--Aquí estoy--dijo Antonia, siguiendo a Magdalena y cerrando tras sí la
puerta del tocador.
--¿Qué le pasará hoy a Magdalena?--exclamó Amaury, exteriorizando su
pensamiento en voz alta.
--Es que sufre--respondió alguien detrás de él.--Tantas y tan repetidas
emociones le producen fiebre y la fiebre la trastorna.
--¡Usted!--exclamó Amaury al ver al doctor, pues no era otro el que
había pronunciado las anteriores palabras, después de haber asistido a
la escena antes descrita, oculto tras de la puerta.--No trataba de
reprochar su conducta a Magdalena; era sólo una pregunta que a mí mismo
me dirigía, temiendo haber sido causa de su enfado.
--Tranquilízate, Amaury; ni tú ni Antoñita tienen culpa de nada. En caso
de ser tú culpable lo serías solamente de ser amado por mi hija con
entusiasmo excesivo.
--¡Cuán bueno es usted que así trata de tranquilizarme, padre mío!
--Ahora, Amaury, vas a prometerme no hacerla bailar demasiado y estar en
todo momento a su lado procurando distraerla con tu conversación.
--Se lo prometo a usted.
Oyose entonces la voz de Magdalena, que decía, reprendiendo a la
modista:
--¡Por la Virgen Santísima! ¡Cuidado que está usted hoy torpe! ¡Vaya!
¡Deje usted que me ayude únicamente Antoñita y acabemos de una vez!
Al cabo de un instante de silencio exclamó:
--¿Pero qué haces, Antoñita?
Y a esta exclamación siguió un ruido parecido al que se produce cuando
se rasga una tela.
--No hay que apurarse, no ha sido nada--dijo Antoñita riendo:--un
alfiler que ha resbalado sobre el raso. No pases pena: esta noche serás
la reina del baile.
--¡La reina del baile, dices! ¡Qué broma más generosa! Puede ser reina
del baile, aquella a quien todo sienta bien y a quien todo la hermosea;
pero no la que es tan difícil de adornar y embellecer como yo.
--¡Qué cosas dices, Magdalena!--repuso Antonia en son de reprensión
cariñosa.
--La verdad. Quien pronto podrá burlarse de mí en el salón y aniquilarme
con sus sarcasmos y coqueterías no procede de un modo muy noble
persiguiéndome hasta mi cuarto para entonar en mi presencia un canto
anticipado de triunfo.
--¡Cómo! ¿Me despides, Magdalena?--preguntó Antonia, con los ojos
preñados de lágrimas.
La hija del doctor no se dignó responder y su prima salió del aposento
prorrumpiendo en sollozos.
El señor de Avrigny detúvola al pasar. Amaury, estupefacto, estaba como
clavado en su asiento.
--Ven, hija mía; ven conmigo, Antoñita--dijo en voz baja el doctor.
--¡Ay, padre mío! ¡Soy muy desgraciada!--gimió la pobre joven.
--No digas eso, hija mía; di más bien que Magdalena es injusta; pero
debes perdonarla, porque es la fiebre y no ella, quien habla por su
boca; más que vituperio merece compasión. Con la salud recobrará la
razón; entonces reconocerá su yerro, y arrepentida pedirá perdón por su
injusta cólera.
Al oír Magdalena el rumor de este diálogo sostenido en voz baja, debió
creer que Antonia conversaba con Amaury, y abriendo la puerta
bruscamente, dijo con imperioso acento:
--¡Amaury!
Como movido por un resorte se levantó el joven. Magdalena vio entonces
que estaba solo, y paseando la mirada en torno suyo vio a su padre y a
Antonia en el fondo de la estancia. Se sonrojó levemente al darse cuenta
de su error, mientras Amaury tomándola de la mano la hacía volver al
tocador y le decía con acento que revelaba, una penosa ansiedad.
--¡Magdalena! ¡Magdalena mía! ¿Qué tienes? ¡No te conozco esta noche!
Ella se dejó caer en un asiento y rompió a llorar.
--¡Sí! ¡Sí!--exclamó.--Soy muy mala, ¿verdad que soy muy mala?... Sé que
todos piensan eso y nadie se atreve a decírmelo... ¡Sí! ¡soy mala! he
ofendido a mi pobre prima; no hago otra cosa que causar pesadumbre a
aquellos que más me quieren... Pero es que nadie comprende que todo se
vuelve contra mí, que todo me molesta, y la menor cosa me hace sufrir,
hasta las más indiferentes y las más gratas. Me causan enojo los muebles
en que tropiezo, el aire que respiro, las palabras que me dirigen, todo
en fin, ¡todo! No sé a qué achacar este mal humor que me domina; no sé
por qué mis nervios debilitados sufren una impresión desagradable al
percibir la luz, la sombra, el silencio y el ruido... Yo no sé... A una
negra melancolía sucede en mi ánimo una cólera injusta e inmotivada. Yo
temo volverme loca... A estar enferma o ser desgraciada no me
sorprendería nada de esto; pero, siendo felices como lo somos
nosotros... ¿verdad, Amaury?... ¡Oh, Dios mío!... Dime que somos
felices...
