«Queda entablada la lucha entre el médico y la muerte. De nuevo tengo
que infundir la vida en el cuerpo aniquilado de mi hija. Si Dios me
ayuda confío en conseguirlo; pero, si me abandona a mis propias fuerzas,
no habrá remedio para Magdalena y mi pobre hija morirá.
»Ahora su sueño es febril y agitado, pero siquiera duerme, pronunciando
sin cesar el nombre de Amaury.
»¡Oh! ¡Yo soy culpable de todo! ¿Por qué he permitido que bailara?... Y
sin embargo, si otra vez me encontrase en iguales circunstancias
volvería a proceder como esta noche lo he hecho.
»Es preciso tratar el alma de mi hija con más delicadeza y más cuidado
que su cuerpo, porque la pena que a veces le causan sus pensamientos es
mucho más temible que la dolencia de su pecho. Antes se habrá desmayado
de celos, que de desfallecimiento físico.
»¡Sucumbió a los celos!... ¡Dios mío! ¡Era verdad lo que yo tanto
temía!... Tiene celos de su prima... ¡Pobre Antonia! Ella lo ha
advertido tan pronto como yo y en todos sus actos ha mostrado toda la
bondad y la abnegación de que su alma es capaz.
»Amaury es el único que ignora todo esto; él no ha sabido ver nada. En
verdad hay que convenir en que el hombre a veces es rematadamente ciego.
»Tentaciones me han dado de enterarle de lo que pasa; pero he tenido
miedo de que ahora se fijase más que antes en Antonia... No, no, vale
más que no sepa una palabra.
»¡Hija mía!
»Me pareció que despertaba. Acaba de murmurar palabras incoherentes, que
no he podido entender, y ha vuelto a dejar caer la cabeza sobre el
almohadón, sumida en su sopor.
»Estoy muy inquieto y como sobresaltado. Desearía hacer que despertase
cuanto antes... Quisiera averiguar si está mejor... Pero me detiene el
temor de encontrar que se ha agravado.
»Esperemos, pues, y velaré entretanto... ¡Dios mío! Cada vez que pienso
en que se ha repetido el caso de que Amaury la hiera sólo con tocarla...
¡Ese hombre acabará por matarla! Cuando pienso en que si no le conociera
ella podría vivir... Pero, no, no; si no fuera él sería otro; así lo
exige de un modo implacable la ley de la Naturaleza. Tanto los corazones
como las almas se buscan unos a otros. ¡Desgraciados de aquéllos cuyo
corazón y cuya alma se encierran en un cuerpo débil y sin resistencia!
Esos sucumben al choque que los despedaza.
»¡No y no! Ese casamiento es un sueño irrealizable; es un proyecto
utópico. Mi hija sería víctima de su propia dicha. ¿No la tengo ahí
moribunda por haber sido feliz un solo instante?»