[24] Goethe, a principios del siglo pasado, decía que uno de los

mayores benefactores de la humanidad, sería el que inventara una

clase de velas que hiciera inútil el uso de las despabiladeras.

Si somos razonables, si admitimos que ese movimiento de reacción general

obedece a leyes desconocidas, pero ineludibles, es lógico que nuestros

adversarios, los obreros ciegos del porvenir, reconozcan a su vez la

existencia de leyes en virtud de las cuales nos oponemos a su tendencia.

Ellos sostienen que la propiedad es un anacronismo y una injusticia

monstruosa: nosotros pensamos que sin ella no se habría organizado en

sociedad la raza humana, y que andaríamos aún, como en la edad

primitiva, a dentelladas y trancazo limpio. Ellos nos suprimen por la

dinamita, nosotros los suprimimos por la ley. Debe ser necesario, para

los objetivos finales, ese carácter un tanto agrio de la controversia.

Si las instituciones sociales pudieran modificarse tan fácilmente como

las políticas, bastaría con dos o tres jornadas _gloriosas_, como las de

julio, para que un Ravachol durmiera en el Eliseo o en Windsor. Por el

momento, no teniendo el honor de vivir en el siglo 50 y juzgando que ese

incidente no sería favorable a la felicidad de los hombres, nos oponemos

a él con todas nuestras fuerzas y nos defendemos con todas nuestras

armas.

VII

Jamás una lucha entre los hombres se ha iniciado con caracteres más

horribles. Es precisamente en este momento de la historia humana, en que

la conciencia general condena y maldice las hecatombes del pasado, las

guerras sin cuartel de la antigüedad, el martirio de los cristianos, los

exterminios religiosos de los siglos XVI y XVII, cuando la bestia que la

civilización había conseguido domeñar, se despierta más feroz que nunca

y, en nombre de pretendidos derechos, de sueños de ebrio, asesina

ancianos, mujeres y niños, y elige los corazones más nobles para

partirlos con el puñal del asesino!

La muerte de Carnot[25] que ha conmovido al mundo entero, porque la

altura moral de ese hombre ennoblecía a la especie toda, parece indicar

que el período fatal se acerca y que el incendio va a comunicarse a toda

la tierra civilizada. ¡Triste y sombría es la perspectiva! En cuanto a

nosotros, aquellos que crean que la riqueza de nuestro suelo y la

facilidad de nuestra vida, van a eximir a nuestro país de ser teatro de

combates de ese género, se equivocan, a mi juicio. Nada hay comparable

en el mundo actual a la condición del proletario francés; la maravillosa

feracidad de esa tierra, su belleza, su desenvolvimiento industrial, la

laboriosidad y la iniciativa de ese pueblo amable e inteligente, su

organización casi perfecta en lo humanamente posible, dan con toda

holgura al obrero, el pan, el salario y la tranquilidad necesarios para

el viaje de la vida. En pocas partes los salarios son más altos, en

ninguna las asociaciones de mutua protección más perfectas, ni la

autoridad más paternal para el desheredado. Y es allí donde estalla con

más fuerza esta reacción iracunda contra la desigualdad social! Se

creería que esos hombres obran movidos por un atavismo inconsciente, por

el rencor acumulado en el corazón de cien generaciones de parias, que ha

venido a estallar precisamente en el momento en que el sufrimiento y el

largo penar cesaban para sus descendientes! ¿Qué remedio oponer? ¿Cómo

hablar de razón al demente enfurecido? El viejo papa, en este estertor

de todas las viejas creencias humanas, habla un lenguaje ya muerto sobre

la tierra, y hace un llamado a esos descarriados para que vuelvan al

seno de la Iglesia. Otros, los filósofos, los teóricos, los que tienen

fe en la eficacia de la inteligencia humana, hablan del socialismo de

Estado. No es una novedad el nuevo específico y el éxito de los ensayos

hechos no anima por cierto a recomenzarlos. Además, preconizar la

omnipotencia del Estado ante aquellos que buscan ciegamente su

aniquilamiento, paréceme realmente un ilogismo candoroso.

[25] En los seis años transcurridos desde que estas páginas fueron

escritas, nuevas víctimas no menos nobles, no menos ilustres, han

caído asesinadas. Cánovas, la emperatriz Isabel, el rey Humberto I,

el Presidente Mackinley continúan la serie, sin que las sombras que

cubren el horizonte nos permitan esperar que esta se haya cerrado

para siempre.

