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llegado a la vista del gran Océano, y pronto volaron sobre él. A lo
lejos, las olas se amontonaban tumultuosamente en medio del mar o se
rompían formando una ancha franja de espuma sobre los peñascos de la
orilla, con un ruido que en el bajo mundo parecía el del trueno, pero
que en lo alto llegaba a los oídos de Perseo como un suave murmullo,
como la voz de un niño medio dormido. Precisamente en aquel momento una
voz habló a su lado. Parecía ser de mujer, y era melodiosa, aunque no
precisamente dulce, sino grave y serena.
--Perseo--dijo la voz--, ahí están las Gorgonas.
--¿Dónde?--exclamó Perseo--. ¡No las veo!
--En la costa de esa isla, debajo de ti--replicó la voz--. Si dejases
caer una piedra, caería entre ellas.
--Ya te dije yo que ella era la primera que había de verlas--dijo Azogue
a Perseo--. Y ahí están.
Abajo, en línea recta a unos mil metros de distancia, Perseo alcanzó a
ver un islote y el mar rompiendo en espuma en torno de su costa rocosa,
excepto por un lado, donde había una playa de arena blanca como nieve.
Descendió hacia ella, y mirando con atención hacia algo que brillaba, a
los pies de un precipicio de roca negra vió a las terribles Gorgonas.
Estaban echadas en el suelo, profundamente dormidas, arrulladas por el
atronador ruido del mar; porque hacía falta un estruendo que hubiese
dejado sordo a cualquier mortal para conseguir que se durmiesen aquellas
criaturas terribles. La luz de la luna centelleaba sobre sus escamas de
acero y sobre sus alas de oro, que caían perezosamente sobre la arena.
Las garras de bronce, horribles, se agarraban a los fragmentos de la
roca, mientras las dormidas Gorgonas soñaban que estaban despedazando a
algún pobre mortal. Las serpientes que les servían de cabellos, también
parecían estar dormidas, aunque de cuando en cuando una se retorcía o
alzaba la cabeza y sacaba la ahorquillada lengua, emitiendo un
adormilado silbido, y dejándose luego caer entre sus hermanas
serpientes.
Las Gorgonas se parecían más a alguna tremenda gigantesca especie de
insecto--inmensas abejas con alas de oro o moscas-dragones o cosa por
este estilo--, que a ningún otro ser vivo; sólo que eran como un millón
de veces más grandes que insecto ninguno. Y a pesar de todo, había en
ellas algo humano también. Afortunadamente para Perseo, tenían la cara
escondida por la postura en que se encontraban; porque si las hubiese
mirado un solo instante, hubiera caído pesadamente del aire, convertido
en imagen de piedra.
--Ahora--susurró Azogue, que seguía al lado de Perseo--, ahora es el
tiempo que has de aprovechar para tu hazaña. ¡Apresúrate, porque si una
de las Gorgonas despierta, será demasiado tarde!
--¿A cuál es a la que debo herir?--preguntó Perseo sacando la espada y
bajando un poco más--. Las tres parecen iguales. Las tres tienen
cabellera de serpientes. ¿Cuál de las tres es Medusa?
Hay que saber que Medusa era la única de aquellos tres monstruos a quien
Perseo pudiese cortar la cabeza, porque a las otras dos era imposible
hacerles el menor daño, aunque hubiese tenido la espada mejor templada
del mundo y la hubiese estado afilando una hora seguida.
--Sé prudente--le dijo la misma voz tranquila que antes le había
hablado--. Una de las Gorgonas empieza a moverse en su sueño, y
precisamente se va a volver. ¡Esa es Medusa! ¡No la mires! ¡Su vista te
convertiría en piedra! Mira el reflejo de su rostro y de su cuerpo en el
brillante espejo de tu escudo.
Perseo comprendió entonces por qué motivo le había aconsejado Azogue que
puliese su escudo con tanto afán. En aquella superficie podía mirar con
tranquilidad el reflejo del rostro de la Gorgona. Y allí estaba aquel
rostro terrible, reflejado en la brillantez del escudo, con la luz de la
luna cayendo de plano sobre él y descubriendo todo su horror. Las
serpientes, cuya naturaleza venenosa no les permitía dormir por
completo, se le enroscaban sobre la frente. Era el rostro más fiero y
más horrible que nunca se haya visto ni imaginado, y sin embargo, había
en él una extraña, terrible y salvaje belleza. Los ojos estaban
cerrados, porque la Gorgona dormía aún profundamente; pero sus facciones
estaban conturbadas por una expresión inquieta, como si el monstruo
sufriese algún mal sueño. Rechinaba los dientes y arañaba la arena con
sus garras de bronce.
