«En los ocho días transcurridos nada he tenido que apuntar en mi diario.
»¡Ocho días, durante los cuales he vivido pendiente de los latidos de su
corazón y de las alteraciones de su pulso! ¡Ocho días, durante los
cuales no he salido de casa, no me he movido de este aposento ni me he
apartado siquiera de la cabecera de esa cama; y, no obstante, jamás han
pasado para mí en tan poco tiempo tantos sucesos, jamás he sufrido
tantas emociones ni me han asaltado tantas ideas! He dejado abandonados
a todos mis enfermos para pensar en uno solo.
»En esos días, el rey me ha enviado a buscar dos veces, participándome
que estaba indispuesto y que necesitaba de mis servicios. Yo he
respondido a su mensajero:
»--Diga usted al rey que mi hija se está muriendo.
»Gracias a Dios, está ya un poco mejor. Hora era de que la Parca
comenzara ya a cansarse. Jacob no había combatido más que una noche,
mientras que yo llevo ocho días con sus noches luchando contra la
muerte.
»¡Oh, Dios eterno! ¿Quién sería capaz de describir la angustia de
aquellos instantes en que creía próximo mi triunfo; en que veía cómo la
Naturaleza, (¡admirable auxiliar del arte, por la permisión divina!)
vencía a la enfermedad; en que tras una crisis que podría muy bien
calificarse de batalla, lograba yo descubrir una leve mejoría que venía
a henchir mi corazón de esperanza... y un simple acceso de tos o un
nuevo ataque de la fiebre se encargaba de desvanecer tan gratas
ilusiones?
»Todo volvía entonces a ser materia de duda, y yo descendía de nuevo
abatido por el desaliento al abismo de la desesperación, al ver que el
enemigo ahuyentado un instante reanudaba el combate con más
encarnizamiento que nunca.
»El horrible buitre que con su pico y sus garras destroza el pecho de mi
hija volvía a hacer presa en ella y entonces yo, prosternado y con la
frente inclinada, invocaba a Dios diciendo:--¡Dios mío, escucha mis
súplicas! ¡no me abandones! ¡Si tu providencia infinita no ayuda a mi
ciencia desmedrada y estéril, mi hija y yo estamos perdidos!
»Gozo fama de ser médico muy entendido; hay en París centenares de
personas que a mi saber y a mis desvelos deben su vida; yo, que he
devuelto tantas esposas a sus maridos, tantas madres a sus hijos, tantos
hijos a sus padres, tengo en estos momentos a mi hija moribunda, y no
soy dueño de decir: ¡La salvaré!
«No pasa día sin que tropiece en la calle con personas, que ni siquiera
se cuidan de saludarme, porque creen haberme pagado bien con su dinero,
y sin embargo, a haberlas yo abandonado, ahora reposarían para siempre
en el fondo del sepulcro, en vez de pasear a la luz del sol... ¡Y yo,
que he sabido combatir a la muerte y llegar a humillarla en pro de seres
extraños y hasta desconocidos para mí, tendré que sucumbir forzosamente
ahora que lucho por la vida de mi hija, que es mi propia existencia!
»¡Oh! ¡Qué amargo sarcasmo! ¡Qué lección tan terrible recibe del destino
mi vanidad de sabio!
«¡Ah! Es que las enfermedades de todos esos a quienes yo he curado eran
terribles, sí, pero no mortales necesariamente; eran enfermedades para
todas las cuales hay remedios conocidos. El tifus se cura con caldo y
agua de Sedlitz; las meningitis más graves, con tratamientos
antiflogísticos; las afecciones del corazón más rebeldes, con el método
de Valsava; pero ¡ay! la tisis... No hay más que una enfermedad, sólo
una, que ni el mismo Dios puede curar, si no es haciendo un milagro, y
precisamente es ésa la que me arrebata a mi hija.
»Con todo, tengo yo noticia de dos o tres ejemplos de tisis de segundo
grado, que ha sido radicalmente curada, y yo mismo he presenciado un
caso en el hospital. Tratábase de un pobre huérfano, sobre cuya tumba no
habría llorado nadie. Creo yo que Dios se apiadó de él porque lo vio tan
solo, tan abandonado en este mundo.
»Muchas veces doy gracias al Altísimo por haber infundido en mi alma la
vocación que me hizo abrazar esta carrera, que hoy me permite velar por
la vida de mi hija.
»¿Puede haber alguien capaz de tener, como yo tengo, la paciencia de
permanecer día y noche a la cabecera de mi enferma sin guiarle otro
estímulo que el sentimiento altruista de la ciencia? ¿Habría alguien
capaz de hacer por el oro o por la gloria lo que por amor paternal estoy
yo haciendo? No; no hay nadie capaz de eso. Si yo la abandonase un
momento y no estuviese a su lado para prever y combatir los riesgos que
puedan presentarse, ya habría sido amenazada su existencia varias veces.
»Cierto es también que constituye un suplicio muy superior a todos los
del infierno del Dante el ver con tal claridad en el pecho de una hija
los dos fieros adversarios, los dos principios de vida y de muerte,
cuando la vida, vencida, aniquilada, retrocede paso a paso para ir
abandonando el campo poco a poco a su enemigo implacable y eterno.
»Afortunadamente el progreso del mal parece haberse detenido por ahora y
me deja respirar con libertad un instante.
»Espero. ¿Podré también confiar? ¡Dios lo sabe!»