EL MÉDICO Y SU PACIENTE

El anciano médico había sido durante toda su vida un hombre de

temperamento tranquilo y benévolo, aunque no de afectos muy calurosos, y

siempre puro y honrado en todos sus tratos con el mundo. Había comenzado

ahora una investigación con la severa é imparcial integridad de un juez,

como él se imaginaba, deseoso tan sólo de hallar la verdad, como si se

tratara de un problema geométrico, y no de las pasiones humanas y de las

ofensas de que él era víctima. Pero á medida que procedía en su labor,

una especie de terrible fascinación, una necesidad imperiosa é

ineludible se apoderó del anciano Rogerio, y no le dejó paz ni reposo

mientras no hubo hecho todo lo que creía de su deber. Sondeaba ahora el

corazón del pobre ministro como un minero cava la tierra en busca de

oro; ó un sepulturero una fosa en busca de una joya enterrada con un

cadáver, para encontrar al fin solamente huesos y corrupción. ¡Ojalá

que, para beneficio de su alma, hubiera sido esto lo que Chillingworth

buscaba!

Á veces en los ojos del médico brillaba un fulgor ominoso á manera del

reflejo de una hoguera infernal, como si el terreno en que trabajaba

este sombrío minero le hubiese dado indicios que le hicieran concebir

fundadas esperanzas de hallar algo valioso.

--Este hombre,--se decía en tales momentos allá para sus adentros,--este

hombre tan puro como lo juzgan, que parece todo espíritu, ha heredado

una naturaleza animal, muy fuerte, de su padre ó de su madre. Ahondemos

un poco más en esta dirección.

Entonces, después de escudriñar minuciosamente el alma del joven

clérigo, y de descubrir muchos materiales preciosos en la forma de

elevadas aspiraciones por el bienestar de la raza humana, amor ferviente

de las almas, sentimientos puros, piedad natural fortalecida por la

meditación y el estudio, é iluminada por la revelación,--todo lo cual,

si bien oro de muchos quilates, no tenía valor ninguno para el

escudriñador médico,--éste, aunque desalentado, empezaba sus

investigaciones en otra dirección. Se deslizaba á hurtadillas, con

pisadas tan cautelosas y aspecto tan precavido como un ladrón que

penetra en una alcoba donde hay un hombre medio dormido, ó quizá

completamente despierto, con el objeto de hurtar el tesoro mismo que

este hombre guarda como la niña de sus ojos. Á pesar de todas sus

precauciones y cuidado, el pavimento crujía de vez en cuando; sus

vestidos formaban ligero ruido; la sombra de su figura, en una

proximidad no permitida, casi envolvía á su víctima. El Sr. Dimmesdale,

cuya sensibilidad nerviosa era frecuentemente para él una especie de

intuición espiritual, tenía á veces una vaga idea de que algo, enemigo

de su paz, se había puesto en medio de su camino. Pero el viejo médico

poseía también percepciones que eran casi intuitivas; y cuando el

ministro le dirigía entonces una mirada de asombro, el médico se

sentaba tranquilamente sin decir palabra como su amigo benévolo,

vigilante y afectuoso, aunque no importuno.

Sin embargo, el Sr. Dimmesdale acaso se habría dado más perfecta cuenta

del carácter de este individuo, si cierto sentimiento mórbido, á que

están expuestas las almas enfermas, no le hubiera hecho concebir

sospechas de todo el género humano. No confiando en la amistad de hombre

alguno, no pudo reconocer á un enemigo cuando éste realmente se

presentó. Por lo tanto, continuaba manteniendo su trato familiar con el

médico, recibiéndole diariamente en su estudio, ó visitándole en su

laboratorio, y, por vía de recreo, prestando atención á los

procedimientos por medio de los cuales se convertían las hierbas en

drogas poderosas.

Un día, con la frente reclinada en la mano, y el codo en el antepecho de

la ventana que daba á un cementerio cerca de la casa, hablaba con el

médico, mientras éste examinaba un manojo de plantas de fea catadura.

--¿Dónde,--le dijo, contemplando de soslayo las plantas, pues rara vez

miraba ahora frente á frente ningún objeto, ya fuera humano ó

inanimado,--dónde, buen Doctor, habéis recogido esas hierbas de hojas

tan negras y lacias?