--Sí, Magdalena; sí, vida mía, sí, somos felices... ¿Pues no hemos de
serlo? Nos queremos; dentro de un mes nos uniremos para siempre...
¿Podrían pedir más dos elegidos a quienes por permisión divina les fuese
factible regular a su gusto la existencia?
--¡Oh! ¡Gracias! ¡gracias! Bien sé que cuento con tu perdón; pero
Antoñita, mi pobre prima, a quien he tratado de un modo tan cruel...
--También ella te perdona, Magdalena; yo te lo aseguro. No te
apesadumbres por ello; todos tenemos momentos de mal humor y tristeza. A
veces la lluvia, la tempestad, una nube que nos intercepta el sol, nos
produce un malestar cuya causa no sabemos explicarnos y que determina
nuestras alternativas de temperatura moral, si así puede llamarse el
fenómeno... Venga usted, querido tutor--añadió volviéndose hacia el
señor de Avrigny,--venga usted a decirle que todos conocemos la bondad
de su alma y que ni nos ofende un antojo suyo ni nos alarma uno de sus
arranques impetuosos.
El doctor, antes de responder se acercó a su hija, la examinó
atentamente y le tomó el pulso. Pareció reflexionar un instante y luego
dijo con grave acento:
--Hija mía, voy a pedirte un sacrificio y es preciso que me prometas no
negármelo en modo alguno.
--¡Dios mío! ¡me asusta usted, papá!--exclamó Magdalena.
Amaury palideció porque vislumbró vivos temores en el acento de súplica
del doctor, cuyo rostro iba adquiriendo por momentos una expresión muy
sombría.
--Dígame, papá, ¿qué exige usted de mi? ¿qué quiere usted que
haga?--preguntó temblando Magdalena.--¿Es que estoy más enferma de lo
que pensábamos?
--¡Hija mía!--respondió el doctor, tratando de esquivar esta
pregunta.--No me atrevo a pedirte que dejes de asistir al baile aunque
eso sería lo más conveniente, porque dirías que te pido demasiado...
Pero sí te ruego que no bailes, sobre todo el vals... No es que estés
enferma; pero te veo tan nerviosa y agitada que no puedo permitir que te
entregues a un ejercicio que habría de exacerbar tu excitación. ¿Conque,
me lo prometes, Magdalena? Di, hija mía.
--¡Es muy triste y costoso de hacer lo que usted me pide, papá!--repuso
Magdalena, haciendo un mohín de desagrado.
--Yo no bailaré--le dijo Amaury al oído.
Como Amaury decía muy bien, Magdalena era la bondad personificada, y si
tenía aquellos arranques de mal humor era tan sólo obrando a impulsos de
la fiebre. Conmoviose hondamente ante las muestras de abnegación de los
que la rodeaban, y enternecida y pesarosa, dijo, mientras a sus labios
asomaba, para extinguirse en el acto, una fugitiva sonrisa:
--Está bien: me sacrifico. Debo a todos una reparación y quiero
demostrar que no siempre soy caprichosa y egoísta. Papá, no bailaré. Y a
ti, Amaury, como tienes que cumplir con los deberes que impone la
sociedad, te autorizo para bailar cuanto quieras, a condición de que no
lo hagas a menudo y que de vez en cuando me acompañes, ya que la
facultad y la paternidad se han confabulado para condenarme a
representar un papel pasivo en la fiesta de esta noche.
--¡Gracias, hija mía, gracias!--exclamó el doctor sin poder contener su
júbilo.
--¡Eres adorable! ¡Te adoro, Magdalena!--le dijo Amaury en voz baja.
Entró entonces un criado para anunciar que comenzaban a llegar los
invitados. Había que bajar, pues, al salón. Pero Magdalena no quiso
hacerlo sin que antes fuesen en busca de su prima. Apenas manifestó este
deseo cuando apareció en el umbral Antoñita con los ojos húmedos aún por
el llanto, pero con su sonrisa más encantadora, dibujada en los labios.
--¡Hermana mía!--exclamó Magdalena adelantándose hacia ella para
abrazarla.
Al mismo tiempo su prima le echó los brazos al cuello y la colmó de
besos. Así reconciliadas, entraron luego en el baile unidas de la mano:
Magdalena tan pálida y demudada como Antoñita animada y jovial.