Preñada, sin saber como, del viento,
Es hija del deseo y de la fama.
Esta fue la ocasion y el instrumento
En todo y parte de que el mundo viese
No siete marabillas, sino ciento.
Corto numero es ciento: aunque dixese
Cien mil y mas millones, no imagines,
Que en la cuenta del numero excediese.
Esta conduxo á memorables fines,
Edificios que asientan en la tierra,
Y tocan de las nubes los confines.
Esta tal vez ha levantado guerra,
Donde la paz suave reposaba
Que en limites estrechos no se encierra.
Quando murió en las llamas, abrasaba
El atrevido fuerte brazo y fiero,
Esta el incendio horrible resfriaba.
Esta arrojó al Romano caballero
En el abismo de la ardiente cueva,
De limpio armado, y de luciente azero.
Esta tal vez con marabilla nueva,
(De su ambiciosa condicion llevada)
Mil imposibles atrevida prueba.
Desde la ardiente Libia hasta la helada
Citia lleva la fama su memoria,
En grandiosas obras dilatada.
Enfin ella es la altiva vanagloria,
Que en aquellas hazañas se entremete,
Que llevan de los siglos la vitoria.
Ella misma á sí misma se promete
Triunfos y gustos, sin tener asida
A la calva ocasion por el copete.
Su natural sustento, su bebida,
Es aire, y asi crece en un instante
Tanto, que no hay medida á su medida.
Aquellas dos del placido semblante
Que tiene á sus dos lados, son aquellas
Que sirven á la maquina de Atlante.
Su delicada voz, sus luces bellas,
Su humildad aparente, y las lozanas
Razones, que el amor se cifra en ellas,
Las hacen mas divinas que no humanas,
Y son, (con paz escucha y con paciencia)
La adulacion y la mentira hermanas.
Estas están contino en su presencia,
Palabras ministrandole al oido,
Que tienen de prudentes aparencia.
Y ella qual ciega del mejor sentido,
No ve que entre las flores de aquel gusto,
El aspid ponzoñoso está escondido.
Y asi arrojada con deseo injusto
En cristalino vaso prueba y bebe
El veneno mortal, sin ningun susto.
Quien mas presume de advertido, pruebe
A dexarse adular, verá quan presto
Pasa su gloria como el viento leve.
Esto escuché: y en escuchando aquesto,
Dió un estampido tal la gloria vana,
Que dió á mi sueño fin dulce y molesto.
Y en esto descubrióse la mañana,
Vertiendo perlas y esparciendo flores,
Lozana en vista, y en virtud lozana.
Los dulces pequeñuelos ruiseñores
Con cantos no aprendidos le decian
Enamorados della mil amores.
Los silgueros el canto repetian,
Y las diestras calandrias entonaban
La musica, que todos componian.
Unos del esquadron priesa se daban,
Porque no los hallase el dios del dia
En los forzosos actos en que estaban.
Y luego se asomó su señoria,
Con una cara de tudesco roja,
Por los balcones de la aurora fria.
En parte gorda, en parte flaca y floja,
Como quien teme el esperado trance,
Donde verse vencido se le antoja.
En propio toledano y buen romance
Les dió los buenos dias cortesmente,
Y luego se aprestó al forzoso lance.
Y encima de un peñasco puesto enfrente
Del esquadron, con voz sonora y grave
Esta oracion les hizo de repente.
O espiritus felices, donde cabe
La gala del decir, la sutileza
De la ciencia mas docta que se sabe!
Donde en su propia natural belleza
Asiste la hermosa poesia
Entera de los pies á la cabeza!
No consintais por vida vuestra y mia,
(Mirad con que llaneza Apolo os habla)
Que triunfe esta canalla que porfia.
Esta canalla digo que se endiabla,
Que por darles calor su muchedumbre,
Ya su ruina, ó ya la nuestra entabla.
Vosotros de mis ojos gloria y lumbre,
Faroles do mi luz de asiento mora,
Ya por naturaleza, ó por costumbre,
Haveis de consentir que esta embaidora,
Hipocrita gentalla se me atreva,
De tantas necedades inventora?
