VII

El vigilante enseñó á Tragomer la cordelería y le dijo:

--Ahí tiene usted la casa. Si quiere usted entrar, voy á llamar á

nuestro párroco...

Cristián se volvió hacia un marinero que le seguía y le dijo en inglés:

--Entre usted conmigo, Dougall.

El marinero, que llevaba al hombro una cajita de madera, tocó la boina

con la mano y se disponía á entrar, cuando el centinela le detuvo

diciendo:

--Tiene usted que dejar fuera la caja. No se puede entrar nada en los

edificios, sin autorización.

--La traemos, dijo el vigilante sacando un papel del bolsillo.

El marinero entró detrás de Tragomer en la barraca, donde sentados en el

suelo y con la espalda contra la pared, unos presidiarios estaban

trabajando en gruesas y duras maromas embreadas. Todas las cabezas se

levantaron con curiosidad y las manos, doloridas por el trabajo, se

detuvieron. Aquel rebaño humano dejó oir un gruñido, pero á la vista del

vigilante que cerraba la puerta, se produjo un silencio medroso. Los

tres hombres atravesaron un patinillo contiguo á las células de castigo

y vieron á través de la reja un espectáculo conmovedor. Un desgraciado

con la cabeza cubierta con un capuchón por cuyos agujeros lucían sus

ojos, estaba dando vueltas al rededor del patio, como una bestia feroz.

Andaba lentamente y su cadena sujeta encima de la rodilla preducía un

chirrido lúgubre. Enmascarado, solitario, silencioso, aquel hombre daba

espanto.

--¿Qué hace ahí ese hombre? preguntó Tragomer al vigilante.

--Se pasea durante media hora. Después volverá á entrar en su calabozo.

Es un escapado que fué cogido y le han condenado á dos años de célula.

No ve ni habla á nadie y vive en un nicho de tres metros de largo y uno

de ancho.

--¡Un _in pace_! murmuró con horror Tragomer. Esta es la suerte que

aguarda á los desgraciados que traten de escaparse...

--¡Ah! milord, si no se les tratase con dureza no habría medio de

entenderse...

--Y, sin embargo, es natural que un preso trate de fugarse.

--Es natural, pero eso nos produce muchas molestias. Por eso no somos

blandos con los que tratan de abandonarnos.

El solitario, metido en su capuchón, daba vueltas y vueltas. Cristián se

estremeció pensando que si Jacobo volvía á caer en manos de sus

guardianes le estaba reservada igual suerte, é instintivamente palpó en

su bolsillo el revólver que había puesto en él antes de salir. La muerte

era mil veces preferible al suplicio de aquel emparedado que no salía de

su tumba de piedra sino para dar vueltas velado, sin que los rayos del

sol ni la brisa del cielo pudieran tocarle la cara.

Pasaron por una fragua donde algunos presidiarios estaban martillando en

el yunque las esposas y las cadenas que iban á servir para sujetar á sus

compañeros de miseria. Después llegaron á una puerta sobre la que se

leía: Oficina auxiliar de las subsistencias.

--Aquí es, dijo el vigilante.

En una pequeña pieza amueblada con una mesa y dos bancos, Jacobo de

Freneuse estaba copiando en un registro unas notas amontonadas delante

de él. Levantó la cabeza y se sonrojó, al ver á su amigo, pero

permaneció en su sitio, pluma en mano, esperando la orden del vigilante.

--Puede usted dejar el trabajo mientras el señor esté aquí... Aquí

tiene usted los libros que está autorizado para traerle...

El marinero abrió la caja y sacó una biblia, un libro de viajes y unos

paquetes de tabaco.

--Creo que querrá usted aceptar estos cigarros, dijo Tragomer al

vigilante; no los hay así en la colonia. En cuanto al tabaco, ruego á

usted que se lo deje á este pobre muchaobo.

--Dé usted las gracias, 2317. Ahí tiene usted para varios meses, si no

se lo deja robar por los camaradas... ¡Vamos! Tiene usted suerte; todos

los visitantes no son tan generosos...

--Señor, muchas gracias, dijo humildemente el penado.

--Milord, cuando usted quiera marcharse, le espero en la lancha...

Usted no se perderá ya en el camino y yo tengo necesidad de ver al

comandante, que vive al otro lado del presidio... Tardaré una hora.

--Tómese usted el tiempo necesario... Yo no saldré hasta la hora

reglamentaria...

--Á las seis... Ya estará oscuro.

--Que se vaya con usted el marinero. Váyase, Dougall, y que no se

cambien en nada mis disposiciones.

El marinero saludó y siguió de cerca al vigilante. Tragomer los siguió

con la vista desde la puerta y observó que no tomaban el camino por el

que habían entrado, por lo cual no debían pasar, al salir, por delante

del centinela. La suerte se decidía en favor de Jacobo. Una vez cerrada

la puerta, Cristián se precipitó sobre su amigo y dijo, mirándolo hasta

el fondo del alma:

--¿Estás resuelto?

