«Dios me ha escuchado al fin. ¡Gracias, Dios mío! Noto ya en mi ser un
germen de destrucción que dentro de pocos meses me conducirá
indefectiblemente al sepulcro.
»Creo que no ofendo a Dios dejándome aniquilar por la enfermedad que El
me envía; no hago más que acatar sus designios.
¡Señor! ¡Señor! ¡Cúmplase Tu voluntad, así en la tierra como en el
Cielo!
»¡Magdalena, hija mía, aguárdame!»