EXTRAVAGANCIAS DEL LENGUAJE

I

Mucha filosofía dicen que atesoran las lenguas. No lo negaré;

pero también hay que añadir que encierran no menos disparates y

extravagancias. De éstas me toca hablar ahora, y para que no se crea

que sólo se les escapan á la gente rústica é incivil, la tomaré con lo

más granado de entre nuestros escritores clásicos. Digo que nuestros

encomiados clásicos fueron los hombres de más disparatada sesera

que Dios echó al mundo. El famosísimo Dr. Laguna dicen que tradujo

elegantemente á Dioscórides. Mi buen amigo, el también Dr. Olmedilla,

escribió un folleto sobre tan venerable varón y lo pone como uno

de los primeros, si no el primero, de los médicos del siglo XVI. Y

efectivamente lo fué del Emperador Carlos V y del Papa. Pero no le vale

á Laguna el haber sido todo eso, ni el que lo celebrara Cervantes, ni

el que escribiera su elegante traducción en la misma quinta Tusculana

donde Cicerón había escrito sus filosofías. _Cuájanse con frío los

metales_, dice Laguna (_Diosc._, 5, 44). ¿Qué mayor disparate que decir

todo un Doctor en medicina, médico de Carlos V y del Papa, que los

metales cuando están en fusión se tornan cuajada? Merced al cuajo se

convierte en cuajada, se cuaja la leche. Echad un poco de cuajo, viene

á decir el Doctor, en los metales fundidos, y hételos hechos cuajada.

Pues permítame el Sr. Doctor, médico de Carlos V y del Papa, que le

diga que eso es un solemnísimo disparate.

La frase debió de caer en gracia, pues otro disparatadísimo Doctor

estampó en un libro devoto: _Las perlas se cuajan con el rocío de la

mañana_. Y si esto parece declarada locura, que el rocío haga de cuajo

y las perlas sean cuajada de leche ó de otra cosa, con razón se tiene

por locos á los poetas, que repiten lo de que el rocío son _perlas que

brillan sobre la yerba_, y que ésta _amanece aljofarada_, y locura de

remate fué la del más loco de todos ellos, del celebrado Garcilaso,

cuando ordenó á las ovejas que _paciesen la yerba aljofarada_. ¡Lindo

rechinar de dientes se oiría en un rebaño de 200 cabezas, con el

áspero masticar de esas perlillas que llaman aljófar! En la _Histórica

relación del reino de Chile_ amontonó juntos todos esos disparates el

P. Alonso de Ovalle: _Esta yerba se cubre el verano de unos granitos

de sal, como perlas y aljófar, que cuaja sobre sus hojas_. De luengas

tierras luengas mentiras. Los chilenos nos podrán decir si es cierto

que por allá se cubra alguna yerba de granitos de sal, y si esos

granitos se hacen cuajada sobre sus hojas, y si esa cuajada son perlas

y aljófar.

No conozco más que un escritor que se riese de tales bernardinas;

los demás españoles las tuvieron por gallardas elegancias del buen

decir. El gravísimo fraile jerónimo José de Sigüenza en obra tan seria

y elocuente como la _Vida de San Jerónimo_, en folio por más señas

y á dos columnas, nos habla (l. 1, disc. 4) de _tomar puerto en la

isla_. Quiere decir que unos navegantes llegan á una isla, siéntanse

sobre la verde alfombra, _fronde super viridi_, y con todo el sosiego

del mundo, como quien se toma una jícara de chocolate, comienzan á

embaularse el puerto que tienen delante con bajeles y todo y hasta con

sus muelles y cargaderos, se lo sorben, se lo echan al coleto, se lo

meten entre pecho y espalda. ¡Todo esto es ridículo! Pues este fraile

tan descomunal en su manera de expresarse, se vuelve tan melindroso en

el mismo discurso, que repite la misma idea llamando á eso _tocar el

puerto y la deseada ribera_. Si no hace uno más que tocar el puerto y

la ribera y no desembarca, no comprendo yo cómo pudo desearla tanto.

