GUILLERMO PRIETO.

A este y otros versitos juguetones contestaban Xarifa y Cora con

chistes y con gracias de tan buen tono y tan llenas de delicadeza, que

extendian mi cariño, criaban mi gratitud y convertian cada dia en más

profundo mi respeto á la familia entera.

La vida del hotel nos aburria, la comida nos tenia con la bílis en

los labios: en una palabra, caia en nuestras almas la sombra de la

nostalgia, encerrándose cada cual con sus penas íntimas temiendo

molestar á los demás.

Entónces emprendió mi naturaleza descomunal batalla para no dejarse

dominar y rendir por mi situacion dolorosa.

Para los hombres concentrados; para esos para quienes el dolor

encuentra en sus almas el silencio de la meditacion, las ruinas del

desengaño entre el hielo del pasado y la indiferencia por el porvenir,

esa visita del _splin_ se pasea como una tempestad sobre un arenal,

como cae un rayo en el abismo de las aguas; pero cuando el dolor

sorprende nuestro sér; cuando aun viven algunas ilusiones; cuando aun

florecen algunos afectos; cuando aspiramos recuerdos en las flores de

la tumba y cintilan estrellas en nuestro ocaso, esas invasiones del

dolor nos quebrantan; esos relámpagos de desengaño nos deslumbran; ese

desamparo estremece nuestros miembros, como las húmedas paredes de un

sepulcro en que se nos enterrase vivos.

Yo me amaba con el amor de los que mi gratitud ó mi vanidad me hacian

creer que lloraban por mí, los ecos que á mí llegaban hacian vacío

en mi espíritu por su extrañeza, el hospedaje de la tierra era como

limosna, el aire que llevaba los cantos del ajeno contento, hacia como

sombra á mi espíritu para que volasen furtivos mis suspiros.

¡Cómo me sentia doliente y solo, en el desierto de mi alma!

Mis amigos Lancaster y Alcalde, con bondad infinita, me llenaban de

noticias, inventaban visitas y excursiones para alentarme, como quien

chiquea á un niño, como quien contempla á un padre.

Un domingo, Alcalde me dijo que le acompañase á un negocio al extremo

de la ciudad.

No esperó mi respuesta, sino que me encasquetó el sombrero, y cátenme

vdes. en vía de diversion.

Hicimos parada á la orilla del lago Ponchartrain.

¡Qué limpias y tendidas aguas! ¡qué risueñas orillas bordadas con los

cortinajes que forman los bosques y los caprichosos accidentes de las

lejanas colinas!

¡Qué pintorescas barcas de pescadores! ¡y cuántos vaporcillos, faluchos

y buquecillos de vapor atravesando con pintorescas poblaciones en sus

cubiertas, sus músicas y su aire de contento.

A la orilla del lago hay _restaurants_ y salones espaciosos, tiros de

pistola, juegos de bolos y lugares en que se expenden helados, bebidas

refrigerantes, bizcochos y dulces.

Y todo esto animado por un gentío inmenso, porque el rasgo más

característico de la mujer americana, sea la que fuere su clase, es ser

eminentemente portátil.

A pocos pasos del paradero del ferrocarril está el puente de madera:

á la entrada del puente un ciego pedia limosna, en tres idiomas

alternativamente.

En medio del puente nos detuvimos á contemplar el lago, que es

ciertamente magnífico.

La corriente de gente nos empujó á una puertecita de un jardin, á donde

llegaban, ó por mejor decir, se descargaban los wagones y se declaraba

el imperio de la gresca.

Unos caballeros vestidos con sus fracs negros, corbatas y guantes

blancos y en los ojales del frac anchas tiras de liston con sus flecos

de plata y oro colgando, nos expidieron los boletos, por cuanto

vos se entiende, proclamándose en grandes rótulos que aquel era un

_Pick-nick_, cuyos productos se dedicaban á un establecimiento de

caridad.

Entramos y nos encontramos en el centro del jardin más bello que

se puede imaginar: altísimos árboles, macizos de flores, toldos de

enredaderas, fuentes bullidoras.

