Al otro día, el doctor, seguro ya de que Magdalena no sufriría por el
momento ninguna recaída, comenzó a salir de casa para dedicarse a sus
quehaceres habituales. Tenía que ir a palacio para explicar al rey su
conducta y debía también visitar al ministro de Negocios Extranjeros
para recordarle su promesa relativa a la misión que se encargaría a
Amaury.
Con sobrada razón podía haber dicho el doctor que el enfermo era él,
pues en aquellos quince días había envejecido quince años, y aunque no
pasaba de los cincuenta y cinco, había encanecido su cabeza por
completo.
Cuando regresó a su casa llevaba la seguridad de que el día que quisiese
tendría a su disposición la carta diplomática.
Al entrar se encontró con Felipe en el umbral.
Desde la noche del baile, Auvray había ido todos los días, sin faltar
uno, a informarse del estado de Magdalena. Solía recibirle Antoñita, y
después que ésta partió, era José quien le daba las noticias. No quiso
preguntarle nada a Amaury, porque, según su modo de ver las cosas,
exigíale su dignidad que le pusiera mala cara; pero Leoville no advirtió
nada de esto, porque no se acordaba ya de la existencia de su antiguo
amigo.
El señor de Avrigny, que estaba enterado de las atenciones o interés de
Felipe, le dio las gracias mientras le estrechaba la mano cariñosamente.
Después se dirigió al cuarto de su hija.
Transcurría a la sazón el mes de junio, y hacía un hermoso día, digno de
servir de despedida a la primavera, próxima ya a dejar paso al estío. El
doctor había permitido que al mediodía, por ser aquélla la hora de más
calor y no ofrecer peligro para la enferma, se abriesen por primera vez
las ventanas del aposento de Magdalena; de modo que encontró a ésta
sentada en su cama con el deseo retratado en el semblante de respirar
aquel aire que le estaba vedado todavía y contemplar de cerca aquel
frondoso verdor del parque, bajo cuya sombra no podía correr aún; pero
en cambio ya que nada de esto le estaba permitido, había hecho cubrir su
cama de flores, como se hace con los palios en la poética fiesta del
Corpus.
Amaury se había prestado a ello y le llevaba del jardín al lecho las
flores que ella quería.
--¡Papá!--exclamó al ver al doctor.--¡No puede usted imaginarse cuánto
le agradezco la sorpresa que Amaury, con el permiso de usted, me ha dado
al devolverme el aire y las flores! Me parece que respiro con más
libertad y me comparo con aquel pobre pajarillo que usted puso con un
rosal en el interior de la campana neumática. ¿Recuerda usted? Cuando se
le retiraba el rosal parecía pronto a morirse, y cuando se le devolvía
parecía también que se le restituía la vida. Diga usted, papá: Cuando a
mí me falta aire y me ahogo, como aquella infeliz avecilla, ¿no se me
podría también devolver la vida rodeándome de flores?
--Sí, Magdalena; sí, hija mía; ya lo haremos así--asintió el doctor.--No
pases pena: yo te llevaré a un país en que no mueren jamás ni las
flores, ni las niñas y allí vivirás tú entre rosas como una abeja o un
pájaro.
--¿Adónde me llevará usted, papá? ¿A Nápoles?
--No, hija mía, porque a Nápoles está demasiado lejos para ir allá de un
tirón sin hacer ni un descanso. Además, Nápoles ofrece el inconveniente
del _sirocco_, que agosta las flores, y la tenue ceniza del Vesubio, que
abrasa los pulmones de las niñas. No llegaremos allí; nos detendremos en
Niza...
Antes de proseguir, el doctor pareció titubear, consultando a su hija
con la mirada.
--¿Y qué?...--preguntó Magdalena, mientras su novio bajaba la cabeza.
--Amaury seguirá su viaje hasta Nápoles.
--¿Cómo es eso? ¿Nos deja?--exclamó Magdalena.
--No, hija mía, porque eso no es dejarnos--repuso el doctor, con viveza.
Y muy despacio y adoptando toda suerte de precauciones oratorias, dio
cuenta a Magdalena de su plan, que, como ya sabemos, consistía en llegar
hasta Niza y aguardar la vuelta de Amaury en aquel invernadero de
Europa, en la estación de invierno más espléndida del mundo.
Escuchole Magdalena con la cabeza baja y como absorbida por un
pensamiento fijo, y cuando acabó de hablar le preguntó:
--¿Vendrá también con nosotros Antoñita?
--Siento en el alma, hija mía--respondió el doctor,--verme obligado a
separarte de tu amiga, de tu hermana; pero fácilmente se te alcanzará
que no puedo dejar a cargo de personas extrañas la vigilancia y el
cuidado de mis casas de París y de Ville d'Avray. Tu prima, por lo
tanto, tendrá que quedarse aquí.
En los ojos de Magdalena brilló un rayo de júbilo: sentíase consolada de
la ausencia de su novio con la ausencia de Antoñita.
--¿Y cuándo partiremos?--preguntó con cierta impaciencia.
Al oír esta pregunta, alzó Amaury la frente y la miró sorprendido...
Como su pasión egoísta y ciega no le había dejado adivinar los misterios
que el cariño paternal del doctor había logrado descubrir, todo era para
él, motivo de asombro, porque todo lo ignoraba.
--La fecha de la partida, depende de ti, hija mía--respondió el señor de
Avrigny,--tan pronto como puedas soportar el traqueteo del coche,
después que hayas probado tus fuerzas, dando algunos paseos por el
jardín apoyada en mi brazo o en el de Amaury, emprenderemos el viaje.
--Pues no tengas cuidado, papá. Haré lo que me mandes y pronto estaré
dispuesta para la marcha.
El señor de Avrigny no se había equivocado en sus presunciones: de Ville
d'Avray a París, había aún poca distancia.