Á PROPÓSITO DE UN LIBRO

Don Francisco Rodríguez Marín es uno de los más apasionados

cervantistas, un verdadero ratón de archivos y bibliotecas, un

estilista que gusta de remozar el viejo y castizo lenguaje de los

clásicos y, por reciente elección, un Académico de la Lengua. Si hemos

de dar crédito y aceptar por buenas ciertas voces que por ahí andan

repitiéndose ya más de lo que las gentes serias y sosegadas pueden oir

con paciencia, todos esos, al parecer títulos suficientes y sobrantes

para ser tenido y estimado en la república de las letras, son en el

credo literario de ciertos pensadores y publicistas otras tantas

razones para que se le tenga por un elemento nocivo á las letras, á

la cultura moderna, á la misma memoria de Cervantes, á la Academia,

al habla castellana, y no sé á cuántas cosas más. Porque todos estos

y otros infinitos cargos se llevan y traen, se dicen y oyen, y aun

se celebran y acogen como verdades de un nuevo evangelio literario.

Y con todo, si por los frutos se conoce el árbol, algo muy distinto

ha de pensar y decir del escritor sevillano cualquiera persona formal

que lea su último libro sobre _Rinconete y Cortadillo_. Y cuenta que,

si en alguno, en éste caen tan de lleno esas mazas de Fraga, que de

ser cierto el dicho de que _sacan polvo debajo del agua_, habían de

dejarlo triturado, hecho trizas y polvo cual á ningún otro. Porque el

_Rinconete y Cortadillo_ de Rodríguez Marín es un libro cervantino por

el asunto, que contiene un texto de Cervantes, un comentario del mismo

y un discurso preliminar donde corren á las parejas los hallazgos de

bibliotecas y archivos con las palabras y estilo de los clásicos.

Aquí hay, pues, un problema que merece estudiarse y resolverse. La

cuestión la juzgo grave y de interés para las letras españolas. No

da esas voces un loco de atar, ni las echa al viento un D. Quijote

entre las risas de los que le escuchan; salen envueltas en ciertas

teorías filosóficas, ó que filosóficas parecen, se proclaman en estilo

sugestivo, sentencioso y halagador, escúchanlas con aplauso y se

las apropian con cariño no pocos jóvenes, entusiastas de lo nuevo y

apasionados por una cultura novísima, que se imaginan entrever para

gloria de la patria en el horizonte arrebolado, juntamente con toda

una nueva filosofía del arte, una no menos flamante evolución del

pensamiento. Repito que es cuestión de gravedad. Forma parte de eso que

llaman modernismo, proteo inasequible que, en resumidas cuentas, no

parece ser otra cosa más que una nueva manera de pensar y de ver las

cosas, que en el actual momento histórico no ha acabado de tomar forma

concreta ni color bien definido, por hallarse todavía en fermentación.

En este estado evolutivo del pensamiento, en el cual luchan ideas

antiguas é ideas modernas y andan barajados problemas de diversa

índole, literarios, filosóficos, económico-sociales, religiosos, según

sean los ingredientes que los más avisados ó los más atrevidos echen

en la cuba, así habrá de resultar un vino de una ú otra calidad, de

inesperado color, fuerza y dejo, suavísimo néctar al paladar de los

dioses, ó emponzoñado brebaje para nuestros tristes nietos.

Rodríguez Marín es un cervantista. Los cervantistas han echado á

perder á Cervantes, han hecho de su persona un ídolo intangible y

de sus obras un Corán envuelto en sedas, oculto entre la balumba de

comentarios, propiedad exclusiva de algunos iniciados y libro sellado

para el pueblo. Todas estas sandeces se han dicho; y á no serlo, sino

cargos justificados, Rodríguez Marín sería uno de los sacerdotes de

autorizadas ínfulas, de mirar severo y melancólico, que con cara de

pocos amigos se encierra allá, en lo más recóndito del santuario, y

con refinado egoismo roba á los demás lo que es de todos, gozando á

su sabor y á sus solas lo que debiera ser propiedad de los profanos.

