II

Ya yo me lo había calado, que por algo me quise curar en salud.

Parece que al leer mi último artículo en _La España Moderna_ no ha

faltado quien sintiese cierto cosquilleo y una no del todo agradable

comezoncilla, hasta el punto de hacerle soltar la maldita contra el

arrojado é insolente español que tan malparados dejó á los americanos.

Doleríame que el que así se picó fuera de los que les coge de lleno mi

caritativa crítica. Que caritativa fué en el fondo, aunque confieso

llanamente que en el modo anduve un si es no es de indiscreto. Tal les

ha parecido también á mis amigos de por acá, y yo, reconociendo la

culpa, pido de ella perdón. Lejos de mí el haber intentado envolver en

la condena á todos los que por América se dan á escribir. Por ejemplo,

al autor de un libro impreso el año 1904 y que hará unos meses llegó

á mis manos. Su encabezamiento es precisamente este mismo de _El

castellano en América_. No es él un fulano de por ahí; es «individuo de

la Facultad de Derecho, abogado honorario del Brasil, correspondiente

de la Real Academia de la Lengua, de la Matritense de Jurisprudencia y

Legislación, de la Sociedad de Historia Diplomática de París», y hasta

catorce líneas de títulos, según reza la portada. No nos las habemos

ya aquí con cualquier mequetrefe, que se deja embair por ñoñerías

insustanciales; sus años bien cumplidos lleva á cuestas á par de sus

títulos y fama. Creo que para conocer la cultura americana, hará al

caso ver qué piensa de estas quisquillas lingüísticas y cómo maneja la

pluma escritor tan calificado.

En el primer capítulo, donde hace una sucinta reseña de la historia

del castellano, deja ya entrever lo al tanto que está de las últimas

conclusiones de la ciencia. Allí vemos que «los egipcios fueron dejando

rastros de su cultura y lengua en el castellano». Efectivamente,

los antiguos nos hablan del egipcio Osiris, que muchos piensan no

distinguirse de Baco, y de sus celebérrimas excursiones y andanzas

por todo el universo mundo; y aunque no conozcamos con certeza el

itinerario que siguió al frente de sus huestes, ¿quién será tan

osado que niegue la posibilidad de haber venido á España, donde sin

duda dejaría rastros de su cultura y lengua? ¡Cuántas etimologías

castellanas están por averiguar, entre las cuales una buena porción

bien pudiera aclararse por el egipcio, lengua antiquísima, merecedora

de esto y de mucho más!

Añade que el castellano «tuvo origen y extendióse en las montañas

de Castilla la Vieja». Los mozárabes, los castellanos nuevos, los

aragoneses, hablaron siempre castellano, sin haber bajado de esas

montañas; pero ¿quién duda de que el castellano nació en Castilla, pues

ahí está su mismo nombre que lo está diciendo?

Dice que «el germano concluyó con el latín literario». Bien es verdad

que literatura latina hubo y sigue habiéndola todavía; pero realmente

de entonces acá el latín que se ha escrito dista tanto del de Cicerón,

que muy bien puede afirmar el autor haber desaparecido el latín

literario para el tiempo de las invasiones germánicas, tanto más que el

germano nunca supo escribir en buen latín; de modo que podemos decir

que el germano de una ú otra época concluyó con él.

De los que han trabajado acerca de la gesta del Cid conoce el autor á

Bello. Aquí vemos confirmado lo que en el artículo anterior insinué:

son tantas las dificultades que se ofrecen para la comunicación con

algunas Repúblicas americanas, que no sólo de Europa, pero ni aun de

los Estados Unidos han podido llegar noticias de los muchos trabajos

que después de Bello se han hecho sobre tan interesante poema, y eso

á un autor, como el nuestro, que sigue tan de cerca la pista de los

últimos descubrimientos científicos.

