MANFREDO Y HERMAN.
MANFREDO.
¿Se acabará bien pronto el dia?
HERMAN.
Todavía falta una hora, y el sol
va á ocultarse; todo nos anuncia
una hermosa noche.
MANFREDO.
¿Lo has dispuesto todo en la
torre, segun lo he ordenado?
HERMAN.
Todo está pronto, señor, ved la
llave y la arquilla.
MANFREDO.
Está bien, puedes retirarte.
[Herman se va.]
MANFREDO _solo_.
Esperimento una calma y una
tranquilidad que no habia conocido
en mi vida. Si yo no supiese
que la filosofía es la mas loca de
nuestras vanidades, y la palabra
mas vacía de sentido entre todas las
inventadas en la jerga de nuestras
escuelas, creeria que el secreto del
oro, es decir la piedra filosofal tan
buscada, se hallaba finalmente en
mi alma. Éste estado tan lisonjero
no puede ser durable, pero ya es
mucho el haberlo conocido aunque
haya sido una sola vez. Ha enriquecido
mis ideas con un nuevo sentido;
y quiero escribir en mi libro
de memoria que existe este sentimiento...
¿Quién está ahí?
[Herman vuelve á entrar.]
HERMAN.
Señor, el abad de San Mauricio
pide permiso para hablaros.
[Entra el Abad.]
EL ABAD.
Que la paz sea con el conde Manfredo.
MANFREDO.
Mil gracias, padre mio: que seais
bien venido en este castillo, vuestra
presencia me honra y es una bendicion
para los que le habitan.
EL ABAD.
Lo deseo conde, pero quisiera
hablaros sin testigos.
MANFREDO.
Herman, retírate. ¿Qué es lo que
me quiere mi respetable huésped?
EL ABAD.
Quiero hablar sin rodeos: mis
canas y mi celo, mi ministerio y mis
piadosas intenciones me servirán de
disculpa: tambien invoco mi calidad
de vecino, aunque nos visitemos
muy rara vez.
Varias voces estrañas y escandalosas
ultrajan vuestro nombre; un
nombre ilustre hace muchos siglos.
¡Ah! ¡ojalá que pueda trasmitirse
sin mancha á vuestros descendientes!
MANFREDO.
Proseguid, os escucho.
EL ABAD.
Se dice que estudiais secretos
que no estan permitidos á la curiosidad
del hombre, y que os habeis
puesto en comunicacion con los habitantes
de las oscuras moradas,
y con la multitud de espíritus malignos
que se hallan errantes en el
valle al que da sombra el árbol de
la muerte. Sé que vivis muy retirado
y que tratais muy rara vez con los
hombres vuestros semejantes; sé que
vuestra soledad es tan severa como
la de un prudente anacoreta; ¡y
que no es tan santa!
MANFREDO.
¿Y quiénes son los que estienden
estas voces?
EL ABAD.
Mis hermanos en Dios, los paisanos
asustados, vuestros propios vasallos
que observan vuestra inquietud.
Vuestra vida corre el mayor
peligro.
MANFREDO.
¿Mi vida? yo os la abandono.
EL ABAD.
Yo he venido para procurar vuestra
salvacion y no vuestra pérdida...
No quisiera penetrar los secretos de
vuestra alma; pero si lo que se dice
es cierto, todavía es tiempo de hacer
penitencia y de impetrar misericordia;
reconciliaos con la verdadera
iglesia, y esta os reconciliará
con el cielo.
MANFREDO.
Os entiendo; ved mi respuesta.
Lo que fuí y lo que soy no lo conocen
sino el cielo y yo. No escogeré
un mortal por mediador ¿he quebrantado
algunas leyes? que se
pruebe y se me castigue.
EL ABAD.
Hijo mio, yo no he hablado de
castigo y sí de perdón y de penitencia:
vos sois quien debe escoger;
nuestros dogmas y nuestra fe me
han dado el poder de dirigir á los
pecadores por la senda de la esperanza
y de la virtud, y dejo al cielo
el derecho de castigar: «La venganza
pertenece á mí solo,» ha dicho
el Señor, y es con humildad
como su siervo repite estas augustas
palabras.