Y ¿qué diremos del discreto P. Mariana, que tal vez por evitar tales

dislates escribió todo lo contrario de lo que en la cabeza tenía y

pensaba escribir? _Dió fondo_, dice, _junto á Cádiz_. Quiso decir que

llegó á tierra sano y salvo, y se nos descuelga con que se fué á pique,

pues la letra esto da á entender, á lo menos el fondo del mar no es

la playa, á mi pobre entender. El cejijunto jesuíta tiene cosas muy

buenas: en el libro 4.º, capítulo 4.º de su _Historia de España_ dice:

_tenía sujeta toda la provincia_. ¡Buenas cadenas ó sogas tuvieron que

hacer los herreros y cordeleros de aquellos tiempos, no se les morirían

los hijos de hambre! En otra parte (9, 36) añade: _Al cabo de tres días

de cerco alzaron mano de él_. ¡Vamos, que ni los días tienen cabo,

como las velas ó las costas, ni se estuvieron sin comer ni dormir tres

días mortales puestas las manos sobre cosa alguna, y menos sobre un

cerco, que no tiene donde se puedan poner! Todo eso son sandeces más

que de marca. ¡Pues digo! del otro, que escribió: _Cuando Dios alzare

las manos de los buenos_. ¡Largos brazos serían los de Dios, si desde

lo alto del cielo tuviera puestas las manos sobre los hombros de los

buenos! El descabellado Gonzalo de Correas habla en su _Vocabulario_

(l. _D_) del _dejar en jerga la cosa_ por abandonar ó dejar sin la

debida perfección. Según eso los albañiles, cuando al propietario le

faltan los cuartos para terminar una casa, la dejan en jerga, y en

jerga dejo yo el almuerzo, cuando lo dejo por acudir á otra parte.

Buena jerga la del catedrático de griego de Salamanca. El cual en la

letra _U_ escribe: _Un sudor se le iba y otro se le venía_, como si

el sudor tuviese pies y se fuese y viniese, y no saliese del cuero.

En la letra _A_ nos habla de _armar caramillos, armar zancadillas y

armar tranquillas_, cuando es así que ningún soldado vi yo armado de

tales pertrechos, y el caramillo sólo lo he visto en los labios para

chiflar. Para decir que lo apetece todo nos espeta en la letra _E_ el

_empreñarse del aire ó de lo primero que oye_. Preñez del aire sólo la

había yo oído en Plinio, que lo dice de las antiguas yeguas lusitanas,

y aun tal vez el discreto naturalista puso yeguas por no dar matraca

á los finchados hidalgos de Portugal. Preñez de lo que se oye es una

preñez harto cuestionable; pero Correas sabía mucho, y su razón tendría

cuando lo dijo. Que sabía mucho no hay que ponerlo en duda: en la

letra _T_ nos habla del _tener asomos de una cosa_, sin que intervenga

ventana ni _somo_ ó altura alguna; en la letra _H_ nos repite lo del

_hacer sudar la gota gorda_, que yo he oído cien veces por ahí, sin

lograr jamás entender qué _gota gorda_ será esa, y cuál será la _gota

flaca_. También añade el _hacer sudar como gato de algalia_, gato que

debe ser muy raro, pues, que yo sepa, los gatos no sudan. El lector

supondrá que hablo en broma; puede tomarla por tal, si así se le

antoja: yo digo la verdad como la siento.

