«Colonia, 10 de diciembre.
»Se queja usted, Antoñita, de que le hablo poco de mí. Ahora mismo voy a
castigarla escribiéndole una carta egoísta hasta la exageración.
Comenzaré por dedicarme dos o tres páginas, y así tendré el derecho de
consagrarle luego algunas líneas. ¿Quedará usted con ello satisfecha?
»Ya estoy en Colonia, o mejor dicho frente a Colonia: en Deutz.
»Desde mi balcón de la fonda de _Bellevue_ veo el Rhin y la ciudad.
Esta, al ponerse el sol, ofrece un aspecto por demás fantástico. El
astro del día se oculta detrás de ella y enciende el fondo del cuadro
haciendo destacarse las casas y las agujas de las iglesias entre
maravillosos efectos de claroscuro. El río corre, y sus aguas
presentando variados reflejos, ya rojos, ya oscuros, siniestros casi
siempre, completan la sorprendente belleza de la espléndida puesta de
sol.
»Yo me extasío ante ese cuadro que la catedral domina con sus dos
ciclópeas torres.
»Cuando los arquitectos inspirados por la fe y pagados por la vanidad
humana hayan terminado su obra, ya el sol no podrá hacer brillar la
majestad de Dios al través del edificio transformando en horno
resplandeciente el abismo que forman los dos sublimes fragmentos de esa
magna obra del hombre.
»Contemplo el cuadro con el interés de un artista.
»Lo confieso: me gusta esta ciudad que a un tiempo es antigua y es
moderna, que es venerable y coqueta, que piensa y ejecuta. ¡Ah! ¿Por qué
Magdalena no ha de estar aquí conmigo para contemplar juntos esa puesta
de sol incomparable?...
»Mi banquero me ha obligado a aceptar un vale que me da entrada en el
Casino. No asisto, por supuesto, a las veladas que allí se celebran;
pero durante el día me paso largos ratos hojeando los periódicos en el
salón de lectura.
»He de confesarle a usted, Antoñita, que al principio me causaban
indecible repugnancia aquellas doce columnas que haciéndose eco de
cuanto ocurre en el mundo no me decían ni una palabra de lo que a mí me
interesaba. Esa sociedad parisiense que ríe y se divierte sin cesar, y
todo ese equilibrio europeo incapaz de alterarse por el más hondo dolor
individual, me ponían colérico. Pero al fin hube de pensar:
»--¿Qué puede importarle a ese mundo indiferente la muerte de mi pobre
Magdalena? Todo se reduce a que haya en la tierra una mujer menos y en
el Cielo un ángel más...
»¡Cuán egoísta soy! ¡Empeñarme en verme acompañado en mi tristeza,
siendo así que no comparto la tristeza ajena!
»Por fin he llegado a recorrer con mi vista las columnas de esos
periódicos que me causaban enojo y hoy los leo con cierta curiosidad...
»¿Sabe usted que casi hace ya tres meses que falto de París? ¡Con qué
rapidez transcurre el tiempo lo mismo para el dolor que para el
gozo!... ¡Ah! A veces esta idea pone espanto en mi ánimo. Aún me parece
ver a Magdalena, postrada en su lecho de agonía, dándome una mano a mí y
otra a su padre, mientras que usted trataba en vano de dar calor a sus
pies, invadidos ya por el frío de la muerte...
»Existe, Antoñita, una gran verdad que sólo sabemos apreciar cuando
estamos en el extranjero, y es que la única vida que tiene realidad es
la vida de París. En los demás países del mundo se vegeta con más o
menos actividad, pero se vegeta al fin. Únicamente en París se agita el
espíritu y progresan las ideas.
»A pesar de reconocerlo así, Antoñita, yo sería capaz de permanecer aquí
mucho tiempo si a mi lado hubiese una persona con quien hablar de ella,
si compartiese usted conmigo la contemplación de estos cuadros
magníficos que a mi vista se ofrecen de continuo.
»¡Ah! ¡Si yo pudiese estrechar una mano cariñosa en esas horas de mudo
arrobamiento que paso de pie ante mi balcón!... ¡si me fuese dable el
ver reflejadas en una tierna mirada todas mis impresiones!... ¡si
hubiese un alma a quien poder confiar mis pensamientos!...
»Pero ¡ay!... mi destino no lo quiere. ¡Estoy condenado a vivir y morir
solo!...
»Me pregunta usted, Antonia, qué me pasa... ¿Qué quiere que yo le diga?
¿Debo entristecer con mis penas un corazón que con toda sinceridad se
rebela abiertamente contra la soledad que le hiela y manifiesta deseos
de compartir la vida de otro corazón que sienta lo que siente él?
