Vivió hace mucho tiempo un hombre muy rico, que además era rey. Se
llamaba Midas. Tenía una hijita, de la cual nadie más que yo ha oído
hablar nunca, y cuyo nombre nunca he sabido, o por mejor decir, he
olvidado. Así es que, como me gustan los nombres extraños para las
niñas, me parece bien llamarla Clavellina.
El rey Midas era aficionadísimo al oro. Apreciaba su corona real,
principalmente porque estaba compuesta de tan precioso metal. Poseer
oro, mucho oro, era la ambición más grande del rey Midas. Si algo había
en la Tierra a que quisiese más que al oro, era a la preciosa niñita, su
hija, que jugaba alegremente junto a su trono. Pero cuanto más la
quería, más ansia le entraba de adquirir, buscar y amontonar riquezas.
Pensaba, tontamente, que lo mejor que podía hacer por aquella niña, a
quien quería tanto, era amontonar para ella inmensas cantidades de
monedas amarillas y brillantes. Así es que jamás pensaba en otra cosa.
Si por casualidad miraba por un momento las nubes doradas que se forman
al ponerse el sol, sólo deseaba que fuesen oro de veras, para poder
guardarlas en su caja fuerte. Cuando venía Clavellina, saltando y
riendo, a buscarle con un ramo en la mano de flores amarillas del campo,
lo único que le decía era:--¡Bah! ¡Bah, hijita! Si esas flores fueran de
oro, como parecen, entonces sí que valdría la pena de recogerlas.
Y sin embargo, el rey Midas, cuando era joven y no estaba completamente
dominado por el deseo desordenado de riquezas, había sido muy aficionado
a las flores. Había plantado un jardín, en el cual crecían las rosas más
grandes y más hermosas que haya visto u olido ningún mortal.
Las rosas seguían creciendo en el jardín, tan bellas, tan grandes y tan
fragantes como cuando Midas acostumbraba a pasarse horas enteras
mirándolas y gozando con su perfume. Pero ahora, si las miraba, era sólo
para calcular cuánto más valdría el jardín si cada uno de los
innumerables pétalos de las dichas rosas fuese una chapita de oro fino.
Y aunque también en
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otros tiempos fué muy aficionado a la música (a pesar de la historia que
cuenta que sus orejas se parecían a las de los burros), la única música
agradable para el pobre rey Midas era el tintín de una moneda al chocar
contra otra.
Por fin (porque la gente se vuelve cada día más tonta, a no ser que
tenga buen cuidado de hacerse cada día más y más cuerda), el rey Midas
llegó a ser tan poco razonable, que no podía ver ni tocar cosa que no
fuese de oro. Y tomó por costumbre pasar gran parte del día en una
habitación obscura y subterránea en los sótanos de su palacio. Allí es
donde guardaba sus riquezas. En aquel agujero feísimo, que apenas podía
servir de calabozo, se encerraba el rey Midas cuando quería ser
completamente feliz.
Allí, después de cerrar cuidadosamente la puerta, cogía un saco lleno de
monedas de oro, o una copa de oro, grande como una palangana; o una
barra de oro pesadísima, o un celemín lleno de polvo de oro, y los
llevaba desde los rincones obscuros del cuarto hasta el único sitio
donde caía un rayo de sol, brillante y estrecho, desde un tragaluz. Le
gustaba mucho aquel rayo de sol, únicamente porque sin su ayuda no podía
ver brillar su tesoro. Luego removía con las manos las monedas del saco,
o tiraba la barra a lo alto y la recogía al caer, o hacía que se
deslizara entre sus dedos el polvo de oro, o miraba la imagen extraña
de su cara reflejada en la bruñida circunferencia de la copa, y se decía
a sí mismo:--¡Oh, Midas, riquísimo rey Midas, qué hombre tan feliz
eres!--. Pero era muy gracioso ver cómo la imagen de su rostro le hacía
muecas desde la pulida superficie de la copa. Parecía como si aquella
imagen comprendiese lo necio de su conducta y se burlase de él.
Midas se llamaba hombre feliz, pero dentro de sí mismo sentía que no lo
era del todo. No podría llegar a la felicidad completa, a no ser que el
mundo entero se convirtiese en un inmenso guardatesoros y estuviese
lleno de amarillo metal, que fuese todo suyo.
No necesito recordar, a niños tan instruídos como vosotros, que allá en
los tiempos antiguos, muy antiguos, cuando vivía el rey Midas, pasaban
cosas que en nuestros tiempos y en nuestro país se nos antojarían
maravillosas. Por otra parte, muchísimas cosas suceden ahora que no sólo
nos parecen maravillosas a nosotros, sino que a las gentes de los
tiempos antiguos les hubiesen dejado ciegas de asombro. Yo, por mi
parte, creo que nuestros tiempos son mucho más extraños que los
antiguos; pero, sea de esto lo que quiera, sigamos el cuento.