Si nos entrásemos por los escritos de Quevedo, aunque es el único

que tomó por bernardinas, como apunté, todos estos dislates, no nos

daríamos manos á toma y deja, á esta quiero, esta no quiero, porque

es el disparatador por excelencia. Por ejemplo, en la _Musa_ 6, 1,

dice: _Si yo mi argumentillo mal no entablo_. Buen medio para ponerlo

ante la vista, entablarlo entre cuatro tablas. _Tiene izquierdo

discurso_ (_Tir. la Piedr._), de modo que el habla se le iba por la

zurda. _Remojar la palabra_ (_Mus._ 5, j. 14), como un bizcocho en

vino. _Enjugar las lágrimas á las viudas_, llevando, naturalmente, á

prevención en el bolsillo tres docenas de moqueros, y no sé si bastarán

para enjugárselas á la primera que topáremos. _Ser ojo á los ciegos_,

metiéndose uno bien aovilladico en una de las cuencas de los ídem, por

no decir otra cosa. Todo eso lo escribe al tratar de _La Providencia_

(tr. 2), libro que dicen es muy serio; pero así son las seriedades de

Quevedo, pues en las _Musas_ (6, r. 9) dice: _En cada bostezo gasta una

cruz de dos palmos_, quiere decir que al bostezar roe una cruz larga de

dos palmos; y en _Marco Bruto: Fanfarronea con la sangre civil entre

amores faranduleros_, quiere decir que en dando con un civil, le saca

la sangre para darse pisto enseñándola por las calles; y aun por eso me

explico que sean todos ellos como espátulas de flacos y arguellados.

_Nada bueno le puede entrar de los dientes adentro_, dice en la _Visita

de los chistes_; pero no le veo la punta, porque el chiste estaría

en que no le entrase de los dientes afuera. _Me ha llenado el ojo_

(_Entremet._), dejándole ciego, será de suponer. Ya sabrá él buscarse

quien le ayude á vaciarlo, pues en la _Visita_ dice que _tomó una

purga confeccionada con hojas de Calepino_. Sin duda eran entonces

mejores los estudiantes que hoy, que el Calepino hoy más bien empacha

que aligera. Repito que, fuera de toda guasa, esto y lo otro y lo que

sigue, son chirigotas y es hablar en necio.

Dejando ya á Quevedo, leo en la _Mosquea_ de Villaviciosa (2, 62): _Al

palacio se parte el pueblo junto_, verso que no entiendo, pues ó sobra

el _se_ y quiere decir que todo el pueblo rompe el castillo y lo divide

en dos partes, que ya es tarea para animalitos tamaños, ó el que se

quiebra y parte en dos es el pueblo junto, lo cual también tiene su

intríngulis, como lo tiene el _partir la baraja_, pues no forma un todo

pegado, y el _partirse los viajeros_ cuando sale el tren, pues ellos

bien enteros se asoman por las ventanillas.

_En él ponéis los ojos con agrado_, escribe Villegas en el _Soliloquio_

8, capítulo 4, y no hay quien lleve su necedad hasta el punto

de sacarse los ojos para ponerlos _con agrado_ en parte alguna.

_Las flores á los ojos ofreciendo diversidad extraña de pintura_,

dice tontamente Garcilaso (_Egl._ 2), pues convierte en pintores á

las flores. _Cubrir mentiras con capa de retórica_, añade Correas

(_Vocab._, l. _E_): paño es ese de la retórica que no sé hayan sabido

nunca cortar los sastres. _La justicia tomó la mano de todo_, dijo _El

Donado hablador_ (p. 2, c. 9), en lo cual mostró tener poco donaire,

pues hasta los niños de la escuela saben que el todo tiene partes, pero

no manos. _Sintieron en lo vivo la nueva determinación_, dijo Argensola

(_Anales_, l. 1, c. 44): ¡no, que la iban á sentir _en lo muerto_! Y

el bendito del P. Acosta en su _Historia natural de las Indias_, se

nos viene con cien mil candideces, que quiso se las creyésemos por

ser de cosas lejanas, que no íbamos nosotros á averiguar. En el libro

4, capítulo 10, nos quiere hacer creer que _con maravilloso afecto se

pega el azogue al oro y le busca_, como si fuese su novia, y _que el

azogue se va al oro donde quiera que le huele_, cual si fuese perro

de la calle, y que _á ningún otro metal abraza sino al oro_, y que

_de esotros metales no hace caso el azogue_, y que _todo lo come y

todo lo gasta_: ¿acaso no teníamos azogue en España y no sabíamos á

qué atenernos en todas esas patochadas, que le cuelga el buen Padre?