Haced famosa y memorable prueba
De vuestro gran valor en este hecho,
Que á su castigo y vuestra gloria os lleva.
De justa indignacion armad el pecho,
Acometed intrepidos la turba,
Ociosa, vagamunda, y sin provecho.
No se os dé nada, no se os dé una burba,
(Moneda Berberisca, vil y baxa)
De aquesta gente, que la paz nos turba.
El son de mas de una templada caja,
Y el del pifaro triste y la trompeta,
Que la colera sube, y flema abaxa;
Asi os incite con virtud secreta,
Que despierte los animos dormidos
En la facion que tanto nos aprieta.
Yá retumba, ya llega á mis oidos
Del esquadron contrario el rumor grande,
Formado de confusos alaridos.
Ya es menester, sin que os lo ruegue, ó mande,
Que cada qual como guerrero experto,
sin que por su capricho se desmande,
La orden guarde y militar concierto,
Y acuda á su deber como valiente
Hasta quedar, ó vencedor ó muerto.
En esto por la parte de poniente
Pareció el escuadron casi infinito
De la barbara, ciega, y pobre gente.
Alzan los nuestros al momento un grito
Alegre, y no medroso; y gritan, arma,
Arma resuena todo aquel distrito;
Y aunque mueran, correr quieren al arma.
VIAGE AL PARNASO.
CAPITULO VII.
Tu, Beligera musa, tú, que tienes
La voz de bronce, y de metal la lengua,
Quando á cantar del fiero Marte vienes:
Tú, por quien se aniquila siempre y mengua
El gran genero humano: tú, que puedes
Sacar mi pluma de ignorancia, y mengua:
Tu, mano rota, y larga de mercedes;
Digo en hacellas: una aqui te pido,
(Que no hará que menos rica quedes.)
La soberbia y maldad, el atrevido
Intento de una gente mal mirada
Ya se descubre con mortal ruido.
Dame una voz al caso acomodada,
Una sotil y bien cortada pluma,
No de aficion, ni de pasion llevada.
Para que pueda referir en suma
Con purisimo y nuevo sentimiento,
Con verdad clara, y entereza suma,
El contrapuesto y desigual intento
De uno y otro esquadron, que ardiendo en ira,
Sus vanderas descoge al vago viento.
El del vando catolico, que mira
Al falso y grande al pie del monte puesto,
Que de subir al alta cumbre aspira;
Con paso largo, y ademan compuesto,
Todo el monte coronan, y se ponen
A la furia, que en loca ha echado el resto.
Las ventajas tantean, y disponen
Los animos valientes al asalto,
En quien su gloria y su venganza ponen.
De rabia lleno y de paciencia falto
Apolo su bellisimo estandarte
Mandó al momento levantar en alto.
Arbolole un MARQUES, que el propio Marte
Su briosa presencia representa
Naturalmente, sin industria y arte.
Poeta celeberrimo y de cuenta,
Por quien, y en quien Apolo soberano
Su gloria y gusto, y su valor aumenta.
Era la insinia un cisne hermoso y cano,
Tan al vivo pintado, que dixeras,
La voz despide alegre al aire vano.
Siguen al estandarte sus vanderas
De gallardos alfereces llevadas,
Honrosas por no estar todas enteras.
Las cajas á lo belico templadas
Al milite mas tardo vuelven presto,
De voces de metal acompañadas.
GERONIMO DE MORA llegó en esto,
Pintor excelentisimo y poeta,
Apeles y Virgilio en un supuesto:
Y con la autoridad de una gineta,
(Que de ser capitan le daba nombre)
Al caso acude y á la turba aprieta.
Y porque mas se turbe, y mas se asombre
El enemigo desigual y fiero
Llegó el gran BIEDMA de inmortal renombre.
Y con él GASPAR DE AVILA, primero
Sequáz de Apolo, á cuyo verso y pluma,
Iciar puede envidiar, temer Sincero.
Llegó JUAN DE MEZTANZA, cifra y suma
De tanta erudicion, donaire y gala,
Que no hay muerte, ni edad que la consuma.
