A este y otros versitos juguetones contestaban Xarifa y Cora con
chistes y con gracias de tan buen tono y tan llenas de delicadeza, que
extendian mi cariño, criaban mi gratitud y convertian cada dia en más
profundo mi respeto á la familia entera.
La vida del hotel nos aburria, la comida nos tenia con la bílis en
los labios: en una palabra, caia en nuestras almas la sombra de la
nostalgia, encerrándose cada cual con sus penas íntimas temiendo
molestar á los demás.
Entónces emprendió mi naturaleza descomunal batalla para no dejarse
dominar y rendir por mi situacion dolorosa.
Para los hombres concentrados; para esos para quienes el dolor
encuentra en sus almas el silencio de la meditacion, las ruinas del
desengaño entre el hielo del pasado y la indiferencia por el porvenir,
esa visita del _splin_ se pasea como una tempestad sobre un arenal,
como cae un rayo en el abismo de las aguas; pero cuando el dolor
sorprende nuestro sér; cuando aun viven algunas ilusiones; cuando aun
florecen algunos afectos; cuando aspiramos recuerdos en las flores de
la tumba y cintilan estrellas en nuestro ocaso, esas invasiones del
dolor nos quebrantan; esos relámpagos de desengaño nos deslumbran; ese
desamparo estremece nuestros miembros, como las húmedas paredes de un
sepulcro en que se nos enterrase vivos.
Yo me amaba con el amor de los que mi gratitud ó mi vanidad me hacian
creer que lloraban por mí, los ecos que á mí llegaban hacian vacío
en mi espíritu por su extrañeza, el hospedaje de la tierra era como
limosna, el aire que llevaba los cantos del ajeno contento, hacia como
sombra á mi espíritu para que volasen furtivos mis suspiros.
¡Cómo me sentia doliente y solo, en el desierto de mi alma!
Mis amigos Lancaster y Alcalde, con bondad infinita, me llenaban de
noticias, inventaban visitas y excursiones para alentarme, como quien
chiquea á un niño, como quien contempla á un padre.
Un domingo, Alcalde me dijo que le acompañase á un negocio al extremo
de la ciudad.
No esperó mi respuesta, sino que me encasquetó el sombrero, y cátenme
vdes. en vía de diversion.
Hicimos parada á la orilla del lago Ponchartrain.
¡Qué limpias y tendidas aguas! ¡qué risueñas orillas bordadas con los
cortinajes que forman los bosques y los caprichosos accidentes de las
lejanas colinas!
¡Qué pintorescas barcas de pescadores! ¡y cuántos vaporcillos, faluchos
y buquecillos de vapor atravesando con pintorescas poblaciones en sus
cubiertas, sus músicas y su aire de contento.
A la orilla del lago hay _restaurants_ y salones espaciosos, tiros de
pistola, juegos de bolos y lugares en que se expenden helados, bebidas
refrigerantes, bizcochos y dulces.
Y todo esto animado por un gentío inmenso, porque el rasgo más
característico de la mujer americana, sea la que fuere su clase, es ser
eminentemente portátil.
A pocos pasos del paradero del ferrocarril está el puente de madera:
á la entrada del puente un ciego pedia limosna, en tres idiomas
alternativamente.
En medio del puente nos detuvimos á contemplar el lago, que es
ciertamente magnífico.
La corriente de gente nos empujó á una puertecita de un jardin, á donde
llegaban, ó por mejor decir, se descargaban los wagones y se declaraba
el imperio de la gresca.
Unos caballeros vestidos con sus fracs negros, corbatas y guantes
blancos y en los ojales del frac anchas tiras de liston con sus flecos
de plata y oro colgando, nos expidieron los boletos, por cuanto
vos se entiende, proclamándose en grandes rótulos que aquel era un
_Pick-nick_, cuyos productos se dedicaban á un establecimiento de
caridad.
Entramos y nos encontramos en el centro del jardin más bello que
se puede imaginar: altísimos árboles, macizos de flores, toldos de
enredaderas, fuentes bullidoras.
