Todo fue a las mil maravillas al principio.
A despecho de la postración y la palidez de Magdalena, la hermosura
soberana y la perfecta distinción de la joven hacíanla ser sin disputa
reina de la fiesta. Únicamente Antoñita por su gracia atractiva y por la
animación de su carácter, podía alegar derechos a compartir con ella su
trono.
Para que nada faltara, los primeros acordes de la orquesta produjeron en
Magdalena un efecto magnético, haciéndole recobrar el color y la
sonrisa y reavivando a impulsos de su mágica influencia aquellas fuerzas
que momentos antes parecían agotadas.
Y aún había otra circunstancia que henchía su corazón de indecible
alegría. Su padre presentaba a Amaury por yerno a cuantas personas
notables entraban en el salón y todo el mundo, al mirar alternativamente
a Magdalena y a su novio, parecía decir de un modo unánime que era muy
feliz aquel que se iba a unir con una joven tan encantadora.
Amaury había cumplido su palabra con rigurosa exactitud. Sólo había
bailado dos o tres veces con otras tantas damas a las que sin pecar de
grosero no habría podido dejar de invitar al baile; pero en cuanto
estaba libre volvía en seguida al lado de Magdalena, que estrechándole
la mano con cariño le manifestaba así su gratitud mientras su muda
mirada le decía elocuentemente cuán dichosa se juzgaba.
También Antoñita se acercaba alguna vez a su prima como vasalla que
rindiera homenaje a su reina, preguntándole por su salud y burlándose
con ella de esas fachas ridículas que suelen verse hasta en los salones
más distinguidos ni más ni menos que si fuesen allí para ofrecer un tema
de conversación a los que no tienen asuntos de que hablar.
Al alejarse Antoñita después de una de esas visitas que hacía a
Magdalena, Amaury, que acompañaba a ésta, le dijo:
--Ya que eres tan magnánima, ¿no te parece, Magdalena, que para que la
reparación sea completa debo bailar con tu prima?
--¡Naturalmente!--respondió Magdalena.--No había pensado en eso y se
resentiría ella...
--¡Cómo! ¿Que se resentiría?
--¡Claro está! Creería que yo me opongo a que bailes tú con ella.
--¡Qué niñería!--replicó Amaury.--¿Cómo supones que iría a ocurrírsele
idea tan insensata?
--Tienes razón--repuso Magdalena esforzándose para reír.--Sería una
hipótesis absurda; pero, de todos modos, como que es cosa que entra en
el terreno de la posibilidad ha sido una buena idea la que has tenido al
pensar en invitarla. Ve, pues, sin perder tiempo; ya ves que la rodea
una corte de adoradores.
Amaury, sin advertir el mal humor que ligeramente se traslucía en el
acento con que Magdalena pronunció las anteriores palabras, las tomó al
pie de la letra y se dirigió hacia Antonia. Poco después, tras de
sostener con ella un largo coloquio, volvió adonde estaba Magdalena, que
no lo había perdido de vista ni un instante y así que lo vio a su lado
le preguntó con la mayor indiferencia que pudo aparentar:
--¿Qué baile te ha concedido?
--Por lo visto--contestó Leoville--si tú eres la reina del baile, ella
es la virreina y yo he llegado tarde; me ha enseñado su _carnet_ tan
atestado de nombres que ya no había manera de añadir allí ninguno.
--¿Es decir que no hay medio posible?--repuso Magdalena con viveza.
--Sí, pero por especial merced, pues en virtud de pedírselo yo en tu
nombre va a sacrificar a uno de sus adoradores, me parece que a mi amigo
Felipe Auvray, y tengo el número cinco.
--¡El número cinco!--dijo Magdalena.--Y después de meditar un momento,
añadió:
--¡Así, bailarás un vals!
--Puede ser--contestó Amaury en tono indiferente.
