VI

La chalupa de vapor se detuvo al pie de la escalera del muelle y un

sargento de infantería de marina tiró con un gancho de la embarcación

para facilitar el desembarque del pasajero. Éste se levantó de la popa,

donde estaba sentado al lado del timonel y dijo en inglés:

--Esperadme aquí hasta que vuelva. Acaso tardaré largo tiempo; que ni un

solo hombre baje á tierra.

--Muy bien, master Cristián.

Tragomer vestido de tela blanca y llevando en la cabeza el casco

colonial de corcho, saltó con ligereza á las losas mojadas de la

escalera y subió al muelle. Una bandada de canacos vestidos de sórdidos

oropeles se agolpó delante del viajero. El sargento exclamó rudamente.

--¡Atrás! atajo de brutos...

Y levantando un revenque que tenía en la mano pareció dispuesto á poner

de acuerdo sus actos con sus palabras. Los indígenas hicieron plaza al

recién llegado y éste se encontró solo en presencia del jefe del puesto.

--¿Ha desembarcado usted del pequeño navío inglés; caballero?

--Sí, dijo Tragomer con un fuerte acento inglés, he desembarcado para

todo el día. Quisiera visitar el establecimiento penitenciario...

--Hay que pedir permiso al gobernador.

--¡Ah! ¿Y dónde está el gobernador?

Con la habitual complacencia francesa, el sargento buscó con la vista al

rededor y viendo un vigilante canaco que estaba holgazaneando sentado en

el parapeto de la estacada, le gritó:

--¡Derinho! Vas á acompañar hasta el palacio á este señor extranjero...

No encontrará usted al gobernador, caballero; está haciendo un viaje á

bordo del aviso de guerra... pero le recibirá á usted su secretario...

Si, son las tres y debe estar allí todavía... Si por casualidad se

hubiera marchado, lléguese usted al café de la _Cousine_.

--Gracias, dijo sonriendo Tragomer, y no queriendo ofrecer dinero al

digno sargento, sacó del bolsillo una petaca de paja de Manila y la

presentó al jefe del puesto.

--Hágame el favor de aceptar un cigarro.

--¡Con mucho gusto!... ¡Cáspita! ¿Ha pasado usted, al venir, por la

Habana?

Cristián vació la petaca en las manos del soldado y, saludándole, siguió

al guía que le esperaba.

--Esta vez, exclamó alegremente el soldado viendo alejarse al viajero,

si atrapo el cáncer del fumador, no será con colillas...

Y encendiendo voluptuosamente un cigarro de banquero, continuó su

interrumpida ronda de vigilancia. Hacía un calor sofocante apenas

dulcificado por la brisa del mar. La isla de Nou extendía enfrente de la

rada su costa baja orlada de espuma y en el cielo sin nubes se

recortaban las agrestes y verdosas cimas de la isla de los Pinos. La

bahía estaba animada por el movimiento de las chalupas y de los

lanchones conducidos por marineros canacos. Un gran barco carbonero

estaba llenando sus calas y repartía en derredor una mancha negra,

mientras algunos navíos mercantes, con las velas plegadas en las vergas

y las chimeneas inactivas, balanceaban su mole sobre las ondas azules.

Unos cuantos metros más lejos, un yate blanco, armado en goleta, de poca

altura sobre el agua y cortado para carreras, levantaba su chimenea

amarilla por la que se escapaba un ligero penacho de humo: En el palo de

popa flotaba la bandera inglesa y el movimiento de la tripulación en el

puente indicaba que el navío tenía sus calderas encendidas y estaba

pronto á marchar.

Por un paseo de árboles cuya vitalidad no honraba á la administración

colonial, Tragomer entró en la población precedido por el guía. Como

hacía buen tiempo, una espesa capa de polvo cubría el camino, que en la

época de las lluvias debía convertirse en un río de cieno. Á uno y otro

lado se veían algunas tiendas poseídas por expenados y que ofrecían á la

población objetos de utilidad ó de lujo. Las muchachas canacas, con sus

sombreros trenzados y sus vestidos de algodón de colores, pasaban, de

vuelta del mercado, mostrando las cestas llenas de pescados y

respondiendo con sonrisas á las miradas de los soldados de marina. El

vigilante acortó el paso y Tragomer vió delante de él una construcción

bastante vasta en la que se ostentaba la bandera tricolor.

--¡Palacio!... dijo con énfasis Derinho, escupiendo un charco de saliva

enrojecida por el betel.

--Bien, respondió Tragomer, que divisó al centinela apoyado

negligentemente en su fusil á la sombra de la garita.

Cristián dió una moneda al guía y entró en el palacio. Una cuadrilla de

penados estaba componiendo el techo de un pabellón y el vigilante,

sentado en una viga, fumaba tranquilamente. Sobre una puerta Tragomer

leyó: "Administración penitenciaria--Despacho del Gobernador--Secretaría

general;" Entró y un empleado soñoliento levantó la cabeza al oir pasos

y dijo con voz agria:

--¿Qué desea usted?

