Perseo era hijo de Danae, que a su vez era hija de un rey. Y cuando
Perseo era muy pequeño, unos malvados le pusieron con su madre en un
arca y los lanzaron a las ondas. Sopló el viento fuertemente, y alejó el
arca de la costa. Las ondas la sacudieron como si fuera una cáscara de
nuez. Danae estrechó a su hijito entre sus brazos, temiendo por momentos
que una ola mayor que las demás les sepultara para siempre en el fondo
del Océano. El arca siguió, sin embargo, navegando, y no se hundió ni
zozobró, hasta que al llegar la noche navegaba tan cerca de una isla,
que se enredó entre las redes de un pescador y la sacaron con ellas a la
costa. La isla se llamaba Serifo, y reinaba en ella el rey Polidectes,
que era hermano del pescador que había recogido por casualidad en sus
redes a los pobres náufragos.
Este pescador era hombre justo y compasivo. Trató con gran bondad a
Danae y a su hijo, y continuó protegiéndoles hasta que Perseo llegó a
ser un hermoso mancebo, fuerte y activo, y habilísimo en el manejo de
las armas.
Mucho antes había visto el rey Polidectes a los dos extranjeros, madre e
hijo, que en un arca frágil habían llegado a sus playas. No era
Polidectes bueno y amable como su hermano el pescador, sino en extremo
malvado, y resolvió enviar a Perseo a una empresa peligrosa, en la cual
probablemente perdería la vida, y entonces, quedándose la madre sin
defensa, podría él causarle algún daño grande. Con este fin, aquel rey
de mal corazón pasó tiempo y tiempo pensando cuál sería la hazaña de más
peligro que un joven pudiera emprender. Cuando, por fin, dió con una
empresa que prometía tener el fatal resultado que deseaba, mandó llamar
a Perseo.
El muchacho fué a palacio, y encontró al rey sentado en su trono.
--Perseo--dijo el rey Polidectes, sonriendo hipócritamente--, eres todo
un buen mozo. Tú y tu excelente madre habéis recibido muchísimos
favores, tanto míos como de mi hermano el pescador, y supongo que
sentirás no poder pagar algunos de ellos.
--Con permiso de Vuestra Majestad--respondió Perseo--, arriesgaría con
gusto mi vida por lograrlo.
--Muy bien; entonces--continuó el rey, siempre con la sonrisa en los
labios--, tengo una aventura de poca monta que proponerte; y como eres
un joven valiente y emprendedor, estoy seguro de que te alegrarás de
tener tan buena ocasión de distinguirte. Debes saber, mi buen Perseo,
que estoy en tratos para casarme con la hermosa princesa Hipodamia, y es
costumbre, en ocasiones como ésta, regalar a la novia algo elegante y
extraño, que haya tenido que irse a buscar muy lejos. Debo confesar que
he estado bastante perplejo, sin saber dónde encontrar cosa capaz de
agradar a princesa de gusto tan exquisito. Pero esta mañana me parece
que he encontrado precisamente lo que necesitaba.
--¿Y puedo yo ayudar a Vuestra Majestad a conseguirlo?--exclamó Perseo
con vehemencia.
--Puedes, si eres tan valiente como yo me figuro--repuso el rey
Polidectes con la mayor astucia--. El regalo de boda que quiero ofrecer
a la hermosa Hipodamia es la cabeza de la Gorgona Medusa, con sus
cabellos de serpientes, y de ti depende el traerla, querido Perseo. Así
es que como estoy deseando terminar los tratos para mi casamiento con la
princesa, cuanto antes vayas en busca de la Gorgona, más me
complacerás.
--Saldré mañana, por la mañana--respondió Perseo.
--Te ruego que lo hagas así, valiente joven--aseguró el rey--. Y al
cortar la cabeza de la Gorgona, ten cuidado de dar el golpe limpio para
no estropearla. La traerás aquí lo mejor acondicionada que sea posible,
porque la princesa Hipodamia es muy delicada de gusto.
Perseo salió del palacio, y apenas había pasado la puerta, el rey
Polidectes se echó a reir; le divertía mucho, tan malvado era, que el
pobre muchacho hubiese caído en la trampa. Pronto corrió la noticia de
que Perseo se había decidido a cortar la cabeza de Medusa con su
cabellera de serpientes. Todo el mundo se alegró al saberlo, porque casi
todos los habitantes de la isla eran tan malvados como el mismo rey, y
se hubiesen alegrado muchísimo de que les sucediese algún mal muy grande
a Danae y a su hijo. Parece que el único hombre bueno en aquella
desdichada isla de Serifo era el pescador. Cuando Perseo iba por la
calle, las gentes le señalaban con el dedo y le hacían muecas de
desprecio y le ridiculizaban, levantando la voz cuanto se atrevían.