--En el cercano cementerio,--respondió el médico continuando en su

ocupación. Son nuevas para mí. Crecían sobre una fosa sin lápida

sepulcral, ni sin ningún otro signo que conserve la memoria del muerto,

excepto estas feas hierbas. Parece que brotaban de su corazón, como si

simbolizaran algún horrible secreto sepultado con él y que habría hecho

mucho mejor en confesar durante su vida.

--Quizá,--replicó el Sr. Dimmesdale,--lo deseó ardientemente, pero no le

fué dado hacerlo.

--Y ¿por qué?--dijo el médico,--¿por qué no hacerlo, cuando todas las

fuerzas de la naturaleza demandan de tal manera la confesión de la

culpa, que hasta estas hierbas negras han salido de un corazón

enterrado, para que quede manifiesto un crimen que no se reveló?

--Eso, buen señor, no pasa de ser una fantasía vuestra. Si no me

equivoco, solo el poder de la Divinidad alcanza á descubrir, ya por

medio de palabras proferidas, ó por signo, ó emblema, los secretos que

pudieran estar sepultados en un corazón humano. El corazón que se hace

reo de tales secretos, tiene por fuerza que conservarlos, hasta el día

en que todas las cosas ocultas se revelarán. Ni he leído ó interpretado

las Sagradas Escrituras de modo que me hagan comprender que el

descubrimiento de los hechos ó pensamientos humanos que entonces ha de

verificarse, deba formar parte de la retribución. Esto sería seguramente

una manera muy superficial de ver las cosas. No; estas revelaciones, á

no ser que yo me equivoque muy mucho, sirven sólo para aumentar la

satisfacción intelectual de todos los seres racionales que en ese día

estarán esperando ver la explicación del sombrío problema de la vida.

Para que sea completa en todas sus partes la resolución de ese problema,

será necesario un conocimiento del corazón de los hombres. Y yo creo,

además, que los corazones que encierran esos tristes secretos de que

habláis, lo darán á conocer en ese día postrimero, no con repugnancia,

sino con alegría inexplicable.

--Entonces ¿por qué no revelarlos aquí?--preguntó el médico mirando de

soslayo y tranquilamente al ministro--¿por qué los culpables no se

aprovechan cuanto antes de este gozo indecible?

--La mayor parte lo hacen,--dijo Dimmesdale llevándose la mano al pecho

como si fuera presa de repentino dolor. Más de una infeliz alma ha

depositado en mí su secreto, no solo en el lecho de muerte, sino en la

plenitud de la existencia y del goce de una buena reputación. Y siempre,

después de una confesión semejante, ¡oh! ¡qué aspecto de interna

tranquilidad he visto reflejarse en el rostro de esos hermanos que

habían errado en la senda del deber! Y ¿cómo podría ser de otro modo?

¿Por qué habría de preferir un hombre culpable, por ejemplo, de

asesinato, conservar el cadáver enterrado en su propio corazón, más bien

que arrojarlo lejos de sí de una vez y por siempre, para que el mundo lo

tome por su cuenta?

--Sin embargo, algunos hombres entierran sus secretos de esta

manera,--observó el tranquilo médico.

--Sí, es cierto; existen semejantes hombres,--contestó el Sr.

Dimmesdale. Pero, por no presentar otras razones más obvias, pudiera ser

que no desplieguen los labios á causa de la constitución misma de su

naturaleza. Ó--¿por qué no suponerlo?--por culpables que fueren, como

todavía abrigan verdadero celo por la gloria de Dios y el bienestar de

sus semejantes, les arredra acaso la idea de presentarse manchados y

culpables ante los ojos de los hombres, pues temen que en lo futuro

nada bueno podrá esperarse de ellos, ni podrán redimir por medio de

buenas obras el mal que hubieren hecho. De consiguiente, para su propio

é indecible tormento, se mueven entre sus semejantes, al parecer puros

como la nieve recién caída, mientras sus corazones están todo tiznados y

manchados con iniquidad de que no pueden deshacerse.