--Hablar con el señor secretario...

--¡Otro inglés! murmuró el empleado; y levantándose perezosamente entró

en la habitación contigua.

--Pase usted, dijo reapareciendo un momento después.

El secretario estaba medio echado en una butaca, con el chaleco

desabrochado y la corbata deshecha. Al ver al visitante se levantó,

indicó con mano negligente un sillón enfrente del suyo y con una cara

que expresaba grande asombro, pues nadie iba á aquel país sin estar

obligado, dijo:

--¿Á quién tengo el honor de hablar?

--Sir Cristián Fergusson, de Liverpool, y aquí tiene usted una carta del

cónsul de Francia en Colombo que me recomienda á la benevolencia del

señor Gobernador.

--¿El señor es inglés? dijo el secretario cogiendo el papel con amable

indiferencia. Sí, no vemos visitantes si no son ingleses ó americanos.

Los franceses no vienen jamás... Esos no viajan... ¿Para qué venir,

por otra parte, á este endiablado país? ¡El establecimiento! ¡Los campos

penitenciarios! ¡Bonito espectáculo! En fin, cada uno su gusto...

Echó una ojeada á la carta y continuó:

--Está usted haciendo un estudio comparativo del régimen penal de las

naciones europeas... ¡Ingrato trabajo! Hay que ver de cerca á los

penados, como nosotros los vemos, para darse cuenta del escaso partido

que se puede sacar de ellos para colonizar... ¡Mal ganado, caballero,

mal ganado! ¡Y difícil do conducir! Todos creen, al llegar aquí, que van

á estar en Jauja. Los hay que están en las cárceles de Francia y matan

para ser enviados á la Nueva Caledonia... Ven la colonia á través de

sus sueños y cuando se encuentran con la realidad viene el desencanto.

Aquí no gozan de una existencia de plantador ó de sibarita... ni con

mucho. Creen que van á pasar el tiempo fumando en la orilla del mar,

como parisienses de veraneo, y se sublevan cuando ven las cuadras, los

dormitorios en que duermen encadenados, los vigilantes revólver en

mano... ¡Oh! Cuando se portan bien, la administración es paternal con

ellos. Se les admite en las oficinas, se dulcifica su suerte y se les

hace casi dichosos... Pero ¿cuántos se hacen dignos de esos

favores?... La mayor parte no tienen más que una idea: robar y

escaparse...

El secretario tomó aliento. Su oyente le había escuchado con una

atención que le halagaba, y ya se preparaba á proseguir, cuando Tragomer

le preguntó:

--¿Son frecuentes esas evasiones?

--Muy frecuentes, pero casi siempre inútiles. Para que un penado se

pueda escapar, es preciso que le recoja un navío. Tuvimos en otro tiempo

la evasión de Rochefort con Olivier Pain, que se cita como una especie

de leyenda. Pero es preciso gastar mucho dinero y tener cómplices fuera

para que salga bien una tentativa semejante... Generalmente, los que se

escapan se meten en las malezas y viven allí como bandidos corsos, hasta

que los cogen los canacos ó se rinden ellos mismos... Su única

probabilidad de salvación es apoderarse de una lancha y tratar de llegar

á la Australia... Pero entonces corren el riesgo do morirse de hambre ó

de que se los coman los tiburones.

--¿Y dónde se escapan más fácilmente?

--En la isla Nou... El último que nos jugó esa partida consiguió

despojar de su uniforme al vigilante y atarle como un salchichón...

Después se escapó en su lancha, pero se le alcanzó en el mar y fué

preso... Es un antiguo sacerdote, condenado por atentado al pudor. ¡Oh!

un buen punto... Le echaron encima cinco años de célula... Allí puede

decir sus rezos á la sombra.

El secretario se echó á reír, pero se repuso ante la calma imperturbable

de su interlocutor.

--¿Hay en este momento penados cuya conducta sea ejemplar y que merezcan

los favores de que me hablaba usted hace poco?

--¡Ah! Ya veo que está usted haciendo averiguaciones serias, dijo el

secretario, mirando con curiosidad á Cristián.

--Sí; voy á publicar un trabajo á mi vuelta á Inglaterra, en el

_Century-Magasine_... y deseo reunir datos.

El secretario cogió un librote, lo hojeó y dijo:

--Tenemos en el almacén un antiguo notario condenado á veinte años por

haber arruinado un pueblo entero de provincia... Nos presta muy buenos

servicios... Aquí, en el hospital, hay un médico condenado á

perpetuidad por haber envenenado á su querida... Estuvo admirable, hace

poco tiempo, cuando la epidemia de viruela: sin su abnegación, no sé

cómo hubiéramos salido del paso... Yo no quiero que me cuide otro

médico cuando esté malo... Y la familia del gobernador forma parte de

su clientela...

--¡Muy curioso! dijo Cristián. Verdaderamente francés!

--Amigo mío, contestó el secretario, no hay que andarse con prejuicios

ante el peligro. Es mejor ser curado por un presidiario que morirse

tratado por un santo.

