Yo siempre te amé, siempre, alma Naturaleza, desde que sentí tu
eterna vida agolparse á mi corazon y tu calor discurrir en jugos
vivificantes por mis venas. Luz esplendente que inundas los espacios;
electricidad chispeante que corres por los nervios; aire vital en
que respiran desde la violeta hasta el águila; fuego del hogar á que
se calientan los orbes; vida, eterna vida, la de varios colores,
la de organismos innumerables, jamas te imaginé sombra de mis
pensamientos, cuadro de mi fantasía, estatua animada por la antorcha
de mi inteligencia, el eco de mi voz en lo infinito, el reflejo de mi
solitario sér en el vacío: creí y adoré tu realidad.
En tí, en tu seno, todo me subyuga: lo mismo la primera flor del
temprano almendro en la henchida yema, que el postrer copo de la
blanca nieve en la alta montaña; lo mismo el rumor de la lluvia
invernal en los vidrios de las ventanas por las eternas noches, que
el susurro del arroyo libre de sus cadenas de hielo por las campiñas
primaverales; lo mismo la tormenta rugiente en truenos, encendida
en relámpagos, chasqueando el rayo, que la endecha del ruiseñor
enamorado en el tranquilo bosque; lo mismo el deslumbrador mediodía
con sus tonos calientes, que la pálida luna con sus argentadas gasas;
lo mismo el chirrido de la cigarra en las estivales siestas, que el
grito del cuclillo en las mudas veladas; lo mismo el zumbar de la
abeja sobre los arbustos, que el espirar de la ola en las sonoras
playas; todo en tí me parece divino, todo, desde el amor hasta la
muerte.