Las serpientes también parecían sentir el sueño de Medusa e inquietarse
con él cada vez más. Se trenzaban unas con otras en nudos tumultuosos,
se retorcían furiosamente y levantaban cien sibilantes cabezas sin abrir
los ojos.
--¡Ahora, ahora!--murmuró Azogue, que se iba impacientando--. ¡Hiere al
monstruo!
--Pero con calma--dijo la voz, grave y melodiosa, al lado del joven--.
Mira a tu escudo mientras vas volando hacia abajo, y ten cuidado de no
errar el primer golpe.
Perseo bajó, volando cuidadosamente siempre, con los ojos fijos en el
rostro de Medusa, reflejado en su escudo. Cuanto más se acercaba, más
terrible se iba poniendo el rostro, rodeado de serpientes, y el cuerpo
metálico del monstruo. Por fin, cuando estuvo sobre ella a distancia en
que podía alcanzarla con el brazo, Perseo levantó la espada. En el mismo
instante todas las serpientes que formaban la cabellera de la Gorgona se
alzaron amenazadoras, y Medusa abrió los ojos. Pero despertó demasiado
tarde. La espada era cortante. El golpe cayó como un rayo, y la cabeza
de la horrible Medusa rodó separada del cuerpo.
--¡Admirablemente hecho!--dijo Azogue--. Apresúrate y mete la cabeza en
el saco mágico.
Con gran asombro de Perseo la bolsita bordada que se había colgado al
cuello aumentó de tamaño lo bastante para contener la cabeza de Medusa.
Pronto, como el pensamiento, la levantó, cuando aún las serpientes se
retorcían en torno de ella, y la metió en el saco.
--Tu misión está cumplida--dijo la voz serena--. Ahora vuela, porque las
otras Gorgonas han de hacer cuanto puedan para vengar la muerte de
Medusa.
Era verdaderamente necesario alzar el vuelo, porque Perseo no había
realizado su hazaña tan silenciosamente que el ruido de la espada, el
silbar de las serpientes y el golpe de la cabeza de Medusa, al caer
sobre la arena, batida por el mar, no hubiesen despertado a los otros
monstruos. Se incorporaron un instante, frotándose los ojos adormilados
con los dedos de bronce, mientras que todas las serpientes de sus
cabezas se revolvían con sorpresa y venenosa malicia, no sabiendo contra
quién. Pero cuando las Gorgonas vieron el escamoso cuerpo de Medusa sin
cabeza, con las alas de oro erizadas y caídas y sobre la arena, fué
realmente terrible oir sus alaridos. ¡Y las serpientes! Lanzaron mil
silbidos, todas a un tiempo, y las serpientes de Medusa contestaron
desde el saco mágico.
Apenas estuvieron las Gorgonas completamente despiertas, se levantaron
en el aire, blandiendo sus garras de bronce, rechinando sus dientes
horribles y moviendo las alas tan furiosamente, que algunas de las
plumas de oro se arrancaron y cayeron a la playa. Y puede que aún estén
allí desparramadas. Levantáronse, como digo, las Gorgonas, mirando
horriblemente de un lado para otro con la esperanza de convertir a
alguien en piedra. Si Perseo las hubiese mirado o hubiese caído en sus
garras, su pobre madre nunca hubiera vuelto a besarle. Pero tuvo buen
cuidado de volver la vista a otro lado, y como llevaba el yelmo de la
invisibilidad, las Gorgonas no supieron en qué dirección seguirle, ni
tampoco dejó él de hacer el mejor uso posible de las sandalias con alas,
subiendo en línea perpendicular un kilómetro próximamente. A aquella
altura, cuando los gritos de las abominables criaturas ya llegaban hasta
él muy débiles, se dirigió en línea recta hacia la isla de Serifo, para
entregar la cabeza de Medusa al rey Polidectes.
No tengo tiempo de contaros varias cosas maravillosas que sucedieron a
Perseo al volver a su casa, tales como matar a un horrible monstruo
marino que estaba a punto de devorar a una hermosa doncella; ni cómo
convirtió a un enorme gigante en montaña de piedra con sólo enseñarle la
cabeza de la Gorgona. Si dudáis de esta última historia, podéis hacer un
viaje a África, cualquier día de éstos, y veréis la montaña, que todavía
lleva el antiguo nombre del gigante.