--¡Ay!, ¡ay!--exclamaban--. Las serpientes de Medusa le van a morder
lindamente.
Ahora bien; en aquel tiempo vivían tres Gorgonas, y eran los monstruos
más extraños y terribles que hubieran existido desde que el mundo es
mundo, y después no se ha visto ni se volverá a ver cosa más terrible
que ellas. La verdad es que no sé por qué nombre de monstruo nombrarlas.
Eran tres hermanas, y parece que tenían cierta remota semejanza con las
mujeres; pero, en realidad, eran una temerosa y dañina especie de
dragones. De veras es difícil imaginar qué espantosos seres eran las
tres hermanas. Porque en vez de cabellos, tenía cada una en la cabeza
cien serpientes enormes, vivas todas, que se retorcían, se enredaban, se
enroscaban, sacando sus venenosas lenguas, ahorquilladas por la punta.
Los dientes de las Gorgonas eran terriblemente largos. Las manos las
tenían de bronce. Y el cuerpo cubierto de escamas, que si no eran de
hierro, eran por lo menos tan duras e impenetrables como él. También
tenían alas, y hermosísimas, os lo aseguro, porque todas las plumas eran
de oro purísimo, brillante, centelleante, bruñido, y figuraos cómo
resplandecería cuando las Gorgonas iban volando a la luz del sol.
Pero cuando alguien alcanzaba a atisbar un reflejo de aquel resplandor,
pocas veces se detenía a mirarlo, sino que corría y se escondía a toda
prisa. Acaso os figuráis que tenía miedo de que le mordiesen las
serpientes que servían de cabello a las Gorgonas, o de que le
destrozasen los terribles colmillos, o las garras de bronce. Todos esos
peligros, aunque grandísimos, no eran los más difíciles de evitar. ¡Lo
peor de aquellas abominables Gorgonas era que si un pobre mortal miraba
de frente a una de aquellas caras, estaba seguro, en el mismo instante,
de que su carne y sangre caliente se convirtiesen en piedra inanimada y
fría!
Así es que, como comprenderéis perfectamente, la aventura que el malvado
rey Polidectes había buscado para el pobre muchacho, era peligrosísima.
El mismo Perseo, cuando se detuvo a pensar en ello, no pudo menos de
comprender que tenía muy pocas probabilidades de salir con bien de ella,
y que era mucho más probable convertirse en estatua de piedra que
conseguir la cabeza de Medusa con su cabellera de serpientes. Dejando a
un lado otras dificultades, había una que hubiese puesto en apuro a
cualquier hombre de mucha más edad que Perseo. No sólo tenía que luchar
con un monstruo de alas de oro, de escamas de hierro, de larguísimos
dientes, de garras de bronce, con serpientes por cabellos, y cortarle la
cabeza, sino que mientras estuviese luchando contra él, no podía mirar a
su enemigo. Porque si lo miraba, al levantar el brazo para herirle se
convertiría en piedra y se quedaría con el brazo en el aire siglos y
siglos, hasta que el tiempo y el viento y el agua le destruyesen por
completo. Y sería bien triste que le ocurriese esto a un joven a quien
tantas cosas grandes quedaban por hacer y tanta felicidad que gozar en
este hermoso mundo.
Tanto desconsolaron a Perseo todos estos pensamientos, que no tuvo valor
para decir a su madre lo que se había comprometido a hacer. Por
consiguiente, cogió su escudo, se ciñó la espada y atravesó la isla,
yendo a sentarse a un lugar solitario; apenas podía contener las
lágrimas.
Pero cuando estaba más pensativo y triste, oyó una voz junto a él.
--Perseo--dijo la voz--, ¿por qué estás triste?