En toda la extension del jardin habia mesillas ó puestos de vendimias,
y aparadores con frutas, dulces, objetos de modas, joyas, etc., como
quien dice, tiendas provisionales, cuyo despacho estaba encargado á
jóvenes de deslumbradora hermosura, pero como en competencia las razas.
La americana, alta, estrictamente ceñida, con grandes bucles, peinado
colosal, ojos de cielo y cútis cristalino, un tanto de anguloso en las
formas, algo de varonil en la conformacion de las manos; y la criolla
de color apiñonado, de ojos negros como abismos de pasion y de ternura,
labios manando besos y sonrisas, cabello encrespado sobre la tersa
frente, y un conjunto muy semejante al tipo mexicano en su adorable
perfeccion.
En el centro del jardin, en círculo extenso formado de un solo
mostrador corrido, imperaba una especie de _bar-room_ mixto, porque
habia sangrías, rompopes helados y compuestos de aguas de Seltz y
Vichy, _sandwichs_ y _candís_, ó sea dulces de todas clases, con
petardos, y con preguntas y respuestas, con declaraciones amorosas, y
con dulces disfrazados primorosamente de divertidos juguetes.
La servidumbre del establecimiento era espléndida, deliciosa; eran
señoritas de privilegiada hermosura, tan listas, tan alegres, con
sus largos delantales de lienzo como de nieve sobre la seda, cuajado
el pecho de cadenas y joyas, corriendo, saltando y sirviendo á los
marchantes en el mostrador mismo, ó en las mesitas colocadas bajo los
árboles, ó entre los camellones de alta yerba y deliciosas flores.
A los extremos del jardin se veia en uno _un jacalito_ ó casita
campestre con este rubro: _Post-ofice_: era una oficina de correos en
forma, con su despacho, sus sellos y su cuerpo de carteros. Allí se
escribia para cualquiera de los concurrentes y la carta se encaminaba á
la direccion, acudiendo los interesados por la respuesta ó esperándola
de los carteros.
En el opuesto extremo se extendia amplísimo el salon de baile con sus
ventanas rasgadas dando al jardin, y su sobresaliente música de viento.
Pero lo constitutivo de estos espectáculos, ó mejor dicho, lo que es el
espectáculo en sí, es la concurrencia, tan bien vestida, tan alegre,
tan persuadida de que el órden es una condicion de placer para la gente
civilizada.
Los niños en estas reuniones son lo que las aguas á los campos, lo que
las aves cantoras á los aires, lo que al rostro humano la sonrisa, lo
que al jarron de alabastro los ramos de flores.
¡Qué gusto en el vestir, qué alegría, qué soltura y libertad, qué
correr custodiados por su inocencia y por el respeto y consideracion
universales; todas las manos se tienden para acariciarlos, todas las
rodillas son su apoyo, en todos los regazos encuentran halagos!
--Esto es lindísimo, me decia Alcalde, satisfecho de haber ahuyentado
mi mal humor: haga vd. sus apuntaciones; aquí traje papel; ¿y el lápiz
de vd.? porque hay dias que pierde vd. tres y cuatro.
--Estas son nuestras _jamaicas_ en tafilete, le dije á Joaquin: ¿vd. no
recuerda de nuestra tierra?
--Las que he visto, me contestó mi amigo, han sido reminiscencias, en
las plazas de toros, en los paseos como la Pradera.
--Pues cuando yo era niño, ví una de esas _jamaicas_ en el bosque de
Chapultepec, contiguo á la casa de mis padres, como vd. sabe, que dejó
en mí recuerdos imperecederos.
Ya vd. recuerda aquella glorieta del fondo del bosque formada de
ahuehuetes gigantescos: ¿la recuerda vd. bien? recuerda su bóveda de
ramas, de la que cuelga en chorros el heno y que se abre el centro
descubriendo la bóveda del cielo? ¿Recuerda vd. las avenidas de
esa glorieta con árboles magníficos, como naves de catedrales de
indescribible majestad?
Yo todo lo estoy viendo: por entre los claros que dejan esos árboles,
se descubre, ya la fábrica pintoresca del molino, ya la arquería de
Anzures con los ojos de sus arcos, ya el castillo con su balconería,
su jardin, y su conjunto como el castillo que describe el Ariosto,
accesible al caballo pálido engendrado por el aire y la llama; ya en
un claro al Sur-Este, los volcanes, las serranías de Cuernavaca y de
Toluca, y el tropel de palacios derramados entre los árboles en las
pintorescas lomas de Tacubaya.