--Estoy resignado á seguirte, porque así lo quieres; decidido á sufrir

puesto que es preciso.

--Está bien. Tenemos pocos instantes disponibles. Hace dos horas que me

paseo por el presidio, para hacer tiempo, oyendo la charla de un idiota

que ha sido notario y de un mentecato que ha sido médico. ¡Pobre amigo!

Eso es lo que hubieran hecho de ti diez años de esta infernal

existencia. Más vale morir al tratar de ser libre.

Mientras hablaba, Tragomer se estaba desnudando. Debajo de su americana

blanca, traía una blusa de lana azul igual á la de Dougall y debajo del

pantalón, otro de la misma tela que la blusa. En seguida sacó del

bolsillo una boina bordada de rojo y un par de zapatos.

--¡Vamos! vivo... ¡Desnúdate! ¿No podrán sorprendernos?

--No, no vendrá nadie, si el vigilante se ha marchado realmente. ¿Pero

cómo me quito la cadena?

--¡Espera!

Tragomer sacó un martillo y una pequeña lima de acero montada sobre una

ballesta. Cristián no pudo menos de sonreir.

--¡Herramienta de ladrón!

Estaba ya manejando la lima con destreza y la limadura de hierro caía en

polvo sin producir el menor ruido. Al cabo de un cuarto de hora la

anilla del brazo estaba limada hasta la mitad de su espesor. Entonces,

un golpe seco con el martillo la hizo quebrarse. La operación fué más

fácil y más pronta para anilla de la pierna. La cadena cayó al suelo y

Jacobo pudo extender sus miembros, libres ya del infamante lazo.

Tragomer cogió la cadena y se disponía á ocultarla, pero Jacobo dijo:

--Arranca esas dos anillas; quiero llevármelas.

Libre de golpear en la cadena sin hacer daño al preso, Tragomer rompió

las dos anillas y se las metió en el bolsillo, mientras Jacobo, echando

fuera, el inmundo sayal de tela de sacos, se ponía el traje de marinero.

Una vez que lo tuvo puesto y que estuvo calzado con sus zapatos, Jacobo

apareció diferente de como estaba con la librea de presidiario; su

estatura resultó más alta y sus hombros más anchos. Ya no parecía

encorvado bajo el peso de su infamia, pero el semblante cetrino del

penado podía aún denunciarle. Tragomer, entonces, sacó un estuche de

pinturas y postizos, hizo sentar á Jacobo y como si le estuviese

pintando para un baile, le extendió en la cara un tinte de color de

ladrillo. Después le pegó cuidadosamente algunos pelos rojos en la

barbilla, y satisfecho de su obra, entregó á su amigo un espejito

redondo, diciéndole:

--Toma. ¿Te reconoces?

En vez de la cara de miseria y de desesperación del pobre 2317, Jacobo

vió en el espejo un vigoroso marinero quemado por el sol de los

trópicos. Tragomer le entregó un revólver y le dijo con terrible

resolución:

--Ahora, toma este arma, ¿Está convenido que no te cogerán vivo? Yo te

defenderé, si es preciso, hasta el último aliento.

--Puedes estar tranquilo, dijo Jacobo sonriendo, ¡La última bala será

para mí!

--Pues bien, ponte esa caja al hombro como la traía Dougall y vámonos.

Jacobo se volvió entonces hacia Tragomer y antes de pasar la puerta de

aquella miserable prisión donde tanto había sufrido, se arrojó en los

brazos de su amigo y dijo:

--Suceda lo que quiera, gracias, Cristián.

--Está bien, respondió Tragomer. Ahora, aseguremos las fisonomías y

adelante.

Salieron, atravesaron el patio en que estaba la fragua, entraron en la

cordelería donde los penados seguían desgarrándose los dedos contra las

duras maromas embreadas, y llegaron á la entrada del edificio, donde se

encontraba el centinela en su garita, apoyado en el fusil, y al abrigo

de los rayos del sol, ya oblicuos á aquella hora. Echó una ojeada á los

dos hombres, reconoció al visitante extranjero y al marinero que llevaba

la caja y no se movió. Tragomer, lívido de emoción y con el corazón

agitado, se llevó la mano al casco de corcho y dijo al pasar:

--Buenas tardes.

--Buenas, respondió el centinela.

Jacobo estaba en la calle mas no, todavía, fuera del presidio. Había que

pasar las fortificaciones. Pero Cristián no tenía miedo; apretaba en su

bolsillo el pase á su nombre y al de Dougall. Alentado por el primer

éxito, estaba dispuesto á hacer frente al vigilante y á forzar el paso

si era preciso. Las emociones pasadas producían en su cerebro una

excitación extraordinaria. En este momento estaba seguro de salirse con

su empeño. Llegaron á la verja y tuvieron la suerte de encontrarse con

una cuadrilla de penados que volvían del trabajo. El vigilante, muy

ocupado en contar sus hombres, juraba como un carretero porque dos

penados acababan de verter delante de la puerta un tonel de brea líquida

que apestaba la atmósfera.