--_Yes_. ¿Y hay otros?

--Sí; le indico muy particularmente un joven de buena familia condenado

á perpetuidad por haber matado á su querida. Ha caído en un misticismo

extraordinario, hasta el punto de edificar con su piedad al capellán. Si

el señor gobernador le dejase libertad para ello y los reglamentos lo

permitieran, se haría cura... Nos hemos visto obligados á separarle de

los demás penados, que le colmaban de injurias y de malos tratamientos y

hubieran acabado por matarle, tomándole por un espía destinado á

denunciarles.

--¿Y cómo se llama ese hombre tan extraño?

--Se llamaba Freneuse. Ahora está matriculado con el número 2317.

Tragomer se estremeció, su cara se cubrió de palidez y su corazón se

oprimió dolorosamente. Respondió, sin embargo, con calma:

--¿Me será posible ver al notario, al médico y á ese apóstol?

--Sí, si así lo desea usted.

--Creo que me será útil.

--Pues voy á dar á usted un permiso.

--Será usted muy amable.

El funcionario escribió unas líneas y dijo:

--Doy orden para que pongan á la disposición de usted la lancha de la

administración; eso simplificará todas las formalidades. El patrón

acompañará á usted.

--_¡All right!_

--Pero son las diez dadas. ¿Ha almorzado usted?

--No; no he hecho más que desayunarme esta mañana. Si quiere usted

permitir á un viajero con el que ha sido usted tan complaciente, que le

invite á almorzar, llegará al colmo de su buena hospitalidad... tan

francesa.

--Realmente, soy yo quien debe hacer los honores...

--Me disgustaría usted, dijo Cristián sonriendo.

--Pues acepto.

Se puso la corbata, se abrochó el chaleco, cogió el sombrero y salió

precediendo á Tragomer.

El mismo día, á las tres, la lancha de la administración, impulsada, por

seis vigorosos pares de remos que manejaban otros tantos presidiarios,

atracaba en la isla Nou, y Cristián, conducido por el patrón del barco,

se dirigía al establecimiento penitenciario. En la muralla que rodea el

campo de los penados se apoyaba un pequeño edificio en cuya puerta se

leía, en letras negras y rojas, estas palabras: _Pretorio

disciplinario_. Era el tribunal ante el que comparecían los

indisciplinados para responder de sus fechorías. Un estrado y unos

cuantos bancos guarnecían la sala, cuyas paredes estaban tendidas de

cal.

--Siéntese usted un instante, milord, dijo el vigilante. Voy á buscar al

2317 y se lo traeré... Puede usted fumar si gusta..., no huele á rosas

aquí.

Tragomer inclinó la cabeza sin responder, y se apoyó en el estrado desde

el cual se distribuían castigos á aquellos desgraciados que parecen, sin

embargo, haber llegado al máximum del sufrimiento. Una indecible

angustia le oprimía el corazón. Había llegado al fin de su empresa; el

presidio le había abierto sus puertas y dentro de un instante iba á

encontrarse en presencia del que venía á buscar desde tan lejos.

Conocía ya su estado moral, pues el secretario se lo había descrito

claramente; pero ¿cuál sería su estado físico? ¿Cómo habría soportado la

terrible prueba de la vida común con tantos bandidos? ¿Qué habría sido,

después de dos años, del hermoso Freneuse? ¿Habría persistido el vigor

en aquel cuerpo sometido á repugnantes trabajos, á privaciones de

alimento y á un clima mortífero? ¿No le habría minado y destruído la

pena? ¿Llegaría á tiempo la salvación? Se oyeron pasos, la puerta se

abrió y el vigilante dijo.

--Entre usted. Aquí está el extranjero que tiene autorización para

verle.

Tragomer se volvió. Quería que Jacobo no pudiera reconocerle al entrar.

No sabía si el vigilante les dejaría solos y temía que un grito, un

ademán, una palabra, redujesen á la nada toda su combinación. El

vigilante se acercó á él:

--Milord, aquí está el personaje. Está un poco chillado, ¿sabe usted?

Escuche sus tonterías el tiempo que guste y cuando se canse no tiene más

que llamarme. Yo me quedo á la puerta.

Tragomer experimentó una tranquilidad deliciosa. Iba á poder hablar

libremente á su amigo. Ahora ardía en deseos de volverse y de verle. Le

sentía allí, á tres pasos, humilde y obediente, esperando sus órdenes.

Veía de reojo su silueta miserable con el traje de lienzo del presidio.

Una sombra interceptó la claridad de la puerta; era el vigilante que

salía. Cristián, entonces, se volvió y poniéndose un dedo en los labios

como para recomendar la prudencia á su amigo, avanzó hacia él sonriendo.

Jacobo de Freneuse no hizo un gesto ni pronunció una palabra. Un tinte

lívido invadió su cara enflaquecida y afeitada, sus ojos se agrandaron

asustados como á la vista de un espectro, tembló con todos sus miembros

y, las manos juntas, los labios balbucientes, dijo muy bajo, como si

temiera hacer desvanecerse aquella dichosa visión:

--¡Cristián! ¡Cristián! ¿Es posible? ¡Cristián!

