mayores benefactores de la humanidad, sería el que inventara una
clase de velas que hiciera inútil el uso de las despabiladeras.
Si somos razonables, si admitimos que ese movimiento de reacción general
obedece a leyes desconocidas, pero ineludibles, es lógico que nuestros
adversarios, los obreros ciegos del porvenir, reconozcan a su vez la
existencia de leyes en virtud de las cuales nos oponemos a su tendencia.
Ellos sostienen que la propiedad es un anacronismo y una injusticia
monstruosa: nosotros pensamos que sin ella no se habría organizado en
sociedad la raza humana, y que andaríamos aún, como en la edad
primitiva, a dentelladas y trancazo limpio. Ellos nos suprimen por la
dinamita, nosotros los suprimimos por la ley. Debe ser necesario, para
los objetivos finales, ese carácter un tanto agrio de la controversia.
Si las instituciones sociales pudieran modificarse tan fácilmente como
las políticas, bastaría con dos o tres jornadas _gloriosas_, como las de
julio, para que un Ravachol durmiera en el Eliseo o en Windsor. Por el
momento, no teniendo el honor de vivir en el siglo 50 y juzgando que ese
incidente no sería favorable a la felicidad de los hombres, nos oponemos
a él con todas nuestras fuerzas y nos defendemos con todas nuestras
armas.
VII
Jamás una lucha entre los hombres se ha iniciado con caracteres más
horribles. Es precisamente en este momento de la historia humana, en que
la conciencia general condena y maldice las hecatombes del pasado, las
guerras sin cuartel de la antigüedad, el martirio de los cristianos, los
exterminios religiosos de los siglos XVI y XVII, cuando la bestia que la
civilización había conseguido domeñar, se despierta más feroz que nunca
y, en nombre de pretendidos derechos, de sueños de ebrio, asesina
ancianos, mujeres y niños, y elige los corazones más nobles para
partirlos con el puñal del asesino!
La muerte de Carnot[25] que ha conmovido al mundo entero, porque la
altura moral de ese hombre ennoblecía a la especie toda, parece indicar
que el período fatal se acerca y que el incendio va a comunicarse a toda
la tierra civilizada. ¡Triste y sombría es la perspectiva! En cuanto a
nosotros, aquellos que crean que la riqueza de nuestro suelo y la
facilidad de nuestra vida, van a eximir a nuestro país de ser teatro de
combates de ese género, se equivocan, a mi juicio. Nada hay comparable
en el mundo actual a la condición del proletario francés; la maravillosa
feracidad de esa tierra, su belleza, su desenvolvimiento industrial, la
laboriosidad y la iniciativa de ese pueblo amable e inteligente, su
organización casi perfecta en lo humanamente posible, dan con toda
holgura al obrero, el pan, el salario y la tranquilidad necesarios para
el viaje de la vida. En pocas partes los salarios son más altos, en
ninguna las asociaciones de mutua protección más perfectas, ni la
autoridad más paternal para el desheredado. Y es allí donde estalla con
más fuerza esta reacción iracunda contra la desigualdad social! Se
creería que esos hombres obran movidos por un atavismo inconsciente, por
el rencor acumulado en el corazón de cien generaciones de parias, que ha
venido a estallar precisamente en el momento en que el sufrimiento y el
largo penar cesaban para sus descendientes! ¿Qué remedio oponer? ¿Cómo
hablar de razón al demente enfurecido? El viejo papa, en este estertor
de todas las viejas creencias humanas, habla un lenguaje ya muerto sobre
la tierra, y hace un llamado a esos descarriados para que vuelvan al
seno de la Iglesia. Otros, los filósofos, los teóricos, los que tienen
fe en la eficacia de la inteligencia humana, hablan del socialismo de
Estado. No es una novedad el nuevo específico y el éxito de los ensayos
hechos no anima por cierto a recomenzarlos. Además, preconizar la
omnipotencia del Estado ante aquellos que buscan ciegamente su
aniquilamiento, paréceme realmente un ilogismo candoroso.
[25] En los seis años transcurridos desde que estas páginas fueron
escritas, nuevas víctimas no menos nobles, no menos ilustres, han
caído asesinadas. Cánovas, la emperatriz Isabel, el rey Humberto I,
el Presidente Mackinley continúan la serie, sin que las sombras que
cubren el horizonte nos permitan esperar que esta se haya cerrado
para siempre.