--¡Ah! Los muy marranos... ¡Lo han hecho á propósito! aullaba el

vigilante. Ocho días de célula y pan seco... ¿Y ahora quién va á

limpiar esta porquería? No seré yo, por cierto. Sargento, detenga usted

ahí á estos animales hasta que todo esté limpio. Si no pueden quitarlo

con las manos que lo arranquen con la lengua...

En este momento vió á Tragomer y á su marinero que iban á salir.

--Ahora los ingleses, gruñó; bueno, pasen ustedes, no tenemos tiempo

para hablar...

Y se arrojó sobre los penados, sobre el sargento y sobro la brea,

Tragomer y Jacobo estaban fuera.

--¡Apuntémonos dos bazas! dijo Cristián en un acceso de alegría. Ahora

no tenemos tantas probabilidades en contra nuestra. Es preciso llegar á

la playa para escondernos y esperar la chalupa para llegar á bordo.

Volvieron la espalda al muelle y á la población y se dirigieron hacia el

mar. Los canacos, los libertos y los soldados que pasaban los miraban

con curiosidad. Al volver una cabaña, Jacobo tiró la caja y ya con sus

movimientos libres se puso al lado de Cristián. Atravesaron un

bosquecillo de tamarindos que interrumpía la duna y se encontraron

solos. Á lo lejos se veía la maleza que llegaba hasta cien metros de las

rompientes y unos bancos de coral cubiertos por espesa vegetación de

algas daban al agua un tinte de esmeralda.

--¡Mira! dijo Tragomer enseñando á Jacobo la extensión del mar... ¡El

yate!

El humo negro de las chimeneas culebreaba en el cielo al cruzar el navío

á un kilómetro de la costa, como estaba convenido. Á los rayos del sol

poniente, se recortaba con precisión el casco blanco del yate, muy poco

elevado sobre el agua. Se distinguían los menores detalles y hasta

pareció á Cristián que veía dos hombres en el puente. Uno de ellos debía

ser Marenval.

--Apresurémonos, dijo Tragomer. Dentro de una hora caerá el día

repentinamente y es preciso que nos escondamos. El vigilante me esperará

en vano en la lancha de administración, me buscará y tu fuga será

descubierta. Entonces empezará el peligro.

Estaban solos en la duna, rodeados de lentiscos y de altas hierbas

amarillas. Detrás de ellos, en lontananza, el presidio dibujaba sus

masas sombrías. Y en el mar, sosegado y tranquilo, el yate se deslizaba

suavemente. De pronto una nubecilla blanca apareció en una de las bordas

del navío y un instante después llegó á oídos de los fugitivos una

pequeña detonación.

--Nos han visto, dijo Tragomer. Es un tiro de fusil para llamarnos la

atención. Nos observan, sin duda, con un anteojo, pero no están seguros

de que seamos nosotros. ¡Respondámosles!

Sacó del bolsillo un largo trapo blanco, le ató al extremo de una rama y

le agitó tres veces en el aire á modo de bandera. Una nueva nubecilla de

humo y otra detonación indicaron á los dos amigos que su señal había

sido comprendida. Tranquilizados por la seguridad de que estaban en

comunicación con el yate, avanzaron á lo largo de los arrecifes para

alejarse de la zona peligrosa y poner el mayor espacio posible entre

ellos y sus perseguidores probables.

Se encontraban entonces en las rocas. Una especie de promontorio

avanzaba en el agua, formando una lengua de coral golpeada por todas

partes por las olas. Este cabo salía más de un kilómetro extendiéndose

sobre el mar como una serpiente dormida. Los dos amigos se metieron por

aquel camino que no tenía más de doscientos metros de ancho y que estaba

cubierto á uno y otro lado por las dunas. Cristián y Jacobo se dirigían

á la punta del cabo, que formaba un pequeño promontorio. De repente se

estremecieron. Acababa de sonar un cañonazo, luego otro y luego un

tercero á intervalos iguales. Al mismo tiempo el viento de tierra les

trajo un redoble de tambores que tocaban generala y un rumor confuso de

voces. Ambos se miraron palideciendo.

--¡Todo está descubierto! dijo Jacobo.

--¡Nos persiguen! añadió Tragomer.

Cristián lanzó una mirada en derredor. El sol, como un globo de fuego,

incendiaba las olas en que iba á sumergirse. Una hora más, y la noche

vendría á proteger la fuga con sus sombras benéficas. Pero había que

aguardar una hora y ya las cuadrillas de guardianes canacos, lanzadas

sobre la pista del fugitivo, debían estar registrando las dunas. Se

había visto pasar á Tragomer y en este momento se daban indicios ciertos

sobre la dirección que había tomado á aquellos ojeadores de caza humana.

