"El libro del Sr. Sarmiento, agrega, es una de las obras

excepcionales de la nueva América, en el que brilla alguna

originalidad; es un estudio hecho sobre lo vivo, enérgico,

profundo, de todos los fenómenos de la sociedad americana y

particularmente de la sociedad argentina. El esplendor del estilo

está a la altura del vigor del pensamiento".

"El "americanismo", dice más adelante, representa la holgazanería,

la indisciplina, la pereza, la puerilidad salvaje, todas las

inclinaciones estacionarias, todas las pasiones hostiles a la

civilización; la ignorancia, la degeneración física de las razas,

así como su corrupción moral..... Obligando a las potencias

europeas a emplear las armas contra él, el americanismo ha puesto

en claro un hecho que resume las relaciones de ambos mundos: es que

la Europa se verá fatalmente empujada a hacer la conquista material

de la América, si no hace pacíficamente su conquista moral".

El segundo término del vaticinio se va cumpliendo, pero ¡cuán

lentamente!

Sarmiento, que viene de un mundo semibárbaro aún, donde los restos de

aquella civilidad estrecha y acompasada de la colonia se han refugiado

en un núcleo social bien restringido, mientras la masa del pueblo,

sumida en la anarquía, parece retrogradar al salvajismo, queda encantado

ante la cultura de ese pueblo francés, que lleva de frente los más

arduos trabajos de la inteligencia, las más delicadas creaciones del

arte, sin decaer un punto de su virilidad ni en la energía con que

defiende su patrimonio histórico...

Los bailes públicos de París, mucho más en voga entonces que medio siglo

más tarde, pues la democracia ha penetrado hasta ellos y hoy se

confunden allí no sólo todas las clases sociales, sino también todos los

gremios, entretenían a Sarmiento lo que no es decible. Se asoma a ellos,

dice, de vez en cuando, "para curarme del mal de la patria, que me

incomoda. No tengo ni gusto ni dinero para engolfarme en las costosas

frivolidades cuyo goce envidio a otros. ¡Ah! si tuviera cuarenta mil

pesos nada más, ¡qué año me daba en París! ¡Qué página luminosa ponía en

mis recuerdos para la vejez! Pero soy _sage_ y me contento con mirar, en

lugar de _pilquinear_, como hacen otros".

¿Cómo es eso? ¿No _pilquineamos_ porque no nos gusta o porque no tenemos

cuarenta mil pesos? Tengo para mí que la segunda razón ha de haber

influído más que la primera en la _sagesse_ de Sarmiento, a estar a la

complacencia con que describe el baile del _Ranelagh_, donde ha visto a

Balzac, Jorge Sand y otras notabilidades literarias; el _Chateau-Rouge_,

como iluminación, le fascina; _Mabille_, que ostenta las bailarinas más

afamadas, la _Chaumière_, el edén del barrio latino, y a estar también

al estilo inflamado con que describe las proezas coreográficas de la

_Rigolette_, precursora ancestral de _Grille d'Egout_ y la _Goulue_.

El _Hipódromo_ le inspira una brillante descripción. En fin, va a todas

partes, mira, observa, se mueve y va haciendo piel nueva dentro de esta

atmósfera, sin acción para aquellos que han nacido refractarios a todo

progreso interno, pero incomparable para acelerar el desenvolvimiento de

todo germen de luz que brille vacilante en el fondo de una conciencia

humana.

Sarmiento se pone en camino para España y en las duras e implacables

páginas que consagra a la madre patria, y cuyo estudio sale de ese

cuadro, parece dar la pauta a Buckle para su inexorable juicio. La

Italia le atrae en seguida "para educarme y poder hablar de bellas

artes." Promete volver a París después de estas correrías, pero sus

cartas de viaje no mencionan una nueva permanencia en la capital

francesa. Del otro lado del mar le esperan los Estados Unidos, cuya

admirable naturaleza describe con la misma pluma que trazó en el

_Facundo_ el cuadro inmortal de nuestra tierra. En aquel mundo nuevo

desaparece el viejo espíritu curioso; cuando Sarmiento abandone la

patria de Washington, será el hombre de Estado llamado a tan altos

destinos...