En toda la extension del jardin habia mesillas ó puestos de vendimias,

y aparadores con frutas, dulces, objetos de modas, joyas, etc., como

quien dice, tiendas provisionales, cuyo despacho estaba encargado á

jóvenes de deslumbradora hermosura, pero como en competencia las razas.

La americana, alta, estrictamente ceñida, con grandes bucles, peinado

colosal, ojos de cielo y cútis cristalino, un tanto de anguloso en las

formas, algo de varonil en la conformacion de las manos; y la criolla

de color apiñonado, de ojos negros como abismos de pasion y de ternura,

labios manando besos y sonrisas, cabello encrespado sobre la tersa

frente, y un conjunto muy semejante al tipo mexicano en su adorable

perfeccion.

En el centro del jardin, en círculo extenso formado de un solo

mostrador corrido, imperaba una especie de _bar-room_ mixto, porque

habia sangrías, rompopes helados y compuestos de aguas de Seltz y

Vichy, _sandwichs_ y _candís_, ó sea dulces de todas clases, con

petardos, y con preguntas y respuestas, con declaraciones amorosas, y

con dulces disfrazados primorosamente de divertidos juguetes.

La servidumbre del establecimiento era espléndida, deliciosa; eran

señoritas de privilegiada hermosura, tan listas, tan alegres, con

sus largos delantales de lienzo como de nieve sobre la seda, cuajado

el pecho de cadenas y joyas, corriendo, saltando y sirviendo á los

marchantes en el mostrador mismo, ó en las mesitas colocadas bajo los

árboles, ó entre los camellones de alta yerba y deliciosas flores.

A los extremos del jardin se veia en uno _un jacalito_ ó casita

campestre con este rubro: _Post-ofice_: era una oficina de correos en

forma, con su despacho, sus sellos y su cuerpo de carteros. Allí se

escribia para cualquiera de los concurrentes y la carta se encaminaba á

la direccion, acudiendo los interesados por la respuesta ó esperándola

de los carteros.

En el opuesto extremo se extendia amplísimo el salon de baile con sus

ventanas rasgadas dando al jardin, y su sobresaliente música de viento.

Pero lo constitutivo de estos espectáculos, ó mejor dicho, lo que es el

espectáculo en sí, es la concurrencia, tan bien vestida, tan alegre,

tan persuadida de que el órden es una condicion de placer para la gente

civilizada.

Los niños en estas reuniones son lo que las aguas á los campos, lo que

las aves cantoras á los aires, lo que al rostro humano la sonrisa, lo

que al jarron de alabastro los ramos de flores.

¡Qué gusto en el vestir, qué alegría, qué soltura y libertad, qué

correr custodiados por su inocencia y por el respeto y consideracion

universales; todas las manos se tienden para acariciarlos, todas las

rodillas son su apoyo, en todos los regazos encuentran halagos!

--Esto es lindísimo, me decia Alcalde, satisfecho de haber ahuyentado

mi mal humor: haga vd. sus apuntaciones; aquí traje papel; ¿y el lápiz

de vd.? porque hay dias que pierde vd. tres y cuatro.

--Estas son nuestras _jamaicas_ en tafilete, le dije á Joaquin: ¿vd. no

recuerda de nuestra tierra?

--Las que he visto, me contestó mi amigo, han sido reminiscencias, en

las plazas de toros, en los paseos como la Pradera.

--Pues cuando yo era niño, ví una de esas _jamaicas_ en el bosque de

Chapultepec, contiguo á la casa de mis padres, como vd. sabe, que dejó

en mí recuerdos imperecederos.

Ya vd. recuerda aquella glorieta del fondo del bosque formada de

ahuehuetes gigantescos: ¿la recuerda vd. bien? recuerda su bóveda de

ramas, de la que cuelga en chorros el heno y que se abre el centro

descubriendo la bóveda del cielo? ¿Recuerda vd. las avenidas de

esa glorieta con árboles magníficos, como naves de catedrales de

indescribible majestad?

Yo todo lo estoy viendo: por entre los claros que dejan esos árboles,

se descubre, ya la fábrica pintoresca del molino, ya la arquería de

Anzures con los ojos de sus arcos, ya el castillo con su balconería,

su jardin, y su conjunto como el castillo que describe el Ariosto,

accesible al caballo pálido engendrado por el aire y la llama; ya en

un claro al Sur-Este, los volcanes, las serranías de Cuernavaca y de

Toluca, y el tropel de palacios derramados entre los árboles en las

pintorescas lomas de Tacubaya.