Las lágrimas brotaron de sus ojos tristes y dulces y se deslizaron por

sus demacradas mejillas. Y se quedó allí inmóvil, el pecho anheloso y

medio muerto de angustia y de esperanza. De pronto percibió á su amigo

que venía hacia él, sintió que dos manos afectuosas estrechaban las

suyas y oyó una voz que decía:

--¡Cuidado! El vigilante puede oírnos, y todo se perdería... ¡Jacobo!

¡Mi pobre Jacobo! ¡En qué estado te encuentro! Mírame... que yo vea tus

ojos... ¡Cómo has debido sufrir para llegar á esta delgadez, á este

abatimiento!...

Le atrajo al ángulo más lejano de la sala, donde era difícil verlos é

imposible oirlos desde fuera. Se sentaron en un banco y Tragomer cogió

en sus brazos al pobre mártir y le estrechó contra su corazón riendo y

llorando á la vez. Jacobo, sin embargo, trataba de desasirse, como

avergonzado.

--¿No te causo horror? dijo con amargura. Mira mi traje y este número,

que es ya mi único nombre, ¡Estás abrazando á un presidiario, Tragomer!

¡Bien sabes, sin embargo, que soy un asesino!

--¡No! Sé que eres inocente y acabo de navegar millares de leguas para

decírtelo y para ayudarte á probarlo. Jacobo, bésame en la mejilla; la

última boca que se ha posado en ella es la de tu madre.

--¡Mi madre! dijo Jacobo con extravío. ¿La has visto, vienes de su parte

y me traes sus besos? ¡Oh! Cristián, he aquí un momento que me compensa

de muchas penas... ¿Se habrá el cielo apiadado de mí? Pero no me

escuches... ¿Qué importa lo que yo digo? ¿Qué puedo decirte? Mi vida se

resume en la palabra desgracia. ¡Háblame! Tengo sed de oirte!...

--Los instantes que hemos de estar juntos son preciosos, Jacobo mío. He

entrado aquí con nombre falso. Me creen inglés. Tengo un navío anclado

en el puerto. Marenval, pronto y decidido á todo, me espera.

--¡Marenval! ¿De dónde viene ese celo imprevisto?

--De sus remordimientos por no haber hecho bastante por tu causa y de su

deseo de reparar su falta.

--Pero ¿qué intentáis?

--Escucha. En el momento de la sentencia protestaste de tu inocencia con

toda la energía de que eres capaz. Nadie te creyó. Los que más te

amaban, pensaron que habías obrado en un momento de locura, pero con

gran dolor suyo, tuvieron que privarse de defenderte. El asesinato era

un hecho cierto, evidente, indiscutible.

--Sí, dijo Jacobo, pero no le había cometido yo. En la cárcel, durante

la prisión preventiva, me cogía la cabeza con los manos y me volvía

loco, porque, como tú dices, la evidencia me aplastaba. Y, sin embargo,

yo sabía bien que era inocente. Cuando los testigos desfilaban delante

de mí en la sala de audiencia, y todos probaban mi crimen; cuando el

fiscal tomó la palabra para acusarme, yo me preguntaba si mi razón me

había abandonado, porque todos decían cosas que yo no podía negar ni

refutar y, sin embargo, sabía que era inocente. Mientras la notable

defensa de mi abogado, yo comprendía que ninguno de los argumentos con

tanta inteligencia aducidos por él llevaba la convicción á los ánimos, y

oí mi sentencia sin asombro alguno. Sin embargo, era inocente. ¿Cómo se

explica, Cristián, que se puedan producir iniquidades semejantes, que un

desgraciado pueda ser entregado á los verdugos sin haber hecho nada para

ser torturado, que se le insulte, que se le humille y que se le

encadene, si no hay en su destino un castigo del cielo con el que ha

sido ingrato? Nada ocurre en la vida sin que tenga una razón

determinante; la dicha ó la desgracia se merecen por los esfuerzos

hechos en el sentido del bien ó del mal. Yo nací bajo una influencia

dichosa; la fortuna repartió en torno mío sus más preciosos dones, y yo,

en vez de aprovechar esas influencias favorables para levantarme más y

más, las usé para descender hasta la más horrible conducta. He afligido

á los míos con mis caprichos y mis faltas. No puedo comprender esta

catástrofe final sino como una expiación de mi mala vida. He meditado,

he llorado, he sufrido y me he inclinado bajo la mano que me hiere, para

merecer su misericordia por mi resignación.

--¿Así pues, has renunciado á toda esperanza de justificarte?

--¿Cómo probar hoy lo que no pude hace dos años? Para perderme se

unieron mil circunstancias misteriosas. Tenía una deuda con el destino y

la estoy pagando.

--¿Y si yo hubiera descubierto la trama misteriosa y criminal de esas

circunstancias misteriosas?

--¿Sabrías tú lo que yo me maté inútilmente por saber?