Bajo la impresión de mi respeto profundo por la memoria de ese hombre

extraordinario y del afecto que siempre me inspiró, he querido recorrer

de nuevo los sitios que él visitó en París. En el andar vertiginoso de

nuestro siglo, cincuenta años son un espacio enorme. Todo ha cambiado en

la faz del mundo, incluso la patria que Sarmiento amó con toda su alma y

a la que consagró, con admirable esfuerzo de cerebro y corazón, su larga

y soberbia vida...

París, Octubre, 1896.

Nuevos rumbos humanos

I

También yo, como la mayor parte de los que estas líneas lean, he

atravesado la edad soberana por excelencia, aquella en la que se

profesan ideas claras, netas y precisas sobre todas las cuestiones

capitales de la vida humana, en la que poco se duda, todo se afirma, y

en la que la voz de la experiencia suena como nota falsa en los oídos

habituados a la rotundidad sonora de las afirmaciones absolutas. Es un

fenómeno que ocurre allá por los veinte años y que dura más o menos

tiempo, según la previa posición individual para resistir, dentro del

ideal, a los rudos y repetidos golpes de la vida positiva. Entre esas

convicciones profundas, tan numerosas como los deliciosos fenómenos de

la naturaleza al venir la primavera, abrigaba una que, en materia de

sociología política, formaba un credo definitivo y sobre el que nunca

pensé, no diré cambiar de criterio, pero ni aún dudar. No concebía, no

podía concebir otra forma legítima de gobierno, para las sociedades

humanas, que el gobierno republicano y representativo. A lo sumo, allá

en mis cavilosidades filosóficas sobre la materia, admitía que se

pudiera disentir sobre las ventajas de la federación, y encontraba

puesto en razón que hubiera gentes que sostuvieran la superioridad del

régimen unitario. Pero, admitir la legitimidad, menos aún, la

conveniencia, en nombre de intereses más o menos graves, de la

institución monárquica, me parecía tan absurdo entonces como no profesar

el libre cambio o sostener la necesidad de reglamentar la libertad de la

prensa. Todo argumento adverso a mi absolutismo democrático, se

estrellaba contra la idea de la dignidad humana, en tal forma arraigada

en mi conciencia, que no encontraba _modus vivendi_ honorable entre ella

y el privilegio antinatural de una familia sobre el resto del pueblo.

Más tarde, procuraba explicarme esa preocupación, de la que participan

todos los argentinos que viven exclusivamente dentro de la conciencia

nacional, recordando los antecedentes políticos peculiares de nuestro

país: aquel monarca español, viviendo eternamente en el limbo para

nosotros; sus representantes aquí, insignificantes cuando no ridículos,

nulos en los momentos de acción histórica; nuestra lenta y democrática

formación colonial, y, por fin, la forma republicana de gobierno,

surgiendo impetuosa en el suelo argentino, imponiéndose a los patriotas

inconscientes de su fuerza irresistible, y arrastrando como hojarasca

todas las combinaciones de la política y los cálculos de la diplomacia.

Así procuraba explicarme, repito, ese sentimiento de repulsión que

continuaba dominándome; y fué armado de esa inflexibilidad moral, de ese

convencimiento recio e inabordable, que eché a rodar mi cuerpo y mi

espíritu por esos mundos de Dios, movido por un impulso que creí durara

un año y que me mantuvo casi tres, lustros lejos de mi patria. Fué

durante ese tiempo y bajo la acción de los medios en que vivía, que mis

ideas sobre el gobierno de los hombres, empezaron a recibir los primeros

choques, a perder su austeridad, por decirlo así, y a moverse de tal

suerte, que aun hoy las siento crujir, presintiendo vagamente que he de

llegar al término de mi jornada sin encontrar los medios de resolver el

conflicto.

Ocúrreseme, pues, exponer sinceramente las fases de esa crisis,

augurando a mis jóvenes lectores argentinos que, cual más, cual menos,

pasarán todos por la misma, por poco que la proyección de su pensamiento

alcance a la región de las ideas generales.