En esa lindísima glorieta se dió la _jamaica_ dirigida por los hombres

de buen gusto de la época, como Gonzalez Angulo, Gamboa, Olaguibel,

el mayorazgo Guerrero, Tornel, Molinos del Campo y otros cumplidos

caballeros.

La variedad de trages y lo selecto de la reunion, se prestaban á

combinaciones y matices que no son posibles aquí.

Allí habia fruteras, por supuesto señoritas de la más alta sociedad,

con sus armadores de seda, sus enaguas de raso y de blonda; pero

remedando á nuestras vendedoras.

Ya un grupo de inditas deliciosas vendian flores, procurando remedar

los _cuatros_ y el encogimiento de las Xochiles de Santanita y de

Ixtacalco.

Ya bajo un puesto con su desplante aquel, y con su retobeo y su tragin,

estaba instalada una fonda para merienda, y las fonderas, cuajadas de

perlas y diamantes, servian y regateaban, y hacian su papel como los

demás.

Los hombres distinguidos, los pollos, lujo y decoro de los salones,

eran allí dulceros, pasteleros, neveros, vendedores de licores.

En cada fonda rumbosa, en cada puesto, habia sus arpas, sus bandolones,

sus dulzainas y sus flautas.

Se compraba con escuditos de oro, y la gracia se hacia estribar, en

los chistes del comprador, en los fingidos dengues de las vendedoras.

Veintimilla, Villaseñor, Mendivil y otros poetas improvisadores, hacian

sus compras dirigiéndose en verso á las vendedoras, que eran condesas

y marquesas, con los trages de la florista y de la vendedora de tamales

cernidos.

Así, platicando, entramos al salon de baile, que era una verdadera

torre de Babel.

Americanos, franceses, ingleses, mexicanos, españoles, de todo habia, y

el bello sexo, representante de todas estas nacionalidades, entablaba

espontánea, no solo una competencia de lujo y de belleza, sino, lo

que es más, de gracias, de amabilidad y de buen humor, verdaderamente

hechiceros.

La humanidad reia, amaba, danzaba y daba al diablo lo del Valle de

lágrimas, convirtiendo la copa del dolor en rebosantes copas de

Champaña.

La tiesura de la inglesa, la voluptuosa indolencia de la criolla,

la Sal de Jesus de la habanera, todo se ostentaba espléndido,

incendiando al criollo, galvanizando al inglés, distrayendo al yankee y

enloqueciendo al mexicano y al habanero.

Yo me habia sentado en una de las bancas del salon de baile, á corta

distancia de una señora, dije mal, de una verdadera matrona, que por

condescendencia con sus niñas estaba en aquel lugar, sin atender ni

ocuparse más que de sus hijos.

Morena, de correcto perfil su nariz, boca reducida y discreta, y los

ojos más llenos de dulzura y bondad que pueden constituir el ideal del

pintor.

Una preciosa niña corria del asiento de la señora, á donde yo estaba,

cerca de la música, y como la mamá la llamaba y procuraba sosegarla,

hablando en español.... yo encontré el hilo de una relacion que me

sugeria mi viva simpatía por aquella modesta familia.

Pero la señora, aunque de muy finas maneras, tenia un aspecto de

melancolía y de gravedad, y no obstante mi valor civil, no me permitia

contestaciones como con Clarita la de San Francisco California.

En una de las escapadas que se dió la niña del regazo materno, pasó tan

cerca de mí, que la retuve para hacerle un cariño.

--¿Cuál es tu nombre, mi vida?

--Julita.... para servir á vd.....

--¿Y tu mamá?

--Julia tambien, y papá chico, Federico Miranda.

La señora llamó á la niña, y yo me quedé á oscuras, aunque resuelto á

contraer amistad. Ocurrióme, como si fuera lo más natural, valerme de

la estafeta _ad hoc_ de la entrada; dirigíme allá, pedí papel, esgrimí

el lápiz y sobre la rodilla escribí:

Viaje a los Estados Unidos, Tomo II · 第 15 / 94 题