--Ganemos la punta del promontorio y ocultémonos en las rocas, dijo

Cristián.

Avanzaron rápidamente y se metieron en una pequeña gruta, donde pudieran

respirar, ver y escuchar por unos instantes.

--Mira, dijo Tragomer, el yate vira de bordo y echa al agua la lancha de

vapor... Han comprendido el peligro y vienen á nosotros.

La lancha embarcó sus hombres y se deslizó rápida sobre las ondas. La

distancia que la separaba de tierra disminuía visiblemente. Ya la vista

experimentada de Tragomer distinguía á Marenval sentado en la proa. Pero

aquella tentativa atrevida atrajo hacia ellos un peligro mortal. Una

cuadrilla que registraba la maleza acababa de ver la lancha, y

suponiendo que su marcha hacia la costa estaba relacionada con la fuga

del penado, los canacos empezaron á dar gritos para reunirse y se

dirigieron en amenazador semicírculo hacia el promontorio en que estaban

refugiados los fugitivos.

Tragomer echó en torno una rápida ojeada y vió en el mar la lancha que

traía á Jacobo la salvación y detrás, en las rocas, la fuerza armada

pronta á todas las violencias para recobrar al preso. La barca estaba

separada de la punta de coral por unos mil doscientos metros. La

elección no era dudosa. Se quitó la americana y la camisa, se descalzó y

no conservó más que el pantalón, en cuya cintura puso un sólido

cuchillo. Después, dijo volviéndose hacia Jacobo, que lo había imitado:

--Si nos quedamos, arriesgamos el ser cogidos; si huimos podemos ser

muertos. No hay que vacilar. Además estaba convenido. ¡Al mar y sea lo

que Dios quiera!

Se abrazaron por última vez y se dejaron deslizar silenciosamente al

agua. Nadaron doscientos metros protegidos por la masa de las rocas,

pero pronto un gran griterío les advirtió que estaban descubiertos y una

lluvia de balas que silbaron por todas partes les probó que sus

perseguidores estaban decididos á impedir que se escapasen.

--¡Sumerjámonos! dijo Tragomer. Van á tirar otra vez.

Pero la descarga que esperaban no se produjo. Una barca mandada por un

vigilante y tripulada por doce remeros se destacaba de la costa é iba á

colocarse entre los fugitivos y los tiradores canacos. Al mismo tiempo

la lancha de vapor del yate forzó su máquina en dirección de los

nadadores. Durante unos minutos hubo una lucha silenciosa y conmovedora

entre los dos hombres que defendían su libertad y su vida y los que

trataban de quitárselas.

--¡Alto, la lancha, en nombre de la ley! ¡Alto! dijo la voz ronca y

furiosa del vigilante.

--¡Adelante! respondió con firmeza la voz de Marenval.

Los dos barcos estaban á cincuenta metros el uno del otro y entre ellos

los nadadores, tan próximos á ser presos por sus verdugos como recogidos

por sus salvadores.

--¡Alto! rugió de nuevo el vigilante, ú os echo á pique.

--¡Pasad por encima! exclamó Marenval, que se inclinó en la proa, como

para dar más autoridad á su orden.

--¡_Gahead_! gritó el timonel.

El vigilante disparó el revólver contra la lancha y la gorra blanca de

Marenval voló al mar atravesada por un balazo. En el mismo instante

resonó un crujido formidable. La lancha, lanzada á todo vapor contra la

chalupa, la había abierto por enmedio de las bordas. Se oyó un grito y

todo se hundió. Sobre las olas se veía solamente la lancha del yate.

--¡Á nosotros! gritó Tragomer levantándose sobre el agua.

En torno de los nadadores aparecían de nuevo luchando con las olas el

vigilante y los remeros. En este momento unos brazos vigorosos se

tendieron hacia los fugitivos y anhelantes, sofocados, casi sin vida,

Cristián y Jacobo fueron izados á la lancha salvadora.

--¡_Te kere_! dijo el timonel.

Los marineros se echaron al fondo de la lancha. Una lluvia de balas de

los canacos de la orilla pasó silbando por el aire. Al mismo tiempo

apareció otra chalupa haciendo fuerza de remos hacia el lugar de la

lucha.

--¡Al yate! gritó Marenval. Ya nos abrazaremos después.

La lancha viró y se dirigió hendiendo las olas hacia el navío. El sol

cayó en este momento como una bola de fuego en las olas y se hundió en

ellas. El crepúsculo se apoderó del mar y solamente se oyeron, á lo

lejos, allá, en la playa, los gritos de los canacos. Un marinero entregó

á Jacobo y á Cristián vestidos secos, y temblando aún, tanto por los

esfuerzos realizados como por el frío del agua, arrojaron sus pantalones

empapados y se vistieron. Hasta que estuvieron á bordo del yate no se

cambió ni una palabra.

--¿Y bien? preguntó el capitán inclinado sobre la borda.

--¡Está hecho! contestó Tragomer.

