Veamos lo que había acontecido.
Cuando terminó su carta Amaury salió de su cuarto teniendo la fortuna de
no tropezar con nadie. Atravesó el salón, se paró un momento a escuchar
junto a la puerta del cuarto de Magdalena y no oyendo ningún ruido
supuso que habría aparentado que se acostaba para engañar a la señora
Braun. Entonces se dirigió a la escalinata y bajó al jardín.
Por las ventanas del aposento de Magdalena no salía ni un rayo de luz.
En medio de la oscuridad en que estaba envuelto el edificio, tan sólo
una ventana aparecía iluminada en aquella amplia fachada: la del doctor
Avrigny.
Amaury dirigió a ella su mirada, sintiendo en su pecho la inquietud de
un vago remordimiento.
Por Magdalena velaban a un mismo tiempo su padre y su novio; pero ¡cuán
diferente era el objeto de esta vela! Velaba el uno por amor
desinteresado, consultando la ciencia para tratar de arrebatarle a la
muerte su presa casi segura; velaba el otro por un amor egoísta que
había aceptado la cita solicitada sabiendo lo fatal que podía ser
aquella entrevista para la que la pedía.
Hubo un momento en que Amaury sintió vehementes deseos de retroceder y
de decirle a Magdalena a través de la puerta de su cuarto:
--¡No salgas, Magdalena! Tu padre vela y podría venir a sorprendernos...
Pero en aquel momento se apagó la luz del doctor y apareció en la
escalinata una sombra que después de estar inmóvil un momento se deslizó
hasta el jardín. Amaury, comprendiendo que aquella sombra era Magdalena,
se precipitó hacia ella y la detuvo.
La joven ahogó un grito que estuvo a punto de arrancarle la presencia de
su novio y sintiendo instintivamente que obraba mal se apoyó temblando
en el brazo de Amaury. Este sentía latir aquel pobre corazón que buscaba
en él su apoyo.
Detuviéronse ambos un instante sin proferir palabra y casi sin aliento,
embargados por una intensa emoción.
Luego Amaury la condujo al frondoso sitio lleno de flores en donde ella
acostumbraba sentarse cuando bajaba al jardín durante el día; la hizo
sentarse en el banco y él tomó asiento a su lado.
Magdalena estaba en lo firme al no temer el relente de la noche. Era una
magnífica noche de estío, templada y serena, una de esas noches en las
que innúmeras estrellas semejan en su constante centelleo extensa
polvareda de diamantes. La brisa suave y acariciadora como un soplo de
amor, arrancaba a la arboleda misteriosos murmullos.
La rumorosa capital parecía descansar a la sazón; su ensordecedor ruido
había cedido el paso a ese murmullo apagado y armonioso que por lo
incesante parece la respiración de la ciudad dormida.
Allá, al extremo del jardín, cantaba un ruiseñor cuyos acentos suaves y
melodiosos al principio convertíanse de pronto en brillante cascada de
notas claras y agudas. Era aquélla una de esas noches armoniosas que
parecen hechas ex profeso para los ruiseñores, los poetas y los amantes,
y que en una naturaleza tan nerviosa como la de Magdalena no podía menos
de causar una impresión muy profunda.
La hija del doctor parecía respirar aquella brisa, contemplar aquel
cielo fulgurante, oír aquellos acentos y aspirar las embalsamadas
emanaciones de aquella vívida naturaleza por la primera vez en su vida y
al mirar al firmamento, sumergida en éxtasis delicioso, corrían por sus
mejillas dos lágrimas semejantes a dos gotas de rocío caídas del cáliz
de alguna flor de las que el aire mecía sobre su cabeza acariciándola
blandamente.
También Amaury sentía en alto grado el influjo de aquella noche cuyas
ardientes emanaciones aspiraba también él; pero lo que derramaba sobre
Magdalena una suave languidez hacía circular torrentes de fuego por las
venas de su novio.
Los dos permanecieron un rato silenciosos, hasta que por fin rompió ella
a hablar diciendo:
--¡Qué noche más hermosa! ¿Te parece a ti que en Niza, cuyo clima tanto
pondera todo el mundo, puede haberlas como ésta? Podría creerse que
antes de separarnos Dios ha querido ofrecernos esta compensación para
que en nuestro pecho guardemos un recuerdo tan sublime.
