XVI

--Aquí estoy--dijo Antonia, siguiendo a Magdalena y cerrando tras sí la

puerta del tocador.

--¿Qué le pasará hoy a Magdalena?--exclamó Amaury, exteriorizando su

pensamiento en voz alta.

--Es que sufre--respondió alguien detrás de él.--Tantas y tan repetidas

emociones le producen fiebre y la fiebre la trastorna.

--¡Usted!--exclamó Amaury al ver al doctor, pues no era otro el que

había pronunciado las anteriores palabras, después de haber asistido a

la escena antes descrita, oculto tras de la puerta.--No trataba de

reprochar su conducta a Magdalena; era sólo una pregunta que a mí mismo

me dirigía, temiendo haber sido causa de su enfado.

--Tranquilízate, Amaury; ni tú ni Antoñita tienen culpa de nada. En caso

de ser tú culpable lo serías solamente de ser amado por mi hija con

entusiasmo excesivo.

--¡Cuán bueno es usted que así trata de tranquilizarme, padre mío!

--Ahora, Amaury, vas a prometerme no hacerla bailar demasiado y estar en

todo momento a su lado procurando distraerla con tu conversación.

--Se lo prometo a usted.

Oyose entonces la voz de Magdalena, que decía, reprendiendo a la

modista:

--¡Por la Virgen Santísima! ¡Cuidado que está usted hoy torpe! ¡Vaya!

¡Deje usted que me ayude únicamente Antoñita y acabemos de una vez!

Al cabo de un instante de silencio exclamó:

--¿Pero qué haces, Antoñita?

Y a esta exclamación siguió un ruido parecido al que se produce cuando

se rasga una tela.

--No hay que apurarse, no ha sido nada--dijo Antoñita riendo:--un

alfiler que ha resbalado sobre el raso. No pases pena: esta noche serás

la reina del baile.

--¡La reina del baile, dices! ¡Qué broma más generosa! Puede ser reina

del baile, aquella a quien todo sienta bien y a quien todo la hermosea;

pero no la que es tan difícil de adornar y embellecer como yo.

--¡Qué cosas dices, Magdalena!--repuso Antonia en son de reprensión

cariñosa.

--La verdad. Quien pronto podrá burlarse de mí en el salón y aniquilarme

con sus sarcasmos y coqueterías no procede de un modo muy noble

persiguiéndome hasta mi cuarto para entonar en mi presencia un canto

anticipado de triunfo.

--¡Cómo! ¿Me despides, Magdalena?--preguntó Antonia, con los ojos

preñados de lágrimas.

La hija del doctor no se dignó responder y su prima salió del aposento

prorrumpiendo en sollozos.

El señor de Avrigny detúvola al pasar. Amaury, estupefacto, estaba como

clavado en su asiento.

--Ven, hija mía; ven conmigo, Antoñita--dijo en voz baja el doctor.

--¡Ay, padre mío! ¡Soy muy desgraciada!--gimió la pobre joven.

--No digas eso, hija mía; di más bien que Magdalena es injusta; pero

debes perdonarla, porque es la fiebre y no ella, quien habla por su

boca; más que vituperio merece compasión. Con la salud recobrará la

razón; entonces reconocerá su yerro, y arrepentida pedirá perdón por su

injusta cólera.

Al oír Magdalena el rumor de este diálogo sostenido en voz baja, debió

creer que Antonia conversaba con Amaury, y abriendo la puerta

bruscamente, dijo con imperioso acento:

--¡Amaury!

Como movido por un resorte se levantó el joven. Magdalena vio entonces

que estaba solo, y paseando la mirada en torno suyo vio a su padre y a

Antonia en el fondo de la estancia. Se sonrojó levemente al darse cuenta

de su error, mientras Amaury tomándola de la mano la hacía volver al

tocador y le decía con acento que revelaba, una penosa ansiedad.

--¡Magdalena! ¡Magdalena mía! ¿Qué tienes? ¡No te conozco esta noche!

Ella se dejó caer en un asiento y rompió a llorar.

--¡Sí! ¡Sí!--exclamó.--Soy muy mala, ¿verdad que soy muy mala?... Sé que

todos piensan eso y nadie se atreve a decírmelo... ¡Sí! ¡soy mala! he

ofendido a mi pobre prima; no hago otra cosa que causar pesadumbre a

aquellos que más me quieren... Pero es que nadie comprende que todo se

vuelve contra mí, que todo me molesta, y la menor cosa me hace sufrir,

hasta las más indiferentes y las más gratas. Me causan enojo los muebles

en que tropiezo, el aire que respiro, las palabras que me dirigen, todo

en fin, ¡todo! No sé a qué achacar este mal humor que me domina; no sé

por qué mis nervios debilitados sufren una impresión desagradable al

percibir la luz, la sombra, el silencio y el ruido... Yo no sé... A una

negra melancolía sucede en mi ánimo una cólera injusta e inmotivada. Yo

temo volverme loca... A estar enferma o ser desgraciada no me

sorprendería nada de esto; pero, siendo felices como lo somos

nosotros... ¿verdad, Amaury?... ¡Oh, Dios mío!... Dime que somos

felices...