En 1836, cuando la democracia estaba lejos de triunfar sobre el mundo

europeo, ante los peligros que su victoria hacía entrever para el

porvenir, el noble escritor que antes he citado, exclamaba:

"¿Pensaré que el Creador ha hecho al hombre para dejarle agitarse en

medio de las miserias intelectuales que nos rodean? No puedo creerlo:

Dios prepara a las sociedades europeas un porvenir más fijo y más

tranquilo; ignoro sus designios, pero no cesaré de creer en ellos porque

no puedo penetrarlos y prefiero dudar de mis luces que de su justicia."

Esa es la buena palabra y esa es la buena ruta para todos, para aquellos

que dudan, como para los que creen que el mundo marcha guiado por una

voluntad divina. De la misma manera que las batallas se ganan por la

suma de los esfuerzos individuales, y que el deber del soldado es

combatir y vencer al enemigo que tiene al frente, el deber de cada

hombre es trazar su camino con claridad y seguirlo con firmeza. Un país

será próspero y grande, no porque se desenvuelva bajo tal o cual

régimen de gobierno, sino porque sus hijos conciban bien sus deberes de

patriotismo y los cumplan como buenos. El patriotismo no está sólo en

pelear en los combates al son del himno y a la sombra de la bandera, no

está sólo en cantar las glorias patrias; está también y sobre todo en la

prudencia, la fuerza de voluntad para contener las indignaciones

violentas, la fe en la evolución que cura, y no en el prurito de la

revolución que mata. "La verdad y el derecho legitiman algunas y raras

revoluciones, pero no acompañan, en todo lo que emprende, al espíritu

revolucionario. Lo que se llama así, no es el noble espíritu que animaba

a los autores de las revoluciones necesarias; es el gusto de las

revoluciones por ellas mismas; es el movimiento continuo de esas almas

sin regla que la imaginación gobierna a falta de la razón, aquellas para

quienes las ideas innovadoras son las solas verdaderas y las ideas

extremas las únicas lógicas. Los que juzgan todo permitido a la

abnegación, toman por abnegación al fanatismo y creen absueltas, y aun

santificadas en sus excesos, las pasiones que hacen el mal en nombre del

bien. El espíritu revolucionario, no, no es la adhesión de un Holandés a

la revolución de 1579, de un Inglés a la revolución de 1688, de un

Americano a la de 1776, de un Francés a la revolución de 1789; es el

amor por las revoluciones sin término. Harto ha sacudido nuestro país

ese genio de la agitación perpetua. Harto nos ha faltado esa constancia

que se apega a los bienes adquiridos y sabe guardar sus conquistas.

Soñarlo todo, tentarlo todo, es el medio de perderlo todo." ¿No parecen,

acaso, escritas para nosotros esas palabras que el luminoso espíritu de

Carlos de Rémusat pone al frente de sus admirables estudios sobre la

_Inglaterra en el siglo XVIII_?

VIII

En cuanto a nuestras sociedades nuevas y en formación, la manera como en

ellas repercuten los fenómenos políticos y sociales de carácter general

que hemos apuntado, constituye un problema especial, cuya solución no

está en nuestras manos. No son las instituciones, no son las leyes, lo

hemos visto ya, las que fijarán y determinarán el rumbo deseado. El

factor principal que, en el estado actual de la Europa, ejerce una

influencia poderosa e indiscutida en la gestación que está elaborando

los nuevos destinos humanos: la raza, sufre entre nosotros una

modificación tan fundamental, que complica y da otro aspecto al

problema.

¿Preponderará con el tiempo algún espíritu especial de raza entre

nosotros? ¿Los grandes e irresistibles medios de asimilación que posee

el suelo americano, y en él el nuestro principalmente, concluirán por

hacer del pueblo que habita la vasta región argentina, una sociedad

homogénea, con caracteres étnicos propios? Todo parece indicarlo así;

pero no está tampoco ahí el problema del porvenir.

No se puede hacer que los ríos remonten su corriente, y la vieja

farmacopea es inútil ante la patología actual. Reformar nuestra

constitución, en el sentido de hacer desaparecer sus aberraciones y

arcaísmos, es como quitar la mancha de una mosca en el disco de un

telescopio para ver más cercanos los astros. Agregarle, en forma

preceptiva, las tres o cuatro aspiraciones socialistas formuladas en

primer término, sería inhábil y peligroso: la concesión de una parte

nunca satisfizo a los que piden el todo. Además, volvemos a lo mismo:

la ineficacia de la ley escrita, buena o mala. Los ingleses, contentos y

cómodos dentro de su caos institucional, comparaban a la constitución

norteamericana con un aro de acero puesto a un tronco joven, y auguraban

que impediría el crecimiento de éste. Los americanos contestaban que el

aro se haría flexible y se ensancharía armoniosamente con el árbol. No,

no es eso; el árbol crece porque sus raíces están en tierra fecunda, y

el fenómeno del desenvolvimiento de ese pueblo responde a causas ajenas

a la influencia de su constitución política.

