EL CASTELLANO EN AMÉRICA

I

Es un asunto este de esos que, por ajenos que parezcan al acaloramiento

de las pasiones, y por fríamente que se discutan en la región serena

de la ciencia y de las ideas, si no levantan ronchas, no pueden menos

de hacer cosquillas. Si americano hablase á americanos, si español á

solamente españoles, buscando á contentar á unos ó á otros, el carril

estaba trazado. Si como español que soy pretendiese darme á conocer en

el mercado americano, no había más que seguir el que otros han abierto

con gran contentamiento de sus ánimas y bolsillo, y con no menos bien

satisfecha vanidad de los lectores que pagan el pato. Soy demasiado

Quijote y me apaño harto desmañadamente en estas cosas; en cambio mi

brutal aragonesismo me arrastra, quieras que no, á cantar las verdades

en sí bemol, si á mano viene, con tal de quedarme satisfecho con el

desahogo de la cantata. Soy admirador y amante de los americanos. El

gran movimiento lingüístico promovido entre ellos por la ocurrencia

que tuvo un Andrés Bello de publicar una sugestiva gramática, y el

silencio, lingüístico también, que al propio tiempo por acá en España

formaba notabilísimo y lamentable contraste, me pone de parte de los

de allá y me aleja de los míos. Á los escritores americanos que de una

ó de otra manera conozco, no debo más que mil finezas y atenciones.

Nada para mí se ha escrito de más subidos quilates acerca de nuestra

lengua que el _Diccionario de construcción y régimen_, y con más hondo

conocimiento de la psicología del castellano que las _Apuntaciones

críticas sobre el lenguaje bogotano_, y las modestísimas y magníficas

_Notas_ á la gramática de Bello. Estas obras, producto del cerebro

lingüístico de primer orden y del arsenal inmenso de papeletas de la

incansable y bien organizada laboriosidad de don Rufino José Cuervo, me

atarían de pies y manos para no soltar la lengua sino en toda suerte

de encomios para los escritores americanos, aunque la talla gigantesca

del jefe no me dejara ver la cerrada falange que le sigue. Y cuenta

que no son astros de pequeña magnitud Emiliano Isaza, con el mejor

_Diccionario de la conjugación castellana_ que poseemos; ni Bello, con

su genial _Gramática castellana_; ni Peña, con la suya; y pasando

del estudio del castellano general al de americanismos, tampoco son

estrellas telescópicas Esteban Pichardo, que abrió á todos el camino

con el _Diccionario provincial casi razonado de voces cubanas_; ni

Zorobabel Rodríguez, con su _Diccionario de chilenismos_; ni Daniel

Granada (español), con su _Vocabulario rioplatense razonado_; ni

Ricardo Palma, con sus _Neologismos i americanismos_ y sus _Papeletas

lexicográficas_; ni Julio Calcaño, con _El castellano en Venezuela_;

ni Alberto Membreño, con su _Vocabulario de los provincialismos de

Honduras_; ni Antonio Batres Jáuregui, con los _Provincialismos de

Guatemala_; ni Eufemio Mendoza, con sus _Apuntes para un catálogo

razonado de las palabras mejicanas introducidas en el castellano_.

Menos para Bolivia, Nicaragua y Paraguay, existen obras especiales

que tratan de los provincialismos de cada una de las Repúblicas

americanas. En España, si exceptuamos el _Diccionario aragonés_ de

Borao, apenas si merece citarse hasta estos últimos años obra alguna,

no sólo de provincialismos, pero tal vez ni aun de gramática castellana

en general. En cambio, de toda esa inmensa labor americana, sólo se

conoce aquí de veras el _Diccionario de galicismos_ de Baralt. No se

conocen ni siquiera las obras trascendentales ó, como ahora dicen,

mundiales, de Cuervo, Bello é Isaza; porque no es conocerlas el que el

_Diccionario de construcción y régimen_ se halle en algunas bibliotecas

públicas tan cerrado como el cofre del Cid, ni el que de la _Gramática_

de Bello se hayan hecho dos infames reimpresiones en Madrid, mientras

serán contadísimos los maestros de escuela que hayan oído el nombre de

Bello y los profesores de latín y castellano de nuestros Institutos

que hayan tenido la curiosidad de consultar, y hasta de abrir, su

_Gramática_.

Estoy, pues, por los americanos, y desearía dar á conocer á los

españoles ese inmenso trabajo lingüístico, ese nuevo mundo intelectual,

enteramente inexplorado y desconocido; pero no sé si en este

artículo me quedará espacio para hacerlo. Pocos meses ha nos convocó

á unos cuantos aficionados á los estudios lingüísticos la Unión

Ibero-Americana, para que tratásemos de una ponencia sobre lengua

castellana: habían comprendido los señores de la Junta general lo que

el peruano Palma escribió hace tiempo: que «el lazo más fuerte, el

único quizá que, hoy por hoy, nos une con España, es el del idioma».