Levantó la cabeza de entre las manos, en las cuales la había escondido,
y ¡oh, asombro!, aunque creía estar completamente solo, encontró
a su lado un desconocido. Era un joven de aspecto animoso y
extraordinariamente inteligente, cubierto con una capa, y que llevaba en
la cabeza un gorro muy extraño y en la mano un bastón trenzado, también
de modo sorprendente, y colgada al costado una espada corta y muy
retorcida. Tenía aspecto de gran ligereza y soltura de movimientos, como
hombre acostumbrado a ejercicios gimnásticos, a correr y a saltar. Y,
sobre todo, tenía una expresión tan alegre, tan inteligente y tan
servicial--aunque, por supuesto, un poco maliciosa--, que Perseo no pudo
menos de animarse inmediatamente que le miró a la cara. Además, como en
realidad era valiente, le dió muchísima vergüenza que alguien le hubiese
encontrado con las lágrimas en los ojos, como a un chiquillo de la
escuela, cuando, después de todo, puede que no hubiera motivo para
desesperarse. Enjugóse los ojos, y respondió al desconocido prontamente,
poniendo la cara más alegre que pudo.
--No estoy triste--dijo--, sino pensando en una aventura que he
emprendido.
--¡Oh!--respondió el desconocido--. Cuéntame en qué consiste, y puede te
sirva yo de algo. He ayudado a muchos jóvenes en aventuras que al
principio parecían bastante difíciles. Acaso hayas oído hablar de mí.
Tengo varios nombres; pero el de Azogue me cae tan bien como otro
cualquiera. Dime en qué consiste la dificultad, y hablaremos del asunto
y veremos lo que se puede hacer.
Las palabras del desconocido animaron por completo a Perseo. Resolvió
contarle a Azogue todas sus dificultades, ya que las cosas no podían
ponerse peor que estaban, y acaso su nuevo amigo pudiera darle algún
consejo que le sirviese de algo. Así es que en pocas palabras le
explicó el caso: cómo el rey Polidectes necesitaba la cabeza de Medusa,
con la cabellera de serpientes, para dársela como regalo de boda a la
hermosa princesa Hipodamia, y cómo se había comprometido a ir a
buscarla, pero temía verse convertido en piedra.
--Y sería lástima--dijo Azogue con su maliciosa sonrisa--. Es verdad que
serías una estatua de mármol de muy buen ver, y que pasarían unos
cuantos siglos antes de que el tiempo pudiera desmoronarte del todo;
pero más vale ser joven unos pocos años, que estatua de piedra muchos.
--¡Oh, mucho más!--exclamó Perseo con los ojos húmedos otra vez--. Y
además, ¿qué sería de mi madre, si su hijo tan querido se convirtiese en
piedra?
--Esperemos que el asunto no tenga tan mal fin--repuso Azogue en tono
animoso--. Precisamente soy la persona que acaso pueda ayudarte más
eficazmente. Mi hermana y yo haremos todo lo posible por que salgas con
bien de esta aventura, que ahora te parece tan desagradable.
--¿Tu hermana?--repitió Perseo.
--Sí, mi hermana--respondió el desconocido--. Es muy sabia, te lo
aseguro; y en cuanto a mí, también suelo tener todo el talento que me
hace falta. Si tú eres valeroso y prudente, y haces caso de nuestros
consejos, no tienes que temer, por ahora, convertirte en estatua de
piedra. Lo primero que has de hacer es pulir el escudo, hasta que puedas
verte en él como en un espejo.
Esto le pareció a Perseo un principio de aventura más bien extravagante,
porque pensó que más importaría que el escudo fuera lo bastante fuerte
para defenderle de las garras de bronce de la Gorgona, que el que
estuviese bastante reluciente para poderse ver la cara en él. Pero
pensando que Azogue sabía más que él, inmediatamente puso manos a la
obra, y frotó el escudo con tal diligencia y buen deseo, que pronto
brilló como la luna en el mes de Diciembre. Azogue le miró y sonrió,
aprobando. Entonces, quitándose la espada corta y retorcida, se la colgó
a Perseo del cinto, en vez de la que llevaba.
--No hay espada en el mundo que pueda servir mejor al propósito que
llevas--observó--. La hoja tiene temple excelente, y corta el hierro y
el acero como un tallo tierno. Y ahora, en marcha: lo primero que
tenemos que hacer es ir en busca de las Tres Mujeres Grises, que nos
dirán dónde podemos encontrar a las Ninfas.
--¡Las Tres Mujeres Grises!--exclamó Perseo, a quien esto parecía
únicamente una dificultad más en la aventura--. ¿Quiénes son esas Tres
Mujeres Grises? Nunca he oído hablar de ellas.