II

Hace ya más de medio siglo que Tocqueville reveló a la Europa el curioso

fenómeno de la democracia natural, que había encontrado en los Estados

Unidos; y digo natural, porque a mis ojos el mérito extraordinario de

ese pensador, hoy un tanto olvidado y a cuyas obras sólo falta la

mortaja del pergamino, fué ver en la democracia americana un hecho

social y no un hecho legal. Vió que ese organismo político había surgido

del seno de ese pueblo, por causas tan lógicas como las que determinan

el clima de una región, y auguró a la Europa, para época no lejana, el

advenimiento de la democracia triunfante, así que las condiciones

sociales que en ella predominaban, se fueran acercando, bajo la acción

de los progresos, de la ciencia y de la educación popular, al estado en

que se hallaba la sociedad norteamericana. Tocqueville fué más lejos

aún, y en un capítulo admirable dió la voz de alerta contra los peligros

que ese triunfo definitivo podría traer para el progreso humano. Como

acción general, la palabra de Tocqueville cayó en el vacío; los Estados

Unidos eran para la Europa una nebulosa, interesante, sin duda, pero

extraña a su sistema; algo así como los canales de Venecia, que se

admiran sin que por eso se le ocurra a nadie cavar y llenar de agua las

calles de París o Viena.

Tocqueville estudiaba la marcha de la marea desde los orígenes de la

historia moderna, y al determinar la ley de ascensión del número sobre

las clases, en los organismos sociales, predecía, tal vez para una época

más remota que la actual, el ascendiente irresistible de las masas. Más

tarde, otro espíritu superior, tan noble y puro como el de Tocqueville,

pero quizá más apasionado y menos sereno, Stuart Mill, llegaba, por el

estudio del desenvolvimiento humano, al que había aplicado las reglas de

una lógica por él dotada de nueva vida y vigor, a ese socialismo vago,

indeterminado y temeroso, en el que caen los espíritus sinceros que en

la tensión especulativa, pierden el contacto moderador de la tierra.

Stuart Mill no cayó bajo aquella desesperanza triste y profunda que

invadió el alma de Tocqueville, el día del golpe de Estado del 2 de

Diciembre; pero la sorda irritación de su espíritu, ante la lentitud de

las reformas que reclamaba como indispensables para la sociedad política

de Inglaterra, le minaba sordamente. Era inglés y conocía a su patria;

sabía que si ésta se había salvado de los horrores del 93, si no debía

temerlos para lo futuro, como los temía Heine para la Alemania, era

precisamente por ese andar pausado de la historia inglesa, ese respeto

profundo a lo pasado, ese fetiquismo de lo existente, que sólo se rinde

a la innovación cuando ésta ha penetrado ya en las costumbres. Nacía, la

prisa de Mill, de que sentía rugir sordamente la ola; comprendía que

nada ni nadie podría resistirla y juzgaba que, de no allanarle el

camino, arrasaría todo.

Y bien, el hecho se ha producido, antes de la época predicha, y hoy nos

encontramos con la democracia triunfante en las ideas, en las

costumbres y en las leyes. Veamos si la sociedad humana se va acercando

al ideal, al objetivo lógico de todo organismo, colectivo o individual,

esto es, a su bienestar y su perfeccionamiento.