--Lo sé.

--¿Cómo lo has descubierto?

--Por casualidad.

--¿Conoces al culpable?

--Todavía no, pero sé que no pudiste ser tú.

--¿Has descubierto al verdadero asesino de Lea Peralli?

--No lo he descubierto, por la sencilla razón de que Lea Peralli está

viva.

Los ojos de Jacobo se pusieron fijos como si los atrajera una visión

lejana y horrorosa. Movió la cabeza y dijo:

--La vi bañada en sangre. ¡Estaba muerta!

--Y yo la he visto llena de fuerza y de salud. ¡Estaba bien viva!

Una sombra de espanto pasó por la mente de Jacobo: el infeliz creyó que

la locura venía de nuevo á asaltar su mente. Bajó la voz y dijo con

terror:

--¡Cristián! ¿Estás seguro de no delirar? Tengo miedo por mi razón en

algunos momentos. Los testigos, los jueces, todo el mundo ha estado de

acuerdo. Yo estoy aquí con esta inmunda librea de presidiario porque Lea

Peralli murió asesinada. ¿Qué significaría todo este rigor, toda esta

infamia, si yo no tuviera que responder de un crimen cierto? ¿Qué

formidable y monstruosa mistificación se habría cometido? ¿Y qué decir

de los que se hubieran prestado á ella?

Se echó á reir sordamente; después sus ojos se llenaron de lágrimas.

Bajó la cabeza, como para ocultar el llanto, y el movimiento acompasado

de sus labios hizo creer á Cristián que estaba rezando.

--Jacobo, no puedo explicarte cómo ha sucedido todo esto, pero te afirmo

que es cierto. Se ha cometido un error que no califico, porque me faltan

palabras para ello, pero se ha cometido. Tu inocencia, en la que nadie

ha querido creer, es cierta. Si se ha cometido un crimen no has sido tú

el autor. Así lo he asegurado á tu madre y á tu hermana cuya

desesperación he logrado apaciguar temporalmente. Así lo he declarado á

uno de los magistrados que estudiaron tu causa, que te creía culpable y

á quien he hecho dudar con mis afirmaciones. He probado tu inocencia á

Marenval y ese escéptico, ese egoísta, ha sido presa de tal entusiasmo

que ha fletado un navío, ha dejado sus placeres, y ha atravesado los

mares desafiando peligros, fatigas y responsabilidades para acompañarme

hasta ti. Y cuando llego á decirte que el crimen por el que estás

condenado no se ha cometido, ¿serás tú el único que no quiera creerme?

--¡Pero se ha cometido un crimen! exclamó Jacobo con espanto. Veo

todavía aquella mujer muerta, con su cabello rubio y su cara

ensangrentada é informe...

--¡Informe!

--¿Quién era aquella mujer, si no era Lea?

--Eso es lo que vengo á preguntarte.

El presidiario se torció las manos, angustiado por su ignorancia, que él

creía mortal.

--¡No sé! ¡No puedo saber! ¿Cómo quieres que sepa? ¡Oh! Me estás

atormentando... Déjame en mi abyección y en mi rebajamiento... ¿Á qué

querer remontar la corriente? ¡Estoy perdido sin apelación! El destino

no cambia. Soy un desgraciado víctima de fatalidades inexplicables y en

vano tratarás de arrancarme á mi suerte. No me revoluciones el

pensamiento con esperanzas irrealizables. Déjame: no espero más que el

reposo y el olvido de la muerte.

--¿Á tal abandono de ti mismo has llegado? exclamó Tragomer. ¡Qué! el

efecto de la miserable condición en que vives hace dos años ha sido tan

rápido y tan completo que renuncias á justificarte y á confundir á los

culpables?

--Tú no sabes, Cristián, las torturas mortales que he padecido. ¡Todo me

es indiferente ya!

--¿Hasta ver á tu madre y á tu hermana?

--¡Oh! no... Eso solamente, eso es lo que deseo. ¿Pero cómo lograr esa

dicha? Soy un presidiario. Por muy benévolos que sean mis carceleros, no

puedo esperar la libertad antes de años y años, y aun entonces no podré

volver á Francia. Sería, pues, preciso que mi madre y mi hermana

viniesen aquí y cuando ahora no han venido contigo es que juzgan que es

imposible y no lo harán jamás. Ellas y yo moriremos sin habernos vuelto

á ver. Eso es lo que me desgarra el corazón, Cristián; acepto mi

miserable suerte, me resigno á sufrir, pero no á que sufran los que amo.

Dejó caer la cabeza hasta las rodillas y así, con el cuerpo

enflaquecido, encorvado en su sayal de tosco lienzo, se echó á llorar

como un niño. Al oir ese ruido el vigilante apareció en la puerta y

viendo á Tragomer sentado con el preso, que lloraba á lágrima viva,

dijo:

--¡Ah! ¿Está contando su historia y eso le conmueve? No es mal muchacho,

aunque haya dado un mal golpe... Si todos aquí fueran como él, nuestro

oficio no sería duro... Se podría tener humanidad... Pero la mayor

parte, milord, son buenos mozos que le matarían á uno si no tuviera el

revólver en la cintura... ¿Se cansa usted de hablar con él? Me le

llevaré...