Apolo le arrancó de Guatimala,
Y le truxo en su ayuda para ofensa
De la canalla en todo estremo mala.
Hacer milagros en el trance piensa
CEPEDA, y acompañale MEGIA,
Poetas dinos de alabanza inmensa.
Clarisimo esplendor de Andalucia,
Y de la Mancha el sin igual GALINDO
Llegó con magestad y bizarria.
De la alta cumbre del famoso Pindo
Baxaron tres bizarros Lusitanos
(A quien mis alabanzas todas rindo.)
Con prestos pies y con valientes manos
Con FERNANDO CORREA DE LA CERDA,
Pisó RODRIGUEZ LOBO monte y llanos.
Y porque Febo su razon no pierda
El grande DON ANTONIO DE ATAIDE
Llegó con furia alborotada y cuerda.
Las fuerzas del contrario ajusta y mide
Con las suyas Apolo, y determina
Dar la batalla, y la batalla pide.
El ronco són de mas de una bocina,
Instrumento de caza y de la guerra,
De Febo á los oidos se avecina.
Tiembla debaxo de los pies la tierra
De infinitos poetas oprimida,
Que dan asalto á la sagrada sierra.
El fiero general de la atrevida
Gente, que trae un cuervo en su estandarte,
Es ARBOLANCHES, muso por la vida.
Puestos estaban en la baxa parte,
Y en la cima del monte, frente á frente
Los campos de quien tiembla el mismo Marte:
Quando una, al parecer discreta gente,
Del catolico vando al enemigo
Se pasó, como en numero de veinte.
Yo con los ojos su carrera sigo,
Y viendo el paradero de su intento,
Con voz turbada al sacro Apolo digo:
Qué prodigio es aqueste? qué portento?
O por mejor decir, qué mal aguero,
Que asi me corta el brio y el aliento?
Aquel tránsfuga que partió primero,
No solo por poeta le tenia,
Pero tambien por bravo churrullero.
Aquel ligero que tras él corria,
En mil corrillos en Madrid le he visto
Tiernamente hablar en la poesia.
Aquel tercero que partió tan listo,
Por satirico, necio, y por pesado
Sé que de todos fue siempre mal quisto.
No puedo imaginar como ha llevado
Mercurio estos poetas en su lista.
Yo fui, respondió Apolo, el engañado;
Que de su ingenio la primera vista
Indicios descubrió que serian buenos
Para facilitar esta conquista.
Señor, repliqué yo, crei que agenos
Eran de las deidades los engaños,
Digo, engañarse en poco mas ni menos.
La prudencia que nace de los años,
Y tiene por maestra la experiencia,
Es la deidad que advierte destos daños.
Apolo respondió: por mi conciencia,
Que no te entiendo, algo turbado y triste
Por ver de aquellos veinte la insolencia.
Tu, SARDO militar LOFRASO, fuiste
Uno de aquellos barbaros corrientes,
Que del contrario el numero creciste.
Mas no por esta mengua los valientes
Del esquadron catolico temieron,
Poetas madrigados y excelentes.
Antes tanto corage concibieron
Contra los fugitivos corredores,
Que riza en ellos y matanza hicieron.
O falsos y malditos trobadores,
Que pasais plaza de poetas sabios,
Siendo la hez de los que son peores.
Entre la lengua, paladar y labios
Anda contino vuestra poesia,
Haciendo á la virtud cien mil agravios.
Poetas de atrevida hipocresia,
Esperad, que de vuestro acabamiento
Ya se ha llegado el temeroso dia.
De las confusas voces el concento
Confuso por el aire resonaba
De espesas nubes condensando en viento.
Por la falda del monte gateaba
Una tropa poetica, aspirando
A la cumbre que bien guardada estaba.
Hacian hincapie de quando en quando,
Y con hondas de estallo y con ballestas
Iban libros enteros disparando.
No del plomo encendido las funestas
Balas, pudieran ser dañosas tanto,
Ni al disparar pudieran ser mas prestas.
Un libro mucho mas duro que un canto
A JUSEPE DE VARGAS dió en las sienes,
Causandole terror, grima y espanto.