Un día estaba Midas gozando con la vista de sus tesoros en el obscuro
subterráneo, cuando vió que una sombra caía sobre los montones de oro,
y mirando de repente hacia arriba, vió la figura de un desconocido, que
estaba en pie precisamente en el brillante y estrecho rayo de sol. Era
un joven con cara alegre y rubicunda. No sé si porque la imaginación del
rey Midas ponía un tinte amarillo sobre todas las cosas, o por cualquier
otro motivo, no pudo menos de pensar que la sonrisa con que el
desconocido le miraba tenía una especie de radiación dorada. Lo que sí
era seguro es que, aunque la figura interceptaba el rayo de sol, los
tesoros amontonados brillaban más que nunca. Hasta los más remotos
rincones del cuarto participaban del resplandor misterioso y parecían
iluminados cuando el desconocido sonreía, como si hubiese en ellos
llamas o chispas.
Como Midas sabía que había cerrado cuidadosamente la puerta con llave, y
que no había mortal capaz de penetrar en el cuarto donde guardaba sus
tesoros, sacó en consecuencia que el visitante era algo más que un
mortal. No hace falta deciros su nombre. En aquellos días, cuando la
Tierra era relativamente nueva, se suponía que debían venir a visitarla
de cuando en cuando seres dotados de poder sobrenatural, que tenían la
costumbre de interesarse por las alegrías y las penas de los hombres,
las mujeres y los niños, medio en broma y medio en serio. Midas había
tropezado ya antes con seres de esa índole, y no le disgustaba
encontrarse con ellos. El aspecto del forastero era tan regocijado, tan
amable, ya que no demasiado bondadoso, que hubiese sido poco razonable
sospechar que venía a hacer daño. Era más que probable que viniese a
hacer un favor al rey Midas. ¡Y qué favor podría ser, sino aumentar sus
montones de tesoros!
El desconocido miró por todo el cuarto. Y cuando su brillante sonrisa
hubo centelleado sobre todos los objetos de oro que allí había, se
volvió hacia Midas.
--Eres un hombre rico, amigo Midas--observó--. Me parece que no habrá en
la Tierra otras cuatro paredes que contengan tanto oro como el que tú
has conseguido amontonar en esta habitación.
--He hecho lo que he podido... lo que he podido...--respondió Midas en
tono descontento--. Pero, después de todo, esto no es nada si se
considera que he gastado la vida entera para reunirlo. Si pudiera uno
vivir mil años, tendría tiempo para llegar a ser rico de veras.
--¡Cómo!--exclamó el desconocido--. ¿Todavía no estás satisfecho?
Midas movió la cabeza.
--¿Y con qué te contentarías?--preguntó el forastero--. Sólo por
curiosidad me gustaría saberlo.
Midas se puso a meditar. Tuvo el presentimiento de que aquel
desconocido, con su lustre dorado en la cara y su sonrisa de buen humor,
había venido allí con poder y con intención de satisfacer sus mayores
deseos. Por consiguiente, había llegado el feliz momento, y no tenía más
que hablar para obtener todo lo posible, o al parecer imposible, que se
le ocurriese pedir. Así es que pensó, y pensó, y pensó, y amontonó en su
imaginación montaña sobre montaña de oro, sin llegar a figurarse una lo
bastante grande para satisfacerle por completo.
Por último, se le ocurrió una idea luminosa. Parecía, en realidad, tan
brillante como el esplendoroso metal que tanto amaba.
Levantando la cabeza, miró al desconocido cara a cara.
--Ea, Midas--observó el visitante--, veo que por fin has pensado cosa
que pueda satisfacerte por completo. Dime lo que deseas.
--Sólo esto--respondió Midas--. Estoy cansado de que me cueste tanto
trabajo reunir mis tesoros y de ver que después de tanto cansarme
aumentan tan despacio. ¡Deseo que todo lo que yo toque se convierta en
oro!
La sonrisa del desconocido se hizo tan amplia, que pareció llenar la
habitación, como el sol que centellease en un sombrío y hondo valle,
donde las amarillas hojas del otoño (porque esto parecían los pedazos de
oro) estuviesen esparcidas por el suelo y brillasen a la luz.
--¡El Toque de Oro!--exclamó--. En verdad, amigo Midas, te digo que eres
hombre de imaginación. Pero, ¿estás completamente seguro de que con eso
te quedarás satisfecho?
--¡Completamente!...--dijo Midas.
--¿Y que nunca te arrepentirás de poseer ese don?
--¿Por qué había de arrepentirme?--preguntó Midas--. Es lo único que
pido para ser completamente feliz.
--Entonces, hágase como deseas--respondió el forastero, moviendo la mano
en señal de despedida--. Mañana, al salir el sol, te encontrarás dotado
con el Toque de Oro.
El rostro del desconocido, se puso entonces extraordinariamente
brillante, y Midas, a pesar suyo, tuvo que cerrar los ojos. Al abrirlos
de nuevo, no vió más que el único rayo de sol en el subterráneo, y
alrededor suyo el centelleo del precioso metal que había empleado toda
la vida en reunir.
