Como el lector recordará, el nombre de Rogerio Chillingworth ocultaba
otro nombre, cuyo antiguo poseedor había resuelto que no se mencionara
jamás. Ya se ha referido que en medio de la muchedumbre que presenciaba
el castigo ignominioso de Ester, un individuo de edad provecta, recién
llegado de las tierras ocupadas por los indios, contempló de repente,
expuesta á los ojos del público, como si fuera una imagen viviente del
pecado, á la mujer en quien había esperado hallar encarnados la alegría
y el calor del hogar. La honra de su esposa la veía pisoteada por todos
los circunstantes. Su infamia palpitaba allí, en la plaza pública. Si la
noticia llegaba alguna vez á oídos de los parientes y de las compañeras
de infancia de aquella mujer, ¿qué otra cosa les quedaría sino el
contagio de su deshonra, tanto mayor cuanto más íntimas y sagradas
hubieran sido sus relaciones de parentesco? Y en cuanto á él, cuyos
lazos de unión con la mujer delincuente habían sido los más estrechos y
sagrados que puedan darse, ¿por qué presentarse á reclamar una herencia
tan poco apetecible? Resolvió, por lo tanto, no dejarse exponer en la
picota de la infamia al lado de la que en un tiempo fué su esposa.
Desconocido para todo el mundo, excepto para Ester, y poseyendo los
medios de que ésta guardara silencio, escogió borrar su nombre de la
lista de los vivos, considerar completamente disueltos sus antiguos
lazos é intereses, y, en una palabra, darse por segregado del mundo como
si en realidad yaciera en el fondo del océano, donde el rumor público
hace mucho tiempo lo había consignado. Una vez realizado este plan,
surgirían inmediatamente nuevos intereses y á la vez un nuevo objeto á
que consagrar su energía, tenebrosa, es verdad, y acaso criminal, pero
de incentivo bastante absorbente para que dedicara á su realización toda
la fuerza de sus facultades.
Para llevar á cabo este proyecto, fijó su residencia en la ciudad
puritana, bajo el nombre supuesto de Rogerio Chillingworth, sin otra
recomendación que sus conocimientos científicos y su inteligencia, de
que poseía una suma no común. Como los estudios que hizo en otros
tiempos le habían familiarizado con la ciencia médica del día, se
presentó como físico, y como tal fué cordialmente recibido. En la
colonia eran muy raros los hombres hábiles en medicina ó cirugía. La
salud de los vecinos de la buena ciudad de Boston, por lo menos en lo
que se refiere á la medicina, había estado hasta entonces confiada á la
tutela de un anciano diácono y farmacéutico, cuya piedad y rectitud eran
testimonios más convincentes en favor suyo, que los que podría haber
presentado bajo la forma de un diploma en regla. El único cirujano era
un individuo que unía al ejercicio casual de esa noble profesión, el
manejo diario y habitual de la navaja de afeitar.
Para semejante cuerpo facultativo fué Rogerio Chillingworth una
adquisición brillante. Pronto manifestó su familiaridad con la ponderosa
é imponente maquinaria de la antigua medicina, en la que cada remedio
contenía una multitud de extraordinarios y heterogéneos ingredientes,
compuestos con tanto trabajo y esmero como si se tratara de obtener el
Elixir de Vida. Durante su cautiverio entre los indios, había adquirido
un notable conocimiento de las propiedades de las hierbas y raíces
indígenas; ni ocultó á sus pacientes que estas simples medicinas, que la
sabia naturaleza había dado á conocer al inculto salvaje, merecían su
confianza en el mismo grado que la farmacopea de los europeos, en cuya
formación se habían empleado tantos siglos y tantos sabios doctores.