Cuénteselo á su abuela, que no somos niños de la dotrina. Otro Padre,

Fray Juan Márquez, en los _Trenos de Jeremías_ (v. 2, con. 3, 4), nos

habla de _abrir las puertas al contento_, y sobre esta mentira, pues

el contento no tiene puertas ni ventanas, dice que _rompieron el aire

las voces_, y las voces no rompen nada, ni menos se puede romper el

aire, ó yo entiendo poco de física. Pero de física se sabía poco en

aquellos tiempos, y así no extraño se lea en la _Celestina_ (acto 12):

_desadormecieron mis pies y manos_, y aun en pleno siglo XX, para que

se vea la ignorancia española en achaque de ciencias biológicas, he

oído ó creído oir decir que á fulano _se le adormeció el pie_. Falta

nos hacía otro Feijóo, para enseñar á esos necios que los pies no

duermen, ni despiertan, que esas son creencias vulgares de la ciencia

antigua.

Pues no, que el P. Fray José Láinez, agustino, sabía de cosas, que es

para alabar á Dios, dador de todo bien. En el _Privado cristiano_ nos

dice de los _pensamientos vanos_, que sin duda el buen señor tomaba por

algo así como nueces vanas y hueras, que _son hijos de pasos ociosos_,

frase que no tiene pierde, pues los _pasos_ dicen todo lo contrario del

estar ocioso y no pueden llamarse ociosos, sino á lo más andariegos,

y los pasos no tienen hijos, como lo prueba el concluyente argumento

de no tener padres, pues sabido es que hijos y padres, padres é hijos

son cosas correlativas, que no se dan la una sin la otra, y tampoco los

pensamientos pueden tener hijos, porque á admitirlo algún filósofo,

ya hubieran tratado los teólogos de investigar un _cuesito_ de mucha

importancia, que no faltaría en la _Suma_ de Santo Tomás con estos ó

parecidos términos: _Utrum filii cogitationum possint baptizari et

quomodo_. Y los tomistas se hubieran devanado los sesos inútilmente,

porque el caso era de los peliagudos, y de los que sobrepujaban las

entendederas del _Doctor subtilissimus_. Por todo lo cual la frase del

susodicho fraile hay que darla por un completo disparate de tomo y

lomo. Otro fraile, Fray Antonio Pérez, benedictino, dijo con no menor

inexactitud, en sus _Sermones dominicales_ (p. 170), que _la salud que

le dió tan á pie quedo_, y no es menester saber quién ni á quién, pues

basta saber que nadie puede dar cosa _á pie corriendo_ sin detenerse

por lo menos un segundo, y que de todas suertes lo del _á pie quedo_

tratándose del _dar_ es y será siempre una niñería, indigna de un grave

benedictino.

¿Pues qué decir de estotras truculentas pamplinas, que leo en la página

6: _Desconfiados los hombres, se atericiarán y se secarán, y quedarán

como estatuas con el pellejo enjuto, y con sólo la armadura, de puro

amedrentados y ajudiados de lo que en todo el mundo ha de suceder?_

Lo que no sucedió, por la inmensa misericordia de Dios y la excesiva

paciencia de los oyentes, es que le echasen con cajas destempladas

del púlpito abajo á predicador tan lenguaraz, que en la cátedra de la

verdad osaba mentir por mitad de la barba. Si se secan y quedan con el

pellejo enjuto, ¿cómo han de poder soportar el peso de _la armadura_?;

y si se convierten en judías, ¿qué tienen que temer en el día del

juicio, si el juicio ha de ser de los hombres, y no de las judías ni de

las calabazas? Son sandeces del lenguaje, y de nuestros clásicos, los

más sandios de los sandios.

Pero oigamos cómo Correas (_Vocab._, l. _C_) expresa el _peligrar_,

porque no parece sino que estos señores clásicos españoles han perdido

la chaveta con los volatines que hacen: _estar colgado por un hilo_

es el primer ejercicio gimnástico, el segundo _estar colgado de los

cabellos_, el tercero _estar con el agua á la boca_, suplicio de

Tántalo, _estar con el agua á la garganta_, cosa buena en estío, _estar

con la soga á la garganta_ cosa de ahorcados, y con esto se acabó la

función.

