De Esculapio y de Apolo gloria, y lustre,

Sino digalo el santo bien partido,

Y su fama la misma envidia ilustre.

Con él fue con aplauso recebido

El docto JUAN ANTONIO DE HERRERA,

Que puso en fil el desigual partido.

O quien con lengua en nada lisongera,

Sino con puro afecto en grande exceso,

Dos que llegaron alabar pudiera!

Pero no es de mis hombros este peso,

Fueron los que llegaron los famosos

Los dos Maestros CALVO Y VALDIVIESO.

Luego se descubrió por los undosos

Llanos del mar una pequeña barca

Impelida de remos presurosos:

Llegó, y al punto della desembarca

El gran DON JUAN DE ARGOTE Y DE GAMBOA

En compañia de DON DIEGO ABARCA,

Sugetos dinos de incesable loa,

Y DON DIEGO XIMENEZ Y DE ENCISO

Dió un salto á tierra desde la alta proa.

En estos tres la gala y el aviso

Cifró quanto de gusto en sí contienen,

Como su ingenio y obras dan aviso.

Con JUAN LOPEZ DEL VALLE otros dos vienen

Juntos alli, y es PAMONES el uno,

Con quien las musas ogeriza tienen.

Porque pone sus pies por do ninguno

Los puso, y con sus nuevas fantasias

Mucho mas que agradable es importuno.

De lexas tierras por incultas vias

Llegó el brabo Irlandes DON JUAN BATEO,

Xerxes nuevo en memoria en nuestros dias,

Vuelvo la vista, á MANTUANO veo,

Que tiene al gran Velasco por Mecenas,

Y ha sido acertadisimo su empleo.

Dexarán estos dos en las agenas

Tierras, como en las proprias dilatados

Sus nombres, que tú, Apolo, asi lo ordenas.

Por entre dos fructiferos collados

(Habrá quien esto crea, aunque lo entienda?)

De palmas y laureles coronados,

El grave aspecto del ABAD MALUENDA

Pareció, dando al monte luz y gloria,

Y esperanzas de triunfo en la contienda.

Pero de qué enemigos la vitoria

No alcanzará un ingenio tan florido?

Y una bondad tan digna de memoria?

DON ANTONIO GENTIL DE VARGAS, pido

Espacio para verte, que llegaste

De gala y arte, y de valor vestido;

Y aunque de patria Ginoves, mostraste

Ser en las musas castellanas doto,

Tanto que al esquadron todo admiraste.

Desde el Indio apartado del remoto

Mundo llegó mi amigo MONTESDOCA,

Y el que anudó de Arauco el nudo roto.

Dixo Apolo á los dos: á entrambos toca

Defender esta vuestra rica estancia

De la canalla de verguenza poca.

La qual de error armada y de arrogancia

Quiere canonizar y dar renombre

Inmortal y divino á la ignorancia.

Que tanto puede la aficion, que un hombre

Tiene á sí mismo, que ignorante siendo,

De buen poeta quiere alcanzar nombre.

En esto otro milagro, otro estupendo

Prodigio se descubre en la marina,

Que en pocos versos declarar pretendo

Una nave á la tierra tan vecina

Llegó, que desde el sitio donde estaba,

Se ve quanto hay en ella, y determina.

Demás de quatro mil salmas pasaba,

Que otros suelen llamarlas toneladas,

Ancha de vientre y de estatura brava:

Asi como las naves que cargadas

Llegan de la oriental india á Lisboa,

Que son por las mayores estimadas.

Esta llegó desde la popa á proa

Cubierta de poetas, mercancia

De quien hay saca en Calicut y en Goa.

Tomole al roxo dios alferecia

Por ver la muchedumbre impertinente,

Que en socorro del monte le venia.

Y en silencio rogó devotamente,

Que el vaso naufragase en un momento

Al que gobierna el humido tridente.

Uno de los del numero hambriento

Se puso en esto al borde de la nave,

Al parecer mohino y mal contento:

Y en voz, que ni de tierna ni suave

Tenia un solo adarme, gritando

(Dixo tal vez colerico, y tal grave)

Lo que impaciente estuve yo escuchando,

Porque vi sus razones ser saetas,

Que iban mi alma y corazon clavando.