MANFREDO.
Anciano, ninguna cosa puede arrancar
del corazon el vivo sentimiento
de sus crímenes, de sus penas, y del
castigo que se inflige á sí mismo: nada:
ni la piedad de los ministros del cielo,
ni las oraciones, ni la penitencia, ni
un semblante contrito, ni el ayuno,
ni las zozobras, ni los tormentos de
aquella desesperacion profunda que
nos persigue por medio de los remordimientos
sin amedrantarnos con
el infierno, pero que él solo bastaria
para hacer un infierno del cielo.
No hay ningun tormento venidero
que pueda ejercer semejante justicia
sobre aquel que se condena y se
castiga á sí mismo.
EL ABAD.
Estos sentimientos son laudables,
porque algun dia harán lugar á una
esperanza mas dulce. Vos os atrevereis
á mirar con una tierna confianza
la dichosa morada que está
abierta á todos aquellos que la buscan,
cualesquiera que hayan sido
sus yerros sobre la tierra; pero
para espiarlos es preciso empezar
por conocer la necesidad de ejecutarlo.
Proseguid conde Manfredo ...
todo lo que nuestra fe podrá saber
se os enseñará y quedareis lavado
de todo lo que pudiesemos absolveros.
MANFREDO
Cuando el sesto emperador de
Roma vió llegar su última hora,
víctima de una herida que se habia
hecho con su propia mano á fin de
evitar la vergüenza del suplicio que
le preparaba un senado que antes
era su esclavo un soldado conmovido
en apariencia de una generosa
piedad, quiso estancar con su vestido
la sangre del emperador: el
Romano espirando no lo permite y
le dice con una mirada que manifestaba
todavía su antiguo poder: ¡Es
demasiado tarde! ¿es esta tu fidelidad?
EL ABAD.
¿Qué quereis decir con esto?
MANFREDO.
Respondo como él, es demasiado
tarde.
EL ABAD.
Jamas puede serlo para reconciliaros
con vuestra alma, y para reconciliarla
con Dios. ¿No teneis ya
esperanza? Estoy admirado: aquellos
que desesperan del cielo se
crean sobre la tierra alguna fantasma
que es para ellos como la débil
rama á la que se agarra un desgraciado
que se está ahogando.
MANFREDO.
¡Ah! padre mio; ¡yo tambien en
mi juventud he tenido ilusiones terrestres
y nobles inspiraciones! entonces
hubiera querido conquistar
los corazones de los hombres é instruir
á todo un pueblo; hubiera
querido elevarme, pero no sabia
hasta qué altura ... quizas para volver
á caer; pero para caer como la
catarata de las montañas, que precipitada
desde la cumbre orgullosa
de las rocas, acumula una onda subterránea
en las profundidades de un
abismo; pero temible todavía, vuelve
á subir sin cesar hasta los cielos
en columnas de vapores que se transforman
en nubes lluviosas. Este
tiempo pasó; mis pensamientos se
han engañado á sí mismos.
EL ABAD.
¿Y porqué?
MANFREDO.
No podia humillar mi orgullo,
porque para poder mandar algun
dia, es necesario primero obedecer,
lisonjear y pedir, espiar las ocasiones,
multiplicarse á fin de encontrarse
en todas partes, y hacerse una costumbre
de ocultar la verdad; ved
como se consigue el dominar los espíritus
cobardes y bajos, y asi son los
de los hombres en general. Desprecié
el hacer parte de una camada
de lobos aunque hubiera sido para
guiarlos. El leon está solo en el bosque
que habita; yo estoy solo como
el leon.
EL ABAD.
¿Y porqué no vivir y obrar como
los demas hombres?
MANFREDO.
Sin haber nacido cruel, mi corazon
no amaba las criaturas vivientes,
hubiera querido encontrar una
horrible soledad, pero no formármela
yo mismo; queria ser como el
salvage _Simoun_ que solo habita el
desierto, y cuyo soplo devorador
no trastorna sino una mar de áridas
arenas en donde su furor no es funesto
á ningun arbolillo: no busca la
morada de los hombres, pero es muy
terrible para los que vienen á arrostrarlo.
