AMAURY A ANTONIA

«Me ruega usted, Antoñita, que la entere de todos los pormenores

relativos a la convalecencia de Magdalena, y me explico su curiosidad:

no le basta saber que está mejor, sino que quiere saber cómo ha

recobrado la salud. A decir verdad no podría usted encontrar un narrador

más apropiado que yo, porque, no estando usted aquí para poder hablar de

ella, los dos, me conceptúo dichoso al escribirle. ¡Cosa extraña! Con su

padre, que la quiere tanto como yo, me siento, no sé por qué, sin esa

confianza que usted me inspira. No sé si será la diferencia de edad o la

gravedad de su carácter la causa de ello; pero el hecho es que con usted

no me ocurre nada de eso; con usted, Antoñita, hablaría yo sin cesar

toda la vida.

»Una semana después de marcharse usted aún seguía yo preguntándome todas

las noches: ¿Viviré o moriré? porque entonces estaba en peligro

Magdalena. Ahora, querida Antoñita ya le puedo decir: _Viviré_, porque

le puedo anunciar que vivirá.

»Crea usted, Antoñita, que mi amor hacia Magdalena no es vulgar ni

pasajero; mi unión con ella no era matrimonio de conveniencia, ni

siquiera lo que se ha dado en llamar un matrimonio de inclinación: me

unía una pasión única, sin ejemplo: y si ella moría tenía yo que morir

también con ella.

»La misericordia de Dios no lo ha querido, ¡Gracias, Dios mío!

»Su padre no ha podido responder de su vida hasta anteayer, y aun eso

con una condición muy extraña; con la condición de que yo me separe de

Magdalena siquiera temporalmente.

»Al pronto yo temí que esta noticia envolviese nuevos peligros para

Magdalena; pero, indudablemente, a la pobre ya no le quedan fuerzas para

experimentar sensaciones muy vivas, porque al saber que nos reuniríamos

en Niza, donde ella me aguardaría, casi manifestó prisa por partir, cosa

que me causó gran extrañeza, acrecentada por la circunstancia de haberle

dicho su padre que usted no podría acompañarla.

»Hay que reconocer que los enfermos parecen niños grandes. Desde ayer es

para ella ese viaje un motivo de extraordinaria alegría.

»Cierto es que ella se imagina que partiremos juntos, siendo así que se

engaña porque su padre acaba de anunciarme que debo yo ponerme en camino

dentro de una semana, y aun dando por sentado que siga la mejoría, no es

de esperar que Magdalena esté en disposición de emprender el viaje antes

de tres semanas o de un mes, tal vez.

»No sé cómo hará su padre para lograr que ella me deje marchar; pero él

me ha dicho que eso corre de su cuenta, y ya debe tener su plan

trazado.

»Hoy ha sido el primer día en que Magdalena, ha podido al fin abandonar

el lecho; su padre la ha trasladado desde su cama a un sillón preparado

ex profeso junto a la ventana, y tan débil está aún que se habría

desmayado en el camino si la señora Braun no le hubiera dado a respirar

un frasco de esencias. A mí me dejaron entrar cuando ya estuvo sentada,

y entonces ¡oh Dios mío! sólo entonces me fue dable apreciar los

estragos que la terrible enfermedad ha causado a mi pobre Magdalena.

»Aun así está hermosa, más hermosa que nunca, pues con su larga bata

abrochada hasta el cuello, se asemeja a uno de esos ángeles tan bellos,

de diáfana cabeza y cuerpo inmaterial del Beato Angélico. Pero esos

ángeles tan hermosos están ya en el Cielo, mientras que Magdalena (y a

Dios le damos gracias por ello), está aún con nosotros. Así resulta que

lo que en ellos es una belleza divina, en Magdalena es un belleza que

casi espanta.

»¡Y qué dichosa se sentía, de estar allí tan cerca de la ventana!

Hubiera dicho cualquiera que veía el cielo por primera vez, que por

primera vez, también, aspiraba aquel aire tan puro y respiraba el aroma

de aquellas flores. Al través de su cutis blanco y transparente veíamos

cómo volvía a la vida. ¡Dios eterno! No sé si sucumbirá a los goces y a

los pesares humanos, sin poderlos resistir. También su padre parece

temer lo mismo, porque a cada momento se le acerca y, so pretexto de

estrecharle la mano, le toma el pulso.

«Anoche se mostraba muy contento porque durante el día había acusado el

pulso tres o cuatro pulsaciones menos por minuto que los días

anteriores.

»A media tarde, cuando ya el sol no daba en el jardín la ordenó

acostarse, sin escuchar sus súplicas. El mismo la transportó al lecho,

comprobando gozoso que ella soportaba mejor que la primera vez ese

transporte. No hubo necesidad de hacerla respirar esencias, lo cual era

buena prueba de que el aire y el sol habían contribuido a devolver

cierto vigor a su cuerpo.