O tú, dixo, traidor, que los poetas

Canonizaste de la larga lista,

Por causas y por vias indiretas:

Dónde tenias, Magancés, la vista

Aguda de tu ingenio, que asi ciego

Fuiste tan mentiroso coronista?

Yo te confieso, ó barbaro, y no niego

Que algunos de los muchos que escogiste

Sin que el respeto te forzase ó el ruego,

En el debido punto los pusiste;

Pero con los demas sin duda alguna

Prodigo de alabanzas anduviste.

Has alzado á los cielos la fortuna

De muchos, que en el centro del olvido

Sin ver la luz del sol, ni de la luna,

Yacian: ni llamado, ni escogido

Fue el gran pastor de Iberia, el gran BERNARDO,

Que de la VEGA tiene el apellido.

Fuiste envidioso, descuidado y tardo,

Y á las Ninfas de Henares y Pastores,

Como á enemigos les tiraste un dardo,

Y tienes tu poetas tan peores

Que estos en tu rebaño, que imagino

Que han de sudar, si quieren ser mejores.

Que si este agravio no me turba el tino,

Siete trobistas desde aqui diviso,

A quien suelen llamar de torbellino,

Con quien la gala, discrecion y aviso

Tienen poco que ver, y tu los pones

Dos leguas mas allá del paraiso.

Estas quimeras, estas invenciones

Tuyas te han de salir al rostro un dia,

Si mas no te mesuras y compones.

Esta amenaza y gran descortesia

Mi blando corazon llenó de miedo,

Y dió al traves con la paciencia mia.

Y volviendome á Apolo con denuedo

Mayor del que esperaba de mis años,

Con voz turbada y con semblante acedo,

Le dixe: con bien claros desengaños

Descubro, que el servirte me grangea

Presentes miedos de futuros daños.

Haz, ó señor, que en publico se lea

La lista que Cilenio llevó á España,

Porque mi culpa poca aqui se vea.

Si tu deidad en escoger se engaña,

Y yo solo aprobé lo que él me dixo,

Porqué este simple contra mí se ensaña?

Con justa causa y con razon me aflixo,

De ver como estos barbaros se inclinan

A tenerme en temor duro y prolixo.

Unos, porque los puse me abominan:

Otros, porque he dexado de ponellos,

De darme pesadumbre determinan.

Yo no sé como me avendré con ellos,

Los puestos se lamentan, los no puestos

Gritan, yo tiemblo destos y de aquellos.

Tú, señor, que eres dios, dales los puestos

Que piden sus ingenios: llama, y nombra

Los que fueren mas habiles y prestos.

Y porque el turbio miedo que me asombra,

No me acabe, acabada esta contienda,

Cubreme con tu manto y con tu sombra.

O ponme una señal, por do se entienda

Que soy hechura tuya y de tu casa:

Y asi no havrá ninguno que me ofenda.

Vuelve la vista, y mira lo que pasa,

Fue de Apolo enojado la respuesta,

Que ardiendo en ira el corazon le abrasa.

Volvila, y vi la mas alegre fiesta,

Y la mas desdichada y compasiva,

Que el mundo vió, ni aun la verá qual esta.

Mas no se espere que yo aqui la escriba,

Sino en la parte quinta, en quien espero

Cantar con voz tan entonada y viva,

Que piensen que soy cisne, y que me muero.

VIAGE AL PARNASO.

CAPITULO V.

Oyó el señor del humido tridente

Las plegarias de Apolo, y escuchólas

Con alma tierna y corazon clemente.

Hizo de ojo, y dió del pie á las olas,

Y sin que lo entendiesen los poetas

En un punto hasta el cielo levantólas.

Y él por ocultas vias y secretas

Se agazapó debaxo del navio,

Y usó con él de sus traidoras tretas.

Hirió con el tridente en lo vacio

Del buco, y el estomago le llena

De un copioso corriente amargo rio.

Advertido el peligro, al aire suena

Una confusa voz, la qual resulta

De otras mil que el temor forma y la pena.

Poco á poco el bagel pobre se oculta

En las entrañas del ceruleo y cano

Vientre, que tantas animas sepulta.

