Ó que el desinterés y frialdad con que estos estudios se miran por el
común de los lectores, ó que cierta suspicacia harto de lamentar y
algún resquemor en parte pueril é infundado, ello es que quizá uno y
otro, y esto y lo de más allá, me sospecho que han atajado las plumas
de los periodistas para no alargarse, cual la cosa lo merecía, en lo
tocante al Congreso de la Lengua Catalana, habido los días 13, 14, 15,
16, 17 y 18 del pasado Octubre en Barcelona. Tiempo ha que cuanto nos
viene de allá trae consigo un cierto olorcillo á enemiga por Madrid y
el resto de España, ribeteada, ó si se quiere, estofada, con dejos de
separatismo, que, á la verdad, á los españoles de corazón nos atufa y
nos apesta: los buenos españoles de Cataluña, si serenamente lo miran y
meten la mano en el pecho, convendrán en que hay alguna razón para ello
y me la darán, aunque no sea más que á boca cerrada. Á boca llena con
todo eso, Dios loado, podemos, al menos por esta vez, congratularnos
todos, ellos y nosotros, y discurrir reposadamente sobre lo que este
Congreso nos dice y enseña para la cultura española. Acontecimiento
literario y filológico, que ha sobrepujado las esperanzas de los
que lo organizaron, ajeno y desnudo de todo color político ó de
otros bastardos intereses. El alma catalana, que alienta en diversas
provincias y territorios de distinta nacionalidad, ha vibrado aquí al
unísono, se ha recogido y doblado sobre sí misma, y contenta y muy
pagada de lo conseguido desde el reciente renacimiento literario, ha
tomado nuevas alas y bríos para lo venidero. Abierto por el Alcalde de
Barcelona, cerrado por el Presidente de la Diputación, coronado por
el descubrimiento de una lápida al soberano vate Verdaguer, orlado
por la rica exposición bibliográfica, regocijado y festejado por el
Orfeón catalán y las populares sardanas, el _Garden-party_ en el Parque
de Güel y la función histórica del Teatro Catalán, el Congreso ha
resultado brillante y serio á la vez, ha sido al par que una reunión de
toda la familia catalana y de sus mejores amigos, un consejo de sabios
y eruditos.
El Congreso no se propuso definir ni acotar, decretar ni determinar
nada en particular: todo eso es contrario al espíritu democrático
catalán, y probablemente inútil en actos de este género, cuyo fruto
natural y espontáneo no está en las cacareadas decisiones prácticas
que no suelen llevarse á ejecución, sino en ese encendido anhelo y
aliento divino que brota en el pecho de cuantos se reúnen con algún
propósito levantado y nacido de las aspiraciones de todos, aliento que
se comunica entre ellos y hierve y rebulle y arrebata á no esperadas
empresas. Estos Congresos, como las Exposiciones industriales, son unos
como balances científicos que ponen de manifiesto el estado presente de
los estudios en aquella rama del saber de que se trata, y un programa
para orientarlos en adelante. Con razón pueden enorgullecerse los
catalanes de lo uno y alentarse con las esperanzas de lo otro. La
literatura y el estudio de la lengua catalana han ganado tanto en poco
tiempo, son tan sobresalientes sus obras literarias y lingüísticas
desde mediado el siglo XIX, en que hay que poner el renacimiento de las
lenguas literarias de estirpe provenzal, comenzado por los _Felibres_,
con su famosa Sociedad lingüístico-literaria, fundada en 1854, que ni
hay para qué detenerse en ello, ni habría vagar para hacerlo, aunque
fuera en cifra y sucintamente, en un solo artículo.
¿Quién no ha oído celebrar á sus principales campeones, Rubio y Ors, el
Gayter del Llobregat; Milá y Fontanals, el maestro más enterado de los
trovadores provenzales; Verdaguer, la flor más delicada de la poesía
mística moderna; Víctor Balaguer, sus fundaciones y obras, y sobre todo
el apóstol más entusiasta del catalán, el que recorría las aldeas y
ciudades, los montes y los llanos, en rebusca de vocablos populares,
Mariano Aguiló, gloria de la Biblioteca provincial y de la Universidad
barcelonesa? Tras éstos, que pasaron, no hay persona culta en Cataluña
que no haya saboreado los elegantes escritos de los dos mejores
prosistas, Ruyra y la escritora de Escala en Gerona, que se ocultó
tanto tiempo bajo la firma de Víctor Catalá. No son menos conocidos
como lingüistas Nonell, Fabra, Grandia y Alcover, alma este último del
Congreso y su primer iniciador, y á cuya laboriosidad deberemos, si
Dios le conserva los años y fuerzas que tamaña empresa requiere, el
grande y universal Diccionario de la lengua catalana y de todos sus
dialectos, literarios y vulgares, antiguos y modernos.