«Cuando la acostaban, tocaba yo en el salón una melodía de Schubert. Ya

estaba a punto de terminarla, cuando la señora Braun vino de su parte, a

pedirme que siguiese. Por primera vez volvía Magdalena a oír música

desde la terrible noche en que la música pudo costarle la vida. Accedí a

su ruego, y cuando al terminar entré en su cuarto, la encontré sumida en

una especie de arrobamiento.

»--¡Oh! No puedes imaginarte, Amaury--me dijo--los crueles encantos que

yo encuentro en la terrible enfermedad que tanto alarma a todo el mundo,

pues me parece que no sólo mis sentidos corporales han duplicado su

virtud de percibir, sino que en mí se han despertado nuevos sentidos que

pudiéramos llamar sentidos del alma. Ahora mismo, en esa música que

acabas de hacerme oír y que he escuchado tantas veces, he percibido

nuevas melodías que no sospeché jamás y el aroma de mis flores me

produce sensaciones que nunca conocí y que quizá no vuelva ya a percibir

cuando haya recobrado la salud por completo. Cuando ayer... (no vayas a

burlarte de mí, Amaury) una silvia cantaba en un arbolito, en el cual

había un nido, ¿sabes lo que se me ocurrió pensar mientras la oía

cantar? Que si así como estoy contigo y con mi padre, hubiera estado

sola, habría concentrado mi espíritu en aquel canto, aplicando a

interpretar todas mis facultades, segura de llegar a comprender lo que

aquel pájaro decía a su hembra y a sus hijuelos.

»Yo miraba al padre de Magdalena, y asustado de oír aquellas ideas que

me parecían hijas del delirio, buscaba en sus ojos una respuesta a mis

dudas y a mis inquietudes; pero él, con un ademán procuró

tranquilizarme, y poco después abandonó el aposento.

»Entonces Magdalena se inclinó hacia mí y dijome al oído:

»--Amaury, ¿quieres tocar aquel vals de Weber que bailamos juntos?

»Yo me asusté ante la idea de hacerle oír la misma melodía que la había

causado una crisis nerviosa tan terrible, y no hallé otro medio de

excusarme que decirle que no la sabía de memoria.

»--No importa. Mañana la enviarás a buscar y la tocarás. ¿Verdad que lo

harás así?

»Yo se lo prometí, sin saber lo que decía.

»¿Tendrá razón su padre al decir que las emociones más perjudiciales son

las que más apetece?

»Al despedirme por la noche me hizo prometer de nuevo que al otro día la

complacería tocando el famoso vals de Weber.

»Ha pasado bien la noche última, durmiendo con un sueño más tranquilo y

reparador que el de costumbre. Tres veces, desde las diez de la noche al

amanecer, ha entrado su padre en el dormitorio y siempre la ha

encontrado descansando. La señora Braun, que la velaba, ha asegurado que

en toda la noche no se despertó más que dos veces, y después de tomar

un calmante, dando muestras de sentirse muy aliviada, había vuelto a

dormirse.

»Cuando esta mañana me ha explicado el doctor cómo había pasado la noche

su hija, según suele hacerlo cotidianamente antes de entrar yo en su

cuarto, le dí cuenta de la obstinación que mostraba Magdalena por oír el

vals en cuestión. Reflexionó unos instantes, al cabo de los cuales,

respondió:

»--¡Ya te lo decía yo! ¡Ya ves cómo eran ciertos mis temores! Mientras

tú no te vayas, siempre tendrá esa necesidad de emociones fuertes que me

da tanto cuidado. No tomes a mal lo que te digo, Amaury; pero, he de

confesarte con noble sinceridad que daría yo algo bueno por verte ya

lejos de ella.

»--Pero, ¿qué hago? ¿Toco o no toco el vals?

»--Tócalo. Yo estaré a tu lado. Haz caso de lo que yo te recomiende y no

accedas a los ruegos que ella pueda hacerte.

»Me dirigí al cuarto de Magdalena y encontré a ésta con el rostro

radiante y haciendo gala de tener muy buen humor. La fiebre había

seguido en su marcha descendente.

»--¡Ay, Amaury!--me dijo.--¡Si supieras qué bien he dormido y con qué

fuerzas me siento! Tan bien estoy, que si consintiese en ello mi

tiranuelo (y al decir esto, envolvió a su padre en una mirada de amor

inefable), creo que andaría, o más bien, sería capaz de volar, más

ligera que un pájaro. Pero él con su pretensión de conocerme mejor que

yo misma, me tiene aquí sujeta a este maldito sillón.