La historia no dice si Midas durmió aquella noche como de costumbre.
Dormido o despierto, su espíritu estaba probablemente en el mismo
estado que el de un niño a quien se ha prometido por la mañana un
juguete nuevo. Y apenas el día acababa de asomar por encima de los
montes, ya el rey estaba completamente despierto, y extendiendo los
brazos fuera de la cama, empezó a tocar cuanto se encontraba a su
alcance. Estaba impaciente por probar si realmente le había llegado el
Toque de Oro, según la promesa del desconocido. Para convencerse pasó el
dedo por la silla que estaba a la cabecera de la cama y sobre otros
varios objetos; pero tuvo una triste desilusión al ver que continuaban
siendo de la misma substancia que antes. Entonces temió que la visita
del reluciente desconocido hubiese sido un sueño, o que, aunque hubiese
venido de veras a visitarle, hubiese sido únicamente para burlarse de
él. ¡Qué cosa tan triste, si después de tantas esperanzas el rey Midas
hubiese tenido que contentarse con el poco oro que pudiese juntar por
medios ordinarios, en lugar de crearlo con sólo tocar!
Mientras pensaba esto, aún estaba la mañana gris, con un solo rayo
brillante a lo largo de una nube, que Midas no alcanzaba a ver. Se
volvió a echar en la cama, muy desconsolado por la caída de sus
esperanzas, y se fué poniendo cada vez más triste, hasta que el primer
rayo de sol pasó a través de la ventana y vino a dorar el techo sobre su
cabeza. Parecióle a Midas que aquel brillante y amarillo rayo de sol se
reflejaba de modo extraño sobre la colcha blanca de su cama. Mirando más
de cerca, ¡cuál no sería su asombro y su alegría al ver que el tejido de
hilo se había transformado en otro que parecía ser del oro más puro y
más brillante! ¡El Toque de Oro le había llegado con el primer rayo de
sol!
Midas se incorporó en una especie de frenesí gozoso, y echó a correr por
la habitación, tocando cuanto encontraba al paso. Tocó uno de los
barrotes de la cama, e inmediatamente se convirtió en estriado lingote
de oro. Descorrió una cortina para ver mejor todas las maravillas que
estaba realizando, y la borla se le convirtió entre las manos en un
montón de oro. Tomó un libro de encima de la mesa. Al primer contacto se
convirtió en el volumen más ricamente encuadernado y dorado que se haya
visto nunca; pero al pasar los dedos sobre las hojas, ¡ay!, se
convirtieron éstas en un montón de delgadas placas de oro, en las cuales
todas las sabias letras del libro quedaron ilegibles. Se apresuró a
vestirse, y se quedó encantado al verse con magnífico traje de tela de
oro, que conservaba su flexibilidad y su suavidad, aunque le pesaba un
poco más que de costumbre. Sacó el pañuelo que su hijita había hecho a
vainica para regalárselo. También se hizo de oro, convirtiéndose las
puntadas primorosas que había hecho la niña con tanto cuidado, también
en hilo de oro.
A pesar de todo, esta última transformación no dejó satisfecho por
completo al rey Midas. Hubiese preferido que el regalo de su hija se
hubiese conservado siempre como cuando la niña se subió en sus rodillas,
besándole para entregárselo.
Pero no era cosa de afligirse por una pequeñez. Midas sacó sus lentes
del bolsillo y se los puso en la nariz para ver mejor cuanto le rodeaba.
En aquellos tiempos aún no se habían inventado los lentes para el común
de los mortales, pero los reyes, sin duda, ya los gastaban; porque si
no, ¿de dónde iba a haberlos sacado Midas? Con gran asombro suyo, notó
que aunque los cristales eran excelentes, no veía nada a través de
ellos. Era la cosa más natural del mundo, porque al tocarlos, los
transparentes cristales se habían convertido en discos de amarillo
metal, y por lo tanto eran inútiles como lentes, aunque como oro
valiesen bastante.
Molestóle a Midas pensar que, con toda su riqueza, ya nunca podría
conseguir un par de lentes que le sirviesen de algo.
--Pero, después de todo, importa poco--se dijo a sí mismo con mucha
filosofía--. No podemos tener un gran bien que no venga acompañado de
algún ligero inconveniente. El Toque de Oro bien vale el sacrificio de
un par de lentes por lo menos, ya que no de los ojos. Los míos me
servirán para los usos ordinarios de la vida, y mi hijita Clavellina
pronto será una personita formal y podrá leerme todos los libros que yo
necesite.
El sabio rey Midas estaba tan contento con su buena suerte, que el
palacio le parecía pequeño para contenerla. Por consiguiente, bajó las
escaleras y sonreía al observar cómo la balaustrada y el pasamanos se
iban convirtiendo en oro bruñido, según los tocaba. Levantó el picaporte
de la puerta--era de bronce un momento antes, pero fué de oro en cuanto
sus dedos le hubieron tocado--y salió al jardín. Encontró en él, como de
costumbre, muchísimas rosas: unas completamente abiertas, otras en
capullo. Deliciosa era su fragancia en el aire de la mañana. Su color
delicado era una de las más lindas cosas que se pudieran ver; tan
amables, tan modestas, tan llenas de tranquilidad parecían aquellas
flores.