Gritó, y dixo á un soneto: tú, que vienes
De satirica pluma disparado,
Porqué el infame curso no detienes?
Y qual perro con piedras irritado,
Que dexa al que las tira, y va tras ellas,
Qual si fueran la causa del pecado,
Entre los dedos de sus manos bellas
Hizo pedazos al soneto altivo,
Que amenazaba al sol y á las estrellas.
Y dixole Cilenio: ó rayo vivo
Donde la justa indignacion se muestra
En un grado y valor superlativo,
La espada toma en la temida diestra,
Y arrojate valiente y temerario
Por esta parte que el peligro adiestra.
En esto del tamaño de un breviario
Volando un libro por el aire vino,
De prosa y verso que arrojó el contrario.
De verso y prosa el puro desatino
Nos dió á entender que de ARBOLANCHES eran
Las Avidas pesadas de contino.
Unas Rimas llegaron, que pudieran
Desbaratar el esquadron christiano,
Si acaso vez segunda se imprimieran.
Dióle á Mercurio en la derecha mano
Una satira antigua licenciosa,
De estilo agudo, pero no mui sano.
De una intricada y mal compuesta prosa,
De un asunto, sin jugo y sin donaire,
Quatro Novelas disparó PEDROSA.
Silvando recio, y desgarrando el aire,
Otro libro llegó de rimas solas
Hechas al parecer como al desgaire.
Viólas Apolo y dixo, quando viólas:
Dios perdone á su autor, y á mí me guarde
De algunas Rimas sueltas españolas.
Llegó EL PASTOR DE IBERIA, aunque algo tarde,
Y derribó catorce de los nuestros,
Haciendo de su ingenio y fuerza alarde.
Pero dos valerosos, dos maestros,
Dos lumbreras de Apolo, dos soldados,
Unicos en hablar, y en obrar diestros:
Del monte puestos en opuestos lados
Tanto apretaron á la turba multa,
Que volvieron atras los encumbrados.
Es GREGORIO DE ANGULO el que sepulta
La canalla, y con él PEDRO DE SOTO,
De prodigioso ingenio, y vena culta.
Doctor aquel, estotro unico y doto
Licenciado, de Apolo ambos sequaces
Con raras obras y animo devoto.
Las dos contrarias indignadas haces
Ya miden las espadas, ya se cierran
Duras en su teson y pertinaces.
Con los dientes se muerden y se aferran
Con las garras, las fieras imitando,
Que toda piedad de sí destierran.
Haldeando venia, y trasudando
El autor de LA PICARA JUSTINA,
Capellan lego del contrario vando.
Y qual si fuera de una culebrina
Disparó de sus manos su librazo,
Que fue de nuestro campo la ruina.
Al buen TOMAS GRACIAN mancó de un brazo,
A MEDINILLA derribó una muela,
Y le llevó de un muslo un gran pedazo.
Una despierta nuestra centinela
Gritó: todos abaxen la cabeza,
Que dispara el contrario otra Novela.
Dos pelearon una larga pieza,
Y el uno al otro con instancia loca
De un embion, con arte y con destreza,
Seis seguidillas le encajó en la boca,
Con que le hizo vomitar el alma
Que salió libre de su estrecha roca.
De la furia el ardor, del sol la calma
Tenia en duda de una, y otra parte
La vencedora y pretendida palma.
Del cuervo en esto el lobrego estandarte
Cede al del cisne, porque vino al suelo
Pasado el corazon de parte á parte.
Su alferez, que era un ANDALUZ mozuelo
Trobador repentista, que subia
Con la soberbia mas allá del cielo,
Helosele la sangre que tenia,
Murióse quando vió que muerto estaba
La turba pertinaz en su porfia.
Puesto que ausente el gran LUPERCIO estaba
Con un solo soneto suyo hizo
Lo que de su grandeza se esperaba.
Descuadernó, desencajó, deshizo
Del opuesto esquadron catorce hileras,
Dos criollos mató, hirió un mestizo.
De sus sabrosas burlas y sus veras
El magno CORDOVES un cartapacio
Disparó, y aterró quatro vanderas.