Era este erudito extranjero una persona ejemplar, por lo menos en cuanto
á las formas externas de la religión, y poco después de su llegada á la
colonia escogió al Reverendo Sr. Dimmesdale como guía espiritual. El
joven eclesiástico, que había hecho sus estudios en la Universidad de
Oxford, donde se conservaba su memoria con respeto, era tenido por sus
más ardientes admiradores casi como un apóstol consagrado por el cielo y
destinado, si podía trabajar y vivir el término ordinario de la
existencia humana, á hacer mucho en beneficio de la Iglesia de la Nueva
Inglaterra. En el período en que estamos de nuestra historia, su salud,
sin embargo, había empezado evidentemente á decaer. Aquellos que estaban
más familiarizados con los hábitos y costumbres de Dimmesdale, creían
que la palidez de sus mejillas era el resultado de su celo intenso por
el estudio, del escrupuloso cumplimiento de sus deberes religiosos, y
más que todo de los ayunos y vigilias que con tanta frecuencia
practicaba para impedir que la materia terrenal obscureciera ó
disminuyese el brillo de su lámpara espiritual. Algunos declaraban que
si el Sr. Dimmesdale estaba realmente á punto de morir tan joven,
consistía en que el mundo no era digno de ser hollado por sus pies. Por
otra parte, él mismo, con característica humildad, decía que si la
Providencia juzgaba conveniente llevárselo de este mundo, sería á causa
de su poco mérito para desempeñar la más humilde misión en la tierra.
Pero á pesar de la divergencia de opiniones en el particular, lo cierto
era que su salud estaba muy quebrantada. Había adelgazado mucho; su voz,
aunque todavía sonora y dulce, tenía cierta melancólica expresión de
decaimiento; con frecuencia se le veía, al menor ruido ó accidente de
poca importancia, llevarse la mano al corazón, con una súbita rubicundez
del rostro, seguida de palidez, indicio de dolor.
Tal era el estado del joven Dimmesdale, y tan inminente el peligro de
que se extinguiera esa naciente luz del mundo, antes de tiempo, cuando
Rogerio Chillingworth llegó á la ciudad. Su primera entrada en escena,
sin que se supiera de dónde venía, si era caído del cielo ó si procedía
de las regiones inferiores, le daba cierto aspecto de misterio, que
fácilmente se convirtió en algo casi milagroso. Se sabía que era un
hombre hábil é inteligente; se había observado que recogía hierbas y
flores silvestres, que arrancaba raíces, que cortaba ramas de los
árboles del bosque, como persona familiarizada con las ocultas virtudes
de lo que no tenía ningún valor á los ojos del vulgo. Se le había oído
hablar de Sir Kenelm Digby[15] y de otros hombres famosos, cuyos
conocimientos en asuntos científicos se consideraban casi
sobrenaturales, con quienes se había asociado ó tenido correspondencia.
¿Por qué, ocupando tan alto puesto en el mundo de la ciencia, había
venido á la colonia? ¿Qué podría buscar en un país semisalvaje este
hombre cuya esfera de acción estaba en las grandes ciudades? En
respuesta á esta pregunta, empezó entonces á circular un rumor,--al que,
por absurdo que fuera, hasta personas sensatas le daban crédito. Se
decía que el cielo había operado un verdadero milagro transportando por
el aire, desde una Universidad de Alemania, á un eminente Doctor en
Medicina, depositándolo á la puerta del estudio del Sr. Dimmesdale.
Personas mucho más sensatas en materias de fe, y que sabían que el cielo
alcanza sus fines sin lo que se llama intervención milagrosa, se
hallaban inclinadas á ver algo providencial en la llegada tan oportuna
de Rogerio Chillingworth.
Daba consistencia á esta idea el gran interés que el físico, como se
decía en aquellos tiempos, manifestó desde el principio por el joven
eclesiástico, á quién se apegó como uno de sus feligreses; y á pesar de
la reserva natural de aquel, trató de ganarse su amistad y su confianza.
Manifestó gran alarma por el estado de la salud de su pastor, y también
grandes deseos de probar si podía curarle, y no desesperaba de
conseguirlo si se emprendía la obra en tiempo. Los funcionarios de la
iglesia del Sr. Dimmesdale, así como las damas casadas y las jóvenes y
bellas señoritas, sus feligreses, le instaron para que se aprovechara de
la habilidad del médico, que tan generosamente se había ofrecido á
servirle. El Sr. Dimmesdale, rehusó con dulzura sus instancias.
--No necesito medicina, dijo.
Pero ¿cómo podía hablar así el joven ministro, cuando con cada domingo
que pasaba sus mejillas se volvían más pálidas, su rostro más delgado, y
su voz más trémula; y cuando ya se había convertido en hábito constante
oprimirse el corazón con la mano? ¿Estaba fatigado de sus labores?
¿Deseaba morir? Estas preguntas le fueron solemnemente hechas al Sr.
Dimmesdale por los ministros más ancianos de Boston y por los
dignatarios de su misma iglesia quienes, para emplear su propio
lenguaje, le amonestaron acerca del pecado que cometía en rechazar el
auxilio que la Providencia tan manifiestamente le presentaba. Los oyó en
silencio y finalmente prometió consultarse con el médico.