Pero Midas sabía el modo de hacerlas mucho más preciosas, según su modo
de pensar, que ninguna otra rosa que hubiese en el mundo. Para
conseguirlo se tomó el trabajo de ir de rosal en rosal, y ejercitó su
Toque de Oro infatigablemente, hasta que todas las flores y todos los
capullos, y hasta los gusanillos que había en el corazón de algunas de
ellas, se convirtieron en oro. Cuando estaba terminando esta faena,
llamaron al rey Midas a desayunar, y como el aire de la mañana le había
despertado el apetito, se apresuró a volver a palacio.
En qué consistía generalmente el desayuno de un rey en los tiempos de
Midas, es cosa que no sé, y ni puedo ahora detenerme a investigarlo.
Supongo, sin embargo, que aquella mañana el desayuno consistía en
panecillos calientes, una hermosa trucha, patatas asadas, huevos
frescos, pasados por agua, y café para el rey Midas, y un tazón de sopas
de leche para su hija Clavellina. Creo que este desayuno basta para un
rey, y a mí me parece que fuese éste o no fuese el que el rey Midas
acostumbraba a tomar, era ciertamente exquisito.
Clavellina no había llegado todavía. Su padre mandó que la llamasen, y
sentándose a la mesa esperó que la niña llegara para empezar a
desayunar. Para hacer justicia al rey Midas, hay que decir que quería
muy de veras a su hijita, y mucho más aquella mañana, que estaba tan
contento por la buena suerte que había caído sobre él. Pasó un momento y
la oyó llegar; pero Clavellina venía llorando amargamente. Esta
circunstancia le sorprendió mucho, porque era su hijita una de las
niñas más alegres que se hayan visto nunca en un día de verano, y con
las lágrimas que acostumbraba a llorar en doce meses no se hubiese
podido llenar un dedal.
Cuando Midas oyó sus sollozos, decidió consolarla dándole una sorpresa
agradable, e inclinándose sobre la mesa, tocó el tazón de su hija (que
era de porcelana con figuritas muy lindas) y le cambió en oro
reluciente.
Clavellina, muy desconsolada, abrió la puerta y se presentó delante de
su padre, limpiándose las lágrimas con el delantal, y sollozando como si
se le rompiese el corazón.
--¿Qué es eso, hija mía?--exclamó Midas--. ¿Qué te pasa, hoy que hace
una mañana tan hermosa?
Clavellina, sin quitarse el delantal de los ojos, alargó una mano, en la
cual estaba una de las rosas que su padre acababa de transformar.
--¡Muy bonita!--exclamó su padre--. ¿Qué hay en esa magnífica rosa que
pueda hacerte llorar?
--Papá--respondió la chiquilla llorando a más y mejor--, no es bonita:
es la flor más fea del mundo. En cuanto me he vestido, he bajado al
jardín a cortar rosas para ti, porque sé que te gustan, y que te gustan
más cuando te las corta tu hijita. Pero, ¿a que no sabes lo que ha
sucedido? Una desgracia muy grande, muy grande. ¡Todas las rosas tan
bonitas, que olían tan bien y tenían tantos colores, se han echado a
perder! Se han puesto amarillas como ésta, y no huelen a nada. ¿Qué les
habrá pasado?
--Bueno, hijita, no llores por eso--dijo Midas, a quien le dió vergüenza
confesar que él mismo había producido el cambio que tanto afligía a la
niña--. Siéntate y toma tus sopas de leche. Ya verás qué fácil es
cambiar una rosa de oro como esa, que dura por lo menos cientos de años,
por una vulgar, que se deshoja en un día.
--No quiero rosas como ésta--dijo Clavellina tirándola
despectivamente--. No huele a nada, y con estos pétalos tan duros me
araña la nariz.
La niña se sentó a la mesa; pero estaba tan preocupada con su pena por
las rosas marchitas, que no reparó en la transformación maravillosa del
tazón de China. Y más valió así. Porque Clavellina estaba acostumbrada a
divertirse mirando las figurillas raras y las casas y los árboles tan
extraños que estaban pintados en la superficie del tazón, y todos
aquellos adornos habían desaparecido en el tono amarillo del metal.
Midas, entretanto, se había servido una taza de café, y, naturalmente,
la cafetera, que no sé de qué metal era cuando la cogió, estaba
convertida en oro cuando volvió a dejarla sobre la mesa. Pensó un
momento que era demasiado lujo para un rey de costumbres modestas como
las suyas tener servicio de oro para el desayuno, y empezó a pensar en
el mucho trabajo que iba a costarle guardar y conservar en salvo todos
sus tesoros. El aparador y la cocina no le parecían sitios bastante
seguros para guardar cosa de tanto valor como tazones y cafeteras de
oro.