Daba ya indicios de cansado y lacio
El brio de la barbara canalla,
Peleando mas flojo y mas despacio.
Mas renovóse la fatal batalla
Mezclandose los unos con los otros,
Ni vale arnes, ni presta dura malla,
Cinco melifluos sobre cinco potros
Llegaron, y envistieron por un lado,
Y llevaronse cinco de nosotros.
Cada qual como moro ataviado,
Con mas letras y cifras, que una carta
De Principe enemigo y recatado.
De romances moriscos una sarta,
Qual si fuera de balas enramadas,
Llega con furia y con malicia harta.
Y á no estar dos esquadras avisadas
De las nuestras del recio tiro y presto,
Era fuerza quedar desbaratadas.
Quiso Apolo indignado echar el resto
De su poder y de su fuerza sola,
Y dar al enemigo fin molesto.
Y una sacra cancion, donde acrisola
Su ingenio, gala, estilo y bizarria
BARTOLOME LEONARDO DE ARGENSOLA,
Qual si fuera un petrarte Apolo envia,
Adonde está el teson mas apretado,
Mas dura, y mas furiosa la porfia.
_Quando me paro á contemplar mi estado_
Comienza la cancion, que Apolo pone
En el lugar mas noble y levantado.
Todo lo mira, todo lo dispone
Con ojos de Argos, manda, quita y veda,
Y del contrario á todo ardid se opone.
Tan mezclados están, que no hay quien pueda
Discernir qual es malo, ó qual es bueno,
Qual es GARCILASISTA, ó TIMONEDA.
Pero un mancebo de ignorancia ageno,
Grande escudriñador de toda historia,
Rayo en la pluma, y en la voz un trueno,
Llegó, tan rica el alma de memoria,
De sana voluntad y entendimiento,
Que fue de Febo y de las musas gloria.
Con este acelerose el vencimiento,
Porque supo decir: este merece
Gloria, pero aquel no, sino tormento.
Y como ya con distincion parece
El justo y el injusto combatiente,
El gusto al paso de la pena crece.
Tú PEDRO MANTUANO el excelente,
Fuiste quien distinguió de la confusa
Maquina el que es cobarde del valiente.
JULIAN DE ALMENDARIZ no reusa,
Puesto que llegó tarde, en dar socorro
Al rubio Delio con su ilustre musa.
Por las rucias que peino, que me corro
De ver que las comedias endiabladas
Por divinas se pongan en el corro.
Y á pesar de las limpias y atildadas
Del comico mejor de nuestra Esperia
Quieren ser conocidas y pagadas.
Mas no ganaron mucho en esta feria,
Porque es discreto el vulgo de la corte,
Aunque le toca la comun miseria.
De llano no le deis, dadle de corte,
Estancias Polifemas, al poeta
Que no os tuviere por su guia y norte.
Inimitables sois, y á la discreta
Gala que descubris en lo escondido,
Toda elegancia puede estar sugeta.
Con estas municiones el partido
Nuestro se mejoró de tal manera,
Que el contrario se tuvo por vencido.
Cayó su presuncion soberbia y fiera,
Derrumbanse del monte abaxo quantos
Presumieron subir por la ladera,
La voz prolija de sus roncos cantos
El mal suceso con rigor la vuelve
En interrotos y funestos llantos.
Tal huvo, que cayendo se resuelve
De asirse de una zarza ó cabrahigo,
Y en llanto á lo de Ovidio se disuelve.
Quatro se arracimaron á un quejigo
Como enjambre de abejas desmandada,
Y le estimaron por el lauro amigo.
Otra quadrilla virgen por la espada
Y adultera de lengua, dió la cura
A sus pies de su vida almidonada.
BARTOLOME llamado DE SEGURA
El toque casi fue del vencimiento,
Tal es su ingenio, y tal es su cordura.
Resonó en esto por el vago viento
La voz de la vitoria repetida
Del numero escogido en claro acento.
La miserable, la fatal caida
De las musas del limpio tagarete
Fue largos siglos con dolor plañida.