Yo tenía creído que por América no se estudiaban las lenguas

orientales; pero me ha sacado, y con gran gusto mío, de esta ignorancia

nuestro eruditísimo autor, el cual no sólo parece ser aficionado, sino

que ha debido de hacer de ellas estudios muy profundos, según se ve

claramente por estas palabras: «Oriental la sintaxis española durante

los siglos XIII y XIV, llega después á ser clásica, con ricas galas

y hermosas preseas». Algo de esto había apuntado cierto académico de

la Española en su discurso de recepción; pero eso no quita el mérito

al escritor americano, cuyo descubrimiento no puede negarse que es

sobre todo encarecimiento importantísimo, y el día que lo exponga

detenidamente en libro particular, que sí lo hará, como lo requiere

el asunto, la gramática histórica del castellano se volverá de arriba

abajo, y la lingüística general podrá asentar como una de las partidas

más raras y asombrosas este fenómeno, desconocido hasta hoy, del paso

de una sintaxis á otra muy desemejante en una misma lengua.

No menos enterado en los estudios románicos se nos presenta el autor

en esta gravísima afirmación: «Los germanos, destruyendo el patriciado

romano, propagaron el latín popular, el romance paladino». Es una nueva

y originalísima solución del intrincado problema del latín vulgar y

del nacimiento de los idiomas neolatinos, que asimismo toca á otra

cuestión histórica, á la del fenecimiento del patriciado. Y era lógico

y natural que, desaparecidos los patricios, sólo quedase pueblo, cuyo

lenguaje bien pudieron propagar los germanos, aunque ellos mismos no lo

hablasen, y ese es el «romance paladino».

Aunque en los siglos XIII y XIV la construcción sintáctica del

castellano fué oriental según la teoría del autor, hasta las _Partidas_

no fué menos extraña, pues éstas son «la obra portentosa en que el

castellano se exhibe ya con propias construcciones». Tenemos, pues, una

sintaxis extraña hasta las _Partidas_, otra propia hasta el siglo XIII,

otra oriental durante los siglos XIII y XIV, finalmente, otra clásica

de entonces acá. Todo ello quiso tal vez condensarlo el autor en el

siguiente párrafo, cuya oscuridad se debe á la preñez de tantas y tan

exquisitas ideas: bien merece que el lector lo lea y torne á leer, y

lo estudie con toda calma y sosiego, para desentrañar toda la doctrina

que encierra. Dice así: «El Poema del Cid colmó de orgullo á la musa

castellana, que, restaurado en 1215 el puro latín de Cicerón, se entra

prepotente por catedrales y monasterios, suntuosísimos _alcázeres_

(sic) de todo saber; y allí, en las sagradas inspiraciones del monge

de Berceo, nos da ya transformado en hermosa leyenda literaria y

artística el _román paladino_, en qual suele el pueblo fablar á su

vecino».

Finalmente: «Desde que los reyes Católicos, Don Fernando y Doña Isabel,

proclamaron la lengua de Castilla como idioma oficial, cobró inmenso

lustre y donosura»; acto que debió de ser de ruido y estruendo, aunque

la incuria de los tiempos y la poca curiosidad de los historiadores lo

hayan dejado (¡mal pecado!) en las tinieblas del olvido.

Con tan concisas y luminosas frases nos pone al tanto de los últimos

descubrimientos acerca de la filología castellana. Los demás libros

de esta clase publicados en América suelen llevar una introducción

parecida; aunque hay que confesar que, por lo general, con menor

brillantez y con datos menos apurados por la crítica moderna.

Ponderadas después las grandes ventajas que aportó á nuestra lengua

el descubrimiento del Nuevo Mundo, saca el autor las conclusiones,

que, por leerse casi por las mismas palabras en los demás libros sus

congéneres, pasaré por alto. ¿Á qué repetir el conocido cascabeleo

de que «no deben repelerse de los diccionarios aquellos numerosos

vocablos que usan millones de gentes», es á saber, los americanos, y

la machaqueadora estadística de los «cincuenta millones de hombres»,

que por allá dicen que hablan nuestra lengua? Bien que estos desahogos,

por cargantes que nos parezcan á nosotros con tanto repetirlos, no

dejan de tener grave fundamento. ¿Por qué, efectivamente, no han de

ser atendidos 50 millones de hombres, tanto por lo menos como los 10

millones á que se reducen los que por acá hablamos castellano, cifra

sin duda exacta, pues según cómputo del autor el castellano es hablado

«por sesenta millones?»