Tal ha sido el curso de mi
vida, y mientras he vivido he encontrado
objetos que ya no existen.
EL ABAD.
Empiezo á temer que mi piedad
y mi ministerio no pueden seros útiles.
Tan jóven todavia ... me cuesta
mucho el....
MANFREDO.
Miradme, hay algunos mortales
en la tierra que se hacen viejos en
su juventud y que mueren antes de
haber llegado el verano de su vida,
sin que hayan buscado la muerte en
los combates. Unos son víctimas de
los placeres, otros del estudio, estos
á causa del trabajo y aquellos por el
fastidio. Hay algunos que perecen
de enfermedad, de demencia, ó en
fin de penas del corazon, y esta última
enfermedad, ofreciéndose bajo
todas las formas y bajo todos los
nombres, hace mas estragos que la
guerra. Miradme; porque no hay
ninguno de estos males que yo no
haya sufrido, y uno solo basta para
terminar la vida de un hombre. No
os admireis ya de lo que soy, pero
si sorprendeos de que haya existido
y de que esté todavía sobre la
tierra.
EL ABAD.
Dignaos sin embargo escucharme....
MANFREDO [_con viveza_.]
Anciano, respeto tu ministerio y
reverencio tus canas; creo que tus
intenciones son piadosas; pero es
en vano. No me supongais una fácil
credulidad, y solo por la consideracion
que os tengo, evito una conversacion
mas larga. A Dios.
[Manfredo se va.]
EL ABAD.
Este hombre hubiera podido ser
una criatura admirable; y tal como
es, presenta un caos que sorprende.
Una mezcla de luz y de tinieblas,
de grandeza y de polvo, de pasiones
y de pensamientos generosos, que
en su confusion y en sus desórdenes,
quedan en la inaccion ó amenazan el
destruirlo todo. La energía de su
corazon era digna de animar elementos
mejor combinados: va á perecer
y quisiera salvarle. Hagamos
una segunda tentativa; un alma como
la suya merece muy bien el ganarla
para el cielo. Mi deber me
ordena el atreverme á todo para
conseguir el bien; lo seguiré, pero
será con prudencia.
[El Abad se va.]
ESCENA II.
[Otra habitacion.]
MANFREDO Y HERMAN.
HERMAN.
Señor, vos me habeis ordenado
el venir á encontraros al ponerse el
sol; vedle que va á eclipsarse detras
de la montaña.
MANFREDO.
¡Bien! quiero contemplarle.
[Manfredo se adelanta hacia la ventana del cuarto.]
Astro glorioso, adorado en la infancia
del mundo por la raza de
hombres robustos, por los gigantes
nacidos de los ángeles con un sexo
que, mas hermoso que ellos mismos,
hizo caer en el pecado á los espíritus
escarriados, desterrados del cielo
para siempre[4]; astro glorioso, tú
fuiste adorado como el dios del
mundo, antes que el misterio de la
creacion fuese revelado; obra maestra
del Todopoderoso, tú fuiste el
primero que regocijastes el corazon
de los pastores caldeos sobre la cumbre
de sus montañas, y el reconocimiento
les inspiró bien pronto los
homenages que te dirigieron; divinidad
material, tú eres la imágen
del gran desconocido que te ha escogido
para que seas su sombra; rey
de los astros, y centro de mil constelaciones,
á tí es á quien la tierra
debe su conservacion; padre de las
estaciones, rey de los climas y de los
hombres: las inspiraciones de nuestros
corazones, y las facciones de
nuestros rostros son la influencia de
tus rayos. No hay ninguna cosa que
iguale la pompa de tu salida, de tu
curso y de tu puesta... A Dios, ya no
te volveré á ver; mi primera mirada
de amor y de admiracion fue para
tí; recibe tambien la última: nunca
alumbrarás á un mortal, á quien el
don de tu luz y tu calor suave
hayan sido mas fatales que á mí...