No, no reformemos nuestra carta. Con ella vamos un poco a tropezones,

pero vamos. Habría tanta justicia en atribuirle nuestras miserias, como

nuestros éxitos. Los que sueñan con el régimen parlamentario como

panacea, o los que desearían ver sancionado por la ley política el

unitarismo imperante de hecho, me hacen el efecto de los que procuran

resolver el problema de la aviación con cuerpos más ligeros que el aire,

cuando la experiencia nos enseña que las aves pesan más que aquél.

¿Y el remedio, entonces? se nos dirá a los que arriesgamos pasar por

pesimistas, al presentar sinceramente un cuadro de observaciones hechas

serena y desapasionadamente. No vislumbramos sino uno: la cultura moral

del individuo, que determinará la cultura y la inteligencia de la masa.

El átomo caracteriza al cuerpo, y si el átomo es susceptible de

perfeccionamiento, ahí está el remedio supremo. La esperanza y el honor

de la raza humana, está en la noción innata del deber; ese es el átomo

que hay que cultivar y perfeccionar. Su desenvolvimiento sano y vigoroso

dará vida a las virtudes necesarias para la armonía y el progreso

social.

Es vulgar y nimio, pero el hombre no ha inventado otra cosa. Tengamos

siempre limpio el corazón, cultivemos siempre la inteligencia: al

resplandor de esas luces, es difícil errar el buen camino. Nunca

alcanzaremos la conciencia de marchar en él, pero es el único remedio de

tener la de intentarlo.

Ocaso

París, Enero de 1902.

La primera impresión, al pisar de nuevo el suelo francés, es complicada

y compleja: sin embargo, dos rasgos característicos parecen desprenderse

sobre el confuso ondear del espíritu, que, curioso, vuela de una

sensación a otra, como buscando la clave de un enigma. El primero de

esos rasgos, es la persistencia irreductible de los modos y formas que

esta mezcla de razas, cuya resultante es el francés, se ha dado para

vivir su vida. Todos los pueblos de la Europa, los del Extremo Oriente

mismo, el Japón ayer, tal vez mañana la China, modifican su modalidad,

incompatible ya con el concepto de la vida actual y la necesidad de

luchar por ella; todos se adaptan flexiblemente a las exigencias de un

ambiente diverso al que respiraron durante siglos, todos cambian sus

métodos de trabajo, sus sistemas de producción, mostrándose así

dispuestos a disputar el terreno a todo competidor. La Francia, única,

ve que la rutina la está minando como un mal sordo e inflexible; ve que,

de la cumbre desde donde, no ha mucho, dominaba a la humanidad, va

descendiendo con una rapidez que, medida con la vasta unidad de tiempo

con que se computan los movimientos de los pueblos sobre la tierra, es

realmente vertiginosa. Su población disminuye; la cifra de su comercio

baja anualmente, a medida que sube la de su deuda; los hombres todos del

globo que, movidos por esa claustrofobia que echa a los seres humanos

fuera de su casa y de su patria--y que otrora no tenían más norte que

París,--se sienten hoy atraídos por muchos otros centros que, explotando

las afinidades de raza y las facilidades del idioma, hacen esfuerzos de

todo género por acaparar una parte de la incomparable clientela de

París. La Francia sabe todo eso; pero su concepción de la vida es tan

armónica con la estructura de la gente que la habita, que cambiarla en

este momento de su vida histórica, le es poco menos que imposible. De

ahí se desprende el segundo rasgo característico de que antes hablé: la

impresión de decadencia.

Decadencia innegable. Contra la ley de evolución que hace desaparecer

naciones enteras, imperios poderosos, ciudades estupendas, hasta no

dejar de ellas ni rastros sobre la corteza del globo, algunos pueblos

modernos parecen precaverse hasta donde la humana prudencia alcanza a

ver. La Inglaterra a la cabeza, ha cubierto el mundo con ramas vigorosas

de su tronco robusto; cuando la isla, orgullosa como la Samos de

Polícrates y como ella guerrera y rica, haya desaparecido, como

desapareció aquella maravilla del mar Egeo, nuevos pueblos de habla y

alma inglesas, surgirán triunfantes y enérgicos, como surgen hoy esos

Estados Unidos de América, que son la pesadilla de la Europa.

Pero esta dulce Francia, ¿cómo va a revivir en el tiempo y el espacio?