III

Es indudable que las condiciones de la vida humana en el presente son

infinitamente superiores a las del pasado. Por un fenómeno curioso, a

medida que el sentimiento religioso se ha ido debilitando en la

conciencia de los hombres, aquella piedad que él proclamaba como

elemento de salvación y regla normal de la existencia, ha venido

desarrollándose, ya sea por las exigencias de la defensa social, ya

porque la cultura del espíritu determine un sentimiento de solidaridad,

desconocido para aquellos que vivieron petrificados en la legitimidad de

la división por castas. En todos los pueblos civilizados la caridad se

ha organizado y a más de los donativos espontáneos, una buena parte de

la renta pública está destinada a la manutención y abrigo de los

desheredados. Hace cien años cada cama de hospital era, más que lecho,

tumba de tres o más enfermos. Las gentes del campo esperaban como una

bendición el retorno de la primavera, para alimentarse de las yerbas, a

la par de los animales que custodiaban. Las leyes penales, de una

crueldad inexcusable, castigaban los delitos del proletario con más

rigor que los crímenes del grande. Las jurisdicciones especiales eran la

regla, y la justicia era un mito que la imaginación popular, sumida en

la desesperanza, colocaba en el pasado. Hoy, es tal la condición

material del obrero, del agricultor, del vago mismo, que habría sido un

sueño ahora un siglo. Aquel obrero que en su furia instintiva arrojó al

Ródano la máquina de tejer inventada por Jacquard, sin comprender que no

hay ahorro de fuerza que no aproveche a la humanidad entera, fué el

último representante de su tiempo. Con su grito de cólera se hundió para

siempre la esclavitud del hombre y surgió el imperio de la ciencia sobre

la naturaleza. La Revolución francesa, con sus declaraciones, sus

derechos políticos, sus sacudimientos, sus grandezas y sus horrores,

habría sido estéril para la humanidad, como lo fueron las de 1640 y 1688

de Inglaterra, si no hubiera precedido por pocos años aquel esfuerzo de

la inteligencia humana que, con la física, la química y la mecánica, iba

a transformar la faz del universo.

No es, pues, a las instituciones políticas que corresponde el honor del

mejoramiento incontestable en las condiciones de la vida humana. La

rapidez en el transporte de los cuerpos, en la transmisión de las ideas

y de la palabra, no es mayor en Suiza que en Rusia; los descubrimientos

de Claudio Bernard, de Chevreul y de Pasteur son la base de la industria

así en Austria como en Bélgica. Bajo el punto de vista del bienestar

humano, pues, ¿qué diferencia esencial hay entre los pueblos que gozan

de instituciones democráticas y aquellos que se mantienen aún bajo el

régimen monárquico? Confieso que no la veo; diferencia la hay,

indudablemente, pero responde a causas completamente ajenas a este orden

de ideas. Sería tan absurdo atribuir la potencia industrial de la

Francia a su sistema actual de gobierno, como responsabilizar a la

reyecía portuguesa de la decadencia de ese pueblo.

Por lo demás, la fuerza del sentimiento democrático no radica en su

incorporación a las leyes positivas, sino en su mayor o menor difusión

en un pueblo y en su imperio en las costumbres. Si se da a la democracia

su sentido general, que es algo más que el gobierno de todos para todos,

que es la igualdad de derechos, la conciencia de la dignidad individual,

sería absurdo suponer que un ciudadano argentino o francés, es más

demócrata que un inglés. El hecho de ser nosotros o los franceses

gobernados por un presidente electo, y los ingleses por un monarca

hereditario, es tan insignificante para el desenvolvimiento de la

sociabilidad humana como las tempestades de la atmósfera terrestre para

la marcha del astro en el espacio. La monarquía hizo la Francia, la

aristocracia hizo la Inglaterra, la oligarquía ha hecho a Chile, la

democracia ha creado los Estados Unidos; he ahí hechos históricos

incontestables. Pero ¿quién puede negar que la monarquía mató a la

España, la aristocracia a la Polonia, la oligarquía a Venecia y la

democracia a la vieja Italia? La historia se ríe ante la virtud mirífica

de las instituciones; imitarlas, adaptarlas, todo es inútil. Se puede

retardar el desarrollo de un pueblo con tanta fuerza, dándole una

constitución liberal, como sujetándolo a un régimen absolutista. Las

causas del progreso son más hondas y complicadas; las palabras, por más

solemnemente que se escriban, no cambian ni modifican los hechos. España

tiene hoy el juicio por jurados, el matrimonio civil, el sufragio

universal, códigos civil y penal que son modelos del género; todas las

conquistas de la democracia, en fin, incorporadas a la legislación

positiva. En Inglaterra, el sufragio es restringido; la legislación

política, civil y criminal es un caos, en el que los mismos

jurisconsultos se pierden. Sin embargo, medid el camino andado por los

dos pueblos!