Se ha ocultado ... quiero seguirle.
[Manfredo se va.]
ESCENA III.
[Por una parte se ven las montañas y por la otra el
castillo de Manfredo y una torre con una azotea. Empieza
la noche.]
HERMAN, MANUEL _y otros criados de
Manfredo_.
HERMAN.
Es bien estraño que despues de
muchos años, el conde Manfredo
haya pasado todas las noches en velar
sin testigos dentro de esta torre.
Yo he entrado en ella, no conocemos
todo el interior, pero ninguna
cosa de las que encierra ha podido
instruirnos de lo que hace nuestro
amo. Es cierto que hay un cuarto
en el que ninguno de nosotros ha
entrado; yo daria todo lo que tengo
para sorprenderle cuando se encuentra
ocupado en sus misterios.
MANUEL.
Esto no podria ser sin peligro;
conténtate con lo que sabes.
HERMAN.
¡Ah! Manuel, tú eres sabio y discreto
como un viejo; pero tú podrias
decirnos muchas cosas. ¿Cuánto
tiempo hace que habitas este castillo?
MANUEL.
He visto nacer al conde Manfredo;
entonces ya servia á su padre, al que
se parece muy poco.
HERMAN.
Lo mismo puede decirse de muchos
hijos; ¿pero en qué se diferenciaba
del suyo el conde Segismundo?
MANUEL.
No hablo de las facciones, pero
sí del corazon y del género de vida.
El conde Segismundo era arrogante,
pero alegre y franco: gustaba de la
guerra y de la mesa, y era poco aficionado
á los libros y á la soledad,
no ocupaba las noches en sombrios
desvelos; las suyas estaban consagradas
á los festines y á las diversiones.
No se le veia ir errante por
las montañas ó por los bosques, como
ün lobo silvestre, no huia de los
hombres ni de sus placeres.
HERMAN.
¡Por vida mia! ¡vivan estos tiempos
dichosos! ¡Quisiera ver á la alegría
que viniese á visitar de nuevo
estas antiguas murallas! Parece que
las ha olvidado del todo.
MANUEL.
Era necesario primeramente que
el castillo cambiase de señor. ¡Oh!
¡he visto aquí cosas tan estrañas,
Herman!
HERMAN.
¡Y bien! dígnate de hacer confianza
de mí; cuéntame algunas cosas
para pasar el rato: te he oido hablar
vagamente sobre lo que sucedió
en otros tiempos en esta misma
torre.
MANUEL.
Me acuerdo que una tarde á la
hora del crepúsculo, una tarde semejante
á esta, la nube rojiza que
corona la cima del monte Eigher
estaba en el mismo parage, y quizas
era la misma nube, el viento era
flojo y tempestuoso, la luna empezaba
á lucir sobre el manto de nieve
que cubre las montañas; el conde
Manfredo estaba como ahora en su
torre: ¿qué hacia allí? lo ignoramos;
pero estaba con él la sola compañera
de sus paseos solitarios y de sus
desvelos, el único ser viviente á
quien manifestaba amar; los lazos
de la sangre se lo ordenaban, es
cierto; era su querida Astarte; era
su... ¿Quién está, ahí?
[Entra el Abad de San Mauricio.]
EL ABAD.
¿En donde está vuestro amo?
HERMAN.
Está en la torre.
EL ABAD
Es preciso que yo le hable.
MANUEL
Es imposible, está solo, y nos está
prohibido el introducir á nadie.
EL ABAD.
Yo lo tomo sobre mí ... es preciso
que yo le vea.
HERMAN.
¿No le habeis ya visto esta tarde?
EL ABAD.
Herman, yo te lo ordeno, ves á
llamar á la puerta y á prevenir al
conde acerca de mi visita.
HERMAN.
Nosotros no nos atrevemos.
EL ABAD.
¡Y bien! yo mismo iré á anunciarme.
MANUEL.
Mi respetable padre, deteneos, os
lo suplico.
EL ABAD.
¿Porqué?
MANUEL.
