«Tan felices son que en mí se refleja su júbilo. No dejo de comprender
que el aumento de amor hacia mí que en ella advierto no es otra cosa que
un desbordamiento del que le profesa a él; pero a veces lo echo en
olvido, como quien viendo una representación dramática, llega a
imaginarse que presencia escenas de la realidad.
»Hoy le he visto venir tan regocijado que me privé de entrar en la
habitación de mi hija para no obligarles a que se hiciesen violencia
delante de mí.
»¡Ah! Son tan escasos en la vida estos momentos que, como dicen muy bien
los italianos, es un crimen ponerles tasa cuando se tiene la dicha de
disfrutarlos.
»Unos minutos después paseaban los dos por el jardín. Este es su edén.
En él están más aislados, sin que por eso estén solos; pero abundan los
árboles tras de los cuales pueden estrecharse la mano, y recodos en que
pueden acercarse el uno al otro.
»Contemplábales yo oculto tras de mi ventana y veía por entre las lilas
buscarse sus manos y confundirse sus miradas. También ellos parecían
nacer y florecer, como las plantas que los rodeaban. ¡Oh, primavera,
juventud del año! ¡Oh juventud, primavera de la vida!
»A pesar de todo no puedo pensar, sin estremecerme, en las emociones,
por agradables que sean, que esperan a mi pobre hija. Es tan delicada, y
tan débil de cuerpo y de espíritu que una alegría la trastorna tanto
como a otros una pena.
»¿Obrará el novio con la prudencia del padre? ¿La tasará ciertas cosas
como yo, que le taso el viento que puede perjudicarla? ¿Encerrará a la
delicada flor en una atmósfera tibia y embalsamada sin sobra de sol y
sin vientos tempestuosos?
»Ese joven fogoso y apasionado puede destruir en un mes con sus locos
transportes mi compleja tarea de diez y siete años de cuidado constante.
»Navega pues, supuesto que es preciso, frágil barquilla mía; ve a
desafiar la tempestad. Afortunadamente yo seré tu piloto; yo sabré
gobernarte y no te abandonaré a merced de las olas.
»¿Qué sería de mi vida, pobre hija mía, si te abandonara yo?
»Pensando en lo delicada y endeble que es tu constitución, siempre
creería verte enferma, o amenazada de estarlo. ¿Quién podría decirte a
todas horas:--Mira, Magdalena, que ese sol del mediodía quema
demasiado.--Mira, que esa brisa nocturna es fría con exceso.--Magdalena,
cúbrete la cabeza con un velo.--Magdalena, échate un chal sobre los
hombros?
»No; nadie te hablará así. El te amará, pero no pensará en otra cosa que
en quererte, mientras que yo pensaré en hacer que vivas.»