--Un instante, dijo Tragomer con calma. Ha logrado conmoverme y quiero

conocer el fin de su aventura...

--Como usted guste.

Y el vigilante encendió un cigarrillo y fué á sentarse en la sombra para

esperar al visitante.

--Ya ves, Jacobo, que tenemos los instantes contados. Voy á tener que

dejarte y nada te he dicho de nuestros proyectos. Si esperas aquí que se

pruebe tu inocencia, pueden pasar años. Tu madre puede morir sin haberte

visto y tú mismo puedes desaparecer. Además es imposible que

establezcamos las verdaderas responsabilidades y que desembrollemos la

maraña de pruebas enredada al rededor de tu cabeza, si no estás á

nuestro lado para trabajar y guiarnos. La obra emprendida será lenta y

más lenta todavía la justicia. Hay que obrar y adelantarnos á ella

atrevidamente.

--¿Qué has soñado? preguntó Jacobo con estupor.

--Que te escapes.

--¡Yo!...

--Si... No debe ser difícil... Tú gozas, según me han dicho, de una

libertad relativa. Trabajas y duermes en un edificio que depende de las

oficinas... ¿Á qué hora de la noche te encierran?

--No puedo decirte nada, contestó Jacobo con rudeza. Me tientas en

vano... No quiero escaparme.

--¿Rehusas la libertad?

--No quiero tomármela.

--¿Crees que te la darán?

--Si tienes las pruebas de mi inocencia, intenta la revisión del

proceso...

--¡Qué! ¿No comprendes que nos estrellaremos contra todas las

dificultades acumuladas por tus enemigos, y que tenemos que contar con

la mala voluntad de la justicia? Empieza por huir; después probaremos

que no eres culpable, te empeño mi palabra...

Jacobo alzó la frente. En las frases de su amigo, le habían conmovido

dos palabras: tus enemigos. Hasta entonces había acusado de su

infortunio á la casualidad y la oscuridad impenetrable que rodeaba su

pensamiento había contribuído á apaciguarle. El misterio, que al

principio le exasperaba, fué después una causa de resignación. Pero, de

pronto, Tragomer arrojaba en su espíritu una levadura inesperada y su

calma se veía turbada por una repentina fermentación. ¡Sus enemigos!

Quería conocerlos y una ardiente curiosidad reemplazó á su indiferencia

envilecida.

--¿Crees que mi pérdida ha sido preparada por personas que tenían

interés en hacerme daño?

--No me cabe duda.

--¿Las conoces?

--Sospecho que sí.

--Dime sus nombres.

Tragomer vió en los ojos de su amigo que la vida moral renacía en él.

Jacobo de Freneuse empezaba á reaparecer.

--Si te nombro al que sin duda alguna urdió toda la intriga, te vas á

estremecer de horror ante una acción tan baja y tan cobarde de un ser

con el que tenías derecho á contar, que no ignoraba nada de tus

pensamientos ni de tus acciones y que estaba seguro de perderte, por lo

mismo que habías confiado completamente en él. Figúrate otro yo; imagina

que has sido vendido por otro Cristián, y si buscas tan cerca de tu

corazón, encontrarás al hombre que buscas.

La fisonomía del desgraciado tomó una expresión terrible; sus ojos se

agrandaron como si vieran un espectáculo aterrador, sus manos temblaron

al levantarse hacia el cielo y en un grito inconsciente lanzó este

nombre:

--¡Sorege!

Tragomer sonrió con amargura.

--¡Ah! No has vacilado; no podía ser otro. Sí, el sensato y cauteloso

Sorege es el que ha vendido y deshonrado á su amigo...

--Pero ¿por qué, exclamó en tono de furiosa protesta el desgraciado;

¿por qué?

--Eso es lo que le preguntaremos á él mismo y lo que tendrá que

confesarnos, te lo juro, cuando lo cojamos los dos por nuestra cuenta.

He visto ya su palidez y sus temblor cuando comprendió que yo sospechaba

su infamia. Si entonces no hubiera temido descubrirle mis proyectos, le

hubiera confundido, porque podía hacerlo. Pero en eso caso se hubiera

escapado y tú no podrías salvarte. Le tranquilicé, por el contrario, y

le dí una falsa pista para conservar mi libertad de acción. Si Sorege se

pusiera en guardia, sus cómplices serían advertidos y las pruebas

desaparecerían. Ahora comprendes, Jacobo, que es preciso que salgas de

aquí sin tardanza. La ocasión es admirable. Tenemos un navío á nuestra

disposición. Mañana podemos darnos á la mar y esa es la salvación, la

libertad y la rehabilitación.