El sapientísimo Fray Luis de León nos da una muestra de su sabiduría

en el libro de _Job_ (16): _recoge la ira en sí_, como si fuese el

ganado que se le desmana, y mejor fuera; _poner leña á la cólera_, que

si antes era ganado, ahora es fuego; _regaña los dientes_, _aguza los

ojos_, que por supuesto no tienen punta, aunque lo diga Su Reverencia;

_enclavar los ojos en él_, y sostengo y resostengo que siguen sin punta

ni cabeza; _le pone fiera la cara_, _le saca el enojo afuera por los

ojos_. Todo eso dice ó quiere decir que significa _enfadarse_, cosa

enteramente psico-física del ánimo, que no tiene que ver con clavos,

puntas, dientes, leña, fieras, cara ni ojos, más que con las nubes de

antaño. _Se iría con el alma en los dientes_, dice Quevedo (_Cuent._),

para lo mismo; y miren que tiene bemoles eso de atascarse y tenerse

que sacar con palillo de entre los dientes el alma. Pero los españoles

debemos de ser gente de malísimas pulgas y de un genio de todos los

demonios, porque las expresiones para indicar el enfado no paran aquí,

ni con mucho, y todas son á cual más descabelladas. Castro en su

_Reformación cristiana_ dice (tr. 4, c. 4): _es más desabrida y amarga

que la misma muerte_, aunque nadie se ha comido á la muerte, ni por

acá nos comemos á persona viva ni muerta para saber si es desabrida y

amarga. _Su malicia_, añade, _te hace gemir con la carga_, no habiendo

quien se eche á cuestas la malicia de nadie. La Palma en la _Historia

de la Pasión_ (c. 2): _revolvió como víbora, con rostro fiero y voz

desentonada dijo, mirando con los ojos turbados y encendidos_: ya se ve

que eso de enturbiarse y encenderse los ojos son mentiras elegantes.

Fray Juan de los Ángeles en el _Diálogo_ 4: _tomó un poco de cólera

diciendo eso_, como tomaba él tal vez un polvo de rapé; _se me enciende

el corazón_, sin quemarse; _se me afloja el alma viendo_, figúrense

ustedes si es flojera. Solís en la _Conquista de Méjico_ (l. 1, c.

8): _Mezclóse el alborozo con el desabrimiento_, como si el genio

fuera algo de comer; _estaba fuera de los términos razonables_, y

probablemente no se meneó de su lugar. Torres en la _Filosofía moral

de príncipes_ (l. 7, c. 9): _abrasarse con el fuego de la ira_, que ni

es fuego ni abrasa; _embriagarse con el enojo_; _la ira arrebata la

razón y le despeña_; _abrir la puerta al cierzo de la ira_; _la ira le

hace dar por las paredes como ciego_; y en el libro 24, capítulo 7:

_le sacó de sus casillas_, donde no sé quién le había metido; _al más

sosegado sacan de su paso_. Estebanillo González en su _Vida_, dice

por enfadarse: _echando el bodegón por la ventana_, que ya es echar,

con mesas, vasijas, vino y borrachos y toda la jacarandana. Cervantes

(_Quijote_, I, 14): _le haré despertar la cólera_, como si fuese cosa

dormida y sosegada. En la _Pícara Justina_ (f. 200): _ni la ayudara

aunque la viera echar los bofes_, tal debía de soplar de puro enojo;

_comenzó á meter fagina y echar de bolina y decir fanfarrias_ (ídem,

fol. 132), donde se mete á soldado, á marinero y andaluz. Correas

(_Vocab._, l. _Q_): _quísome comer los ojos_, ¡ya es hambre!; _agotar

y apurar la paciencia_ (l. _S_), _sacar de paciencia, de tino_. En

la _Celestina_: _no me hinches las narices con esas memorias_; en

las narices mora, según esto, el enfado. Solórzano (_Donaires del

Parnaso_): _me deshago y me destrizo_. Ovalle (_Hist. chil._, 3, 3):

_para echar de sí el miedo, comienzan á patear el suelo; se revisten

todos de un gran furor_. Quiñones (_El murmurador_): _no hay cosa

de que no se pudra; traigo la sangre requemada_. Todo eso, si es

enfadarse, es un enfadarse muy raro.

