XXV

Veamos lo que había acontecido.

Cuando terminó su carta Amaury salió de su cuarto teniendo la fortuna de

no tropezar con nadie. Atravesó el salón, se paró un momento a escuchar

junto a la puerta del cuarto de Magdalena y no oyendo ningún ruido

supuso que habría aparentado que se acostaba para engañar a la señora

Braun. Entonces se dirigió a la escalinata y bajó al jardín.

Por las ventanas del aposento de Magdalena no salía ni un rayo de luz.

En medio de la oscuridad en que estaba envuelto el edificio, tan sólo

una ventana aparecía iluminada en aquella amplia fachada: la del doctor

Avrigny.

Amaury dirigió a ella su mirada, sintiendo en su pecho la inquietud de

un vago remordimiento.

Por Magdalena velaban a un mismo tiempo su padre y su novio; pero ¡cuán

diferente era el objeto de esta vela! Velaba el uno por amor

desinteresado, consultando la ciencia para tratar de arrebatarle a la

muerte su presa casi segura; velaba el otro por un amor egoísta que

había aceptado la cita solicitada sabiendo lo fatal que podía ser

aquella entrevista para la que la pedía.

Hubo un momento en que Amaury sintió vehementes deseos de retroceder y

de decirle a Magdalena a través de la puerta de su cuarto:

--¡No salgas, Magdalena! Tu padre vela y podría venir a sorprendernos...

Pero en aquel momento se apagó la luz del doctor y apareció en la

escalinata una sombra que después de estar inmóvil un momento se deslizó

hasta el jardín. Amaury, comprendiendo que aquella sombra era Magdalena,

se precipitó hacia ella y la detuvo.

La joven ahogó un grito que estuvo a punto de arrancarle la presencia de

su novio y sintiendo instintivamente que obraba mal se apoyó temblando

en el brazo de Amaury. Este sentía latir aquel pobre corazón que buscaba

en él su apoyo.

Detuviéronse ambos un instante sin proferir palabra y casi sin aliento,

embargados por una intensa emoción.

Luego Amaury la condujo al frondoso sitio lleno de flores en donde ella

acostumbraba sentarse cuando bajaba al jardín durante el día; la hizo

sentarse en el banco y él tomó asiento a su lado.

Magdalena estaba en lo firme al no temer el relente de la noche. Era una

magnífica noche de estío, templada y serena, una de esas noches en las

que innúmeras estrellas semejan en su constante centelleo extensa

polvareda de diamantes. La brisa suave y acariciadora como un soplo de

amor, arrancaba a la arboleda misteriosos murmullos.

La rumorosa capital parecía descansar a la sazón; su ensordecedor ruido

había cedido el paso a ese murmullo apagado y armonioso que por lo

incesante parece la respiración de la ciudad dormida.

Allá, al extremo del jardín, cantaba un ruiseñor cuyos acentos suaves y

melodiosos al principio convertíanse de pronto en brillante cascada de

notas claras y agudas. Era aquélla una de esas noches armoniosas que

parecen hechas ex profeso para los ruiseñores, los poetas y los amantes,

y que en una naturaleza tan nerviosa como la de Magdalena no podía menos

de causar una impresión muy profunda.

La hija del doctor parecía respirar aquella brisa, contemplar aquel

cielo fulgurante, oír aquellos acentos y aspirar las embalsamadas

emanaciones de aquella vívida naturaleza por la primera vez en su vida y

al mirar al firmamento, sumergida en éxtasis delicioso, corrían por sus

mejillas dos lágrimas semejantes a dos gotas de rocío caídas del cáliz

de alguna flor de las que el aire mecía sobre su cabeza acariciándola

blandamente.

También Amaury sentía en alto grado el influjo de aquella noche cuyas

ardientes emanaciones aspiraba también él; pero lo que derramaba sobre

Magdalena una suave languidez hacía circular torrentes de fuego por las

venas de su novio.

Los dos permanecieron un rato silenciosos, hasta que por fin rompió ella

a hablar diciendo:

--¡Qué noche más hermosa! ¿Te parece a ti que en Niza, cuyo clima tanto

pondera todo el mundo, puede haberlas como ésta? Podría creerse que

antes de separarnos Dios ha querido ofrecernos esta compensación para

que en nuestro pecho guardemos un recuerdo tan sublime.