--¡Me vuelves loco! exclamó dolorosamente el penado. Tantos pensamientos

nuevos y tan repentinos en un pobre cerebro entumecido y cansado, es un

sufrimiento atroz. ¿Qué hacer? ¿Desperdiciar en un momento las pruebas

de cordura y de resignación que he logrado dar?... ¿Exponerme, si me

cogen, á pasar por un hipócrita y un embustero? ¡Tragomer, no puedo!...

Abandóname á mi destino...

--Jacobo, si no vienes de grado, te robaré por fuerza, dijo Cristián con

terrible resolución. Estoy dispuesto á todo. He jurado á tu hermana que

te devolvería á su cariño... ¿Comprendes? á tu hermana María, á quien

amo y que no será mía si no te salvo... No se trata solamente de ti,

sino de mí mismo, y yo sé lo que quiero y lo que debo hacer. Vendré al

frente de mis hombres y te arrebataré á mano armada, si á ello me

obligas. Arriesgaré en esta lucha mi vida y la suya, pero les pagaré lo

que haga falta y no vacilarán... ¡Decide!

--Pues bien, te obedezco, dijo Jacobo con repentina resolución. Para

evitar tantas desgracias, me expondré yo solo al peligro... ¡Pero, qué

riesgos! Salir de aquí no es nada... Un traje para que no sea

reconocido fuera del campo...

--Te llevaré á un sitio convenido un traje como los de nuestros

marineros.

--Será preciso que gane la playa y que espere la noche para que venga á

buscarme la embarcación.

--Estaré contigo... Yo no te dejo.

--Pero la barca no podrá abordar sin ser descubierta, y habrá que ir á

buscarla á nado... ¿Tendré yo la fuerza suficiente?

--Yo te sostendré... y te llevaré si es preciso.

--¿Y los tiburones? ¿Has pensado que pululan por estas costas y que hay

cien probabilidades contra una de ser devorado por ellos? Son los

mejores guardianes de la isla y la administración lo sabe bien...

Apenas vigila el mar, tan peligrosa es la evasión.

--Nos aprovecharemos de esa confianza... y en cuanto á los tiburones,

los desafiaremos... Quinientos metros, ó menos, á nado... Además,

iremos armados y la lancha de vapor vendrá en un momento á nuestro

socorro.

--Pues bien, sea lo que Dios quiera... Hasta mañana, pues... Vete, no

despertemos sospechas, ya que la resolución está tomada... Separémonos.

Se dieron un apretón de manos y Tragomer sintió en el vigor de la mano

de Jacobo que éste no faltaría á su palabra.

--Me voy, amigo, dijo al vigilante. Puede usted llevarse á su

pensionista...

Al llegar á la puerta, el vigilante preguntó á Cristián:

--¿Le ha interesado á usted, milord? Es un pobre diablo completamente

inofensivo... Anda por todas partes en libertad y no hay peligro de que

quiera escaparse... Aunque le dejaran la puerta abierta no se iría...

Ande usted, 2317, váyase solo á su departamento; yo voy á acompañar á

milord...

Jacobo inclinó la cabeza para ocultar la animación de su fisonomía, y

saludando á Cristián balbuceó:

--Hasta la vista, señor; no olvide usted que me ha prometido libros.

--Convenido. Hasta mañana.

El penado se alejó y Cristián lo siguió impasible con los ojos.

--Está algo loco, dijo al vigilante, pero creo, como usted, que es

inofensivo...

--Un niño, milord.

--¿Dónde habita?

--Ahora le enseñaré á usted el sitio. Es al lado del capellán, en un

pabellón que sirve de depósito de cordelería... El olor del cáñamo es

sano y está bien allí... Y, después, puede hablar con el capellán...

¡Oh! Ese es su gran recurso y parece que tiene ideas muy extrañas... Un

poco chiflado, como usted dice... Ahí tiene usted su chirívitil...

Tragomer se detuvo.

--Bueno; iré á visitarle mañana, pues vendré á ver también al médico y

al notario...

--¡Ah! ¿Los _Monthyons_? dijo riendo el vigilante.

Y al ver la mirada de extrañeza de su interlocutor, continuó:

--Los llamamos así porque podrían concurrir al premio de virtud si se

diera aquí como en París... ¡Una broma, milord! Sí, son las personas

honradas del presidio...

--Volvamos á Numea, dijo Tragomer. Mañana vendré á la misma hora...

¿Habrá que pedir nuevo permiso?

--Es indispensable, aunque ya es usted conocido

--¿Y usted me acompañará?

--Seguramente.

Llegaron al muelle donde los remeros dormían en la lancha, expuestos al

sol y mecidos por la ola ligera que iba á morir al pie de la escalera.

El vigilante dió un agudo silbido con un pito colgado al uniforme, y los

penados, turbados en su sueño, se incorporaron con los ojos asombrados y

las caras lívidas.

--Puede usted embarcar, milord. ¡Adelante!

La embarcación hendió con su proa las aguas de la bahía, mientras

Tragomer, perdido en sus pensamientos, se dejaba mecer por el movimiento

acompasado de los remos al hundirse en el mar.