Fray Laurencio de Zamora, cisterciense, en su _Monarquía mística de

la Iglesia_ (l. 1, sím. 6) escribe: _Comienza la tierra á vestirse

de hermosura_, por manera que antes estaba desnuda; ¡desvergonzada!

Pero oigamos al _Donado hablador_ (p. 2, c. 2 y 3), que llama al

desnudarse _quedar en carnes, en pelota_. ¡Habráse visto! Pues ¿en

qué iba á quedarse? ¿En huesos? Y lo de comparar un hombre desnudo

á una pelota es chistoso. _Apeó la dificultad y dió alcance á la

dificultad_, dice Correas (_Vocab._, l. _A_), que significan entender,

como si eso se hiciese con los pies. Fonseca convierte en árboles las

banderas, y se queda tan satisfecho: _enarbólanse banderas_ (_Vida de

Cristo_, p. 1, c. 31). Aguado convierte una azotaina en jubón: _Se le

ajusta al enemigo un jubón de azotes_ (_El perfecto religioso_, p. 1,

tít. 7, c. 6). Don Oton Edilo Nato de Betissana en el _Epítome de

Guichiardino_ (p. 45) llega al descaro de convertir al Papa en lo que

oiréis: _Remover el embarazo del Pontífice_, y eso que dicen que es

elegante y castizo escritor. Nuestros castizos y elegantes escritores

hicieron, pues, mangas y capirotes del castellano. ¿Á quién, sino á

Quevedo, en el _Cuento de cuentos_, se le ocurre decir que _andaba ya

de capa caída_? Pero lo que no puede creerse, aunque lo diga de Dios

el Obispo de Astorga, D. Antonio de Cáceres, en su _Paráfrasis de los

Salmos_ (salmo 17, fol. 31), es que _apretó y estrujó los cielos para

que diesen jugo, y que con cielos y todo se bajó á nosotros_, como si

Dios fuese uno de esos que pisan las uvas y luego un jayán de cordel

que se viene con los cielos á cuestas. Este Obispo tenía rarezas muy

suyas; dice que _hace Dios chispear el cielo_ (fol. 30), como si

ardiese, y que _por un oído les entra y por otro les sale_, como si

la cabeza estuviera horadada, y dice en nombre de Dios de los malos

tales necedades como estas: _se atan las manos con su ingratitud_, _han

querido apurarme_, _hacerme dar la cuerda_. Según Fray Pedro de Vega,

en el salmo 1.º, hay quien _ve la muerte al ojo_, y añade que _qué

alborotada saldría aquella alma de las carnes_. Realmente estas son

chocheces, como lo que escribe Sigüenza en la _Vida de San Jerónimo_

(l. 6): _que el alma rompió las cuerdas y desasida voló como paloma

cándida á las moradas eternas_; y ahora me explico yo por qué algunos

dicen que la religión católica es religión de un estado muy niño de

cultura, cuya época ya pasó. La culpa la tienen estos reverendos

frailes que florearon tanto en sus expresiones, como si hablasen á

niños, siendo así que la Humanidad ha dejado ya, como se dice, de

ser niña, y ha llegado á su madurez, que sólo se paga de verdades y

pensamientos, no de imágenes y símbolos. Dice Luis Muñoz en la _Vida

del P. Granada_ (l. 2, c. 15) que _se venía acercando á paso largo la

muerte_. La muerte no viene á paso largo ni á paso corto; no es más que

el echarse á perder la máquina del organismo humano.

Y en esto hasta los que no eran frailes desbarraron, pues Torres de

Villarroel, el famoso confeccionador de almanaques, catedrático de

Salamanca, en un soneto á Mejía dice que _Un mulo allí levanta sus

resuellos_. ¡Qué ha de levantar, hombre! Lope en su _Filomena_ (f.