Con estos pensamientos se llevó a los labios una cucharada de café, y al
sorberla se quedó atónito, al notar que en el instante en que sus labios
tocaron el líquido se convirtió en oro derretido, y un instante después
se solidificó, formando un terrón dorado.
--¡Ah!--exclamó Midas casi con horror.
--¿Qué te pasa, papá?--preguntó Clavellina mirándole, aún con lágrimas
en los ojos.
--¡Nada, niña, nada!--dijo Midas--. Toma la leche antes de que se enfríe
por completo.
Se sirvió una de las truchas, y por vía de experimento tocó la cola con
el dedo. Con gran espanto suyo vió que se convertía de trucha
admirablemente frita en un pez dorado, pero no como esos que se suelen
ver en las peceras y bonitos estanques. No, porque era un pez de metal
verdad, y parecía que le hubiese hecho con todo primor el mejor joyero
del mundo. Las espinas eran ahora alambritos de oro; las aletas y la
cola eran delgadísimas placas de oro, y quedaban en él hasta las señales
del tenedor, y toda la apariencia delicada y ligera de un pez bien
frito, exactamente imitado en oro. Cosa muy bonita, como podéis
figuraros; pero el rey Midas en aquel momento hubiese preferido mejor
tener en el plato una trucha de veras, que tener aquella primorosa y
valiosa imitación.
--No comprendo--se dijo a sí mismo--cómo voy a arreglármelas para
desayunar.
Cogió uno de los panecillos calientes, y apenas lo partió cuando, con
gran mortificación suya, se puso amarillo (aunque era de la harina de
trigo más blanca), mucho más amarillo que si hubiese sido pan de maíz. A
decir verdad, si hubiese sido pan de maíz, le hubiese gustado a Midas
mucho más que entonces, cuando el brillo y el peso le hicieron
comprender, sin género de duda, que era de oro. Casi desesperado, se
sirvió un huevo pasado por agua, que inmediatamente sufrió un cambio
análogo a los de la trucha y el panecillo. Verdaderamente, el huevo
pudiera haberse tomado por uno de aquellos que la gallina de oro de la
fábula tenía costumbre de poner.
--¡Pues, señor, estoy divertido!--pensó recostándose en el respaldo del
sillón y mirando casi con envidia a su hijita, que ya estaba tomando sus
sopas de leche con gran satisfacción--. ¡Un desayuno tan rico sobre la
mesa y no poder probar ni un bocado!
Esperando que a fuerza de darse prisa podría evitar el grave
inconveniente, el rey Midas se echó sobre una patata caliente e intentó
tragársela a toda prisa sin tocarla con la boca. Pero el Toque de Oro
era más listo que él. Y se encontró con la boca llena, no por una patata
harinosa, sino por un pedazo de metal sólido, que le quemó la lengua de
un modo tan horroroso, que empezó a dar alaridos y a saltar y patalear
por todo el cuarto; tanto le quemaba y dolía.
--¡Papá! ¡Papá!--exclamó Clavellina, que era una niña muy cariñosa--.
¿Qué te pasa, papá? ¿Te has quemado la lengua?
--¡Ay, hija mía!--murmuró Midas tristemente--. ¡No sé qué va a ser de tu
pobre padre!
Y, verdaderamente, ¿habéis oído caso más lastimoso en toda vuestra vida?
Aquí está literalmente el desayuno más rico que pueda servirse en mesa
de rey, y su misma riqueza le hace absolutamente inservible. El labrador
más pobre, sentado delante de un pedazo de pan y un vaso de agua, está
realmente mucho mejor servido que el rey Midas, cuyos delicados manjares
valían en realidad tanto oro como pesaban. ¿Y qué iba a hacer? Ya a la
hora del desayuno; Midas tenía muchísimo apetito. ¿Iba a tener menos a
la hora de comer? Y figuraos qué hambre de lobo tendría a la hora de la
cena, que consistiría, sin duda, en manjares tan indigestos como los que
entonces tenía delante. ¿Cuántos días pensáis que podría sobrevivir a un
régimen tan substancioso?
Estas reflexiones conturbaron de tal manera al atribulado rey Midas, que
empezó a poner en duda si, después de todo, las riquezas eran lo único
deseable de este mundo o siquiera lo más deseable de todo. Pero esto no
fué más que un pensamiento pasajero. Tan fascinado estaba Midas con el
brillo del amarillo metal, que no hubiese querido renunciar al Toque de
Oro por consideración tan mezquina como la de un desayuno. ¡Qué precio
por unos cuantos comestibles! ¡Y además, perder tantos millones! ¡Es
decir, pagarlos por una trucha frita y un huevo, una patata, un
panecillo caliente y una taza de café!
--¡Sería demasiado caro!--pensó Midas.