--Sí, Magdalena; sí, vida mía, sí, somos felices... ¿Pues no hemos de

serlo? Nos queremos; dentro de un mes nos uniremos para siempre...

¿Podrían pedir más dos elegidos a quienes por permisión divina les fuese

factible regular a su gusto la existencia?

--¡Oh! ¡Gracias! ¡gracias! Bien sé que cuento con tu perdón; pero

Antoñita, mi pobre prima, a quien he tratado de un modo tan cruel...

--También ella te perdona, Magdalena; yo te lo aseguro. No te

apesadumbres por ello; todos tenemos momentos de mal humor y tristeza. A

veces la lluvia, la tempestad, una nube que nos intercepta el sol, nos

produce un malestar cuya causa no sabemos explicarnos y que determina

nuestras alternativas de temperatura moral, si así puede llamarse el

fenómeno... Venga usted, querido tutor--añadió volviéndose hacia el

señor de Avrigny,--venga usted a decirle que todos conocemos la bondad

de su alma y que ni nos ofende un antojo suyo ni nos alarma uno de sus

arranques impetuosos.

El doctor, antes de responder se acercó a su hija, la examinó

atentamente y le tomó el pulso. Pareció reflexionar un instante y luego

dijo con grave acento:

--Hija mía, voy a pedirte un sacrificio y es preciso que me prometas no

negármelo en modo alguno.

--¡Dios mío! ¡me asusta usted, papá!--exclamó Magdalena.

Amaury palideció porque vislumbró vivos temores en el acento de súplica

del doctor, cuyo rostro iba adquiriendo por momentos una expresión muy

sombría.

--Dígame, papá, ¿qué exige usted de mi? ¿qué quiere usted que

haga?--preguntó temblando Magdalena.--¿Es que estoy más enferma de lo

que pensábamos?

--¡Hija mía!--respondió el doctor, tratando de esquivar esta

pregunta.--No me atrevo a pedirte que dejes de asistir al baile aunque

eso sería lo más conveniente, porque dirías que te pido demasiado...

Pero sí te ruego que no bailes, sobre todo el vals... No es que estés

enferma; pero te veo tan nerviosa y agitada que no puedo permitir que te

entregues a un ejercicio que habría de exacerbar tu excitación. ¿Conque,

me lo prometes, Magdalena? Di, hija mía.

--¡Es muy triste y costoso de hacer lo que usted me pide, papá!--repuso

Magdalena, haciendo un mohín de desagrado.

--Yo no bailaré--le dijo Amaury al oído.

Como Amaury decía muy bien, Magdalena era la bondad personificada, y si

tenía aquellos arranques de mal humor era tan sólo obrando a impulsos de

la fiebre. Conmoviose hondamente ante las muestras de abnegación de los

que la rodeaban, y enternecida y pesarosa, dijo, mientras a sus labios

asomaba, para extinguirse en el acto, una fugitiva sonrisa:

--Está bien: me sacrifico. Debo a todos una reparación y quiero

demostrar que no siempre soy caprichosa y egoísta. Papá, no bailaré. Y a

ti, Amaury, como tienes que cumplir con los deberes que impone la

sociedad, te autorizo para bailar cuanto quieras, a condición de que no

lo hagas a menudo y que de vez en cuando me acompañes, ya que la

facultad y la paternidad se han confabulado para condenarme a

representar un papel pasivo en la fiesta de esta noche.

--¡Gracias, hija mía, gracias!--exclamó el doctor sin poder contener su

júbilo.

--¡Eres adorable! ¡Te adoro, Magdalena!--le dijo Amaury en voz baja.

Entró entonces un criado para anunciar que comenzaban a llegar los

invitados. Había que bajar, pues, al salón. Pero Magdalena no quiso

hacerlo sin que antes fuesen en busca de su prima. Apenas manifestó este

deseo cuando apareció en el umbral Antoñita con los ojos húmedos aún por

el llanto, pero con su sonrisa más encantadora, dibujada en los labios.

--¡Hermana mía!--exclamó Magdalena adelantándose hacia ella para

abrazarla.

Al mismo tiempo su prima le echó los brazos al cuello y la colmó de

besos. Así reconciliadas, entraron luego en el baile unidas de la mano:

Magdalena tan pálida y demudada como Antoñita animada y jovial.

Amaury · 第 24 / 90 题