Pero en el Congreso se han dado á conocer como verdaderos lingüistas
otros nombres que no sonaban. No quisiera ofender á los que callo,
pero no puedo menos de recordar los del farmacéutico de Tarrasa,
Sallent; de los dos presbíteros del Rosellón, Casaponsa y Blazy; del
jesuíta Casanovas; del franciscano Fullana, Provincial de su Orden en
Valencia, y del archivero de Perpiñán, Pedro Vidal.
De todas partes han concurrido personas estudiosas y amantes de la
lengua catalana. Alguer de Cerdeña estuvo representado por el poeta
Ciuffo, el gramático Palomba y el lingüista Dr. Guarnerio, profesor
en la Universidad de Pavía; el Rosellón por tres sacerdotes y varios
seglares, todos competentes, sobresaliendo los sencillos y simpáticos
mosén Casaponsa y D. Pere Vidal; Mallorca por D. Antonio María Alcover,
mosén Miguel Costa, maestro en Gay Saber, el Sr. Obradors, etc., etc.;
Ibiza por don Vicente Serra, Canónigo y Rector del Seminario; Valencia
por el laureado poeta don Teodoro Llorente, el Dr. Manxo de aquella
Universidad, el P. Fullana, etc.
El amor á Cataluña, á su lengua y literatura, en el resto de España, en
Francia, Bélgica, Portugal, Italia, ha llevado al Congreso á no pocos
eminentes romanistas y filólogos. Baste citar á Foulché del Bosch,
Calmette, Counzon, Lima Duque, Saroïhandy y Bonilla. Memorias y sobre
todo adhesiones llegaron hasta de Roma y San Petersburgo. El Congreso
ha sido, por lo mismo, internacional, no sólo por haber tomado en
él parte el Rosellón de Francia y Alguer de Italia, sino porque han
acudido sabios de distintas nacionalidades; ha sido numeroso, llegando
á 3.000 los admitidos, y no más por no tener mayor cabida el teatro.
Lo bueno siempre es digno de imitarse. ¡Qué bien vendría en Madrid un
Congreso de filología y lingüística castellana! El terreno quizá no
está aquí tan en sazón como debiera; pero en cambio los hispanistas
de fuera de España son tantos y tan eminentes, que pudieran venir con
esa coyuntura á levantar nuestros ánimos decaídos. Triste muestra de
descaecimiento, en verdad, que el ambiente sobrepuje al organismo, y
que de fuera hayan de traerse los remedios que infundan vigor y vida
en el cuerpo enfermo, cuando la vida y el vigor de todo organismo sano
y robusto ha de salir del centro irradiando hacia la periferia. Por
allá, por Cataluña, es por donde más se oye aquello de que en Madrid
no se hace más que política, mientras que en las provincias costaneras
se hace hierro y tejidos. Algo de eso pudiera haber. La primera
Exposición industrial habida en España fué barcelonesa; los bilbaínos
tendrán tal vez la segunda. Lo que no nos podíamos prometer era que el
catalán, para quien _la cuestión son cuartos_, tuviera también tiempo
y humor para un Congreso científico, y menos filológico-lingüístico.
¿Qué cuartos, ni qué niño muerto, puede dar eso de sí? Pero la vida se
manifiesta en todos los órdenes de cosas. La espada, que á las veces
echó las zanjas de la grandeza de las naciones, afiló las plumas y
despertó los ingenios; la riqueza, tal vez debida al natural ahorrativo
y aun tacaño, pudo ser base de una brillante cultura. El pueblo de
la meseta castellana no tiene otra riqueza que la envuelta en los
pergaminos de su hidalguía trasañeja, ni siquiera otras aficiones
mercantiles ni industriales que las del Caballero de la Tenaza y
del dómine Cabra, ó las del Buscón y de Guzmanillo. Es, en punto á
alientos, la marmórea estatua yacente, que en su magnífica soledad y en
su secular silencio aguarda sosegada y señorilmente á que los curiosos
y turistas vengan á quitársele la gorra, á deshacerse en encomios
y á dejar algunas monedas en el cepillo para su entretenimiento y
conservación. Sería una insulsez abogar en Madrid por un Congreso de
lengua castellana, si de los de casa hubiéramos de prometernos la menor
cosa.
