«Por lo menos no me separaré de mi hija; se quedarán a mi lado; yo iré a
donde ellos vayan y viviré con ellos.
»Proyectan pasar el invierno en Italia, o para hablar con más propiedad,
mi prudente previsión les ha sugerido ese propósito. Así, pues,
presentaré mi dimisión de médico de cámara y me iré con mis hijos.
»Magdalena es rica y yo también lo soy. ¡Qué puedo necesitar yo, si lo
que guardé fue para ella!
»Seguro estoy de que mi partida causará a muchos gran sorpresa y que
tratarán de retenerme en nombre de la ciencia, diciéndome que no debo
dejar abandonada mi clientela, pero, ¿qué importa?
»Para mí la única persona en quien tengo que pensar es Magdalena; eso no
sólo constituye una dicha sino que es además un deber. Mis hijos
necesitan de mí y a ellos me debo. Les serviré de cajero; es necesario
que Magdalena sea la más deslumbradora entre todas, ya que es la más
hermosa, sin que su fortuna disminuya por tal causa.
»Nos procuraremos en Nápoles, en Villa Reale, un palacio cuya fachada dé
al Mediodía. Allí mi hija florecerá como una planta lozana restituida
al suelo natal.
»Yo dirigiré su casa, organizaré sus saraos, haré el papel de intendente
y les descargaré del peso de todos los cuidados materiales que la vida
social lleva consigo.
»Sólo habrán de pensar en ser felices y en quererse... Ya es bastante
ocupación, después de todo.
»Quiero además que este viaje, que para ambos es de puro recreo, sea
provechoso para Amaury y le sirva para adelantar en su carrera; así, sin
enterarles de nada, ayer mismo pedí al ministro que le encomendase una
importante comisión secreta y mi pretensión fue atendida.
»Todo lo que treinta años de trato con los hombres más eminentes y de
observación constante en el orden físico y en el moral me han producido
en influencia y en conocimientos, lo pondré a su disposición para que se
sirva de ello.
»Y no sólo me propongo ayudarle en el cumplimiento de la misión que le
encargan, sino que su trabajo lo llevaré a cabo yo mismo. Sembraré para
él a fin de que sólo tenga que tomarse el trabajo de recoger la cosecha.
»Todo lo que yo le doy pertenece a mi hija, como le pertenecen mi
fortuna, mi vida y mi pensamiento, que ya le había dado antes.
»Todo será para ellos; yo no quiero reservarme para mí otra, cosa que el
derecho de mirar de vez en cuando a Magdalena, escucharla cuando me
hable y verla hermosa y satisfecha.
»No me separaré de ella y me olvidaré, como me olvido ya, del instituto,
de los clientes y hasta del rey, que hoy ha enviado a preguntar por mi
salud. Todo lo olvidaré menos mis hospitales; los demás enfermos son
ricos v pueden acudir a otro médico, pero mis pobres no; si éstos no me
tuvieran a mí ¿quién los asistiría?
»Y el caso es que no tendré más remedio que dejarles, cuando me vaya con
mi hija. Algunas veces me pregunto si tengo derecho a abandonarles; pero
no paso a creer que haya nadie en el mundo que tenga sobre mí más
derecho que mi hija.
»Parece increíble la facilidad con que dudamos a veces de las cosas más
simples. Ya rogaré a Cruveilhier o a Jaubert que ocupen mi lugar.»