Esperad un momento, y yo me
esplicaré en otro parage.
[Se van.]
ESCENA IV.
[El interior de la torre.]
MANFREDO _solo_.
Las estrellas se ponen en órden
en el firmamento; la luna se manifiesta
sobre la cumbre de las montañas
coronadas de nieve: ¡admirable
espectáculo! conozco que amo
todavía á la naturaleza, porque el
aspecto de la noche me es mas familiar
que el de los hombres, y es
en sus tinieblas silenciosas y solitarias,
bajo la bóveda estrellada de los
cielos, en donde he aprendido el
idioma de otro universo.
Me acuerdo que cuando viajaba
en tiempo de mi juventud, me encontré
en una noche semejante en
el recinto del Coliseo en medio de
todo lo que nos queda de mas grande
de la ciudad de Rómulo. Un viso
sombrío oscurecia el ramage de los
árboles que crecen sobre los arcos
arruinados, y las estrellas brillaban
al traves de las grietas que presentaban
aquellas ruinas. A lo lejos los
ladridos de los perros resonaban en
la otra márgen del Tiber; mas cerca
de mí, el grito lúgubre de los buhos
salia del palacio de César, y el viento
me traia los sonidos moribundos del
canto nocturno de las centinelas. Por
la parte de la brecha, que el tiempo
ha abierto al circo, parecia que los
cipreses adornaban el horizonte y
solo estaban á la distancia de un
tiro; en estos mismos lugares, que
fueron la morada de los Césares, y
que en el dia estan habitados por
los pájaros nocturnos que hacen oir
sus cantos aciagos, se elevan sobre
las murallas demolidas los árboles
cuyas raices se entrelazan bajo el
domicilio imperial, y la hiedra rastrera
se apodera del terreno destinado
á criar el laurel; pero el circo
sangriento de los gladiadores, ruina
noble é imponente, está todavía de
pie, mientras que los palacios de
mármol de César y de Augusto no
presentan sobre la tierra sino escombros
ignorados. Tú alumbrabas con
tus rayos á la antigua reina del mundo,
astro pacífico de las noches, tú
dejabas caer una luz pálida y melancólica
que suavizaba el aspecto austero
y doloroso de sus antiguos escombros,
y llenaba en algun modo
el vacío de los siglos. Todo lo que
subsiste todavía de hermoso y de
grande recibia de tí un nuevo esplendor,
y lo que ya no existe parecia
que habia vuelto á tomar su antigua
brillantez; en estos lugares
todo inspiró mi entusiasmo, y mi
corazon conmovido adoró silenciosamente
á los grandes hombres de
otros tiempos. Creí ver á todos los
héroes que ya han pasado y á todos
los soberanos coronados que todavía
gobiernan nuestras almas desde el
fondo de sus sepulcros....
Era una noche semejante á esta.
¡Es una cosa particular que me la
recuerde en este momento! pero he
esperimentado muchas veces que
nuestros pensamientos se nos escapan
y se pierden lejos de nosotros,
en el momento en que quisieramos
concentrarlos en una meditacion
solitaria.
[Entra el Abad de San Mauricio.]
EL ABAD.
Debo pediros perdon de esta segunda
visita; pero dignaos no mirar
como una ofensa la indiscreta importunidad
de mi celo. ¡Recibo con
gusto contra mí lo que tiene de culpable,
y que lo que tenga de bueno
pueda ilustrar vuestro espíritu! ¡qué
no pueda yo decir vuestro corazon!
Si consiguiese ablandarlo por medio
de mis exhortaciones y de mis oraciones,
pondría en el buen camino
á un corazon noble que se encuentra
escarriado, pero que todavía no está
perdido.
MANFREDO.
Tú no me conoces. Mis dias estan
ya contados, y mis acciones
estan escritas en el libro del cielo.
Retírate, tu permanencia aquí te
seria perjudicial; retírate.
EL ABAD.
¿Es una amenaza la que me anunciais?
MANFREDO.
No, te advierto sencillamente que
hay peligro para tí, y yo quisiera
preservarte de él.
EL ABAD.