72) ya había dicho que _se lleva de un aliento tres pliegos de un

romance_; pero Lope, aunque clérigo, era poeta; lo mismo que Alonso

de Fuentes, que hizo de filósofo en la _Suma de filosofía natural_,

cuando escribió: _Los que tienen calenturas alientan muy recio_, como

si el aliento fuese delgado ó recio como una tela ó una tabla. Poetas y

filósofos han pertenecido siempre al gremio de los orates. León, que

era fraile, filósofo y poeta, pudo decir (_Faces_) que _es gracioso en

los ojos de Dios_, atribuyendo á Dios _ojos_, lo cual es muy poético,

filosófico y frailuno; pero no deja de ser una mentira, y en ello

convendrán los mayores entusiastas de Fray Luis, y aun toda la Orden

de San Agustín. Pero que todo un Príncipe de Esquilache estampara en

sus obras: _Del alma humilde dilaté los senos_, es cosa que no se

puede tolerar, pues sabido es que no tiene tales senos dilatables

ni por dilatar el alma. El mercenario Fray Hernando de Santiago en

su _Cuaresma_ (serm. 5) dijo de la rosa que _queda lacia, mustia y

melancólica_, como quien está de mal humor, cosa que á las rosas no

se puede atribuir; y el agustino Pedro de Valderrama en su _Teatro de

las religiones_ (serm. 1) dijo que _un rayo de sol quema y abrasa las

flores_, que aunque el sol queme y abrase, no sé yo quién habrá visto

flores ardiendo por causa del sol; pero al cabo fueron frailes. Mas

que Ibarra en la _Guerra del Palatinado_ (l. 4) escribiese _seguir

la derrota del pueblo_, sabiendo que en las cosas de la guerra una

_derrota_ es... pues una derrota, téngolo por descuido incalificable.

Melo, de quien se dice que es gravísimo historiador, me parece

algo fanfarrón y muito portugués cuando lanza estas exageraciones

(_Guerr. de Catal._, l. 4): _Todo el suelo era sangre, todo el

aire era clamores, no se oían sino quejas, voces y llantos, todos

mataban, todos se compadecían_, y todo eso es filfa retórica y mentira

calificada. ¿Cabe mayor desenfado, mayor ceguedad y mayor tontada

que esta frase de Anastasio Pantaleón de Rivera: _La vez que me

kirieleisan, responsan y parcemican_ (P. 2, rom. 21)? Sí, lo de Jacinto

Polo (_Obr._, p. 224): _me llevaron en diablandas, en un diablamen nos

pusimos allá_. Hay quien tiene estas majaderías por expresiones galanas

y hasta divinas, pero

¿No fuera harto más claro y más divino

llamar á cada cosa por su nombre

y decir al pan, pan, y al vino, vino?

Góngora (_Rom. burl._, 4) nos viene con que _Le bebían las palabras_,

Rebolledo (_Ocios_, egl. 3) con que _Las miré tanto que ni pestañeaba

el pensamiento_, Estebanillo (c. 10) con que _Me dejó hecho estatua de

Baco en el jardín de Flora_, Santa Teresa (_Vida_, c. 18) con que _Es

mi intención engolosinar las almas_, Nieremberg (_Obras y días_, c. 42)

con _Comprar voluntades, feriar corazones_, Lope (_Filomena_, 158) con

que _Es vanidad ingerta en bobería_, Correas (_Vocab._, l. _C_) con

_caerse la baba á uno_.

Y para decir sencillamente _callar_ ¡qué de circunloquios hueros, qué

de tonterías babilónicas, qué de pamplinas pamplináceas nos regalaron

nuestros palabreros clásicos! Cuando lo más á propósito para expresar

el callar parece debía ser hablar lo menos posible. Burguillos

(_Gatom._, s. 1) dice _sellar los labios_, cual si fuera carta la boca.