Pero Rodríguez Marín lo que hace es purificar una novela de Cervantes,

explicarla con notas que aclaren las expresiones en que el lector

pudiera tropezar, engastar el lindo lienzo en un marco de oro, cuyos

bajos relieves son escenas de la vida sevillana, del ambiente que

da luz á las escenas de la novela, y entregar á los profanos todo

ello, diciendo: leed y entended á Cervantes; asimilaos, los artistas,

su estética, su manera, su visión de la naturaleza, su estilo, su

lenguaje; disfrutad, los no artistas de profesión, de una de las

joyas del arte literario más español y más exquisito, y... dejaos de

novedades ultrapirenaicas, que ni de estuche digno pudieran servirle.

Y para componer este libro se metió Rodríguez Marín á ratón de

bibliotecas y archivos. Figurarse que una obra de arte sale de la

cabeza del artista, cual Minerva, armada de todas armas, de la cabeza

de Júpiter, es hacerse una muy triste figura por empresa quijotesca de

sus ideales literarios. La _Iliada_ no nació como aislada seta en el

otero, por más que nada sepamos del arte que le precedió. Toda obra

de arte arraiga en la tradición literaria y tiende su follaje hacia

el cielo del porvenir. No hay dar un paso adelante sin avanzar el

pie derecho; pero tampoco sin afianzar atrás el izquierdo. Toda obra

literaria es producto á medias del ingenio inventivo de su autor, á

medias del ambiente y de la tradición literaria. Toda literatura tiene

su arraigo en la tradición, y en el ambiente tradicional de ella brota

toda obra artística. Tener potencia visiva bastante á ahondar hasta

el alma de la literatura nacional y saberse apoderar de esa alma, y

hacerse dueño del ingenio característico que vivificó sus obras, es

condición no menos indispensable que el poseer la necesaria inventiva

para producir algo que sea nuevo. La creación espontánea es una

quimera, que ahora parece sueñan en resucitar algunos naturalistas. La

materia preexistente, de la cual ha de fraguar algo nuevo el artista,

no se limita al mármol, á la pluma y papel, ni siquiera al lenguaje

recibido, sino que se extiende al mundo de las ideas tradicionales, de

los sentimientos de la raza, del alma nacional.

Y he aquí la genuina noción del loable casticismo en el lenguaje, y

de la filología, ó conocimiento del pasado para penetrar en el alma

de la raza. El ratón de bibliotecas y archivos es el que rebusca y

entresaca de los empolvados papeles y cartapacios ese casticismo del

hablar, del pensar, del sentir, para provecho propio y de los demás:

ese ratón se llama _filólogo_. Rodríguez Marín lo es de todo en todo.

Ese sentir, ese pensar, ese hablar castizamente españoles, esa alma

española, palpita en todas sus obras, y más en la última de _Rinconete

y Cortadillo_.

Por eso es un libro que se lee con gratísimo placer, que se saborea

como una sabrosísima fruta del cercado propio, del huerto nacional, del

huerto de casa. No andan en él envueltas las ideas en nebulosidades

septentrionales, ni hastían los sentimientos, cual los de literaturas

artificiales y gastadas, ni rechinan las palabras cual guijarros

esquinudos, arrancados á otra lengua de ritmo y fonetismo más rudos

y ásperos que á lo que estamos hechos. Todo es de casa, y de cuando

nuestra casa estaba bien en pie y se bastaba á sí misma y aun le

sobraba para dar á los vecinos.

Las cosas más soberanas se prestan más á ponerse en ridículo. Con

dos cornados de jengibre y pimienta de la abacería de enfrente, un

mediano escritor espolvorea al filólogo y lo presenta ante las gentes

convertido en ratón de biblioteca.

Pero estudiemos ese ratón, despolvoreándolo de la pimienta y del

jengibre.