Por último, nuestro valiente Perseo llegó a la isla, donde esperaba ver
a su madre querida. Pero durante su ausencia el malvado rey había
tratado tan mal a Danae, que se había visto obligada a huir y a
refugiarse en un templo donde unos cuantos sacerdotes ancianos y buenos
la habían recogido. Estos sacerdotes, dignos de alabanza, y el pescador
de buen corazón, que fué el primero en dar hospitalidad a Danae y a
Perseo, niño, cuando los encontró flotando en el arca, parecen haber
sido las únicas personas de la isla que se preocupasen de hacer el bien.
Todo el resto del pueblo, lo mismo que el rey Polidectes, eran
notablemente malos y no merecían mejor destino que el que vais a saber
que cayó sobre ellos.
No habiendo encontrado a su madre en casa, Perseo se fué derecho a
palacio, e inmediatamente lo llevaron a presencia del rey. Polidectes no
se alegró gran cosa de volver a verle, porque casi tenía por cierto, con
regocijo de su mal corazón, que las Gorgonas habrían hecho pedazos al
pobre muchacho y se lo habrían comido inmediatamente. Pero al verle
volver sano y salvo, puso la mejor cara que pudo y le preguntó qué había
hecho.
--¿Has cumplido tu promesa?--preguntó--. ¿Me traes la cabeza de Medusa
con su cabellera de serpientes? Si no, hijo mío, te va a costar caro,
porque necesito un regalo de boda para la princesa Hipodamia, y sé que
no hay nada en el mundo que pueda ser tan de su gusto.
--Sí, Majestad--respondió Perseo tranquilamente y como si no hubiera por
qué asombrarse de que un joven como él hubiese llevado a cabo tal
hazaña--. Os traigo la cabeza de la Gorgona con todos sus cabellos de
serpientes.
--¡De veras! Pues haz el favor de enseñármela--dijo el rey Polidectes--.
Debe de ser
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espectáculo curioso, si todos los viajeros que me han hablado de ella
han dicho la verdad.
--Vuestra Majestad está en lo cierto--repuso Perseo--. Realmente es un
objeto capaz de fijar las miradas de todo el que lo vea. Y si Vuestra
Majestad quiere, me permitiré aconsejar que se declare el día de hoy
fiesta nacional y que se llame a todos los súbditos de Vuestra Majestad
para que vengan a contemplar esta curiosidad maravillosa. ¡Me parece que
pocos serán los que hayan visto una cabeza de Gorgona, y acaso nunca
puedan volver a verla!
Bien sabía el rey que todos sus súbditos eran haraganes rematados,
aficionadísimos a espectáculos como suelen serlo todas las gentes
perezosas; así es que siguió el consejo del joven y envió en todas
direcciones heraldos y mensajeros para que tocasen la trompeta en todas
las esquinas y en las plazas y mercados, y dondequiera se encontrasen
dos caminos, y llamasen a todo el mundo a la Corte. Vino, pues, gran
multitud de gentes inútiles y vagabundas, que todas, por puro amor al
mal, se hubiesen alegrado muchísimo de que a Perseo le hubiese sucedido
algún daño en la lucha con la Gorgona. Si algunas buenas personas había
en la isla (yo quiero creer que las hubo, aunque la historia no dice
nada de ellas), de seguro se quedaron tranquilamente en casa atendiendo
a sus quehaceres y cuidando a sus hijos. Muchos de los habitantes, sea
comoquiera, corrieron a palacio a toda prisa, y gritaron, y se
empujaron, y se dieron codazos por afán de estar cerca de un balcón
donde se veia a Perseo con el saco mágico y bordado en la mano.
En una tribuna colocada enfrente del balcón estaba sentado el rey
Polidectes, con sus malvados consejeros y sus cortesanos aduladores,
formando semicírculo en derredor suyo. Monarca, consejeros, cortesanos y
pueblo, todos miraban ansiosamente a Perseo.
--¡Enseña la cabeza de la Gorgona!... ¡Enséñala!--gritaba el pueblo. Y
había en sus gritos tal fiereza, que parecían querer hacer pedazos a
Perseo, si lo que había de enseñarles no les satisfacía--. ¡Enséñanos la
cabeza de Medusa con la cabellera de serpientes!
Un sentimiento de pena y de lástima sobrecogió a Perseo.