Una hora después Cristián subía con ligereza la escala del yate y

saltaba al puente por la cortadura... Marenval, imposible de reconocer

con su traje de franela blanca, gorra marina con galones de oro, tez

curtida y barba descuidada, se lanzó al encuentro de su amigo y

llevándole á la popa, bajo una toldilla de lona que abrigaba al puente

de los rayos del sol;

--¿Y bien? preguntó con ansiedad. ¿Le ha visto usted?

--Acabo de dejarle.

--¿Todo está arreglado?

--¡No sin trabajo!

--¿Que me cuenta usted?

--La triste verdad. He necesitado casi amenazarle para decidirle á

escapar.

Marenval hizo un gesto de asombro.

--¿Habremos llegado tarde? ¿No tendrá ya la fuerza y la energía

necesarias para evadirse?

--Tiene fuerza. Lo que le faltaba era la voluntad.

--¿Prefería quedarse?

--Sí. Estaba bajo la influencia de no sé qué ideas de resignación

fatalista; tenía horror á la lucha, al esfuerzo. La acción le espantaba.

Hubo un momento en que creí que su razón había volado... Esa espantosa

existencia es muy á propósito para quebrar los caracteres más enteros;

cuanto más fino es el temple de un alma, más rápidamente es destruída

por semejantes pruebas... He tenido que revelarle la traición de Sorege

para hacerle entrar en posesión de sí mismo... ¡Oh! Entonces sí saltó

de furor y gritó de desesperación... De este modo me apoderé de él.

--¿Qué han resuelto ustedes?

--El plan más sencillo es siempre el mejor. Mañana le llevaré una blusa,

un pantalón y una boina de marinero. Me quedaré por la noche, bajo

pretexto de visitar el interior de la isla por la mañana temprano, y

ayudaré á Jacobo á llegar á un punto de la costa, donde esperaremos la

oscuridad ocultos en las quebraduras de las rocas. Entonces vendréis con

la chalupa de vapor á pasar por la isla, lo más cerca posible, en cuanto

cierre la noche, lo que es aquí obra de algunos minutos... Nosotros nos

echaremos al mar y llegaremos á nado á la embarcación. Si grito,

forzaréis la velocidad hacia nosotros, pues será que estemos en peligro.

En pocos instantes se decidirá nuestra salvación ó nuestra pérdida.

--¿Y el navío?

--El navío pedirá sus papeles mañana y pasará la visita, de modo de

levar anclas á las siete de la noche. Es preciso que le encontremos á la

altura de la isla Nou en condiciones de dar en un momento el máximum de

velocidad. Podríamos ser perseguidos... Hay un vapor en la rada y si da

la alarma, se nos dará caza en un instante.

--No hay nada que temer; nuestro yate anda bien.

--Y si nos cañonean...

Marenval se calló y su mirada se dirigió hacia los cuatro cañones cuyas

bocas de cobre asomaban por la borda.

--Tenemos con qué defendernos ¿verdad? ¿Es eso lo que usted pensaba?

preguntó Tragomer.

--Sí, dijo Marenval, Pero entonces nos convertimos en verdaderos

filibusteros y la ley no se anda en bromas en esos casos. Hay que tratar

de que no haya conflicto...

--¿Y si, á pesar de todo, es inevitable?

--¿El capitán y la tripulación obedecerán?

--El capitán es inglés y no se dejará coger. Su gente es disciplinada y

le obedecerá.

Marenval dió un suspiro. Había previsto las dificultades y el peligro

que se presentaban. Pero tomó valientemente su partido.

--Saldremos adelante, dijo. Hasta ahora todo ha resultado bien. Hemos

tenido un tiempo magnífico; la travesía ha sido feliz; nuestro yate es

capaz de andar diez y ocho nudos por hora durante doce, sin sufrir

avería. El resultado dependerá de la actividad con que os ayudemos

mañana por la noche. Puede usted contar con que todo se hará según su

deseo. Yo no dejaré el puente y ¡qué diablo! si hay que jugar el todo

por el todo pura socorreros, se jugará...

Caía la noche. Los fuegos de la isla Nou se encendieron poco á poco en

la bruma transparente que se extendía por el mar, y, en lontananza, se

dibujó la forma del presidio, de los campos y de los almacenes,

contorneada por los faroles que los alumbraban. En aquella rada

silenciosa, en medio de la oscuridad rápidamente caída sobre las ondas,

aquel cuadro de presidio revelado por las luces que servían para vigilar

á sus míseros habitantes, infundía en el pensamiento de los dos amigos,

una profunda tristeza. ¡Cuántos dolores, cuántas penas y cuántas cóleras

fermentaban en aquella ciudad del crimen y de la vergüenza! Bajo el

cielo límpido y tachonado de estrellas, parecía que flotaba un grito de

odio y de venganza. Y dentro de aquella tranquilidad, y de aquella

atmósfera tibia y serena, unos hombres, verdaderos condenados, maldecían

la vida que se arrastraba para ellos en el sufrimiento y la miseria, sin

esperanza.

En el fondo del abismo: La justicia infalible · 第 17 / 24 题