Hay dos castas de literatos. Unos rebuscan la tradición, la estudian,

la dan á conocer: son los filólogos (no confundirlos con los

lingüistas, que sólo tratan del lenguaje y de los idiomas como objeto

final de investigación). Otros se aprovechan de esos sudores de los

filólogos, elaboran la materia prima y cosechan los frutos de lo que

otros sembraron: son los artistas de la palabra. Sin los primeros, los

segundos no tendrían qué segar. Y aún hay segadores que después de

coger á manos limpias su cosecha se enfurruñan y menosprecian á los

que se lo sembraron. Vense más raras veces literatos que son ambas

cosas: Goethe no era un Zorrilla, había estudiado y apropiádose honda

y extensamente el arte clásico. Menéndez y Pelayo, contra quien he

oído pullas medio enmascaradas y aun descubiertas, es un maestro,

el único maestro que tenemos: es filólogo y artista de la palabra.

Rodríguez Marín es de la misma cepa, discípulo del maestro, que será

maestro á su debido tiempo. Portentosa es la cantidad de hallazgos y

novedades literarias con que nos regala en _Rinconete y Cortadillo_;

y no menos portentosa la habilidad con que ha sabido valerse de esos

sillares extraídos de bibliotecas y archivos para volver á reconstruir

y levantar ante nosotros la ciudad de Sevilla del siglo XVI, en su

físico y en su moral, con sus antiguos edificios y las costumbres y

lenguaje de sus habitantes. No apreciarán la obra del artista los que

con ese nuevo módulo de vaga é incierta medida sólo quisieran un arte

entrecrepuscular, cual en noche oscura sueña la despierta fantasía

castillos aéreos medioevales, de abigarrado conjunto, de no medibles

torres, sombreados los cimientos por boscajes de trópico, y escondidas

las almenas entre nubes de dudoso presagio; ó cual llegan á nuestros

oídos voces semisonoras de una lejana música, revueltas con el rumor

confuso de las hojas de la selva, de las ondas del riachuelo y de

otros mil susurros de la naturaleza. Poesía adormecedora, que arrulla

sentimientos vagos, y que confieso me halaga, cuando brota de la lira

de un buen poeta; pero que no pondrá jamás en olvido ese otro arte

español, sevillano, cervantino, de colores soleados por el radiante sol

de Andalucía, de aristas bien salientes, de vida bullente y meridional.

El idealismo soñador y romántico no apagará con sus nebulosidades los

destellos del naturalismo sano, que brilla en nuestra más castiza

literatura.

Tampoco verán con buenos ojos la labor erudita y filológica de

Rodríguez Marín los que creen trabajo infecundo esa tarea oscura

entre viejos papeles, que da poco brillo y pesa menos en la balanza

crematística del que busca juntamente con la honra el provecho.

Quizá el temor al trabajo, la mancillosa pereza, sea la que dicte

ese fallo desde el fondo del corazón, y quién sabe si la envenenada

y envenenadora envidia retuerce á la par allá adentro su ensortijada

cola. Todo pudiera ser, y de menos nos hizo Dios, y almas agusanadas

hay en todas partes, como entre las manzanas de la pomarada al caer

del verano.

Canten, pues, cuanto quieran y como quieran las perezosas cigarras,

y dejen al ratón en su biblioteca, no roer papeles, sino comerse la

polilla que los pudiera gastar. El día que no haya ratones no habrá

cigarras. Esos graves maestros que desentierran los monumentos de la

venerable antigüedad, son los que dan consistencia y estabilidad al

movimiento literario, para que en alas de la vivaracha juventud no se

lo lleve el viento de la novedad; ellos son el contrapeso grave de la

balanza, el Senado ante el Congreso, el elemento conservador ante el

revolucionario. Y todo hace falta: entre dos polos opuestos gira el

globo y voltean todas las cosas humanas.