Por la escala de cuerda que pendía del flanco del navío subieron sobre

cubierta, la embarcación fué suspendida, y el yate volvió á tomar la

velocidad un punto interrumpida, con la proa hacia alta mar.

--¡Libre! mi pobre Jacobo, dijo entonces Marenval echando los brazos al

cuello del joven y mirándole con ternura. ¡Ya era tiempo de que

llegásemos! ¡Cómo ha cambiado usted!

Lavada por el agua del mar, sin pintura y sin postizos, la cara

enflaquecida de Freneuse aparecía macilenta y melancólica.

--Gracias, amigos míos, gracias por vuestra heroica abnegación. Quisiera

deciros toda la gratitud que hay en mi corazón, pero me faltan las

palabras. Perdonadme...

Gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas. Jacobo las enjugó con la

mano, ahogó un sollozo y haciendo un gesto de enfado se dirigió hacia la

popa del navío. Allí se sentó en un rollo de cuerdas y dejando caer la

cabeza entre las manos tomó una actitud de profunda meditación.

--Conviene dejarle solo, dijo Tragomer. Tiene necesidad de entrar en

posesión de sí mismo. La transición entre su aniquilamiento desesperado

y la vuelta á la vida ha sido muy brusca. Mañana estará más tranquilo,

sus ideas habrán entrado en orden y podremos interrogarle con fruto. Y

ahora, Marenval, reciba usted mis felicitaciones. Ha resistido usted á

las autoridades de su país con un aplomo admirable. ¡Está usted fuera de

la ley, amigo!

--¡Pardiez! Bien ha visto usted que aquel diantre de sargento quiso

matarme. Una de sus balas se llevó mi gorra y si da dos milímetros más

abajo se lleva la cabeza.

--¡Pero usted no le ha errado ni ha tardado en echarle al agua!

--Amigo mío, dijo gravemente Marenval, en aquel instante no había que

andar con paños calientes. Vi que todo se iba á perder si no echaba á

pique la tal embarcación y ¡qué diablo! no dudé.

--Hizo usted perfectamente, Marenval. Sin usted todo estaba perdido.

--Lo sé, y no estoy descontento de mi manera de obrar. Pero sepa usted

que no era de los carceleros de lo que yo tenía más miedo por todos.

Desde que nos separamos del yate, venía siguiéndonos un enorme tiburón

que parecía acechar el momento en que alguien cayese al agua. Es un

milagro que no haya intervenido en la pelea...

El movimiento de los barcos, los gritos de los canacos y la rapidez de

la acción le habrán espantado. Yo también temía la presencia de algún

escualo y me había provisto de un cuchillo para no dejarme devorar sin

defensa.

--Supongo, dijo fríamente Marenval, que se habrá dado un banquete con el

grueso sargento que tanto empeño tenía en fusilarme...

--¡Se va usted haciendo feroz, amigo mío!

--Yo soy así cuando se me saca de mis costumbres... Y á propósito ¿y el

buen Dougall?

--Conforme estaba convenido Dougall ha debido ir á la lancha de la

administración como si nada supiera. Seguramente ha sido detenido por el

vigilante que me acompañaba.

--¿Era el sargento grueso?

--¡No! Aquel no venía á perseguirnos, y me alegro. Era un buen hombre y

no hubiera querido hacerle mal. Tenía una manera tan cómica de llamarme:

"Milord"... Porque sepa usted, Marenval, que nadie quitará de la cabeza

á las autoridades coloniales que han sido los ingleses los que han dado

el golpe.

--Ha tomado usted todas las precauciones para que sea así. ¿Pero qué le

sucederá á nuestro marinero?

--Dougall es un muchacho muy inteligente. No sabe ni una palabra de

francés y á todas las preguntas que le hagan responderá: "No comprendo;

llevadme ante el cónsul de Inglaterra". Una vez ante el cónsul, está

salvado. No ha tomado parte en nada y se ha separado de mí en el momento

comprometido. El haberle abandonado prueba que no estaba enterado de

nuestros proyectos. Para las autoridades de Numea, que tienen nuestros

papeles, ese hombre pertenece á la tripulación del _Albert-Édouard_, del

puerto de Southampton. Llegado á alta mar el _Albert-Édouard_ se

convierte en el _Magic_, y que busquen. Durante este tiempo Dougall, con

las cien libras que le he dado, tomará el vapor para Sydney y, créame

usted, llegará á Inglaterra antes que nosotros, porque no tendrá que

atravesar ese endiablado canal de Torres, sembrado de escollos

peligrosos.

Marenval hizo un signo de asentimiento. Luego preguntó:

--¿Cree usted que nos perseguirán?

--Dentro de una hora lo sabremos. Pero eso no me inquieta. Corremos como

el viento y no será un aviso del Estado el que pueda darnos caza. Esos

ingleses saben hacer barcos, no hay que negarlo. Aquí tiene usted un

navío de recreo que corre como un torpedero.