--Son tres viejecitas muy raras--dijo Azogue, riendo--. No tienen más
que un ojo para las tres, y un diente. Tendrás que encontrarlas a la luz
de las estrellas o en las sombras de la noche, porque nunca se dejan ver
cuando brillan el sol o la luna.
--Pero--dijo Perseo--, ¿a qué gastar el tiempo con esas Tres Mujeres
Grises? ¿No sería mejor ir desde luego en busca de las terribles
Gorgonas?
--No, no--respondió su amigo--. Hay bastantes cosas que hacer antes de
encontrar el camino que te ha de llevar a las Gorgonas. No hay más
remedio que ir a caza de esas tres señoras. Y cuando las hayamos
encontrado, puedes estar seguro de que las Gorgonas no andarán muy
lejos. De modo que vamos ligerito.
Perseo tenía ya tanta confianza en la sagacidad de su acompañante, que
no hizo más objeciones, y aseguró que estaba pronto para emprender
inmediatamente la aventura. Empezaron a andar, y a buen paso. Tan
ligero, que a Perseo le costaba trabajo seguir a su amigo Azogue. A
decir verdad, se le ocurrió la peregrina idea de que Azogue llevaba un
par de zapatos con alas, lo cual, naturalmente, le ayudaba a las mil
maravillas. Y, además, al mirarle de reojo, porque no se atrevía a
volver del todo la cabeza, le pareció que también tenía alas a los lados
de la cabeza, aunque si le miraba de frente no se veían las alas, sino
un gorro muy raro. Lo que sí era seguro es que el bastón trenzado le
servía a Azogue de grandísima ayuda para caminar, y le hacía andar tan
de prisa, que aunque Perseo era muchacho fuerte, ya empezaba a perder el
aliento.
--¡Vamos!--exclamó al fin Azogue, que de sobra sabía, vivo como era, el
trabajo que a Perseo le costaba seguirle a su paso--; toma este
bastoncito, que me parece que lo necesitas bastante más que yo. ¿No hay
en la isla de Serifo mejores andarines que tú?
--Mejor podría andar--dijo Perseo, mirando atrevidamente los pies de su
compañero--, si tuviese un par de zapatos con alas.
--Buscaremos un par para ti--respondió Azogue.
Pero el bastón ayudaba de tal modo a Perseo, que no volvió a sentir el
menor cansancio. Parecía estar vivo en su mano y comunicar algo de su
vida a Perseo. Él y Azogue caminaban ahora al mismo paso, con la mayor
facilidad, hablando amistosamente, y Azogue contaba historias tan
divertidas sobre sus aventuras anteriores, y lo bien que su ingenio le
había servido en muchas ocasiones, que Perseo empezó a considerarle como
persona maravillosa. Evidentemente conocía el mundo, y nada es tan
encantador para un joven como un amigo que posea esta clase de
conocimiento. Perseo escuchaba con ansia, esperando aumentar su propio
ingenio con todo lo que oía.
Por fin recordó que Azogue había hablado de una hermana suya, que había
de prestar ayuda en la aventura que tenían emprendida.
--¿Dónde está?--preguntó--. ¿La encontraremos pronto?
--En cuanto la necesitemos--dijo su compañero--. Pero debo advertirte
que esta hermana mía tiene un genio completamente distinto del mío. Es
muy seria y muy prudente; no sonríe casi nunca; no se ríe jamás, y tiene
por regla no pronunciar ni una sola palabra cuando no tiene algo muy
profundo que decir. Ni tampoco escucha conversación alguna que no sea
absolutamente razonable.
--¡Pobre de mí!--exclamó Perseo--. No me atreveré a pronunciar ni una
sílaba delante de ella.
--Es una persona instruidísima, te lo aseguro--continuó Azogue--, y
tiene al dedillo todas las artes y las ciencias. En una palabra: es tan
asombrosamente sabia, que muchas gentes la llaman la sabiduría
personificada. Pero, para decirte la verdad, para mi gusto le falta
viveza, y dudo que a ti te pareciese tan agradable como yo para
compañera de viaje. Tiene cosas buenas, desde luego, y ya verás de
cuánto te sirve para tu encuentro con las Gorgonas.