Suben los llantos por el aire vano

De aquellos miserables, que suspiran

Por ver su irreparable fin cercano.

Trepan y suben por las jarcias, miran

Qual del navio es el lugar mas alto,

Y en él muchos se apiñan y retiran.

La confusion, el miedo, el sobresalto

Les turba los sentidos, que imaginan

Que desta á la otra vida es grande el salto.

Con ningun medio ni remedio atinan;

Pero creyendo dilatar su muerte

Algun tanto á nadar se determinan.

Saltan muchos al mar de aquella suerte,

Que al charco de la orilla saltan ranas

Quando el miedo, ó el ruido las advierte.

Hienden las olas del romperse canas,

Menudean las piernas y los brazos,

Aunque enfermos estan, y ellas no sanas.

Y en medio de tan grandes embarazos

La vista ponen en la amada orilla,

Deseosos de darla mil abrazos.

Y sé yo bien, que la fatal quadrilla

Antes que alli, holgara de hallarse

En el compas famoso de Sevilla.

Que no tienen por gusto el ahogarse,

Discreta gente al parecer en esto,

Pero valioles poco el esforzarse.

Que el padre de las aguas echó el resto

De su rigor, mostrandose en su carro

Con rostro airado y ademan funesto.

Quatro delfines, cada qual bizarro,

Con cuerdas hechas de tegidas obas

Le tiraban con furia y con desgarro.

Las ninfas en sus humidas alcobas

Sienten tu rabia, ó vengativo Nume,

Y de sus rostros la color les robas.

El nadante poeta que presume

Llegar á la ribera defendida,

Sus ayes pierde y su teson consume.

Que su corta carrera es impedida

De las agudas puntas del tridente,

Entonces fiero y aspero homicida.

Quien ha visto muchacho diligente

Que en goloso á si mesmo sobrepuja

Que no hay comparacion mas conveniente,

Picar en el sombrero la granuja,

Que el hallazgo le puso alli ó la sisa,

Con punta alfileresca, ó ya de aguja:

Pues no con menor gana, ó menor prisa

Poetas ensartaba el Nume airado

Con gesto infame, y con dudosa risa.

En carro de cristal venia sentado,

La barba luenga y llena de marisco,

Con dos gruesas lampreas coronado.

Hacian de sus barbas firme aprisco

La Almeja, el Morsillon, Pulpo y Cangrejo,

Qual le suelen hacer en peña ó risco.

Era de aspecto venerable y viejo,

De verde, azul y plata era el vestido,

Robusto al parecer y de buen rejo.

Aunque como enojado, denegrido

Se mostraba en el rostro, que la saña

Asi turba el color como el sentido.

Airado contra aquellos mas se ensaña

Que nadan mas, y saleles al paso,

Juzgando á gloria tan cobarde hazaña.

En esto, ó nuevo y milagroso caso,

Dino de que se cuente poco á poco,

Y con los versos de Torcato Taso.

Hasta aqui no he invocado, ahora invoco

Vuestro favor, ó musas! necesario

Para los altos puntos en que toco.

Descerrajad vuestro mas rico almario,

Y el aliento me dad que el caso pide,

No humilde, no ratero, ni ordinario.

Las nubes hiende el aire, pisa y mide

La hermosa Venus Acidalia, y baxa

Del cielo que ninguno se lo impide.

Traia vestida de pardilla raja

Una gran saya entera hecha al uso,

Que le dice muy bien, quadra y encaja.

Luto que por su Adonis se le puso,

Luego que el gran colmillo del berraco

A atravesar sus ingles se dispuso.

A fe que si el mocito fuera Maco,

Que él guardára la cara al colmilludo,

Que dió á su vida, y su belleza saco.

O valiente garzon, mas que sesudo,

Cómo estándo avisado, tu mal tomas,

Entrando en trance tan horrendo y crudo?

En esto las mansisimas palomas

Que el carro de la diosa conducian

Por el llano del mar, y por las lomas:

Por unas y otras partes discurrian,

Hasta que con Neptuno se encontraron,

Que era lo que buscaban y querian.