A la parte del llanto (ay me!) se mete
Zapardiel famoso por su pesca,
Sin que un pequeño instante se quiete.
La voz de la vitoria se refresca,
Vitoria suena aqui, y alli vitoria,
Adquirida por nuestra soldadesca,
Que canta alegre la alcanzada gloria.
VIAGE AL PARNASO.
CAPITULO VIII.
Al caer de la maquina excesiva
Del esquadron poetico arrogante
Que en su no vista muchedumbre estriba:
Un poeta, mancebo y estudiante,
Dixo: caipaciencia, que algun dia
Será la nuestra, mi valor mediante.
De nuevo afilaré la espada mia,
Digo mi pluma, y cortaré de suerte
Que dé nueva excelencia á la porfia.
Que ofrece la comedia, si se advierte,
Largo campo al ingenio, donde pueda
Librar su nombre del olvido y muerte.
Fue desto exemplo JUAN DE TIMONEDA,
Que con solo imprimir se hizo eterno
Las comedias del gran LOPE DE RUEDA.
Cinco vuelcos daré en el propio infierno
Por hacer recitar una que tengo
Nombrada: _El Gran Bastardo de Salerno_.
Guarda Apolo, que baxa guarde rengo
El golpe de la mano mas gallarda
Que ha visto el tiempo en su discurso luengo.
En esto el claro són de una bastarda
Alas pone en los pies de la vencida
Gente del mundo perezosa y tarda.
Con la esperanza del vencer perdida
No hay quien no atienda con ligero paso,
Si no á la honra, á conservar la vida.
Desde las altas cumbres de Parnaso
De un salto uno se puso en Guadarrama,
Nuevo, no visto, y verdadero caso.
Y al mismo paso la parlera fama
Cundió del vencimiento la alta nueva,
Desde el claro Caistro hasta Jarama.
Lloró la gran vitoria el turbio Esgueva,
Pisuerga la rió, rióla Tajo,
Que en vez de arena granos de oro lleva.
Del cansancio, del polvo, y del trabajo
Las rubicundas hebras de Timbreo
Del color se pararon de oro baxo.
Pero viendo cumplido su deseo,
Al son de la guitarra Mercuriesca
Hizo de la gallarda un gran paseo.
Y de Castalia en la corriente fresca
El rostro se lavó, y quedó luciente
Como de acero la segur Turquesca.
Pulióse luego, y adornó su frente
De magestad mezclada con dulzura,
Indicios claros del placer que siente.
Las reynas de la humana hermosura
Salieron de do estaban retiradas,
Mientras duraba la contienda dura:
Del arbol siempre verde coronadas,
Y enmedio la divina Poesia,
Todas de nuevas galas adornadas.
MELPOMENE, TERSICORE, Y TALIA,
POLIMNIA, URANIA, ERATO, EUTERPE, Y CLIO,
Y CALIOPE, hermosa en demasia
Muestran ufanas su destreza y brio,
Tegiendo una entricada y nueva danza
Al dulce son de un instrumento mio.
Mio, no dixe bien, mentí á la usanza
Del que dice propios los agenos
Versos, que son mas dinos de alabanza.
Los anchos prados, y los campos llenos
Están de las esquadras vencedoras,
(Que siempre van á mas, y nunca á menos)
Esperando de ver de sus mejoras
El colmo con los premios merecidos
Por el sudor y aprieto de seis horas.
Piensan ser los llamados escogidos
Todos á premios de grandeza aspiran,
Tienense en mas de lo que son tenidos:
Ni á calidades, ni riquezas miran,
A su ingenio se atiene cada uno,
Y si hay quatro que acierten, mil deliran.
Mas Febo, que no quiere que ninguno
Quede quexoso dél, mandó á la Aurora,
Que vaya, y coja _in tempore oportuno_
De las faldas floriferas de Flora
Quatro tabaques de purpureas rosas,
Y seis de perlas de las que ella llora.
Y de las nueve por estremo hermosas
Las coronas pidió, y al darlas ellas
En nada se mostraron perezosas.
Tres, á mi parecer, de las mas bellas
A Partenope sé que se enviaron,
Y fue Mercurio el que partió con ellas.