En 1836, cuando la democracia estaba lejos de triunfar sobre el mundo
europeo, ante los peligros que su victoria hacía entrever para el
porvenir, el noble escritor que antes he citado, exclamaba:
"¿Pensaré que el Creador ha hecho al hombre para dejarle agitarse en
medio de las miserias intelectuales que nos rodean? No puedo creerlo:
Dios prepara a las sociedades europeas un porvenir más fijo y más
tranquilo; ignoro sus designios, pero no cesaré de creer en ellos porque
no puedo penetrarlos y prefiero dudar de mis luces que de su justicia."
Esa es la buena palabra y esa es la buena ruta para todos, para aquellos
que dudan, como para los que creen que el mundo marcha guiado por una
voluntad divina. De la misma manera que las batallas se ganan por la
suma de los esfuerzos individuales, y que el deber del soldado es
combatir y vencer al enemigo que tiene al frente, el deber de cada
hombre es trazar su camino con claridad y seguirlo con firmeza. Un país
será próspero y grande, no porque se desenvuelva bajo tal o cual
régimen de gobierno, sino porque sus hijos conciban bien sus deberes de
patriotismo y los cumplan como buenos. El patriotismo no está sólo en
pelear en los combates al son del himno y a la sombra de la bandera, no
está sólo en cantar las glorias patrias; está también y sobre todo en la
prudencia, la fuerza de voluntad para contener las indignaciones
violentas, la fe en la evolución que cura, y no en el prurito de la
revolución que mata. "La verdad y el derecho legitiman algunas y raras
revoluciones, pero no acompañan, en todo lo que emprende, al espíritu
revolucionario. Lo que se llama así, no es el noble espíritu que animaba
a los autores de las revoluciones necesarias; es el gusto de las
revoluciones por ellas mismas; es el movimiento continuo de esas almas
sin regla que la imaginación gobierna a falta de la razón, aquellas para
quienes las ideas innovadoras son las solas verdaderas y las ideas
extremas las únicas lógicas. Los que juzgan todo permitido a la
abnegación, toman por abnegación al fanatismo y creen absueltas, y aun
santificadas en sus excesos, las pasiones que hacen el mal en nombre del
bien. El espíritu revolucionario, no, no es la adhesión de un Holandés a
la revolución de 1579, de un Inglés a la revolución de 1688, de un
Americano a la de 1776, de un Francés a la revolución de 1789; es el
amor por las revoluciones sin término. Harto ha sacudido nuestro país
ese genio de la agitación perpetua. Harto nos ha faltado esa constancia
que se apega a los bienes adquiridos y sabe guardar sus conquistas.
Soñarlo todo, tentarlo todo, es el medio de perderlo todo." ¿No parecen,
acaso, escritas para nosotros esas palabras que el luminoso espíritu de
Carlos de Rémusat pone al frente de sus admirables estudios sobre la
_Inglaterra en el siglo XVIII_?
VIII
En cuanto a nuestras sociedades nuevas y en formación, la manera como en
ellas repercuten los fenómenos políticos y sociales de carácter general
que hemos apuntado, constituye un problema especial, cuya solución no
está en nuestras manos. No son las instituciones, no son las leyes, lo
hemos visto ya, las que fijarán y determinarán el rumbo deseado. El
factor principal que, en el estado actual de la Europa, ejerce una
influencia poderosa e indiscutida en la gestación que está elaborando
los nuevos destinos humanos: la raza, sufre entre nosotros una
modificación tan fundamental, que complica y da otro aspecto al
problema.
¿Preponderará con el tiempo algún espíritu especial de raza entre
nosotros? ¿Los grandes e irresistibles medios de asimilación que posee
el suelo americano, y en él el nuestro principalmente, concluirán por
hacer del pueblo que habita la vasta región argentina, una sociedad
homogénea, con caracteres étnicos propios? Todo parece indicarlo así;
pero no está tampoco ahí el problema del porvenir.
No se puede hacer que los ríos remonten su corriente, y la vieja
farmacopea es inútil ante la patología actual. Reformar nuestra
constitución, en el sentido de hacer desaparecer sus aberraciones y
arcaísmos, es como quitar la mancha de una mosca en el disco de un
telescopio para ver más cercanos los astros. Agregarle, en forma
preceptiva, las tres o cuatro aspiraciones socialistas formuladas en
primer término, sería inhábil y peligroso: la concesión de una parte
nunca satisfizo a los que piden el todo. Además, volvemos a lo mismo:
la ineficacia de la ley escrita, buena o mala. Los ingleses, contentos y
cómodos dentro de su caos institucional, comparaban a la constitución
norteamericana con un aro de acero puesto a un tronco joven, y auguraban
que impediría el crecimiento de éste. Los americanos contestaban que el
aro se haría flexible y se ensancharía armoniosamente con el árbol. No,
no es eso; el árbol crece porque sus raíces están en tierra fecunda, y
el fenómeno del desenvolvimiento de ese pueblo responde a causas ajenas
a la influencia de su constitución política.