Sin embargo, tales eran su hambre y la perplejidad de la situación, que
volvió a quejarse en alta voz y muy tristemente. Nuestra lindísima
Clavellina no pudo soportarlo más. Se quedó aún un momento sentada,
mirando a su padre e intentando con todo el poder de su entendimiento
comprender qué le pasaba. Luego sintió un deseo suave y triste de
consolarle, saltó de su silla y corriendo hacia el rey, su padre, le
rodeó las piernas con los brazos. El se inclinó a dar un beso a la niña.
Y entonces comprendió que el amor de su hija valía mil veces más que
todo lo que había ganado con el Toque de Oro.
--¡Clavellina, hijita, preciosa mía!--exclamó.
Pero Clavellina no respondió.
¡Ay, qué había hecho! ¡Cuán fatal era el don que el desconocido le había
otorgado! En el momento en que los labios de Midas tocaron la frente de
su hija, se operó en ella terrible cambio. Su suave y sonrosado rostro,
tan lleno de cariño, se puso amarillento, y lágrimas amarillas también
quedaron fijas en sus mejillas. Sus hermosos rizos obscuros tomaron el
mismo color. Todas sus tiernas y blandas formas quedaron duras e
inflexibles entre los brazos de su padre, que la rodeaban. ¡Oh, terrible
desdicha! Víctima de su insaciable deseo de riqueza, había convertido a
su propia hija en una estatua de oro...
Sí: una estatua era ya aquella bellísima niña, y su última e
interrogadora mirada de cariño, de pena y de lástima, endurecida y como
tallada en su rostro, era la cosa más bonita y más triste que ojos
mortales han visto nunca. Todas las facciones y todos los detalles y
peculiares gracias de Clavellina estaban en su estatua; hasta un
encantador hoyito que tenía en la barba, y agraciaba delicadamente sus
rasgos fisonómicos. Pero cuanto más perfecto era el parecido, mayores
eran la agonía y desesperación del rey Midas, contemplando aquella
imagen de oro, que era todo lo que quedaba de su hijita. Siempre que
Midas acariciaba a su hijita, acostumbraba a decirla:--¡Vales más oro
que pesas!--. La frase, desgraciadamente, era ahora literalmente cierta,
y el dolorido monarca comprendía, aunque demasiado tarde, cuán
infinitamente más vale un corazón amante y compasivo, que le tenga a uno
cariño, que todas las riquezas que amontonarse puedan entre el cielo y
la tierra.
Sería historia demasiado triste contaros cómo Midas, ahora que ya tenía
todo lo que había deseado, empezó a retorcerse las manos y a maldecirse
a sí mismo. Y como no podía ni mirar a Clavellina ni apartar los ojos de
ella, excepto cuando los tenía fijos en la estatua, no podía creer que
se había convertido en oro. Pero, volviendo a mirar, veía la preciosa
figurita con una lágrima amarilla en sus mejillas de oro, y con una
mirada tan compasiva y tan cariñosa, que parecía que la misma expresión
tuviese que ablandar el oro y convertirlo en carne otra vez. Eso, desde
luego, no podía ser. Así es que Midas volvió a retorcerse las manos y a
desear ser el hombre más pobre del mundo, si la pérdida de todas sus
riquezas pudiera volver al rostro de la niña el desvanecido color de
rosa.
Cuando estaba en lo más tremendo de la desesperación, de pronto vió a un
desconocido que estaba en pie junto a la puerta. Midas inclinó la
cabeza, sin pronunciar palabra, porque reconoció la misma figura que se
le había aparecido el día antes en el subterráneo y le había otorgado la
desastrosa facultad del Toque de Oro. El rostro del desconocido aún
tenía la misma sonrisa, que parecía derramar amarillo lustre sobre la
habitación y centelleaba sobre la imagen de Clavellina y sobre los demás
objetos que habían sido transformados por el tacto de Midas.
--¡Eh!, amigo Midas--dijo el desconocido--: ¿qué tal te va con el Toque
de Oro?
Midas movió la cabeza.
--Soy muy desgraciado--dijo.
--¿Muy desgraciado, de veras?--exclamó el desconocido--. ¿Y cómo es eso?
¿No he cumplido fielmente la promesa que te hice? ¿No has tenido todo
lo que deseaba tu corazón?
--El oro no es todo en este mundo--respondió Midas--, y he perdido lo
que mi corazón realmente quería más que nada.
--¡Ah! ¿De modo que de ayer a hoy has hecho un descubrimiento?--observó
el desconocido--. A ver, a ver. ¿Cuál de estas dos cosas te parece que
vale más: el don del Toque de Oro o una copa de agua clara?
--¡Oh, bendita agua!--exclamó Midas--. ¡Ya nunca volverás a humedecer mi
seca garganta!
--¿El Toque de Oro--continuó el desconocido--o un pedazo de pan?
--Un pedazo de pan--respondió Midas--vale por todo el oro del mundo.
--¿El Toque de Oro--preguntó el desconocido--o tu hijita palpitante,
viva, suave y cariñosa como hace una hora?