A partir de aquel instante estuvo Magdalena distraída y visiblemente
preocupada, tanto que casi no respondía a las palabras de Amaury. Seguía
con la mirada a Antoñita, que habiendo recobrado con el bullicio, la luz
y el movimiento, su habitual jovialidad, parecía infundir a su paso una
corriente de alegría en el ambiente de aquel salón que atravesaba ligera
y gentil como una sílfide.
Felipe Auvray parecía estar enojado con Amaury. En un principio había
decidido no asistir al baile por juzgarse lastimado en su dignidad;
pero, más fuerza que esta consideración había hecho en su ánimo el deseo
de poder decir al día siguiente que había estado en el gran baile con
que el doctor Avrigny celebraba el enlace de su hija, y no pudiendo
resistir a los requerimientos de su amor propio, había ido como todos.
Ya en casa del doctor y después de lo que había pasado entre él y
Amaury, dispúsose a mostrarse tan rendido y obsequioso con Antoñita como
indiferente y frío con Magdalena.
Pero, como Amaury había guardado bien el secreto, su reserva y su
galantería pasaron inadvertidas para todo el mundo.
En cierta ocasión, el señor de Avrigny, que desde lejos observaba a
Magdalena, se aproximó a ella después de un baile, y le dijo:
--Harías bien en retirarte, hija mía, pues no te conviene permanecer más
tiempo en el salón.
--¡Pero si me encuentro aquí muy bien!--respondió ella con viveza.--Me
distraigo con el baile y en ningún sitio creo que estaré mejor.
--¡Pero Magdalena!
--No me mande usted que me retire, papá, se lo suplico; se engaña usted
si cree que no estoy buena. ¡Ojalá estuviese siempre como hoy!
Efectivamente, Magdalena, en medio de su excitación nerviosa, estaba
encantadora, y todos a su alrededor lo repetían.
A medida que el tiempo pasaba y se acercaba el vals que Antoñita había
prometido a Amaury, la pobre niña miraba a Magdalena con inquietud
manifiesta. Más de una vez chocaron sus miradas con las de ella y cuando
esto sucedía Antonia inclinaba su cabeza al mismo tiempo que en los ojos
de Magdalena brillaba el fulgor de un relámpago.
Al terminar el baile que hacía el número cuatro, es decir, el anterior
al vals que tenía comprometido con Amaury, Antonia fue a sentarse al
lado de su prima para hacerle compañía hasta que la orquesta preludiase
los primeros compases de la próxima danza.
El padre de Magdalena, que con los ojos fijos en su hija observaba con
inquietud reciente el extraño brillo de sus ojos y los nerviosos
estremecimientos que de vez en cuando agitaban su cuerpo, no pudo
contenerse por más tiempo y acercándose a ella dijole con triste acento,
mientras estrechaba cariñosamente una de sus manos:
--¿Quieres algo, Magdalena? Dime, hija mía, lo que deseas, porque todo
es preferible al oculto pesar que aflige tu corazón.
--¿Habla usted de veras, papá?--exclamó Magdalena, en cuyos ojos brilló
un destello de alegría.--¿Va usted a complacerme?
--Sí, aunque sea contra mi voluntad.
--Así, pues, ¿me permitirá bailar un vals, uno solo, con Amaury?
--Sí; si así lo quieres, sea--dijo el doctor.
--Ya lo oyes, Amaury: bailaremos el próximo vals.
--Pero recuerda, Magdalena--repuso Amaury, gozoso y turbado a un
tiempo,--que precisamente ése es el vals que debía bailar con
Antoñita...
Magdalena volvió vivamente la cabeza y sin pronunciar palabra interrogó
a su prima con una muda mirada. Antonia contestó en el acto:
--Me siento tan cansada que si Magdalena quisiera sustituirme, yo muy a
gusto descansaría un ratito.