Ya que hasta aquí he alabado y puesto en su punto, como se merece, al

autor, no dejaré, para que no se me tenga por demasiado parcial, de

advertir algunas faltas, que se le han escapado, de menor cuantía.

Como lo de decir que «difiere el latín del español en la falta de

conjugación por terminaciones diversas que tiene el primero, y de la

(¿falta?) que carece nuestra lengua». «_La palabra_ que en dilatadas

regiones _acostumbra_ la gente culta»: debió dejarse el cajista algún

verbo. «Pues bien, ese poeta, que si hubiera escrito en español,

_supera_ á Bello»: _hubiera superado_ piden los rudimentos de la

sintaxis. «El árbol de ancha copa y rico follaje _riega_ al viento

su semilla para que nunca se extinga». Pero estos deslices han de

atribuirse á la pujanza de aquellas tierras vírgenes, pues el lenguaje

del autor, sin ser ampuloso ni retumbante, lleva ecos andinos; y, sin

recargo de perfumes picantes, huele al suave aroma de las sabanas.

Verdad es que hay entre esos ecos andinos algunos que hieren algo

ásperamente el tímpano. Pongo por caso, cuando el pronombre viene tras

el nombre suelen sufijarlo malamente los escritores americanos. «Y ya

que mencionamos al insigne don Andrés Bello, es el caso de apuntar que

cábele la gloria de». Semejantes pujos de cursilería fuera de tono, de

la cual disculpo como es debido, al autor, van cundiendo también entre

los periodistas españoles, y me sospecho que lo que les ha embotado los

oídos para no percibir lo poco rítmico de tal sufijación, hasta poco

ha desconocida, ha podido ser el estilo telegramático, añadiéndosele

un cierto pisto de gusto estrafalario, afectado por los que andan á

caza de originalidad. «El elemento popular americano debe ser _materia

prima_ en el diccionario de nuestra lengua». Por haber olvidado

que hubo, allá en tiempo del rey que rabió por gachas, una cierta

filosofía que llamaron escolástica, puso aquí el autor esa materia

prima que ofrece alguna ambigüedad «Los hombres no se clasifican

sociológicamente..., sino _á mérito_ de la educación, de la cultura».

_Á mérito_ de su origen americano habrá que conceder al autor el

que exagere tal vez más de lo que pidiera un razonable andalucismo

el valer de los que por allá escriben levantándolos por cima de los

demás, como sobre una basa que sustente la memoria de tan peregrinos

ingenios. «Pero quien ha manejado con más abundancia de vocablos la

rica lengua de Castilla, quien más de cerca ha seguido al autor del

_Quijote_, quien con más limpieza emplea múltiples y variados giros,

quien derrocha primores y elegancias de dicción, quien arcaico, si

se quiere, es el más clásico de cuantos últimamente han escrito en

castellano, es el atildado estilista D. Juan Montalvo, de quien pudo

decirse, en verdad, que al dejar su espíritu la tierra, recibióle en el

empíreo Garcilaso y fué á confundirse con Cervantes». ¡Cáspita con el

encarecimiento! ¡Confundirse con Cervantes! Contento se vería sirviendo

de caudatario al americano Palma, por no citar á otros americanos

y españoles. Montalvo enjaretó en su libro no pocos galicismos y

extravagancias cultas y modernas, pensando buenamente que remedaba á

Cervantes, y creyó darle cierta tonalidad arcaica con añadirle cuatro

antiguallas que le llenaron el ojo. Recrecióseles á los lectores

americanos, digo á los que estaban ayunos de clasicismo, y lo han

levantado sobre los cuernos de la luna. Aquí sí que debieran leer á

Valera y atender á lo que de Montalvo escribió, en vez de agarrarse á

él, como á lapas, cuando abogan por la introducción de americanismos.

Ahí está publicado el _Diccionario del Quijote_: el que guste, puede

buscar en él todo ese derroche de primores y elegancias de Montalvo.

Seamos más mirados y modestos, dejando á Montalvo á la cabeza de los

que en la imitación del asendereado manco gloriosamente fracasaron, y

no será pequeño lustre el permitirle capitanear esas huestes.