--¡Oh! ¡Mi hijita, mi hijita!--exclamó el pobre Midas retorciéndose las
manos--. ¡No hubiera dado yo el hoyito que tenía en la barba por el
poder de convertir toda la tierra en una inmensa bola de oro!
--Eres más cuerdo que eras, rey Midas--dijo el desconocido--. Ya veo que
tu corazón no se ha convertido totalmente de carne en oro. Si así
fuera, tu caso hubiese sido desesperado. Pero aún pareces capaz de
comprender que las cosas sencillas, las que están al alcance de todo el
mundo, valen mucho más que las riquezas por las cuales tantos mortales
se afanan y luchan. Dime ahora sinceramente: ¿deseas verte libre del
Toque de Oro?
--¡Le odio!--respondió Midas.
Una mosca se le posó en la nariz, pero inmediatamente cayó al suelo;
también ella se había convertido en oro. Midas se estremeció.
--Entonces--dijo el desconocido--, ve y báñate en el río que pasa por
detrás de tu jardín. Toma un cántaro del agua misma y ve rociando con
ella cada uno de los objetos que puedas desear que vuelvan a su antigua
substancia. Si haces esto con buen deseo y sinceridad, puede que repares
el daño que has causado con tu avaricia.
El rey Midas se inclinó profundamente, y cuando levantó la cabeza, el
reluciente desconocido ya no estaba allí.
Comprenderéis fácilmente que Midas no perdió el tiempo, y fué a buscar
un gran cántaro de barro; pero, ¡ay de mí!, en cuanto le tocó dejó de
ser barro. Corrió, sin embargo, hasta la orilla del río. Según iba
corriendo a través del huerto, que estaba plantado de grosellas y
frambuesas, era maravilloso ver cómo el follaje se ponía amarillo, como
si hubiese pasado por allí el otoño. Al llegar al río se tiró de cabeza,
sin esperar siquiera a quitarse los zapatos.--¡Puf, puf, puf!--resopló
el rey Midas al sacar la cabeza del agua--. Está bien. Éste es un baño
refrescante, y supongo que me habrá lavado por completo del Toque de
Oro. Ahora, a llenar el cántaro.
Al meter el cántaro en el agua alegrósele el corazón al verle
convertirse, de oro que era, en el mismo honrado cántaro de barro que
fué antes de que le hubiese tocado él. También notaba un cambio dentro
de sí mismo. Parecía que se le había quitado del pecho un peso grande,
duro y frío. Sin duda su corazón había ido perdiendo poco a poco su
humana substancia y transmutándose en metal insensible; pero ahora iba
ablandándose en carne de nuevo. Viendo una violeta que crecía a la
orilla del río, Midas la tocó, y no cabía en sí de gozo al ver que la
delicada flor conservaba su color característico, en vez de tomar un
brillante amarillo. La maldición del Toque de Oro, por lo tanto, se
había apartado de él.
El rey Midas se apresuró a volver a palacio, y supongo que algunos
criados no sabían lo que les pasaba al ver a su real dueño llevando tan
cuidadosamente un cántaro de agua. Pero aquel agua que iba a deshacer
todo el daño que había causado su locura, era más preciosa para Midas
que pudiera haberlo sido un océano de oro líquido. Lo primero que hizo,
como apenas necesito deciros, fué echar agua a manos llenas sobre la
dorada figura de su hija.
Apenas cayó el agua sobre ella, os hubieseis reído al ver cómo volvió el
color de rosa a sus mejillas. ¡Y cómo empezó a estornudar y a sacudirse!
Y qué asombrada se quedó al encontrarse toda mojada y ver a su padre que
seguía echándole agua encima.
--¡Basta, papá; por favor, ya no más!--exclamó--. Mira lo que has hecho
con mi vestido tan bonito. ¡Y que le estreno hoy!
Clavellina no sabía que había sido un rato estatua de oro; no podía
acordarse de lo que había sucedido desde el momento en que corrió con
los brazos abiertos a consolar al pobre rey Midas, su padre.
No creyó éste necesario contar a su querida hija cuán loco había sido,
pero se decidió a demostrar lo mucho más cuerdo que ahora era. Para esto
llevó a Clavellina al jardín, donde echó el agua que quedaba sobre los
rosales, y con tan buena suerte, que más de cinco mil rosas recobraron
su hermoso color. Hubo dos circunstancias, sin embargo, que mientras
vivió conservaron para el rey Midas el recuerdo del Toque de Oro. Una
fué que las arenas del río
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brillaban como el oro, y la otra que el cabello de Clavellina tenía
ahora un reflejo dorado que nunca había observado en él antes de que se
hubiese transformado por efecto de su beso. Este cambio era, en
realidad, una mejora, y el cabello de Clavellina era mucho más bonito
que antes.
Cuando el rey Midas se hizo ya muy viejo y tenía a los hijos de
Clavellina sobre sus rodillas jugando con ellos a los caballitos, le
gustaba contarles este cuento maravilloso, casi como ahora os le cuento
yo. Y cuando acariciaba sus sortijillas de seda, les decía que su
cabello también tenía un bonito reflejo de oro, que habían heredado de
su madre.