--Si, tienes razón, Magdalena, pues a mi se me figura que hoy empiezo a

vivir y que ahora es cuando empiezo a quererte. Esta noche con sus

armonías despierta en mi corazón ciertas fibras que hasta hoy estaban

aletargadas. Si alguna vez he dicho que te amaba hazte cuenta que mentía

o al menos no lo dije como debía decírtelo, como te lo diré ahora.

Escucha, Magdalena: ¡te amo! ¡te amo!

Y efectivamente, Amaury pronunció estas palabras con tal acento de

pasión, que Magdalena sintió estremecerse todo su cuerpo.

--¡También yo--dijo, apoyando la frente en el hombro de su

novio,--también yo te amo!

Amaury cerró un momento los ojos, sintiéndose desfallecer, ebrio de

dicha.

--¡Dios mío!--dijo.--Cada vez que pienso en que mañana me he de separar

de ti, Magdalena adorada, cada vez que pienso en que al volver a verte

habrá un tercero ahí cuya presencia me prive de caer a tus pies, de

estrecharte contra mi pecho, te juro que estoy tentado a abandonarlo

todo por ti.

Y al decir esto Leoville ceñía con su brazo el talle de Magdalena, que

se dobló acercándose más a su novio.

--No, no, de ningún modo--dijo en voz baja.--Tiene razón mi padre: debes

marchar. Tienes que dejarme recobrar las fuerzas para poder soportar

nuestro amor que, como sabes muy bien, ha estado a punto de hundirme en

el sepulcro. He podido morirme, y si esto hubiera ocurrido, en lugar de

estar ahora junto a ti, alegre y dichosa, estaría a estas horas tendida

en el fondo de una tumba... Pero, ¿qué tienes, amor mío?

--No me hables así, Magdalena, no me digas nada de eso: harías que

perdiera la razón.

--No; soy feliz y afortunadamente salvada y vuelta al mundo, estoy aquí

a tu lado en esta noche plácida en que todo parece hablarnos con el

lenguaje del amor. ¿No te imaginas oír a los ángeles murmurando palabras

parecidas a las nuestras?

Y enmudeció, como queriendo escuchar las fantásticas voces del espacio.

Se alzó entonces una leve brisa y los ondulantes cabellos de Magdalena

acariciaron el rostro de Amaury, quien sintiéndose muy débil para

resistir una sensación tan fuerte, echó hacia atrás la cabeza y exhaló

un hondo suspiro.

--¡Magdalena!--murmuró.--¡Por favor! ¡Ten compasión de mí!

--¡Que tenga compasión de ti! Pues ¿acaso no eres feliz? Yo me creo

sumergida en un éxtasis divino. ¿No será esta misma la felicidad que nos

aguarda en el Cielo? ¿Podrá existir en el mundo otra mayor?

--¡Sí, sí que existe!--exclamó Amaury, volviendo a abrir los ojos y

viendo que la hermosa cabeza de la joven se inclinaba hacia él.--Sí,

Magdalena mía: existe otra mayor todavía.

Y ciñole el cuello con sus brazos. Juntáronse sus cabezas, y sus

cabellos y sus alientos se confundieron.

--¿Y cuál es, Amaury?--preguntó Magdalena.

--La de expresarse dos su amor juntos y en un mismo beso... ¡Te amo,

Magdalena!

--¡Te amo... Am!...

Sus labios buscaron los de Amaury, que llegaron a rozar los de su amada;

pero la última palabra, que más bien era un grito de amor indecible,

acabó en un lamento de acerbo dolor.

Amaury retrocedió asustado, con el rostro bañado en sudor frío.

Magdalena, cayendo hacia atrás, había vuelto a quedar sentada

oprimiéndose el pecho con una mano y llevándose el pañuelo a los labios

con la otra.

Por la mente de Amaury cruzó una idea espantosa y cayendo a los pies de

Magdalena rodeóle la cintura con su brazo, le arrancó el pañuelo de la

boca y examinándolo pudo observar en medio de la semioscuridad que tenía

algunas manchas de sangre.

Tomó entonces en brazos a Magdalena y corriendo como un loco la llevó a

su aposento, la depositó jadeante y afónica sobre el lecho y tiró con

todas sus fuerzas del cordón de la campanilla en demanda de socorro.

Pero en seguida, temiendo la mirada del desdichado padre de Magdalena y

comprendiendo que no tendría fuerzas para soportarla huyó de la

habitación, y como si acabara de cometer un crimen fue a refugiarse, en

la suya.

Amaury · 第 43 / 90 题