Suena el reloj: las tres, y desvelado. Abro las contraventanas: ¡es de
noche! Silencio... que parece bajar de la bóveda celeste. En el fondo
azulado, sin fondo, chispean un sinnúmero de riquísimos brillantes de
todos tamaños. Amontonados al azar en algunos puntos, en otros uno ó
más solitarios parpadean vivísimos destellos. ¿Qué mano esparció ese
puñado de pulverizada nieve que veo formar una franja de oriente á
occidente? ¿Á dónde se ha ido á ocultar en ese mar sin orillas el disco
plateado de la luna, que días atrás navegaba silenciosa derramando por
el espacio el cándido sosiego de su tenue palidez?
Toda esta palabrería me parece tan desapacible, tan tosca, tan barroca,
al querer expresar lo que estoy sintiendo ante la vista del cielo
estrellado, que me voy á callar, y seguiré contemplándolo embebecido
en casto silencio. ¡Cuántos antes de mí os habrán mirado suspensos y
meditabundos como yo! ¡Yo no soy el primero que os miro embelesado!
¡Qué de cosas habréis sugerido al corazón de las generaciones que
ya no os volverán á preguntar el misterio de nuestra existencia!
Desaparecieron ellos mismos en ese hondo tan misterioso de la muerte,
como del que habían nacido y del que he nacido yo también. Y vosotras,
luces silenciosas, ¿desde cuándo estáis ahí brillando? ¿De dónde venís?
¿Á dónde váis? Los griegos, sabios y soñadores á la vez, te veían,
lucero de la mañana, que ahora te levantas sobre el horizonte, cual
si salieras del fondo del mar, goteando blanquísimas espumas. ¿Cómo
no envidiarte, oh rojo Marte, tu ventura al contemplarla tan bella y
deslumbradora?
Allí las hyades destilando rocío. Acullá Arturo dirigiendo sus bueyes
y su carro. ¡El pulgarcito, cuya historia me contaban de niño y que he
oído conocieron los Richis del Sapta-Sindhu! Al lado la osa, y entre
ellos retorciendo sus anillos la serpiente. Y la lira, y el can, y
el cochero, y Perseo. Todos érais dioses para aquel pueblo poeta y
filósofo. ¿Quién, sino vosotros, podía engendrar y traernos la lluvia,
el calor, la nieve, los vientos?
¿Quién podía cuajar en las entrañas de la madre tierra los ricos
filones de plomo argentífero, tan codiciado por los mercaderes
fenicios, cuando venían desde las costas de Siria á las nuestras de
Andalucía, lo cargaban en sus largas naves y lo llevaban á todos los
puertos del Mediterráneo? Sólo tú, Saturno, padre de Júpiter, abuelo
de los dioses. ¡Neptuno! tú reinabas con tu tridente desde el carro de
delfines sobre el líquido elemento; y tú, Urano, derramabas la lluvia
que fecunda el seno de la tierra. Rodeado de los satélites de tu corte,
te paseas, benéfico Júpiter, por las nubes del Olimpo, gobernando con
el pestañear de tus ojos, con el movimiento de tu celestial cabellera
los acontecimientos de los mortales, que bullimos cual enjambre en
este bajo suelo y nos arrastramos cual imperceptibles gusanillos. Á
tu disposición el águila que nos augura tus designios, el trueno que
nos anuncia tu encono, el rayo con que hieres al culpable, Mercurio,
tu heraldo y alado mensajero, tu ministro de fomento, que enseñó á los
hombres la medicina, el comercio, la industria.