Todo se desbarató, como suele suceder aquí, por causas que me guardaré

bien de manifestar. Pero lo que viene al caso es que se propuso una

especie de Congreso lingüístico, moral, por decirlo así, sin asistencia

de los congresistas, y consistente en que se invitase á los centros

literarios y á las personas competentes de América á contribuir con

papeletas á la formación de un _Diccionario_ de vicios y deficiencias

de la lengua castellana en todos los países donde se habla, y de sus

correspondientes enmiendas. Lo que allí no se dijo fué que ese sin

fin de papeletas que se buscaban estaban ya no sólo recogidas, sino

publicadas en otro sin fin de libros americanos, de los cuales son

contados los ejemplares llegados á Madrid, y eso de las obras que hayan

tocado las costas de la Península, que son la menor parte.

Nuestras publicaciones pasan el charco á duras penas, mayormente si

no son novelas, y tresdoblan su precio en manos de aquellos libreros,

y aun en las de éstos, hasta el punto de que ciertos libros, aquí

baratísimos, solamente los muy acomodados se los pueden procurar. Pero

las publicaciones de allá, ni á peso de oro se hallan en nuestras

librerías. Si tienen ó no la culpa los libreros, ó los estafadores de

correos, ó lo que fuere, otros lo sabrán, que no yo. Ello es que la vía

más directa y económica es la de Alemania ó Francia, camino que, por

corto que sea, no deja de ser tan largo como extraño y peregrino.

Pero yo me sospecho que si de América no se traen más libros, es

sencillamente porque á los españoles no nos da el naipe ni nos pirramos

por la literatura americana. Y aquí entra el cuento. Apreciabilísimas

son las obras que por allí se han escrito acerca del castellano, y no

menos de estimar algunas obras literarias. Pero, digámoslo brutal y

secamente, es tan floja por término general la literatura americana,

tan ligera y tan híbrida en el fondo y en la forma, en el pensamiento

y en el lenguaje, es un reflejo tan pálido de otras literaturas que

tenemos ahí en pasando los Pirineos, y se presenta con tan desgarbado

desaliño de lenguaje y estilo, con tan extraña vestimenta de

percalinas, cuya hilaza, de manufactura francesa, choca con el clima de

los trópicos, de las selvas, de las pampas, que no hay paladar español

capaz de arrostrar diez estrofas ó tres capítulos de tan desaborido

manjar. Ésta es una verdad como un templo: está en la conciencia de

todo literato español. Y el menosprecio por esa literatura descolorida

y extranjeriza, que suena á castellana y americana y no tiene el alma

americana ni el timbre castellano, ha envuelto en la condena general

toda producción de allende los mares, desde los más genuinos partos de

las musas andinas, que (¿quién lo duda?) bailotean por aquellos oteros

que es una delicia, hasta los trabajos lingüísticos, que deberían ser

de otra manera apreciados.

La cuestión es compleja, el ovillo bastante enmarañado. Yo voy á

prescindir del elemento estético, ciñéndome al lingüístico; aunque á

decir verdad, si por el hilo se ha de sacar el ovillo, los cabos del

hilo estético y del hilo lingüístico hay que buscarlos en París de

Francia: allí está la devanadera, allí se devanó la madeja, se hizo el

ovillo, se armó el telar, se cruzaron los lizos, y de allí se embarcó

la hilaza para ultramar.

Al hilo, pues, lingüístico, y á París por él. Pero ante todo aclaremos

ideas sin salir de casa.

Hay aquí quien, juzgando solamente por los escritos que han caído en

sus manos, se ha formado una idea muy errada de lo que es el habla

americana, y está muy persuadido de que en América el castellano

se halla en un estado de corrupción que no tiene remedio, está

desahuciado. Y ese _quien_ son la mayor parte de los españoles que

no han salido de su casa. Contra tan general opinión conviene hacer

ver que no es así, poniendo las cosas en su punto. Yo distingo en

América dos lenguas de tendencias muy diversas, que se encuentran en

pugna. No es fácil adivinar cuál saldrá vencedora. Estas dos lenguas

son el habla del pueblo no ilustrado y el habla de los escritores y

de la gente culta que los imita. El habla del pueblo americano no

sólo no está en decadencia, sino que se conserva más sana y fresca

que el habla de la Península. Regiones hay, como Chile, donde el

carácter fonético del habla indígena y otras circunstancias han hecho

evolucionar al castellano en una dirección abiertamente separatista:

una nueva lengua se está formando; ni hay diques que la contengan

ni lágrimas y quejas que valgan, ni siquiera que sean justificadas.

