedad y sus pocas palabras; le obsequiaba, le prodigaba
atenciones; en una palabra, como dicen en mi tierra, le nacia ser su
amigo, y cuando yo los sorprendí, estaban alegres y parlanchines como
dos viejos camaradas de colegio.
Tratábase de ferrocarriles.