Que «Don Antonio José de Irisarri desentrañó, en sus _Cuestiones

Filológicas_, los organismos del castellano», sí será verdad, pero

con eso y con todo lo de más allá, á pesar de nuestras ganas y de

leer libros de Irisarri y de los no Irisarri, no ya las entrañas y

redaños, pero ni dos dedos de la piel adentro hemos logrado, los demás

y yo, calar y ver de esos organismos. Lo cual no se entienda contra

el saber de Irisarri, que sabía tan bien como nosotros lo poquísimo

que de tales organismos se nos alcanza á los lingüistas de estos

tiempos. Otros vendrán, en los cuales se sepa más y haya más «dignos

intérpretes de las galas académicas de nuestra abundosa lengua, _asaz

esmaltada_ por el ameno estilista de aquella tierra (Venezuela), el

popular y _talentoso_ Nicanor Bolet Peraza». Por vía de los talentosos,

académicos y asaz esmaltados, y cuan abundantes y por los suelos andan

en América, «La obra de Zorobabel Rodríguez, de la Barra y de Reyes

son, si vale la frase, una autopsia de la lengua»: y ¡cómo que vale!;

que con esas y esotras la van poniendo de talle, que pronto habrá

menester la pobre lengua castellana que se la hagan en alguna clínica

de París, á pesar de los que, como nuestro autor, se desviven por

conservarla lozana y fresca.

«Eduardo de la Barra es un filólogo insigne, que escribió lo mejor

que se ha publicado sobre métrica castellana». ¿No sobraría decir

que escribió mucho de bueno? Por lo menos los admiradores de Benot,

Sicilia y Bello se retorcerán los mostachos al estampido de tan fiero

escopetazo. Bello tuvo un oído delicadísimo y apuntó observaciones

métricas de gran valer y de mayor alcance de lo que se figuran los

que no lo han estudiado; Benot no le va en zaga, añadiendo otras de

no menor sagacidad; De la Barra ha sistematizado matemáticamente,

como buen ingeniero que es, algunas leyes, que podrán ser de mayor ó

menor provecho; pero la Métrica castellana continúa sin hacer, á pesar

de estos autores, de Sicilia y de Robles con su _Ortología clásica_,

estrellado pajar donde centellean algunos tenues hilos de luz.

Lo que no se debiera tolerar es que se pregonaran á bombo y platillos

libros disparatados hasta dejarlo de sobra: «ha publicado el doctor D.

Santiago Ignacio Barberena _El curso elemental de Historia de la Lengua

Española_, que contiene mucho de filología de los idiomas sabios,

y no poco respecto del germen, desarrollo y pubescencia del habla

castellana. El lujo de doctrina y las citas oportunas avaloran esa

obra interesante, en la cual se engolfa D. Santiago Ignacio, buscando

el origen del lenguaje como andaba el inglés de marras en pos de la

calavera de Adán, para ofrecerla al Museo Británico de Londres... Sea

de todo eso lo que fuere, la obra del doctor Barberena es una prueba

más de que en la América latina hay hombres de letras merecedores de

sincero elogio, que honran la lengua que de sus antepasados heredaron.

_Los Quicheísmos_ de tan apreciable filólogo así como varios otros de

sus libros, le han recomendado en el mundo científico, en el cual ya

gozaba, en concepto de matemático, de una reputación bien adquirida».

¡Válame la burra de Balaam! y ¡qué de _sinceros elogios_ nos vemos

precisados á tragar los que escribimos! ¡Con esto, vaya usted á

almibararse y ponerse bien hueco, cuando en revistas y periódicos

le espeten una andanada de encomios lisonjeros y adormecedores! Es

cosa de chuparse los dedos y de confitarse el alma de gusto dando

de patas en ellos como mosca golosa. ¿De veras dice el autor todo

eso del famosísimo y celebérrimo Barberena, tan recomendado en el

mundo científico por lo entretenido y graciosísimo de sus escarceos

y payasadas? Mejor le hubiera estado al bueno del Doctor haberse

quedado en su retraimiento de cándida doncella, resolviendo inocentes

incógnitas matemáticas, sin meterse en caballerías, ni _Quicheísmos_,

ni _Historias_ de lenguas. Todo lo cual, mía fe, que no son inquinas ni

exageraciones de crítico malhumorado: nadie mejor que el autor lo sabe,

y no había para qué venírsenos á ensalzar tan ladinamente las cosas

patrias con libros de esa marca.