En otras, como en la Plata, es una verdadera Babilonia, donde se han

amontonado toda suerte de pueblos y labios. Las lenguas andan como

las sociedades y la historia. Forjarse un idioma en la fantasía como

algo que va perfeccionándose, pero que al llegar á la cumbre de una

imaginada perfección se estanca ó debe pretenderse que se estanque, ó

que, por el contrario, al emprender la carrera por la opuesta pendiente

degenera, se corrompe y fenece, es un puro fantasear de los antiguos

gramáticos, que contradice á la naturaleza del lenguaje. No nace hoy

una lengua, mañana florece y al día siguiente se deshoja y marchita. El

habla es una misma en todo el curso de la historia, pero que siempre

evoluciona y por lo mismo es siempre distinta. Ni tiene momentos de

subida ó de bajada, de perfección ó enfermedad; siempre es un organismo

completo, acomodado á la sociedad que lo elaboró, y el más perfecto y

acabado para aquel momento histórico de aquella sociedad. Tan acabada

es el habla castellana del siglo XII para los españoles del siglo XII,

como el habla americana del siglo XX para los americanos del siglo XX.

Tan mal entallada le vendría al Cid el habla de Porfirio Díaz, como á

Porfirio Díaz el habla del Cid. Las ideas son otras, los sentimientos

son otros, y otro es el lenguaje. Dejemos ya estas alturas, y bajando á

lo llano, vuelvo al lenguaje de algunas regiones americanas. Estábamos

en Chile, y repito que allí ha tomado el castellano otro derrotero. ¿Lo

habrá tomado igualmente en las demás regiones americanas? Si es así,

¿estará escrito en la historia del porvenir que divergirán cada vez más

aquellas hablas y se apartarán para siempre del castellano? Parecer mío

particular es que sí, rotundamente que sí. La naturaleza del lenguaje

lo lleva consigo. No hay profecía más cierta para un lingüista, ó

la lingüística es una filfa. Para los que se les hace duro queda un

consuelo. La evolución lingüística es muy lenta: tenemos para siglos.

Y si se añade el freno de la literatura, cada vez más influyente en

las hablas vulgares, podemos tranquilamente aguardar y podrán aguardar

nuestros nietos hasta que puedan decirse lenguas distintas del

castellano las americanas.

El daño está en que la literatura americana, si sigue por el camino

emprendido, en vez de contener la evolución la despeñará, y por

derroteros más desviados todavía que los seguidos por el curso natural

del habla vulgar. Ésta en América, hablando en general, se guarda más

tradicional y conservadora que en España en muchos puntos. Podría

citar centenares de vocablos y construcciones, que los españoles

hemos desechado, y que los americanos conservan desde la época de la

conquista. Algunos de los autores de americanismos la emprenden contra

estos hermosos restos de nuestros mayores, teniéndolos por corruptelas

del vulgo ó groserías de la gente rústica. Con esto no hacen más que

contribuir á la emancipación del habla americana, dando bien á entender

el criterio que les guía, que no es otro que el de la segunda lengua

que he dicho hallo en América: la lengua literaria y del habla entre

las gentes de cuenta, en cuanto en ella se infiltra del elemento

literario. De esta lengua es de la que he dicho que teníamos que ir á

París á buscar el hilo y toda su manufactura. Voy á copiar un ejemplar

del género, porque no hay manera de formarse idea cabal de lo que él

es, pues sobrepuja á cuanto pueda inventar el más destartalado ingenio,

aunque sea el de Don Quijote. El párrafo trata precisamente del punto

que ventilamos: es un bocado exquisito, ó digamos retal, que á los

lectores dejo decidir si se tejió en cerebro americano de raza española

ó en cerebro americano que piensa y teje en París, ó en cerebro que de

todo eso tiene, como es lo más cierto. Estamos, pues, en París, y dice

así:

_Antes de solucionar una cuestión, precisa llevarla á la barra_

(llegamos al puerto). _De momento, el juicio crítico, que se ha hecho

hoy un prestigio remarcable, debe dictaminar las prescripciones donde

tenga lugar una contestación de idioma._ ¿Entiendes, lector? Pues yo

tampoco: y eso que todos los vocablos son latinos; sólo que con el

latín se pueden hacer muchas cosas: puede hacerse francés, castellano,

y mezcla, como la presente, que el diablo que la digiera. Y sigue: _No

tenemos de menester más razones. Y el juicio crítico no es más que el

uso que nos fundamentalizamos_ (hay que tomar el exprés para cogerle el

rabo á ese vocablillo) _para plantear el monopolio de palabras nuevas.