--Si, tienes razón, Magdalena, pues a mi se me figura que hoy empiezo a
vivir y que ahora es cuando empiezo a quererte. Esta noche con sus
armonías despierta en mi corazón ciertas fibras que hasta hoy estaban
aletargadas. Si alguna vez he dicho que te amaba hazte cuenta que mentía
o al menos no lo dije como debía decírtelo, como te lo diré ahora.
Escucha, Magdalena: ¡te amo! ¡te amo!
Y efectivamente, Amaury pronunció estas palabras con tal acento de
pasión, que Magdalena sintió estremecerse todo su cuerpo.
--¡También yo--dijo, apoyando la frente en el hombro de su
novio,--también yo te amo!
Amaury cerró un momento los ojos, sintiéndose desfallecer, ebrio de
dicha.
--¡Dios mío!--dijo.--Cada vez que pienso en que mañana me he de separar
de ti, Magdalena adorada, cada vez que pienso en que al volver a verte
habrá un tercero ahí cuya presencia me prive de caer a tus pies, de
estrecharte contra mi pecho, te juro que estoy tentado a abandonarlo
todo por ti.
Y al decir esto Leoville ceñía con su brazo el talle de Magdalena, que
se dobló acercándose más a su novio.
--No, no, de ningún modo--dijo en voz baja.--Tiene razón mi padre: debes
marchar. Tienes que dejarme recobrar las fuerzas para poder soportar
nuestro amor que, como sabes muy bien, ha estado a punto de hundirme en
el sepulcro. He podido morirme, y si esto hubiera ocurrido, en lugar de
estar ahora junto a ti, alegre y dichosa, estaría a estas horas tendida
en el fondo de una tumba... Pero, ¿qué tienes, amor mío?
--No me hables así, Magdalena, no me digas nada de eso: harías que
perdiera la razón.
--No; soy feliz y afortunadamente salvada y vuelta al mundo, estoy aquí
a tu lado en esta noche plácida en que todo parece hablarnos con el
lenguaje del amor. ¿No te imaginas oír a los ángeles murmurando palabras
parecidas a las nuestras?
Y enmudeció, como queriendo escuchar las fantásticas voces del espacio.
Se alzó entonces una leve brisa y los ondulantes cabellos de Magdalena
acariciaron el rostro de Amaury, quien sintiéndose muy débil para
resistir una sensación tan fuerte, echó hacia atrás la cabeza y exhaló
un hondo suspiro.
--¡Magdalena!--murmuró.--¡Por favor! ¡Ten compasión de mí!
--¡Que tenga compasión de ti! Pues ¿acaso no eres feliz? Yo me creo
sumergida en un éxtasis divino. ¿No será esta misma la felicidad que nos
aguarda en el Cielo? ¿Podrá existir en el mundo otra mayor?
--¡Sí, sí que existe!--exclamó Amaury, volviendo a abrir los ojos y
viendo que la hermosa cabeza de la joven se inclinaba hacia él.--Sí,
Magdalena mía: existe otra mayor todavía.
Y ciñole el cuello con sus brazos. Juntáronse sus cabezas, y sus
cabellos y sus alientos se confundieron.
--¿Y cuál es, Amaury?--preguntó Magdalena.
--La de expresarse dos su amor juntos y en un mismo beso... ¡Te amo,
Magdalena!
--¡Te amo... Am!...
Sus labios buscaron los de Amaury, que llegaron a rozar los de su amada;
pero la última palabra, que más bien era un grito de amor indecible,
acabó en un lamento de acerbo dolor.
Amaury retrocedió asustado, con el rostro bañado en sudor frío.
Magdalena, cayendo hacia atrás, había vuelto a quedar sentada
oprimiéndose el pecho con una mano y llevándose el pañuelo a los labios
con la otra.
Por la mente de Amaury cruzó una idea espantosa y cayendo a los pies de
Magdalena rodeóle la cintura con su brazo, le arrancó el pañuelo de la
boca y examinándolo pudo observar en medio de la semioscuridad que tenía
algunas manchas de sangre.
Tomó entonces en brazos a Magdalena y corriendo como un loco la llevó a
su aposento, la depositó jadeante y afónica sobre el lecho y tiró con
todas sus fuerzas del cordón de la campanilla en demanda de socorro.
Pero en seguida, temiendo la mirada del desdichado padre de Magdalena y
comprendiendo que no tendría fuerzas para soportarla huyó de la
habitación, y como si acabara de cometer un crimen fue a refugiarse, en
la suya.