ARROYO UMBRÍO

A mediodía, nuestra partida juvenil se reunió en una cañada, a través de

cuya profundidad corría un arroyuelo. La cañada era angosta, y sus

vertientes escarpadas desde la margen del arroyo arriba estaban

cubiertas con espesura de árboles, principalmente nogales y castaños,

entre los cuales crecían también unas cuantas encinas y unos cuantos

arces. En el verano, la sombra de tantas ramas juntas, que se

encontraban y se enredaban sobre el arroyo, bastaba para producir un

crepúsculo en pleno mediodía. De ahí venía el nombre de _Arroyo Umbrío_.

Pero ahora, desde que el otoño había llegado a aquel lugar oculto, todo

el obscuro verdor se había cambiado en oro; así es que el ramaje

incendiaba la cañada, en vez de darle sombra. Las brillantes hojas

amarillas, aunque el día hubiese estado nublado, hubieran parecido

conservar entre ellas la luz del sol; y tantas se habían caído, que todo

el cauce y la margen del arroyo estaban sembrados de luz de sol también.

Así el rincón umbrío, donde el verano se había refrescado, ahora era el

sitio más lleno de sol que pudiera encontrarse.

El arroyuelo corría, siguiendo su camino de oro, deteniéndose aquí para

formar un remanso, en el cual pasaban como flechas los pececillos,

nadando de un lado a otro; apresurándose luego cuesta abajo, como si

tuviese mucha prisa por llegar al lago; olvidándose de mirar por donde

iba, tropezaba con la raíz de un árbol, que se le atravesaba en la

corriente. Os hubiera hecho reir oirle hacer ruido y echar espuma contra

el inesperado obstáculo. Y aun después de haberle salvado, seguía el

agua hablándose a sí misma, como si estuviera perpleja. Supongo que

estaba maravilladísima al ver su cañada umbría tan iluminada, y al oir

la charla y la alegría de tantos chiquillos. Así es que corría lo más

aprisa que le era posible, y marchaba a esconderse en el lago.

En la cañada de Arroyo Umbrío, Eustaquio Bright y sus amiguitos se

habían detenido para comer. Habían traído muchas cosas ricas de

Tanglewood, dentro de sus cestillos, y las habían servido sobre troncos

caídos, cubiertos de musgo, y con buenos manjares y mucha alegría habían

hecho, en verdad, una comida deliciosa. Cuando terminó, ninguno quería

moverse.

--Aquí descansaremos--dijeron algunos de los niños--, mientras el primo

Eustaquio nos cuenta otro de sus cuentos bonitos.

El primo Eustaquio tenía tanto derecho a estar cansado como cualquiera

de los chiquillos, porque había llevado a cabo grandes hazañas en

aquella mañana memorable. Trébol, Romero, Capuchina y Girasol estaban

casi convencidos de que tenía zapatillas con alas, como las que las

Ninfas dieron a Perseo; tantas veces le habían visto en lo alto de la

copa de un nogal, casi en el mismo instante en que acababan de verle en

pie en el suelo. ¡Y entonces, qué chaparrones de nueces había hecho

llover sobre sus cabezas, para que las atareadas manecitas las

recogiesen en los cestitos! En una palabra: se había mostrado tan ligero

como una ardilla o un mono, y ahora, tumbado sobre las hojas amarillas,

parecía dispuesto a descansar un poco.

Pero los niños no tienen piedad ni consideración para el cansancio

ajeno, y si no os quedase más que un solo aliento, os pedirían que le

gastaseis en contarles un cuento.

--Primo Eustaquio--dijo Capuchina--, ¡qué cuento tan bonito el de la

cabeza de la Gorgona! ¿Crees que serías capaz de contarnos otro tan

bonito como ese?

--Sí, hija mía--dijo Eustaquio, tapándose los ojos con la visera de la

gorra, como si se preparase a echar una siesta--. Podría contaros una

docena, tan bonitos o más, si me diese la gana.

--¡Oh, Primavera y Margarita!, ¿oís lo que dice?--exclamó Capuchina,

bailando de contenta--. ¡El primo Eustaquio nos va a contar una docena

de cuentos, más bonitos que la cabeza de la Gorgona!

--No he prometido contar ni uno. Capuchina loca--dijo Eustaquio, casi

con malhumor--. Y sin embargo, temo que no haya más remedio. ¡Ésta es la

consecuencia de haber logrado una reputación! ¿Por qué no seré un poco

más tonto de lo que soy, o por qué habré demostrado nunca las brillantes

cualidades con que me ha dotado la Naturaleza? Así hubiera podido dormir

la siesta en paz y en gracia de Dios.

Pero el primo Eustaquio, como creo haberlo indicado antes, era tan

aficionado a contar cuentos como los chiquillos a oirlos. Su

entendimiento libre y feliz se deleitaba en su propia actividad, y

apenas requería impulso exterior para ponerse en movimiento.

¡Cuán diferente este espontáneo juego de la inteligencia, de la educada

diligencia de los años maduros, cuando la tarea se ha hecho fácil a

fuerza de costumbre, y el trabajo del día es indispensable para la

felicidad del día, aunque todo lo demás se haya desvanecido como burbuja

de jabón! Pero esta observación no hace falta que la oigan los niños.

Sin hacerse rogar más, Eustaquio Bright empezó a contar el cuento

siguiente, realmente espléndido. Se le había ocurrido mientras estaba

tumbado en el suelo, mirando hacia arriba a la copa de un árbol,

observando cómo el toque del otoño había convertido cada una de sus

hojas verdes en lo que parecía oro finísimo. Y ese cambio, que todos

hemos presenciado, es tan maravilloso como cualquiera de los prodigios

que Eustaquio relató al contar la historia de Midas.

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Cuando la tierra era niña · 第 7 / 26 题