El que no las adopcione merece que le espuyan el nombre como hostil á

las grandes conquistas modernas, y tras espuirle débese fustigarle el

dorso del honor como imbécil que se sale del rango debido. ¿Qué nos

interesa el que los sexcentistas expresionasen sus sentimientos con

palabras y ambages que ya persona no entiende? ¿Por cuáles imprentamos

nosotros sino por los de hoy? ¿Y cómo nos haremos entender de ellos

si los propinamos una dosis repelente?_ (Con esas propinas repelentes

te entenderán, ¡vaya, hombre imprentador!..., hasta los cocheros).

_No resultará; y no sólo arruinaremos el éxito_ (parece un fabricante

francés), _si que también privaremos de las ovaciones debidas al genio

inventor_ (aquí al fabricante le nacen alas y vuela, es un genio).

_¿Quién sería en estado de obligacionarnos?_ (¡señores viajeros, al

tren!) _á llevar aparejo,_ (¡demonio!) _para comulgar_ (¡tres veces

demonio!), _á catar heridas al enfermo, á cutir con el enemigo, ó

topar con el amigo, á recordar del sueño, á tener responsión de los

criados_ (¿quién diablos, ó aparejos de diablos, le dice que hable

así?) _y á otras mil banalidades de los sexcentistas_ (Cervantes á la

cabeza) _que pudibundizarían_ (¡ay Cervantes de mi alma! ¡ay rucio de

mis entretelas! échale el aparejo que se cubra á ese buen señor que se

pu-di-bun-di-za) _al hombre menos dotado del espíritu de combatividad?

De todos modos, no me hace menester desilusionar á los sabios; ellos no

revocan en duda_ (¡qué han de revocar, si ese testuz aun para pared no

es buena!) _que esas minquionerías, que son el ridículo al colmo_ (_al_

con acento de tres varas), _no pueden hacer la ley en un siglo de luz.

Abajo, pues, las antiguallas, que no llenan más condiciones valiosas_

(aquí debía de estar llenando la valija y haciendo la maleta para

echar á andar). _Al que me hiciese homenaje de semejante retroceso,

yo, después de ringraciarle_ (¿no decía yo? aquí de la propina á la

criada) _con correctas maneras, le diría que tratar de imponerse al

siglo es erigirse en juez sin serlo y portarse como inconveniente_

(él no se erige en juez, es muy conveniente). _Pocas contestaciones_

(habla á la criada, que sin duda no era respondona) _tendría yo con

el que pretendiese que yo defeccionase de mis ideales literarios_ (con

su pan se los coma). _Porque es incontestablemente cierto_ (¡algo

menos, hombre!) _que las frases antes sublineadas ya muchos y valiosos

sexcentistas las miraban como de insignificancia absoluta y no insumían

tiempo en perseguir el placer de usarlas_ (menos Sancho Panza, que era

así... tan dócil). _¿Por qué nos han de estorquear_ (nadie le aprieta

las tuercas, no hay que apurarse) _á nosotros el sacrificio de nuestra

respetabilidad_ (aquí sin querer imitó á Teresa Panza, cuando trata á

la duquesa de _vuestra pomposidad_; pero no es hurto mayor; adelante)

_con tan estudiada manera? Lo que es por nosotros, no caemos en su

sentir; queremos independizarnos en absoluto_ (hágase, pues, de una vez

turco). _Trabajemos en grande escala_ (aquí se mete á farolero) _por

dispensar favoritismo á la propaganda del nuevo estilo, y no choquemos

las pretensiones modernas_ (no hay miedo que tropiece; sube usted

por esa escala que es un primor). _Como sepamos mantenernos en una

conducta perfectamente correcta_ (aquí ya es moralista de confesonario)

_respecto de un estilo racional_ (nada de estilos asnales), _no habemos

de menester implantar unas leyes absurdas sobre la dicción. Si estas

líneas están concebidas en un tono autoritativo y rotundo_ (en do de

pecho muy redondo, quiere decir; nada de becuadros), _es debido á las

circunstancias que atraviesa la prensa actual. Nuestra misión, que no

puede pasar desapercibida, sería improducente atacarla por el lado más

sensible, que es el de la libertad moderna. Del resto_ (de los relieves

que caen de esa mesa de _la libertad_, de la cual no quiere perder

migaja; aunque la de disparatar la tiene todo el que quiera parlar por

parlar), _sería darse los aires_ (con abanico japonés) _de redentor_

(¡recóncholis!) _y hablar en el aire_ (como un acróbata) _el querer

con tan pretencioso designio avanzar un sistema preconcebido, que se

haría responsable á los resultados de hacer atmósfera_ (aquí nos mete

en una fábrica de gas) _que de ahí se inseguirían bajo estas bases_

(bajo bases y losas nada se insigue, no puede uno menear un dedo, está

uno aconchado como una tortuga). _Breve: la síntesis del lenguaje está

reasumida en el uso. Bajo este punto de vista, el adoptamiento de los

clásicos faltará siempre de idiosincrasia_ (idiota sin grasa, que diría

Sancho). _No nos ocupemos de ellos, toda vez que su caracterización no

se compagina con nuestros sentimientos y lesiona_ (esto es ya grave)

_los más sagrados_ (¡tate!) _intereses_ (¡ah! vamos, era cosa de

cuartos!) _de la actual sociedad; por esto no puede tener suceso todo

autorizado que se le suponga_.