Y con todo, los aficionados al estudio del castellano fuera de ella
van siendo tan numerosos como los visitantes de la estatua, bastante
más que los aficionados al catalán. En el momento presente casi estoy
por decir que es la lengua que priva. Al estudiar el castellano los
extranjeros, franceses, ingleses, alemanes y yanquis, unos tienen
el ojo puesto en América, donde hay un mercado que aparroquiarse y
una presa con que alzarse; otros lo tienen puesto en España, donde
hay una antigualla digna de estudiar y aun un cachivache digno de
coleccionar. El caso es que á centenares se abren cada día las cátedras
de castellano en Europa y América, y se publican fuera de España
más libros, monografías y artículos sobre nuestras cosas y nuestras
anticuadas personillas que en la misma Península. Se dió el caso, hará
unos meses, de que un extraño explicó á todo un señor de alto copete de
Madrid una de las frases más vulgares y traídas por los suelos, que él
no entendía. Con ocasión de un Congreso lingüístico vendrían sabios que
nos enseñarían cosas que creemos saber y no sabemos si ignoramos. Aquí
la lingüística moderna es un nombre vacío, la fonética se nos antoja
una endiablada jerigonza, el estudio de nuestro lenguaje literario,
clásico y actual, y de nuestros dialectos, son rozas y embreñado
monte, que encierran ricas minas por beneficiar. Los que pasan por
gramáticos y lexicólogos, siguen soñando y fantaseando á la antigua
española, etimólogos de otra casta que pereció en Europa, pero de la
que á dicha conservamos en España ejemplares preciosísimos, que nos los
pagarían los congresistas á peso de oro. El aire que trajeran echaría
por tierra de una vez todos esos vejestorios y nos encaminaría por las
veredas de la realidad científica. Algo cuesta arriba se les haría á
no pocos romper con su soñada ciencia gramatical y dejarse despojar de
la aureola con que la ignorancia general les había coronado; pero la
ciencia española no perdería gran cosa echando algunas canas al aire.
Dejarían de oirse hasta en las más encumbradas cátedras oficiales
disparatones mayúsculos, de los cuales, para solaz y recreo de
curiosos, tengo recogido un buen golpe de los más chistosos y festivos;
pero en cambio, la gente moza y bien dispuesta vería que se les abrían
nuevos horizontes por donde volar y nuevos mundos por donde discurrir.
No se henchirían las librerías de viejo de textos mal traducidos y muy
bien pagados; pero hallaríamos en ellas los libros que hoy hay que
ir á buscar á Alemania, con la pequeña molestia de haberse aprendido
antes aquella enrevesada lengua. No tendríamos tantos diccionarios
castellanos como cada año se publican, repitiéndose por milésima vez
las voces del Diccionario de autoridades de la Academia y las graciosas
y jocundas etimologías de su Diccionario oficial; pero en retorno
saldría alguno que contuviera las infinitas voces de nuestros clásicos
y de nuestro pueblo, que en el uno faltan, y las etimologías serias que
en el otro no sobran. Algunos abrirían los ojos y echarían de ver para
qué sirve el latín y el griego, que los extranjeros tanto estudian,
sin que por eso dejen de saber algo más que nosotros; y los que no los
quisieran abrir, se coserían por lo menos la boca para no quedar feos
disparatando de lo que no entienden. La lingüística y la filología
(cosas que entonces aprenderíamos á distinguir, que aquí no sabemos
por carecer de una y otra) son los sólidos fundamentos de los estudios
literarios, históricos y aun jurídicos y sociológicos; teniendo
fundamentos podríamos pensar en edificar algo de esto, dejándonos ya de
diletantismos superficiales en todas estas ramas del saber.
Tales son las ideíllas que me ocurren al admirar el feliz suceso del
Congreso de Lengua Catalana. Desgraciadamente, la estatua seguirá
estatua, yacente por más señas, y los que escribimos, por ver si
le comunicamos aliento y vida, seguiremos (es de esperar) cantando
aquello de _las tres ánades, madre_, que es también un muy añejo y muy
castellano cantar.
[Ilustración]