--¡Oh, rey Polidectes--exclamó--, y vosotros pueblo: no quisiera
mostraros la cabeza de la Gorgona!
--¡Ah, canalla, cobarde!--gritó el pueblo, más furioso que nunca--. Se
está burlando de nosotros. No tiene la cabeza de la Gorgona.
Enséñanosla, si la has traído, y si no te cortaremos la tuya para hacer
con ella una pelota de _foot-ball_.
Los malos consejeros hablaron al rey al oído; los cortesanos murmuraron,
todos a una, que Perseo estaba faltando al respeto a su rey y señor, y
el gran rey Polidectes levantó la mano y le ordenó, con la voz austera y
grave de la autoridad, que enseñase la cabeza al pueblo, si no quería
perder la suya.
--Muéstranos la cabeza de Medusa, o mando cortar la tuya.
Perseo suspiró.
--¡Ahora mismo!--repitió Polidectes--, o mueres.
--¡Miradla entonces!--exclamó Perseo con voz que resonó como un clarín.
Y alzó de repente la terrible cabeza. Ni un solo párpado tuvo tiempo de
entornarse, y el rey Polidectes y sus malvados consejeros y sus feroces
súbditos quedaron al punto convertidos en imágenes de un monarca y su
pueblo. Todos quedaron fijos para siempre en su actitud de aquel
instante. ¡La vista de la cabeza de Medusa les había transformado en
blanco mármol! Y Perseo volvió a meter la cabeza en el saco, y fué a
decir a su madre querida que ya no había por qué tener miedo al malvado
rey Polidectes.
--¿Qué, no ha sido un cuento bonito?--preguntó Eustaquio.
--¡Ay, sí, sí!--exclamó Capuchina, palmoteando--. ¡Y esas viejas tan
raras, que no tenían más que un ojo para las tres! ¡Nunca he oído cosa
más extraña!
--En lo del diente--observó Primavera--no hay prodigio alguno. Supongo
que sería un diente postizo. Pero, ¿qué es eso de haber convertido a
Mercurio en Azogue, y de hablar de su hermana? ¡Es una ridiculez!
--¡Ah!, ¿no era hermana suya?--preguntó Eustaquio--. Si se me hubiese
ocurrido antes, la hubiese descrito como una solterona que tenía un buho
favorito.
--Bueno--dijo Primavera--; después de todo, con el cuento se ha
desvanecido la niebla.
Y, en verdad, mientras el cuento se iba contando, los vapores habían
desaparecido del paisaje casi por completo. Ahora se descubría un
panorama, que los espectadores casi podían figurarse que había sido
creado desde la última vez que habían levantado los ojos en la dirección
donde ahora se extendía. A una media milla de distancia, en el regazo
del valle, aparecía ahora un hermoso lago, que reflejaba una perfecta
imagen de sus propias orillas, cubiertas de bosques, y de las cimas de
las colinas más lejanas. Brillaba en cristalina quietud, sin huella de
la más ligera brisa en parte alguna de su superficie. Al otro lado de su
más lejana orilla estaba el alto monte, que parecía estar tumbado en el
valle. Eustaquio le comparó a una inmensa esfinge sin cabeza, envuelta
en un chal alfombrado; y verdaderamente era tan rico y tan diverso el
follaje otoñal de sus bosques, que la imagen del chal no era en modo
alguno demasiado exagerada de color respecto de la realidad. En el
terreno bajo, entre la casa de campo y el lago, los grupos de árboles y
los linderos del bosque estaban llenos de hojas amarillas o castaño
obscuras, porque habían sufrido más con las heladas que el follaje de
las vertientes de las colinas.
Sobre todo el paisaje brillaba alegre el sol, mezclado con ligerísima
neblina, que hacía la luz imponderablemente suave y tierna. ¡Oh, qué día
de veranillo de San Martín tan hermoso! Los niños cogieron
apresuradamente sus cestillos, y se pusieron en marcha, saltando,
corriendo, dando volteretas, mientras el primo Eustaquio demostraba lo
muy digno que era de presidir la reunión, corriendo mucho mejor que
ellos y dando algunos saltos tan perfectos, que ninguno de ellos podía
ni imitarlos. Acompañábales también un perro, cuyo nombre era _Ben_. Era
uno de los cuadrúpedos más respetables y de mejor corazón del mundo, y
probablemente estaba convencido de que estaba en el deber de no dejar
alejarse a los niños sin mejor guardián que aquel cabeza loca de
Eustaquio Bright.
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