Ya había anochecido casi por completo. Llegaron entonces a un sitio
completamente desierto, silvestre, cubierto de malezas y zarzas, y tan
solitario y silencioso, que parecía como si nunca nadie hubiese vivido
en él ni hubiese pasado por allí. Todo estaba vacío y desolado en el
crepúsculo gris, que a cada instante se hacía más obscuro. Perseo miró
en derredor, más bien con desconsuelo, y preguntó si tenían que ir mucho
más lejos.
--Chiss, chiss...--susurró su compañero--. No hagas ruido. Precisamente
éstos son el tiempo y el lugar propicios para encontrar a las Tres
Mujeres Grises. Ten cuidado de que no te vean antes de que tú las hayas
visto, porque aunque no tienen más que un ojo para las tres, es tan
perspicaz como media docena de ojos vulgares.
--Pero, ¿qué tengo que hacer--preguntó Perseo--cuando las encontremos?
Azogue explicó a Perseo cómo se las arreglaban las Tres Mujeres Grises
con su único ojo. Parece que tenían la costumbre de usarle por turno,
como si hubiese sido un par de lentes o--cosa que les hubiese convenido
mejor--un monóculo. Cuando una de las tres le había disfrutado durante
algún tiempo, se le sacaba de la órbita y se le daba a otra de las
hermanas, la cual inmediatamente se le ajustaba en la frente y gozaba un
ratito de la vista del mundo. Fácil es de comprender por esto que sólo
una de las mujeres veía, mientras las otras dos permanecían en la
obscuridad, y además, en el instante en que el ojo estaba pasando de
mano en mano, ninguna de las pobres señoras veía gota. He oído contar
muchas cosas extrañas en mi vida y he visto bastantes; pero ninguna, a
mi parecer, puede compararse con la rareza de estas Tres Mujeres Grises,
todas mirando con un ojo solo.
Esto mismo pensó Perseo, y estaba tan lleno de asombro, que llegó a
figurarse que su compañero se estaba burlando de él y que no existían en
el mundo semejantes mujeres.
--Pronto te convencerás de si es verdad o no--observó Azogue--. Chiss,
chiss, chiss... ¡Ya vienen!
Perseo miró ansiosamente a través de la obscuridad de la noche, y con
seguridad, a poca distancia, vió a las Tres Mujeres Grises. Como la luz
era tan escasa, no pudo darse cuenta exacta de qué caras tenían; sólo
descubrió que sus cabellos eran largos y grises; y cuando se acercaron,
vió cómo dos de ellas no tenían sino una órbita vacía en medio de la
frente. Pero en medio de la frente de su hermana había un ojo brillante,
que centelleaba como un diamante en una sortija, y tan penetrante
parecía ser, que Perseo no pudo menos de pensar que poseía el don de ver
en la media noche más obscura lo mismo que a mediodía. La vista de tres
pares de ojos de persona estaba concentrada en aquel ojo único.
De este modo las tres ancianas se arreglaban, después de todo, casi tan
cómodamente como si todas pudiesen ver a un tiempo. La que tenía el ojo
en la frente llevaba a las otras dos de la mano, mirando intensamente en
derredor suyo; tanto, que Perseo temía que pudiese atravesar con la
vista la espesa zarza tras de la cual él y Azogue se habían escondido.
¡Decididamente, era terrible encontrarse al alcance de ojo tan
penetrante!
Pero antes de llegar a la zarza, una de las Tres Mujeres Grises exclamó:
--¡Hermana, hermana Espanto, ya hace mucho tiempo que tienes puesto el
ojo! Ahora me toca a mí.
--Déjamelo un momento más, hermana Pesadilla--respondió Espanto--. Me
parece que veo algo detrás de aquella zarza.
--Bueno, ¿y qué?--respondió Pesadilla con malos modos--. ¿No puedo yo
ver tan bien como tú lo que haya detrás de la zarza? El ojo es tan mío
como tuyo, y me parece que sé usarle tan bien como tú, por no decir
mejor. Quiero que me lo entregues inmediatamente.
Pero al llegar aquí, la tercera hermana, cuyo nombre era
Quebrantahuesos, empezó a quejarse, y dijo que a ella era a quien le
tocaba tener el ojo, y que Pesadilla y Espanto siempre le querían sólo
para ellas. Para terminar la disputa, Espanto se quitó el ojo de la
frente y le levantó en la mano.
--Pues tomadle vosotras, y sea de quien quiera--exclamó--, y acabemos
con esta disputa necia. Por mi parte, me alegraré muchísimo de estar un
rato en la obscuridad. Agarrarle pronto, o me lo vuelvo a poner en la
frente.