_Nuestra actitud reluctante no sabría ser bastante enérgica para

hacer aparecer más profunda la solución de continuidad entre ellos

y nosotros. El que se coaliga con otros para implantar reformas

literarias, se inmiscuye donde no le piden, y como á tal se expone á

que le mixtifiquen_ (hacerle mixtos ó fósforos) _si no va á retiro

buscándose otra misión_ (entre infieles como misionero, ó al retiro

como paseante en corte). _Sólo resta de practicar lo corriente en

el estilo, y en lo respectante á la locución picar á la puerta

del uso_ (bien se conoce que no se la abren, pues ni una de sus

locuciones las entienden allá adentro los americanos que hablan

puro español, y aun yo le entiendo á medias con saber francés) _en

demanda de proteccionalidad_ (que bien la ha _de_ menester), _pues las

ilustraciones_ (no ibero-americanas) _de la prensa y las notabilidades

de la ciencia se enrolaron hace tiempo_ (usted sí que está hecho

un buen rollo de mantequilla de Soria) _al sistema de hablar que

personalizamos_ (y tan personalizado, que es exclusivísimo de su

fábrica de usted). _Después de todo, jugar el papel de reformista_

(que lo juega usted á las mil maravillas) _es no prevenirse contra el

peligro de perder todo el prestigio_ (porque ya lo tiene perdido).

_Estar á la altura del presente_ (haciendo pinitos sobre la veleta

de la pedantería) _y lanzar en olvido el pasado, es el espíritu de

conducta_ (de vino será mejor para acabar de disparatar) _que se debe

perseguir_ (como al ratón el gato), _si debemos resumir en síntesis

concreta lo exposicionado_ (buena medalla le habrán dado en tal

exposición). _Inspirémonos en el uso_ (de fulano, que se llama yo);

_fijarse bien en ello_ (no equivocar la persona, aunque no es fácil),

_bajo el respecto del lenguaje español_ (¡eso no! español, ni por

asomo), _que hoy debe de ser el portabandera de nuestra cultura contra

los faramalleros de fantasía_ (como un servidor de ustedes).

«En idioma genízaro y mestizo,

Diciendo á cada voz: yo te bautizo

Con el agua del Tajo,

Por más que hayas nacido junto al Sena,

Y rabie Garcilaso, en hora buena.

Que si él hablaba lengua castellana,

Yo hablo la lengua que me da la gana».

¡Ay, Iriarte de mis pecados, que no sabías de la misa la media cuando

esto escribiste! Ahora, ahora es cuando hay que rechupetearse los

dedos, que los dan con azúcar y canela. El nuevo _espíritu de conducta_

no cabe en odres viejos, es demasiado volátil. La agudeza de un Quevedo

es chata junto á los conceptos de _las grandes conquistas modernas_,

que hay que _expresionar_ é _imprentar_ en _condiciones_ más _valiosas_

y _fundamentalizadas_, para que no _pudibundicen al hombre menos dotado

de combatividad_.

Esta jerga literaria, en vez de arrancar de la tradición, de la

literatura clásica castellana, es un mal injerto de castellano

en francés; es querer pensar y hablar á la francesa con palabras

castellanas, de origen castellano por lo menos. Y esta hibridez, vive

Dios que nada tiene de loable. Esa es la gangrena del lenguaje empleado

por los autores americanos. Por ella no gustan en España sus escritos,

ni pueden gustar á nadie. En vano la quieren colorear con el pomposo

calificativo de progreso, de evolución del lenguaje, y riñen á brazo

partido descomunales batallas contra la literatura clásica, contra la

literatura española que en la clásica arraiga, y contra los centros

conservadores, como la Academia Española. Pero eso ni es progreso,

ni verdadera evolución del habla. La avenida del culteranismo, que

inundó el castellano literario de palabras latinas, era de ese jaez,

no hizo más que emporcar las claras aguas del castellano, que se

deslizaban por su curso natural. El aguaducho galiparlista desde

el siglo XVIII no lo ha llenado de menores inmundicias. Nada de

evolución natural ni de progresivo desarrollo del lenguaje hay en

todo eso, y menos le hay en el afrancesamiento del modo de pensar y

de escribir de los americanos. ¿Por qué extrañan que el Diccionario

no dé pasaporte á tan sucia mercancía? Vengan con vocablos del habla

vulgar de las diversas regiones americanas, con términos de plantas y

animales que la necesidad hizo tomar de las lenguas indígenas. Todo

eso es castellano de América, y deberá aceptarlo el Diccionario, como

los vocablos exclusivos de Castilla, Aragón y Andalucía. Pero no se

confundan las cosas. Esa habla reciente de los escritores americanos

no es castellana; acudan con ella á su Academia correspondiente. Ni es

del habla genuina del pueblo americano; son, repito, dos lenguajes tan

distintos como antagónicos en sus tendencias.