* * * * *

En el capítulo segundo, donde el autor descubre los _Vicios de locución

en la América latina_, tenemos una bonita muestra de lo que pasaría en

España, si se lograse, como muchos pretenden, desterrar de la enseñanza

el estudio greco-latino, madre del cordero, que habiéndolo abandonado

por aquellas tierras, no es mucho lo hallemos tan roñoso, trasijado

y enclenque. _Quezada_, _quezo_, _Baltazar_, _faces_, _exhuberante_,

_silvido_, _explendor_, _expontáneo_, _hechar_, _cólega_, _diábetes_,

_páis_, _bául_, _máiz_, _autopsía_, _disinteria_, _ópimo_, etc., son

lindezas que dice se dicen y escriben por aquellas bienaventuradas

regiones. En cambio entre estos barbarismos pone _Sardanápalo_ y

_cóndor_, que él cree deben decirse _Sardanapálo_ y _condór_, aunque

no veo por qué, pues cuanto á _cóndor_, tal sonaba en la lengua

quechua, de donde procede, si hemos de dar crédito á Arona, Lafone,

Lenz, Mitre, Bello, y á la misma Academia, que lo aceptó en 1884, y

al uso de Chile, y puede decirse que de toda la América. Que por acá

digan _condór_ no lo extraña el que sabe que las voces terminadas en

consonante suelen ser agudas en castellano; pero en éstas y otras

palabras americanas los americanos son los que han de dar la ley. Por

las mismas tendencias idiomáticas prefiero yo _Sardanápalo_, pues en

voz tan extraña se nos hace recio el decir cosa que suene á _palo_

tratándose de un tan pomposo emperador. Menos razón asiste al autor

cuando reprueba arcaísmos que no lo son en América. _Enjaguar_ es más

castizo que _enjuagar_, que es su metátesis, de _ex-aquare_; _la color_

no es «remembranza de Berceo y Santillana, que usaron esa palabra como

femenina, á la provenzal, que daba tal género á los acabados en _or_»,

sino de uso no interrumpido en todos los siglos, en Cervantes y demás

clásicos, y hoy día en Castilla; ni es de origen provenzal. Menos se

me alcanza por qué hayamos de tener por arcaísmos _truje_, _mesmo_,

_agora_, siendo así que viven en todas las regiones de habla castellana

y son más conformes á la etimología.

Lo diré francamente: las Academias y autores que no hacen caso de tales

formas, prefiriendo _traje_, _mismo_, _ahora_, como _únicas_ voces

correctas, juzgan con arbitrariedad injustificada lo que no es suyo,

pues de las voces _populares_, como son éstas, el pueblo es el único

juez. Ni me vengan con que el juez son las personas cultas. Tales

personas cultas saben más latín que el pueblo, y por eso son suyas

infinitas voces traídas á manos limpias del latín, contraviniendo,

por supuesto, al fonetismo castellano; pero saben menos del habla

popular, que precisamente por eso acuden al latín. El pueblo dice

_maniego_; ignorándolo los cultos, acógense al _ambidextro_ latino,

y se quedan tan campantes y satisfechos. Tal es la razón por qué el

pueblo pronuncia mal esas voces latinas, diciendo _ambidestro_, si es

que alguno lo dice. Es que no sabe el pueblo más que su lengua; pero

esa la sabe á las mil maravillas. ¿Quién, si no, la sabe? Á él toca,

pues, juzgar de lo suyo, y á los cultos del lenguaje culto. Así cae

por tierra aquel criterio de los gramáticos, de que el juez son las

personas cultas y doctas. Error es este que, por asentado que esté en

la mollera de todos los gramaticastros á la antigua, la lingüística

moderna combate victoriosamente. ¿Queréis verlo? Tomad un fonógrafo y

recoged en él toda una conversación entre personas cultas, aunque sea

de insignes literatos. Idos después á una aldea y haced otro tanto con

los tíos en la taberna ó en el portal de la parroquia. Confrontad, y

sacaréis en limpio varias importantísimas conclusiones.