Pesadilla y Quebrantahuesos extendieron las manos, procurando
ansiosamente arrebatar el ojo de la mano de Espanto. Pero como las dos
estaban ciegas, no acertaban a encontrar la maño de su hermana; y como
en aquel momento Espanto estaba tan ciega como ellas, tampoco acertaba a
poner el ojo en sus manos. Así, como comprenderéis fácilmente, las tres
viejas estaban en grandísimo apuro. Porque aunque el ojo brillaba y
centelleaba como una estrella, ninguna de las tres mujeres alcanzaba
una sola chispa de su luz, y estaban todas en obscuridad completa por su
demasiada impaciencia por ver.
A Azogue le divertía tanto ver a Pesadilla y a Quebrantahuesos
esforzándose en vano por encontrar a su hermana Espanto, que apenas
podía contener la risa.
--Ha llegado el momento--dijo en voz muy baja a Perseo--. Vivo, vivo,
antes de que alguna pueda pescar el ojo. ¡Quítaselo de la mano!
Y en un instante, mientras las Tres Mujeres Grises seguían disputando,
Perseo saltó de detrás de la zarza y se hizo dueño de la presa. El ojo
maravilloso, al pasar a su mano, centelleó más brillante que nunca, y
pareció mirarle a la cara con aire de inteligencia, con la misma
expresión que si hubiese tenido un par de párpados para hacer un guiño.
Las Tres Mujeres Grises no sabían nada de lo que había sucedido, y
suponiendo cada una de ellas que el ojo estaba en poder de una de las
otras, empezaron a disputar de nuevo. Por fin, Perseo no quiso que las
pobres viejas se insultasen más de lo necesario, y creyó que había
llegado el momento de las explicaciones.
--Señoras mías--dijo--, tengan ustedes la bondad de no disgustarse unas
con otras. Si hay aquí algún culpable, ese soy yo, porque tengo el
honor de llevar en la mano vuestro brillantísimo y excelentísimo ojo.
--¡Tú, tú tienes nuestro ojo! ¿Y quién eres tú?--chillaron a un tiempo
las Tres Mujeres Grises. Porque, naturalmente, se asustaron muchísimo al
oir una voz extraña y comprender que su vista había caído en manos no
sabían de quién--. ¡Ay, hermanas, hermanas! ¿Qué vamos a hacer? ¡Todas
estamos en la obscuridad! ¡Danos nuestro ojo precioso y único! ¡Tú
tienes dos para ti solo!
--Diles--apuntó Azogue a Perseo--que se lo entregarás en cuanto te hayan
dicho dónde puedes encontrar a las Ninfas que tienen las sandalias que
vuelan, el saco mágico y el yelmo de la invisibilidad.
--Mis queridas, buenas y admirables señoras--dijo Perseo, dirigiéndose a
las Tres Mujeres Grises--: no hay motivo para que se asusten ustedes de
ese modo. No soy un malvado, ni mucho menos. Les devolveré a ustedes el
ojo sano y salvo, brillante como nunca, en cuanto me digan dónde puedo
encontrar a las Ninfas.
--¿A las Ninfas? ¡Pobres de nosotras, hermanas! ¿Qué dice este
hombre?--gritó Espanto--. La gente asegura que hay muchísimas Ninfas:
unas que se pasan la vida cazando en los bosques, otras que viven entre
los árboles, otras que tienen cómoda habitación en el agua de las
fuentes. De ninguna sabemos nada nosotras. Somos tres ancianas
desdichadas, que vamos caminando en la obscuridad, que nunca hemos
tenido más que un ojo para las tres, y ahora nos lo han robado.
¡Devuélvenosle, buen desconocido; quienquiera que seas, devuélvenosle!
Y las tres mujeres extendían la mano, intentando coger a Perseo. Pero él
tenía buen cuidado de mantenerse fuera de su alcance.
--Respetables señoras mías--dijo, porque su madre le había enseñado a
emplear siempre la mayor cortesía--: tengo el ojo en la mano, y lo
conservaré con el mayor cuidado hasta que tengan ustedes la amabilidad
de decirme dónde están las Ninfas. Las que yo voy buscando son las que
tienen el saco encantado, las sandalias que vuelan y... ¿cómo se
llama?... ¡ah, sí!, el yelmo de la invisibilidad.