Hubo un tiempo en que los griegos todavía no habían fantaseado todos
estos entretenidos y sabios cuentos, por la sencilla razón de que no
habían aún nacido. Ni siquiera habían venido á Europa sus progenitores,
los pelasgos, los de las moles giganteas levantadas con peñascos en
Tirinto y Micenas. El nombre romano no había sido pronunciado por
humanos labios. En fin, que antes de estas y de otras muchas naciones,
vivió una raza de hombres, los primeros que vieron la luz del sol, los
primeros que admiraron, como estoy ahora admirando yo, la majestad
del cielo en una noche serena, como ésta. También aquellos hombres
tenían ojos para ver y fantasía para dar en ocurrencias tan geniales
y para urdir y tramar comedias tan bonitas, como las de los mitos que
urdieron y tramaron los griegos, sus sucesores. Sólo que, como más en
contacto con la naturaleza, como niños de la humanidad que acababan
de abrir los ojos á la luz del sol, (¡ó quién sabe si de la luna!),
debieron de quedarse todavía más atónitos, maravillados, asombrados y
absortos ante el espectáculo que les rodeaba. Algo diría á su corazón
infantil la vista de esa llanura sin límites, líquida y movediza, que
llamamos el mar, sin orillas y sin fondo; algo ese horno de fuego que
viste de colores las flores, de verdor los valles, de un azul tenue las
montañas allá lejanas y de blancura inmaculada sus altas y empinadas
crestas; algo el murmujear del viento, el temblotear de las hojas en
las selvas, el discurrir de las mansas ondas entre las guijas del
riachuelo, el retumbar de la tempestad, el cantar de tanta variedad
de canoras aves. Etcétera, etc. Todo eso lo han cantado los poetas en
mil tonos, ya sinceros, que salían como gemidos arrancados del fondo
del alma, ya convencionales y falsos en los salones de sociedades
embusteras. Aquellos primeros hombres creo que debieron ser poetas
verdaderamente sinceros, porque sentían, lo que se llama de veras. ¿Qué
pensaron del mundo, de su origen, de los fenómenos que veían sucederse
sin intervención ninguna de su voluntad, antes muchas veces contra lo
que ellos hubieran deseado? ¿Quién hablaba en el trueno, quién miraba
desde el sol ó atisbaba desde las estrellas, quién alentaba en el
céfiro ó soplaba airado en el vendaval, quién se entretenía en rizar
y revolver las olas del océano? Sin duda tenían que ser algunos seres
más superiores que ellos mismos, seres que conocían, veían, oían tanto
y tan bien como ellos, y de una manera más levantada y recóndita. El
problema del universo, el problema de la vida, del origen, del destino
del hombre, quedaba planteado. De aquí arrancan la filosofía y la
religión, que han tratado de resolver ese pavoroso problema.
Si hemos de dar crédito á los _Gritos del combate_, en los que un gran
poeta español ha sintetizado los sentimientos de la actual generación,
ese problema aguarda todavía solución en el pecho de muchas almas.
Ciertos glaciales vientos, venidos de la septentrional Germania,
han congelado en el corazón de la actual sociedad las creencias y
esperanzas que habían florecido en las sociedades de otros siglos
más religiosos. El indiferentismo ha agostado la fe plantada por
Cristo. Pero el problema subsiste, y si su historia es tan interesante
por encerrar el pensamiento de la humanidad, su primer origen, su
prehistoria, lo es todavía más, ya que nos puede llevar á la raíz misma
de donde arranca, y conocido el origen ó causa de un fenómeno, queda
á descubierto su misma naturaleza y esencia. He aquí por qué tiene y
tendrá siempre interés el estudio de la antigüedad y de la historia, y
sobre todo de sus orígenes. La Lingüística ó ciencia de las lenguas,
y la Mitología ó ciencia de las religiones, son los únicos medios que
poseemos para internarnos entre las nieblas que más allá de la historia
rodean los orígenes de la humanidad. Las palabras que hoy empleamos son
monedas, desgastadas, sí, en parte, por el roce de los siglos, pero que
habiendo sido acuñadas en aquellas épocas remotas, á donde no alcanza
ningún otro monumento histórico, nos permiten descifrar en su carcomida
leyenda lo que pensaron, filosofaron y creyeron las primitivas gentes.
Las lenguas son los archivos del pensamiento humano, en ellas damos
con los documentos más fehacientes que nos dicen las ideas que pasaron
por la cabeza de los hombres hace veinte, treinta y cuarenta siglos.
Pero dentro de ese archivo hay un anaquel privilegiado, donde se han
coleccionado cuantos datos atañen á los dioses, quiero decir á la
personificación de las creencias de los primeros hombres, de sus ideas
religiosas, personificaciones creadas por el espíritu filosófico y
vestidas de su rica y multicolor vestimenta por la fantasía poética
de la primitiva humanidad: ese anaquel son los nombres de los dioses.
El primero que tuvo la idea de entrar en ese archivo y dirigirse á
ese anaquel fué Platón. Por orden suya en el diálogo llamado Crátilo
vemos á Sócrates y á Hermógenes revolviendo este tumbo religioso,
que pocos años hace ha vuelto á desempolvar el insigne lingüista
Max Müller, fundando así la Mitología comparada. En España, triste
es confesarlo, la Lingüística y la Mitología son ciencias que hoy
no se cultivan. Consolémonos con que no son las únicas que están en
este caso. Dignísima excepción ha sido el genial, erudito y profundo
pensador D. Estanislao Sánchez Calvo, cuya memoria acaban de honrar los
asturianos. Por todas partes en Asturias he oído encarecer la agudeza y
profundidad de su ingenio, la finura exquisita de su trato, la amenidad
de su conversación, el tino que poseía para entreverar sus discretos
razonamientos con algún dicho festivo ó sazonada conseja, que él sólo
había sido capaz de atesorar con sus vastas lecturas.