--Estos hombres se engañan á sí propios,--dijo el médico con alguna más

vehemencia de la que le era natural, y haciendo un signo ligero con el

dedo índice,--temen echarse sobre sí la ignominia que de derecho les

pertenece. Su amor á los hombres, su celo en el servicio de Dios, todos

estos santos impulsos, pueden ó no existir en sus corazones á la par de

las iniquidades á que sus faltas han dado cabida, y que necesariamente

engendrarán en ellos productos infernales. Pero no eleven al cielo sus

manos impuras si trataren de glorificar á Dios. Si quieren servir á sus

semejantes, háganlo dejando ver de un modo patente el poder y realidad

de la conciencia, humillándose voluntariamente y haciendo penitencia.

¿Querrás hacerme creer, ¡oh sabio y piadoso amigo! que un falso exterior

puede hacer más por la gloria de Dios ó el bienestar de los hombres, que

la pura y simple verdad? Créeme, esos hombres se engañan á sí mismos.

--Tal vez sea así,--dijo el joven ministro con aire indiferente, como

esquivando una discusión que consideraba poco del caso ó no muy

razonable; pues poseía en alto grado la facultad de desentenderse de un

tema que agitara su temperamento demasiado nervioso y sensible. Tal vez

sea así, continuó, pero ahora quiero preguntar á mi hábil médico si

cree en realidad que me ha sido de provecho el bondadoso cuidado que

viene teniendo de esta mi débil máquina humana.

Antes que el médico pudiera responder, oyeron la risa clara y alocada de

un labio infantil en el cementerio contiguo. Mirando instintivamente por

la ventana entreabierta, pues era verano, el joven ministro vió á Ester

y á Perla en el sendero que atravesaba el recinto sepulcral. Perla lucía

tan bella como la luz de la aurora, pero se encontraba precisamente en

uno de esos accesos de alegría maligna, que cuando se presentaban,

parece como que la segregaban por completo de todo lo que era humano.

Iba saltando sin respeto alguno de sepultura en sepultura, hasta que

llegó á una cubierta con una gran lápida en que había grabado un escudo

de armas, y se puso á bailar sobre ella. En respuesta á las

amonestaciones de su madre, la niña se detuvo un momento para arrancar

los espinosos capullos de una cardencha que crecía junto á la tumba.

Tomando un puñado de capullos, los fué prendiendo á lo largo de las

líneas de la letra escarlata que decoraba el pecho de su madre, á la que

se quedaron tenazmente adheridos. Ester no se los arrancó.

El médico que, entretanto, se había acercado á la ventana, dirigió una

mirada al cementerio, y sonrió amargamente.

--En la naturaleza de esa niña,--dijo tanto para sí como dirigiéndose á

su compañero,--no hay ni ley, ni reverencia por la autoridad, ni

consideración á las opiniones y costumbres de los demás, sean buenas ó

malas. Días pasados la ví rociar con agua al Gobernador mismo en el

bebedero para el ganado. ¿Qué es esta niña, en fin, en nombre del cielo?

¿Es un trasgo completamente perverso? ¿Tiene afectos de alguna clase?

¿Tiene algún principio patente?

--Ninguno, excepto la libertad que proviene del quebrantamiento de una

ley,--respondió el Sr. Dimmesdale con reposado acento, como si hubiera

estado discutiendo este asunto consigo mismo. Si es capaz de algo bueno,

no lo sé.

Probablemente la niña oyó la voz de estos hombres, porque alzando con

inteligente y maliciosa sonrisa los ojos hacia la ventana, arrojó uno de

los capullos espinosos al Reverendo Sr. Dimmesdale, quien con nerviosa

mano y cierto temor trató de esquivar el proyectil. Perla, notando su

inquietud, palmoteó con la alegría más extravagante. Ester también había

alzado los ojos involuntariamente; y todas estas cuatro personas, viejos

y jóvenes, se miraron unos á otros en silencio, basta que la niña

prorrumpió en una carcajada, y gritó:

--Vámonos, madre; vámonos, ó ese viejo Hombre Negro que está ahí te

atrapará. Ya se ha apoderado del ministro. Vámonos, madre, vámonos, ó te

atrapará también. Pero no puede atrapar á Perlita.

É hizo partir á su madre, saltando, bailando, retozando fantásticamente

entre los túmulos de los muertos, como criatura que nada tuviese de

común con las generaciones allí enterradas, ni aun el más remoto

parentesco con ellas. Parecía como si hubiera sido creada de nuevos

elementos, debiendo por lo tanto vivir forzosamente una existencia

aparte, con leyes propias y especiales, sin que pudieran considerarse

un crimen sus excentricidades.