IV

Entonces, si el régimen de gobierno es un factor despreciable en el

problema de la felicidad humana, ¿por qué esas luchas incesantes de los

pueblos, esos esfuerzos constantes por conquistar la libertad bajo todas

sus formas? ¿Es un error general de la especie, y después de tantos

siglos vamos a tener que constatar que toda esa enorme fuerza ha sido

inútilmente gastada? No; lo único que el hombre comprueba es su absoluta

incapacidad para explicar las causas últimas; el día en que se me revele

la razón del organismo social de las hormigas, me será permitido creer

que la ciencia positiva llegará en algún momento a explicar la historia

humana. Uno de los espíritus más luminosos que han surgido en la

humanidad, nos acaba de dejar su testamento filosófico. Renan piensa que

Dios está en formación; que todo este gigante esfuerzo de lo creado,

desde el átomo que existe dentro de la piedra hasta la iniciativa genial

del hombre, desde el movimiento solemne de los mundos desconocidos,

hasta el crecimiento misterioso de la yerba de los campos, todos estos

fenómenos múltiples del Universo, son notas aisladas que un día llegarán

a formar la armonía colosal e inconcebible a la que da el nombre de

Dios. Voltaire había propuesto ya inventarlo; tanto vale lo uno como lo

otro.

Dejemos, dejemos de lado ese problema de las causas finales, arrojado a

la curiosidad del espíritu como un freno contra su infatuación.

Pensemos, sí, con reposo, que todo va a alguna parte, constatemos el

movimiento sin pretender averiguar el objetivo y volvamos modestamente

los ojos a la tierra.

V

Y, pues que de movimiento hablamos, si no es para la conquista de

regímenes de gobierno determinados, ¿qué causas y qué fin tiene ese

sacudimiento pavoroso, extendido hoy por todo el mundo civilizado, esa

protesta violenta contra el orden existente, que empieza a cubrir de

sombras el porvenir?

La revolución social está en todas partes. A los sueños de los

enciclopedistas, a las pastorales del abate de Pradt, a los organismos

teatrales de Saint-Simon y a los sofismas elocuentes de Proudhon, ha

sucedido un período de acción que, echando a un lado las especulaciones,

entra resueltamente al combate y ataca de frente al enemigo que la

experiencia ha demostrado ser el único, si bien terrible en la defensa y

poderoso. Ese enemigo es precisamente la base, la piedra angular de

nuestro organismo social, es la idea madre sobre la que hemos levantado

este palacio maravilloso de las convenciones humanas: idea tan fuerte y

extraordinaria que, a partir del momento en que el hombre cesó de ser

una fiera salvaje, ha impuesto a los millones de individuos de la

especie que no tienen pan, el respeto por las vituallas de los que se

hartan; y que, extendiéndose con la ayuda de las convenciones morales,

ha permitido que las mujeres hermosas sólo tengan, algunas veces, un

solo dueño. Esa idea es la de la propiedad, y es contra ella que se

ejercita el empuje del movimiento de reacción que se observa en el mundo

actual. Revelaría un candor y una inocencia incomparables, aquel que

creyera que van en busca de reformas políticas los nihilistas rusos, los

anarquistas franceses, los socialistas alemanes, los _fasci_ italianos,

los huelguistas de Inglaterra y Norte América, los cantonales españoles,

todos los descontentos que, bajo las mil denominaciones que las

circunstancias locales les imponen, trabajan con una unidad de acción

quizá inconsciente, como instrumentos fatales, a la destrucción de lo

existente. ¿Pensáis que ese esfuerzo patente, profundo, como que arranca

de las entrañas mismas de la masa humana, va tras el ideal del régimen

representativo, el cual empieza a tomar los contornos de una

superstición vetusta, o tras el sufragio universal, más ilógico y

absurdo, como criterio de gobierno, que el viejo derecho divino que

suplantó por una aberración de que el mundo moderno empieza a darse

cuenta? No: si el nihilista ruso busca la muerte del zar, es porque la

autócrata representa la propiedad y es la encarnación del orden social

establecido. El anarquista francés se ríe de la democracia imperante, de

la libertad electoral o de las garantías individuales de que goza, como

el inglés, el italiano o el español.