--Y para deciros la verdad, queridos niños míos--comentaba el rey Midas,
haciendo cabalgar a toda prisa a sus nietecitos--, desde aquella mañana
he aborrecido la vista del oro, no siendo en el cabello de vuestra
madre.
--Ea, niños--preguntó Eustaquio, que era muy aficionado a saber la
opinión definida de sus oyentes--, ¿habéis oído en toda vuestra vida
cuento mejor que este del Toque de Oro?
--La historia del rey Midas--dijo la burlona Primavera--era famosa miles
de años antes de que el señor Eustaquio Bright viniese a este mundo, y
continuará siéndolo después que él lo abandone. Pero algunas personas
tienen lo que pudiéramos llamar «toque de plomo», y convierten en
pesado y seco todo lo que tocan sus manos.
--Eres una niña muy lista, para no haber cumplido aún los quince--dijo
Eustaquio, desconcertado por lo agudo de la crítica--. Pero bien
convencida estás, dentro de tu malvado corazoncillo, de que he bruñido
el oro viejo de la historia de Midas y le he puesto más brillante que
nunca. ¿Y la figura de Clavellina? ¿No está maravillosamente dibujada? Y
la moraleja, ¿no es profunda, clara y bien traída? ¿Qué decís, Amapola,
Romero, Trébol, Margarita? Alguno de vosotros, después de haber oído
este cuento, ¿desearíais poseer la facultad de convertir las cosas en
oro?
--A mí me gustaría--dijo Margarita, chiquilla de diez años--tener el
poder de convertirlo todo en oro con el dedo índice de la mano derecha,
pero con tal de tener en el de la mano izquierda el poder de volverlo a
su estado primero, si el cambio no había resultado a mi gusto. ¡Ay, si
lo tuviera, ya sé lo que haría esta misma tarde!
--¿Qué harías?--dijo Eustaquio.
--Tocaría--respondió Margarita--cada una de las hojas de estos árboles
con el dedo índice de la mano izquierda, y las pondría verdes otra vez;
así es que volveríamos a empezar el verano, sin tener que pasar por el
feo invierno.
--¡Oh, Margarita!--exclamó Eustaquio Bright--; estás en un error, y
harías una cosa muy mal hecha. Si yo fuera Midas, no haría más que días
de oro, como este de hoy, durante todo el año. Las mejores ideas siempre
se me ocurren un poco tarde. ¿Por qué no os habré dicho cómo el viejo
rey Midas vino a América y cambió el sombrío otoño que hay en otros
países en la deslumbrante belleza con que aquí se viste? Doró todas las
hojas del gran libro de la Naturaleza.
--Primo Eustaquio--dijo Girasol, chiquillo bueno, que siempre estaba
haciendo preguntas sobre la altura exacta de los gigantes y la pequeñez
de las hadas--, ¿qué altura justa tenía Clavellina, y cuánto pesaría
después de haberse convertido en oro?
--Era casi tan alta como tú--replicó Eustaquio--, y como el oro es muy
pesado, pesaría lo menos dos mil libras, y si se hubiera hecho moneda
con ella, se hubieran sacado de treinta a cuarenta mil duros en oro.
¡Ojalá Primavera valiese tanto! Vamos, hijitos, salgamos de la cañada,
subiendo a lo alto del peñón, y echemos una mirada en derredor.
Así lo hicieron. El sol había ya andado dos horas más de la mitad de su
camino, y llenaba el gran hueco del valle con su radiación occidental,
de modo que parecía estar lleno hasta el borde de luz suave que se
desbordaba sobre las colinas, como vino dorado en una copa. Era un día
tan maravillosamente lleno de luz de oro, que se hubiera podido decir de
él: ¡Nunca ha existido día semejante, aunque ayer tal vez fué, y mañana
será, tan luminosamente radiante! ¡Ah! Pero hay pocos de esos en el
círculo de doce meses. Es peculiaridad notable de estos días de Octubre
que cada uno de ellos parece ocupar muchísimo espacio, aunque el sol se
levanta más bien tarde en esta estación del año, y se va a la cama, como
debieran irse los niños, a las tempranas seis de la tarde o un poco
antes. No podemos, por lo tanto, llamar a estos días largos; pero
parecen, de un modo o de otro, compensar su brevedad con su amplitud, y
cuando llega la noche fresca, tenemos conciencia de haber gozado un
inmenso brazado de vida desde por la mañana.
--¡Venid, niños, venid!--exclamó Eustaquio--. ¡Más nueces, más nueces,
más nueces! ¡Llenad todos los cestos, y cuando venga Navidad, las
partiré para vosotros y os contaré magnificas historias!
Y así se fueron, todos contentísimos, excepto el pequeño Romero, que,
siento decíroslo, se había sentado sobre un erizo de castaña y se había
convertido en acerico de sus pinchos. ¡Dios mío, qué incómodo debía ir
el pobre!