--¿Mantendremos mucho tiempo esta velocidad?

--Hasta que salgamos de las aguas francesas. Una vez en las aguas

neutras tomaremos nuestra marcha de paseo.

--¿Y cuándo estaremos fuera do todo peligro?

--Hacia las doce de la noche.

--En ese caso, ¿le parece á usted que comamos?

--Á fe mía que me vendrá muy bien. Este baño me ha abierto un apetito

feroz.

--¿Llamamos á Jacobo?

--No; dejémosle tranquilo. Un camarero le traerá un plato con fiambres y

él comerá si tiene hambre. La soledad es buena para ese espíritu

alterado.

Los dos amigos bajaron al comedor. Jacobo, solo en la popa bajo la vela

hinchada por el viento, apoyado en la borda y aniquilado de cansancio

por los esfuerzos impuestos á su cuerpo debilitado, dejó su débil cabeza

balancearse á merced del vaivén del barco, y en la dulce y tibia noche

experimentó por primera vez después de mucho tiempo una sensación

deliciosa de paz y de tranquilidad. Sentía bullir bajo sus pies la

poderosa máquina y pensaba que cada vuelta de aquel rápido motor le

alejaba de la cautividad y lo acercaba á los que le amaban y no habían

cesado de llorarle.

Sus miembros estaban como entumidos, pero su pensamiento se destacaba

poco á poco como de una bruma y aparecía luminoso y activo. Su vista

recorrió la extensión del mar y allá, á lo lejos, en el límite del

horizonte, vió la luz del faro como un punto luminoso apenas perceptible

y que disminuía hasta borrarse, como un signo de la desgracia. Estaba

libre y rodeado de amigos é iba á ver á las personas que amaba. Pero al

mismo tiempo se encaminaba á la lucha.

Una arruga apareció en su frente. La libertad le imponía terribles

deberes; tenía que justificarla descubriendo el verdadero culpable. Su

evasión no podía tener excusa si no enviaba al criminal, hasta entonces

impune, á ocupar su puesto en la cordelería, al lado de la fragua en que

los penados forjaban sus propias cadenas. Instintivamente extendió el

brazo y con alegría se sintió libre de la dura anilla. En su puño se

veía, y se vería por largo tiempo, la señal causada por el brazalete de

vergüenza.

Todos los horrores de su infamante vida se presentaron á su imaginación

y acudió á su memoria la imagen del capellán que le exhortaba á la

resignación en memoria de los sufrimientos divinos. Entonces no esperaba

que cambiase su destino. Lo veía encerrado para siempre en aquel recinto

de dolor y de miseria y aceptaba su espantoso porvenir con ánimo sumiso.

Un impulso de agradecimiento se apoderó de su pensamiento; levantó los

ojos al cielo, y en aquel imponente silencio de la mar desierta, bajo el

firmamento bordado de estrellas, rezó en acción de gracias á la

divinidad que le había salvado.

El camarero se acercó á Jacobo y puso á su alcance las provisiones que

sus amigos le enviaban, sin que él lo echase de ver, sumido en su

meditación. El yate había apagado sus fuegos para escapar más fácilmente

á una posible persecución y en el mar sin límites, el espíritu de

Jacobo, sereno y fortificado, reposaba ya en una tranquilidad absoluta.

En aquel momento no dudó que haría brillar su inocencia con pruebas

irrefutables.

Una firme convicción reemplazó á la duda que le había torturado tanto

tiempo hasta hacerle sospechar si en un momento de embriaguez que no

recordaba habría, en efecto, cometido el crimen. Ahora se sentía en

posesión de otra conciencia y se convertía en otro hombre libre

corporalmente y dueño de su pensamiento.

Permaneció toda la noche meditando en el mismo sitio, sin que los pasos

del hombre de cuarto que recorría acompasadamente el puente le

arrancasen á sus reflexiones. No vió al capitán que de pie en su sitio

de honor velaba doblemente aquella noche. Se encontraba en una especie

de exaltación que abolía para él todas las percepciones exteriores, para

no dejarle sino las sensaciones íntimas, que eran deliciosas, porque

encontraba en ellas todo el tesoro de su delicadeza, de su fe, de su

honor, que le había sido arrebatado brutalmente durante aquellos dos

años nefastos.

El alba blanqueaba haciendo palidecer á las estrellas. El viento

refrescaba y la primera cuadrilla de marineros de servicio apareció en

el puente. Jacobo suspiró, comprendiendo que tenía que salir de las

esferas inmateriales en que su espíritu se había reconfortado durante

aquella velada y entrar en la vida corriente y positiva. Y cuando el día

sucedía repentinamente á la noche, Jacobo se levantó y miró en derredor

suyo. Por todas partes el mar estaba libre. Dos leguas á la derecha un

gran vapor avanzaba pesadamente hacia las islas Loyalty. Por detrás ni

un punto sospechoso. Por delante la extensión ilimitada, sin una

embarcación, sin una vela.

