A las diez.
«Puede usted reñirme, Antoñita; bien lo merezco porque temo haber
cometido una gran locura.
»Magdalena estaba sola. Me llamaba, para decirme que quería hablar
conmigo antes de mi marcha, y para ello me pedía con adorable inocencia
una cita que otra cualquiera, habría rehusado concederme de seguro si yo
hubiera osado pedírsela.
»Quizá no me crea usted, Antoñita, pero le aseguro por mi honor que
acordándome de la promesa que yo había hecho al doctor, quise en un
principio renunciar a aquella hora de dicha con que Magdalena me
brindaba y por la cual habría dado gustoso en cualquiera otra ocasión un
año de mi vida.
»Tratando de resistir a mi propio deseo le respondí que la señora Braun,
obedeciendo a instrucciones del señor de Avrigny, no se prestaría en
modo alguno a secundar nuestros planes.
»--¿Y qué necesidad tenemos de la señora Braun?--repuso Magdalena.
»--No olvides que sólo la separa de ti un simple tabique y que tan
pronto como oiga el más leve rumor entrará creyendo que no te sientes
bien y me encontrará contigo.
»--Así ocurriría, no lo dudo, si tú vinieras aquí.
»--¡Cómo! ¿Pues adonde he de ir?
»--Al jardín. Yo bajaría a reunirme contigo a la hora en que
conviniéramos.
»--¿Qué dices? ¡Al jardín! Pero ¿lo has pensado bien? ¿Y el relente de
la noche?
»--No le tengo miedo. Ya oíste decir ayer a mi padre que sólo es
peligroso al anochecer y que a medida que avanza la noche se siente el
mismo calor que hace durante el día. Sin embargo a guisa de precaución
bajaré bien embozada en mi chal.
»Yo sentíame arrastrado contra mi voluntad por sus palabras; pero aun
hallé fuerzas para insistir todavía diciéndole:
»--¿Y te parece bien que nos veamos solos y a deshora?
»--Haciéndolo así durante el día no veo la razón para que no lo podamos
hacer de igual modo por la noche--me contestó con candidez admirable.
»--Sí--repuse algo confuso;--pero de día...
»--¿Qué diferencia hay?--preguntó.
»--Una muy grande--repliqué sonriendo a pesar mío.
»--¿No te quejabas estos días atrás de que en nuestro viaje sería
molesta para nosotros la presencia de mi padre? Al decir eso bien
tendrías el propósito de que viajásemos solos los dos día y noche...
»--Sí; pero contaba con que estuviéramos ya casados para entonces.
»--Ya sé que las casadas gozan ciertos privilegios negados a las
solteras, ¡como si al casarse quedase una niña alocada convertida _ipso
facto_ en mujer juiciosa!... Pero, ¿no nos hemos desposado? ¿No es
público y notorio que nuestro casamiento se celebrará muy pronto? ¿No
estaríamos ya casados a estas horas si yo no hubiese caído enferma de
gravedad?
»No era fácil responder a estas preguntas. Ella prosiguió con más ahinco
al ver que yo callaba:
»--¿Irás a negármelo? ¿Serás capaz de darme un chasco como ése la
víspera de tu marcha, cuando tienes que decirme tantas cosas y hacerme
tantas promesas? ¡Si supieras qué triste voy a quedar después que tú te
vayas! ¿Qué menos puedes hacer que dejarme al partir el recuerdo de esas
palabras tiernas y cariñosas que me hacen tan dichosa pronunciándolas
tus labios?
»No pude resistir más, y juzgando que mi posición era ya ridícula y mi
rigor impertinente me juré velar por los dos y le prometí acudir al
jardín así que diesen las once.
»Hay que ser justo, Antoñita, y reconocer que para negarse a acceder a
su demanda se habría necesitado poseer toda la discreción de los siete
sabios de Grecia, y quizá me quede corto.
»Me limité a recomendarla que no se olvidase de bajar bien abrigada. Así
acababa de prometérmelo cuando entró su padre a verla.
»Cuando, a las diez, salimos juntos del aposento, me dijo el doctor:
»--Ya has tenido ocasión de ver que he fiado en tu palabra, porque te he
dejado solo con ella. Comprendí que tenías que decirle muchas cosas. Te
doy las gracias porque has sabido proceder con una cordura cuya mejor
recompensa es la tranquilidad que ahora goza Magdalena, merced a la cual
pasará una buena noche. Mañana por la mañana podrás pasar una hora en su
compañía, y dentro de mes y medio volverás a encontrar en Niza a tu
futura esposa ya restablecida y muy contenta de reunirse contigo.
»Al escuchar sus palabras sentí el aguijón del remordimiento y estuve a
punto de revelárselo todo; pero pensé en Magdalena para quien el
disgusto que ello le hubiera ocasionado habría sido más pernicioso que
la entrevista en proyecto, y esta consideración me dio fuerzas para
abstenerme de decir nada a su padre.
»Por lo demás, cuando sea necesario yo velaré sobre mí y sabré
dominarme.
»Oigo dar las once. ¡Buenas noches, Antoñita! La dejo a usted para ir en
busca de Magdalena, que ya me estará aguardando.»
A las 2 de la madrugada.
«Tan pronto como llegue a sus manos esta carta póngase en camino y
venga, porque nos hace mucha falta su presencia.
»¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Magdalena se muere sin remedio! ¡Oh! ¡Qué
miserable soy! ¡Venga, venga usted a escape!
»_Amaury_.»