Del libro de Rodríguez Marín dedúcese todavía otra conclusión, que

responde á otro de los cargos que se rugen tiempo ha entre algunos

exageradores del modernismo. El cargo es maravilloso y singular. El

de que la lengua castellana no basta para lo que pide el pensamiento

moderno, que está por formar, que es pobre. El tecnicismo científico

existe en castellano, como en las demás lenguas europeas, sin ser de

ninguna de ellas, pues está tomado del griego y del latín. Del latín

se volcó y vació todo el diccionario en el habla literaria castellana,

y ha venido á formar parte de su caudal desde el siglo XVI. Con menos

de la mitad de ese elemento latino castellanizado y con el caudal

hereditario de nuestra lengua escribieron nuestros clásicos. ¿Y de qué

escribieron? De todo lo escribible y un poco más. Moldearon el período,

dieron viveza y colorido á la frase, derivaron conforme al ingenio del

idioma toda suerte de vocablos y se crearon diccionarios particulares

para la poesía, para la mística, para el teatro, para la picaresca,

para todos los géneros literarios, porque en todos sobresalieron

nuestros escritores. El que desee ver una pequeña muestra de lenguaje

técnico, no traído del griego, sino formado del castizo castellano,

abra las _Cartas_ de Eugenio Salazar, y cuando saboree aquella riqueza

y quede ahito de tanto término para él nuevo y desconocido, lea á

_Rinconete y Cortadillo_ y el _Quijote_ de Cervantes, y después le

aguarda un número sin número de autores, en todos los cuales tendrá

donde henchir á manos llenas su apetito, por desapoderado que sea.

¡Pobre la lengua castellana! Dijérase que no se conoce, porque no se

leen los clásicos, y quizá se acertara. ¿Y qué mucho, si teniendo entre

las manos un tesoro se guarda cerrado y no se quiere abrir?--Es que ese

tesoro está anticuado, huele á añejo.--Á esto responde precisamente

el libro de Rodríguez Marín, desmintiendo tan extraño parecer. Las

lenguas literarias, cuando, como la nuestra, arraigan en el habla viva

de un pueblo, que conserva los más de sus vocablos y expresiones, no

fenece en dos siglos, ni menos envejece porque se mude una dinastía. La

borbónica dió media vuelta á nuestra literatura, por haber dado media

vuelta nuestros escritores de principios del siglo XVIII para mirar á

Francia, dejando desdeñosamente á su espalda la gran tradición española

de los siglos precedentes. Así quedó el habla literaria de repente y

en un día empobrecida, cuajada de galicismos, ética y enclenque, sin

movimientos, descolorida y marchita. Pero en el pueblo siguió tan viva

y lozana como el día antes. El renacimiento del siglo XIX comenzó á

remozar el antiguo lenguaje literario, conforme nos íbamos enterando

de que habíamos tenido también nosotros escritores tan elegantes y

profundos y, sin duda, más desenfadados, más sueltos, más coloristas,

más ricos que los de la Corte de Versalles. Y hoy día puede decirse

que con el progresivo conocimiento de nuestros clásicos no hay en

ellos expresión que no pueda usarse en la literatura moderna. Y ¿por

qué no se han de usar, si viven entre las gentes del pueblo, y la

antigua literatura resucita, mejor dicho, vuelve en sí del espasmo y

postración en que cayó por la boba é infantil admiración de nuestros

abuelos hacia lo que veían en París de Francia? Una literatura como la

nuestra, que tiene tan rica tradición, no debe desdecir de ella, no

puede vivir aislada, cual mata que acaba de brotar en terreno baldío;