Tres sugetos las otras coronaron
Alli en el mesmo monte peregrinos,
Con que su patria y nombre eternizaron.
Tres cupieron á España, y tres divinos
Poetas se adornaron la cabeza,
De tanta gloria justamente dinos.
La envidia, monstruo de naturaleza,
Maldita, y carcomida, ardiendo en saña
A murmurar del sacro dón empieza.
Dixo: será posible que en España
Haya nueve poetas laureados?
Alta es de Apolo, pero simple hazaña.
Los demas de la turba defraudados
Del esperado premio, repetian
Los himnos de la envidia mal cantados.
Todos por laureados se tenian
En su imaginacion antes del trance,
Y al cielo quejas de su agravio envian.
Pero ciertos poetas de romance
Del generoso premio hacer esperan
A despecho de Febo presto alcance.
Otros, aunque latinos, desesperan
De tocar del laurel solo una hoja,
Aunque del caso en la demanda mueran.
Vengase menos el que mas se enoja,
Y alguno se tocó sienes y frente,
Que de estar coronado se le antoja.
Pero todo deseo impertinente
Apolo resfrió, premiando á quantos
Poetas tuvo el esquadron valiente.
De rosas, de jazmines y amarantos
Flora le presentó cinco cestones,
Y la Aurora de perlas otros tantos.
Estos fueron, letor dulce, los dones
Que Delio repartió con larga mano
Entre los poetisimos varones.
Quedando alegre cada qual, y ufano
Con un puño de perlas y una rosa,
Estimando el premio sobrehumano.
Y porque fuese mas marabillosa
La fiesta y regocijo, que se hacia
Por la vitoria insigne y prodigiosa,
La buena, la importante Poesia
Mandó traer la bestia, cuya pata
Abrió la fuente de Castalia fria.
Cubierta de finisima escarlata,
Un lacayo la truxo en un instante,
Tascando un freno de bruñida plata.
Envidiarle pudiera Rocinante
Al gran Pegaso de presencia brava,
Y aun Billadoro el del señor de Anglante.
Con no sé quantas alas adornaba
Manos y pies, indicio manifiesto,
Que en ligereza al viento aventajaba.
Y por mostrar quan agil y quan presto
Era, se alzó del suelo quatro picas,
Con un denuedo y ademan compuesto.
Tú, que me escuchas, si el oido aplicas
Al dulce cuento deste gran Viage,
Cosas nuevas oiras de gusto ricas.
Era del bel troton todo el herrage
De durisima plata diamantina,
Que no recibe del pisar ultrage.
De la color que llaman columbina,
De raso en una funda trae la cola,
Que suelta con el suelo se avecina.
Del color del carmin ó de amapola
Eran sus clines y su cola gruesa,
Ellas solas al mundo, y ella sola.
Tal vez anda despacio, y tal á priesa,
Vuela tal vez, y tal hace corbetas,
Tal quiere relinchar, y luego cesa.
Nueva felicidad de los poetas!
Unos sus escrementos recogian
En dos de cuero grandes barjuletas.
Pregunté, para qué lo tal hacian?
Respondióme Cilenio á lo vellaco
Con no sé que vislumbres de ironia:
Esto que se recoge, es el tabaco,
Que á los vaguidos sirve de cabeza
De algun poeta de celebro flaco.
Urania de tal modo lo adereza,
Que puesto á las narices del doliente,
Cobra salud, y vuelve á su entereza.
Un poco entonces arrugué la frente,
Ascos haciendo del remedio estraño,
Tan de los ordinarios diferente.
Recibes, dixo Apolo, amigo, engaño.
Leyome el pensamiento. Este remedio
De los vaguidos cura, y sana el daño.
No come este rocin lo que en asedio
Duro y penoso comen los soldados,
Que están entre la muerte y hambre en medio.
Son deste tal los piensos regalados,
Ambar y almizcle entre algodones puesto,
Y bebe del rocio de los prados.
Tal vez le damos de almidon un cesto,
Tal de algarrobas con que el vientre llena,
Y no se estriñe, ni se va por esto.