En su obra _Los nombres de los dioses_ aparece su personalidad tal
como me la han pintado los que le conocieron. Tiene puntos de vista
filosóficos, profundos y originales. Pero lo diré desde luego, su
defecto es el de la mayor parte de nuestros intelectuales: la falta
de educación literaria, sólidamente dirigida y metodizada, la falta
de verdadera disciplina, que encauce y aproveche tanto derroche de
dotes naturales. Increíble parece que un talento como el suyo, que
comprendió lo que vale la Lingüística en el asunto de que trata, no
llegara ni á barruntar lo que es la Lingüística. La ensalza hasta
las nubes, la proclama como la única que ha de hacer caer el velo de
Iris, pretende servirse de ella en todas sus investigaciones, y...
no tiene un átomo de ciencia Lingüística moderna, no la entiende; la
entiende á la manera de Becano, de Tomassin, de Varron. Todas sus
investigaciones particulares son por lo mismo, telas de araña, que se
deshacen al solo contacto de una mirada: al ir leyendo, el más profano
en achaque de lingüística, va destruyendo mentalmente tan aéreas y
telarañescas fantasías. No bastan ingenio, lectura, ni aun criterio:
sobre todo en materias de tan exquisita exactitud como las matemáticas
y la lingüística, es indispensable un largo y sólido aprendizaje, una
formación lenta y metodizada. El lingüista no se improvisa: aun dejando
aparte el conocimiento de las lenguas, que exige largos y penosos
trabajos, el manejo del método moderno, el conocimiento de los resortes
de la fonética, no pueden ser fruto sino de un largo y bien dirigido
ejercicio. La enseñanza, como actualmente se halla en España, es la más
á propósito para que no pueda darse un verdadero lingüista, y ni aun
un verdadero hombre de ciencia entre nosotros. Basta de jeremiadas, y
vuelvo á nuestro insigne asturiano, que, por lo dicho yo considero cual
exuberante planta tropical, pero nacida en clima poco adecuado y cuyo
cultivo estuvo desatendido. Observaciones atinadísimas se hallarán,
cual brotes naturales y espontáneos, en cualquier página de sus obras.
De la naturaleza de los dioses nada sabemos, había dicho Platón;
pero por sus nombres podemos conocer lo que han pensado de ellos los
pueblos. Y en el Crátilo intenta descifrar esos nombres por medio
de la lengua griega, aunque confesando que otros se tomaron de los
bárbaros. Aquí nuestro escritor: «El error de Platón y aun el de
muchos mitógrafos modernos consiste en querer averiguar ó descubrir
el significado ó sentido de los nombres míticos en la lengua misma
del país en que recibieron culto». Indra, Pardjania, Aditya, no son,
efectivamente, nombres sánscritos, ni tan siquiera ariacos; Apolo,
Athene, Baco y Perséfone no son nombres griegos, ni aun pelásgicos:
como no son castellanos de origen Dios, santo, diablo, demonio. Querer
interpretar tales nombres por el griego ó el sanskrit, es como querer
interpretar estos otros por el castellano. Al nombre de ¡o demo! huyen
las viejas en Galicia, y si no huimos nosotros al de ¡demonio! es
porque somos ya tan malos como él; que otra cosa hacen las monjitas
en el claustro. Pues ahora oigamos á Sócrates: «Yo afirmo que todo el
que es demonio, es decir _hombre de bien_, es verdaderamente demonio
durante su vida y después de la muerte, y que este nombre le conviene
propiamente». Los demonios para los griegos eran los dioses de la edad
de oro: el cristianismo les ha puesto los cuernos y el rabo. ¿Qué hace
Sánchez Calvo? Acude á otras lenguas más antiguas, á las turanias y al
éuskera. Á la civilización semítica de la Caldea precedió otra turania,
que le legó su escritura cuneiforme. Los semitas se valieron de ella;
pero los nombres de cada signo eran letra muerta para ellos, sólo
tenían significado en la lengua turania preexistente. Los modernos han
reconstituído no sólo la lengua asiria y toda la historia de Nínive
y Babilonia, escrita en la lengua semítica cuneiforme, sino hasta la
lengua turania que se encerraba en aquellos signos, la lengua llamada
acadiana por unos, por otros sumeriana. Razón hay, pues, para acudir al
turanismo, cuando las lenguas arias no dan más de sí. ¿Y el éuskera?