Estas tendencias no pueden ser más claras. Copio á Palma: «Jóvenes muy

inteligentes é ilustrados de la nueva generación me han revelado su

poco ó ningún apego por la lengua castellana, con estas palabras no

escasas de fundamento: la pobreza del anémico vocabulario español, en

la marcha progresiva del siglo, es una rémora para la expresión fiel

del pensamiento. El cartabón académico es exageradamente estrecho, y

para acatarlo habría que pasar la existencia hojeando el Diccionario

para convencerse de qué vocablos de uso frecuente están excluídos del

léxico. Hoy, en la mayoría de las Repúblicas, no son muy leídos los

libros españoles, y la juventud universitaria devora los textos en

francés, inglés ó alemán. No es entusiasta, como la de la anterior

generación, por la lectura de los clásicos españoles. El purismo

pasó de moda. El siglo XX impone un vocabulario más rico que el tan

admirado del siglo de oro ó de esplendor para las letras castellanas.

Hoy tiene caracteres de aforismo esta espiritual frase de Unamuno: «no

caben, en punto á lenguaje, vinos nuevos en viejos odres».

Aquí está bien puntualizada con todos sus pelos y señales esa jerga

literaria, que han barrido sobre todo del francés «jóvenes muy

inteligentes é ilustrados de la nueva generación», pero que tienen

«poco ó ningún apego por la lengua castellana». Á la verdad, no quieren

castellano; quieren otra lengua distinta, híbrida de castellano y

francés. ¿Y los nuevos términos extranjerizos de esa jerigonza, son

los que tienen empeño en que los acepte la Academia Española? Á nueva

lengua, nueva Academia. Ténganse ellos, pues, su Academia de esa nueva

lengua. Si tienen poco ó ningún apego á la lengua castellana, ¿qué les

importa de nuestra Academia ni de nuestra lengua?

Esotra cantilena de que «la pobreza del anémico vocabulario español,

en la marcha progresiva del siglo, es una rémora para la expresión

fiel del pensamiento», no faltan jóvenes que la solfeen también

por acá en España. El vocabulario español lo dejaron precisamente

anémico, en camisa y casi en cueros los galiparlistas, que redujeron

el sobreabundantísimo léxico del siglo XVI al pobrísimo del siglo

XVIII por ceñirse en castellano á solos los términos que tienen su

equivalente en francés. Y á pesar de eso, ese «anémico vocabulario

español» es el doble en grueso del vocabulario francés; y no tiene

el lector, para convencerse, más que tomar en su mano cualquier

Diccionario español-francés y francés-español, y comparar el grueso

del lomo de los volúmenes. Si con la mitad tienen los franceses que

les sobra para «la expresión fiel del pensamiento», ¿por qué con el

doble de palabras y con el triple de metáforas y frases que empleaban

nuestros clásicos, y en parte no queremos nosotros emplear, sólo porque

no las tienen los franceses, no podremos expresar ese pensamiento? ¿Tan

sutil es y alambicado, tan hondo, tan cerrado, ese pensamiento moderno,

que no cabe en el castellano, que abarcó, cual ninguna lengua, desde

la mística hasta la picaresca, desde el Renacimiento, donde se hallaba

todo lo moderno, hasta la antigüedad greco-latina, que distaba bastante

más del siglo XVI que no dista del mismo siglo el siglo XX? Por lo

menos esos jóvenes «muy inteligentes é ilustrados» en su nueva jerga,

¿habrán expresado esas sutilezas, alambicamientos y honduras, que pasan

del alcance del castellano? En la literatura americana yo no hallo nada

de eso, sino más bien mucha ligereza y superficialidad, y conceptos más

romos que agudos, sentimientos más secos que jugosos, filosofías que

nada tienen de germánicas, de hondas, de trascendentales. El Sr. Palma

escribe lindísimamente: no por esa nueva jerga, que él no emplea, sino

por lo picaresco de su habla, adaptada á la bohemia, á la picaresca,

que remedó allá en Lima el modo de ser y de hablar de la vieja España.

