»Al poner el pie en la primera grada, oí la voz de Magdalena, suave como
el cántico de un ángel, y esto vino a disipar mi tristeza.
Instintivamente me detuve para escuchar embelesado, sin parar mientes
en lo que pudiera hablar: pero algunas palabras que llegaron
distintamente a mis oídos lograron excitar mi curiosidad, y entonces ya
no me contenté con oír, sino que quise escuchar y enterarme de la
conversación que arriba se sostenía.
»Detrás de la cortina, que para interceptar el aire de la noche, había
sido corrida ante la ventana que da al jardín, abierta a la sazón, veía
yo la sombra de sus dos cabezas, inclinada y muy juntas.
»Como si temieran ser oídos, hablaban en voz baja. Yo les escuché
inmóvil, petrificado, reteniendo el aliento y con el pecho oprimido,
pues sus palabras caían sobre mi corazón como gotas de agua helada.
»--Voy a ser feliz, Magdalena--decía Amaury.--Todos los días podré ver
tu adorable cabeza encerrada en el marco que mejor le sienta: el claro
cielo de Nápoles y Sorrento.
»--Sí, Amaury--contestaba Magdalena.--Y yo podré decir como Mignon:
_¡Qué hermoso es el país en que florece el naranjo!_ Pero tu amor, que
refleja el paraíso, es para mí aún más hermoso.
»--¡Ay!--suspiró Amaury.
»--¿Qué te pasa?--le preguntó Magdalena.
»--¿Por qué la dicha va siempre acompañada de una sombra que por muy
leve que sea, lleva, la inquietud consigo?
»--¿Qué quieren decir con eso? ¡Explícate!
»--Quiero decir que para nosotros sería Italia un edén en donde yo
repetiría contigo las palabras de Mignon: _Sí, aquí debemos amar; aquí
debemos vivir_, a no ser por una cosa que llenará de turbación nuestra,
existencia e infundirá tristeza a nuestro cariño.
»--¿Qué cosa es esa?
»--No oso decírtela, Magdalena.
»--Pues, quiero que me la digas. Habla.
»--Es que creo que para ser completamente dichosos, deberíamos estar
solos los dos; creo que el amor es una flor delicada y pura, que con la
presencia de un tercero se agosta y se marchita, y que para vivir
confundidos en una sola alma y en un solo pensamiento no deberíamos ser
tres...
»--¿Qué quieres decir, Amaury?
»--¿No me comprendes, Magdalena?...
»--¿Lo dices porque nos acompaña mi padre? ¿No consideras que sería una
ingratitud dejarle sospechar, siendo como es el autor de nuestra dicha,
que ésta no es completa por impedirlo su presencia? Considera que mi
padre no es una persona extraña; no es un tercero, no; nos ama tanto a
ti como a mí, y en la misma moneda debemos los dos pagarle.
»--Está bien, Magdalena--dijo Amaury fríamente.--Puesto que disentimos
en ese punto, no hablemos más de ello; olvida mis palabras, y hazte
cuenta que no te he dicho nada.
»--¿Te has enojado, Amaury?--repuso con viveza Magdalena.--Perdóname si
te he puesto de mal humor. ¿No sabes acaso que el amor filial es muy
diferente del que se tiene al marido?
»--Ya lo sé; pero el amor de un padre no es celoso ni absorbente como el
del esposo; lo que para él es una costumbre es para mi necesidad. La
Biblia, que es el gran libro de la humanidad, dijo ya hace veinticinco
siglos: _Dejarás a tus padres para»seguir a tu esposo_.
»Tentaciones me dieron de interrumpirles, gritando:
»--También la Biblia dijo a propósito de Raquel: _¡No quiso que la
consolasen, porque sus hijos habían dejado de existir!_
»Yo estaba como clavado en el suelo, saboreando la triste satisfacción
de oír la defensa que de mí hacía mi hija, por más que a mi juicio
aquello no bastaba, pues habría preferido oírla declarar a Amaury, que
tenía necesidad de mí, como yo de ella, y aún confiaba en que llegaría,
a hacerlo; pero lejos de eso contestó:
»--Tal vez estés en lo cierto; pero no podemos evitar que nos acompañe
sin causarle una gran pena, y debemos considerar que, si alguna vez
puede ser un estorbo para la expansión de nuestro cariño, en cambio
otras completará nuestros recuerdos y nuestras impresiones.
»--No lo creas, Magdalena. Tienes que desengañarte. Cuando estemos en
presencia de tu padre, ¿crees que podré expresarte como ahora mi pasión?
Cuando nos paseemos los tres juntos bajo los floridos naranjos de que
hablábamos hace un momento, o a orillas del mar límpido y sereno, ¿
crees que podré rodear con mi brazo tu cintura, o imprimir en tus labios
un beso apasionado?
»¿No menguará él con su gravedad nuestro júbilo? ¿Acaso su edad le
dejará comprender nuestras locuras? Ya verás cómo su severidad habitual
envolverá en su sombra toda nuestra alegría, mientras que si los dos nos
encontrásemos solos, ¡cuántas cosas nos diríamos! y ¡ cuánto
callaríamos!»Pero con tu padre nunca tendremos libertad; habremos de
callar, cuando queramos hablar y habremos de hablar cuando más deseos
tengamos de callar. Con él habrá que hablar siempre, y siempre de los
mismos asuntos; no habrá que pensar en aventuras ni en excursiones
arriesgadas, ni en nada que nos reserve ignotos atractivos; siempre
iremos por el camino trillado, siempre sujetos a la regla y a las
conveniencias. No sé si sé expresarme, Magdalena; hacia tu padre siento
a un tiempo gratitud, respeto y cariño acendrado; pero has de convenir
conmigo en que un compañero de viaje, debe inspirar otro sentimiento que
el de la veneración. No hay cosa más incómoda en semejantes
circunstancias que las reverencias del respeto. A ti, con tu amor filial
y tu virginal castidad, no se te había ocurrido pensar nunca en esto, y
ahora piensas en ello por primera vez, según me revela tu rostro
meditabundo. Cuanto más medites acerca de esta cuestión, más claramente
verás que estoy en lo cierto, y que cuando viajan tres juntos siempre
hay por lo menos dos que se aburren.
»Yo aguardaba con angustia la respuesta de mi hija que no se hizo
esperar. Después de cortos instantes de silencio, dijo:
»--Y aun cuando yo pensase como tú, ¿qué íbamos a hacerle? Todo está ya
preparado para ese viaje; de modo que aunque tuvieras razón ya no habría
tiempo. Por otra parte, ¿quién se atrevería a decirle a mi padre que es
para nosotros un estorbo? ¿Lo harías tú? Yo, jamás.
»--Bien lo sé; precisamente por eso me desespero. Ya que tu padre posee
una gran inteligencia y una sutil penetración que le permite leer a
fondo en lo más recóndito de nuestra naturaleza, bien podría tener igual
privilegio respecto a nuestra mente y no caer en esa cargante manía
senil, propia de todo anciano, de querer imponerse a los jóvenes a toda
costa. No quisiera agraviarle al acusarle; pero no es posible
desconocer que se obedecen lamentablemente los padres que, no sabiendo
adivinar los sentimientos de sus hijos ni contando con su edad, se
empeñan en someterlos a los gustos y caprichos de la de ellos. Ya ves;
nosotros tenemos en perspectiva un viaje que habría podido ser delicioso
y que por una falta...
»--¡Calla!--exclamó Magdalena.--¡Calla! No soy dueña de enfadarme por
esas exigencias que después de todo nacen de tu mismo amor; pero...
»--¿Qué? Las crees fuera de razón en absoluto, ¿verdad?--repuso Amaury
en tono ligeramente irónico.
»--No digo tanto... Mas hablemos bajo, porque tengo miedo hasta de oír
mi propia voz. Lo que ahora te diré creo que es una impiedad manifiesta.
»Y Magdalena bajó la voz, en efecto, para decir:
»--Oye, Amaury; lejos de creer que tus exigencias son insensatas, pienso
también como tú, y si no te he dicho nada, es porque no tenía valor para
confesarme a mí misma una cosa semejante. Pero tanto te suplicaré y
tanto habré de repetirte que te quiero, que al fin tendrás que hacer
algo por mí. No tendrás más remedio que resignarte como me resigno yo
también.
»Me fue imposible oír más. Las últimas palabras hirieron mi corazón,
como pudiera hacerlo la punta aguda y fría de un puñal, y no pude
resistir aquella situación.
»Comprendía entonces cuán ciego y egoísta había sido. Yo, que había
visto que Antoñita me estorbaba, no me había dado cuenta de que yo a
ellos les estorbaba a mi vez.
»Afortunadamente la reacción fue tan rápida, como el golpe. Con
semblante tranquilo y disimulando mi tristeza, subí la escalinata y
penetré al salón.
»Al verme, se levantaron los dos. Besé a mi hija en la frente, y
estreché la mano a Amaury.
»--¡Hijos míos! Soy portador de una nueva bastante desagradable--les
dije.
»Aun cuando mi acento debía revelarles que no se trataba de una
desgracia muy grande, sobre todo para ellos, vi que ambos temblaban.
»--Sí, hijos míos, sí, me veo obligado a renunciar a mi sueño dorado,
que consistía en hacer el viaje los tres juntos. Yo me quedaré aquí,
porque el rey se niega a concederme el permiso que yo le había pedido,
dignándose decirme que le soy útil y hasta indispensable, y rogándome,
por lo tanto, que me quede. ¿Qué podía responder yo? El ruego de un rey
es una orden para el vasallo.
»--Es usted muy malo, papá--dijo Magdalena,--puesto que prefiere agradar
al rey a darle gusto a su hija.
»--¡Qué vamos a hacerle, querido tutor! No hay más remedio que bajar la
cabeza ante una imposición de esa índole--dijo a su vez Amaury, sin
poder ocultar su gozo bajo la apariencia de la pena.--Aun cuando usted
esté lejos de nosotros, siempre pensaremos en usted, y lo tendremos
presente.
»Intentaron darle vueltas a este tema; pero yo imprimía a la
conversación otro giro; me apenaba mucho su inocente hipocresía.
»Comuniqué a Amaury lo que tenía que decirle; mi misión diplomática
obtenida para él, y la idea de hacer que este viaje de recreo fuese de
provechosa utilidad a su carrera.
»Me pareció que quedaba muy agradecido a mis gestiones; pero, a decir
verdad, lo que entonces le absorbía por completo era su amor y no otra
cosa. Al retirarse le acompañó Magdalena hasta la puerta, y por
casualidad no se fijó en que a la sazón estaba yo detrás de ésta.
»--¿Verdad--le dijo,--que los acontecimientos parece que adivinan
nuestros deseos y se adelantan a ellos?... ¿Qué piensas de todo esto?
»--Pienso que no habíamos contado con la ambición y que los que
calumnian a esa debilidad humana hacen muy mal en ello... ¡Cuántos
defectos hay que a veces son más beneficiosos que las propias virtudes!
»Así, creerá mi hija que me quedo en París por ambición.
»¡Todo sea por Dios! Quizás esto sea lo mejor.»