Es tal el progreso del espíritu humano en este siglo y tan enorme la

suma de datos reunidos y clasificados, tanto en el orden científico como

en el orden moral, que el razonamiento general que autoriza la

previsión, empieza a ejercitarse sobre materias que se confundían, hace

cien años, con los misterios impenetrables de las causas finales. Un

geólogo os dirá hoy cuánto tiempo durará la provisión terrestre de

hulla; un demógrafo la población probable de una ciudad dentro de un

siglo; un filósofo la época, quizá próxima, en la que se extinguirán

para siempre esas luces vagas y vacilantes de los últimos dogmas

sagrados, que fueron el sustento del alma de nuestros mayores. Hace

cincuenta años se predecía el triunfo de la democracia para el fin de

esta centuria, y ya, para decenas de millones de hombres, las

instituciones democráticas parecen vetustas y anticuadas. Puede, pues,

preverse, no ya el triunfo de las nuevas ideas, sino la ruina de las

actuales. Porque el rasgo esencial de toda revolución general y profunda

en la historia, es precisamente su carácter destructor y su incapacidad

absoluta para definir y precisar el ideal nuevo que encarna. Atila

marchaba ciegamente sobre el mundo romano, como la piedra de una honda

lanzada por una mano providencial. La Europa se echaba sobre el Asia en

las Cruzadas, realizadas con un pretexto pueril, y cuatro siglos más

tarde sobre la América, entre sueños de oro y de proselitismo. ¿Pensaba

Alarico, pensaban Godofredo o Ricardo, Pizarro o Cortés, en lo que iban

a levantar sobre las ruinas de lo que destruían? Directores de hombres o

movimientos colectivos inconscientes, todos son instrumentos fatales,

que aparecen en el momento necesario, bajo la acción de leyes

desconocidas, pero reales.

VI

Ante ese problema pavoroso de una transformación social, profunda e

inminente, el espíritu no puede ya apasionarse por las fútiles

combinaciones de la política ni por las excelencias de un sistema de

gobierno sobre otro. ¿Qué significado pueden tener esas palabras mismas:

qué puede entenderse por gobierno, libertad, orden, familia, derecho,

patria, el día que desaparezca el suelo que les da vida: esa idea de la

propiedad que sustenta y sostiene todo nuestro mecanismo social? Ese

desapasionamiento, esa serena contemplación de las corrientes generales

que arrastran a la especie humana en busca de nuevos ideales, es

altamente saludable. Enseña a creer y esperar, enseña a restringir el

horizonte del esfuerzo intelectual y moral, a mejorarnos para ser más

útiles en la tarea transitoria que nos ha sido departida. Al correr de

los tiempos, cuando los últimos baluartes de la sociedad actual hayan

cedido; dentro de dos o tres mil años, cuando se hable de la propiedad

como nosotros hablamos del feudalismo, que no hace aún quinientos años

fué una institución salvadora, tan fuerte que parecía perdurable, ¿qué

nuevos organismos imperarán sobre los escombros de lo que hoy existe? La

insolubilidad del problema no debe inquietarnos, firmes en nuestra fe

inalterable en el destino de la especie, el cual es ir siempre adelante,

al mejoramiento y a la perfección. Si a la milésima generación de

nuestros descendientes se le acaba el carbón, ya encontrarán cómo mover

sus máquinas y defenderse contra el frío; aun queda bastante grasa sobre

la tierra y no la usamos ya para alumbrarnos[24]. Aun esconden los

cerros en sus entrañas bastante oro y ya lo hemos reemplazado con tiras

de papel, más o menos oscilantes en su significación, pero que, por el

momento, constituyen pura y simplemente la base de nuestra organización.

Si los hombres del siglo 50 estudian nuestros códigos civiles, como

nosotros estudiamos la legislación de los vedas, que fué tan positiva en

su época como nuestra reglamentación edilicia actual, opongamos de

antemano, a la sonrisa de conmiseración que nos dedicarán, el asombro

con que constatarán el atraso de ellos mismos, sus propios

descendientes, allá por el siglo 150 o 200.

Juvenilla; Prosa ligera · 第 19 / 20 段