--Si fuere la voluntad de Dios,--dijo el Reverendo Sr. Dimmesdale cuando
en cumplimiento de su promesa pidió al anciano Rogerio Chillingworth los
auxilios de su profesión,--estaría contento con que mis labores, y mis
penas, y mis pecados, terminaran pronto junto con mi existencia, y lo
que en mí es terrenal se enterrase en mi sepultura, y lo que es
espiritual me acompañara á mi morada eterna, antes que poner á prueba
vuestra habilidad en beneficio mío.
--¡Ah!--replicó el médico con aquella calma que, natural ó impuesta,
distinguía todas sus maneras,--así es como un joven eclesiástico habla
por lo común. La juventud, por lo mismo que no ha echado aun raíces
profundas, con facilidad renuncia á la vida. Y los hombres devotos y
buenos que siguen en la tierra los preceptos de Dios, con gusto dejarían
este mundo para estar á su lado en la Nueva Jerusalén.
--No,--replicó Dimmesdale llevándose la mano al corazón, con una rápida
rubicundez en la frente y una contracción de dolor en el rostro,--si yo
fuera más digno de ir allí, tendría más satisfacción en trabajar aquí.
--Los hombres buenos siempre se forman de sí propios una idea demasiado
mezquina,--dijo el médico.
De esta manera el misterioso Rogerio Chillingworth se convirtió en el
consejero médico del Reverendo Sr. Dimmesdale. Como no solamente la
enfermedad despertaba el interés del médico, sino también el carácter y
cualidades de su paciente, estos dos hombres, tan diferentes en edad,
gradualmente llegaron á pasar mucho tiempo juntos. En beneficio de la
salud del eclesiástico, y para facilitar al médico la mejor manera de
recoger las plantas con propiedades medicinales que le eran necesarias,
daban largos paseos á orillas del mar ó por el bosque, mezclando su
variada conversación con el rumor y cadencia de las olas, y el solemne
murmullo del viento en la copa de los árboles. Con frecuencia también,
uno era el huésped del otro; y para el joven ministro había una especie
de fascinación en la sociedad del hombre de ciencia, en quien reconocía
un desenvolvimiento intelectual de un alcance y profundidad nada
comunes, juntamente con una liberalidad y amplitud de ideas que en vano
trataría de buscar en los miembros de su profesión. En realidad de
verdad, se quedó sorprendido, si no escandalizado, al descubrir esta
última cualidad en el médico.
El Sr. Dimmesdale era un verdadero sacerdote, en la significación vasta
de esta palabra: un hombre verdaderamente religioso, con el sentimiento
de la reverencia muy desarrollado, y con un género de inteligencia que
le obligaba á no desviarse de los senderos estrechos de la fe, que cada
día se volvía en él más profunda. En ningún estado de la sociedad habría
sido lo que se llama hombre de ideas liberales; siempre hubiera
necesitado, para la paz de su espíritu, sentir que la fe le rodeaba por
todas partes, sosteniéndolo, al mismo tiempo que estrechándolo en un
círculo de hierro. Á pesar de esto, si bien con trémulo gozo,
experimentaba una especie de desahogo temporal en poder contemplar el
universo al través de una inteligencia del todo diferente á aquellas con
que habitualmente estaba en contacto. Era como si se hubiere abierto una
ventana por donde penetrara un aire más puro en la atmósfera densa y
sofocante de su estudio, donde su vida se iba consumiendo á la luz de la
lámpara, ó á los rayos del sol que allí penetraban con dificultad, y
donde aspiraba solamente el olor enmohecido que se desprende de los
libros. Pero aquel aire era demasiado sutil y frío para que pudiese
respirarse con seguridad por mucho tiempo; de consiguiente, el
eclesiástico, así como el médico, volvieron á entrar en los límites que
permite la iglesia para no caer en herejía.