No, no reformemos nuestra carta. Con ella vamos un poco a tropezones,
pero vamos. Habría tanta justicia en atribuirle nuestras miserias, como
nuestros éxitos. Los que sueñan con el régimen parlamentario como
panacea, o los que desearían ver sancionado por la ley política el
unitarismo imperante de hecho, me hacen el efecto de los que procuran
resolver el problema de la aviación con cuerpos más ligeros que el aire,
cuando la experiencia nos enseña que las aves pesan más que aquél.
¿Y el remedio, entonces? se nos dirá a los que arriesgamos pasar por
pesimistas, al presentar sinceramente un cuadro de observaciones hechas
serena y desapasionadamente. No vislumbramos sino uno: la cultura moral
del individuo, que determinará la cultura y la inteligencia de la masa.
El átomo caracteriza al cuerpo, y si el átomo es susceptible de
perfeccionamiento, ahí está el remedio supremo. La esperanza y el honor
de la raza humana, está en la noción innata del deber; ese es el átomo
que hay que cultivar y perfeccionar. Su desenvolvimiento sano y vigoroso
dará vida a las virtudes necesarias para la armonía y el progreso
social.
Es vulgar y nimio, pero el hombre no ha inventado otra cosa. Tengamos
siempre limpio el corazón, cultivemos siempre la inteligencia: al
resplandor de esas luces, es difícil errar el buen camino. Nunca
alcanzaremos la conciencia de marchar en él, pero es el único remedio de
tener la de intentarlo.
Ocaso
París, Enero de 1902.
La primera impresión, al pisar de nuevo el suelo francés, es complicada
y compleja: sin embargo, dos rasgos característicos parecen desprenderse
sobre el confuso ondear del espíritu, que, curioso, vuela de una
sensación a otra, como buscando la clave de un enigma. El primero de
esos rasgos, es la persistencia irreductible de los modos y formas que
esta mezcla de razas, cuya resultante es el francés, se ha dado para
vivir su vida. Todos los pueblos de la Europa, los del Extremo Oriente
mismo, el Japón ayer, tal vez mañana la China, modifican su modalidad,
incompatible ya con el concepto de la vida actual y la necesidad de
luchar por ella; todos se adaptan flexiblemente a las exigencias de un
ambiente diverso al que respiraron durante siglos, todos cambian sus
métodos de trabajo, sus sistemas de producción, mostrándose así
dispuestos a disputar el terreno a todo competidor. La Francia, única,
ve que la rutina la está minando como un mal sordo e inflexible; ve que,
de la cumbre desde donde, no ha mucho, dominaba a la humanidad, va
descendiendo con una rapidez que, medida con la vasta unidad de tiempo
con que se computan los movimientos de los pueblos sobre la tierra, es
realmente vertiginosa. Su población disminuye; la cifra de su comercio
baja anualmente, a medida que sube la de su deuda; los hombres todos del
globo que, movidos por esa claustrofobia que echa a los seres humanos
fuera de su casa y de su patria--y que otrora no tenían más norte que
París,--se sienten hoy atraídos por muchos otros centros que, explotando
las afinidades de raza y las facilidades del idioma, hacen esfuerzos de
todo género por acaparar una parte de la incomparable clientela de
París. La Francia sabe todo eso; pero su concepción de la vida es tan
armónica con la estructura de la gente que la habita, que cambiarla en
este momento de su vida histórica, le es poco menos que imposible. De
ahí se desprende el segundo rasgo característico de que antes hablé: la
impresión de decadencia.
Decadencia innegable. Contra la ley de evolución que hace desaparecer
naciones enteras, imperios poderosos, ciudades estupendas, hasta no
dejar de ellas ni rastros sobre la corteza del globo, algunos pueblos
modernos parecen precaverse hasta donde la humana prudencia alcanza a
ver. La Inglaterra a la cabeza, ha cubierto el mundo con ramas vigorosas
de su tronco robusto; cuando la isla, orgullosa como la Samos de
Polícrates y como ella guerrera y rica, haya desaparecido, como
desapareció aquella maravilla del mar Egeo, nuevos pueblos de habla y
alma inglesas, surgirán triunfantes y enérgicos, como surgen hoy esos
Estados Unidos de América, que son la pesadilla de la Europa.
Pero esta dulce Francia, ¿cómo va a revivir en el tiempo y el espacio?
