«6 de enero.
»¡Qué bien siente usted el amor, Amaury y cómo sabe expresarlo! Siempre
que leo su carta (y lo he hecho ya muchas veces) pienso en lo feliz que
era la mujer que logró inspirarle esa pasión y me causa honda tristeza
el considerar que toda su ternura y toda su abnegación carecen ya de
objetivo en este mundo.
»Me aconseja usted que frecuente la sociedad y busque en ella un afecto
capaz de llenar mi corazón... ¿Para qué? ¿Quién habría, entre todos
cuantos me dirigiesen palabras de amor, que pudiera ser para mí un amigo
como usted lo ha sido para Magdalena y sigue siéndolo, aun separado de
ella por la tumba? ¡Ay! No hay que hacerse ilusiones: esas almas
caballerescas constituyen en nuestra época raros casos de atavismo. Sólo
veo en torno mío hombres dominados por bajas pasiones, indiferentes a
todo lo que no sea dar satisfacción a su egoísmo e incapaces de sentir y
comprender el amor en toda su grandeza.
»Así, he decidido, hermano mío, que todos mis bienes vayan a los pobres
cuando mi alma abandone su envoltura carnal. Por eso, Amaury, soy tan
chancera y jovial; riendo, me eximo de pensar y tomo a chacota lo que de
otro modo me pondría triste y de mal humor.
»Pero dejemos a un lado ideas tan poco alegres y hablemos de Felipe
Auvray.
»Esto sí que es ya otra cosa. Acertó usted, Amaury, al decir que era
capaz de amarme: Felipe me ama. Aún no me ha declarado su amor y doy
gracias por ello a la prudencia de su carácter, que no le deja llegar a
tamaño atrevimiento; pero eso salta a la vista y estaría yo ciega si no
lo hubiera advertido.
»Le cree usted capaz de comprometerme, pero nada hay más lejos de la
verdad. La triste figura que el pobre mozo hace siempre en mi presencia
basta para dar a comprender a cualquiera que si tiene trazas de
comprometer a alguien, es solamente a sí mismo. Estoy segura de que
lucha con su pasión de un modo desesperado.
»No me es molesto, aunque él lo está muchas veces, y hay momentos en que
me mueve a lástima.
»¡Pobre muchacho! Le aseguro a usted, Amaury, que no es nada peligroso,
y le prometo que han de pasar más de seis meses antes que el apocado
Felipe se atreva a hacerme la menor insinuación amorosa.
»No he creído necesario hablarle, a mi tío de asunto tan baladí. No es
cosa de molestarle con tan poco fundamento; el pobre está cada día más
abatido y es muy de temer que no tarde mucho en reunirse con su hija. En
eso cifra él toda su dicha, que a mí me arrancará muchas lágrimas el día
en que él la alcance.
»Es indudable que está herido mortalmente, no sé si a causa de la pena o
de alguna dolencia originada por la concentración de su dolor.
»Acerca de esto consulté un día al doctor Gastón, aquel médico joven a
quien usted concede gran talento, y él me dijo que todo trastorno moral
en que se complazca el enfermo tiene grave transcendencia, sobre todo a
una edad ya avanzada. Me preguntó si podría conversar siquiera cinco
minutos con mi tío, asegurándome que con ello tendría suficiente para
examinar al doctor Avrigny y ver por los síntomas que le ofrezca si
además de la pena que le consume padece en efecto una verdadera
enfermedad física.
»Yo le prometí hacer cuanto estuviera en mi mano para que celebrase esa
entrevista, pero aun no lo he logrado hasta la fecha. He dicho a mi tío
que el doctor Gastón a quien él ha hecho nombrar médico de palacio y que
es uno de sus discípulos más queridos tenía que consultarle acerca del
tratamiento que debía adoptar para con un cliente suyo; pero él, lejos
de caer en la red me contestó:
»--Ya sé de quién se trata y no veo la necesidad de tal consulta. Dile,
hija mía, que es inútil todo remedio, pues la enfermedad de ese cliente
es mortal.
»Y al ver que yo no podía contener mis lágrimas, agregó:
»--No llores, Antoñita, no te intereses por esa persona. Aún le restan
algunos meses de vida y entretanto estará Amaury de vuelta.
»¡Dios mío! ¡Me asusto al pensar en que mi tío pueda morir estando usted
tan lejos y yo aquí sola, absolutamente sola!
»Echaba usted de menos una compañera con quien compartir el arrobamiento
que le produce la contemplación de los magníficos espectáculos que la
Naturaleza le ofrece a cada instante... ¿No me es a mí más necesario un
amigo que confunda sus lágrimas con las mías? Yo tengo, sí, ese amigo;
pero me separan de él la distancia y sus propios pesares, que lo alejan
de mí más que la distancia...
»¿Por qué está usted tan lejos y tan solo, Amaury, amigo mío? ¿Por qué
se condena voluntariamente a una soledad tan triste? ¿Qué ventajas le
reporta el permanecer extraño a cuanto hay en torno suyo? Si usted
regresase sufriríamos siquiera los dos juntos...
»¡Oh! ¡Vuelva, vuelva, usted, Amaury!... Se lo ruega su hermana,
»_Antonia._»