--¡Desgraciadas de nosotras, hermanas! ¿De qué habla este
joven?--exclamaron Espanto, Pesadilla y Quebrantahuesos, dirigiéndose
unas a otras con gran apariencia de asombro--. ¡Un par de sandalias que
vuelan! Pero, ¿no comprende que si tuviera la locura de ponerse
semejante calzado, los pies le echarían a volar por encima de la cabeza?
¡Y un yelmo de invisibilidad! ¿Cómo puede un yelmo hacer invisible a un
hombre, a no ser que le cubra de pies a cabeza? ¡Y, por si era poco, un
saco encantado! ¿Qué clase de bolso será ese? No, no, buen amigo; no
podemos decirte nada de todas esas maravillas. Tú tienes tus dos ojos, y
nosotras uno para las tres; mejor podrás tú que nosotras, pobres mujeres
ciegas, encontrar todo lo que necesitas.
Perseo, oyéndolas hablar de aquel modo, empezó a creer que, en realidad,
las Tres Mujeres Grises no sabían nada de lo que les preguntara, y le
daba pena tenerlas en apuro tan grande; tanto, que ya estaba a punto de
devolverles el ojo, pidiéndoles perdón por la molestia que les había
causado; pero Azogue le sujetó la mano.
--No consientas que se burlen de ti--dijo--. Estas Tres Mujeres Grises
son las únicas en el mundo que pueden decirte dónde encontrarás a las
Ninfas, y si no consigues saberlo, nunca conseguirás cortar la cabeza de
Medusa con los cabellos de serpientes. No te ablandes, y todo saldrá
bien.
Y sucedió como Azogue decía. Hay pocas cosas que la gente quiera más que
la vista de sus ojos. Y las Mujeres Grises querían al suyo como si
hubiese sido media docena. Viendo que no había otro medio de recobrarlo,
acabaron por decir a Perseo lo que necesitaba saber. Y en cuanto se lo
hubieron dicho, él, con el mayor respeto, puso el ojo en la órbita vacía
de una de sus frentes, les dió las gracias por su amabilidad y se
despidió de ellas. Antes de que el joven se hubiese alejado lo bastante
para dejar de oirlas, ya habían empezado otra disputa, porque dió la
casualidad de que había entregado el ojo a Espanto, que ya había
disfrutado de él antes de que empezase la cuestión con Perseo.
Es muy posible que las Tres Mujeres Grises tuvieran demasiada costumbre
de turbar su armonía con peleas de esta clase; lo cual era muy de
sentir, ya que no podían vivir unas sin otras y estaban, evidentemente,
destinadas a ser compañeras inseparables. Como regla general aconsejo a
todos, hermanos o hermanas, jóvenes o viejos, que no tengan más que un
ojo para disfrutarle entre varios, que cultiven la tolerancia y no se
empeñen en gozarle todos a un mismo tiempo.
Azogue y Perseo, entretanto, caminaban lo más de prisa que podían en
busca de las Ninfas. Las viejas les habían dado indicaciones tan
detalladas, que no tardaron mucho en encontrarlas. Eran muy distintas de
Pesadilla, Quebrantahuesos y Espanto, porque en vez de ser viejas, eran
jóvenes y bonitas; en vez de un ojo para tres, cada Ninfa tenía un par
de ojos muy brillantes, que miraban a Perseo con la mayor amabilidad.
Parecían ser muy amigas de Azogue, y cuando les contó la aventura que
Perseo había emprendido, no pusieron dificultad alguna para entregarle
los valiosos objetos que estaban confiados a su custodia. En primer
lugar, trajeron lo que parecía ser una bolsa pequeña, hecha de piel de
ciervo y primorosamente bordada, y le encargaron mucho que cuidase de
ella, para no perderla. Éste era el saco encantado. Las Ninfas sacaron
después un par de zapatos o sandalias con un lindo par de alas sujetas
al talón de cada una.
--Póntelas, Perseo--dijo Azogue--. Con ellas te encontrarás tan ligero
de pies como puedas desear para todo el resto del viaje.
Perseo empezó a ponerse una y dejó la otra en el suelo, a su lado. De
repente la sandalia que había dejado abrió las alas y saltó del suelo, y
probablemente hubiese echado a volar, si Azogue no hubiese dado un salto
y la hubiese atrapado al vuelo.
--Ten más cuidado--dijo a Perseo--. Los pájaros se asustarían si viesen
una sandalia volando a su lado.