¿Será acaso en su Argelia más irreductible que el acero, tan árabe hoy
como el día de la conquista, tan cerrada a todo espíritu que no arranque
del Corán y sobre la que han pasado, rozando apenas su epidermis, dos
mil años de cultura greco-romana y otros tantos de cristianismo? ¿Será
en las vastas regiones de la Indo-China, donde su espíritu lucha, no ya
con la tenacidad del semita africano, sino con la flexible y moluscular
blandura del ariano asiático, sobre cuya alma ningún sello deja
impresión durable? ¿Será en el Africa obscura, tan impenetrable a su
espíritu luminoso, como sus bosques centrales al paso del europeo?
No, organismos como estos, a los que un capricho de la historia ha
permitido, un momento de su vida, unir la fuerza y la riqueza a la
inteligencia y a la más alta cultura, no pueden persistir. Como la madre
admirable que la dió vida, como aquella Grecia que, mientras engendraba
todo lo grande, todo lo noble, todo lo bello que han conocido los
hombres sobre la tierra, sacaba del inagotable fondo de su energía,
fuerzas para luchar contra el Bárbaro o para desgarrarse en lucha
fratricida, la Francia terminará el corto ciclo de su hegemonía política
y guerrera, en la conciencia de perderla para siempre. Sentirá que la
atmósfera ha variado por completo para ella--y en la imposibilidad de
modificar su organismo, vivirá, como la vieja madre, en la contemplación
del pasado. Y a medida que la nueva forma de Barbarie, el modo
americano, vaya invadiendo la tierra entera, destruyendo aquí una obra
de arte, allí un recuerdo histórico, más allá un monumento consagrado a
perpetuar un ridículo acto de sublime desinterés, a medida que el pico
demoledor del contratista de casernas de diez pisos en avenidas de
cincuenta metros, derribe cuanto a su paso encuentre, de todos los
rincones de la tierra habitada, vendrán en peregrinación a esta nueva
ciudad de Pallas Athenea, todos los hombres que conservan el alma
enamorada del arte. París ni será ya, quizá, el centro sensual de hoy;
su epicureísmo se habrá refinado, inmaterializado casi. Y como en el
mundo romano, a partir del segundo siglo del imperio, la atracción de
Atenas crecía a medida que la conquista se extendía, así París, a medida
que el espíritu penetre más y más en los rincones hoy silenciosos del
globo, será la luz única que en medio de la opaca atmósfera ambiente,
vendrán a buscar todos los asfixiados de ese triste mundo.
Y quién sabe si el francés, de día en día más cómodo en su rica y
despoblada tierra y por tanto más sedentario, acabará por ser, en el
extranjero, un objeto de curiosidad, al que se hará venir a precio de
oro, como los sátrapas persas a los artistas griegos, para levantar un
templo a los dioses, para esculpir en mármol la figura de un triunfador
en la palestra, para enseñar el arte divino de la música o el no menos
olímpico de incrustar en el verso rítmico y cadencioso, el alto
pensamiento o el concepto gentil.
Y así la historia, como todo lo creado, continuará renovándose
eternamente, bajo la serena indiferencia de la naturaleza, que es lo
único inmutable.
INDICE
Págs.
Miguel Cané 4
Advertencia de la presente reedición 7
Prólogo, por Horacio Ramos Mejía 9
JUVENILIA
Advertencia del autor 23
Introducción 25
I. 35
II. 39
III. 41
IV. 45
V. 49
VI. 51
VII. 53
VIII. 57
IX. 59
X. 61
XI. 65
XII. 67
XIII. 71
XIV. 73
XV. 75
XVI. 79
XVII. 83
XVIII. 85
XIX. 89
XX. 91
XXI. 93
XXII. 97
XXIII. 101
XXIV. 105
XXV. 109
XXVI. 115
XXVII. 119
XXVIII. 123
XXIX. 127
XXX. 131
XXXI. 133
XXXII. 135
XXXIII. 137
XXXIV. 141
XXXV. 143
XXXVI. 147
PROSA LIGERA
=España=
Una visita de Núñez de Arce 155
Por montes y por valles 165
El arte español 177
La cuestión del idioma 191
=En la tierra=
Tucumana 205
La primera de "Don Juan" en Buenos Aires 217
En el fondo del río 227
De cepa criolla 245
A las cuchillas 261
Aguafuerte 285
=Recordando=
Mi estreno diplomático 295
Sarmiento en París 313
Nuevos rumbos humanos 345
Ocaso 365
* * * * *
Nota del Transcriptor:
Errores obvios de imprenta han sido corregidos.
Letras itálicas son denotadas con _líneas_.
Letras oscuras son denotadas con =signos de igual=.