Brilló un rayo de alegría en la febril mirada de Magdalena, y como a la
sazón se oyesen las primeras notas del vals, alzose de su asiento y
asiendo con su mano nerviosa la de Amaury lo arrastró al centro del
salón, en donde abundaban ya las parejas. Cuando Amaury pasó junto al
doctor, éste le dijo en voz baja:
--¡Ten prudencia!
--Pierda usted cuidado--repuso Leoville;--daremos muy pocas vueltas.
Y se lanzaron en medio del torbellino, perdiéndose muy pronto entre las
otras parejas.
Bailaban un vals de Weber cuyo compás, que al principio era lento y
moderado, se animaba gradualmente hasta el final, en que terminaba de un
modo vertiginoso. Ardiente y grave a la vez, como trasunto del genio de
su autor, era uno de esos valses que arrebatan y a la vez invitan a
meditar.
Amaury hacía lo posible para sostener a Magdalena; pero a las pocas
vueltas notó que flaqueaban sus fuerzas y le dijo con cariñoso interés:
--¿Quieres sentarte a descansar, Magdalena?
--¡No! ¡no!--contestó la hija del doctor.--No pases cuidado: me siento
con fuerzas suficientes para continuar. Si papá ve que nos detenemos no
me dejará bailar más.
Y aferrándose al brazo de Amaury, a quien comunicó sus ardientes
ímpetus, siguió con increíble ligereza el ritmo del vals, cuyo aire era
cada vez más vivo.
No es fácil imaginarse pareja más admirable que la formada por aquellos
dos jóvenes, a quienes la Naturaleza había colmado de dones con
prodigalidad, que enlazados se deslizaban a lo largo del salón con rauda
ligereza como si sus pies tocasen apenas el pavimento. Magdalena,
dechado de elegancia y distinción, apoyábase en su novio y éste,
radiante de felicidad, olvidándose de los espectadores, del bullicio del
baile, del ritmo de la música, y anegando sus miradas en los ojos
entornados de Magdalena, confundiendo con ella su aliento y escuchando
los latidos de sus corazones, unidos por misteriosa corriente magnética,
sintiose contagiado por la embriaguez que dominaba a su novia y le
trastornó el vértigo. Olvidó la recomendación del doctor y su promesa;
extinguiose su memoria para dejar paso al delirio más extraño y a partir
de aquel instante ni vio ni oyó nada más de cuanto le rodeaba; toda su
alma la tenía concentrada en Magdalena, cuyo flexible talle oprimía con
su brazo. Ya no se deslizaban; parecían volar en alas de aquel compás
febril que parecía empujarlos como un huracán, y así y todo, Magdalena
repetía a cada, instante:--¡Más de prisa, Amaury! ¡vayamos, más de
prisa!--Y Amaury obedecía, estrechando su talle con más fuerza.
Ya no era la pálida y desencajada Magdalena quien decía esas palabras,
sino una joven vigorosa, radiante de belleza, cuyos ojos lanzaban rayos
de fuego y en cuya frente brillaba el esplendor de la vida. Ya habían
cesado de bailar los más resistentes y ellos seguían valsando, y aun no
contentos con esto, aceleraban el compás en medio de su vértigo sin ver
ni oír ya nada, ciegos de amor y ebrios de dicha. Las luces, los
convidados, el salón, todo les parecía que rodaba en torno suyo. En una
o dos ocasiones creyó Amaury oír la voz del doctor que le decía
angustiado:
--¡Bastante, Amaury, bastante! ¡Mira que vas a matarla!
Pero en el acto oía también la voz de Magdalena, que con nervioso acento
repetía:
--¡Más de prisa, Amaury! ¡vayamos más de prisa!
Los dos novios parecían no pertenecer ya a la tierra. Sentíanse
arrebatados por la felicidad, envueltos en un torbellino de amor y
sumidos en un sopor delicioso; sus miradas fundían en una sus dos almas;
jadeantes decíanse: ¡te amo! y reavivado su vigor por estas mágicas
palabras valsaban y valsaban vertiginosamente, de un modo insensato, y
esperaban morir en aquel éxtasis, juzgándose lejos de este mundo,
creyéndose ya en el Cielo.