¿Qué quereis decir?
MANFREDO.
Mira, ¿no ves nada?
EL ABAD.
Nada.
MANFREDO.
Mira bien, te digo y sin temblar.
¿Qué ves ahora?
EL ABAD.
Veo lo que es muy capaz de hacerme
temblar, pero no temo nada,
veo un espectro sombrío y terrible
que sale de la tierra como una divinidad
infernal. Su frente está cubierta
con un velo negro, y su cuerpo
parece que se halla rodeado de
nubes aciagas; pero yo no le temo.
MANFREDO.
Tú no tienes que temer, es cierto;
pero su aspecto puede paralizar tus
miembros cargados de años. Lo repito,
retírate.
EL ABAD.
Y yo repito que no me retiraré
sin que haya hecho desaparecer este
espectro... ¿Qué hace aquí?
MANFREDO.
Lo ignoro: no le he llamado, él
ha venido por su voluntad.
EL ABAD.
¡Ay¡ hombre perdido! ¿qué
teneis que tratar con semejantes
huéspedes? tiemblo por vos, ¿porqué
os mira fijamente y vos á él?
¡Ah! vedle que descubre su rostro,
las cicatrices del rayo vengador estan
grabadas sobre su frente, y en
sus ojos brilla la inmortalidad del
infierno. ¡Lejos de aquí!...
MANFREDO [_al Espíritu_].
¿Cuál es tu mision?
EL ESPÍRITU.
Ven.
EL ABAD
¿Quién eres, espíritu desconocido?
habla, responde.
EL ESPÍRITU.
El genio de este hombre. [_A Manfredo_.]
Ven, ya es tiempo.
MANFREDO.
Estoy pronto á todo, pero no reconozco
el poder que me llama,
¿quién te envia aquí?
EL espíritu.
Tú lo sabrás después.¡Ven! ¡ven!
MANFREDO.
He mandado á seres de una esencia
superior á la tuya, he resistido
á sus superiores: aléjate de estos lugares.
EL ESPÍRITU.
¡Mortal! tu hora ha llegado. Ven
te digo.
MANFREDO.
Ya sé que mi hora ha llegado,
pero no será á un ser tal como tú á
quien entregaré mi alma.
EL ESPÍRITU.
¿Llamaré pues á mis hermanos?...
Apareced.
[Aparecen los otros Espíritus.]
EL ABAD.
Alejaos, espíritus malignos, huid
os digo; vosotros no teneis poder en
los parages en donde se encuentra
la piedad. Huid, os lo ordeno en
nombre de....
EL ESPÍRITU.
Anciano, nosotros conocemos
nuestra mision y tu ministerio, no
pierdas tus palabras sagradas; serian
inútiles. Este hombre está condenado,
y por la última vez le intimo
que venga.
MANFREDO.
Yo os desafio á todos; aunque
sienta que mi alma se me ausenta,
os desafio á todos. No os seguiré
mientras que me quede un soplo de
vida para luchar aunque sea con los
demonios: si quereis arrancarme de
aquí no lo conseguireis sino miembro
por miembro.
EL ESPÍRITU.
¡Mortal rebelde! ¿eres tú el mágico
que se atrevió á arrojarse al
mundo invisible y hacerte casi nuestro
igual? ¿eres tú el que quieres
conservar una vida que te ha sido
tan funesta?
MANFREDO.
Espíritu impostor, mientes; sé
que ha llegado la última hora de
mi vida y no quisiera retardarla un
momento. No lucho contra la muerte
y sí contra tí y contra los ángeles de
tu séquito. No fue por medio de un
pacto contigo y con tus compañeros
por lo que adquirí un poder sobrenatural;
fue mi ciencia superior, mis
privaciones, mi audacia, mis dilatados
desvelos, mi fuerza de alma y mi
habilidad en descubrir los secretos
de los tiempos antiguos en los que
se veia á los hombres y á los espíritus
marchar juntamente é ignorar
injustos privilegios. Me encuentro
satisfecho de mis propias fuerzas,
os desafio, y os desprecio.