»¡Quiera Dios que se cumpla su deseo! ¡Ojalá encuentre usted esa alma
que la suya está buscando y al disfrutar todas las dichas del amor no
llegue a conocer sus tempestades! Porque, ¿qué sería de usted, Antoñita,
si se viese arrollada por la ola del infortunio, cuando yo, que soy
hombre, he sucumbido a su empuje irresistible?
»¡Ah! Usted, Antoñita, no conoce aún el amor. El amor es fuente de goces
y de dolores, es embriaguez y fiebre, es elixir de vida y es ponzoña a
un mismo tiempo. Al embriagar mata. Cuando amamos, nuestro corazón deja
de latir en nuestro pecho para latir en el de otro... Renunciamos a
nosotros mismos para confundir nuestra existencia con otra formando
entre las dos una sola... Gozamos anticipadamente en la tierra de las
dichas celestiales...
»Pero cuando la muerte arrebata una de las dos mitades de nuestra alma
trocando nuestro dulce paraíso en un infierno de desesperación y de
dolor, entonces todo ha concluido. A aquel que sobrevive sólo le resta
una esperanza: la muerte, que al fin y al cabo reúne en su día a los
seres que ella misma ha separado.
»Usted, Antoñita, rebosante de vida y juventud, dotada de gracia y de
hermosura, tiene derecho a disfrutar la dicha que de seguro le reserva
el porvenir. No se deje, pues, dominar por el dolor que a su tío y a mí
nos arrastra hacia el sepulcro... El sentimiento de haber perdido a una
hermana no debe abrir en su alma un abismo tan profundo como lo abre la
pérdida de una novia, o de una hija.
»¡Y sin embargo, pudiendo reemplazar con creces su afecto, está usted
tan triste!... ¡Pobre Antoñita! Comprendo lo que le pasa, conozco bien
su mal. La devora el amor; su espíritu, queriendo desplegar la
actividad que hasta hoy se mantuvo en él latente, se revuelve y se agita
anheloso de tomar parte en las grandiosas luchas pasionales. Tiene usted
ansia de vida porque ésta es para su ingenua inocencia un libro del que
apenas ha alcanzado a vislumbrar el prólogo, y que en sus páginas
encierra un misterio que lo atrae... En descifrarlo quiere usted
ejercitar las portentosas facultades con que Dios la dotó... Nada hay
más justo, Antoñita: es muy legítimo y natural su deseo.
»No se sonroje por ello, hermana mía; no se avergüence de su destino y
de su naturaleza. Frecuente usted la sociedad y procure buscar en su
seno un corazón que sea digno del suyo. Yo, desde el umbral de la tumba
de Magdalena la seguiré con fraternal mirada haciendo votos por su
felicidad.
»Pero, ¿encontrará usted, Antoñita, ese corazón que pueda hacerla
dichosa?... ¡Ay! Como el suyo hay pocos, por desgracia, y una decepción
en esa materia, sería cosa terrible... Se aventura en ese albur la
existencia entera, y el peligro de errar aumenta con la amplitud del
campo en que se puede elegir... Hay que fiar la suerte de toda la vida
al capricho del azar, hay que seguir los impulsos de un instinto que
puede ser falaz, y eso es muy triste, Antoñita...
»Sea usted muy circunspecta; proceda con mucho tiento, y no olvide que
va en ello su felicidad... ¡Ah! Si yo estuviera en París la guiaría como
un hermano cariñoso, y a fe que habría de ser bien descontentadizo y que
sería preciso que el candidato a su mano reuniese en su persona prendas
no muy comunes para que yo le apoyase...
»A usted, Antoñita, nada le falta. Posee gracia, hermosura, fortuna,
nobleza; atesora todos los encantos de la Naturaleza avalorados por su
primorosa educación moral. Y no sería cosa de entregar una joya tan
preciada a un hombre incapaz de comprender su valor.
»Aunque sea a través de la distancia, tómeme por confidente, Antoñita.
Yo procuraré hacerme cargo de las cosas y prevenir los acontecimientos,
pues desde lejos, lo mismo que desde cerca, soy de usted en cuerpo y
alma.
»_Amaury._»
»P. S. Tenga mucho cuidado con Felipe. Le conozco bien y sé que es muy
capaz de enamorarse de usted.
»Es un ente ridículo; pero su propia ridiculez puede comprometerla. Yo
le comparo a una máquina que tarda en calentarse, pero que, cuando al
fin hierve, es siempre de temer una explosión.
»Con toda sinceridad le confieso que no quisiera ver esa prosa mezclada
a la poesía, sobrado delicada para no empañarse a su contacto.»