Tejada (_L. pro._, 1, 37), no contento con esto añade: _Lleva cada uno

en la boca para sellar el silencio una piedra_; y luego nos reiremos

del helénico _tener un buey sobre la lengua_. _Santo silencio profeso_,

dice Quevedo en la _Musa 5_, á pesar de ser tan hablador que no acaba

de charlar para indicar el silencio. Así en _La Providencia_ (tr. 3):

_no permitir voz alguna á su inocencia_, _enmudecer los acentos de

la fragilidad humana_, _no gastar palabras_, _servir de aplauso á la

calamidad callando_, _asistir á uno con el silencio_; en el _Cuento de

cuentos_: _El padre no hacía sino chitón, como entendía el busilis, ni

chistó ni mistó_. _Él no dijo esta boca es mía, y tieso que tieso_;

en los _Riesgos del matrimonio_: _La lengua y las palabras se me

hielan_. Cervantes entre otros mil despropósitos dice: _Punto en boca

y atended_ (_Novel._ 8), _morderse la lengua_ (_Quij._, II, 23), _casi

no he hablado palabra hasta ahora_ (ídem, c. 1), _él se diera tres

puntos en la boca y aun se mordiera tres veces la lengua_ (ídem, I,

c. 30), _díjole al oído que no descosiera los labios_ (ídem, II, 69),

_no se probará que haya desplegado el labio donde yo hablo_ (II, 12),

_nos hemos de coser la boca_ (I, 25), _depositar una cosa en lo más

escondido del silencio_ (_El am. liber._). Si tal despotricaron los

maestros, ¿qué harían los discípulos? Aguado dijo: _Sepulte su boca_

(_Per. rel._, 2, 10, 10), _tener enfrenada la lengua_ (ídem, 3, 6, 2),

_guardar cerrados los labios_, _poner guarda á la boca_, _poner freno

á la boca_, _poner sello á los labios_ (ídem, c. 4); Quiñones (_Las

Civilid._): _Sin chistar, sin paular y sin maular_. Correas llega hasta

la ridiculez: dice que callar puede expresarse por _coser la boca y

coser la boca á dos cabos_ (_Vocab._, l. _C_), como si uno no bastara;

y: _No dijo ni oste ni moste_, _No hubo ni chuz ni muz_, _No dijo ni

uste ni muste_, _No despegó la boca_, _No desplegó la boca_, _No dijo

esta boca es mía_ (l. _N_); y: _Tener la barba queda_, _Tener la boca

llena de agua_ (l. _T_). ¡Habráse visto palabrería, y charlatanería,

y parlanchinería! _Pusiera á los labios el candado y á las puertas el

cerrojo_, dice hasta el grave de Esquilache (_Rim._, r. 230). Zamora

(_Monar._, 3, 3) dijo: _Vivir á la sorda_. Calderón: _Suspender la

voz_, _Ten el acento_, etc. Estebanillo (c. 7): _Dime un centenar de

tapabocas_, _Poniéndome la planta de las manos en los labios_. En la

_Pícara Justina_ (l. 2, p. 2, c. 2): _Tenía caídas las golillas de pura

vergüenza_, _Tragaba saliva á duras penas_; Nieremberg (_Obr. y días_,

c. 20): _echar grillos á la lengua_. En fin, que fuera el cuento de

nunca acabar, si sobre el callar hubiéramos de decir cuantos dislates

vinieron al magín á nuestros parleros clásicos.

Acabemos, pues, aquí esto de las extravagancias del lenguaje entre

ellos, y dejemos para otro día otras de no menor calibre del lenguaje

en general.

El lector ha leído este artículo, y se figura que todo él es una pura

guasa y aún me tildará de poco avisado en haber sostenido tan á la

larga el tono irónico. Pues, desengáñese. Si cree que es ironía, y que

de hecho el lenguaje no está lleno de barbaridades, se engaña de medio

á medio, y yo he logrado cogerle como á un chino. Yo lo habré hecho

muy mal; pero mi intención era expresar lo que siento, que nuestros

clásicos dijeron mil necedades, que hicieron con el lenguaje cien mil

barrabasadas. Que en este hecho se encierra un problema, no lo negaré,

y precisamente lo he querido exponer para discurrir acerca de él y ver

de soltarlo, si fuere posible, en otro artículo.

Cabos sueltos: Literatura y lingüística · 第 61 / 81 题