»--Te has olvidado ya, Magdalena--le repliqué,--que hace dos días

reducíase toda tu ambición a sentarte en ese _maldito sillón_ como tú

dices, y ahí, junto a la ventana, creías estar en un paraíso terrenal.

Así pasaste ayer todo el día y te diste por muy contenta con ello.

»--Tienes razón, pero lo que ayer tenía yo por bueno no lo es ya hoy. Si

hoy tú sólo me quisieras lo mismo que ayer no me daría por satisfecha;

para mí, las sensaciones que no aumentan disminuyen. ¿A ver si adivinas

en dónde querría yo estar ahora? ¿Quieres que te lo diga? Pues quisiera

estar bajo un grupo de rosales, tendida sobre»el césped, que se me

figura suave como el terciopelo.

»--Me complace tu ambición por lo modesta--dijo el doctor.--De aquí a

tres días, podrás satisfacer tus deseos.

»--¡De veras!--exclamó Magdalena, palmoteando como un niño a quien se le

promete un juguete deseado con ansia mucho tiempo.

»Y aun hoy mismo te dejaré ir sin el auxilio de nadie a sentarte en el

_maldito sillón_. Hay que ensayar las piernas antes que las alas. La

señora Braun y yo marcharemos a tu lado por si acaso hubiera que

sostenerte.

»--Tal vez sea acertada esa previsión, papá, porque si he de ser franca,

he de confesar que soy como esos cobardes que alardean de su valor si

están lejos del peligro, y en cuanto se les presenta la ocasión de

demostrarlo cambian en el acto de lenguaje y de actitud. ¿Cuándo me

levantaré hoy? ¿Habré de aguardar, como ayer, al mediodía? Eso es mucho,

papá; considere usted que ahora son las diez escasas.

»--Bien, hija mía; hoy permitiré que te levantes una hora antes, y como

hace muy buen día y la temperatura es agradable, abriremos la ventana

para que respires el aire puro del exterior.

»Mientras abrían la ventana, y el aire y el sol inundaban el aposento,

inclinose a mi oído Magdalena para decirme:

»--¿Y el vals?...

»Le respondí con una seña afirmativa y con ella pareció quedar tranquila

y satisfecha.

»Pronto entraron a anunciarnos que el almuerzo estaba servido. Ya sabe

usted, Antoñita, que antes su tío y yo hacíamos las comidas separados,

para poder relevarnos a la cabecera de la enferma; pero desde que ésta

convalece, tal precaución es inútil, y hace unos cuantos días que

comemos juntos.

«Próximamente a las once se levantó de la mesa el padre de Magdalena,

diciendo:

»Cuando se quiere que los niños y los enfermos, hagan lo que se les

manda, no hay más remedio que cumplirles fielmente lo que se les

promete. Ahora la ayudaré a levantarse y tú podrás entrar dentro de unos

diez minutos.

«Efectivamente, poco después encontraba yo a Magdalena sentada junto a

la ventana, y, al parecer, muy contenta, contemplando el jardín.

«Entre su padre y la señora Braun la habían ayudado a trasladarse desde

el lecho hasta el sillón. Cierto es que sin el apoyo que ambos le

prestaron quizás se habría visto apurada para llegar hasta allí, pero,

¡cuánta, diferencia no había entre aquel día y la víspera, cuando hubo

que llevarla en brazos! Me senté a su lado y a los pocos instantes dio

muestras de sentir cierta impaciencia.

»El doctor, que parece leer por arte de magia en lo más hondo de su

corazón, la comprendió en el acto y levantándose dijo:

»--Amaury, permanecerás aquí con Magdalena sin separarte de ella,

¿verdad? Yo tengo que ausentarme por un par de horas. Prométeme no

abandonarla hasta que yo vuelva.

»--Váyase usted confiado. No la dejaré.

»El señor de Avrigny dio un beso a su hija y salió del aposento.

»--¡Vamos! ¡Pronto! ¡Pronto, Amaury!--exclamó ésta, acto continuo.--Ve a

tocar el vals de Weber. Esta idea me obsesiona y no puedo desterrarla de

mi mente: toda la noche he estado oyendo ese vals.

»--Pero, ¡si no puedes acompañarme al salón, Magdalena!

»--Demasiado lo sé, pues, por desgracia, casi no puedo tenerme en pie;

pero tú dejarás todas las puertas abiertas y así podré oírte bien.

»Recordé la recomendación de su padre, y seguro de que estaría muy cerca

velando por su hija, me levanté para ir a sentarme al piano. Con las

puertas abiertas podía yo ver desde allí a Magdalena, que en medio de

los cortinajes que servían de marco a su figura, parecía un cuadro de

Greuze. Vi que me hacía una seña con la mano; púseme el papel delante y

me preparé a tocar.