--Ahí va una mujer,--prosiguió el médico después de una pausa,--que sean

cuales fueren sus faltas, no tiene nada de esa misteriosa corrupción

oculta que creéis debe ser tan dura de llevar. ¿Pensáis acaso que Ester

Prynne es menos infeliz á causa de esa letra escarlata que ostenta en el

seno?

--Así lo creo,--replicó el ministro. Sin embargo, no puedo responder por

ella. Hay en su rostro una expresión de dolor, que hubiera deseado no

haber visto. Creo, no obstante, que es mucho mejor para el paciente

hallarse en libertad de mostrar su dolor, como acontece con esta pobre

Ester, que no llevarlo oculto en su corazón.

Hubo otra pausa; y el médico empezó de nuevo á examinar y á arreglar las

plantas que había recogido.

--Me preguntásteis, no ha mucho, dijo, mi opinión acerca de vuestra

salud.

--Así lo hice,--respondió Dimmesdale,--y me alegraría conocerla. Os

ruego que habléis francamente, sea cuál fuere vuestra sentencia.

--Pues bien, con toda franqueza y sin rodeos,--dijo el médico ocupado

aun en el arreglo de sus hierbas, pero observando con circunspección al

Sr. Dimmesdale,--la enfermedad es muy extraña; no tanto en sí misma, ó

en su manera de manifestarse exteriormente, á lo menos hasta donde puedo

juzgar por los síntomas que me ha sido dado observar. Viéndoos

diariamente, mi buen señor, y habiendo estudiado durante meses los

cambios de vuestra fisonomía, podría quizás consideraros un hombre

bastante enfermo, aunque no tan enfermo que un médico instruído y

vigilante no abrigara la esperanza de curar. Pero--no sé qué decir,--la

enfermedad parece serme conocida, y sin embargo no la conozco.

--Estáis hablando en enigmas, mi sabio señor, dijo el pálido ministro

mirando por la ventana hacia afuera.

--Entonces, para hablar con más claridad,--continuó el médico, y os pido

perdón, si es necesario que se me perdone la franqueza de mi

lenguaje,--permitidme que os pregunte,--como amigo vuestro, á cuyo cargo

ha puesto la Providencia vuestra vida y bienestar físico,--si me habéis

expuesto y referido completamente todos los efectos y síntomas de esta

enfermedad.

--¿Cómo podéis hacerme semejante pregunta?--replicó el ministro. Sería

ciertamente un juego de niños llamar á un médico y ocultar la llaga.

--Me dais, pues, á entender que lo sé todo,--dijo Rogerio Chillingworth

con acento deliberado y fijando en el ministro una mirada perspicaz,

llena de intensa y concentrada inteligencia. Así será; pero aquel á

quien se le expone solamente el mal físico y externo, á veces no conoce

sino la mitad del mal para cuya curación se le ha llamado. Una

enfermedad del cuerpo, que consideramos un todo completo en sí mismo,

puede acaso no ser sino el síntoma de alguna perturbación puramente

espiritual. Os pido de nuevo perdón, mi buen amigo, si mi lenguaje os

ofende en lo más mínimo; pero de todos los hombres que he conocido, en

ninguno, como en vos, la parte física se halla tan completamente

amalgamada é identificada, si se me permite la expresión, con la parte

espiritual de que aquella es el mero instrumento.

--En ese caso no necesito haceros más preguntas,--dijo el ministro

levantándose un tanto precipitadamente de su asiento. No creo que

tengáis á vuestro cargo la cura de almas.

--Esto hace,--continuó el médico sin alterar la voz, ni fijarse en la

interrupción, pero poniéndose en pie frente al extenuado y pálido

ministro,--que una enfermedad, que un lugar llagado, si podemos llamarlo

así, en vuestro espíritu, tenga inmediatamente su manifestación adecuada

en vuestra forma corpórea. ¿Quisiérais que vuestro médico curara el mal

físico? Pero ¿cómo podrá hacerlo sin que primero le dejéis ver la herida

ó pesadumbre de vuestra alma?