--Querido Jacobo, dijo la voz de Tragomer; estamos salvados. Ahora

podemos respirar.

Freneuse se volvió. Su amigo salía de la cámara y venía hacia él. Jacobo

le tendió la mano sonriendo.

--Perdóname, dijo, que te dejara ayer tarde.

Estaba como una fiera escapada de su jaula y á quien asusta el aire

libre y el ancho horizonte. Tenía necesidad de esconderme, de buscar un

rincón sombrío, falto ya de la costumbre de vivir libre... La

servidumbre es una arruga que no se hace desaparecer fácilmente. Ahora

ya estoy repuesto.

Tragomer apoyó la mano en el hombro de su amigo.

--Tienes dos meses delante de ti para entrar de nuevo en posesión de ti

mismo. Nuestro viaje va á ser por eso convenientísimo. Poco á poco

volverás á tus costumbres de dignidad y cuando llegues á Europa serás el

Jacobo de otro tiempo.

Por la frente de Freneuse pasó una sombra.

--¡Jamás!, dijo. El Jacobo de otro tiempo ha muerto. Se ha quedado en el

presidio con la cadena del penado. El Jacobo que te llevas no tendrá más

que una preocupación en la vida, la de hacer olvidar á los que le aman

las penas que les ha causado.

--Lo apruebo, dijo Cristián, porque es justo. Pero ven conmigo á tu

camarote... Te vestirás mientras Marenval se levanta; él no es tan

madrugador como yo y además las fatigas y las emociones de esta terrible

jornada le habrán rendido... Pero está contento y orgulloso. No daría

su expedición por el doble de lo que le ha costado... Lo único que

siente es no llevarse la gorra atravesada por la bala del vigilante.

¡Qué trofeo para un hombre pacífico!... Pero aquí tenemos á nuestro

capitán...

Un joven rubio, de cara sonrosada, se adelantó hacia ellos.

Tragomer dijo:

--M. Edwards, presento á usted á mi amigo el conde de Freneuse. En este

momento no está del todo presentable, pero usted le verá dentro de un

momento más correcto.

--Celebro, caballero, dijo el marino con un acento inglés muy

pronunciado, haber contribuído á sacarle de penas... Lo que mis

patrones me habían contado me ha hecho fácil y agradable el servicio que

les he prestado... Hemos arriesgado algunas cosillas, añadió el inglés

sonriendo; pero en este momento estamos bajo la protección de esa

bandera...

Y el capitán señaló orgullosamente al pabellón británico que flotaba en

el palo de popa.

--¿De modo que está usted enteramente tranquilo? preguntó Tragomer.

--Estoy en el mar qué pertenece á todo el mundo; soy dueño de mi barco;

y si alguien quisiera hablarme, le respondería con esto.

Dió un golpe amistoso en una de las largas piezas de cobre que iban

perezosamente echadas en el puente, y añadió con una hermosa confianza

nacional:

--Y toda Inglaterra estaría detrás de mí.

--¿Dónde estamos en este momento y á dónde nos dirigimos? preguntó

Tragomer.

--Estamos atravesando Bowen, en Australia, y tenemos la proa hacia Nueva

Guinea. Voy á acortar la marcha, para no agotar inútilmente nuestras

carboneras, pues no podremos llenarlas hasta Batavia. Vamos á navegar á

la vela.

--Haga usted lo que crea conveniente, capitán. Nuestro interés es

dejarnos llevar.

Bajaron al salón y se dirigieron á los camarotes. Por primera vez desde

hacía mucho tiempo Jacobo encontraba el lujo y la comodidad á que estaba

acostumbrado desde la niñez. Le habían preparado un ancho camarote

amueblado con una cama, un armario de espejo y un lavabo. En todos los

detalles brillaba la limpieza inglesa y Jacobo encontró con alegría

infantil los cepillos, los frascos y los utensilios de tocador que

constituyen los cuidados y la elegancia de la vida.

Se dejó caer en una butaca mirando al rededor, como si no se cansara de

contemplar lo que veía; pero de repente palideció. En la cabecera de la

cama y en marcos de oro acababa de ver los retratos de su madre y de su

hermana. Vestidas de negro, tristes y desmejoradas, parecían llorar al

ausente. El día antes de salir de Southampton, Marenval había recibido

aquellas fotografías destinadas á Jacobo y que representaban una promesa

de perdón.

--¡Qué cambiadas están! dijo Jacobo después de un largo silencio.

--Y sin embargo, en ese momento empezaban á esperar...

--¿Cómo hacerlas olvidar lo que han sufrido por mí?

--¡Oh! Muy fácilmente. En las madres y en las hermanas hay tesoros de

indulgencia. Les bastará volverte á ver. Lo que más daño les ha hecho no

es creerte culpable, sino saber que eras desgraciado.

--Dime cuál ha sido su existencia desde hace dos años.