¿Será acaso en su Argelia más irreductible que el acero, tan árabe hoy

como el día de la conquista, tan cerrada a todo espíritu que no arranque

del Corán y sobre la que han pasado, rozando apenas su epidermis, dos

mil años de cultura greco-romana y otros tantos de cristianismo? ¿Será

en las vastas regiones de la Indo-China, donde su espíritu lucha, no ya

con la tenacidad del semita africano, sino con la flexible y moluscular

blandura del ariano asiático, sobre cuya alma ningún sello deja

impresión durable? ¿Será en el Africa obscura, tan impenetrable a su

espíritu luminoso, como sus bosques centrales al paso del europeo?

No, organismos como estos, a los que un capricho de la historia ha

permitido, un momento de su vida, unir la fuerza y la riqueza a la

inteligencia y a la más alta cultura, no pueden persistir. Como la madre

admirable que la dió vida, como aquella Grecia que, mientras engendraba

todo lo grande, todo lo noble, todo lo bello que han conocido los

hombres sobre la tierra, sacaba del inagotable fondo de su energía,

fuerzas para luchar contra el Bárbaro o para desgarrarse en lucha

fratricida, la Francia terminará el corto ciclo de su hegemonía política

y guerrera, en la conciencia de perderla para siempre. Sentirá que la

atmósfera ha variado por completo para ella--y en la imposibilidad de

modificar su organismo, vivirá, como la vieja madre, en la contemplación

del pasado. Y a medida que la nueva forma de Barbarie, el modo

americano, vaya invadiendo la tierra entera, destruyendo aquí una obra

de arte, allí un recuerdo histórico, más allá un monumento consagrado a

perpetuar un ridículo acto de sublime desinterés, a medida que el pico

demoledor del contratista de casernas de diez pisos en avenidas de

cincuenta metros, derribe cuanto a su paso encuentre, de todos los

rincones de la tierra habitada, vendrán en peregrinación a esta nueva

ciudad de Pallas Athenea, todos los hombres que conservan el alma

enamorada del arte. París ni será ya, quizá, el centro sensual de hoy;

su epicureísmo se habrá refinado, inmaterializado casi. Y como en el

mundo romano, a partir del segundo siglo del imperio, la atracción de

Atenas crecía a medida que la conquista se extendía, así París, a medida

que el espíritu penetre más y más en los rincones hoy silenciosos del

globo, será la luz única que en medio de la opaca atmósfera ambiente,

vendrán a buscar todos los asfixiados de ese triste mundo.

Y quién sabe si el francés, de día en día más cómodo en su rica y

despoblada tierra y por tanto más sedentario, acabará por ser, en el

extranjero, un objeto de curiosidad, al que se hará venir a precio de

oro, como los sátrapas persas a los artistas griegos, para levantar un

templo a los dioses, para esculpir en mármol la figura de un triunfador

en la palestra, para enseñar el arte divino de la música o el no menos

olímpico de incrustar en el verso rítmico y cadencioso, el alto

pensamiento o el concepto gentil.

Y así la historia, como todo lo creado, continuará renovándose

eternamente, bajo la serena indiferencia de la naturaleza, que es lo

único inmutable.

INDICE

Págs.

Miguel Cané 4

Advertencia de la presente reedición 7

Prólogo, por Horacio Ramos Mejía 9

JUVENILIA

Advertencia del autor 23

Introducción 25

I. 35

II. 39

III. 41

IV. 45

V. 49

VI. 51

VII. 53

VIII. 57

IX. 59

X. 61

XI. 65

XII. 67

XIII. 71

XIV. 73

XV. 75

XVI. 79

XVII. 83

XVIII. 85

XIX. 89

XX. 91

XXI. 93

XXII. 97

XXIII. 101

XXIV. 105

XXV. 109

XXVI. 115

XXVII. 119

XXVIII. 123

XXIX. 127

XXX. 131

XXXI. 133

XXXII. 135

XXXIII. 137

XXXIV. 141

XXXV. 143

XXXVI. 147

PROSA LIGERA

=España=

Una visita de Núñez de Arce 155

Por montes y por valles 165

El arte español 177

La cuestión del idioma 191

=En la tierra=

Tucumana 205

La primera de "Don Juan" en Buenos Aires 217

En el fondo del río 227

De cepa criolla 245

A las cuchillas 261

Aguafuerte 285

=Recordando=

Mi estreno diplomático 295

Sarmiento en París 313

Nuevos rumbos humanos 345

Ocaso 365

* * * * *

Nota del Transcriptor:

Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

Letras itálicas son denotadas con _líneas_.

Letras oscuras son denotadas con =signos de igual=.

Juvenilla; Prosa ligera · 第 20 / 20 段