Los dioses que se ven, se respetaron,

Y haciendo sus zalemas á lo moro,

De verse juntos en estremo holgaron.

Guardaronse real grave decoro,

Y procuró Ciprinia en aquel punto

Mostrar de su belleza el gran tesoro.

Ensanchó el verdugado, y dióle el punto

Con ciertos puntapies que fueron coces

Para el dios que las vió y quedó difunto.

Un poeta llamado DON QUINCOCES

Andaba semivivo en las saladas

Ondas dando gemidos y no voces.

Con todo dixo, en mal articuladas

Palabras: o, señora, la de Pafo,

Y de las otras dos islas nombradas,

Muevate á compasion el verme gafo

De pies y manos, y que ya me ahogo,

En otras Linfas que las del Garrafo.

Aqui será mi Pira, aqui mi rogo,

Aqui será QUINCOCES sepultado,

Que tuvo en su crianza Pedagogo.

Esto dixo el mezquino, esto escuchado

Fue de la diosa con ternura tanta,

Que volvió á componer el verdugado.

Y luego en pie y piadosa se levanta,

Y poniendo los ojos en el viejo,

Desembudó la voz de la garganta:

Y con cierto desden y sobrecejo,

Entre enojada y grave, y dulce dixo

Lo que al humido dios tuvo perplejo.

Y aunque no fue su razonar prolixo,

Todavia le truxo á la memoria

Hermano de quien era y de quien hijo.

Representole quan pequeña gloria

Era llevar de aquellos miserables

El triunfo infausto, y la cruel vitoria.

El dixo: si los hados inmudables

No huvieran dado la fatal sentencia

Destos en su ignorancia siempre estables.

Una brizna no mas de tu presencia

Que viera yo, bellisima señora,

Fuera de mi rigor la resistencia.

Mas ya no puede ser, que ya la hora

Llegó donde mi blanda y mansa mano

Ha de mostrar que es dura y vencedora.

Que estos de proceder siempre inhumano,

En sus versos han dicho cien mil veces,

Azotando las aguas del mar cano.

Ni azotado, ni viejo me pareces,

Replicó Venus, y él le dixo á ella:

Puesto que me enamoras no enterneces.

Que de tal modo la fatal estrella,

Influye destos tristes, que no puedo

Dar felice despacho á tu querella.

Del querer de los hados solo un dedo,

No me puedo apartar, ya tu lo sabes,

Ellos han de acabar, y ha de ser cedo.

Primero acabarás que los acabes,

Le respondió madama, la que tiene

De tantas voluntades puerta y llaves.

Que aunque el hado feroz su muerte ordene,

El modo no ha de ser á tu contento,

Que muchas muertes el morir contiene.

Turbóse en esto el liquido elemento,

De nuevo renovóse la tormenta,

Sopló mas vivo y mas apriesa el viento.

La hambrienta mesnada, y no sedienta,

Se rinde al uracan recien venido,

Y por mas no penar muere contenta.

O raro caso y por jamas oido,

Ni visto! ó nuevas y admirables trazas

De la gran reina obedecida en Gnido!

En un instante el mar de calabazas

Se vió quajado, algunas tan potentes,

Que pasaban de dos, y aun de tres brazas.

Tambien hinchados odres y valientes,

Sin deshacer del mar la blanca espuma,

Nadaban de mil talles diferentes.

Esta trasmutacion fue hecha en suma

Por Venus de los languidos poetas,

Porque Neptuno hundirlos no presuma.

El qual le pidió á Febo sus saetas,

Cuya arma arrojadiza desde aparte

A Venus defraudara de sus tretas.

Negóselas Apolo; y veis do parte

Enojado el vejon con su tridente,

Pensandolos pasar de parte á parte;

Mas este se resbala, aquel no siente

La herida, y dando esguince se desliza,

Y él queda de la colera impaciente.

En esto Boreas su furor atiza,

Y lleva antecogida la manada,

Que con la de los cerdas simboliza.

Pidióselo la diosa aficionada

A que vivan poetas zarabandos,

De aquellos de la seta almidonada:

De aquellos blancos, tiernos, dulces, blandos,

De los que por momentos se dividen

En varias setas, y en contrarios vandos.

Los contrapuestos vientos se comiden

A complacer la bella rogadora,

Y con un solo aliento la mar miden:

Llevando á la piara gruñidora,

En calabazas y odres convertida

A los reynos contrarios del aurora.

Desta dulce semilla referida

España, verdad cierta, tanto abunda,

Que es por ella estimada y conocida.

Que aunque en armas y en letras es fecunda

Mas que quantas provincias tiene el suelo,

Su gusto en parte en tal semilla funda.

Despues desta mudanza que hizo el cielo,

O Venus, ó quien fuese, que no importa

Guardar puntualidad como yo suelo,

No veo calabaza, ó luenga ó corta,

Que no imagine que es algun poeta

Que alli se estrecha, encubre, encoge, acorta.

Pues qué quando veo un cuero, ó mal discreta

Y vana fantasia, asi engañada,

Que á tanta liviandad estás sugeta!

Pienso que el piezgo de la boca atada

Es la faz del poeta transformado

En aquella figura mal hinchada.

Y quando encuentro algun poeta honrado,

Digo, poeta firme y valedero,

Hombre vestido bien y bien calzado,

Luego se me figura ver un cuero,

O alguna calabaza, y desta suerte

Entre contrarios pensamientos muero,

Y no sé si lo yerre, ó si lo acierte,

En que á las calabazas y á los cueros,

Y á los poetas trate de una suerte.

Cernìcalos que son lagartigeros

No esperen de gozar las preeminencias

Que gozan gabilanes no pecheros.

Puestas en paz pues ya las diferencias

De Delio, y los poetas transformados

En tan vanas y huecas apariencias:

Los mares y los vientos sosegados,

Sumergiose Neptuno mal contento

En sus palacios de cristal labrados.

Las mansisimas aves por el viento

Volaron, y á la bella Cipriana

Pusieron en su reyno á salvamento.

Y en señal que del triunfo quedó ufana,

Lo que hasta alli nadie acabó con ella,

Del luto se quitó la saboyana.

Quedando en cueros tan briosa y bella,

Que se supo despues que Marte anduvo

Todo aquel dia, y otros dos tras ella.

Todo el qual tiempo el escuadron estuvo

Mirando atento la fatal ruina,

Que la canalla transformada tuvo.

Y viendo despejada la marina

Apolo del socorro mal venido,

De dar fin al gran caso determina.

Pero en aquel instante un gran ruido

Se oyó, con que la turba se alboroza,

Y pone vista alerta, y presto oido.

Y era quien le formaba una carroza

Rica, sobre la qual venia sentado

El grave DON LORENZO DE MENDOZA,

De su felice ingenio acompañado,

De su mucho valor y cortesia,

Joyas inestimables, adornado.

PEDRO JUAN DE REJAULE le seguia

En otro coche insigne Valenciano,

Y grande defensor de la poesia.

Sentado viene á su derecha mano

JUAN DE SOLIS, mancebo generoso,

De raro ingenio en verdes años cano.

Y JUAN DE CARVAJAL, Dotor famoso,

Les hace tercio, y no por ser pesado

Dexan de hacer su curso presuroso.

Porque el divino ingenio al levantado

Valor de aquestos tres que el coche encierra,

No hay impedirle monte, ni collado.

Pasan volando la empinada sierra,

Las nubes tocan, llegan casi al cielo,

Y alegres pisan la famosa tierra.

Con este mismo honroso y grave zelo,

BARTOLOME DE MOLA, y GABRIEL LASO

Llegaron á tocar del monte el suelo.

Honra las altas cimas de Parnaso

DON DIEGO, que de SILVA tiene el nombre,

Y por ellas alegre tiende el paso.

A cuyo ingenio, y sin igual renombre

Toda ciencia se inclina y le obedece,

Y le levanta á ser mas que de hombre.

Dilatanse las sombras, y descrece

El dia, y de la noche el negro manto

Guarnecido de estrellas aparece.

Y el esquadron que havia esperado tanto

En pie, se rinde al sueño perezoso

De hambre y sed, y de mortal quebranto.

Apolo entonces poco luminoso,

Dando hasta los Antipodas un brinco,

Siguió su accidental curso forzoso.

Pero primero licenció á los cinco

Poetas titulados á su ruego,

Que lo pidieron con estraño ahinco,

Por parecerles risa, burla y juego

Empresas semejantes; y asi Apolo

Condecendió con sus deseos luego.

Que es el galan de Dafne unico y solo

En usar cortesia sobre quantos

Descubre el nuestro, y el contrario polo.

Del lobrego lugar de los espantos

Sacó su hisopo el languido Morfeo,

Con que ha rendido y embocado á tantos,

Y del licor que dicen que es Leteo,

Que mana de la fuente del olvido,

Los parpados bañó á todos arreo.

El mas hambriento se quedó dormido,

Dos cosas repugnantes, hambre y sueño,

Privilegio á poetas concedido.

Yo quedé enfin dormido como un leño,

Llena la fantasia de mil cosas,

Que de contallas mi palabra empeño,

Por mas que sean en sí dificultosas.

VIAGE AL PARNASO.

CAPITULO VI.

De una de tres causas los ensueños

Se causan, ó los sueños, que este nombre

Les dan los que del bien hablar son dueños.

Primera, de las cosas de que el hombre

Trata mas de ordinario: la segunda

Quiere la medicina que se nombre,

Del humor que en nosotros mas abunda.

Toca en revelaciones la tercera,

Que en nuestro bien mas que las dos redunda.

Dormí, y soñé, y el sueño la tercera

Causa le dió principio suficiente,

A mezclar el ahito y la dentera.

Sueña el enfermo, á quien la fiebre ardiente

Abrasa las entrañas, que en la boca

Tiene de las que ha visto alguna fuente.

Y el labio al fugitivo cristal toca,

Y el dormido consuelo imaginado

Crece el deseo, y no la sed apoca.

Pelea el valentisimo soldado

Dormido, casi al modo que despierto

Se mostró en el combate fiero armado.

Acude el tierno amante á su concierto,

Y en la imaginacion dormido llega

Sin padecer borrasca á dulce puerto.

El corazon el avariento entrega

En la mitad del sueño á su tesoro,

Que el alma en todo tiempo no le niega.

Yo, que siempre guardé el comun decoro

En las cosas dormidas y despiertas,

Pues no soy Troglodita ni soy Moro;

De par en par del alma abrí las puertas,

Y dexé entrar al sueño por los ojos

Con premisas de gloria y gusto ciertas.

Gocé durmiendo quatro mil despojos,

Que los conté sin que faltase alguno,

De gustos que acudieron á manojos.

El tiempo, la ocasion, el oportuno

Lugar correspondian al efeto,

Juntos y por sí solo cada uno.

Dos horas dormí, y mas á lo discreto,

Sin que imaginaciones ni vapores

El celebro tuviesen inquieto.

La suelta fantasia entre mil flores

Me puso de un pradillo, que exhalaba

De Pancaya y Sabea los olores.

El agradable sitio se llevaba

Tras sí la vista que durmiendo, viva

Mucho mas que despierta se mostraba.

Palpable vi, mas no sé si lo escriba,

Que á las cosas que tienen de imposibles,

Siempre mi pluma se ha mostrado esquiva.

Las que tienen vislumbre de posibles,

De dulces, de suaves y de ciertas

Explican mis borrones apacibles.

Nunca á disparidad abre las puertas

Mi corto ingenio, y hallalas contino

De par en par la consonancia abiertas.

Cómo puede agradar un desatino

Si no es que de proposito se hace,

Mostrandole el donaire su camino?

Que entonces la mentira satisface

Quando verdad parece, y está escrita

Con gracia, que al discreto y simple aplace.

Digo, volviendo al cuento, que infinita

Gente vi discurrir por aquel llano,

Con algazara placentera y grita:

Con habito decente y cortesano

Algunos, á quien dió la hipocresia

Vestido pobre; pero limpio y sano.

Otros de la color que tiene el dia

Quando la luz primera se aparece

Entre las trenzas de la aurora fria.

La variada primavera ofrece

De sus varias colores la abundancia,

Con que á la vista el gusto alegre crece.

La prodigalidad, la exorbitancia

Campean juntas por el verde prado

Con galas que descubren su ignorancia.

En un trono del suelo levantado,

(Do el arte á la materia se adelanta

Puesto que de oro y de marfil labrado)

Una doncella ví desde la planta

Del pie hasta la cabeza asi adornada,

Que el verla admira, y el oirla encanta.

Estaba en él con magestad sentada,

Giganta al parecer en la estatura,

Pero aunque grande, bien proporcionada.

Parecia mayor su hermosura

Mirada desde lejos, y no tanto

Si de cerca se ve su compostura.

Lleno de admiracion, colmo de espanto,

Puse en ella los ojos, y vi en ella

Lo que en mis versos desmayados canto.

Yo no sabré afirmar si era doncella,

Aunque he dicho que sí, que en estos casos

La vista mas aguda se atropella.

Son por la mayor parte siempre escasos

De razon los juicios maliciosos

En juzgar rotos los enteros vasos.

Altaneros sus ojos y amorosos

Se mostraban con cierta mansedumbre,

Que los hacia en todo estremo hermosos.

Ora fuese artificio, ora costumbre,

Los rayos de su luz tal vez crecian,

Y tal vez daban encogida lumbre.

Dos ninfas á sus lados asistian,

De tan gentil donaire y apariencia,

Que miradas las almas suspendian.

De la del alto trono en la presencia

Desplegaban sus labios en razones,

Ricas en suavidad, pobres en ciencia.

Levantaban al cielo sus blasones,

Que estaban por ser pocos ó ningunos,

Escritos del olvido en los borrones.

Al dulce murmurar, al oportuno

Razonar de las dos, la del asiento,

Que en belleza jamas le igualó alguno,

Luego se puso en pie, y en un momento

Me pareció, que dió con la cabeza

Mas allá de las nubes, y no miento:

Y no perdió por esto su belleza,

Antes mientras mas grande, se mostraba

Igual su perfecion á su grandeza:

Los brazos de tal modo dilataba,

Que de do nace adonde muere el dia

Los opuestos estremos alcanzaba.

La enfermedad llamada hidropesia

Asi le hincha el vientre, que parece

Que todo el mar caber en él podia.

Al modo destas partes asi crece

Toda su compostura, y no por esto,

Qual dixe, su hermosura desfallece.

Yo atonito esperaba ver el resto

De tan grande prodigio, y diera un dedo

Por saber la verdad segura, y presto.

Uno, y no sabré quien, bien claro y quedo

Al oido me habló, y me dixo: espera,

Que yo decirte lo que quieres puedo.

Esta que ves, que crece de manera,

Que apenas tiene ya lugar do quepa,

Y aspira en la grandeza á ser primera:

Esta que por las nube sube y trepa

Hasta llegar al cerco de la luna

(Puesto que el modo de subir no sepa.)

Es la que confiada en su fortuna

Piensa tener de la inconstante rueda

El exe quedo, y sin mudanza alguna.

Esta que no halla mal que le suceda,

Ni le teme atrevida y arrogante,

Prodiga siempre, venturosa y leda:

Es la que con disignio extravagante

Dió en crecer poco á poco hasta ponerse

Qual ves en estatura de gigante.

No dexa de crecer por no atreverse

A emprender las hazañas mas notables,

Adonde puedan sus estremos verse.

No has oido decir los memorables

Arcos, anfiteatros, templos, baños,

Termas, porticos, muros admirables:

Que á pesar y despecho de los años,

Aun duran sus reliquias y entereza,

Haciendo al tiempo y á la muerte engaño?

Yo, respondi por mí, ninguna pieza

Desas que has dicho, dexo de tenella

Clavada y remachada en la cabeza.

Tengo el sepulcro de la viuda bella,

Y el Coloso de Rodas alli junto,

Y la lanterna que sirvió de estrella.

Pero vengamos de quien es al punto

Esta, que lo deseo. Haráse luego,

Me respondió la voz en baxo punto.

Y prosiguió, diciendo: á no estar ciego

Huvieras visto ya quien es la dama:

Pero enfin tienes el ingenio lego.

Viage al Parnaso La Numancia (Tragedia) y El Trato de Argel (Comedia) · 第 3 / 12 段