De este modo examinó á su paciente con el mayor esmero y cuidado, no
solo como le veía en su vida diaria, sin desviarse del sendero de las
ideas y sentimientos que le eran habituales, sino también como se le
presentaba cuando, en otro medio diferente tanto moral como intelectual,
la novedad de ese medio hacía dar expresión á algo que era igualmente
nuevo en su naturaleza. Parece que consideraba esencial conocer al
hombre antes de intentar curarle; porque donde quiera que existen
combinados corazón é inteligencia, tienen estos cierto influjo en las
enfermedades del cuerpo. La imaginación y el cerebro eran tan activos en
Arturo Dimmesdale, y tan intensa la sensibilidad, que sus males físicos
tenían seguramente origen en aquellos. Por lo tanto, Rogerio
Chillingworth,--el hombre hábil, el médico benévolo y amistoso,--trató
de sondear primero el corazón de su paciente, rastreando sus ideas y
principios, escudriñando sus recuerdos y tentándolo todo con cautelosa
mano, como quien busca un tesoro en sombría caverna.
Pocos secretos pueden escapar al investigador que tiene la oportunidad y
la licencia de dedicarse á semejante empresa, y posee la sagacidad de
llevarla adelante. El hombre que se siente abrumado bajo el peso de un
grave secreto, debe evitar especialmente la intimidad de su médico;
porque si éste se hallare dotado de natural sagacidad y de cierto no sé
qué, á manera de intuición; si no demuestra vanidad importuna, ni
cualidades características desagradables; si tiene la facultad innata de
establecer tal afinidad entre su inteligencia y la de su paciente, que
éste llegue á hablar, con llaneza y por descuido, lo que se imagina
haber pensado solamente; si tales revelaciones se reciben en silencio,
con una simple mirada de simpatía, ó á lo más con una que otra palabra
en que se dé á entender que todo se ha comprendido; y si á estas
cualidades necesarias á un confidente se unieren las ventajas que presta
la circunstancia de ser médico,--entonces, en un momento inevitable, el
alma del paciente se abrirá descubriendo á la luz del día sus más
ocultos misterios.
Rogerio Chillingworth poseía todas, ó casi todas las condiciones arriba
enumeradas. El tiempo sin embargo transcurría; una especie de intimidad,
como ya hemos dicho, se había establecido entre estos dos hombres
instruídos é inteligentes; discutían todos los temas relativos á asuntos
morales ó religiosos, así como los negocios públicos ó de carácter
privado; cada uno hablaba también mucho de materias que parecían
puramente personales; y sin embargo, ningún secreto, como el médico
imaginó que debía de existir, se escapó de los labios del joven
ministro. Tenía, no obstante, la sospecha de que ni siquiera la
naturaleza exacta de la enfermedad corporal del Sr. Dimmesdale le había
sido revelada. ¡Era una extraña reserva!
Al cabo de algún tiempo, debido á una indicación del médico, los amigos
del Sr. Dimmesdale arreglaron las cosas de modo que los dos se alojaran
bajo un mismo techo, de manera que el facultativo tuviese más
oportunidades de velar por la salud del joven eclesiástico. Gran alegría
causó en la ciudad este arreglo. Se creía que era lo más acertado para
el bienestar del Sr. Dimmesdale; á menos que, como se lo habían
aconsejado repetidas veces los que tenían autoridad para ello, se
decidiera á escoger por esposa á una de las muchas señoritas que
espiritualmente le eran adictas. Pero por el presente no había
esperanzas de que Arturo Dimmesdale se decidiera á hacerlo; había
respondido con una negativa á todas las indicaciones de esta naturaleza,
como si el celibato sacerdotal fuera uno de sus artículos de fe.[16]
Hallándose las cosas en tal estado, parecía que este anciano, sagaz,
experimentado y benévolo médico, sobre todo si se tenía además en cuenta
el amor paternal y el respeto que profesaba al joven ministro, era la
única persona y la más apta para estar constantemente á su lado y al
alcance de su voz.
Los dos amigos fijaron su nueva morada en la casa de una piadosa viuda,
de buena posición social, la cual asignó al Sr. Dimmesdale una
habitación que daba á la calle, bañada por el sol, pero con espesas
cortinas en la ventana que suavizaban la luz cuando así se deseaba. Las
paredes estaban colgadas con tapices que se decía provenir de los
Gobelinos, y representaban la historia de David y de Betsabé, y la del
profeta Nathán, como se refiere en la Biblia, con colores aun vivos que
daban aspecto de horribles profetisas de desgracias á las bellas figuras
femeninas del cuadro. Aquí depositó el pálido eclesiástico su
biblioteca, rica en enormes libros en folio forrados en pergamino, que
contenían las obras de los Santos Padres, la ciencia de los Rabinos y la
erudición de los monjes, de cuyos escritos se veían obligados á servirse
con frecuencia los clérigos protestantes por más que los desdeñasen y
hasta vilipendiasen. Al fondo de la casa arregló su estudio y
laboratorio el anciano médico, no como un hombre científico moderno lo
consideraría tolerablemente completo, sino provisto de un aparato de
destilar y de los adminículos necesarios para preparar drogas y
sustancias químicas, de que el práctico alquimista sabía hacer buen uso.
