ANTONIA A AMAURY

«6 de enero.

»¡Qué bien siente usted el amor, Amaury y cómo sabe expresarlo! Siempre

que leo su carta (y lo he hecho ya muchas veces) pienso en lo feliz que

era la mujer que logró inspirarle esa pasión y me causa honda tristeza

el considerar que toda su ternura y toda su abnegación carecen ya de

objetivo en este mundo.

»Me aconseja usted que frecuente la sociedad y busque en ella un afecto

capaz de llenar mi corazón... ¿Para qué? ¿Quién habría, entre todos

cuantos me dirigiesen palabras de amor, que pudiera ser para mí un amigo

como usted lo ha sido para Magdalena y sigue siéndolo, aun separado de

ella por la tumba? ¡Ay! No hay que hacerse ilusiones: esas almas

caballerescas constituyen en nuestra época raros casos de atavismo. Sólo

veo en torno mío hombres dominados por bajas pasiones, indiferentes a

todo lo que no sea dar satisfacción a su egoísmo e incapaces de sentir y

comprender el amor en toda su grandeza.

»Así, he decidido, hermano mío, que todos mis bienes vayan a los pobres

cuando mi alma abandone su envoltura carnal. Por eso, Amaury, soy tan

chancera y jovial; riendo, me eximo de pensar y tomo a chacota lo que de

otro modo me pondría triste y de mal humor.

»Pero dejemos a un lado ideas tan poco alegres y hablemos de Felipe

Auvray.

»Esto sí que es ya otra cosa. Acertó usted, Amaury, al decir que era

capaz de amarme: Felipe me ama. Aún no me ha declarado su amor y doy

gracias por ello a la prudencia de su carácter, que no le deja llegar a

tamaño atrevimiento; pero eso salta a la vista y estaría yo ciega si no

lo hubiera advertido.

»Le cree usted capaz de comprometerme, pero nada hay más lejos de la

verdad. La triste figura que el pobre mozo hace siempre en mi presencia

basta para dar a comprender a cualquiera que si tiene trazas de

comprometer a alguien, es solamente a sí mismo. Estoy segura de que

lucha con su pasión de un modo desesperado.

»No me es molesto, aunque él lo está muchas veces, y hay momentos en que

me mueve a lástima.

»¡Pobre muchacho! Le aseguro a usted, Amaury, que no es nada peligroso,

y le prometo que han de pasar más de seis meses antes que el apocado

Felipe se atreva a hacerme la menor insinuación amorosa.

»No he creído necesario hablarle, a mi tío de asunto tan baladí. No es

cosa de molestarle con tan poco fundamento; el pobre está cada día más

abatido y es muy de temer que no tarde mucho en reunirse con su hija. En

eso cifra él toda su dicha, que a mí me arrancará muchas lágrimas el día

en que él la alcance.

»Es indudable que está herido mortalmente, no sé si a causa de la pena o

de alguna dolencia originada por la concentración de su dolor.

»Acerca de esto consulté un día al doctor Gastón, aquel médico joven a

quien usted concede gran talento, y él me dijo que todo trastorno moral

en que se complazca el enfermo tiene grave transcendencia, sobre todo a

una edad ya avanzada. Me preguntó si podría conversar siquiera cinco

minutos con mi tío, asegurándome que con ello tendría suficiente para

examinar al doctor Avrigny y ver por los síntomas que le ofrezca si

además de la pena que le consume padece en efecto una verdadera

enfermedad física.

»Yo le prometí hacer cuanto estuviera en mi mano para que celebrase esa

entrevista, pero aun no lo he logrado hasta la fecha. He dicho a mi tío

que el doctor Gastón a quien él ha hecho nombrar médico de palacio y que

es uno de sus discípulos más queridos tenía que consultarle acerca del

tratamiento que debía adoptar para con un cliente suyo; pero él, lejos

de caer en la red me contestó:

»--Ya sé de quién se trata y no veo la necesidad de tal consulta. Dile,

hija mía, que es inútil todo remedio, pues la enfermedad de ese cliente

es mortal.

»Y al ver que yo no podía contener mis lágrimas, agregó:

»--No llores, Antoñita, no te intereses por esa persona. Aún le restan

algunos meses de vida y entretanto estará Amaury de vuelta.

»¡Dios mío! ¡Me asusto al pensar en que mi tío pueda morir estando usted

tan lejos y yo aquí sola, absolutamente sola!

»Echaba usted de menos una compañera con quien compartir el arrobamiento

que le produce la contemplación de los magníficos espectáculos que la

Naturaleza le ofrece a cada instante... ¿No me es a mí más necesario un

amigo que confunda sus lágrimas con las mías? Yo tengo, sí, ese amigo;

pero me separan de él la distancia y sus propios pesares, que lo alejan

de mí más que la distancia...

»¿Por qué está usted tan lejos y tan solo, Amaury, amigo mío? ¿Por qué

se condena voluntariamente a una soledad tan triste? ¿Qué ventajas le

reporta el permanecer extraño a cuanto hay en torno suyo? Si usted

regresase sufriríamos siquiera los dos juntos...

»¡Oh! ¡Vuelva, vuelva, usted, Amaury!... Se lo ruega su hermana,

»_Antonia._»

Amaury · 第 75 / 90 题