En esa lindísima glorieta se dió la _jamaica_ dirigida por los hombres
de buen gusto de la época, como Gonzalez Angulo, Gamboa, Olaguibel,
el mayorazgo Guerrero, Tornel, Molinos del Campo y otros cumplidos
caballeros.
La variedad de trages y lo selecto de la reunion, se prestaban á
combinaciones y matices que no son posibles aquí.
Allí habia fruteras, por supuesto señoritas de la más alta sociedad,
con sus armadores de seda, sus enaguas de raso y de blonda; pero
remedando á nuestras vendedoras.
Ya un grupo de inditas deliciosas vendian flores, procurando remedar
los _cuatros_ y el encogimiento de las Xochiles de Santanita y de
Ixtacalco.
Ya bajo un puesto con su desplante aquel, y con su retobeo y su tragin,
estaba instalada una fonda para merienda, y las fonderas, cuajadas de
perlas y diamantes, servian y regateaban, y hacian su papel como los
demás.
Los hombres distinguidos, los pollos, lujo y decoro de los salones,
eran allí dulceros, pasteleros, neveros, vendedores de licores.
En cada fonda rumbosa, en cada puesto, habia sus arpas, sus bandolones,
sus dulzainas y sus flautas.
Se compraba con escuditos de oro, y la gracia se hacia estribar, en
los chistes del comprador, en los fingidos dengues de las vendedoras.
Veintimilla, Villaseñor, Mendivil y otros poetas improvisadores, hacian
sus compras dirigiéndose en verso á las vendedoras, que eran condesas
y marquesas, con los trages de la florista y de la vendedora de tamales
cernidos.
Así, platicando, entramos al salon de baile, que era una verdadera
torre de Babel.
Americanos, franceses, ingleses, mexicanos, españoles, de todo habia, y
el bello sexo, representante de todas estas nacionalidades, entablaba
espontánea, no solo una competencia de lujo y de belleza, sino, lo
que es más, de gracias, de amabilidad y de buen humor, verdaderamente
hechiceros.
La humanidad reia, amaba, danzaba y daba al diablo lo del Valle de
lágrimas, convirtiendo la copa del dolor en rebosantes copas de
Champaña.
La tiesura de la inglesa, la voluptuosa indolencia de la criolla,
la Sal de Jesus de la habanera, todo se ostentaba espléndido,
incendiando al criollo, galvanizando al inglés, distrayendo al yankee y
enloqueciendo al mexicano y al habanero.
Yo me habia sentado en una de las bancas del salon de baile, á corta
distancia de una señora, dije mal, de una verdadera matrona, que por
condescendencia con sus niñas estaba en aquel lugar, sin atender ni
ocuparse más que de sus hijos.
Morena, de correcto perfil su nariz, boca reducida y discreta, y los
ojos más llenos de dulzura y bondad que pueden constituir el ideal del
pintor.
Una preciosa niña corria del asiento de la señora, á donde yo estaba,
cerca de la música, y como la mamá la llamaba y procuraba sosegarla,
hablando en español.... yo encontré el hilo de una relacion que me
sugeria mi viva simpatía por aquella modesta familia.
Pero la señora, aunque de muy finas maneras, tenia un aspecto de
melancolía y de gravedad, y no obstante mi valor civil, no me permitia
contestaciones como con Clarita la de San Francisco California.
En una de las escapadas que se dió la niña del regazo materno, pasó tan
cerca de mí, que la retuve para hacerle un cariño.
--¿Cuál es tu nombre, mi vida?
--Julita.... para servir á vd.....
--¿Y tu mamá?
--Julia tambien, y papá chico, Federico Miranda.
La señora llamó á la niña, y yo me quedé á oscuras, aunque resuelto á
contraer amistad. Ocurrióme, como si fuera lo más natural, valerme de
la estafeta _ad hoc_ de la entrada; dirigíme allá, pedí papel, esgrimí
el lápiz y sobre la rodilla escribí: