«¡Desdichado de mí!
»Se desvanecieron otra vez mis sueños; volaron todas mis ilusiones.
»Cuando me levanté confiaba en pasar un día feliz, y Dios había
dispuesto que fuese de aflicción y de dolor.
»Amaury ha venido como siempre esta mañana. Los he dejado muy contentos
bajo la vigilante mirada de la señora Braun y he salido a mis quehaceres
acostumbrados.
»Me he pasado todo el día pensando en el gozo con que anunciaría a
Amaury la comisión que logré para él y los planes que he forjado. Cuando
llegué a casa eran más de las cinco y se disponían a sentarse ya a la
mesa.
»Amaury había salido para volver más pronto indudablemente, y se conocía
que no hacía mucho rato porque el semblante de Magdalena, estaba,
radiante aún de felicidad.
»¡Pobre hija mía! A creerla, nunca se encontró mejor.
»¿Me habré equivocado yo? Este amor que a mí me asustaba, tanto, ¿habrá
venido a dar vigor a esa complexión enfermiza y enclenque, cuya
destrucción temía? La Naturaleza está llena de abismos que la mirada más
escrutadora jamás alcanzará a sondear.
»Todo el día había estado pensando en la dicha que les tenía preparada,
lo mismo que el niño que guarda una sorpresa para una persona a quien
ama y que siempre está a punto de revelar el secreto. Temiendo descubrir
el mío a Magdalena, dejé a ésta en el salón y descendí al jardín.
Mientras me paseaba oía vagamente la sonata que estaba tocando al piano;
era una melodía que ejecutada por mi hija me llenaba de gozo el corazón.
»Aquel arrobamiento duró como un cuarto de hora.
»Complacíame yo en aproximarme a aquella fuente de armonía, y después de
deleitarme un instante me alejaba de ella para dar la vuelta al jardín.
»Cuando llegaba al límite de éste, casi yo no oía el piano, y únicamente
llegaban a mis oídos las notas más agudas bastante amortiguadas por la
distancia. Después, al regresar, entraba de nuevo en el círculo
armonioso, del cual volvían a alejarme mis paseos en dirección opuesta.
»A todo esto iba cerrando la noche.
»Súbitamente cesó de oírse el piano. Yo sonreí, adivinando la causa de
ello: Amaury acababa de llegar.
»Entonces volví al salón, pero por otro camino; por una senda oscura, a
lo largo del muro.
»En ella encontré a Antoñita, que estaba sentada en un banco, sola y muy
pensativa. Dos días hacía que tenía el propósito de hablarla, y juzgando
el momento favorable, me detuve ante ella.
»¡Pobre Antonia! Había creído yo que en cierto modo iba a ser un estorbo
para la feliz existencia que pensábamos pasar; que los sentimientos más
íntimos no debían ser manifestados entre testigos y por lo tanto,
juzgaba muy conveniente que ella no viniese con nosotros.
»Pero tampoco podía yo dejar aquí sola a la pobre criatura. Quería
separarme de ella; mas dejándola disfrutando también de una dicha
análoga a la nuestra. El cariño que yo siento hacia ella y el que
profesé a mi hermana, me obligaban a obrar así.
»Cuando me vio, alzó la vista y me dijo sonriendo:
»--Ya ve usted cómo no me engañaba cuando le dije que la felicidad de
ellos le haría dichoso.
»--Sí, hija mía, pero eso no es bastante; has de serlo tú también.
»--¿Yo? ¡Si ya lo soy! ¿Me falta algo, por ventura? Usted me quiere como
un padre; Magdalena y Amaury me quieren como una hermana: ¿qué más puedo
desear?
»--Una persona que te quiera como esposa, Antoñita; y ya me parece que
he encontrado esa persona.
»--¡Tío!--exclamó Antoñita con acento que parecía suplicarle que no
prosiguiese.
»--Escúchame, querida sobrina, y ya responderás luego.
»--Hable usted, tío.
»--¿Conoces a Julio Raymond?
»--¿Quién? ¿Ese joven que es procurador de usted?
»--Sí, el mismo. ¿Qué te parece?
»--Me parece muy simpático... aun cuando procurador.
»--¡Vaya! déjate de bromas. ¿Te repugnaría ese joven?
»--Para que a una mujer le cause repugnancia un hombre, tiene que amar
a otro, y como yo no me encuentro en ese caso, todos me son igualmente
indiferentes.
»--Pues bien, Antoñita: sabe que ayer vino Julio a verme; si tú no has
fijado en él tus ojos, él en cambio pronto ha puesto en ti los suyos...
Te advierto, que es un hombre destinado a tener gran porvenir; ya se ha
labrado por sí mismo una fortuna, y quiere compartirla contigo. Por lo
pronto comienza por dotarte en doscientos mil francos...
»--Mire usted, tío--repuso Antonia interrumpiéndole,--todo eso que usted
me dice, no deja de ser, y así lo reconozco, muy noble, y muy hermoso y
yo no puedo menos de darle por ello las gracias más cumplidas. No negaré
que Julio es entre los hombres de su clase, una excepción muy digna de
estima; pero ya le he dicho a usted en más de una ocasión, que no tengo
otro deseo que quedarme a su lado, viviendo en su compañía, mientras
usted lo permita. Ni concibo ni quiero otra felicidad, y si usted no
dispone otra cosa, ésa es la que yo elijo.
»Traté de insistir, queriendo convencerla de las ventajas que le
aportaba ese enlace. Yo le proponía un joven rico, y considerado; mi
vida no podía ser muy larga; ¿qué sería de ella, cuando le faltasen mi
apoyo y mi cariño?
»Me escuchó con calma, que revelaba su resolución, y cuando hube
terminado, me contestó:
»--Tío, yo le debo a usted obediencia como se la debía a mis padres, ya
que al morir éstos me confiaron a usted. Ordene, pues, y me apresuraré a
obedecerle; pero no intente convencerme, porque mi situación de ánimo es
tal, que mientras sea dueña de mi voluntad no aceptaré partido alguno,
así se trate de un millonario o de un príncipe.
»Tan gran firmeza revelaban su voz, sus ademanes y hasta sus menores
gestos, que el insistir yo, habría significado tanto como querer
convertir la persuasión en mandato. Así, pues, díjele que podía disponer
libremente de su mano, le dí cuenta de los planes que iba a exponer a
mis hijos, y le anuncié que vendría con nosotros, al oír lo cual movió
la cabeza y me respondió que quedaba muy agradecida a mi buena
intención, pero que no podía aceptar mi oferta. Protesté yo, y entonces
ella repuso:
»--Oiga usted, tío. Dios, que manda en los destinos del mundo, ha
dispuesto para unos la felicidad, y para otros la desdicha. Mi suerte es
la soledad. De muy joven he perdido ya mis padres. La animación y el
ruido de un largo viaje, y el variado espectáculo de pueblos y paisajes
no me convienen a mí. Me quedaré aquí en París, y acompañada de nuestra
aya, esperaré el regreso de ustedes. Sólo dejaré mi aposento para ir a
misa, o para salir a dar un paseo por la noche a este jardín, y cuando
ustedes vuelvan me encontrarán donde me han dejado, y yo les recibiré
con la misma calma en mi corazón, e igual sonrisa en mis labios; lo cual
no podría ser si usted se empeñara en introducir en mi existencia el
cambio de lo que me hablaba, que la convertiría en cosa muy distinta de
lo que debe ser.
»No quise insistir más; pero hube de preguntarme qué era lo que podría
impulsar a Antoñita a convertirse en religiosa cambiando en celda la
habitación de una joven como ella, hermosa, gentil, llena de gracia y
que poseía un dote de doscientos mil francos.
»Mas, ¿para qué había de entretenerme en buscar la razón de tan
inexplicables caprichos, y en apiadarme de Antonia, en vez de ir al
salón directamente?
»No sé cuánto tiempo habría estado yo allí contemplando a mi sobrina, es
decir a mi segunda hija, a no haber sido porque ella algo confusa quizá
por mis miradas y queriendo esquivar mis futuras preguntas, me pidió
permiso para retirarse a su aposento.
»--No, hija mía, no--le dije;--yo soy quien se retira. Tú puedes tomar
el fresco sin cuidado. ¡Ojalá pudiera Magdalena hacer lo mismo!
»--Tío--repuso Antoñita levantándose,--le juro por las estrellas que
tachonan el cielo y por la luna que nos alumbra con su suave resplandor,
que si me fuese factible el dar mi salud a Magdalena, se la daría con
toda mi voluntad. ¿No sería mejor que el peligro en que se encuentra, lo
corriese una triste huérfana como yo, que no ella rodeada de riquezas y
de afecto?
»Abracé a Antoñita, que había pronunciado estas palabras en un tono de
sinceridad que no dejaba lugar a la más leve sombra de duda; y mientras
ella volvía a tomar asiento en su banco, yo me dirigí hacia la
escalinata para subir al salón.