Con una situación tan cómoda, estas dos sabias personas se fijaron cada
una de asiento en su respectivo dominio, pero pasando familiarmente de
una habitación á otra, manifestando cada uno sumo interés en los
negocios del otro, sin llegar sin embargo á los límites de la
curiosidad.
Los amigos más sensatos del Reverendo Arturo Dimmesdale, como ya hemos
indicado, se imaginaban, muy fundadamente, que la mano de la Providencia
había hecho todo esto con el objeto,--demandado en tantas preces, así
públicas como privadas,--de restaurar la salud del joven ministro. Pero
es preciso decir también que cierta parte de la comunidad había
comenzado últimamente á considerar de un modo distinto las relaciones
entre el Sr. Dimmesdale y el misterioso y anciano médico. Cuando una
multitud ignorante trata de ver las cosas con sus propios ojos, por su
cuenta y riesgo, corre grave peligro de engañarse. Sin embargo, cuando
forma su juicio, como acontece comunmente, guiada por las enseñanzas de
una gran alma, las conclusiones á que llega son con frecuencia tan
profundas y tan exactas, que puede decirse que poseen el carácter de
verdades reveladas sobrenaturalmente. El pueblo, en el caso de que
tratamos, no podía justificar su prevención contra Rogerio Chillingworth
con razones ningunas dignas de refutarse. Es verdad que un antiguo
artesano que había vivido en Londres treinta años antes de los sucesos
que narramos, afirmaba haber visto al médico, aunque con un nombre
distinto, que no recordaba, en compañía del Doctor Forman, el famoso y
viejo mágico implicado en el asunto del asesinato de Sir Tomás Overbury,
que ocurrió por aquel entonces y causó lo que hoy se llama gran
sensación. Dos ó tres individuos decían que el físico, durante su
cautiverio entre los indios, había aumentado sus conocimientos médicos
tomando parte en los encantamientos ó ceremonias mágicas de los
sacerdotes salvajes; quienes, como se sabía de fijo, eran hechiceros
poderosos que á veces realizaban curas casi milagrosas merced á su
pericia en la Magia Negra. Un gran número de individuos,--y muchos de
ellos dotados de sensatez, y observadores prácticos, cuyas opiniones en
otras materias hubieran sido muy valiosas,--afirmaban que el aspecto
externo de Rogerio Chillingworth había experimentado un notable cambio
desde que se había fijado en la población, y especialmente desde que
vivía bajo el mismo techo que Dimmesdale. La expresión de su rostro
tranquila, meditativa y de hombre dedicado al estudio que le
caracterizaba al principio, había sido reemplazada por algo maligno y
desagradable, que antes no se notaba, pero cuya intensidad se iba
aumentando á medida que se le observaba más de cerca y con más
frecuencia. Según la idea vulgar, el fuego que ardía en su laboratorio
procedía del infierno, y estaba alimentado con sustancias infernales; y
por lo tanto, como era de esperarse, su rostro se iba también
ennegreciendo más y más con el humo.
Para resumir diremos, que tomó cuerpo la creencia de que el Reverendo
Arturo Dimmesdale, á semejanza de otros muchos personajes de especial
santidad en todas las épocas de la religión cristiana, se veía tentado
por Satanás mismo, ó por un emisario suyo en la persona del viejo
Rogerio Chillingworth. Este diabólico agente tenía el permiso divino de
gozar por algún tiempo de la intimidad del joven eclesiástico, y de
conspirar contra la salvación de su alma; aunque ningún hombre sensato
podía dudar por un momento de qué lado quedaría la victoria. El pueblo
esperaba, con fe inquebrantable, ver al ministro salir de aquella lucha
transfigurado con la gloria que le proporcionaría su triunfo inevitable.
Entretanto, era sin embargo muy triste pensar en la mortal agonía por
que tenía que pasar antes de salir vencedor.
¡Ay! á juzgar por la tristeza y terror que se revelaban en las miradas
del pobre eclesiástico, la batalla estaba siendo muy ruda sin que
pudiera decirse que la victoria fuera segura.
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