EL ESPÍRITU.
Tus crímenes te han hecho....
MANFREDO.
¿Qué te importan mis crímenes?
¿Serán castigados por otros crímenes
ó por otros mayores criminales?
Vuelve á sumergirte en el infierno,
yo permanezco aquí; tú no tienes
ningun poder sobre mí, y sé que
nunca me poseerás. Lo que he hecho,
está ya hecho; llevo en mi pecho
un tormento al cual no añadirá
nada el que puedes causarme; un
alma inmortal se recompensa ó se
castiga á sí misma; independiente
de los lugares y de los tiempos, lleva
consigo el orígen y el término de
de sus males; una vez despojada de
su cubierta mortal, su sentimiento
interno no presta ningun color á los
vagos objetos que la rodean, pero
se encuentra absorbida en las penas
ó en la dicha que nacen del conocimiento
de sus crímenes ó de sus
virtudes. Tú no has podido tentarme
ni engañarme un momento: ¿porqué
vienes á buscar una presa que
jamas te pertenecerá? Me he perdido
á mí mismo, y seré mi propio verdugo.
(_A todos_.) Huid, demonios
impotentes; la mano de la muerte
está sobre mí, pero no la vuestra.
[Los demonios desaparecen.]
EL ABAD.
¡Ay! vuestra frente se pone pálida,
vuestros labios pierden el color,
vuestro corazon está oprimido,
y vuestros acentos salen con un sonido
ronco de vuestro pecho palpitante.
Dirigid vuestras oraciones al
cielo, suplicad á lo menos con el
pensamiento ... pero no os entregueis
á la muerte de este modo.
MANFREDO.
Esto es hecho, mis ojos no pueden
mirarte, todo se mueve á mi
rededor, y la tierra parece que se
hunde bajo mis pasos. A Dios padre
mío; dadme la mano.
EL ABAD.
Está fría ... también lo está su corazon.
Una sola súplica... ¡Ay! ¿qué
es lo que va á sucederle?
MANFREDO.
Anciano, el morir no es difícil.
[Espira.]
EL ABAD.
Ya no existe; su alma ha tomado
vuelo: ¿á dónde irá?... Temo el
pensarlo ... murió[5]....
FIN.
* * * * *
NOTAS DE MANFREDO.
1 ... Es el efecto que producen los rayos del sol sobre
la parte interior de los torrentes de los Alpes: ninguna
cosa tiene mas semejanza á un arco íris tan inmediato á
la tierra que se puede pasear al instante por debajo.
Este fenómeno dura hasta el mediodia.
2 ... El filósofo Jamblico. La historia de la invocacion
de Eros y de Anteros se encuentra en su vida escrita
por Eunopino.
3 ... La historia de Pausanias rey de Esparta, y de
Cleonice, nos ha sido trasmitida por Plutarco (vida de
Cimon) y por Pausanias el sofísta en su Descripcion de
la Grecia.
El rey Pausanias es el que mandaba á los Griegos en la
batalla de Platea y que pereció despues, convencido de
haber querido hacer traición á los Lacedomonios.
4 ... _Los hijos de Dios_ vieron á las hijas de los
hombres y las encontraron hermosas etc.
En aquellos tiempos habia gigantes en la tierra; y
cuando los _hijos de Dios_ hubieron conocido á las hijas
de los hombres y las hubieron hecho hijos, estos mismos
hijos se hicieron hombres poderosos é ilustres según
el siglo.
_Génesis_, cap. vi, ver. 3 y 4.
5 ...«¡Ay! cuando un dia el alma se verá finalmente libre
de los lazos odiosos del cuerpo, y no conservará de la
vida material sino lo que le queda á una ligera mariposa
que acaba de romper su prision de invierno; cuando los
elementos se reunirán á los elementos semejantes y que
el polvo ya no será sino polvo, ¿no sentiré entonces
realmente todo lo que creo ver: los espíritus aéreos, el
pensamiento incorpóreo, y el genio de cada parage, cuya
inmortal existencia esperimento algunas veces?»
(Childe-Harold, canto iii.)