La primera, que los cultos pronuncian muy bien las voces eruditas, y

las pronuncian muy mal los tíos; porque no son castellano, sino latín

á medio castellanizar. Y de aquí el común decir, de que el pueblo

estropea los vocablos. ¡No ha de estropear los que os empeñáis que se

los apropie siendo latinos! Precisamente con estropearlos muestran

saber mejor el castellano que los doctos, pues los adaptan al fonetismo

castellano. No estropearán así las voces realmente castellanas; antes

los doctos son los que las echan á perder, diciendo, por ejemplo,

_ahora_ en vez de _agora_, ya que _hac hora_, conforme á la evolución

natural, ha de sonar _agora_.

Tras esta segunda conclusión viene la tercera, y es que en la

conversación de los eruditos hallaréis que más de la mitad de los

vocablos son latinos de ese jaez, traídos del Diccionario latino, y

pronunciándolos, no como los latinos, sino como jamás se pronunciaron,

guiándose tan solamente por las letras escritas y dando á éstas sonidos

en gran parte diferentes de los que entre los romanos tuvieron. En vez

de castellano hablan, pues, jerigonza, mezcla de una lengua viva, de

otra que murió y de otra artificial que se han forjado y que no existió

nunca. En cambio, los tíos hablan castellano, y sólo se les han pegado

de los eruditos algunos de esos vocablos extraños, y aun esos los

adaptan mejor á la pronunciación castellana.

Cuarta consecuencia: lo dicho de los latinismos pasa con los

galicismos: el pueblo, alguno que otro, va cogiéndoles á los doctos;

pero en la conversación de éstos campean que es una bendición.

Total: la gente culta sabe mejor el latín y el francés que la gente

indocta; pero en vez de castellano usa una jerga de castellano, mal

latín y mal francés. Y luego, como parte interesada, se nos descuelgan

los mismos doctísimos varones con que el pueblo habla mal, y que ellos

son los jueces del lenguaje. Los lingüistas modernos juzgan de muy

diversa manera. Ningún botánico que quiera enseñar á sus discípulos la

taxonomía ó la naturaleza de las plantas, de la rosa y el clavel, pongo

por caso, los llevará á un jardín, y mucho menos á una tienda de flores

de tela ó celuloide, sino al campo. Tratándose de lenguaje, el campo

son los tíos, y los doctos son fabricadores de flores de trapo.

Estoy oyendo ya decir entre dientes á más de cuatro: «Pero la rosa

de cien hojas del jardín es más vistosa que la natural de cinco, que

brota por los campos, y el lenguaje literario es el lenguaje vulgar

perfeccionado por los buenos ingenios». Muchos distingos y salvedades

había que hacer para desenmarañar esta vieja opinión. También es más

hermosa la Venus de Milo que todas las mujeres del mundo; y con todo,

si en el arte la rosa de cien hojas y la Venus de Milo son hermosas,

en la Naturaleza lo son más la rosa de los prados y las mujeres de

carne y hueso, cuanto va de lo natural á lo artificial y de lo vivo á

lo pintado. Hasta hace muy poco no se ha tenido verdadera noción de

lo que es el habla; creíase un artificio como el de la escritura. Un

abismo los separa. El habla es tan natural y efecto de todo el genio

de una raza, como lo es el gesto y el carácter de la misma raza. Un

lenguaje artificial, como el que los literatos han formado tomando

vocablos del Diccionario latino, cual viejas osamentas desenterradas de

un cementerio, se parece al artificio con que el cómico remeda en las

tablas el hablar, el gesticular, el pensar y querer, el carácter, en

suma, de un personaje histórico. Cuanto difiere esa farsa que remeda á

Alejandro del mismo Alejandro, tanto difiere un lenguaje artificial del

lenguaje natural, producto espontáneo y secular de un pueblo, que lleva

el sello de su pensar, querer y fantasear, que vive en la cabeza y en

la fantasía y en el corazón de los hombres, y sale afuera formando un

todo con su pensamiento y sus afectos. Todos los eruditos y gramáticos

del mundo son incapaces de crear un solo vocablo metiendo en él el alma

de una raza, como la lleva cada uno de los vocablos del habla natural.