Ni siquiera saben muchos españoles qué lengua es. Allá antes de los
albores de la Historia, ha descubierto la Prehistoria la existencia de
varias razas, que ocuparon el suelo de Europa antes de los arios, sean
éstos celtas, pelasgos, griegos, romanos, germanos ó eslavos: las razas
de Canstadt, de Cro-magnon ó guancho, de Furfooz. Aquellas antiquísimas
razas sólo nos han dejado grandes pedruscos (megalíticos), hachas
y flechas de piedra y hueso, y espesos montones de conchas y otros
relieves de sus primitivos banquetes. Si nos hubieran dejado un solo
libro, algo más sabríamos de ellos.
Ahí está un libro y bien voluminoso: es el Diccionario bascongado. Los
bascos ó euscaldunas pertenecen á una de aquellas razas; su lengua es
el bascuence ó éuskera, que significa _el habla_. Con razón acude,
pues, á ella nuestro docto asturiano. Este nuevo derrotero, abierto á
la Historia y á la Mitología comparada en las primeras líneas de su
obra, bien merecía que á su autor se le considerara como á un escritor
genial, por lo menos, por no decir como al fundador de la Mitología
comparada del porvenir. No es esto sólo; él ha dado los primeros pasos
por el nuevo camino y ha puesto los primeros jalones. El primero como
punto de partida, el segundo como método. La noción de Dios en el
hombre crece ó disminuye á medida que crece ó disminuye el pensamiento
humano. Los mitólogos modernos asientan que la religión primitiva de
los arios fué muy parecida á la de los salvajes de África ú Oceanía:
el fetichismo. Sánchez Calvo se coloca enfrente de este punto de
partida y dice: Si el fetichismo no es más que la adoración de una
forma cualquiera material, sin representación _metafísica_ ninguna,
en este caso el fetichismo no pudo ser de ningún modo la primera fase
teológica de la humanidad. No se concibe que el hombre primitivo
rindiese culto á un objeto natural sin ver en él la imagen ó la morada
predilecta de un poder misterioso, _invisible_, pero manifestándose
en ciertos fenómenos; y entonces deja de ser tal fetichismo y se
convierte en una idolatría vulgar. El verdadero fetichismo no existe,
pues, sino como una degradación en muy pocos pueblos, y aun en ellos,
si se investiga bien, se encontrará seguramente un resto del animismo
ó del espiritualismo primitivo. Hay que estudiar en la humanidad la
idolatría, es decir, la adoración de un ente metafísico _desconocido_,
pero cuya existencia deduce el hombre de manifestaciones de fuerza ó
inteligencia que observa en los fenómenos de la naturaleza. El elemento
metafísico se impuso al hombre desde el momento en que empezó á hacer
uso de su razón por medio del principio de causalidad. Los hombres
prehistóricos de la edad del bronce, del reno ó de la piedra, eran
espiritualistas ya, creyendo en multitud de agentes animadores de la
naturaleza, al observar sus movimientos, ni más ni menos que aquel
perro que ladraba á un paraguas movido por el viento.
Cuanto al método, el Sr. Calvo se decide terminantemente por la
lingüística comparativa de todas las lenguas. La religión y la
mitología son contemporáneas de la razón humana; por consiguiente, ni
el griego ni el sanskrit, que son de ayer, bastan para descifrar los
nombres de los dioses, que proceden de la primitiva humanidad. Los
mitos no pueden ser comprendidos y apreciados, dice Grote, si no se
refiere uno al sistema de concepciones y creencias de las edades en que
nacieron. Pero ¿dónde encontrar ese mito primitivo, y á qué raza ó á
qué pueblo hemos de recurrir para verle nacer? Le encontramos formado y
más ó menos joven en el Aria, en Grecia, en el Lacio y en Germania, en
Asiria y en Israel; mas ¿dónde puede estar su cuna? La lingüística es
el único y más poderoso auxiliar que en este caso se presenta. De aquí
que el autor nos hable luego de la lingüística, y después del turanismo
y del éuskaro, como fuentes las más antiguas que nos pueden llevar á
la lengua primitiva, á la cual pertenecen los nombres mitológicos. Si
después, á pesar de partir de donde debía y de emplear estos medios
de investigación, nada ha conseguido nuestro abortado mitólogo en
los demás capítulos de su obra, débese, ya lo he dicho, al completo
desconocimiento que tenía de la verdadera lingüística, que es el método
moderno, comparativo é histórico. Saquemos, pues, como moraleja de
estas líneas, que aunque es verdad que _quod natura non dat, Salmantica
non praestat_, no lo es menos que las mejores condiciones naturales dan
frutos abortados, si no se cultivan con una severa y larga disciplina
literaria.
[Ilustración]