»--Empieza.--oí que decía una voz detrás de mí.

»--Volví la cabeza y vi al doctor.

»El vals, como usted ya sabe, Antoñita, era uno de esos enloquecedores

motivos de melancólico ardor que nadie sabía desarrollar sino el autor

de _Freyschutz_, con su poderoso genio.

»Yo no la sabía de memoria; tenía que ir, por lo tanto, descifrando las

notas mientras tocaba. No obstante, creí ver, como a través de una

espesa niebla, que Magdalena se alzaba de su sillón, y al volverme vi

que no me había engañado. Quise entonces detenerme, pero su padre, que

lo vio, me contuvo, diciendo:

»--Continúa.

»Y yo continué, sin que la interrupción fuese advertida por ella, cuya

poética naturaleza parecía animarse con la armonía e iba adquiriendo

fuerzas a medida que el compás se aceleraba.

»Permaneció un instante en pie e inmóvil, y echando a andar de pronto,

aquella débil enferma, que para ir de la cama a la butaca había

necesitado ayuda de dos personas, avanzó con paso seguro, deslizándose

sobre el pavimento como una sombra, sin buscar apoyo ni en la pared ni

en los muebles. Yo me volví hacia el doctor y viéndole muy pálido y

demudado, quise parar otra vez; pero él volvió a prohibírmelo, diciendo:

»--Continúa. Acuérdate del violín de Cremona.

»Y continué de nuevo. El compás se aceleraba por momentos y cuanto más

aumentaba la rapidez, más de prisa caminaba Magdalena, acercándose a mí,

hasta llegar a poner sobre mi hombro su diestra. Entonces su padre, que

había salido pocos momentos antes, volvió a entrar por una puerta

situada a nuestra espalda y repitió por tercera vez:

»--Continúa, continúa. ¡Bravo, hija mía! ¿Pues no decías esta mañana que

estabas tan extenuada y tan débil?...

»Y el pobre padre, lleno de mortal angustia, reía y temblaba a la vez.

»--Parece cosa de magia, papá--contestó Magdalena.--El efecto que me

causa la música es realmente maravilloso, tanto, que a mi juicio existen

melodías capaces de hacerme abandonar la sepultura. Así me explico cómo

comprendía tan bien las escenas de las monjas de _Roberto el Diablo_ y

las _Willis_ de la _Gisela_.

»--Así lo creo; pero no conviene abusar de esa facultad--replicó el

doctor.--Apóyate en mi brazo y tú, Amaury, continúa: esa música es

admirable. Pero después--me dijo en voz baja,--procura pasar de ese vals

a alguna melodía vaga que vaya expirando como un eco que se pierde en

lontananza.

»Comprendí su intención, y obedecí. La misma música que había causado en

ella tal exaltación, debía sostenerla hasta el momento en que llegase a

su sillón; mas entonces debía decrecer ya por grados, pues, cesando de

repente, podía producirle un efecto desastroso que determinase una

agravación del mal.

«Efectivamente, Magdalena volvió a sentarse sin aparentar cansancio, y

con semblante tranquilo y revelando alegría, se acomodó en el sillón. Yo

comencé a retardar el compás y la vi inclinar hacia atrás la cabeza, y

cerrar los ojos. El doctor, que no la perdía de vista y la contemplaba

fijamente, me indicó que tocase piano pianísimo; entonces reemplacé el

vals por algunos acordes que poco a poco fueron apagándose hasta quedar

extinguidos, como el lejano canto de un pájaro que huye cruzando el

espacio, hacia lugares remotos.

«Después me levanté y quise acercarme a Magdalena; pero su padre me

salió al paso y me dijo:

»--Ahora duerme; no vayas a despertarla.

»Y llevándome a la antesala, agregó:

»--Ya ves, Amaury, que es indispensable tu partida. Si eso hubiese

sucedido en mi ausencia, si yo no llego a estar aquí para dirigirte,

¡sabe Dios lo que sería de Magdalena a estas horas! Sólo el pensarlo me

aterra. Créeme: a toda costa es preciso que te marches.

»--Pero Magdalena se figura que aún tardaré en partir... ¿Cómo vamos a

decirle?...

»--No pases pena; ella misma te pedirá que te vayas.

»Y después que hubo pronunciado estas palabras, el señor de Avrigny

entró en el cuarto de su hija.

»Yo, entonces, me volví al mío y me puse a escribir a usted esta carta.

¿Cómo le parece a usted, Antoñita, que se las arreglará el doctor para

que su misma hija me ordene que parta?»

Amaury · 第 36 / 90 题