Pero dejando este terreno, que no hago más que señalar desde lejos,

en el mismo lenguaje literario lo sano es cuanto encierra del habla

vulgar; lo que se le añada de otras lenguas sin asimilación lenta,

y como apegándose superficialmente, repugna en el fonetismo y en

la semántica al genio del propio idioma. El arte literario no debe

amalgamar elementos léxicos ni gramaticales que sean ajenos al idioma,

so pena de formar un lenguaje híbrido, y por lo mismo repugnante é

infecundo. Por eso tales elementos flotan, cambian á cada época, van y

vienen, y si de ellos solamente constara el lenguaje literario, éste

perecería, como pereció el latín clásico, mientras el vulgar siguió

viviendo. Cuanto á la estética de los vocablos, los que vienen de

fuera nada dicen á los españoles, fuera del significado convencional

en el que se les emplea, mientras que los castizos llevan consigo

larga historia, presentan en su leyenda el color de la época en que

fueron acuñados y el carácter del ingenio patrio. La estética en el

lenguaje literario no está en barajar el castellano con toda suerte de

extranjerismos léxicos ó sintácticos, sino en saber sacar al alma del

idioma sus propios aceros.

Y dejando ya este episodio, dice el autor que no se usan del todo

_zahareño_, _añasca_, _azacán_. No es de maravillar que un americano

haga tales afirmaciones, cuando los mismos españoles ignoramos multitud

de voces corrientes entre la gente vulgar. Tampoco debe admirarnos de

que tenga por castizas otras que no lo son, porque otro tanto sucede á

muchos de por acá, que no gustan de leer libros viejos. «Así y todo,

dice, creo yo que es muy castizo ese verbo _batirse_». Dijera que le

entraba por el ojo derecho, ó que á pesar de haber venido de Francia

parece que se ha connaturalizado en España y América, y estuviera en

lo cierto; pero ni castizo, ni menos muy castizo, es un verbo que

ningún americano ni español empleó antes del siglo XVIII, es decir,

antes de la invasión galiparlera. _Combatirse_ de _combate_, es como

se dijo siempre; eso de batirse se deja para los huevos en tortilla.

Sólo que _batir_ dicen los franceses, y _batir_ hemos de decir sus

acólitos; y para colmo de servilismo é ignorancia, hemos de afirmar que

es _castizo_ y _muy castizo_. Al revés, tacha de galicismo _demasiada

amistad_, _demasiada confianza_, y aun aprovechándose de sus vastos

conocimientos éticos, añade que _demasiada virtud_ y _demasiado bueno_

«son frases disparatadas, toda vez que en la virtud y en la bondad no

cabe exceso». Si con criterio tan cerrado hubiésemos de apurar las

frases castellanas, quedarían calificadas sus dos terceras partes

como solemnísimos disparates. El castellano es exagerador y andaluz

hasta por los pelos de la cabeza, complácese en las metáforas más

estupendas, en las elipsis más descomunales. No hay frases elípticas

más castizas y comunes que éstas, reprobadas por el autor: _otro que

tú lo habría hecho_, que dice debe ser: _cualquiera otro, menos tú,

lo habría hecho_; y _si cede, no es que tema sus iras_, que asegura

ha de dejarse por esta otra: _si cede, no es porque tema sus iras_.

Mucha flema ha de gastar y mucha saliva el que así quiera hablar en

castellano. ¿Á qué detenernos en pelillos, como en las dos aes que se

deja el autor al decir «_Provoca risa el oir ciertas gentes_», en vez

de: _Provoca á risa el oir á ciertas gentes_; en la «_melomanía en la

dicción_», por _melodía_ ó _euritmia_, ó como se quiera decir, pues la

_manía_ la dejamos para indicar el prurito vicioso y de loco, la cual

no tiene lugar en el buscar el _melos_ ó sonoridad, dote muy envidiable

en el escritor. Tampoco suena bien: «_Con vista de_ todo eso, creo que

_en mérito de_ la sonoridad».