Mas, súbitamente, Amaury sintió que hacía presión sobre su brazo todo el
peso del cuerpo de su amada, entonces se detuvo asustado al verla con el
talle doblado hacia atrás, lívido el rostro, cerrados los ojos y
entreabiertos los labios. Se había desmayado.
Amaury no pudo contener un grito. El corazón de Magdalena no latía;
hubiérase dicho que la muerte lo había paralizado.
Sintió el joven que la sangre se helaba en sus venas y quedó un momento
inmóvil, como clavado en el suelo, mudo de estupor, inconsciente de
cuanto le rodeaba; luego se repuso un tanto y al volver a darse cuenta
de lo que había pasado alzó a Magdalena como una pluma y la llevó en sus
brazos lejos de aquel salón en el que se saboreaba una felicidad que
podía costar tan cara.
El doctor corrió en pos de ellos y cuando alcanzó a Amaury no le dirigió
la menor reconvención.
Le acompañó al tocador, tomó allí una luz y pasando delante le guió al
cuarto de su hija. Amaury dejó a Magdalena sobre su lecho y el señor de
Avrigny se consagró por entero a prestarla sus cuidados, tomándole el
pulso con una mano mientras con la otra le hacía respirar algunas sales.
No tardó Magdalena en recobrar sus sentidos, y aunque su padre estaba
inclinado ante ella mientras que Amaury permanecía casi invisible
arrodillado junto a la cama, a éste fue a quien buscó con su mirada
apenas abrió los ojos.
--¡Amaury! ¡Amaury!--exclamó.--¿Qué ha ocurrido? ¿Estamos muertos o
vivos? ¿Nos encontramos en el Cielo con los ángeles o no hemos
abandonado aún la tierra?
El joven no pudo reprimir un sollozo. Entonces Magdalena le miró con
sorpresa.
--Amaury--dijo el doctor--vuelve al salón y encárgate de despedir a los
invitados. Entre Antoñita y las doncellas desnudarán y acostarán a
Magdalena: yo te tendré al corriente de su estado. Si no quieres
alejarte de ella haré que te preparen una cama en tu antigua
habitación.
Amaury, después de besar la mano a Magdalena que sonrió y le siguió con
la vista hasta la puerta, salió del aposento. Cuando llegó al salón ya
se habían marchado todos los convidados. Entonces ordenó que le
arreglasen su cuarto y se acercó al de Magdalena, deteniéndose junto a
la puerta y procurando escuchar desde allí lo que adentro se hablaba.
Poco rato después salió el doctor y estrechándole la mano le dijo:
--Ya está mejor. Yo me quedo a velarla toda la noche; vete tú a
descansar y mañana veremos.
Amaury se dirigió al aposento que ocupaba cuando vivía en la casa; pero
a fin de poder responder al primer llamamiento que se le hiciera, en
lugar de acostarse en el lecho prefirió arrellanarse en un sillón junto
al fuego que ardía en la chimenea.
El doctor por su parte se fue a su biblioteca y allí pasó mucho rato
hojeando los libros de los profesores más eminentes del mundo; pero a
cada momento movía la cabeza con cierto desaliento porque nada nuevo
para él encontraba en todas aquellas obras. Sólo al llegar a un reducido
volumen que, encuadernado en piel de zapa y ostentando sobre la tapa una
cruz de plata, ofrecía más bien todo el aspecto de un devocionario que
el de una obra científica, se detuvo en sus investigaciones y tomándolo
fue a sentarse junto a la cabecera de Magdalena, que a la sazón dormía.
Aquel libro era la _Imitación de Cristo_.
Nada podía esperar ya de los hombres el doctor; no le restaba otra cosa
que su confianza en Dios.