Claro está que si esos jóvenes no leen nuestra literatura, sino la

francesa, tropezarán á cada paso al querer expresar tan bien en

castellano como los hallan escritos en francés los sentimientos y

pensamientos franceses. Es que cada pueblo tiene su matiz propio y

exclusivo en el sentir y pensar, que sólo puede expresarse en el

propio idioma, que con ese sentir y pensar nació. Ahora, que el sentir

y pensar francés y su idioma sean más ricos, originales, hondos,

pintorescos, vivos, que los del pueblo que creó el castellano, esa

es una cuestión que puede resolver la literatura comparada y la

comparación de los idiomas de entrambas naciones, y el fallo está dado

tiempo ha por nacionales y extranjeros.

El sol de Andalucía no cabe parearlo con las nieblas de París, ni la

sangre hirviente, negra y tenaz española con la belicosa y rubia, pero

ligera como el agua, de nuestros vecinos. La picaresca, la mística,

el teatro á lo Calderón y Lope, la novela cervantista, los manolos y

chulas, son cosas que les dan á ellos en rostro y que los críticos

alemanes é ingleses califican, por el contrario, de lo más original,

naturalista, profundo y característico en punto á costumbres y

literatura.

Ejemplo al canto: esta _espiritual frase_ dice Palma del dicho del

Evangelio y de Horacio. ¿Qué significa aquí _espiritual_? Mucho en

francés, porque tiene un matiz intraducible. Pero en castellano es

simplemente una gansada. Toda frase que exprese un pensamiento, ó

dígase cosa del _espíritu_, es _espiritual_. Ese matiz francés del

vocablo es, pues, tan bonito como ligero, pero tan poco profundo como

lo son ellos mismos: bueno para hacer efecto al primer golpe, y por lo

mismo para que lo lleven y sepan venderlo en todos los escaparates del

globo terráqueo los modistos parisinos y esté de moda unos días; pero

como le falta profundidad filosófica y colorido de fantasía, su moda

pasa y se desvanece como todas las modas parisinas.

Pero, en fin, es inútil que á esos «jóvenes muy inteligentes é

ilustrados» les queramos persuadir de que el léxico castellano nada

tiene de anémico, sino de sobrado, que es por lo que siempre pecó,

como por lo sobrado y exuberante pecaron nuestros ingenios, desde

Séneca y Lucano hasta Lope y Calderón, desde Castelar hasta el anémico

Tostado. Porque bastaría preguntarles que ¿por dónde saben ellos que

nuestra lengua padece de anemia, si, como dice Palma, no han leído á

nuestros clásicos? Tiene gracia que, movidos de aversión por todo lo

que sepa algo al nombre español, devoren textos no castellanos, piensen

extranjerizamente, no hayan abierto un libro clásico castellano, ¡y

nos vengan después con lo de la anemia de nuestro caudal léxico!

Pero aún tiene más gracia el que, después de haberse hecho para su

uso particular un vocabulario de palabras barridas con ignorante é

inexperta mano de otras lenguas, nos vengan con la ingenua pretensión

de que las incluya la Academia en el Diccionario castellano. Pónganlas,

noraental, en el Diccionario de esa riquísima, progresiva y espiritual

lengua, que ellos se van apañando con tanta inteligencia como

ilustración, y dejen estar al Diccionario castellano con lo que es

suyo y á la Academia con lo único que le incumbe, que es registrar los

vocablos que emplea todo aquel que pretende hablar castellano, no los

que empleen «jóvenes inteligentes é ilustrados que tienen poco ó ningún

apego por la lengua castellana».

Para no condenar en globo á todos los escritores americanos, conviene

aclarar las cosas y hacer una distinción importante, que hace el

mismo Palma, escritor tan castizo y á la antigua española, que más

bien tiende á lo viejo que á lo moderno en su vocabulario y estilo,

aunque ciertos desabrimientos, en parte justificados, le hayan hecho

últimamente portaestandarte del neologismo y párroco de esa nueva

feligresía, muy inteligente é ilustrada.

Los americanos ya entrados en años, los hijos de los que se hicieron

independientes, á vueltas de cierta aprensión de tiranía, que acerca de

los españoles les llevó á las narices el humo de la pólvora que cuando

niños les rodeaba, conservaron un grato recuerdo de la madre patria,

que, si no todas veces oyeron de labios de sus padres, leyeron por lo

menos en sus más hondos y arraigados sentimientos.