--¡No!--¡no á tí!--no á un médico terrenal!--exclamó el Sr. Dimmesdale

con la mayor agitación y fijando sus ojos grandemente abiertos,

brillantes, y con una especie de fiereza, en el viejo Rogerio

Chillingworth. ¡No á tí! Pero si fuere una enfermedad del alma la que

tengo, entonces me pondré en manos del único Médico del alma; él puede

curar ó puede matar según juzgue más conveniente. Haga conmigo en su

justicia y sabiduría lo que crea bueno. Pero ¿quién eres tú, que te

mezclas en este asunto? ¿Tú, que te atreves á interponerte entre el

paciente y su Dios?

Y con ademán furioso salió á toda prisa de la habitación.

--Me alegro de haber dado este paso,--se dijo el médico para sus

adentros, siguiendo con las miradas al ministro y con una grave sonrisa.

Nada hay perdido. Seremos amigos de nuevo y pronto. Pero ved ¡cómo la

cólera se apodera de este hombre y lo pone fuera de sí! Y lo mismo que

acontece con un sentimiento acontece con otro. Este piadoso Sr.

Dimmesdale ha cometido antes de ahora una falta, en un momento de

ardiente arrebato.

No fué difícil restablecer la intimidad de los dos compañeros, en el

mismo estado y condición que antes. El joven ministro, después de unas

cuantas horas de soledad, comprendió que el desorden de sus nervios le

había hecho incurrir en una explosión de ira, sin que en las palabras

del médico hubiera habido algo que pudiera disculparle. Se maravilló de

la violencia con que había tratado al bondadoso anciano, cuando no hacía

más que emitir una opinión y dar un consejo que eran parte de su deber

como médico, y que él mismo había solicitado expresamente. Lleno de

estas ideas de arrepentimiento, no perdió tiempo en darle la más

completa satisfacción, y en suplicar á su amigo que continuase con su

tarea y cuidados, que si no llegaban á restablecer completamente su

salud, habían sido indudablemente parte á prolongar su débil existencia

hasta aquella hora. El anciano Rogerio accedió fácilmente, y continuó su

vigilancia médica, haciendo cuanto podía en beneficio del ministro, con

la mayor buena fe, pero saliendo siempre de la habitación del paciente,

después de una entrevista facultativa, con una sonrisa misteriosa y

extraña en los labios. Esta expresión era invisible en la presencia de

Dimmesdale, pero se volvía más intensa cuando el médico cruzaba el

umbral.

--¡Un caso extraño!--murmuraba. Necesito escudriñarlo más

profundamente. ¡Rara simpatía entre alma y cuerpo! Aunque no fuera más

que en beneficio de la ciencia, tengo que investigar este asunto á

fondo.

Poco tiempo después de la escena arriba referida, aconteció que el

Reverendo Sr. Dimmesdale, al mediodía, y enteramente de improviso, cayó

en profundísimo sueño mientras, sentado en su sillón, estaba leyendo un

volumen en folio que yacía abierto sobre la mesa. La intensidad del

reposo del ministro era tanto más notable, cuanto que era una de esas

personas de sueño por lo común ligero, no continuado, y fácil de

interrumpirse por la menor causa. Pero su espíritu no estaba tan

hondamente aletargado, que le impidiera moverse en el sillón cuando el

anciano médico, sin ningunas precauciones extraordinarias, entró en el

cuarto. Chillingworth se dirigió sin vacilar á su enfermo amigo, y

poniendo la mano en el seno de éste, echó á un lado el vestido que lo

había mantenido cubierto siempre, aún á las miradas del facultativo.

Entonces fué cuando el Sr. Dimmesdale se estremeció y hasta se movió

ligeramente.

Después de una breve pausa el médico se retiró. ¡Pero con qué feroz

mirada de sorpresa, de alegría y de horror! ¡Con qué siniestro placer,

demasiado intenso para que pudiera hallar plena expresión en sus miradas

y facciones, y que por lo tanto se esparció por toda la fealdad de su

rostro y cuerpo, manifestándose por medio de extravagantes gestos y

ademanes, ya levantando los brazos hacia el cielo, ya golpeando el suelo

con los pies! Si alguien hubiera podido ver en aquel momento de éxtasis

al viejo Rogerio Chillingworth, no tendría que preguntarse cómo se

comporta Satanás cuando logra que se pierda un alma preciosa para el

cielo y la gana para el infierno.

Pero lo que distinguía el éxtasis del médico del que experimentaría

Satanás, era la expresión de asombro que lo acompañaba.

La letra escarlata novela escrita en inglés · 第 28 / 59 题