es la continuadora de un glorioso pasado, en el cual ha de tomar, como

en sus propias raíces, la savia que le haga falta, sin irla á mendigar

fuera de casa. Rodríguez Marín sabe encajar tan al propio los vocablos

y expresiones antiguas, que no lo parecen, como de hecho no lo son. El

ansia de novedad pudiera excusar á los escritores que buscan términos

extraños por lo desusados, porque realmente con el continuo roce no

parece sino que se menoscaba el lustre de las palabras, hiriendo menos

la fantasía. Pues ¿qué mejor manera de abrillantar la oración que con

las menos manoseadas de nuestros clásicos, ya que sobre la novedad

llevan consigo cierto aire venerable que la hacen grave, solemne y

hierática, atrayendo la atención del lector, con lo que se le inculca

y graba más la sentencia? Nadie como los nuestros en esto de variar

la frase, de ser derrochadores y abundantísimos en todo género de

expresiones galanas, metáforas apropiadas, sutiles y elegantes. Era

precisamente su flaco, y así enriquecieron el léxico castellano sobre

el de cualquiera otra lengua de Europa. La mina de nuestros clásicos

aguarda todavía quien vaya á beneficiarla, y promete no esperados

tesoros. Despilfarradores y manirrotos más bien fueron siempre los

españoles en el hablar, nada les hartó. Doy por seguro á los que se

quejan de la penuria del castellano, que si abren por cualquier parte

los libros de los siglos XVI y XVII se hallarán de manos á boca en cada

página con vocablos y frases que jamás les ocurrieron, ó que por lo

menos no usaron en todos los días de su vida. Yo ando tras un autor que

tuviera todos los vocablos de la lengua castellana, para tomarlo como

punto de partida de un diccionario completo. Cuando esos quejumbrosos

hayan hecho uso de todos los de nuestros antiguos escritores y estén en

el caso de que se les dé la razón, nos ocuparemos con muchísimo gusto

en buscar traza cómo acrecentemos nuestro caudal léxico. Entretanto,

teniendo todavía harto tiempo hasta que tal logren, les aconsejo que

moderen su llanto y no hagan del avariento, que se le van los ojos tras

las peluconas que ve en el escaparate del cambista, teniendo en poco

sus arcones repletos de ellas. No son los diccionarios hasta el día

impresos los que den fe de nuestra herencia, por abultados que sean,

que lo son más que el doble de los diccionarios franceses; faltan en

ellos centenares de vocablos, que yacen enterrados en nuestros antiguos

libros, y millares que andan por ahí en boca de las gentes en todos

los rincones de España y América. Si se pensara menos en el latín, y

sobre todo en el francés, y se fuera á oir á los únicos dueños de esa

herencia y propiedad, que se llama idioma, que son las gentes de los

cortijos, los pastores, los labriegos, sería de ver lo apropiado y

gráfico de sus expresiones para cada uno de los menesteres de la vida,

y la ninguna necesidad que sienten de aprender francés, ni latín,

ni griego para llamar con nombre adecuado sus faenas y aperos. Los

escritores del siglo XVI, al saludar con júbilo el renacimiento clásico

y al apropiarse las ideas y palabras de Grecia y Roma, traían todavía

en sus labios mil vocablos populares que en sus casas habían aprendido,

y los prodigaron en sus libros mezclándolos con los recientes

greco-latinos. Las generaciones siguientes educaron su gusto literario

tan sólo en los escritos, y más en los latinos que en los españoles,

de donde resultó que el caudal latino fué subiendo y aumentando,

mientras bajaba y menguaba el de rancio abolengo castellano. Nosotros,

que ni siquiera leemos aquellos clásicos que supieron entreverar

los elementos de entrambas procedencias, y sólo sabemos leer libros

franceses, nos vemos reducidos al caudal léxico del francés, el más

mezquino de los léxicos europeos. Tras lo cual nos llevamos las manos

á la cabeza y deploramos nuestra penuria con la más risible candidez

del mundo. Tenemos veinte verbos y frases para expresar una idea, y no

echamos mano más que del verbo que tiene su equivalente en francés, y

aun retorciéndolo para que ajuste con la acepción metafórica que en

francés lleva, por más que la metáfora riña con nuestra manera de ver

las cosas.

¿Cuántos hay que conozcan á Cáceres? En su _Paráfrasis de los Salmos_

halla cuatro, seis, diez maneras diferentes de verter cualquier frase

hebraica. Abro al azar (fol. 130 v.): «Infixus sum in limo profundi.

Véome atollado en un gran lodazal... Es de manera que no hallo en

qué estribar, no puedo hazer pie, ni me han quedado fuerças para

sostenerme». «Veni in altitudinem maris, et tempestas demersit me. Las

fuerças de las olas del mar me han traydo á lo más hondo, hanme sumido,

véome anegado, y sin remedio de salir de aquí con vida». «Laboravi

clamans. Estoy cansado de dar vozes en balde... Háseme secado la boca.

Héme enronquecido. No puedo echar el habla del cuerpo. No me oyrán de

aquí allí». «Defecerunt oculi mei. Háseme enflaquecido la vista. He

perdido la vista de los ojos..., tráenme deslumbrado». «Quae non rapui

tunc exsolvebam. Pagan los justos por pecadores. Otro lo hizo y yo lo

pago. Házenme gormar á mí lo que no comí. El bocado de Adán llovió

sobre mí. Parece que dieron carta de lasto (_lastar_ en Cervantes)

contra mi persona y bienes, sin deber yo á nadie nada pago por todos,

y á todos». «Me tratan como á un estraño, hazen que no me conocen,

házense de nueuas quando me ven». «Abrásome en deseo..., congóxome,

consúmome, deshágome». «Abroquélome, ampárome, escúdome, defiéndome».