Los que de entre ellos se han dedicado á las letras se han mostrado

hasta extremosos en acatar la autoridad de nuestros clásicos y de la

Academia Española. No conozco obra lingüística escrita en España donde

tantos miramientos se guarden con la Academia, como se echan luego

de ver en las mejores compuestas en América. Bello, Cuervo, Peña,

Isaza, Baralt, Calcaño, Membreño, Batres Jáuregui, el mismo Palma,

son académicos hasta exagerados. No lo soy yo tanto, ni muchos de los

mismos miembros de la Academia, y en este punto había de llevarles

la contra. Quéjanse, es cierto, y repiten en todos los tonos de la

gama, de que son una mayoría, cuyos modismos debiera tener en cuenta

el Diccionario académico, que algo pesa el voto de cincuenta millones

junto al de diez y seis, que el castellano es tan suyo como nuestro;

pero estas mismas quejas y la escrupulosidad con que hojean el

Diccionario y Gramática de la Academia compulsando con las de ella sus

propias doctrinas, y el afán de que se les atienda y el proclamarla

como centro de autoridad, ¿no prueban más que manifiestamente que son

quejas de hijo desatendido, pero en ninguna manera desamorado y rebelde?

¡Cuán otros se nos presentan los jóvenes de la nueva generación! Sin

el menor apego á la España, que sus padres, al cabo como españoles,

respetaban; antes, con la prevención y aun inquina no disimulada,

cautelosos y escamados, han vuelto la espalda y alejádose lo más que

han podido de cuanto huela á español. Cual perro recién desatado de

la cadena, se lanzaron tras el resplandor que admiraron en países de

otra raza, y allí, encandilados, embaucados, emborrachados como niños

inexpertos, que niñas son las nuevas nacionalidades, con los vicios y

virtudes de los hombres niños, dieron rienda suelta á su hambre por

los apetitosos pastos de la novedad, y se hicieron franceses y hasta

ingleses ó canchadales, con tal de dejar el habla castellana, último

resto que les quedaba de españoles.

Alimentos extraños, mal digeridos y asimilados, no podían producir

más que ese hartazgo y esa jerigonza de lenguaje que afea las obras

de los mejores ingenios sudamericanos. Los españoles no nos hemos

cuidado para nada de esos pródigos del habla castellana. No asomó á

nuestros labios la menor mueca de desdén ó de resentimiento. Creer que

en España se odia ó se mira, aunque no sea nada más que con cierta

prevención, á los americanos, es otra niñería por parte de los que por

allá crean semejante paparrucha. Lo único que aquí ha caído mal entre

los literatos que conocen sus escritos es esa monserga empleada por

escritores que, gloriándose de hablar castellano, lo han ido á aprender

á París. No hay punta de malquerencia en ello: es el desagrado natural

que causa lo deforme, y el sentimiento de que de lo deforme se alardee.

Y el hecho es á todas luces clarísimo, mal que les siente á nuestros

hermanos de allende los mares. Hay que decirlo francamente. Salvo

las raras excepciones de aquellos varones eminentes, que en punto á

literatura estudian nuestro pasado, los americanos escriben mal, la

mayor parte horriblemente mal, y, á vueltas de delicadísimos chispazos

de poesía, los mejores poetas dan de bruces y sueltan necedades de

á tomo. No es el habla del pueblo americano, ni el ingenio de los

escritores: es esa novelería extranjeriza, la que los malea. El

galicismo es un cáncer que hay que sajar hasta en sus últimas fibras.

Los que lo defienden, sea como fuere, favorecen esa peste del lenguaje

literario de América. Ni admite defensa alguna razonable, porque el

galicismo es cosa distinta del neologismo necesario.

Hablando de galicismos y anglicismos, dice seriamente el

inteligentísimo y muy querido amigo mío Sr. Palma «que algunos de ellos

son precisos por no existir en castellano voz equivalente, como sucede

con las palabras _revancha_, _sport_ y otras pocas». Adán, cuando llegó

á ser abuelo, no sé yo si mandaría traer de París los juguetes que el

día de Reyes regalaba, sin duda alguna, á sus rubios netezuelos; lo

que sí tengo muy averiguado es que aquellos rapazuelos jugaban y se

daban al deporte con más gusto que el más estirado de los ingleses.

También sé de buena tinta que cuando Caín jugó aquella mala partida á

su hermano, de dejarle en el sitio de un guijarrazo, no faltó quien

desease tomar el desquite, y, para que no se desquitasen sin cuenta y

razón, tomó Dios por suya la causa del fratricida, señalándole en la

frente, y él por su parte se tuvo el cuidado de guardar la pelleja,

emboscándose lejos de la gente. ¿Cree el señor Palma que nuestros

abuelos tenían sangre de chufas, para no sentirse picados y procurarse

el despique, y que los nietos del rey que rabió fueron tan severos que

en su niñez, ni en su mocedad, ni en su edad madura, ni en su misma

chochez, no les gustaba entretenerse, divertirse, jugar, espaciarse,

holgarse y echar una cana al aire cuando llegaron á tenerlas? Pues

créame que todos hemos sido hijos de Adán y nietos del rey que rabió.

Y á eso se reduce todo el alegato en favor del galicismo, y esa es la

sencilla contestación que se le debe dar.

Cabos sueltos: Literatura y lingüística · 第 70 / 81 题