--La de dos reclusas voluntarias. Han huído del mundo á quien acusaban

de tu pérdida, y se han confinado en su casa para llorar á sus anchas.

Todo lo que no fueses tú era extraño para ellas. Todo lo que no

participaba de su fe en tu inocencia y de su desolación por tu martirio,

fué separado sistemáticamente. Yo mismo...

--¿Tú, Cristián? exclamó Jacobo con sorpresa.

--Sí, yo; porque en el primer momento de estupor incliné la cabeza ante

la sentencia que te condenaba; porque no reaccioné bastante pronto

contra la infamia que te era impuesta, fuí rechazado por tu madre y por

tu hermana..., ¡por tu hermana, á quien amo, por María, que estuvo aún

más dura que su madre! Su puerta se me cerró, como si yo fuera un

importuno ó un enemigo... Y á pesar de mis esfuerzos nada pude

conseguir hasta que di con los primeros indicios del error de que habías

sido víctima. Sólo entonces la señora de Freneuse consintió en verme y

no puedes figurarte la intransigencia de tu hermana... Hasta el último

minuto no se presentó delante de mi y si me estrechó la mano fué porque

afirmé que iba á arriesgar mi vida por salvarte.

--¡Querida María! Y tú, pobre Cristián, también has sido desgraciado por

mi causa...

--Pero tomaré un brillante desquite. Cuando te arroje en sus brazos

tendrá que reconocer que no soy un ingrato ni un indiferente, su altivez

se humanizará y la volveré á ver como en otro tiempo, sonriente y

afectuosa.

Jacobo se puso grave y dijo con lentitud, como si pesase las palabras:

--Hace veinticuatro horas, Cristián, estoy reflexionando sobre todo lo

que me has revelado. La noche que precedió á mi evasión, mientras yo

temblaba por sus consecuencias, y anoche, en fin, cuando me encontré

libre entre las inmensidades del mar y del cielo y en presencia de Dios,

pensé en todo lo que tiene de extraño tu relato y resolví perseguir la

prueba del crimen que se ha cometido conmigo. Me he convencido de que mi

primer deber es rehabilitarme. Mi madre y mi hermana han llorado durante

dos años; yo he padecido torturas inconcebibles, mientras los verdaderos

culpables se regocijaban por mi pérdida y se reían de mi vergüenza. Son

unos monstruos y quiero castigarlos. Si Lea está viva, si Sorege es

cómplice de su desaparición y la sustituyeron con otra víctima, es

preciso que la verdad brille y que se sepa qué móviles les guiaron y

cómo lograron engañar á la justicia y á mí mismo. Es indispensable que

me digas todo lo que sabes y que yo te cuente lo que ignoras. Porque

ante los jueces no lo he dicho todo, no podía decirlo. He dejado sin

esclarecer ciertos misterios porque no quise comprometer á alguien á

quien yo creía extraño al asunto. Pero ¿quién sabe si me engañaba?

Cuando hayamos restablecido los hechos de un modo verosímil, ya que no

real, convendremos el modo de obtener el resultado que ambicionamos.

--¡Al fin! Estas son las palabras que yo esperaba, que yo preveía,

exclamo con fuego Cristián. ¿No lo has dicho todo ante los jueces? ¿Has

temido comprometer á quién? ¡Acaso á los mismos que te perdían! Pero

vamos al fin á comprenderlo todo y á descifrar este enigma... Esperemos

á Marenval, que tiene derecho á saber lo mismo que nosotros.

En el mismo momento se abrió la puerta, y Cipriano se adelantó hacia

Jacobo con las manos tendidas, sonriente y dichoso.

--¡Y bien! ¿Nuestro pasajero empieza á reponerse de sus emociones?

--Vuestro protegido no tendrá bastante con todo su corazón para

agradecer lo que habéis hecho por él.

--Querido amigo, nos quedan dos meses de vivir juntos y tendremos tiempo

para congratularnos mutuamente. Porque, salvación aparte, vamos á hacer

con usted un viaje admirable. Y como pasaremos nuestro tiempo en

penetrarnos de su inocencia, tendremos una completa seguridad de

espíritu.

Marenval, con su buen sentido, infundió calma en los ánimos ya muy

exaltados de los dos jóvenes y les volvió al equilibrio recordándoles la

justa noción del tiempo y de las cosas.

--Mi querido Jacobo, ante todo es preciso devolverle á usted una figura

humana. El ayuda de cámara va á venir á afeitarle, á peinarle. En el

armario encontrará usted ropa blanca y vestidos á su medida. Se sentirá

usted con más aplomo cuando esté lavado y mudado. No hay como

encontrarse en su traje ordinario para volver á sus costumbres. Cuando

esté usted listo, véngase al comedor. Almorzaremos y después, si nos

conviene, charlaremos.

El criado entró. Marenval y Cristián dirigieron un ademán amistoso á su

huésped y salieron del camarote.

En el fondo del abismo: La justicia infalible · 第 18 / 24 题