Y todo el libro por este estilo. ¿Cómo traducir _tabescere_ en «Anima

eorum in ipsis tabescebat?» «Les hazía el miedo perder el color,

congoxáuanse, pudríanse con la aflicción que les causaua el peligro,

dexáualos el miedo medio muertos, quedauan desconjuntados, perdían los

pulsos» (fol. 200 v.) Habría que transcribir toda esta maravillosa

obra del Obispo de Astorga: es un tejido de frases sinónimas, que

prueban la riqueza del castellano y su potencia para verter los

conceptos más orientales del libro de los Salmos. Pero, mal avenidos

con esa abundancia y colorido del habla de nuestros clásicos, queremos

limitarnos á los términos franceses, y no ajustándose á un gigante las

armas de un enano, decimos que nos faltan palabras.

Así nos hemos quedado sin lo nuestro y sin lo ajeno. Hay un remedio:

dejarnos de correr la ribera en busca de aventuras fuera de casa, y

quedarnos en ella á revolver los gruesos legajos de nuestra herencia,

imitar á Rodríguez Marín en el cariño por las cosas españolas, y no

dejarnos embaucar por la moda.

El que compare las paráfrasis que se han hecho de la Biblia en francés

y en castellano echará bien de ver cuál es la pobre y cuál la rica. En

la Carta prólogo á la suya escribe el mismo Cáceres: «pero reducirlo

todo al phrasis y modo de hablar propio de nuestra lengua Castellana

por version paraphrastica, sera sin duda difficultosissimo: esto he

visto yo claramente en un autor Frances muy erudito y grave: que

declarando los Psalmos, y procurando aprovecharse del phrasis de su

lengua para declarar algunos sentidos difficultosos, _lo haze muy pocas

vezes, porque la lengua no lleua mas_». Realmente, dificilísimo es que

una lengua de las modernas dé de sí para desentrañar y trasladar el

libro más oriental y lírico de la Biblia, cual es el de los Salmos;

y con todo, ahí está la _Paráfrasis_ de Cáceres, que prueba por sí

sola hasta dónde llega el castellano y tapa la boca á los quejumbrosos

mozuelos que nos echan en cara su pobreza. Acabemos, pues, con las

palabras que el mismo autor escribe al fin de su Carta prólogo: «y

quiça por este camino se vendrá mas á conocer la grauedad de palauras,

el espiritu, y enfasi de la significacion, las muchas sentencias, la

variedad en los phrasis, y generalmente _la abundancia, y riqueza de

la lengua Española, que tan infamada nos la traen los estrangeros,

llamandola estrecha, encogida, faltosa, pobre, y mendiga de palauras, y

que ha menester buscallas de lenguas forasteras_».

Natural y humano era el que los extraños, envidiando nuestro poderío,

pusieran mengua y tacha en nuestro idioma. Hoy, que España anda tan de

capa caída en el habla como en todo lo demás, nos la vienen á ensalzar

y poner en los cuernos de la luna, compadecidos, sin duda, de nuestro

abatimiento, y queriendo alentarnos en nuestras desventuras. Pero los

españoles, que á pesar de nuestra proverbial arrogancia y fanfarronería

somos los primeros en reconocer y aun exagerar nuestras faltas, en

vez de estudiar á nuestros clásicos como los estudian los extranjeros

que nos los envidian, nos damos á lamentar con jeremiadas lo que sólo

ha sido resultado de nuestra dejadez y lo que pudiéramos remediar

sin salir de casa, con sólo leer unos cuantos libros, que los mismos

extranjeros y los pocos Rodríguez Marín que tenemos nos dan reimpresos,

criticados y comentados.

[Ilustración]

Cabos sueltos: Literatura y lingüística · 第 57 / 81 题