Tiene el autor por impropia la frase _asestar un palo, una bofetada,

una puñada_, porque dice que «_asestar_ es apuntar ó dirigir el

tiro de cañón, de flecha, de pistola ó de otra arma que necesite

puntería»; pero además de que el uso corriente antiguo y moderno le

llevan la contra, la misma etimología de _asestar_ dice que equivale á

_asentar_, y sólo por metáfora se dijo por apuntar; y si no, échese á

discurrir sobre la puntería que hay en el echar uno la _siesta_ y en

el _sessitare_ ó _sedere_. «_Atravesar_ un puente no es propio, dado

que lo que se atraviesa es el río»: el puente es lo que propiamente

atraviesa el río, y sólo atravesando ó pasando el primero atravesamos

el segundo sin mojarnos. «_El análisis filosófico_ es en castellano _la

análisis filosófica_»; ó _el análisis_, con perdón, pues de entrambas

maneras se dice, y más todavía como masculino.

No conviene ser tan apretados y cortos de manga en ciertas quisquillas,

cuando se ensancha más de lo justo tratándose de galicismos y otras

aves de mal agüero. La _exquisitez_, que en Valera criticó Fabié, que

el mismo Valera puso entre los pecados cometidos en su larga vida,

que el conde de Cheste creyó mejor arrojar al limbo, de donde había

nacido, según nos dice el autor, es un vocablo muy bien formado,

como los formaban á porrillo Cervantes y los demás clásicos; y si la

Academia no lo aceptó, allá ella. Si ni para eso tenemos autoridad los

que tenemos por hacienda nuestra nuestro idioma, quiero decir para

valernos de él, con tal que no vayamos contra su manera de ser, ¿qué

decir de los que le hacen hablar á la francesa? De esos vocablos de

común derivación tiene derecho á inventarlos todo español, cuanto más

un tan discretísimo literato como D. Juan Valera. El Diccionario de la

Academia no es un código cerrado de leyes, ni los señores académicos

sueñan en que lo sea, que fuera un desvariado soñar. Ninguno mejor

que ellos sabe que es faltosísimo en palabras y frases, y asaz rico

en gazapos, que se han trasconejado, como por fuerza ha de suceder

en obra de tal índole, tan vasta y nunca acabable, en la que tantas

manos han andado y personas de tan diversos criterios y pareceres. El

discreto ha de saber escoger y enmendar en todas partes, sin exceptuar

el Diccionario de la Academia y los escritos de los académicos, que al

entrar allá no se desnudan de los galicismos y de las extravagancias

que antes pudieron tener.

Hablando de la _y_ griega nos dice el autor cosas que, á oirlas de

labios de otro, las rebatiera sin más; pero que en latinista tan

consumado no puedo menos de acatarlas y oirlas con pasmo y admiración:

«Pero el hecho es que esa letra mal llamada _y_ griega no es griega,

sino la forma que prevaleció para representar la _i_ doble de genitivos

latinos, como _ingeii_, que se escribía _ingeny_». Confieso mi supina

ignorancia: no he visto jamás tal _ingeny_ entre los romanos, y aunque

_ingenij_ es cosa conocida, pero la _y_ no creía que viniese de _ij_,

sino que no eran más que dos _íes_, _ii_, y, en fin, yo suponía que los

romanos habían adoptado sencillamente la _y_ griega mayúscula, de la

cual procede nuestro signo _y_; pero puesto que el eruditísimo autor

americano así lo asevera, sus razones tendrá.

Otras muchísimas originalísimas doctrinas pudiéramos ir viendo, todas

como parto de su feliz ingenio; pero sería por demás prolijo querer

examinar todo el libro. Lo apuntado creo que bastará para formar idea

del nivel á que se hallan los conocimientos lingüísticos por aquellas

tierras.

Cabos sueltos: Literatura y lingüística · 第 71 / 81 题