Cuando Perseo se hubo calzado las dos sandalias maravillosas, se sintió
demasiado ligero para andar por la tierra. Dió un paso o dos, y--¡oh,
maravilla!--se levantó en el aire muy por encima de las cabezas de
Azogue y de las Ninfas, y le costó mucho trabajo volver a bajar. Las
sandalias con alas y todas las cosas de esta clase resultan muy
difíciles de manejar hasta que uno se acostumbra a ellas. Azogue se echó
a reir de la involuntaria ligereza de su compañero, y le dijo que era
menester no apresurarse tanto, porque aún tenían que aguardar a que les
trajesen el yelmo de la invisibilidad.
Las amables Ninfas sostenían el yelmo con su hermoso penacho de
ondulantes plumas, dispuestas a ponérselo en la cabeza a Perseo. Y
entonces sucedió el incidente más maravilloso de todos los que os vengo
contando. El momento antes de que le pusieran el yelmo, allí estaba
Perseo, joven, buen mozo, con ensortijada cabellera rubia y mejillas
sonrosadas, con la retorcida espada en el cinto y el bien pulido escudo
al brazo: figura que parecía hecha de valor, fuego y gloriosa luz. Pero
en cuanto el yelmo se apoyó en su frente blanca, ¡nada se vió ya de
Perseo! ¡Nada, sino el aire vacío! ¡Hasta el yelmo que le cubría con su
invisibilidad se había desvanecido!
--¿Dónde estás, Perseo?--preguntó Azogue.
--Aquí--respondió Perseo tranquilamente, aunque su voz parecía salir de
la transparente atmósfera--. Donde estaba ahora mismo. ¿No me ves?
--No te veo, no--respondió su amigo--. Estás oculto por el yelmo. Y si
yo no te veo, tampoco te verán las Gorgonas. Sígueme, y probaremos qué
tal maña te das para usar las sandalias con alas.
Con estas palabras, el gorro de Azogue abrió las alas, como si la cabeza
fuese a volar separándose de los hombros; pero todo su cuerpo se levantó
en el aire, y Perseo le siguió. Cuando hubieron subido unos cuantos
metros, el joven empezó a sentir cuán delicioso era dejar abajo la
tierra dura y poder volar como un pájaro.
Era ya completamente de noche. Perseo miró hacia arriba y vió la
redonda, brillante y plateada luna, y pensó que le gustaría más que nada
levantar el vuelo, llegar a ella y pasarse allí la vida. Entonces volvió
a mirar hacia abajo y vió la Tierra con sus mares y sus lagos y el curso
de plata de sus ríos, y los nevados picos de sus montañas, y lo ancho de
sus campos, y la mancha obscura de sus bosques, y sus ciudades de mármol
blanco.
Y con la luz de la luna cayendo sobre ella, era la Tierra tan hermosa
como pudiera serlo la luna misma o cualquier otra estrella. Y sobre
todo, vió la isla de Serifo, donde estaba su querida madre. Algunas
veces, él y Azogue se acercaban a una nube que, de lejos, parecía estar
hecha de vellones de plata, aunque cuando entraban en ella se
encontraban mojados y llenos de frío por la niebla gris. Tan rápido era
su vuelo, sin embargo, que en un instante salían de la nube otra vez a
la luz de la luna. Una vez pasó casi rozando a Perseo un águila que
volaba muy alto. Lo más hermoso de todo lo que vieron fueron los
meteoros, que centelleaban repentinamente, como si en los aires se
estuviesen quemando fuegos artificiales, y hacían palidecer la luz de la
luna muchas millas en derredor.
Mientras los dos compañeros volaban uno junto a otro, Perseo creyó oir a
su lado un ligero rumor, como si fuera el roce de un vestido: era al
lado opuesto a aquel en que veía a Azogue. Miró con atención, pero no
vió nada.
--¿De quién es este vestido--preguntó--que parece moverse a mi lado con
la brisa?
--¡Oh! ¡Es el de mi hermana!...--respondió Azogue--. Viene con nosotros,
como ya te lo había anunciado. Nada podríamos hacer si mi hermana no nos
ayudase. No tienes idea de lo sabia que es. ¡Y tiene unos ojos...! En
este momento te ve como si no fueras invisible, y apuesto cualquier cosa
a que ella es la primera que divisa a las Gorgonas.